Je me souviens…
Me acuerdo del día en que cambié Madrid por Albacete, cuando temblaba ante elvértigo de lo nuevo y mis ojos se abrumaban frente a la estación de Atocha. Me acuerdo deque aún no leía a Robert Walser, cuyos Microgramas invitan a escribir con letra pequeña yfrágil, buscando la desaparición.Me acuerdo de haber dejado allí a mis padres y a mi hermana, con la imprecisasensación de no saber si aquello sería un cambio definitivo. Me acuerdo de que, al terminarel curso, todo se tambaleó. Me acuerdo de la duda, la inseguridad, y de que, cuando la únicacerteza era que me iba a quedar solo, me encontré con un apoyo absolutamente ciego. Meacuerdo entonces de descubrir que lo menos importante de mis padres era el sustentomaterial, el esfuerzo de mantenerme fuera de casa y comunicarnos cada día a través deondas electromagnéticas. Me acuerdo de que lo importante es lo invisible, las esquinas delaire convertidas en intersticios de navegación, fundamentales para proseguir el camino,porque, como decía Woody Allen en
Manhattan
, nada que valga la pena puede serentendido por la mente. Me acuerdo de las ideas que he aprendido de ellos, pero también delas que he rechazado, tan importantes como las primeras porque son las que al final definenuna individualidad y determinan la justicia de una educación. Me acuerdo también, cada vezque recorro bibliotecas, de que inundaban la casa de libros sin decirme que leyera, y de queponían películas de Hitchcock sin decirme que las viera.Me acuerdo de muchas cosas. Me acuerdo de mucha gente. Me acuerdo de que ayerpensé que sería imposible meter aquí el uno por ciento de mis recuerdos, teniendo en cuentaque los recuerdos que no sean inventados nunca podrán ser recuerdos.Me acuerdo de mis abuelos José y María, de mi tía Agus, de mi abuela Consuelo.Pero me acuerdo sobre todo de mi abuelo Evaristo, aunque ya no pueda leer estas líneas.Me acuerdo de la pila que no me dio tiempo a comprarle, del último partido del Barça, lapróxima película de Scorsese. Me acuerdo de la pasión, de la fuerza que desprendía en cadamovimiento. Me acuerdo de lo mucho que le gustaba viajar y lo poco que pudo hacerlo. Meacuerdo de pensar que le gustaría haberme visto terminar la carrera.Me acuerdo de mi compañero de instituto en mis cuatro últimos años en Albacete,de mi compañero de Colegio Mayor durante los dos años siguientes, de mi compañero depiso durante más de cuatro años… Me acuerdo de Jordi, porque no sólo hemos recorridotodos estos años juntos, sino que hemos descubierto el auténtico show de Truman, al tiempoque crecíamos y veíamos desfilar a unas y otras personas por nuestras vidas, nos veíamosevolucionar y con eso avanzábamos, como un especular juego de realimentación. Meacuerdo de Jordi y me acuerdo de Andrea, el mejor regalo que pudo tener, que insufló alpiso un nuevo aire, un efervescente y necesario dinamismo.Me acuerdo de los dos años tan especiales que pasé en el Isabel, mi Colegio Mayor.Me acuerdo de las cosas que me gustaban y de las que no me gustaban porque, al fin y alcabo, resultó siendo importante. Me acuerdo de los ciclos de cine. Me acuerdo de la genteque me descubrió emociones que nunca hubiera imaginado, algunos de los cualesdesaparecieron de mi vida, y otros con los que el contacto se mantiene con más o menosirregularidad: y pienso, entre otros pero especialmente, en Fer, Bea, Patricia, Gea (a quientanto he admirado y cuyo apoyo siempre he sentido, aun en las épocas de menos contacto),Zahira, Elena, Alba, Carmen y Mateo, a quien fui descubriendo desde que,
De repente, elúltimo verano
, el programa de Garci nos señaló como víctimas de nuestros desvaríoscinéfilos, abriéndose poco a poco la dimensión personal que va más allá de la pantalla. Meacuerdo también de los que vimos nuestras vidas unidas en el Isabel, pero que la Escuela seencargó de que siguiéramos en contacto, telecos como Adrián y Jorge, con los que compartí horas de estudio y extrañas y divertidas salidas, o como Clarita, mi “mentorizada” favorita.
Add a Comment