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Lacuestióncriminal
Eugenio Raúl Zaffaroni
Suplemento especial de
P
ágina
I
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1.La academia, los mediosy los muertos
En cualquier lugar de la superficie de este plane-ta se habla de la cuestión criminal. Es casi loúnico de que se habla –en competencia con elfútbol, que es arte complejo–, mientras pocosparecen darse cuenta de que molestamos demasia-do al planeta y le podemos provocar un estornudoque nos proyecte violentamente a quién sabedónde (por no usar alguna expresión poco acadé-mica). Se habla, se dice, con ese se impersonal delpalabrerío. Y lo más curioso es que casi todoscreen tener la solución o, por lo menos, emitenopiniones.Claro que se habla al compás de juicios aserti-vos en tono sentenciador emitidos por los mediosmasivos de comunicación, a veces en manos degrandes corporaciones transnacionales enredadascon otras que les disputan el poder a los Estados bastante impotentes del mundo globalizado.Es indispensable escuchar lo que se habla parano quedar soliloqueando, como suele pasar en elmundo académico. Y en nuestro país y en losotros por los que a veces me desplazo se habla dela cuestión criminal como de un problema local.Las soluciones pasan por condenar a uno u otropersonaje o institución, pero siempre hablando deun problema local, nacional, provincial, a vecescasi municipal.Pocos se dan cuenta de que se trata de una cues-tión mundial, en la que se está jugando el meollomás profundo de la forma futura de convivencia eincluso quizá del destino mismo de la humanidaden los próximos años, que puede no estar exentode errores fatales e irreversibles.Si nos quedamos en el plano del análisis localperdemos lo más profundo de la cuestión, porquemiramos las piezas sin comprender las jugadas deltablero de un ajedrez macabro, en el que en defi-nitiva se juega el destino de todos.Cuando nos limitamos a esos juicios quedamosentrampados en doña Rosa. Es claro que deberesolverse el problema de doña Rosa, pero latrampa del viejo manipulador de los festivosnoventa consistía en encerrarnos en el problemade doña Rosa. Debo aclarar que siempre me ofen-dió lo de doña Rosa, en justo homenaje a miabuela materna, que se llamaba Rosa y vivía enun barrio –como yo lo hice siempre– y pensabamucho más y mejor que el personaje de ficcióncon que el artífice de la comunicación de los añosirresponsables sintetizaba su planteo tramposo.Cuando se abrió la posibilidad de escribir estasentregas, confieso que me sentí seriamente desa-fiado. En todo el mundo académico, los dedicadosal tema observan y critican el fenómeno de cen-tralización de la cuestión criminal, incluso conmuy buen diagnóstico. Ningún concepto de losque exponga en estas entregas ha sido creado enel plano científico por mi exclusiva creatividad nimucho menos.Pero todo se queda en el mundo académico,pareciera que no tenemos la capacidad de comu-nicarlo o –más bien– de que la comunicación escontaminante, que la pureza científica debe man-tenerse al margen de la comunicación, que per-demos nivel académico cuando pretendemosexplicar algo a eso que hoy llaman la gente, sinpercatarnos de que la gente somos nosotros cuan-do nos duele el hígado o cuando vamos a com-prar empanadas.Por supuesto que el pensamiento académico,universitario, es importante, pero creo que llególa hora de comunicarlo. Las borlas doctorales, lastogas y las puñetas (aclaro que se llama de esemodo a las puntillas de las mangas togadas de loscatedráticos) sirven de poco cuando se habla de loque todos saben según lo que les dicen las grandescorporaciones mediáticas del mundo, incluyendoa muchos políticos, oportunistas algunos, cons-cientes propulsores de un nuevo totalitarismootros, amedrentados y temblando ante las corpo-raciones mediáticas los más. No estamos ante fenómenos sólo locales, nacio-nales, provinciales ni municipales, sino ante pro- blemas que podemos resolver sólo en parte en