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SOBRE LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA OCONTRA UNO Etiénne de La Boétie
Traducción del viejo francés: Biblioteca Popular (Anarquista). Redacción entre 1546 y 1555Primera publicación parcial en 1574Publicación completa en 1576 ”De tener varios señores no veo ningún bien, que unosin mas sea el amo, que uno solo sea el rey”.
He aquí lo que declaró Ulises en público segúnHomero.Si él hubiese dicho solamente:
“De tener tener varios señores no veo ningún bien”:
 sería suficiente; pero en lugar de deducir que ladominación de muchos no puede ser buena, dado quela potestad de uno solo, desde que toma el título deamo, es dura y poco razonable, él al contrario añade:
“Que uno sin más sea el amo, y que uno solo sea rey.”
Hay que, probablemente, excusar a Ulises, el cuales posible que tuviese la necesidad de usar ese lenguajepara apaciguar la revuelta del ejército: adaptando yocreo su discurso más a las circunstancias que a laverdad. Pero hablando con discernimiento, es unaextrema fatalidad estar sujeto a un amo de quien no sepuede asegurar que sea bueno, puesto que está siempreen su poder el ser malvado cuando quiera; en cuanto aobedecer a muchos amos es igualmente desgraciado enextremo.No quiero debatir aquí la tantas veces aireada cuestión,a saber: de si las otras formas de república son mejoresque la monarquía. Si tuviese que debatirla, me gustaríasaber, antes de poner en duda qué categoría debeocupar la monarquía entre las diversas formas degobernar la cosa pública; si se le debe conceder alguna,porque es difícil de creer que haya algo de "público" enun gobierno donde todo es de uno solo. Peroreservemos para otro momento esta cuestión que bienmerecería un tratado aparte, o que más bien provocaríatoda clase de disputas políticas.Por el momento, yo no querría sino comprender cómoes posible que tantos hombres, tantos pueblos, tantasvillas, tantas ciudades, tantas naciones soporten a vecesa un solo tirano, que tiene por poder el que ellos le dan,que tiene el poder de perjudicarles tanto como ellosquieran aguantarle, y que no podría hacerles dañoalguno si ellos no prefirieran sufrirle a contradecirle.Cosa ciertamente asombrosa -y sin embargo tan comúnque hay que dolerse más que pasmarse de ello- es ver aun millón de hombres servir miserablemente, teniendoel cuello bajo el yugo, no porque estén forzados poruna fuerza superior, sino porque –eso parece- estánencantados y hechizados por el solo nombre de uno,del que ni deberían temer el poder ya que está solo, niamar sus cualidades ya que es en su tierra inhumano ysalvaje. La debilidad entre nosotros los hombres es talque a menudo obedecemos a la fuerza, es necesariocontemporizar, no podemos ser siempre los másfuertes. Así pues, si una nación es obligada por lafuerza de la guerra a servir a uno -como la ciudad deAtenas a los treinta tiranos-, no hay que asombrarse deque esta colabore en lugar de lamentar el accidente. Oque en lugar de asombrarse o quejarse, soporten el malpacientemente reservándose para un porvenir conmejor fortuna.Nuestra naturaleza es tal que los comunes deberes de laamistad se llevan una buena parte del curso de nuestravida. Es razonable amar la virtud, estimar las bellasacciones, reconocer el bien de donde se ha recibido, yreducir a menudo nuestro propio bienestar paraaumentar el honor y la ventaja de aquel a quienamamos y que lo merece. Así pues, si los habitantes deun país encuentran a algún gran personaje que leshubiera dado pruebas de una gran previsión parasalvaguardarles, de una gran osadía para defenderles,de una gran prudencia para gobernarles; si de ahí enadelante se acostumbran a obedecerle y a fiarse de élhasta concederle una cierta supremacía, no sé si seríamuy inteligente quitarlo del lugar dónde hacía el bienpara elevarlo a dónde podrá hacer el mal; másciertamente, no se podría hacer otra cosa que tener labondad de no temer ningún mal de quien no hemosrecibido sino el bien.¿Pero, oh buen dios, que puede ser esto? ¿Cómodiremos que se llama esto? ¿Que desgracia es esta? quevicio, o más bien que desgraciado vicio es ver un anúmero infinito de personas, no sólo obedecer, sinoservir; no ser gobernados, sino ser tiranizados, noteniendo ni bienes, ni padres, ni mujeres, ni hijos, ni sumisma vida que les pertenezcan, sufrir las rapiñas, lalujuria, las crueldades, no de un ejército, no de unafacción bárbara contra quien cada uno deberíadesprenderse de su sangre y su vida, sino de solouno! ¡No ya de un Hércules o de un Sansón, sino de unhombrecillo a menudo el más cobarde y afeminado dela nación, no acostumbrado a la pólvora de las batallassino apenas a la arena de los torneos, qué no solamentees un inepto para mandar por la fuerza a los hombres,sino completamente impedido para satisfacer vilmentea la menor de las mujercillas! ¿Llamaremos a estocobardía? ¿Diríamos que los que sirven son viles y
