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Lacuestióncriminal
Eugenio Raúl Zaffaroni
Suplemento especial de
P
ágina
I
12
 4
 
5.Siempre hubo rebeldes y transgresores
Hemos visto que los inquisidores eclesiásticos en elsiglo XVI ya no se ocupaban mucho de las brujas. Es-to se debió a que el Papa nombró a un cardenal em- bajador en España y éste vio cómo funcionaba allí lainquisición, que era un instrumento muy eficaz deverticalización al servicio del rey, dedicado a conver-tir en cenizas a todos los disidentes peligrosos para lacorona (llamados
herejes
), en particular a los que tra-taban de introducir el desorden con ideas de las igle-sias reformadas nacionales de otros países.Pues bien: este cardenal volvió a Roma y cuandomurió el Papa fue electo para reemplazarlo. Ni lerdoni perezoso copió la organización de la inquisición es-pañola para combatir a los
reformados
y sus
herejías
, osea, a todos los que no le respondían, revitalizando ladecadente inquisición romana y transfiriendo su con-ducción a los jesuitas.Aquí vemos un cambio de corporación hegemóni-ca, en que el primado del discurso sobre la cuestióncriminal pasó de los dominicos a los jesuitas, al tiem-po que el discurso se centraba en los luteranos y otrosherejes y dejaba de lado a las brujas, cuya combustiónpasó a ser decidida por los jueces de los reyes y prínci-pes, quienes siguieron practicándola con singular pa-sión incendiaria, en especial en Europa central, vali-dos siempre de las enseñanzas del famoso
Malleus.
Sin embargo, no todos estaban tan locos en esetiempo, pues hubo autores que escribieron contra estapráctica, en particular algunos jesuitas. Pero el granrebelde fue Friedrich Spee, que en 1631 publicó un li- bro exclusivamente destinado a destruir al
Malleus
y alos doctrinarios que legitimaban la combustión demujeres por brujería. Como era natural, por elemen-tal prudencia publicó el libro anónimamente y sin lalicencia de los superiores de su orden, todo lo cualconstituía una falta gravísima.En todas las épocas el transgresor es un enigma.¿Cómo surge? ¿Por qué alguien desafía al poder o a losvalores dominantes aun a costa de graves riesgos? Hayquienes afirman que se trata de casos en que lo ense-ñado de chico contrasta muy fuertemente con lo quese verifica luego en la vida adulta, pero lo cierto esque eso nos pasa más o menos a todos y para resolver-lo suelen estar los psicoanalistas.De toda forma y sin descartar esa posibilidad, locierto es que por suerte siempre hay transgresores y,en el caso de Spee, no podemos verificar si de niño enlugar de cuentos de hadas le leían relatos de brujas ytampoco podemos hacerle un reportaje y preguntarleal respecto.A juzgar por lo que relatan los biógrafos de Spee,parece que le encargaron la confesión de todas las brujas de su comarca antes de quemarlas, y el pobre setraumó tanto que su cabello se fue llenando de canas,no justamente porque las
nieves del tiempo blanquearansu sien
, puesto que era muy joven.El libro de este rebelde canoso se llamó
Cautio cri-minalis
, o sea, cautela o prudencia criminal. El mismotítulo de la obra era molesto porque encerraba unaironía: la
Constitutio criminalis
era la vigente y brutalordenanza criminal de Carlos V, o sea, el texto legalde inusitada crueldad que rigió en el derecho penalcomún alemán desde 1532 hasta fines del siglo XVIIIy en función del cual quemaban mujeres los juecesdel emperador del
Sacro Imperio Romano-Germánico
y,una vez disuelto éste, los de los príncipes que se con-sideraban herederos del imperio desmembrado.Es curioso, pero Spee no era un jurista ni un crimi-nólogo, sino un poeta y, según los especialistas, el me-jor poeta alemán de su tiempo, además de destacadoteólogo.Pues bien: este rebelde canoso –o encanecido–,cansado de las brutalidades e iniquidades de las queera testigo (a lo que tal vez conviniese agregar que lastinturas de su tiempo no eran buenas), decidió jugarsecon todo en su libro y se despachó a gusto, sin aho-rrarse ningún detalle ni adjetivo.Spee no anduvo con vueltas y no se enredó en dis-cusiones sobre el poder de Satán ni de las brujas: co-mienza diciendo que no discute su existencia, peroafirmando que nunca conoció a ninguna y que no ha- bía bruja alguna entre las mujeres que había confesa-do antes de ser quemadas. Por el contrario: afirma quecon el procedimiento inquisitorial cualquiera podíaser condenado por brujería.El canoso no era ningún tonto –nunca un buen po-eta puede serlo– y, por ende, tomóel camino correcto en cualquier crí-tica al poder punitivo, evitando caeren la trampa usual que desvía lacuestión hacia la gravedad del malque éste pretende combatir y contrael que libra su