esosniveles, pero que integran un entramado mundial.Insisto: si no comprendemos ese entramado siem-pre moveremos mal las piezas, perderemos partidatras partida y debemos hacer el mayor esfuerzo porimpedirlo, porque en el fondo se juega una encru-cijada civilizatoria, una opción de supervivencia,de tolerancia, de coexistencia humana.Vivimos un momento de poder planetario quees la globalización, que sucede al colonialismo y alneocolonialismo. Cada momento en este conti-nuo del curso del poder planetario fue marcadopor una revolución: la mercantil del siglo XIV, laindustrial del XVIII y ahora la tecnológica del XXque se proyecta hacia el actual. Esta última revo-lución –la tecnológica– es fundamentalmentecomunicacional. Si no lo comprendemos y nosquedamos en nuestros ghettos académicos, muypobre será el servicio que hagamos.Hay un mundo que el común de las personas noconoce, que se desarrolla en las universidades, enlos institutos de investigación, en las asociacionesinternacionales regionales y mundiales, en losforos y en los posgrados, con una literaturainmensa, que alcanza proporciones siderales, detal dimensión que nadie puede manejar indivi-dualmente. Es el mundo de los criminólogos y lospenalistas. Las corporaciones los ignoran y cuan-do les ceden algún espacio, los técnicos se expre-san en su propio dialecto, incomprensible para elresto de los humanos.El desafío consiste en abrir esos conocimientos,no para pontificar desde la ciencia con la soluciónni para ser los iluminados que enmendándole laplana al viejo Platón pretendemos un criminólo-go rey, sino para mostrar lo que se piensa y lo quehasta ahora se sabe. También para hacer la auto-crítica de lo que decimos los propios técnicos que,por cierto, tampoco tenemos una historia y unagenealogía del todo prestigiosa, porque muchasveces nuestros colegas han legitimado lo ilegiti-mable hasta límites increíbles.Imaginemos lo que sucedería si con el mismocriterio se procediese en otros ámbitos, como porejemplo, el de la medicina. Si en una mesa de caféalguien sostuviese la teoría de los humores, es pro- bable que los contertulios lo mirasen con sorna.Pero como la libertad es libre, por supuesto quecualquiera puede seguir sosteniendo la teoría delos humores en la mesa de café; nadie discute esederecho a expresarse.Pero lo grave sería que la teoría de los humoresfuese divulgada como discurso único por losmedios de comunicación, que se desprestigiase oningunease a quien dijese algo diferente, que losinvestigadores médicos y biólogos se quedasen ais-lados con sus discursos en sus institutos, que laautoridad sanitaria y los políticos que hacen lasleyes creyesen en la opinión del café y no en loque le podrían decir los médicos, o peor aún, quelos propios médicos hiciesen callar a quienesnegasen la teoría de los humores porque les gene-ran un peligro político. Es obvio que el índice demortalidad subiría en forma alarmante.Pues bien: lo mismo sucede con la cuestión cri-minal: aumentan los muertos en el mundo. Sesostienen peregrinas opiniones más o menos pare-cidas a la teoría de los humores en la medicina;los políticos y las propias autoridades difunden oaceptan esas incoherencias y, lamentablemente,también aumentan los índices de mortalidad.Yo no estaba en 1811 cuando se suprimieron lastogas en lo judicial –ni siquiera en la ReformaUniversitaria de 1918– porque no soy ningúnfenómeno de la biología, pero sé que no usamostogas en los tribunales ni en los claustros universi-tarios nacionales desde mucho antes de que mepusieran el primer pañal. Sin embargo, nos siguenpesando las togas y eso no es admisible en la horade la comunicación. Si el campo de batalla escomunicacional, la lucha también debemos darlaen ese terreno. Este es el gran desafío. Por eso,debemos arremangarnos las togas y salir al campoen que nos desafían.El común de la ciudadanía debe saber que hayun mundo académico que habla de esto, de lacuestión criminal, que si bien no tiene ningúnmonopolio de la verdad, ha pensado y discutido
