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 Pepe Gutiérrez-ÁlvarezLas subversivas. Revolucionarias en los tiempos delmovimiento obrero clásico
 
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 Este libro fue producto de una recopilación de diversos trabajos aparecidos en revistascomo Historia 16, Historia y Vida y Tiempo de Historia, y apareció en la editorial Hacer,Barcelona, 1986, en la que el autor había publicado otras cosas como el primer volumen delDiccionario bio-bibliográfico del socialismo, y había contribuido a la edición de diversosclásicos socialistas. Su título escogido era
Mujeres contra la historia 
, que tomaba una frasede Nietszche, pero fue retocado como
Mujeres socialistas 
, como producto de la adhesiónorganizativa del editor, Josep Ricou, antiguo militante de Acción Comunista, grupo queestaba en el origen de la propia editorial. Este cambio fue acompañado de la idea de colocarun prólogo, en un principio de Mª Aurelia Capmany, pero como no pudo ser de ésta, Ricouhecho mano a una diputada del PSC-PSOE, Rosa Barenys, pero después de una primeralectura me negué a aceptarlo, y finalmente apareció con una nota mía que culminaba conuna dedicatoria a Elizanda Illamola, una amiga y militante de la LCR que se había suicidadopoco antes. Sin embargo, ni tan siquiera esta dedicatoria fue suficiente para que el sectorfemenino de esta organización prestara atención a un libro “escrito por un tío”. Para sorpresade Antonia Rodrigo y de un servidor, en el día de la presentación de la edición en Leviatán,solamente estaba presente Montserrat Cervera. El libro llevó el camino errático propio deuna editorial militante sin militancia. Sin embargo, al año siguiente me llamó Paavo, uncamarada alemán que en la segunda mitad de los años setenta había estado afincado enCataluña y había sido el animador de una colección de modestas ediciones llamado“Cuadernos Rojos” a imitación de los “Cahiers Rouge” (entrevistos en uno de los momentosde la película Salvador), y al poco tiempo apareció con el título Sozialistinen (Isp Verlag,Franfukfurt, 1989). En 1995 apareció una edición italiana titulada Le sovversive, y tuvo unareedición el año 2005. El editor era un viejo conocido, Roberto Massari quien, según meexplicó había contactado con el editor alemán, Pavel B. Kleiser, en un congresointernacional sobre Charles Fourier. Massari editorial lo integró en su colección“contracorrente”. Los diversos capítulos han sido “colgados” en Kaosenlared, y enPintxagorria. Esta reconstrucción contiene algunas modificaciones menores en relación aloriginal, sobre todo los añadidos de Margaret Sanger y Louise Bryant. Agradezco a L´EspaiMarx que incluya éste y otros trabajos míos dentro de su inapreciable labor de larecuperación de una serie de libros, en su mayor parte muy difíciles de encontrar.