 guerra
. Si el poder pu-nitivo no sirve para lo que pretende,no es cuestión de entrar en la discu-sión acerca de la maldad de lo quedice combatir, sino –simplemente–de mostrar que no lo hace.En las discusiones sobre las actua-les andanzas de Satán (o el
enemigo
)no tiene sentido discutir si la cocaí-na es dañina, porque no cabe dudade que lo es; lo importante es mos-trar que la pretendida
 guerra
a la co-caína provocó 40.000 muertos enMéxico en los últimos cuatro años, buena parte de ellos decapitados ycastrados, cuando la cocaína hubiesedemorado casi un siglo en cargarsela misma cantidad por efecto de so- bredosis. Tampoco tiene sentido dis-cutir la perversidad del terrorismo,sino hacer notar que la supuesta
 gue-rra
causó ya muchos más muertosinocentes que el propio terrorismo.Spee supo esto en 1631, aunque mu-chos
comunicadores sociales
no hayancaído en la cuenta hasta el presente.Tal vez le fue más fácil a Spee por-que no veía televisión. Nuestro encanecido jesuita se pre-guntaba cómo era posible que suce-diesen esas aberraciones, qué era loque permitía que continuase seme-jante barbarie. En primer lugar loatribuye a la ignorancia de la pobla-ción, es decir, a la desinformación, osea, a la criminología mediática de sutiempo, cargada de prejuicios que sereforzaban desde las plazas y los púl-pitos, o sea, a lo que hoy llamamostécnica
völkisch
(
 populacherista
, quealgunos traducen mal por
 populista
,que obviamente no es lo mismo).Además, destacaba la responsabi-lidad de la iglesia, entendiendo portal a los teóricos, es decir, a los dominicos y sus segui-dores, que repetían las consignas discursivas de la cri-minología académica de su tiempo, legitimante deesos asesinatos.Seguía atribuyendo culpas a los príncipes, que de esemodo podían cargarles todos los males a Satán y a susmuchachas, pero sobre todo, porque no controlaban asus subordinados, a quienes dejaban hacer a gusto. Es-to hoy lo llamamos
autonomización policial
, o sea, per-mitir que la corporación policial actúe fuera de todocontrol político, para lo cual se le asignan ámbitos derecaudación autónoma, también señalados por Spee.En efecto: los inquisidores oficiales de los príncipescobraban por bruja ejecutada, o sea, que trabajaban adestajo. Por eso se esforzaban por obtener el nombrede otra candidata, a efectos de que nunca se les agota-se la clientela y, además, atribuían a Satán el suicidiode algunas de esas infelices, porque en ese caso no co- braban. Los príncipes no pagaban por brujas suicida-das, porque no les servían como espectáculo popular.Pero como si esto fuese poco, también cuenta Speeque se dedicaban a recorrer los domicilios solicitandocontribuciones para su santa labor de purificación, osea, que se trataba de una venta de protección mafio-sa. Como vemos, hay pocas cosas nuevas bajo el sol.Por último, nuestro canoso poeta destacaba algoque es hasta hoy moneda corriente en el lenguaje ju-rídico: los
eufemismos
. Cuando en las actas se hacíaconstar que las mujeres confesaban
voluntariamente
,era porque lo habían hecho una vez suspendidas ydescoyuntadas, dado que sólo se consideraba confe-sión bajo tormento cuando se aplicaban los hierros.El libro de Spee es un poco aburrido y bastante de-sordenado, pues está escrito con el método de las
cuestiones
, o sea, preguntas y respuestas. Son 52 cues-tiones y en las últimas no ahorra calificativos: consi-dera que la quema de mujeres puede compararse conlo que hacía Nerón a los cristianos, lo que implicaque los jueces de los príncipes eran criminales. Nadiese había animado a semejante adjetivación y habríade pasar más de un siglo y medio hasta que dijese lomismo Jean Paul Marat, el revolucionario francésexecrado por toda la historiografía fascista posterior.Lo que cabe destacar como más significativo de estetexto es que, así como el
Malleus
fijó la estructura deldiscurso inquisitorial, la
Cautio
