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Por Roberto Massari
Primera edición: Italia, 1987Se reproduce de la séptima edición,ampliada y revisada por el autor Tafalla, Editorial Txalaparta, abril de 2004[Se reproduce con la autorización expresadel autor y los editores]
Che Guevara
 Pensamiento y política de la utopía
[Traducción de José María Pérez Bustero]
http://www.scribd.com/Rebeliones
 
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Índice del volumen
1. Los años de la formación
[Por razones técnicas y editoriales este primer capítulo aquí noestá reproducido]
 2. Filosofía y marxismo3. Economía y socialismo4. Revolución y política5. Humanismo y utopíaBibliografía general
[Por razones técnicas y editoriales aquí noestá reproducida]
 Cronología de su vida
[Por razones técnicas y editoriales aquíno está reproducida]
 Indice onomástico
[Por razones técnicas y editoriales aquí noestá reproducido]
 
 
3
Capítulo IIFilosofía y marxismo
 La verdad es que los barrabases siempre andan a contramano de todo y yo no me hedecidido a dejar de serlo.
(Carta a la madre, 10 de octubre de 1954).
1. San Carlos (Marx)
 Los Guevara «eran una familia católica, pero no practicante», según la descripción del viejo amigo deAlta Gracia, José Aguilar. (El hermano Roberto Guevara nos ha confirmado, sin embargo, recientemente, quela religión no logró nunca poner un pie en aquella casa, dominada por la figura intelectual y brillantementeracional de Celia de la Serna). Es cierto, como sea, que el catolicismo no debe haber ocupado un lugarsignificativo en la adolescencia del Che, ya que nunca sintió la necesidad de tener en cuenta o de detenerse areflexionar sobre esto –aunque fuese retrospectivamente– en la fase de su plena y madura adhesión al ateísmo.Por un simpático episodio ocurrido en el verano de 1952, en el lazareto de San Pablo en el Amazonas, setiene la impresión de que Ernesto, ya con veinticuatro años, jovencito emprendedor y agitado por problemasintelectuales de todo tipo, mantuviese entonces una relación de pasiva condescendencia con el mundo de lareligión. El lazareto era en efecto atendido por monjas que, no obteniendo justificaciones plausibles por partede los dos vivaces jóvenes (Ernesto y Alberto) sobre la ausencia de ambos a la misa, reducían como castigosus raciones de comida. En muchosdiarios y textos de reflexión íntima del Che no se encuentra mucho másacerca del problema de la religión.
1
 
El vehículo de la formación religiosa en las familias de tradición católica (máxime de cultura «hispánica»o «latina») era por entonces normalmente la madre. Celia de la Serna, sin embargo, fue siempre una mujeranimada por fuertes intereses intelectuales, de orientación racionalista, ciertamente ajenos al conformismocultural del catolicismo en Argentina. Un país, por añadidura, en el que la Iglesia no tuvo una vida fácil ymucho menos en los años de la presidencia peronista.En una carta desde La Paz, del 24 de julio de 1953, Ernesto pedía noticias de una conferencia sobreSpengler, dada por su madre en Buenos Aires. Esta referencia al autor del célebre
 La decadencia deOccidente,
con su concepción determinista de la filosofía de la historia y con su pesimismo típico delinmanentismo sobre el futuro del hombre, no tiene nada en común con el optimismo voluntarista del jovenChe. Pero la teoría cíclico-relativista de la historia y del pensamiento humano propuesta por Spengler, habíatenido ya ecos célebres en América Latina. Por ejemplo, en el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, que sebasó en ella para su teoría del espacio-tiempo histórico
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y en el mexicano José Vasconcelos (
 La raza cósmica
,1926), iniciador de una larga escuela de estudios y teorías inspiradas en el mito conservador de la «es-pecificidad cultural».
Nos es por lo tanto difícil imaginar que podría haber dicho «Doña» Guevara de la Serna
1
 
Sobre el tema véase nuestro “El Che e a religião
en
Che Gevara Quaderni della Fundazione,
n.º 3, cit., pp. 7-11.
 
2
 
Un espacio-tiempo europeo y un espacio-tiempo americano o indoamericano, dos ciclos naturales incomunicables como lascivilizaciones de Spengler. Cfr. Juan José Sebreli,
Terzo mondo mito borghese,
Florencia, 1977, pp. 36, 37 y 45.
 
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