Los cangrejos caminan sobre la isla
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Anatoli Dneprov
Presentí que mentía, pero no dije nada.Mientras tanto Cookling, de pie, se frotaba elcuello rojo púrpura con la rolliza palma de lamano.Sabía que cuando él iba a mentir,siempre hacía esto.Ahora me lo confirmaba.- Vea usted, Bad, se trata de un divertidoexperimento para verificar la teoría de ese, cómose llama... - se interrumpió y clavó sus ojos enlos míos con mirada penetrante.- ¿De quién?- De sabio inglés... Caramba, se me haido de la cabeza su apellido... ¡Ah, lo recuerdo!de Charles Darwin.Me acerqué a él hasta tocarlo y le pusela mano en el hombro desnudo.- Oiga, Cookling. Usted seguramentecree que soy un idiota de remate y que no séquién es Charles Darwin. Déjese de mentiras ydígame claramente para qué hemosdesembarcado en esta parcela de arenaardiente en medio del océano. Y le ruego que nome mencione más a Darwin.Cookling soltó una carcajada, abriendola boca y mostrando sus dientes postizos. Seseparó unos cinco pasos y dijo:- Y a pesar de todo usted es unestúpido, Bad.Precisamente vamosa comprobar aquí lateoría de Darwin. - ¿Ypara ello ha traídoaquí diez cajonesllenos de hierro? - lepreguntéacercándome denuevo a él. Mequemaba la sangre elodio hacia estegordiflón reluciente desudor.- Sí - dijocesando de sonreír -. Y en lo que se refiere asus obligaciones, antes que nada tiene que abrirel cajón número uno y sacar la tienda decampaña, el agua, las conservas y losinstrumentos necesarios para abrir los demáscajones.Cookling me habló como lo hizo en elpolígono cuando me presentaron a él. Entoncesiba de uniforme militar y yo también.- Está bien - musité entre dientes y meacerqué al cajón número uno.En dos horas levantamos allí mismo, a laorilla, la tienda de campaña. Introdujimos en ellala pala, la barra, el martillo, variosdestornilladores, un punzón y otros instrumentosde herrería. Allí mismo colocamos cerca de uncentenar de latas de diferentes conservas y losrecipientes con agua dulce.A pesar de ser jefe, Cookling trabajabacomo un buey. En verdad estaba impaciente porempezar. Trabajando no advertimos cómo la«Paloma» levó anclas y desapareció tras elhorizonte.Después de cenar la emprendimos conel cajón número dos. En él había una carretillacomún de dos ruedas parecida a las que seusan en los andenes de las estacionesferroviarias para transportar el equipaje.Me acerqué al tercer cajón, peroCookling me detuvo: - Examinemosprimeramente el mapa. Tendremos que distribuiry llevar a diferentes sitios el resto de la carga.Yo lo miré con asombro.- Es necesariopara el experimento -me explicó.La isla eracircular, como un platovuelto hacia abajo, conuna pequeña bahía enel norte, precisamentedondedesembarcamos. Labordeaba una playa dearena de unoscincuenta metros deancho. A continuaciónde la franja de arenaempezaba una mesetade poca altura con un matorral bajo y reseco porel calor.
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