Günter Grass: Me he enfrentado a esta pregunta muchas veces cuando era un joven escritor. Al terminar laguerra tenía 17 años y estaba dotado de un cierto talento artístico, pero pronto noté que tanto para migeneración, como para la nueva generación literaria de la posguerra, no había mucho que opinar sobre lascuestiones fundamentales. Estos asuntos eran, por decirlo de algún modo, una especie de tabú. Losalemanes habían iniciado la guerra de manera criminal y ésta había concluido con la capitulación total. Setrataba de un crimen cuya sombra era muy alargada, pero aun así el pasado se silenciaba. Debo decir queaunque vivía en aquellos años cincuenta en la soberana República Federal de Alemania, lo mismo ocurríaen la Alemania del Este.Todo se convirtió en una suerte de leyenda. Se empezó a divulgar entonces la idea del pobre puebloalemán que había sido perseguido. Pero yo, cuando era joven, había visto exactamente cómo habíaocurrido todo, a plena luz del día. Sin embargo, la mentira campaba a sus anchas, salía a la luz pública.Existía esa especie de consenso, ese pacto de silencio tácito de no hablar de ello, de ocultarlo, de taparlo,de dejarlo todo como estaba, de remover el pasado lo menos posible. La joven generación literariaalemana buscó preferentemente la respuesta a esta cuestión, es decir, habló y escribió acerca de ello demanera crítica. Y esta postura la he seguido manteniendo hasta hoy. Contra ese silenciamiento oficial deesta especie de statu quo y contra la historia oficial que posteriormente se escribió, y que intentaba correr un tupido velo sobre esa realidad y mantener a las generaciones jóvenes alejadas de la verdad. Esa fue, precisamente, una de las tareas que se impuso la literatura. Heinrich Böll y yo nos hemos referido siemprea ello de una manera muy crítica, y se nos llegó a tildar de conciencia de la nación, lo cual es una solemnetontería. En todo caso el escritor puede erigirse, como mucho, en memoria de un pueblo. Nosotrosrecordamos esta cuestión que se intenta apartar de nuestra memoria ocultándola y disfrazándola conmentiras. Esta es la tarea, aunque, como es lógico, nunca se sabrá cómo será el final de este proceso.RESALTADO La Unión Europea, de la que tanto se habla, es hasta ahora sólo una unión bancaria.J.G.: Luego hablaremos de este fenómeno porque en España está ocurriendo algo parecido. Esa amnesia,ese olvido que se pactó durante la transición lo estamos pagando ahora. Pero quisiera tocar otro tema queme parece de una enorme importancia en este momento. Desde 1989, es decir, desde la caída del muro deBerlín, la humanidad está viviendo un vertiginoso retroceso. Me explico: es el desmantelamientosistemático del Estado del bienestar, la atomización de la clase obrera, que se manifiesta también en la pérdida de influencia de los sindicatos, el abandono del republicanismo entendido como freno a laarbitrariedad y al abuso de la fuerza en favor de un liberalismo que, en realidad, se traduce en ladesregulación, la flexibilidad laboral y la deslocalización de la que habla precisamente el Theo Wütkke desu novela. En cierto modo, lo que se nos dice en resumen es que para defender la economía nacional hayque echar a la clase obrera nacional. Este ultraliberalismo ya había sido denunciado en una forma muy bella por un gran poeta inglés, William Blake, cuando decía más o menos: "Una misma ley para el león y para el buey es la opresión". Nos encontramos ahora ante esta situación de indefensión de los sectores másamplios de la sociedad, y no hablo ya del Tercer Mundo, de lo que nos ocuparemos luego, y llegamos aesta triste conclusión: habrá que considerar el período comprendido entre mediados de los cincuenta ymediados de los setenta como el logro máximo de la especie humana en el mundo occidental. Los valoresdemocráticos han sufrido, desde luego, una verdadera sangría de sentido. La Unión Europea, de la quetanto se habla, es hasta ahora sólo una unión bancaria, una unión de monedas. Y ante todo esto, lo mássorprendente es el silencio de los intelectuales posmodernos, de los excomunistas que dedican todo sutiempo a disculpar sus errores y entonan continuamente este mea culpa, y de los exdemócratas que pareceque ya no tienen nada que decir. El mundo marcha por sí solo, las maravillosas leyes del mercado lo van aregular todo, y nos encontramos de hecho con un retorno al peor capitalismo del siglo XIX, uncapitalismo salvaje. Me gustaría conocer su opinión sobre esta situación que acabo de evocar.G.G.: Usted acaba de mencionar toda una serie de asuntos que ya he abordado en muchas ocasiones enmis escritos, en mis charlas y en mis discursos. Existe una vez más en mí un enorme asombro acerca de latorpeza, la falta de inteligencia de los vencedores. Durante estos años de guerra fría se hizo todo lo posible por mejorar el nivel de vida, y entonces el bloque soviético empezó a resquebrajarse. Cayó elmuro de Berlín, y no sólo en Alemania, sino también en toda Europa, se presenció la desaparición de estetelón de acero, y Europa ya no se vio desunida como antes. ¿Y cuál fue la reacción de los vencedores?Hicieron lo más estúpido que a uno se le puede pasar por la cabeza.De repente, los últimos reductosideológicos del capitalismo se sintieron libres de toda amenaza y, comparativamente hablando, seretrocedió a la situación ya conocida del siglo XIX, del liberalismo primitivo y salvaje, ese competitivoliberalismo de zancadilla que hoy nos gobierna. La República Federal de Alemania, para poner a mi propio país como ejemplo, ha ganado prestigio y notoriedad en la época de la posguerra por haber sabidoestablecer una relación equilibrada entre el obrero y el empresario, por haber creado un sistema de
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