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cobardes? Si dos, si tres, si cuatro no se defienden deuno, es extraño, pero no obstante posible; se podríadecir con razón: que es por falta de corazón. Pero siciento, si mil sufren a uno solo, ¿no se dirá que noquieren, y que no es cobardía sino más bien desprecio odesdén?Si vemos que entre, no ciento, no mil hombres, sinocien países, mil ciudades, un millón de hombres, noataca ni siquiera uno solo, de los cuales el mejortratado de todos tiene la condición de ser siervo yesclavo, cómo calificaremos esto.? ¿Es cobardía?Ahora bien, todos los vicios tienen naturalmente algúnlímite que no se pueden sobrepasar. Dos hombres, yhasta diez, pueden temer a uno; pero qué mil, unmillón, mil ciudades no se defiendan de uno, esto no escobardía,: esta no llega hasta ahí, igual que la valentíano exige que un solo hombre escale una fortaleza,ataque un ejército, conquiste un reino. ¿Entonces quevicio monstruoso es este pues éste, que no merece eltítulo de cobardía, que no encuentra nombre lo bastantevil, que la naturaleza niega haber fabricado y que lalengua rehúsa nombrar...?Dispónganse de un lado a cincuenta mil hombres enarmas, del otro tantos otros, qué se los forme en ordende batalla, qué lleguen allí a las manos; los unos librescombatiendo por su libertad, los otros combatiendo porarrebatársela a los primeros. ¿A quienes se concederála victoria? Quiénes irán más valientemente alcombate: ¿aquellos que esperan como recompensaconservar su libertad, o los que no esperan otro salarioque los golpes que dan y reciben a causa de suservidumbre hacia otro? Los unos siempre tienendelante de los ojos la felicidad de su vida pasada y laespera de un bienestar igual para el futuro. Piensanmenos en lo que tienen que sufrir durante el tiempo quedura una batalla que en lo que tendrían que sufrir,vencidos, ellos, sus hijos y toda su posteridad. Losotros tienen nada que les enardezca salvo una pequeñapizca de codicia que se embota de repente contra elpeligro, y cuyo ardor parece apagarse a la menor gotade sangre que salga de sus heridas.En las batallas tan renombradas por Milciades, porLeonidas, por Temístocles, que se dieron dos mil añosatrás y que están todavía hoy tan frescas en la memoriade los libros y de los hombres como si lo hubiera sidoayer, que se dieron en Grecia para bien los griegos yejemplo de todo el mundo, ¿que es lo que dió a tanpequeño número de gente, como eran los griegos, no elpoder, sino el coraje de resistir la fuerza de tantosnavíos que la mar misma desbordaba, de vencer atantas naciones que en tan gran numero eran, que elescuadrón de los griegos no habría podido abastecer decapitanes a los ejércitos enemigos: sino que parece queen aquellos días gloriosos, no era tanto la batalla degriegos contra persas, sino la victoria de la libertadsobre la dominación, de la honradez sobre la codicia.¡Es cosa extraña oír hablar de la valentía que la libertadpone en el corazón de los que la defienden! Pero lo queocurre en todos los países, a todos los hombres todoslos días es que un solo hombre oprima a cien mil y losprive de su libertad, ¿quién podría creerlo, si sólopudiera oírlo y no verlo? Y si esto ocurriese en paísesextranjeros, en tierras lejanas y alguien nos lo dijera,¿quien no pensaría que es más bien un cuento y noverdad?Ahora bien, a este tirano solitario, no hay necesidad decombatirlo ni de vencerlo. Él mismo está vencido,cuando el país no consiente en servirle más. No se tratade quitarle algo, sino de no darle nada. No haynecesidad de que el país se moleste en hacer algo parasí, cuando basta con que no hagan nada contra sí. Sonpues los pueblos mismos los que se abandonan, o