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El Martir de Las Catacumbas

El Martir de Las Catacumbas

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06/20/2014

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Capítulo 13: LA MUERTE DE POLIO --- Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona devida.Capítulo 14: LA TENTACION --- Todo esto te daré si postrado me adorares.Capítulo 15: LUCULO --- La memoria del justo será bendita.EL MARTIR DE LAS CATACUMBASUn Episodio de la Roma Antigua
PREFACIO
 
HACE MUCHOS A
ÑOS que fue publicada una historia anónima titulada
El Mártir de lasCatacumbas: Un episodio de la Roma antigua.
Un ejemplar fue providencialmente rescatado deun barco de vela americano y encuentra en poder del hijo del Capit
án Richard Roberts, quien
comandaba aquella nave y tuvo que abandonarla en alta mar como consecuencia deldesastroso hurac
án ocurrido en enero de 1876.
 Cuidadosamente reimpresa, presentamos aqu
í aquella obra, habiendo sido
celosamente fieles al original aun en su t
ítulo. Sacamos a la l
uz esta edici
ón, animados de la
viva esperanza de que el Se
ñor la haya de emplear para hacerles ver a los fieles que
reflexionan, como tambi
én a los descuidados y desprevenidos y a sus descendientes en estosúltimos días malos, este palpitante cuadro de có
mo sufrieron los santos de los primerostiempos por su fe en nuestro Se
ñor Jesucristo, bajo una de las persecuciones más crueles de
la Roma pagana, y que en un futuro no lejano se pueden repetir con la misma intensidad de laira sat
ánica, mediante el mismo
Imperio Romano de inminente renacimiento.Ojal
á pueda despertar nuestra conciencia al hecho de que, si el Señor tarda en su
venida, hemos de vernos en el imperativo de sufrir por El que voluntariamente tanto sufri
ó por 
nosotros.La Biblia ya no ocupa el leg
ítimo lugar que le corresponde en nuestros colegios y
universidades; la oraci
ón familiar es un hábito perdido; nuestro Señor Je
sucristo, el unig
énito y
bienamado Hijo del Dios viviente, es desacreditado y deshonrado precisamente en casa deaquellos que profesan ser sus amigos; el testimonio en corporaci
ón ha desaparecido de la
tierra; no se obedece el llamado a Laodicea al arrepentimiento; y es as
í que la promesa del
Se
ñor de la comunión con El está librada sólo al individuo.
 Y aun a nosotros en estos d
ías puede alcanzarnos la promesa, a Smirna: "Sé fiel hasta
la muerte y yo te dar
é la corona de la vida."
 La sangre de los m
ártires de Rusia y Alemania cla
ma desde la tierra, cual admonici
ón a
los cristianos de todos los pa
íses.
 Pero a
ún podemos arranca
r de nuestras almas el clamor anhelante: "Ven, Se
ñor Jesús;
ven pronto."
 
Hartsdale, N. Y. Richard L. Roberts
1
EL COLISEO 
Cruel carnicería para diversión de los romanos.
ERA UNO DE LOS GRANDES D
ÍAS de fiesta en Roma. De todos los extremos del país
las gentes converg
ían ha
cia un destino com
ún. Recorrían el Monte Capitolino, el Foro, el
Templo de la Paz, el Arco de Tito y el palacio imperial en su desfile interminable hasta llegar alColiseo, en el que penetraban por las innumerables puertas, desapareciendo en el interior.All
í se encontraban frente a un escenario maravillo
so: en la parte inferior la arenainterminable se desplegaba rodeada por incontables hileras de asientos que se elevaban hastael tope de la pared exterior que bordeaba los cuarenta metros. Aquella enorme extensi
ón se
hallaba totalmente cubierta por seres humanos de todas las edades y clases sociales. Unareuni
ón tan vasta, concentrada de tal modo, en la que sólo se po
d
ían distinguir largas filas de
rostros fieros, que se iban extendiendo sucesivamente, constitu
ía un formi
dable espect
áculo
que en ninguna parte del mundo ha podido igualarse, y que hab
ía sido ideado, sobre todo, para
aterrorizar e infundir sumisi
ón en el alma del espectador. Más de cien mil almas se habían
reunido aqu
í, animadas de un sentimiento común, e incita
das por una sola pasi
ón. Pues lo que
les hab
ía atraído a este lugar era una ardiente sed de sangre de sus semejantes. Jamás se
hallar
á un comentario más triste de esta alardeada civilización de la antigu
a Roma, que estemacabro espect
áculo creado por ella.
 All
í se hallaban presentes guerreros que habían com
batido en lejanos campos debatalla, y que estaban bien enterados de lo que constitu
ían actos de valor; sin embargo, no
sent
ían la menor indignación a
nte las escenas de cobarde opresi
ón que se desplegaban ante
sus ojos. Nobles de antiguas familias se hallaban presentes all
í, pero no tenían ojos para ver en
estas exhibiciones crueles y brutales el estigma sobre el honor de su patria. A su vez losfil
óso
fos, los poetas, los sacerdotes, los gobernadores, los encumbrados, como tambi
én los
humildes de la tierra, atestaban los asientos; pero los aplausos de los patricios eran tansonoros y
ávidos como los de los plebeyos. ¿Qué
esperanza hab
ía para Roma cuand
o loscorazones de sus hijos se hallaban
íntegramente dados a la crueldad y a la opre
si
ón más brutal
que se puede imaginar?El sill
ón levantado sobre un lugar prominente del enorme anfiteatro se hallaba ocupado por el
Emperador Decio, a quien rodeaban los principales de los romanos. Entre
éstos se podía
contar un grupo de la guardia pretoriana, que criticaban los diferentes actos de la escena quese desenvolv
ía en su presencia con aire de expertos. Sus carcajadas estridentes, su al
borozo ysu espl
éndida
vestimenta los hac
ían objeto de especial atención de parte de sus vecinos.
 Ya se hab
ían presentado varios espectáculos prelimi
nares, y era hora de queempezaran los combates. Se presentaron varios combates mano a mano, la mayor
ía de los
cuales tuvo resultados fatales, despertando diferentes grados de inter
és, según el valor y habili
-dad que derrochaban los combatientes. Todo ello lograba el efecto de aguzar el apetito de losespectadores, aumentando su vehemencia, llen
ándoles del más ávido deseo por los
eventosaun m
ás emocionantes que habían de seguir.
 