II
JUEVES 26 DE MAYO DE 2011
 
unas cuantas cosas, que se ha equivocado muchísi-mas veces y muy feo, pero también ha aprendidode esos errores.Los médicos también se equivocaron muchísimasveces, desde los tiempos en que para curar las heri-das pasaban ungüentos sobre el arma ofensiva hastalos más cercanos, en que para curar a los enfermosmentales les agujereaban la cabeza, pero no por esonos ponemos en manos de los curanderos cuandose nos inflama el apéndice.Es verdad que hay diferencias entre la medicinay la ciencia penal y criminológica, y consiste enque en esta última se trata siempre del poder, loque no es ajeno a la medicina, pero por lo menosen ésta la relación no es tan lineal. También escierto que incluso el concepto de ciencia dependedel poder que decide qué tiene ese estatus. Por eso,cuando se habla de ciencia penal o de ciencia cri-minológica, puede ponerse en duda lo de ciencia,pero también se dice que la medicina no es unaciencia, sino un arte.Como el mundo académico también se equivo-ca, tampoco es seguro que lo que en él se habla seala realidad. La cuestión de la realidad, en estecomo en tantos otros ámbitos, es algo muy proble-mático, en particular cuando vivimos una eramediática, en que todo se construye. No me voy a meter en una cuestión que se dis-cute desde los albores de la filosofía, pero lo ciertoes que en esta época el problema de la realidad seha disparado hasta un límite tal que no faltó quiensostuviese que todo es construido, que no hay dedónde aferrarse.Pero Baudrillard escribía en Francia, no sé sitomaba algún aperitivo dulzón en una acera deParís, y lo hacía antes de Sarkozy y cuando nadiepensaba en la hija de Le Pen a la cabeza de lasencuestas. Nosotros estamos aquí, en el fondo delmapa o a la cabeza, depende de dónde se lo mire(el norte arriba es una mera convención; los neo-celandeses alguna vez hicieron un mapa con el surarriba), pero por suerte lejos de latitudes hoy máspeligrosas, aunque con todos los inconvenientesdel subdesarrollo. Nos hallamos, por un lado, con la publicidadmediática de las corporaciones mundiales y su dis-curso único de represión indiscriminada hacia lossectores más pobres o excluidos; por otro, con eldiscurso de los académicos, aislados en sus ghettosy hablando en dialecto.Si junto con el aperitivo nos engullimos laspapitas fritas y los maníes y pensamos que nadahay que pueda darnos un asidero de realidad, esta-mos perdidos. Y no pretendo ser localista y afirmarque cuando digo nosotros me refiero ahora sólo alos latinoamericanos, sino que en pocos años se hahecho más que evidente que si no hay un mínimoasidero real en estas cuestiones, también los fran-ceses estarían perdidos con Sarkozy y la niña LePen, para no hablar de los norteamericanos y suTea Party (cuando era chico recuerdo que el partyera algo mucho más divertido).Perón decía que la única verdad es la realidad,pero las papitas fritas y los maníes de Baudrillardnos dicen poco menos que la realidad no existe.¿Será cierto esto en la cuestión criminal? No, porlo menos aquí –y no me meto con otras cosas queson de los filósofos–, esto no es cierto. Si lehubiese preguntado cuál es la realidad de la cues-tión criminal a mi abuela Rosa –que, insisto,razonaba mucho mejor que el comunicador queinventó el personaje– me hubiese respondido contoda sabiduría que la única realidad en esto sonlos muertos.Y es así, sin duda: la única verdad es la realidad,y la única realidad en la cuestión criminal son losmuertos. No cualquier muerto, claro, porque según laestadística demuestra que hay casi un muerto porpersona. Como algunos todavía no estamosmuertos hay una pequeña diferencia, lo quellevó al inmortal poeta portugués Fernando Pes-soa a afirmar que el hombre es un cadáver pos-tergado. Por cierto, no recomiendo su lectura encasos de bipolaridad (me parece que antes se lla-maban alteraciones del círculo tímico, maníaco-depresivos o melancólicos, ahora es más