Además, un mecanismo comercial perverso conspira en su contra: el proveedor del herbicida y de las semillasresistentes a él es el mismo. En muchas ocasiones, como si fuera poco, las empresas proveedoras participande la compra intermediada (siempre gravosa para los extremos de la cadena económica -productor yconsumidor-) de las cosechas, cuando no poseen sus propias plantaciones, silos de acopio, etc., etc.Cabe preguntarse: si esta forma de producción es tan beneficiosa, ¿por qué no es universal? Son muy pocoslos países en los que los cultivos transgénicos ocupan superficies destacadas. De hecho, el 99% de lostransgénicos vegetales se halla repartido entre apenas 6 países (ver gráfico 1).A su vez, los que producen estas semillas son apenas 4: Monsanto (80% del mercado), Aventis (7%),Syngenta(ex Novartis, 5%), BASF (5%) y DuPont (3%).Otra cuestión a resolver es por qué los habitantes de la Unión Europea declinan su consumo, al punto que, trasun boom de exportaciones de estos productos, en los últimos años éstas han caído radicalmente, mientras quelos nuevos mercados se ubican en Asia, pero no para su ingesta por humanos, sino que los destinatariosfinales son los animales bajo crianza.Tampoco se explica por qué aquellos que manufacturan estas materias primas genéticamente modificadas seniegan sistemáticamente a rotular los envases para identificar la calidad transgénica de sus contenidos.Por ello, entre otras circunstancias tales como la falta de estudios independientes a largo término (de altísimocosto), se sospechan, aunque no se tiene certeza, efectos negativos sobre la población humana y la animal. Suincidencia en apenas 25 años, con una explosión reciente de su utilización, tampoco permite realizar afirmaciones terminantes. Sus defensores, que sí cuentan con fondos para investigar (aunque noindependientes) arguyen que en un futuro muy próximo se podrán incorporar modificaciones genéticas a losalimentos que logren controlar y hasta vencer enfermedades y ya existen variedades vegetales que incluyenvitaminas y otros elementos que antes no poseían. Pero aunque aceptemos que los transgénicos no afectan lasalud, sí lo hacen los insumos necesarios para su producción, por lo cual el beneficio de su utilización resulta,cuanto menos, dudoso.
Herbicidas y transgénicos en la Argentina
En nuestro país, su utilización está centrada principalmente en la soja; el maíz de igual condición seestableció, permiso mediante, en 2004.Hace casi 40 años que se cultiva soja en la Argentina. De las 95.650 hectáreas dedicadas en 1970, se pasó enla actualidad a 16.500.000, desplazando a muchas actividades tradicionales y creando antagonismos con elmedio, puesto que dicha leguminosa no es oriunda de estas regiones, sino de extremo oriente, con lo cual suinterrelación con lo que lo rodea resulta problemática, además de su alto poder erosivo respecto del suelo. Enmuchos casos, para su cultivo se destruyeron bosques, lo que aún sucede, aportando un eslabón más al cambioclimático.Su crecimiento explosivo determinó la expansión de la utilización de agroquímicos. Ella sola insume el 46%de todos ellos. Los productos que contienen glifosato pasaron de algo menos de 1.000.000 de litros en 1991 a200.000.000 en 2007 en su uso rural.Sus zonas de expansión abarcan la pampa húmeda, pero también otras provincias. Se ha verificado el aumentode casos de cáncer, leucemia y malformaciones en Lobería, Saladillo y Chacabuco (Buenos Aires), asociadosa estos pesticidas.En distintas localidades de Córdoba, además de metales pesados en el agua que bebe la población, productode las fumigaciones, se registró una aparición desmedida de afectados por cáncer, púrpura, artritis reumatoide,enfermedades neurológicas varias y muchas otras en localidades ubicadas relativamente cerca de donde seesparcen estos agroquímicos. Lo mismo en Santa Fe, Entre Ríos, Misiones y Formosa.
Conclusiones
Cuesta creer que algunos seres humanos puedan actuar con tal grado de irresponsabilidad, en el mejor de loscasos, como para no preocuparse de las secuelas discapacitantes y hasta mortales que su actividad provoca enotros. Quizás si recurrimos a la historia y apreciamos los genocidios, las guerras y las hambrunas provocadas por la economización de la vida humana hasta grados insufribles, podamos pensar que tal vez es así.La sumatoria de los casos aislados que acusan a estas formas de cultivo a través de todo el mundo deberíainducirnos, al menos, a dudar de sus beneficios. Nosotros, los ciudadanos comunes, no podemos dilucidar quién tiene la razón, si los que las apoyan o quienes las detractan. Pero sí podemos exigir de nuestrosrepresentantes, que poseen los medios necesarios, que lo hagan. Deberíamos estar seguros de que lo queingerimos no es nocivo para nuestra salud y que los elementos que se utilizan para producirlos tampoco loson.
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