30/El Viejo
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alternativa, más justa por estar orientada a la satisfacción delas necesidades reales de los pueblos, y más libre, por estarcentrada en la realización de las condiciones del efectivo ejer-cicio de la libertad. A esa sociedad alternativa generalmente sela llamó socialismo. Sostengo que para esta izquierda, cuyateoría y cuya práctica evolucionaron mucho en los últimos cin-cuenta años, Cuba es hoy un “problema difícil”. Para la izquier-da que eliminó de su horizonte el socialismo o el poscapitalis-mo, Cuba no es siquiera un problema. Es un caso perdido. Deesa otra izquierda no me ocupo aquí.Por “problema difícil” entiendo el que se sitúa en una alter-nativa a dos posiciones polares respecto a las cuales se cues-tiona: en este caso, a Cuba. Las dos posiciones descartadas porla idea del “problema difícil” son: Cuba es una solución sin pro-blemas; Cuba es un problema sin solución. Declarar a Cuba un“problema difícil” para la izquierda significa aceptar tres ideas:1) en las presentes condiciones internas, Cuba dejó de ser unasolución viable de izquierda; 2) que los problemas que enfren-ta, sin ser insuperables, son de difícil solución; 3) que si talesproblemas fueran resueltos en los términos de un horizontesocialista, Cuba podrá volver a ser un motor de renovación dela izquierda. Será entonces una Cuba distinta, que genere unsocialismo diferente del que fracasó en el siglo
XX
y, de ese mo-do, contribuirá a la urgente renovación de la izquierda. Sin ella,la izquierda nunca entrará en el siglo
XXI
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La resistencia y la alternativa
Hechas estas precisiones, el “problema difícil” se puede for-mular como sigue: Todos los procesos revolucionarios moder-nos son procesos de ruptura que se basan en dos pilares: laresistencia y la alternativa. El equilibrio entre ellos es funda-mental para eliminar lo viejo hasta donde sea necesario, y hacer florecer lo nuevo hasta donde sea posible. Debido a lashostiles condiciones externas en que el proceso revolucionariocubano se desarrolló –el embargo ilegal por parte de los Esta-dos Unidos, la forzada solución soviéticaen los años 70, y el drástico ajuste oca-sionado por el fin de la URSS en los años90–, ese equilibrio no fue posible. La re-sistencia terminó por superponerse a laalternativa. Y de tal modo, que la alter-nativa no se pudo expresar según su ló-gica propia (afirmación de lo nuevo) y,por el contrario, se sometió a la lógica de la resistencia (la nega-ción de lo viejo).De este hecho resultó que la alternativa ha permanecidosiempre como rehén de una norma que le era extraña. Esto es,nunca se transformó en una verdadera solución nueva, conso-lidada, creadora de una nueva hegemonía y, por eso, capaz dedesarrollo endógeno según una lógica interna de renovación(nuevas alternativas dentro de la alternativa). En consecuen-cia, las rupturas con los pasados sucesivos de la Revoluciónfueron siempre menos endógenas que la ruptura con el pasa-do prerrevolucionario. El carácter endógeno de esta últimaruptura pasó a justificar la ausencia de rupturas endógenascon los pasados más recientes, incluso cuando eran conocida-mente problemáticos.Debido a este relativo desequilibrio entre resistencia y alter-nativa, la alternativa ha estado siempre a un paso de estancar-se, y su estancamiento ha sido siempre disfrazado por la conti-nua y noble vitalidad de la resistencia. Esta dominancia de laresistencia acabó por atribuirle un “exceso de diagnóstico”: lanecesidad de la resistencia podía invocarse para diagnosticarla imposibilidad de la alternativa. Aun si es errada, en los he-chos tal invocación siempre ha sido creíble.
El carisma revolucionario y el sistema reformista
El segundo vector del “problema difícil” concierne al modoespecíficamente cubano como se desarrolló la tensión entrerevolución y reforma. En cualquier proceso revolucionario, elprimer acto de los revolucionarios después del éxito de la revo-lución es evitar que haya otras revoluciones. Con ese acto co-mienza el reformismo dentro de la revolución. Reside aquí lagran complicidad –tan invisible como decisiva– entre revolu-ción y reformismo. En el mejor de los casos, esa complementa-riedad se logra por una dualidad –siempre más aparente quereal– entre el carisma del líder, que mantiene viva la perma-nencia de la revolución, y el sistema político revolucionario,que va asegurando la reproducción del reformismo. El lídercarismático ve el sistema como un confinamiento que limita suimpulso revolucionario, y lo presiona hacia el cambio; en tantoel sistema ve al líder como un fermento de caos que hace provi-sionales todas las verdades burocráticas. Esta dualidad creativafue durante algunos años uno de los ras-gos distintivos de la Revolución Cubana.Sin embargo, con el tiempo, la com-plementariedad virtuosa tiende a trans-formarse en bloqueo recíproco. Para ellíder carismático, el sistema, que co-mienza por ser una limitación que le esexterior, con el tiempo se convierte ensu segunda naturaleza. Se hace así difícil distinguir entre laslimitaciones creadas por el sistema y las limitaciones del pro-pio líder. El sistema, a su vez, conociendo que el éxito del refor-mismo terminará por erosionar el carisma del líder, se autoli-mita para prevenir que tal cosa ocurra. La complementariedad
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latina
Ningún líder carismático tiene unsucesor carismático.La transiciónsolo puede ocurrir en la medida enque el sistema reemplaza al carisma.
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