compli-cado, pero tampoco me meto en cuestiones diag-nósticas).En efecto: es cierto que todos los vivos –los quevivimos, quiero decir– somos postergados, perohay algunos a los que no se posterga lo suficiente,porque los matan. Estos quedan mudos, porquesuele afirmarse rotundamente que los muertos nohablan, lo que es verdad en sentido físico, pero sinembargo los cadáveres dicen muchas cosas queesta afirmación rotunda oculta.Veamos: a veces llega a decirnos hasta quién lomató (por los signos que el autor deja en el cadá-ver), pero siempre el cadáver nos dice que estámuerto. Esta es la más obvia palabra de los muer-tos: decirnos que están muertos. Por eso, cuando seafirma que no hay asidero ninguno para la realidaden la cuestión criminal, lo que en verdad hacemoses enmudecer a los muertos, ignorar que nos dicenque están muertos.En mi complicada vida, cuando muy joven, ins-peccionaba hospitales municipales y conocí aalgunas personas que hablaban con los muertos enlas morgues; por cierto que tenían algunos patitosdesordenados. Aunque no presumo de mi saludmental, no me dedico a eso ahora, sino a algo biendiferente: se trata de preguntarse qué cadáveresadelantados hay en las morgues, en fosas comunes,en el mar o quién sabe dónde.Por eso, lo que les voy a ir explicando tiene tresetapas fundamentales: lo que nos fue diciendo a lolargo de la historia y lo que nos dice ahora la aca-demia (las palabras de los académicos), lo que nosdicen los medios masivos de comunicación (laspalabras de los medios) y lo que nos dicen losmuertos (la palabra de los muertos). Después vere-mos si podemos llegar a alguna conclusión que,por mi parte, la adelanto: el conjunto nos indicaante todo prudencia, cautela en el uso del poderrepresivo, mucha cautela.Este es el programa de esta exposición en sumayor síntesis: saber lo que nos dicen los acadé-micos, los medios y los muertos. Como me puedoarremangar la toga pero no quitármela, porquecada uno tiene su deformación profesional difícil-mente controlable pero nunca del todo cancela- ble, comenzaré por las palabras de la academia.Pero para entrar al tema debo explicar algunascuestiones previas sin las cuales no se comprendecasi nada de los dialectos académicos, porquetampoco hay un único dialecto en la cuestióncriminal. No sólo hay varios dialectos académi-cos, sino que no suelen entenderse entre ellos y,además, no es raro que se detesten recíprocamen-te, aunque a veces no lo hagan en voz alta. Detoda forma, las imputaciones recíprocas son lascomidillas de los congresos y seminarios, losmatizan y les dan sabor.Más aún: cuando uno pasa de un grupo al otroy logra dominar el otro dialecto, lo consideranun traidor o un perdido, que ha dejado de sercientífico.A veces la agresividad alcanza niveles cómi-cos, pero que pueden volverse dramáticos, comocuando en los años setenta del –por suerte–pasado siglo, según la posición del dolo en lateoría del delito se pretendía descubrir subversi-vos. ¿Ustedes saben qué es la posición del doloen el delito? Pueden quedarse tranquilos, vivirlos años de Matusalén sin saberlo y sin que suexistencia se altere en lo más mínimo, pero locierto es que hace cuatro décadas la cosa podíaterminar muy mal.Lejos de constituir esto una crítica negativa, esla pura descripción de la realidad del mundo aca-démico por dentro y, por mi parte, creo que es undato positivo –pese a sus inconvenientes– porquedemuestra lo vivo que es el debate, la pasión quese pone, la intensidad de las discusiones.Tampoco se trata de una característica contem-poránea ni mucho menos, sino que siempre hasido de este modo. Nos lo confirma la historia, latradición oral en los cuentos divertidos de los másviejos y lo que hemos vivido directamente. Quienparticipa de ese mundo no se aburre y puedo ase-gurarles que permite conocer a personalidadesnotables, gente con una capacidad de trabajo yuna sensibilidad e inteligencia que si se dedicasen
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