másbien los que se hacen dar reprimendas, ya que endejando de servirles quedarían libres. Es el puebloquien se somete y quien se corta la garganta; quienteniendo la elección de ser siervo o ser libre, deja laindependencia y toma el yugo; quien consiente sudolor, o más bien lo busca... Si les costara algorecobrar su libertad, no les metería yo tanta prisa; queotra cosa debe tener un hombre de más querido que lade volverse a su derecho natural y, por decirlo así, debestias volver a ser hombres. Pero por lo pronto nodeseo en él una insolencia tan grande; le permito queprefiera la aparente seguridad de vivir miserablementea la dudosa esperanza de vivir a su antojo. Que…? sipara obtener la libertad basta con desearlo, si no esnecesario mas que un simple querer, ¿habrá algunanación en el mundo que la estime aún demasiado carapudiéndola ganar mediante un simple deseo? ¿Y quiénlamentaría su voluntad de recobrar un bien que deberíarescatarse al precio de su sangre, y con cuya pérdidatodas las gentes de honor deben estimar la vida amargay la muerte saludable? Ciertamente, como el fuego deuna pequeña chispa deviene grande y siempre serefuerza, y cuanta más leña encuentra más está presta aquemar, y sin echarle agua para apagarla, solamente noponiéndole mas madera, no teniendo nada queconsumir, se consume a sí misma, y acaba sin fuerzaalguna y no hay más fuego, de igual manera los tiranos,cuanto más se dán al pillaje, más exigen; cuanto másarruinan y destruyen, más se les abastece, más se lessirve, de tanto más se fortifican, y se vuelve siempremas fuertes y mas frescos para aniquilar y destruirtodo. Pero si no se les proporciona nada, si no se lesobedece, sin combatir, sin golpear, se quedan desnudosy derrotados y no son más nada, lo mismo que la rama,que no teniendo ni jugo ni alimento de su raíz, se tornaseca y muerta.Los intrépidos para adquirir el bien que desean, notemen el peligro, los sagaces no rehúsan el esfuerzo,los cobardes y los torpes no saben aguantar el dolor, nirecobrar el bien que se limitan a ansiar y la virtud deaspirar a ello les es robada por su propia cobardía; sóloles queda el deseo natural de poseerlo. Este deseo, estavoluntad por anhelar todas las cosas cuya adquisiciónles haría felices y contentos, es común a los sabios y alos imprudentes, a los valientes y a los cobardes,. Unasola cosa hay que decir en la cual, no sé por qué, lanaturaleza falla a los hombres a la hora de desearla: ¡esla libertad, que es un bien, no obstante, tan grande y tan
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placentero que perdida ella, todos los malessobrevienen, e incluso los bienes que quedan detrás deella, pierden totalmente su gusto y su saborcorrompidos por la servidumbre.La sola libertad los hombres no la desean, no por otrasrazones sino únicamente porque si la deseasen, laobtendrían; como si rehusaran hacer esta preciosaadquisición porque es demasiado fácil.¡Pobres y miserables, pueblos insensatos, nacionesobstinadas en vuestro dolor y ciegas a vuestrobien! ¡Os dejáis quitar delante vuestro lo más bello ymás caro de vuestra renta, saquear vuestros campos,robar vuestras casas y despojarlas de los viejosmuebles paternos; vivís de tal suerte que no podéispresumir de que algo sea vuestro. Parece que en losucesivo fuese una gran felicidad tener alquiladosvuestros bienes, vuestras familias y vuestras vilesvidas. Y todos estos daños, estas desgracias, esta ruina, no osvienen de los enemigos, sino bien por cierto delenemigo, que es ése que vosotros habéis hecho todo logrande que es, por quien vais tan valientemente a laguerra, y por la grandeza del cual no dudáis enofreceros a la muerte vosotros mismos. Ese que osdomina tiene sin embargo sólo dos ojos, dos manos, uncuerpo, y no otra cosa que no tuviera el último de loshombres del número infinito de vuestras ciudades,salvo los medios que vosotros le proporcionáis paradestruiros. ¿De donde toma todos esos ojos con los queos espía, si no se los proporcionáis vosotros? ¿Cómotiene tantas manos para golpearos, si no las toma devosotros? ¿Los pies con los que pisa vuestras ciudadesde donde los ha sacado sino son los vuestros? ¿Cómotiene algún poder sobre vosotros, sino gracias avosotros? ¿Cómo osaría asaltaros, si no estuvieseconchabado con vosotros? ¿Que podría haceros, sivosotros