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DebatePolíticas de Castoriadis
Daniel Bensaid
 Revista Viento SurTraducción de Andrés Lund MedinaLa noción de política en el último Castoriadis está relacionada con el rechazo al marxismo de su luctuosoartículo de 1964, «El marxismo: un balance provisorio» [1]. Este balance parte de una constatación: si«el marxismo ha devenido parte de la atmósfera que se respira llegando al mundo social y al paisajehistórico que fija el cuadro de nuestras idas y venidas », también ha devenido desde hace cuarenta años(desde la derrota de la revolución alemana en 1923) «una ideología en el mismo sentido que Marx le dioa ese término: un conjunto de ideas que se relacionan con una realidad no para iluminarla ytransaformarla, sino para velarla y justificarla en el imaginario» [2].Que el marxismo, codificado bajo Stalin en doctrina de Estado, se volvió la ideología de la burocracia,tanto en la URSS como en los partidos comunistas estalinizados, no es cuestionable. Pero sí lo es el queCastoriadis maneje la categoría de marxismo en singular, como un extenso concepto que cubre todo.Aunque él pone la cuestión de saber «de qué marxismo habla», evita responderla. En consecuencia, si elmarxismo ortodoxo o "soviético" era ampliamente dominante, no daba cuenta de la diversidad y lafertilidad de investigaciones que se inspiraron de la crítica marxista. Además, contrariamente a lo quepodría pretender un marxismo cientificista, no hay un corte absoluto entre ciencia e ideología. No haymás ciencia pura que ideología pura. El marxismo «ideologizado», fustigado por Castoriadis, era unproducto pleno de contradicciones. Y produjo obras –como las de Colletti y Della Volpe en Italia, ManuelSacristán en España, Lefebvre o Althusser en Francia, Karel Kosik en Checoslovaquia, y la de muchosotros- que, incluso cuando se comprometieron con las encrucijadas de la política del Kremlin, no podríanser reducidas a un mero discurso apologético.
Entre el marxismo y la revolución
Es claro que el carácter excesivo, unilateral y a veces de fe mala, de este texto de ruptura representa unajuste de cuentas, no sólo con el marxismo ortodoxo del movimiento comunista internacional, sino unajuste de cuentas -quizá difícil y doloroso- de Castoriadis consigo mismo, con su propio pasadomilitante, de aproximadamente veinte años consagrados a la IV Internacional y, a partir de 1948, algrupo «Socialismo o Barbarie ». «Partiendo del marxismo revolucionario», el tiempo llegó de dar un giroradical: «Era necesario escoger entre permanecer marxista o permanecer revolucionario.» O bien…, obien…: la lógica binaria del tercio excluído. Los términos de esta disyunción colocan al menos trescuestiones presupuestas: ¿Qué significaba, en 1964, permanecer marxista? ¿Qué significaba serrevolucionario en el momento en que se preparaba la contraofensiva liberal? Y sobre todo: ¿qué quieredecir permanecer? Considerando que Castoriadis, asumido como marxista, declara en 1964 y confirmaen 1974 no poder más seguir siéndolo, Deleuze que nunca pretendió serlo, declarará diez años mástarde, su voluntad de seguir siéndolo. ¿Cómo seguir siéndolo si jamás se fue? [3]A esas cuestiones, como lo hizo pensar Philippe Raynaud en nuestro debate en el Coloquio de San-Dennis-Pontoise, no sería superfluo agregar una cuarta pregunta sobre eso que se escoge decir. En todoestado de causa, la enunciación radical de la alternativa por Castoriadis supone que ha sido dividido, tanrigurosamente como por el corte epistemológico querido por Althusser, el lado de Marx y el de laRevolución. Sin embargo, como sabe desde Proust, el lado de Swann y el de Guermantes,aparentemente opuestos, terminan por reunirse. Con todo, en el artículo de 1964, la división no seestablecía tan claramente y es lo menos que se puede decir. Los grandes reproches teóricos dirigidos al
 
