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1412 — MAYO-JULIO
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Q
ueremos dar nuestro testimonio personal y familiar. So-mos el reflejo de los miles, millones de familias de todaEspaña que viven su fe en familia, incardinados, a través de uncordón umbilical, en sus comunidades parroquiales. Fuimos jóvenes (hace ya de ello muchos años), crecimos en familiascristianas donde recibimos unos profundos valores que nosfueron marcando el camino a seguir. Vivimos nuestros noviaz-gos y nos casamos por la Iglesia, no porque entonces era lo
políticamente correcto,
sino por convicción y en respuesta anuestra vocación al matrimonio. Nunca se nos planteó dudaalguna sobre ello.Fundamos nuestra familia bajo los valores del Evangelio.Fruto de nuestro mutuo amor nacieron nuestros tres hijos: Pe-dro, Javier y David, queridos y deseados, que trajeron la alegríaa nuestro hogar y fueron un motivo más para dar gracias a Dios.Nuestro hijo David, tras el parto, sufrió una grave enfermedadque, durante más de dieciocho meses, nos exigió una atención,dedicación y cuidados especiales. Con amor, mucho amor, pu-dimos ayudarle a superar el sufrimiento que le aquejaba.A lo largo de nuestro matrimonio, hemos tenido nuestrasdificultades, como todo el mundo, pero las hemos sabido su-perar, con nuestro amor, respeto mutuo, entrega, dedicacióny, por supuesto, con la presencia del Señor en nuestras vidas.Lo más importante ha sido vivir en plenitud, de total realiza-ción, de alegría, de satisfacciones por ver crecer a nuestros hi- jos y a nuestras nietas. Hemos experimentado cómo nuestroshijos han crecido y, poco a poco, iban consolidando los valo-res que pretendíamos transmitirles. Pero todo ello ha sidoposible porque nuestra parroquia ha sido y es para nosotros,y lo ha sido para ellos, nuestro segundo hogar, nuestra fami-lia de hermanos en la fe. No queremos agotar el tiempo deque disponemos sin hacer una ilusionante y esperanzada lla-mada a todas las jóvenes parejas que hoy viven su amor: quelo vivan fundando una familia, que vivan su amor desde lafe en Jesucristo, que vivan los valores del Evangelio con sushijos. ¡El Señor no falla nunca!
P
EDRO
G
ONZÁLEZ
yL
UISA
O
RTEGA
L
a familia, lugar de un amor que va y vuelve, de comunión,de fecundidad y ternura, es signo, símbolo y tipo de cual-quier otra forma de humanidad asociada. No es retórico afir-mar que la familia es el primer bien social. En la gratuidad co-tidiana que da sentido y valor a sus funciones de generación yeducación, la familia introduce en el tejido social ese bien in-sustituible que es el capital humano, poniéndose de esa mane-ra como recurso eficaz de la Humanidad. Pero no sólo esto. Lafamilia sabe llevar el calor familiar allí donde las estructuras einstituciones, aun con toda la buena voluntad, no pueden llegar.Pero si es grande su designio, igualmente grande tiene queser el compromiso para llevarlo a cabo. Hoy, más que nunca,vemos que la familia manifiesta al mundo su fragilidad. Vemosesposos que, ante las primeras dificultades de la vida en pareja,dejan de creer en el amor que se tenían. Vemos hijos que, pri-vados de la cercanía de unos padres unidos, encuentran dificul-tad para alzar el vuelo hacia un futuro comprometido. Vemosancianos que, alejados del núcleo familiar, han perdido su ciu-dadanía y su identidad. Hoy, más que nunca, la familia tieneque ser amada, protegida y sostenida. Es necesario no dejarde acudir nunca al designio originario de la familia, que la veunida con un
para siempre
que la consolida y la realiza. Esnecesario llenar de significado la vivencia familiar con unaespiritualidad de comunión, inherente a la familia, pequeñacomunidad de amor. Son necesarias corrientes de opinión fun-dadas sobre los valores, y políticas familiares adecuadas.Éste es el ardiente deseo que pongo en las manos de MaríaSantísima, sede de la sabiduría y ama de casa, para el biende la familia hoy y para la realización de toda la familia hu-mana.
C
HIARA
L
UBICH
Fundadora del Movimiento de los Focolares
¡
F
amilias!, seamos conscientes de nuestra trascendencia enla sociedad. Debemos organizarnos y asociarnos, paraser más eficaces en nuestra tarea de mejorar el mundo. No po-demos dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza aisladamen-te. La Iglesia es fundamentalmente diocesana, se organiza entorno a su obispo. Seamos el apoyo de nuestros pastores. Serealiza en cada parroquia que es una comunidad de familias.Volvamos a la parroquia, ella nos necesita y nosotros necesita-mos de ella. Que nuestra familia sea la Iglesia doméstica quefundamente una sociedad nueva, más humana y más cristiana.¡Queridas familias!, demos importancia a la formación,basada especialmente en el magisterio de la Iglesia que nos dacertezas. No podemos dialogar con nuestros vecinos o nues-tros compañeros de trabajo si no tenemos una buena forma-ción cristiana. La formación es para toda la vida, para todoslos miembros de la familia, sean niños, jóvenes, adultos o an-cianos. Colaboremos en las parroquias en tantas necesidadesque se presentan: educación cristiana y evangelización, aten-ción a los pobres, a los enfermos y abandonados. Estemosabiertos a todas las necesidades del mundo.
F
RANCISCO
A
YUGA
,
Presidente diocesano, de Madrid,de la Acción Católica General
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