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1A. Martin, M. Dupont, M. Husson,C. Samary y H. WilnoElementos de análisiseconómico marxistaLOS ENGRANAJES DEL CAPITALISMO
Traducción: María Dolores Vivero GarcíaPrólogoIntroducciónCatulo 1El valor y la explotacnCatulo 2La acumulación del capitalCatulo 3Las fluctuaciones ecomicasCatulo 4El imperialismo y la econoa mundialCapítulo 5La alternativa socialista: elementos para el debatePequeña guía de lectura
 
2PRÓLOGOLO QUE LOS MARXISTAS SABEN SOBRE EL CAPITALISMO
Este libro ha sido escrito con la voluntad de evitar un doble escollo: por un lado, eldogmatismo (“nada ha cambiado”) y, por otro, lo que se podría bautizar como el“replantearse todo” (“¡ ha cambiado tanto todo !”).La parsimonia es un buen principio : apliquemos hasta el final la teoría marxista delvalor-trabajo y veamos si chocamos con eventuales insuficiencias. Este métodopermite bastante rápidamente poner el proyector en el error común que encontramoscomo fundamento de las tesis de moda sobre el fin del trabajo y sobre las nuevasfuentes del valor económico.Si el trabajo no es ya la única fuente de
riqueza 
producida, entonces es lógico deducir que uno se puede enriquecer durmiendo y que el valor trabajo tiene que perder sucentralidad. EL problema esta en que esas afirmaciones no resisten la prueba de loshechos.
SIN TRABAJO NO HAY BENEFICIO
La inmaterialidad creciente de las mercancías o el peso del trabajo intelectual en suconcepción no cambian en nada las relaciones de producción básicas ni, en particular,la ley del valor. La cuestión planteada aquí es la de saber de dónde viene el beneficio :¿ del trabajo o del ordenador ? Todo el proyecto de Marx ha consistido en desvelar,detrás de la engañosa apariencia, las relaciones sociales fundamentales. En elcapitalismo sólo el trabajo es fuente y medida de valor y el beneficio se forma como unexcedente. Es la diferencia entre, por un lado, la riqueza producida – que toma laforma de una enorme acumulación de bienes y servicios – y, por otro, lo que vuelve alos trabajadores. Esa diferencia se llama plusvalor y es repartida en función de reglasque atribuyen a los títulos de propiedad el derecho y el poder de extraer unadeterminada fracción de ese plusvalor. La redistribución puede tomar formas diversas:beneficios para las empresas, intereses para los acreedores, dividendos para losaccionistas. La clave de interpretación marxista nos preserva del error consistente enconfundir la creación del plusvalor y su reparto. En particular, el enriquecimientofinanciero debe ser analizado como una captación del valor producido en el procesode producción. Esa es además una de las grandes lecciones del “krach” de la nuevaeconomia: privada de su sustrato mercantil, su valor bursátil se hunde...El gran argumento de los teóricos del nuevo capitalismo es decir que el trabajo directosólo ocupa ya un lugar subalterno dentro de la actividad productiva. La creación devalor económico pasa cada vez más por servicios inmateriales, por la circulación de lainformación; el conocimiento se ha convertido en un factor de producción en si mismo,cada asalariado es una especie de pequeño capital, y es la empresa como máquinacolectiva la que produce realmente valor. Por eso el salario es una forma deremuneración superada que hay que completar fomentando el interés en losresultados de la actividad. No todo es falso en ese discurso, pero tampoco hay nadarealmente nuevo. El capital ha sido siempre un poder social capaz de absorber en subeneficio las capacidades y las cualidades de los trabajadores, y en ese sentido esuna relación social. EL capitalista compra lo que le hace falta para producir y revendesu mercancía con un beneficio. Esa relación esencial no ha cambiado nada, y menosaún la ley que consiste para cada capitalista en reducir los costes al máximo yespecialmente el coste salarial. No hay ninguna noticia de que el ensañamientopatronal en bajar los salarios, reducir el empleo y prolongar el tiempo de trabajo útil
 
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haya desaparecido debido a una especie de evaporación del trabajo productivo.Esta idea falsa, según la cual el trabajo no participarla ya en la producción más que demanera accesoria, se encuentra en la idea también falsa de una pérdida decentralidad del trabajo. Se trata en realidad de pura ideología que trata de justificar lapersistencia de un paro masivo y de preservar el derecho de la patronal a emplear y adespedir “libremente” con el pretexto de que la verdadera vida está en otra parte. Losfundamentos de esta ideología han sido barridos por la significativa experienciadesarrollada en Francia en los últimos cuatro años, mediante la creación de empleo enun número récord, pudiendo comprobarse así que hace falta trabajo para producir yque los parados no han renunciado a pedir un empleo. En Francia la patronal acabaincluso de rendir una especie de homenaje del vicio a la virtud afirmando —en contrade toda evidencia— que el paso a las 35 horas reducía el número total de horas detrabajo: eso era admitir implícitamente que en eso reside la fuente de la riqueza social.
MUTACIONES DIFÍCILES DE DIGERIR
No se trata evidentemente de negar las transformaciones del trabajo, que son muyprofundas: dilución del trabajo de concepción, horarios, teletrabajo, precariedad,polivalencia, intermitencia, auto-formación, especialización flexible, calidad, atención alcliente, etc. Obviamente, no se produce las mismas cosas ni de la misma manera quehace treinta o cincuenta años. De ahí a saltar apresuradamente a la conclusión segúnla cual las categorías clásicas de trabajo y de explotación están superadas, hay unpaso demasiado rápido. Estamos hoy inundados por teorías nuevas que pretendennegar la validez de un análisis en términos de relaciones capital-trabajo y giranalrededor de la economía del conocimiento. Ya no se podría medir ni el trabajo ni elvalor, y eso querría decir que ese nuevo capitalismo, bautizado por ejemplo como“cognitivo” o “patrimonial”, obedecería a leyes diferentes alas del capitalismo “clásico”,el que Marx tan bien teorizó.Esa posición remite a leer a Marx con anteojeras, a hacer de él el teórico hoysuperado de un capitalismo de la pequeña empresa (en gran parte, además,imaginario). Eso es un contrasentido absoluto, a la vez en lo que se refiere a Marx y, loque es más grave, al capitalismo contemporáneo, debido a una lectura no dialéctica.Tenemos, por un lado, un sistema con su lógica inmutable, y por otro, las mutacionesdel trabajo. La apología modernista consiste en decir que esas transformacionesbastan para cambiar el capitalismo, lo que supone atribuirle una plasticidad que notiene. La critica marxista consiste en demostrar que el capitalismo no puede digerir cómodamente una extensión del ámbito de la gratuidad y el paso a una organizacióncooperativa y democrática del trabajo que se han hecho posibles gracias a lastransformaciones actuales. Frente a esas amenazas virtuales, todos los esfuerzos delcapitalismo, a pesar de su pretensiôn de modernidad, están orientados hacia lapreservación y la reproducción del calculo económico mercantil más estrecho.En lugar de esperar que la transformaci6n social sea introducida por meroautomatismo, como subproducto de las innovaciones tecnológicas, el marxismorevolucionario debe por el contrario suscitar las resistencias a la mercantilización. Setrata de contribuir así a ese cambio radical de situación, que haría pasar al movimientosocial a la afirmación de aspiraciones anticapitalistas centradas en el derecho alempleo, a los servicios públicos y al tiempo libre, nociones todas ellas evidentementeextranjeras para el capital.Dentro de esa perspectiva crítica este libro se abre con una exposición de la teoríamarxista del valor-trabajo, pasa luego a una presentación de la dinámica del
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