lo hizo con el discursocrítico. En efecto: cualquier discurso crítico del poderinquisitorial y del poder punitivo en general, desde1631 hasta la fecha, destaca: 1) el incumplimiento desus fines manifiestos por el poder punitivo, 2) la fun-ción de los medios de comunicación, 3) la de los teó-ricos convencionales legitimantes, 4) su convenien-cia para el poder político o económico, 5) la autono-mización policial y 6) la corrupción o recaudación au-tónoma.Desde la crítica liberal al poder punitivo del anti-guo régimen hasta las teorías de la criminología críti-ca de las últimas décadas del siglo pasado, estos ele-mentos estructurales están presentes en el discursodeslegitimante o crítico de todo poder punitivo.En este sentido, Spee fijó otro programa de compu-tación que en cada época en que florece la crítica sevuelve a llenar con los datos correspondientes altiempo de cada autor. Puede decirse que hasta hoyconstruimos discursos siguiendo alternativamente lasestructuras fundacionales del
Malleus
o de la
Cautio
.El librito de Spee molestaba mucho a los príncipes,a los dominicos, a las policías y a los jueces, pero tam- bién a los propios jesuitas, que si bien no quemabanmujeres, aplicaban el mismo procedimiento contra losluteranos, por lo que tener a semejante infractor entresus filas les creaba un problema con los príncipes.Si bien el libro se publicó sin nombre de autor, apoco se supo que Spee era su responsable y no faltóquien de inmediato propusiera que se le asase a fuegolento, idea que no prosperó, quizáporque eso le hubiese dado mayorfama. De cualquier manera era con-taminante para la orden, por lo cualquisieron forzarlo a renunciar a ella,a lo que el poeta se negó rotunda-mente. Al fin resolvieron soportarloy calmarlo en la medida de lo posi- ble, dándole una cátedra de teología.Algunos citan su nombre comoFriedrich
von
Spee, lo que no escierto, porque no era noble, siendosólo Friedrich Spee y el
von Langen- feld
no hace más que indicar su lugarde origen.Cuatro años después de la publica-ción de la
Cautio criminalis
–en1635– habría de morir contagiadomientras prestaba asistencia a solda-dos víctimas de la peste. Imagina-mos que su muerte debe haber sidoun alivio para sus superiores, pues nose ocuparon mucho de sus restos,que se perdieron hasta que en 1980se logró identificar su cuerpo.Pese a todo el empeño puesto porSpee y a los riesgos que corrió, su li- bro pasó sin pena ni gloria y los jue-ces siguieron llevando adelante sualegre quema de mujeres conforme alas instrucciones del
Malleus
, quecontinuaba siendo el libro de cabe-cera de los corruptos de la época.Setenta años después de la apari-ción de la
Cautio
, el filósofo Chris-tian Thomasius releyó su obra. Tho-masius era un simpático señor queaparece en sus retratos con redonde-ado rostro rosado, sin que sepamos siera canoso, pues cubría su cabezacon una rubia peluca de largos bu-cles. Al parecer, ese adminículo pro-tegía un respetable contenido crane-ano, porque no dudó en retomar losargumentos de Spee.En 1701, Thomasius defendió pú- blicamente su tesis
Dissertatio de cri-mine magiae
, en la que desbaratabalos disparates del
Malleus
. Esta tesisfue traducida al alemán tres añosmás tarde y alcanzó gran difusión, lo que era explica- ble, pues con Thomasius se anunció el Iluminismo y,como si esto fuese poco, echó las bases para una ade-cuada distinción entre moral y derecho (pecado y de-lito), aunque hasta hoy pululan muchos que se niegana comprenderla y que, sin duda, si bien nuestra civili-zación muestra cada día más defectos, es una de susmejores conquistas.Con este empelucado filósofo se opacó el
Malleus
hasta desaparecer y quedar reducido a una curiosidadhistórica.En verdad, debo decir que todo lo que estoy con-tando es muy poco conocido por los penalistas y cri-minólogos posteriores, hasta el punto de que el
Ma-lleus
fue publicado en versión castellana hace menosde cuarenta años por historiadores, en una ediciónque está completamente agotada; hace menos de unadécada vio nuevamente la luz otra edición. La
Cautiocriminalis
nunca fue traducida al castellano y hastadonde sé tampoco la tesis de Thomasius. Todo esto secubrió con un manto de silencio, como si no formaseparte de la historia del derecho penal y de la crimino-logía. Insisto en que se trata de ascendientes que estossaberes han tratado de ocultar, como el árbol genea-lógico de algunas familias ilustres que se empeñan endisimular el origen de sus fortunas.