marxismo en general recaían sobre su interpretación dominante, la cual Castoriadis sabía que estabalejos de ser la exclusiva. Así, para un autor que, a diferencia de polemistas contemporáneos quearremetían contra un marxismo imaginario, había leído atentamente a Marx, sus tres críticas principalesse presentan tan enormes que se encuentran al límite del contrasentido o de la pura y simplefalsificación.La primera no es otro que la imputación trivial de determinismo histórico y de economicismo mecánico,implicando una doble reducción: de lo social, de lo político, de lo simbólico, a la infraestructuraeconómica y técnica, y de la misma economía a las "leyes natural". Sin embargo, desde la SagradaFamilia y La ideología alemana, Marx y Engels rompieron definitivamente y sin retorno con las filosofíasespeculativas de la historia universal: ¡«La historia no hace nada»! [4]Esta ruptura es confirmada en la introducción a los Manuscritos de 1857-58 por las notas telegráficassobre una nueva escritura de la historia. Ella está de nuevo en la famosa carta de Marx a su crítico ruso,en la que le reprocha el reducir su teoría a un "esquema supra-histórico" de sucesión cronológica demodos de producción, considerando que su genealogía, tal y como la presenta en El Capital, sólo valepara el génesis del capitalismo en Europa y no prejuzga otras vías de posibles desarrollos históricos. Estoes confirmado algunos años después en las cartas a Vera Zassoulitch considerado la hipótesis de undesarrollo de Rusia que puede hacer la economía sin pasar por los dolores de la acumulación capitalista.Finalmente, la idea de un determinismo mecánico no resiste la lectura de las escritos políticos de Marx,principalmente de la trilogía sobre La lucha de clases en Francia en los que la ideología, larepresentación y el imaginario teatral, juegan un papel de primero plano [5]. Es decididamente difícilpara un lector escrupuloso reconocer en la teoría de Marx, más allá de tal o cual de sus contradiccionesa veces reales, una filosofía de la historia que pretendería expresar «la verdad teórica y práctica de unadinámica de la historia» [6].La segunda crítica es totalmente pasmosa: «Brevemente, la teoría de Marx, tal como es, ignora la luchade clases sociales.» Ignora «el efecto de las luchas obreras sobre la distribución del producto social» yesto se debe a la «premisa fundamental» según la cual, en la economía capitalista, los hombres estántotalmente cosificados y sometidos a «la acción de leyes económicas que no difieren en nada de lasleyes naturales» [7]. No sólamente del Manifiesto de 1848 a la Crítica del Programa de Gotha, pasandopor La luchas de clases en Francia o el Dieciocho Brumario, Marx se encarga de decir lo contrario, sinoque la lucha de clases es el hilo conductor de la crítica de la economía política, de la teoría del valor, dela historia de la acumulación primitiva, del análisis de las crisis periódicas. Desde su primer capítulo, elLibro I de El Capital invita al lector a seguir al hombre y su salario hasta los sótanos de la producción,donde este último será «curtido». El último capítulo inacabado del Libro III trataba sobre las clasessociales. Y toda la determinación del valor, lejos de resultar de cualquier determinismo económico otecnológico, es la expresión de una lucha cotidiana feroz para determinar el reparto entre el tiempo detrabajo necesario y el sobretrabajo.Finalmente, le reprocha un cientificismo rotundamente positivista: «El marxismo pretende reducirintegralmente el nivel de las significaciones al nivel de las causaciones » [8]. No ve en la lógica y en loeconómico más que la acción de leyes en última instancia naturales. Se puede extender comoargumento tal o cual pasaje de Marx donde él se entusiasma por los éxitos de las ciencias físicas oquímicas de su tiempo. Pero eso sería hacer poco caso a todo eso que lo aleja, al contrario, delcientificismo dominante: un rechazo explícito y despreciativo al positivismo; la investigación de unacausalidad diferente a la mecánica, en la que "las leyes tendenciales", esas leyes extrañas, "que secontradicen ellas mismas" y articulan lo necesario y lo contingente; la idea, de la tesis doctoral sobreDemócrito y Epicuro hasta los últimos textos sobre Rusia, de un "materialismo aleatorio" o de un"materialismo del reencuentro"; la distinción, para abreviar, entre "la ciencia alemana", en tanto que
 
