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Países y Meditaciones

Países y Meditaciones

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 Países y meditacionesMarcel Proust
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Recuerdos de Marcel Prous
Cuando yo era muy joven, él ya era un muchacho apuesto. Podéis confiar en el retrato quele hizo Jacques Émile Blanche. La boca fina, la sombra alrededor de los ojos, la cansada frescura, tanto las facciones como la expresión son realmente las del joven Marcel Proust. Mástarde Pierre de Guingand se pareció mucho a él. El aspecto de los ojos de Marcel Proust en latela de Jacques Blanche, y el retrato que conservo en mi memoria son extraordinariamentesemejantes; abiertos de par en par, más ansiosos que asombrados, y con una engañosaexpresión de ingenuidad.Yo era asidua concurrente a los miércoles de Madame Arman de Caillavet, y conocí a Marcel Proust en una época en que él tenía aún la apariencia de un adolescente, así como losmodales y la cortesía, que no habrían tenido que sorprender a nadie, pero que sorprendieron amuchos, del joven que hace su primera comunión. Anatole France, bajo el disfraz de unacampechanía condescendiente, le prestó vivo interés, mientras que la campechana Madame Arman (Anatole France no emplea nunca el de cuando habla de su amiga) fue más bien bruscaen su manera de tratar al joven de amable semblante.Una noche, Proust se presentó en la avenida Hoch con un compañero apenas menor que él y, como él, agraciado y de voz suave. Llegaron juntos, se despidieron juntos y juntos salieron delsalón, con idéntica manera de andar. En cuanto se hubieron marchado, Madame Arman deCaillavet estalló como una nube de tormenta:-¡Ah, no! Esto es demasiado -gritó- ¿Los han visto ustedes? ¡Comportarse como dosgemelos cariñosos! ¡Haciéndose arrumacos como un par de inseparables palomitas! ¡Ese chicova demasiado lejos! Se está exhibiendo deliberadamente... Y, si se empeña en chocar a la gente¡al menos que no quiera ponerse en ridículo! ¿Qué opina usted, Monsieur France? Yo le pregunto, ¿Cree usted realmente que...?¡Monsieur Anatole France! ¡Se lo digo a usted! ¿Por qué me mira de esa manera?Finalmente nuestro unánime silencio la puso en guardia y se volvió en redondo. Detrás deella estaba Marcel Proust, apoyado en una jamba de la puerta que acababa de abrir, perdiendolos delicados colores de sus labios y mejillas.-He venido... Quiero recoger... -alcanzó a balbucir.-¿Qué? ¿Qué quieres? -ladró Madame Arman.-Un libro que me dio Marcel Schwob... ¿No le he dejado por algún lado?... Allí, en el

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