unas cuantas cosas, que se ha equivocado muchísi-mas veces y muy feo, pero también ha aprendidode esos errores.Los médicos también se equivocaron muchísimasveces, desde los tiempos en que para curar las heri-das pasaban ungüentos sobre el arma ofensiva hastalos más cercanos, en que para curar a los enfermosmentales les agujereaban la cabeza, pero no por esonos ponemos en manos de los curanderos cuandose nos inflama el apéndice.Es verdad que hay diferencias entre la medicinay la ciencia penal y criminológica, y consiste enque en esta última se trata siempre del poder, loque no es ajeno a la medicina, pero por lo menosen ésta la relación no es tan lineal. También escierto que incluso el concepto de ciencia dependedel poder que decide qué tiene ese estatus. Por eso,cuando se habla de ciencia penal o de ciencia cri-minológica, puede ponerse en duda lo de ciencia,pero también se dice que la medicina no es unaciencia, sino un arte.Como el mundo académico también se equivo-ca, tampoco es seguro que lo que en él se habla seala realidad. La cuestión de la realidad, en estecomo en tantos otros ámbitos, es algo muy proble-mático, en particular cuando vivimos una eramediática, en que todo se construye. No me voy a meter en una cuestión que se dis-cute desde los albores de la filosofía, pero lo ciertoes que en esta época el problema de la realidad seha disparado hasta un límite tal que no faltó quiensostuviese que todo es construido, que no hay dedónde aferrarse.Pero Baudrillard escribía en Francia, no sé sitomaba algún aperitivo dulzón en una acera deParís, y lo hacía antes de Sarkozy y cuando nadiepensaba en la hija de Le Pen a la cabeza de lasencuestas. Nosotros estamos aquí, en el fondo delmapa o a la cabeza, depende de dónde se lo mire(el norte arriba es una mera convención; los neo-celandeses alguna vez hicieron un mapa con el surarriba), pero por suerte lejos de latitudes hoy máspeligrosas, aunque con todos los inconvenientesdel subdesarrollo. Nos hallamos, por un lado, con la publicidadmediática de las corporaciones mundiales y su dis-curso único de represión indiscriminada hacia lossectores más pobres o excluidos; por otro, con eldiscurso de los académicos, aislados en sus ghettosy hablando en dialecto.Si junto con el aperitivo nos engullimos laspapitas fritas y los maníes y pensamos que nadahay que pueda darnos un asidero de realidad, esta-mos perdidos. Y no pretendo ser localista y afirmarque cuando digo nosotros me refiero ahora sólo alos latinoamericanos, sino que en pocos años se hahecho más que evidente que si no hay un mínimoasidero real en estas cuestiones, también los fran-ceses estarían perdidos con Sarkozy y la niña LePen, para no hablar de los norteamericanos y suTea Party (cuando era chico recuerdo que el partyera algo mucho más divertido).Perón decía que la única verdad es la realidad,pero las papitas fritas y los maníes de Baudrillardnos dicen poco menos que la realidad no existe.¿Será cierto esto en la cuestión criminal? No, porlo menos aquí –y no me meto con otras cosas queson de los filósofos–, esto no es cierto. Si lehubiese preguntado cuál es la realidad de la cues-tión criminal a mi abuela Rosa –que, insisto,razonaba mucho mejor que el comunicador queinventó el personaje– me hubiese respondido contoda sabiduría que la única realidad en esto sonlos muertos.Y es así, sin duda: la única verdad es la realidad,y la única realidad en la cuestión criminal son losmuertos. No cualquier muerto, claro, porque según laestadística demuestra que hay casi un muerto porpersona. Como algunos todavía no estamosmuertos hay una pequeña diferencia, lo quellevó al inmortal poeta portugués Fernando Pes-soa a afirmar que el hombre es un cadáver pos-tergado. Por cierto, no recomiendo su lectura encasos de bipolaridad (me parece que antes se lla-maban alteraciones del círculo tímico, maníaco-depresivos o melancólicos, ahora es más compli-cado, pero tampoco me meto en cuestiones