 
Un hombre en particular hab
ía despertado la admi
raci
ón y el frenético aplauso de la
multitud. Se trataba de un africano de Mauritania, cuya complexi
ón fortaleza eran de gigante.
Pero su habilidad igualaba a su fortaleza. Sab
ía blandir su corta espada con destreza
maravillosa, y cada uno de los contrincantes que hasta el momento hab
ía tenido yacía muerto.
 Lleg
ó el momento en que había de medirse con un gladiador de Batavia, hombre al cual
solamente
él le
igualaba en fuerza y en estatura. Pero los separaba un contraste sumamentenotable. El africano era tostado, de cabello relumbrante y rizado y ojos chispeantes; el deBatavia era de tez ligera, de cabello rubio y de ojos viv
ísimos de color gris. Era difíc
il decir cu
ál
de ellos llevaba ventaja; tan acertado hab
ía sido el cotejo en todo sentido. Pero, como el
primero hab
ía ya estado luchando por algún tiempo, se pensaba que él tenía esto como una
desventaja. Lleg
ó, pues, el momento en que se trabó la contien
da con gran vehemencia yactividad de ambas partes. El de Batavia asest
ó tre
mendos golpes a su contrincante, quefueron parados gracias a la viva destreza de
éste. El africano era ágil y estaba furioso, pero
nada pod
ía hacer contra la fría y sagaz defensa
de su vigilante adversario.Finalmente, a una se
ñal dada, se suspendió el com
bate, y los gladiadores fueronretirados, pero de ninguna manera ante la admiraci
ón o conmiseración de los espectadores,
sino simplemente por el sutil entendimiento de que era el mejor modo de agradar al p
ú
blicoromano.Todos entend
ían, naturalmente, que los gladiado
res volver
ían.
 Lleg
ó ahora el momento en que un gran número de hombres fue conducido a la arena.
Estos todav
ía estaban armados de espadas cortas. No bien pasó un
momento, cuando ya elloshab
ían empezado el ataque. No era un conflicto de dos bandos opuestos, sino una contienda
general, en la cual cada uno atacaba a su vecino. Tales escenas llegaban a ser las m
ás
sangrientas, y por lo tanto las que m
ás emocionaban a
los espectadores. Un conflicto de estetipo siempre destruir
ía el mayor número en el menor tiempo. La arena presentaba el escenario
de confusi
ón más horrible. Quinientos hombres en la flor de la vida y la fortale
za, armados deespadas luchaban en ciega confusi
ón unos contra otros. Algunas veces se trenzaban en una
masa densa y enorme; otras veces se separaban violentamente, ocupando todo el espaciodisponible, rodeando un rimero de muertos en el centro del campo. Pero, a la distancia, seasaltaban de nuevo con indeclinable y sedienta furia, llegando a trabarse combates separadosen todo el rededor del macabro escenario; el victorioso en cada uno corr
ía presuroso a tomar 
parte en los otros, hasta que los
últimos sobrevivientes se hallarían nuevamente
empe
ñados en
un ciego combate masivo.A la larga las luchas ag
ónicas por la vida o la muer 
te se tornaban cada vez m
ás débiles.
Solamente unos cien quedaban de los quinientos que empezaron, a cual m
ás agotados y
heridos. Repentinamente se dio una se
ñal y
dos hombres saltaban a la arena y se precipitabandesde extremos opuestos sobre esta miserable multitud. Eran el africano y el de Batavia. Yafrescos despu
és del reposo, caían sobre los infelices so
brevivientes que ya no ten
ían ni el
esp
íritu para com
binarse, ni la fuerza para resistir. Todo se reduc
ía a una carnicería. Estos
gigantes mataban a diestra y siniestra sin misericordia, hasta que nadie m
ás que ellos quedaba
de pie en el campo de la muerte y o
ían el estruendo del aplauso de la muchedumbre.
 Estos dos nuevamente renovaban el ataque uno contra el otro, atrayendo la atenci
ón de
los espectadores, mientras eran retirados los despojos miserables de los muertos y heridos. Elcombate volv
ía a ser tan cruel como el anterior y de invariable similitud.
A la agilidad delafricano se opon
ía la precaución del de Ba
tavia. Pero finalmente aqu
él .lanzó una desesperada
embestida final; el de Batavia lo par
ó y con la veloci
dad del rel
ámpago devolvió el golpe. El
africano retrocedi
ó ágilmente y soltó su espad
a. Era demasiado tarde, porque el golpe de suenemigo le hab
ía traspa
sado el brazo izquierdo. Y conforme cay
ó, un alarido estrepitoso de

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