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i usted suele pasear en sus viajes con la cá-mara siempre en la mano, intentando retratar-lo todo, tal vez sea conveniente advertirlo enestas primeras líneas: las otos que se sacanen Berlín empiezan a atrasar muy (demasiado)rápidamente. A dierencia de otras ciudades europeas, quese mantienen inalterables durante siglos con sus palacioslustrosos y sus monumentos imponentes, aquí no se niega elpaso del tiempo. Por el contrario, la ciudad evoluciona a unritmo vertiginoso, se expande dentro de sus propios límites,se resignifca.Berlín no le teme a los cambios: vive de ellos. Ese pulso vitalque transmite resulta irresistible para los viajeros, y muy es-pecialmente para los más jóvenes. Tal vez sea por eso que,durante el último año, 9 millones de personas se acercarona conocer a este monstruo que tiene abiertas sus heridas yque no deja de mutar. Para darse una idea del crecimientoturístico de la capital alemana basta un dato: el número devisitantes se duplicó en sólo una década.Berlín es historia y es vanguardia. Resguarda en lujosos es-pacios lo más clásico de la cultura y de la historia, pero tam-bién mantiene y alimenta con fnanciamiento estatal, aunqueen edifcios más descuidados, el interés por el arte más mo-derno. Como en esas largas canciones de la banda alemanaKratwerk, llenas de climas y ruidos pero en las que tambiénhay estribillos inoxidables, todo convive en una caótica ar-monía: lo nuevo, lo viejo, lo indescirable, lo propio y lo ajeno.
Museos de ayer y de mañana
Es ácil toparse con la historia en Berlín: alcanza con transitarsus calles y sus plazas para encontrarse con las marcas de laSegunda Guerra Mundial, de la caída del muro más mentadode la historia de la humanidad y de las recientes crisis econó-micas, que también pasaron por acá.Checkpoint Charly, el puesto ronterizo más amoso que di-vidía la ciudad, sigue siendo uno de los sitios más visitados,igual que los restos del Muro de Berlín, que bordean el ríoSpree y orman la East Side Gallery.Con espíritu lúdico, el DDR Museum propone pasar un ratoen la vieja Alemania: allí se puede visitar un living decorado alestilo comunista (instalado en el sentido común global graciasa la película
Good bye, Lenin
), descubrir bandas pop del Esteo subirse a un Trabant, el auto emblemático de la “época roja”.Menos divertido es el paseo por Hohenschönhausen, unacárcel en la que se alojaba a los presos políticos comunistas.Los guías, casi todos ex detenidos, invitan a los valientesturistas a conocer las celdas de castigo, las salas de inte-rrogatorio y los patios en los que nadie lograba distraerse.Con su achada metálica y un ventanal angosto y extraño,el Museo Judío podría completar un tour histórico de primernivel. El arquitecto Daniel Libeskind se basó en las ideas de“vacío” y “ausencia” para desarrollar uno de los museos másvisitados de Berlín.Por supuesto, si la ciudad sólo se preocupara por reconstruir elpasado, no sería Berlín. Su gracia, justamente, consiste en vivirel presente, con sus nuevos códigos, dándoles lugar a los cam-bios y los desaíos que ellos traen. El Computerspielenmuseum,por ejemplo, muestra el árbol genealógico de los juegos elec-trónicos: del viejo Space Invaders a la inalámbrica Wii, pasandopor hits como el Pac-Man o el Tetris. Es muy divertido observarlas reacciones de los visitantes de este museo del pasado re-ciente: los niños se acercan a los primeros videojuegos con lamisma cara de extrañeza con la que miran los casetes. La co-lección permanente incluye todo tipo de consolas hogareñas,fchines históricos y una línea de tiempo en la que se muestracada pequeño paso que dio esta industria.
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