6.Las corporaciones y sus luchas
Pero en los años transcurridos entre la
Cautio
y la
Dissertatio
–entre 1631 y 1701– se estaba profundizan-do otro fenómeno que se acentuaría en el curso del si-glo XVIII, que fue el surgimiento del
sujeto público
.En el estado absoluto el señor ejercía el poder de vi-da y muerte, que en realidad era sólo poder de muer-te, pues la vida no la podía dar. Para matar o dejar vi-vir –como dice Foucault– no se necesitaba mucha es-pecialización, porque por lo general matar es una ope-ración bastante sencilla para el poder estatal, que pa-ra ello no ha menester más que de una agencia ocuerpo de asesinos más o menos disimulados y eleva-dos a funcionarios.El problema se complicó cuando el poder estatalcomenzó a preocuparse por regular la
vida pública
, esdecir, no de cada individuo en particular sino del
su- jeto público
. La función del estado se complicó y elpríncipe necesitó rodearse de secretarios o ministrosespecializados que pasaron a encargarse de la econo-mía, de las finanzas, de la educación, de la salubridad
 públicas
, es decir, de este sujeto
 público
.Como es natural, alrededor de cada ministro se fueformando una burocracia especializada que construyóun
saber
o
ciencia
que se alimentó desde las universi-dades.De este modo, se formaron las
corporaciones
de sa- bios especialistas, cada una con un saber propio ex-presado en un dialecto sólo comprensible para los ini-ciados, es decir, para los que pertenecen a la respecti-va corporación y, por ende, inaccesible al
vulgo
de ex-traños a ésta, generalmente llamados
legos
(tambiénse los podría llamar
bárbaros
, porque en definitiva sedenominaba así a los que no comprendían o hablabanmal la lengua local).Se trata de corporaciones que monopolizan el dis-curso y se cierran a los extraños mediante su particu-lar dialecto. No debe llamar la atención que los cri-minalizados hagan lo mismo en forma de
argot delin-cuencial
, que fue materia de estudio de sesudos crimi-nólogos del siglo pasado, quienes no se percataron deque ellos se expresaban en su propio
argot
y que tam- bién eran
bárbaros
respecto del dialecto de los presos.Desde los siglos XVII y XVIII y hasta el presente lascorporaciones monopolizan su discurso y disputan en-tre ellas para ampliar su competencia, sin contar conque también hay lucha interna de
escuelas
en procurade lograr imponer la hegemonía del propio
subdiscurso
. En síntesis, hay luchas inter-corporativasy también intra-corporativas. No extrañará, pues, que el discurso penal y crimi-nológico haya sido materia de disputas entre las cor-poraciones, como no podía ser menos, dado que essiempre un discurso acerca del poder mismo. Esto noes ninguna novedad, puesto que desde mucho antesde que tomara cuerpo esta lucha entre corporacionesvimos cómo el primado pasó de los dominicos a losjesuitas, y los médicos –con Wier– también quisieronmeter su cuchara, que en siglos posteriores devendráun enorme cucharón.
II
JUEVES 16 DE JUNIO DE 2011JUEVES 16 DE JUNIO DE 2011
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