a describir, la caída-, casi nos había alcanzado y estababien situada como observadora, sin el agobio de la parti-cipación, de las cuerdas y los gritos, ni de nuestra fatídi-ca falta de coordinación. Lo que describo también estáconfigurado por lo que Clarissa vio, por lo que nos diji-mos durante la obsesiva reflexión que siguió: la recolec-ción de los hechos, adecuada expresión para lo que ocu-rrió en un campo que aguardaba su siega de principiosde verano. La recolección de los hechos, la segunda cose-cha, el crecimiento impulsado por la primera recogida demayo.Estoy ocultando algo, retardando la información. Meentretengo en los momentos previos porque entoncesaún eran posibles otras consecuencias; la convergenciade seis figuras en un espacio liso y verde ofrece una geo-metría reconfortante desde la perspectiva del aguilucho:el plano cognoscible, limitado, de la mesa de billar. La si-tuación de partida, el impulso y su dirección definen latrayectoria consiguiente, los ángulos de impacto y retro-ceso, y en lo alto, con tranquilizadora claridad, la luzbaña el campo, el paño y todos los cuerpos en movimien-to. Creo que mientras aún convergíamos, antes de entraren contacto, nos encontrábamos en un estado de graciamatemática. Me entretengo en nuestras posiciones, enlas respectivas distancias y en los puntos cardinales, por-que, en lo que se refiere a los hechos, ésa fue la últimavez que llegué a entender algo con claridad.¿Hacia qué corríamos? No creo que ninguno de noso-tros lo supiera exactamente. Pero en apariencia la res-puesta era hacia un globo. No el espacio simbólico queencierra las palabras o pensamientos de un personaje detebeo ni, por analogía, el simplemente impulsado poraire caliente. Se trataba de un enorme globo relleno dehelio, ese gas elemental forjado con hidrógeno en el hor-no nuclear de las estrellas, el primer paso en la genera-ción de la multiplicidad y diversidad de la materia enel universo, incluidos nosotros y todos nuestros pensa-mientos.Corríamos hacia una catástrofe, que también era unaespecie de horno, a cuyo calor identidades y destinos sefundirían para cobrar nuevas formas. El globo tenía en labase una barquilla en la que iba un niño, y junto a la bar-quilla, colgado de una cuerda, había un hombre que ne-cesitaba auxilio.Aquel día habría estado marcado para el recuerdo in-cluso sin el globo, aunque de la más agradable de las for-mas, pues se trataba de un reencuentro después de unaseparación de seis semanas, la más larga que Clarissa yyo habíamos pasado en los siete años que llevábamosjuntos. De camino a Heathrow me había desviado a Co-vent Garden y, tras encontrar un sitio medio permitido,aparqué cerca de Carluccio 's. Entré e improvisé un al-muerzo campestre cuyo elemento central era una enor-me bola de rnozzarellaque el empleado sacó de una tinajacon unas tenazas de madera. Compré también aceitunasnegras, ensalada mixta y tbcaccia. Luego me apresurépor Long Acre hacia Bertram Rota's para recoger el rega-
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