los días tan hermoso astro, al que podemos llamar viviente imagen de laDivinidad; y si vos ocultaseis al público esa digna obra tan encantadora,cuya posesión con tan dulce esperanza le halaga, os privaríais a vos mismode los agradecimientos y alabanza que a manos llenas os reserva. Pero,señor, al oírme hablar creeríase que era necesario solicitar vuestragenerosidad y aducir argumentos múltiples para inclinaros a conceder aluniverso el goce de una cosa por la que ya está ardiendo en deseos; a vos,señor, a quien yo he visto resuelto a hacernos el presente de ese libro,que yo ahora os muestro y en cuya primera página quiero escribir vuestronombre para que sirva de escudo a los ataques de la envidia y lamaledicencia que a veces persiguieron a su autor con tanta crueldad.Ahora, señor, con tan poderoso socorro podrá desafiar valientemente aesos, monstruos y perseguirlos hasta el más oculto rincón en que seescondan; pues hasta los palacios y las cortes serán asilos débiles si él, juzgándolos dignos de su cólera, se dispone a perseguirlos hasta allí.Si ese grande hombre, cuando era mortal y no contaba con otro apoyoque el de su virtud, redujo a esos monstruos con la buena suerte que todossabemos, de esperar es, y no puede cabernos duda en ello, que ahora quegoza de la inmortalidad que conquistó con sus trabajos, y que estásecundado por un hermano en quien el espíritu y el buen sentido se hanunido tan estrechamente, ahogue para siempre a esas hidras renacientes contanta facilidad como presteza y les haga confesar por última vez, alexpirar, que no puede atacarse a dos hermanos cuya amistad, a pesar de lasimposturas de sus enemigos, triunfa hasta de la muerte sin sufrir losrigores de su venganza ni hacer llevar las penas de su temeridad. Noquiero hablar aquí, señor, de los socorros que le prometió Apolo cuando le permitió entrar en sus Estados; pues aunque al teneros a vos ya nonecesitaba a nadie más, recibió aún de ese Autor de la luz y de eseMaestro de las Ciencias luces que nada puede obscurecer, conocimientos quenadie puede igualar y una elocuencia victoriosa a la que forzosamente esnecesario rendirse. En fin, señor, nosotros podemos decir en honor deFrancia y loor de vuestra familia, de la que han nacido tantas personasnotables en la toga y en la espada, y en la gloria de Cyrano de Bergeracespecialmente, que apareció como un Alejandro resucitado en este siglomerced a un milagro sorprendente. Encontró, como este famoso conquistador,que la Tierra tenía límites demasiado estrechos para sus ambiciones,. yluego que recorrió, a la edad de treinta años, los Estados e Imperios dela Luna y el Sol, fuese a buscar, en el palacio de los Dioses, lasatisfacción que no pudo encontrar en la morada de los hombres ni en los
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