no fueseis los encubridores del ladrón que osdespoja, cómplices del asesino que os mata y traidoresa vosotros mismos? Vosotros sembráis los frutos paraque él los devaste, vosotros amuebláis y llenáisvuestras casas para abastecer su rapiñas, vosotrosalimentáis a vuestras hijas para que él pueda saciar sulujuria, vosotros alimentáis a vuestros hijos para que,siendo lo mejor que él sabrá hacer, los lleve a la guerra,a la carnicería, que los haga ministros de sus codicias yejecutores de sus venganzas. Vosotros rompéis con elesfuerzo vuestras personas a fin de que él puedadisfrutar afectadamente en sus delicias y revolcarse ensus sucios y villanos placeres. Vosotros os debilitáis afin hacerlo más fuerte y rudo para sujetaros de unabrida más corta. Y de tantas indignidades, que lasmismas bestias ni soportarían ni sufrirían, vosotrospodríais libraros si tratarais, no ya de libraros, sinosolamente de querer hacerlo.Estad resueltos a no servir más, y heos aquí libres; noquiero yo que le empujéis o lo quebrantéis, sinosolamente que no lo sostengáis más, y lo veréis, comoun gran coloso a quien se a quebrantado la base, bajosu propio peso desplomarse y romperse.Los médicos aconsejan justamente de no meter la manoen las heridas incurables; por lo que no actúo yosabiamente al querer predicarle esto a un pueblo que haperdido desde hace tiempo todo conocimiento, puestoque él no lo siente tampoco, de su mal -lo que muestrabastante que su enfermedad es mortal-. Procuremospues comprender por conjeturas, si podemos encontrar,hasta que punto está enraizada esta empecinadavoluntad de servir, que parece ahora que el mismoamor a la libertad no es tan natural.En primer lugar esto está, como creo, fuera de dudaporque si viviéramos con los derechos que lanaturaleza nos ha dado y con los conocimientos queella nos enseña, seriamos naturalmente obedientes anuestros padres, sujetos a la razón, y siervos de nadie.De la obediencia que cada uno, sin otras advertenciaque las de su naturaleza, tienen hacia su padre y sumadre todos los hombres son testigos cada uno de porsí. De la razón si nace con nosotros o no –es unacuestión debatida a fondo por las academias y tocadapor todas las escuelas de filósofos-, en este momentono pienso errar diciendo que en nuestra alma hayalguna natural semilla de razón, la cual mantenida porel buen consejo y costumbre florece en virtud, y alcontrario a menudo no pudiendo resistir a los viciosque le sobrevienen se asfixia y se aborta. Masciertamente si hay algo claro y aparente en lanaturaleza, y donde no está permitido hacerse el ciego,es que la Naturaleza, ministra de dios, gobernanta delos hombres, nos a hecho a todos de la misma forma y,a lo que parece, con el mismo molde, a fin de que nosreconozcamos todos como compañeros, o más biencomo hermanos. Y si, en el reparto de presentes queella nos hizo, prodigó algunas ventajas de cuerpo o deespíritu a unos más que a otros, no quiso ponernos sinembargo en este mundo como en un campo cerrado, yno ha enviado aquí abajo a los más fuertes ni a los másdiestros como bandoleros armados en un bosque paramaltratar allí a los más débiles, sino más bien hay quecreer que haciendo así partes de unos más grandes paray la de los otros más pequeñas, quiso hacerle un sitio alafecto fraternal, a fin de que ella tuviese dondeemplearlo, teniendo unos el poder de dar ayuda y losotros necesidad de recibirlo, pues, ya que esta buenamadre nos dá a todos toda la tierra por morada, nos haalojado a todos en la misma casa, nos ha formado conel mismo patrón con el fin de que cada uno pudieramirarse y casi reconocerse el uno en el otro, si ella nosa dado a todos este gran presente de la voz y de lapalabra para conocernos y fraternizar aún más y hacermediante la común y mutua declaración de nuestrospensamientos, la comunión de nuestras voluntades; yaque ella trató por todos los medios de apretar tan fuerteel nudo de nuestra alianza y sociedad; si ella amostrado en todas las cosas que no solo nos queríaunidos, sino que fuésemos uno, no hay que dudar deque nosotros somos naturalmente libres, puesto quetodos somos compañeros. No puede caer en elentendimiento de nadie que la naturaleza haya puesto aninguno en servidumbre habiéndonos puesto a todos encompañía.
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