cobardes? Si dos, si tres, si cuatro no se defienden deuno, es extraño, pero no obstante posible; se podríadecir con razón: que es por falta de corazón. Pero siciento, si mil sufren a uno solo, ¿no se dirá que noquieren, y que no es cobardía sino más bien desprecio odesdén?Si vemos que entre, no ciento, no mil hombres, sinocien países, mil ciudades, un millón de hombres, noataca ni siquiera uno solo, de los cuales el mejortratado de todos tiene la condición de ser siervo yesclavo, cómo calificaremos esto.? ¿Es cobardía?Ahora bien, todos los vicios tienen naturalmente algúnlímite que no se pueden sobrepasar. Dos hombres, yhasta diez, pueden temer a uno; pero qué mil, unmillón, mil ciudades no se defiendan de uno, esto no escobardía,: esta no llega hasta ahí, igual que la valentíano exige que un solo hombre escale una fortaleza,ataque un ejército, conquiste un reino. ¿Entonces quevicio monstruoso es este pues éste, que no merece eltítulo de cobardía, que no encuentra nombre lo bastantevil, que la naturaleza niega haber fabricado y que lalengua rehúsa nombrar...?Dispónganse de un lado a cincuenta mil hombres enarmas, del otro tantos otros, qué se los forme en ordende batalla, qué lleguen allí a las manos; los unos librescombatiendo por su libertad, los otros combatiendo porarrebatársela a los primeros. ¿A quienes se concederála victoria? Quiénes irán más valientemente alcombate: ¿aquellos que esperan como recompensaconservar su libertad, o los que no esperan otro salarioque los golpes que dan y reciben a causa de suservidumbre hacia otro? Los unos siempre tienendelante de los ojos la felicidad de su vida pasada y laespera de un bienestar igual para el futuro. Piensanmenos en lo que tienen que sufrir durante el tiempo quedura una batalla que en lo que tendrían que sufrir,vencidos, ellos, sus hijos y toda su posteridad. Losotros tienen nada que les enardezca salvo una pequeñapizca de codicia que se embota de repente contra elpeligro, y cuyo ardor parece apagarse a la menor gotade sangre que salga de sus heridas.En las batallas tan renombradas por Milciades, porLeonidas, por Temístocles, que se dieron dos mil añosatrás y que están todavía hoy tan frescas en la memoriade los libros y de los hombres como si lo hubiera sidoayer, que se dieron en Grecia para bien los griegos yejemplo de todo el mundo, ¿que es lo que dió a tanpequeño número de gente, como eran los griegos, no elpoder, sino el coraje de resistir la fuerza de tantosnavíos que la mar misma desbordaba, de vencer atantas naciones que en tan gran numero eran, que elescuadrón de los griegos no habría podido abastecer decapitanes a los ejércitos enemigos: sino que parece queen aquellos días gloriosos, no era tanto la batalla degriegos contra persas, sino la victoria de la libertadsobre la dominación, de la honradez sobre la codicia.¡Es cosa extraña oír hablar de la valentía que la libertadpone en el corazón de los que la defienden! Pero lo queocurre en todos los países, a todos los hombres todoslos días es que un solo hombre oprima a cien mil y losprive de su libertad, ¿quién podría creerlo, si sólopudiera oírlo y no verlo? Y si esto ocurriese en paísesextranjeros, en tierras lejanas y alguien nos lo dijera,¿quien no pensaría que es más bien un cuento y noverdad?Ahora bien, a este tirano solitario, no hay necesidad decombatirlo ni de vencerlo. Él mismo está vencido,cuando el país no consiente en servirle más. No se tratade quitarle algo, sino de no darle nada. No haynecesidad de que el país se moleste en hacer algo parasí, cuando basta con que no hagan nada contra sí. Sonpues los pueblos mismos los que se abandonan, o másbien los que se hacen dar reprimendas, ya que endejando de servirles quedarían libres. Es el puebloquien se somete y quien se corta la garganta; quienteniendo la elección de ser siervo o ser libre, deja laindependencia y toma el yugo; quien consiente sudolor, o más bien lo busca... Si les costara algorecobrar su libertad, no les metería yo tanta prisa; queotra cosa debe tener un hombre de más querido que lade volverse a su derecho natural y, por decirlo así, debestias volver a ser hombres. Pero por lo pronto nodeseo en él una insolencia tan grande; le permito queprefiera la aparente seguridad de vivir miserablementea la dudosa esperanza de vivir a su antojo. Que…? sipara obtener la libertad basta con desearlo, si no esnecesario mas que un simple querer, ¿habrá algunanación en el mundo que la estime aún demasiado carapudiéndola ganar mediante un simple deseo? ¿Y quiénlamentaría su voluntad de recobrar un bien que deberíarescatarse al precio de su sangre, y con cuya pérdidatodas las gentes de honor deben estimar la vida amargay la muerte saludable? Ciertamente, como el fuego deuna pequeña chispa deviene grande y siempre serefuerza, y cuanta más leña encuentra más está presta aquemar, y sin echarle agua para apagarla, solamente noponiéndole mas madera, no teniendo nada queconsumir, se consume a sí misma, y acaba sin fuerzaalguna y no hay más fuego, de igual manera los tiranos,cuanto más se dán al pillaje, más exigen; cuanto másarruinan y destruyen, más se les abastece, más se lessirve, de tanto más se fortifican, y se vuelve siempremas fuertes y mas frescos para aniquilar y destruirtodo. Pero si no se les proporciona nada, si no se lesobedece, sin combatir, sin golpear, se quedan desnudosy derrotados y no son más nada, lo mismo que la rama,que no teniendo ni jugo ni alimento de su raíz, se tornaseca y muerta.Los intrépidos para adquirir el bien que desean, notemen el peligro, los sagaces no rehúsan el esfuerzo,los cobardes y los torpes no saben aguantar el dolor, nirecobrar el bien que se limitan a ansiar y la virtud deaspirar a ello les es robada por su propia cobardía; sóloles queda el deseo natural de poseerlo. Este deseo, estavoluntad por anhelar todas las cosas cuya adquisiciónles haría felices y contentos, es común a los sabios y alos imprudentes, a los valientes y a los cobardes,. Unasola cosa hay que decir en la cual, no sé por qué, lanaturaleza falla a los hombres a la hora de desearla: ¡esla libertad, que es un bien, no obstante, tan grande y tan
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