1. Las hijas (olvidadas) de la revolución francesa
¿Puede el hombre ser libre si la mujer es esclava?»Percy B. ShelleyAunque sus orígenes se remontan cuanto menos a la Grecia clásica, se puede decir queel feminismo tal como lo entendemos hoy día, como la mayor parte de las grandes ideasmodernas, comienza a cobrar forma en el interior del largo proceso de la revolucióndemocrático burguesa, y' lo hará en contra de la mayor parte de sus notables protagonistasmasculinos que se mostraran contrarios a equiparar los derechos de la mujer a los delhombre libre y propietario. Un caso ejemplar fue el de John Adams, segundo presidente delos Estados Unidos y uno de los redactores de la Declaración de Independencia. A pesar desu radicalismo, Adams tomó a broma la pretensión de su señora,
Abigail Smith Adams
 (1744-1818), cuando ésta trató en una serie de cartas de persuadirle que incluyera losderechos de la mujer al redactar las leyes del Estado más democrático del mundo entonces.En frente suya tenía alo tan poderoso como la tradición judeo-cristiana, especialmente
 
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reaccionaria en este aspecto como lo había sido con la cuestión de la esclavitud, que paraalgunos aparecía perfectamente justificada en la Biblia (
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).Las primeras feministas que enfocan la posibilidad de una natural equiparación entreambos sexos surgirán durante la revolución puritana que inicia dicho proceso y pone laprimera piedra de la Inglaterra moderna que servirá como modelo para los regímenesdemocráticos ulteriores. Los puritanos hirieron de muerte a la monarquía absoluta yafirmaron el derecho de los contribuyentes a elegir a sus representantes políticos. Tambiénestablecieron la capacidad de cada individuo de entenderse directamente con Dios sinnecesidad del Vaticano. Pero no admitieron para la mujer otra igualdad que la de rezar aDios, pero con la condición de mantener un papel subalterno en la institución eclesiástica, nomuy diferente a la que se le atribuía en el hogar, un terreno en el que más de dos siglos defeminismo no han sido suficientes para introducir cambios significativos.Mucho más allá fueron los ilustrados, dentro de los cuales surgieron nombres como el deCondorcet, que llega, casi en solitario, a defender en 1788 (en su obra
Ensayo sobre laConstitución de las Asambleas Provinciales
) el derecho de la mujer a tener unaparticipación en la política en pie de igualdad con el hombre, derecho que no se hará reali-dad sino casi siglo y medio más tarde. Condorcet piensa que una segregación de la mujersería una injusticia contraria a la razón, porque ellas poseen en común con el hombre «lacualidad de seres razonables y sensibles». A los que aducen falta de instrucción einteligencia, de debilidad física de la mujer, Condorcet les responde: “...¿Acaso no haymuchos representantes populares que carecen de los mismos, a su vez? El buen sentido ylos principios republicanos excluyen cualquier distinción entre hombres y mujeres a esterespecto. La principal objeción, repetida por todos, es que abriendo a la mujer la vida políticala distraemos de la atención de la familia. El argumento carece de fundamentos. Ante todono se refiere sino a las mujeres casadas, y no todas lo son. En segundo lugar, haría falta,por esta misma razón, prohibir a las mujeres el ejercicio de cualquier profesión manual o delcomercio”.Pero la voz de Condorcet clamaba en el desierto, y la presión antifeminista calará hastalos hombres más ilustres de la época sin exceptuar a los más radicales y avanzados de laGran Revolución como el semianarquista Sylvain Maréchal, compañero de Babeuf en lainsurrección de los Iguales y que se oponía a los derechos de la mujer. No obstante, lasideas de Condorcet serán retomadas por algunas de las mujeres que en masa habían sido,en palabras de Michelet, la «vanguardia de la revolución, en concreto por la líder girondinaMadame Roland, por la enrâge
Claire Lacombe
y sobre todo, por
Olimpia de Gouges
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)que será la inmortal autora de la primera
Declaración de los Derechos de la mujer y laCiudadana
que proclama, entre otras cosas: “Art. 1º. La mujer nace libre y permanece igualal hombre en sus derechos. Las distinciones sociales no pueden ser basadas sino en lautilidad común (...) Art. 4º. El ejercicio de los derechos naturales de la mujer, no tienen máslímites que los que la perpetua tiranía del hombre le ha impuesto. Estos límites deben de serreformados por las leyes de la naturaleza y la razón (...) Art. 6º. La ley debe de ser laexpresión de la voluntad general: todas las ciudadanas y todos los ciudadanos debenconcurrir personalmente y por intermedio de sus representantes a su formación (...) Art. 13º.Para el mantenimiento de las fuerzas públicas y para los gastos de la administración los tri-butos de hombres y mujeres son iguales; ésta participa en todos los servicios y todas laslabores penosas; debe tener pues, la misma parte en la distribución de los puestos, de losempleos, de los cargos, de la dignidad y de la industria”.Vale la pena decir cuatro cosas sobre estas tres mujeres, comenzando por Mme.Roland, cuyo nombre de soltera era Jean-Marie de Philipon, estaba casada con un ilustradoque era el doble mayor que ella. En este matrimonio el hombre fue el astro menor, tanto que
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