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Darío Fajardo Montaña*
LA AGRICULTURACOLOMBIANA EN ELENTORNO DE LAGUERRA
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* Profesor de la Facultad de Ciencias Económicas e investigador delInstituto de Estudios Ambientales - IDEA, Universidad Nacional deColombia.
 
DARÍO FAJARDO MONTAÑA
La agricultura colombiana en el entorno de la guerra
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Introducción
Después de varios decenios durante los cuales el interés de buena par-te de los decisores de las políticas públicas y de la academia en torno al cam-po y a la agricultura se desdibujó y reorientó hacia otros sectores de laeconomía y la sociedad, el desenvolvimiento del conflicto armado colombia-no ha obligado a revaluar las implicaciones de lo que sucede en el mundo ruralsobre el resto de la nación. De una u otra manera, reconociéndolo o no, losprocesos en marcha hacen evidente la necesidad de recuperar los análisis so-bre el desarrollo histórico del capital y sus articulaciones con el conjunto de laeconomía; tienen que ser recordados y reestudiados, comparados con losnuevos datos, ajustados, en fin, pero no pueden ser soslayados. El viejo toporemueve los frágiles cimientos de una sociedad desconocedora de su historiay las apreciaciones de los nuevos analistas, “desde la otra orilla” ponen enevidencia los alcances de los problemas no resueltos. Este es el caso de unode los más recientes estudios sobre el desempeño del sector agropecuario enColombia durante la última década, elaborado por el analista Carlos FelipeJaramillo (1998) quien, al sentar la tesis de la “crisis semipermanente de laagricultura” como rasgo dominante durante el decenio de 1990, pone enevidencia buena parte de aquellos “problemas no resueltos”.Este comportamiento de nuestra agricultura no se aparta del manifes-tado por el sector en varios países de la región (Ocampo, 1998). En nuestropaís se añade a un prolongado conflicto armado, de profundas raíces y dila-tado desarrollo, así como a la implantación de distintas fases del narcotráfico,para configurar un preocupante escenario que, en palabras recientes del sub-secretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos de los Estados Unidos,Otto Reich, puede llevar a la desestabilización de la región.Colombia ofrece la particularidad de haber asumido en un plazo relati-vamente breve la urbanización de su población y la “desagriculturización” delempleo: mientras en 1938 la población rural representaba el 69.1% del totaly en 1951 el 57.4%, en 1973, la población localizada en los medios ruraleshabía descendido al 40.7% y en 1993 al 31.0%. En la misma forma, mien-tras Argentina requirió 77 años para pasar la participación de la mano de obraagrícola del 50% al 30%, Brasil 35 años y Ecuador 32 años, Colombia lo hizoen sólo 18 años (Bejarano, 1998, p. 24).Estas tendencias coinciden con la práctica desaparición de los recursospúblicos asignados al sector, los cuales, de acuerdo con la Contraloría Gene-ral de la República (2001, 2002) pasaron del 4.8% del presupuesto nacionalen 1990 al 0.8% en el 2000 (Contraloría, 2002). No obstante, los sectoresagropecuario y agroindustrial contribuyen con el 22% del PIB y el primeroaporta el 28% de las divisas (Misión Paz, 2001, p. 32), al tiempo que ascien-
 
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de la importancia social y política del mundo rural como parte de un escena-rio de crisis, en el que el retroceso productivo del decenio de 1990 sacó de laproducción más de un millón de hectáreas y generó 442 mil desempleadosen el campo, procesos que han inducido un creciente empobrecimiento de loshabitantes rurales: de acuerdo con la Contraloría General de la República el82.6% de esta población se encuentra por debajo de la línea de pobreza, conun ingreso inferior a US$2.00 diarios.Esta situación ha ido pareja con un creciente conflicto armado que ha pro-ducido en 15 años el desplazamiento de más de dos millones de personas, equi-valentes al 4% del total de la población colombiana, en un proceso que amplía elempobrecimiento de los sectores sociales más débiles y que comienza a exten-derse hacia las fronteras con los países vecinos. A su vez y en el marco de estacrisis, se ha implantado en Colombia la producción y tráfico de los estupefacien-tes derivados de más de 144 mil hectáreas sembradas de coca, 4.200 de amapo-la y otro tanto de marihuana (Dirección Nacional de Estupefacientes, 2002),generando una economía que alimenta la guerra y que, al internacionalizarse,dificulta aún más la solución de los problemas de nuestro desarrollo.Por estas razones, por la potencialidad productiva del sector y más aún,por las perspectivas que plantea la reconocida multifuncionalidad del campoy de la agricultura, hoy tiende a producirse la convergencia de distintas opi-niones que señalan los alcances definitivos que tendría la atención al mundorural en la superación de las causas del conflicto armado y en la viabilizacióndel país, en general (Misión Paz, 2001).
El comportamiento reciente de la agricultura
La caracterización de C. F. Jaramillo anteriormente mencionada hacereferencia a la disminución del área sembrada, de la producción y del empleoy tendría como causas la incidencia del manejo macroeconómico, en particu-lar la revaluación del peso, así como el comportamiento climático que afectóla agricultura a mediados de la década (fenómeno de El Niño). Estos factoresconvergieron con las condiciones impuestas sobre la producción agrícola ypecuaria por la propiedad territorial, con el “sesgo financiero” de la políticaeconómica del Estado colombiano y, sin lugar a dudas, con los impactos delconflicto armado.De otra parte, la década de 1990 enmarcó la aplicación de las políti-cas de apertura, ya iniciada a comienzos del decenio anterior y orientadaspor los centros decisorios internacionales (FMI, Banco Mundial, OMC), conmayor intensidad a comienzos de la década, durante el gobierno de César Gaviria, y algo atenuada bajo el de Ernesto Samper (Jaramillo, 1998). No
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