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 AMOR PERDURABLE
 Ian McEwan
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El principio es fácil de señalar. Estábamos al sol juntoa un roble, parcialmente protegidos de un viento fuerte,racheado. Yo estaba arrodillado en la hierba con un saca-corchos en la mano y Clarissa me pasaba el vino, unDaumas Gassac de 1987. Aquél fue el momento, la marcaen el mapa del tiempo: yo tenía el brazo extendido y, encuanto sentí en la mano el cuello frío de la botella y sunegra cápsula, oímos el grito de un hombre. Nos volvi-mos a mirar al campo y vimos el peligro. Un instantedespués, corría en su dirección. Fue una transformaciónabsoluta: no recuerdo el momento de soltar el sacacor-chos, ni de ponerme en pie, ni de tomar una decisión nioír la advertencia que Clarissa gritó a mis espaldas. Quéidiotez, entrar corriendo en esta historia y sus laberintos,alejarse a toda prisa de nuestra felicidad entre la frescahierba de primavera junto al roble. Volvió a oírse el mis-mo grito, y el de un niño, debilitados por el viento querugía en los altos árboles a lo largo de los setos. Aceleréel ritmo. Y entonces, de pronto, desde diferentes puntosdel campo, otros cuatro hombres convergieron en la es-cena, corriendo como yo.Lo veo desde cien metros de altura, con los ojos delaguilucho que habíamos observado antes ascender, pla-near en círculos, bajar entre el tumulto del aire: cincohombres corriendo en silencio hacia el centro de un cam-po de cuarenta hectáreas. Yo me acercaba por el sureste,con el viento de espaldas. A unos doscientos metros a miizquierda dos hombres corrían uno junto a otro. Eran la-briegos que arreglaban la cerca por el extremo sur delcampo, al borde de la carretera. A la misma distancia porel otro lado iba John Logan, cuyo coche estaba ladeadosobre la hierba del arcén, con la puerta o las puertasabiertas de par en par. Sabiendo lo que ahora sé, resultaextraño recordar la figura de Jed Parry a unos quinientosmetros delante de mí, cuando salió de una línea de hayasal otro extremo del campo, corriendo de cara al viento.Para el aguilucho, Parry y yo éramos formas diminutas,con nuestras camisas blancas resaltando contra el verde,apresurándonos el uno hacia el otro como amantes, igno-rando el dolor que aquel contacto iba a traer. El encuen-tro que nos desquiciaría estaba a unos minutos de dis-tancia, su enormidad velada para nosotros no sólo por labarrera del tiempo sino por el coloso del centro del cam-po que nos atraía con la fuerza de su tremenda enverga-dura, inversamente proporcional a la insignificante an-gustia humana de su base.¿Qué hacía Clarissa? Dijo que echó a andar deprisahacia el centro del campo. No sé cómo resistió el impulsode correr. En el momento en que pasó -el hecho que voy
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a describir, la caída-, casi nos había alcanzado y estababien situada como observadora, sin el agobio de la parti-cipación, de las cuerdas y los gritos, ni de nuestra fatídi-ca falta de coordinación. Lo que describo también estáconfigurado por lo que Clarissa vio, por lo que nos diji-mos durante la obsesiva reflexión que siguió: la recolec-ción de los hechos, adecuada expresión para lo que ocu-rrió en un campo que aguardaba su siega de principiosde verano. La recolección de los hechos, la segunda cose-cha, el crecimiento impulsado por la primera recogida demayo.Estoy ocultando algo, retardando la información. Meentretengo en los momentos previos porque entoncesaún eran posibles otras consecuencias; la convergenciade seis figuras en un espacio liso y verde ofrece una geo-metría reconfortante desde la perspectiva del aguilucho:el plano cognoscible, limitado, de la mesa de billar. La si-tuación de partida, el impulso y su dirección definen latrayectoria consiguiente, los ángulos de impacto y retro-ceso, y en lo alto, con tranquilizadora claridad, la luzbaña el campo, el paño y todos los cuerpos en movimien-to. Creo que mientras aún convergíamos, antes de entraren contacto, nos encontrábamos en un estado de graciamatemática. Me entretengo en nuestras posiciones, enlas respectivas distancias y en los puntos cardinales, por-que, en lo que se refiere a los hechos, ésa fue la últimavez que llegué a entender algo con claridad.¿Hacia qué corríamos? No creo que ninguno de noso-tros lo supiera exactamente. Pero en apariencia la res-puesta era hacia un globo. No el espacio simbólico queencierra las palabras o pensamientos de un personaje detebeo ni, por analogía, el simplemente impulsado poraire caliente. Se trataba de un enorme globo relleno dehelio, ese gas elemental forjado con hidrógeno en el hor-no nuclear de las estrellas, el primer paso en la genera-ción de la multiplicidad y diversidad de la materia enel universo, incluidos nosotros y todos nuestros pensa-mientos.Corríamos hacia una catástrofe, que también era unaespecie de horno, a cuyo calor identidades y destinos sefundirían para cobrar nuevas formas. El globo tenía en labase una barquilla en la que iba un niño, y junto a la bar-quilla, colgado de una cuerda, había un hombre que ne-cesitaba auxilio.Aquel día habría estado marcado para el recuerdo in-cluso sin el globo, aunque de la más agradable de las for-mas, pues se trataba de un reencuentro después de unaseparación de seis semanas, la más larga que Clarissa yyo habíamos pasado en los siete años que llevábamosjuntos. De camino a Heathrow me había desviado a Co-vent Garden y, tras encontrar un sitio medio permitido,aparqué cerca de Carluccio 's. Entré e improvisé un al-muerzo campestre cuyo elemento central era una enor-me bola de rnozzarellaque el empleado sacó de una tinajacon unas tenazas de madera. Compré también aceitunasnegras, ensalada mixta y tbcaccia. Luego me apresurépor Long Acre hacia Bertram Rota's para recoger el rega-
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