diag-nósticas).En efecto: es cierto que todos los vivos –los quevivimos, quiero decir– somos postergados, perohay algunos a los que no se posterga lo suficiente,porque los matan. Estos quedan mudos, porquesuele afirmarse rotundamente que los muertos nohablan, lo que es verdad en sentido físico, pero sinembargo los cadáveres dicen muchas cosas queesta afirmación rotunda oculta.Veamos: a veces llega a decirnos hasta quién lomató (por los signos que el autor deja en el cadá-ver), pero siempre el cadáver nos dice que estámuerto. Esta es la más obvia palabra de los muer-tos: decirnos que están muertos. Por eso, cuando seafirma que no hay asidero ninguno para la realidaden la cuestión criminal, lo que en verdad hacemoses enmudecer a los muertos, ignorar que nos dicenque están muertos.En mi complicada vida, cuando muy joven, ins-peccionaba hospitales municipales y conocí aalgunas personas que hablaban con los muertos enlas morgues; por cierto que tenían algunos patitosdesordenados. Aunque no presumo de mi saludmental, no me dedico a eso ahora, sino a algo biendiferente: se trata de preguntarse qué cadáveresadelantados hay en las morgues, en fosas comunes,en el mar o quién sabe dónde.Por eso, lo que les voy a ir explicando tiene tresetapas fundamentales: lo que nos fue diciendo a lolargo de la historia y lo que nos dice ahora la aca-demia (las palabras de los académicos), lo que nosdicen los medios masivos de comunicación (laspalabras de los medios) y lo que nos dicen losmuertos (la palabra de los muertos). Después vere-mos si podemos llegar a alguna conclusión que,por mi parte, la adelanto: el conjunto nos indicaante todo prudencia, cautela en el uso del poderrepresivo, mucha cautela.Este es el programa de esta exposición en sumayor síntesis: saber lo que nos dicen los acadé-micos, los medios y los muertos. Como me puedoarremangar la toga pero no quitármela, porquecada uno tiene su deformación profesional difícil-mente controlable pero nunca del todo cancela- ble, comenzaré por las palabras de la academia.Pero para entrar al tema debo explicar algunascuestiones previas sin las cuales no se comprendecasi nada de los dialectos académicos, porquetampoco hay un único dialecto en la cuestióncriminal. No sólo hay varios dialectos académi-cos, sino que no suelen entenderse entre ellos y,además, no es raro que se detesten recíprocamen-te, aunque a veces no lo hagan en voz alta. Detoda forma, las imputaciones recíprocas son lascomidillas de los congresos y seminarios, losmatizan y les dan sabor.Más aún: cuando uno pasa de un grupo al otroy logra dominar el otro dialecto, lo consideranun traidor o un perdido, que ha dejado de sercientífico.A veces la agresividad alcanza niveles cómi-cos, pero que pueden volverse dramáticos, comocuando en los años setenta del –por suerte–pasado siglo, según la posición del dolo en lateoría del delito se pretendía descubrir subversi-vos. ¿Ustedes saben qué es la posición del doloen el delito? Pueden quedarse tranquilos, vivirlos años de Matusalén sin saberlo y sin que suexistencia se altere en lo más mínimo, pero locierto es que hace cuatro décadas la cosa podíaterminar muy mal.Lejos de constituir esto una crítica negativa, esla pura descripción de la realidad del mundo aca-démico por dentro y, por mi parte, creo que es undato positivo –pese a sus inconvenientes– porquedemuestra lo vivo que es el debate, la pasión quese pone, la intensidad de las discusiones.Tampoco se trata de una característica contem-poránea ni mucho menos, sino que siempre hasido de este modo. Nos lo confirma la historia, latradición oral en los cuentos divertidos de los másviejos y lo que hemos vivido directamente. Quienparticipa de ese mundo no se aburre y puedo ase-gurarles que permite conocer a personalidadesnotables, gente con una capacidad de trabajo yuna sensibilidad e inteligencia que si se dedicasen
JUEVES 26 DE MAYO DE 2011
III
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