lógica general del saber, y las ciencias positivas inglesas [9].Castoriadis está de acuerdo en admitir que la lucha de clases "parece" oponerse al determinismoeconómico, «pero sólo parece», en la medida en que Marx la integra a una cadena causal donde lasclases «hagan lo que tienen que hacer» en una historia que es «necesariamente determinada» [10]. Essuficiente leer de nuevo los textos políticos, sobre Francia, Inglaterra, España, sobre las guerraseuropeas, para constatar hasta qué punto semejante afirmación es ridícula. El problema que recorre a latrilogía sobre Francia es, precisamente, el que las clases no hacen lo que se supondría que deberíanhacer, que la política no es un fiel reflejo de lo social, que la representación, la ideología, o "elimaginario", tanto son mediaciones como que tienen su propia eficacia.Para Castoriadis, el asunto está más que entendido. En el marxismo, la ideología de la burocracia seimporta sin restos sobre el imaginario del proletariado. Determinismo histórico + economía mecanicista+ cientificismo causal = una «Providencia comunista» que elimina «el problema primario de la práctica»,de saber hacer que los hombres tomen control sobre su vida conforme a las condiciones reales, lo queno excluye ni garantiza el logro de su proyecto. Condición política trágica, entonces, que hace eco al SanAugustin del «trabajar en la incertidumbre» y al Pascal de la apuesta.Queda por demostrar todavía, admite Castoriadis, que puede tener una filosofía que sea otra cosa quela filosofía y una política que sea otra cosa que la política. Porque la exigencia «completamente nueva»de su unión, no como simple adición, sino como una verdadera síntesis inaugural de una política y unafilosofía inédita, «es lo que el marxismo aportó de más profundidad y más duradero» [11]. No obstante,este proyecto ambicioso habría sido ensombrecido en la reducción de la praxis a la técnica, y elmarxismo habría devenido ideología de la burocracia, y más extensamente, un engranaje entre otros dela cultura capitalista. De ahí la necesidad de destacar el permanecer revolucionario y atacar a suimpensable, a la institución imaginaria.
Entre Marx y Aristóteles
Si todavía incluye los contrasentidos de su lectura de Marx, el artículo de 1974 «De Marx a Aristóteles,de Aristóteles a nosotros», representa un problema mayor ya que trata acerca de la cuestión de laigualdad y la justicia [12]. Castoriadis parte del problema de la conmesurabilidad presupuesta por elintercambio. Para que el intercambio de bienes o productos heterogéneos sea posible, es necesariohacer abstracción de sus diferencias sensibles y reducirlos a una esencia o sustancia común. Es lo que sesupondría que Marx hace al reducir el trabajo concreto en el tiempo de trabajo abstracto o "socialmentenecesario". Eso implicaría, según Castoriadis, que se sabe definir y cuantificar ese trabajo socialmentenecesario [13]. Para demostrar por el absurdo esa imposibilidad, él considera entonces tres hipótesis:que los tiempos necesarios corresponden a los tiempos requeridos por la empresa más eficaz, por laempresa menos eficaz o por el promedio de tiempo necesario del conjunto de empresas, suponiendoque la competencia trae constantemente el tiempo eficaz de trabajo hacia el tiempo medio.En «el funcionamiento real de la economía», dice él, eso no tiene ningún sentido [14]. Sin duda. Pero lademostración por el absurdo es igualmente absurda. El paso supuestamente refutado no está en nadade lo que hace Marx. Para él, el "tiempo de trabajo necesario" no es determinable a priori. No esdeterminado sino a posteriori a través del juego del mercado y la competencia, que no son categoríaspuramente "económicas", sino que incluyen y suponen los efectos complejos de la lucha de clases. Éstaes una de las contradicciones principales y una fuente de la irracionalidad de las que las crisis y eldesempleo son consecuencias visibles. Además, este tiempo de trabajo necesario no se cuantificadirectamente sino por la famosa transformación del valor en precio, que no es, contrariamente a lo quesugieren algunas controversias, la transformación de una misma substancia, sino una relación social.
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