CAPITULO I Rosa María vió correr por el ojo cuadrado del patio de lasgardenias inmarcesibles un batallón de muertos alados y pálidos que sacudían,desesperadamente,los últimos jironesde piel que aún se agarraban a los huesos amarillentos y tuvoque soportar durante siete días con sus noches el olor queemanaban desde los atragantados canalones aquelloshumanos desperdicios.Fué entonces cuando repasando en los anaqueles de sumusgosa memoria el disparate alado que impedía al sol penetrar por entre el ojo despierto de su patio y a la luna acariciar con su tibia y plateada luz las caras gloriosas que aún sonreían desde las fotos sepias queresistían desde lustros atrás los ataques del viento y del agua,que comprendió quesus días estaban contados porque el frío que generaban los muertos con susinacabables revuelos,asfixiaba por momentos a las otrora inmarcesiblesgardenias,a los hermosos geranios y convertido en hielo y escarcha,derrotaba a losya herrumbrosos pescantes que en los días gloriosos de la historia sostuvieronvestimentas y uniformes variopintos de figuras nacionales.Rosa María comprobó también que el orín escalaba inclemente por las espuelasbenditas del General Sinfosino quién después de ganar mil y una batallas inútilescontra extraños ejércitos que constantemente asediaban las febrilescircunvoluciones de su fantasioso cerebro,siempre perdía en el rectángulo de lacama guerras interminables de amor ardiente sujeto al cuello y anclado en los bienerectos y bellos pezones de su inacabada y purísima doncella "Rosita de mi amor eterno" y a estas espuelas que el General le regaló en un huracán de sentimientosamorosos,la herrumbre,la persistente herrumbre en largas noches de oreo lasconvirtió en una verdadera lástima de fierros feos ,ajenos ya a los viejos brillos quelograron endulzar los ojos de cuantos las contemplaron.Sintió Rosa María que la sangre se le congelaba en los canales de las arterias y así lo aceptó porque conocía desde siempre los límites vitales que le trazó su MamáEva,la más feliz y profética de cuantas criaturas haya podido parir aquella tierra decolor y belleza infinitas.Rosa María permitió que los muertos desgastasen el tiempo volando comoalocadas mariposas sobre su opaca y derruída casa, ausente ya de las maravillosastransparencias del ayer,para que el destino cumpliese fielmente un nuevo ciclo devida y muerte indispensable para que todo pudiese volver a ser lo que fué,pero máselevado,bello e inteligente en la eterna espiral ascendente de la historia.No tuvo tiempo para entender por cual extraño argumento aquellos muertos aladosasaltaron las paredes de sus recuerdos cuando empezaron a caer desalentados y desfallecidos como pájaros migratorios agotados por cansancios lejanos,alrededor de su leve figura que desde siglos inmemoriales solía permanecer anclada en lamecedora de esterilla situada en uno de los corredores de baldosas ajedrezadas y desde la cual explayaba la vista hacia El Monte Combia a través de una ventana devetustos barrotes igualmente carcomidos por el herrín siemprevivo.Por unos momentos,Rosa María creyó sentir una nueva alborada colarse entre lasventanas derruídas que daban al corredor de las hortensias y sintió el calor del sol templar por primera vez desde tiempos lejanos,su húmeda y verdosa piel.Los ojos que tenía nublados por las torrenciales lágrimas que brotaban desde la
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