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 LA SAGRADA FAMILIA
N.
O
1411 — MARZO-ABRIL
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 De entraa De entrada
 
 De entrada
  e  n  e  s  t  e  n   ú  m  e  r  o
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 E
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S
 ACRAMENTO DEL
 ATRIMONIO
7. La comunión en la vida divina,cimiento del amor conyugal.
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 D
 E ENTRADA
 ...:
Queridas familias.
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La batalla de nuestro tiempo.
5
La tarea urgente de la educación.
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M
ANYANET
: B
OLETÍNINFORMATIVO
.
7
 N 
OTAS DE PSICOLOGÍA FAMILIAR
La juventud que queremos...o la que el mundo necesita.
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 N 
 AZARENUM 
Un centro de la Sagrada Familiapara las familias.
9-11
 A
SOCIACIÓN  DE LA
S
 AGRADA
 AMILIA
Diálogos en familia: Actitudcristiana ante la inmigración.
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 E
SPOSOS Y SANTOS
Santa Catalina de Génova.
13-14
La esperanza es la eternidadtemporal.
Al entorno de 
Spe salvi
de Benedicto XVI.
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En familia...
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«M
ÁRTIRESPORLAFAMILIA
17
XII Taller de pasatiempospara hacer en familia.
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Ú 
 LTIMA PÁGINA
El Padre Pío de Pietrelcina.
Queridasfamilias:
VISÍTENOS EN INTERNETwww.lasagradafamilia.net
E-mail: srevista@lasagradafamilia.net
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 a segunda encíclica del papa Benedicto XVI, «Spe salvi» (30.11.07) es una síntesis teológica y bíblica de la esperanza cristiana puesta en diálogo con la filosofía y el progreso contemporáneo. Tras su primera encíclica«Deus caritas est»
(Dios es amor)
 publicada en enero de 2006 
(La SagradaFamilia,
 n. 1401, marzo-abril 2006) el Papa muestra qué es la esperanza cristiana, citando a San Pablo: «En esperanza fuimos salvados» (Rom 8, 24). El texto, breve y de fácil e interesante lectura, es un recorrido históricoen el que el Papa evoca la vida de los primeros cristianos y de otros hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, han descubierto y experimentadoque conocer y amar a Jesucristo libera, que la vida no acaba en el vacío, que laexistencia puede apoyarse en la certeza de un futuro que empieza ya ahora. La fe nos da la «sustancia» de la esperanza que no es sino la vida eterna,la plenitud del ser y de la alegría, el conocimiento de Dios que empieza ya aquí.«Yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor meespera», decía la santa sudanesa Giuseppina Bakhita, cuyo ejemplo recuerdael Papa al subrayar que Jesús no trajo un «mensaje socio revolucionario»,«no era un combatiente por una liberación política», trajo «el encuentro conel Dios vivo» capaz de ofrecer al hombre y a la mujer una esperanza mucho más fuerte que los sufrimientos y de transformar desde dentro la vida y el mundo.
 rente a las desilusiones vividas por la humanidad en los últimos tiempos y el fracaso de las grandes ideologías, el Papa destaca que el marxismo«ha olvidado al hombre y ha olvidado su libertad. Ha olvidado que la libertad es siempre libertad, incluso para el mal. Creyó que, una vez solucionadala economía, todo quedaría solucionado»; cambiaron la «fe en Dios» por la «fe»en el progreso y la confianza ilimitada en la razón olvidando que el hombre no es sólo producto de la economía, no es sólo materia y no puede ser curado sólo desde fuera. Con respecto al mito según el cual el hombre pude ser redimido por la ciencia recuerda que, si bien ésta puede contribuir mucho a la humanización del mundo, también puede llevar a la destrucción de la humanidad pues el progreso no puede entenderse sólo como dominio dela naturaleza, sino también como avance en la ética y, por lo tanto, en lalibertad. Y es que, en el fondo, el hombre sólo puede ser salvado por el amor(«no es la ciencia la que redime al hombre, el hombre sólo puede ser redimido por el amor»), por «Alguien» que se entrega para siempre.
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 os «lugares» de aprendizaje de la esperanza son, señala Benedicto XVI,la oración («Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha.Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios»); el «actuar» («La esperanza en sentido cristiano es siempreesperanza para los demás. Y es esperanza activa, con la cual luchamos paraque las cosas no acaben en un final perverso»); el sufrimiento («Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito»); y el juicio de Dios («Sí, existe la resurrección de la carne. Existe la justicia»).Siempre nos queda la esperanza que no defrauda: Dios.
 J. D. A.
 
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os enseña Chesterton que sólo quienes nadan a contra-corriente saben que están vivos; tal vez dejarse llevarpor la corriente sea más plácido y descansado, pero uno co-rre el riesgo de convertirse en sustancia inerte sin siquieraadvertirlo. Las grandes batallas del pensamiento, los avan-ces que han ensanchado el horizonte humano, siempre sehan librado a contracorriente; y, por ello mismo, han causa-do multitud de bajas y defecciones entre sus defensores.Pero hay causas a las que merece la pena entregarse contra-riando el espíritu de los tiempos, sabiendo que en nuestroafán cosecharemos indiferencia, desdén o franca animad-versión; pues, si renunciáramos a hacerlo, simplemente de- jaríamos de ser humanos. La gran batalla de nuestro tiem-po, el frente donde se dirime la supervivencia de nuestrahumanidad, se llama aborto; y es ahí donde debemos expo-nernos quienes deseamos nadar a contracorriente.Declararse sin ambages contrario al aborto constituyeen nuestra época una suerte de oprobio social: al antiabor-tista se le moteja de ultraconservador, de integrista religio-so y no sé cuántas sandeces más. Se trata de una caracteri-zación rocambolesca que, sin embargo, ha adquirido cartade naturaleza en el Matrix progre. Nunca he entendidocómo alguien que se proclama «progresista» pueda defen-der el aborto; se supone que quienes postulan el progre-so del hombre deberían por ello mismo declararse obstina-dos defensores de la vida. La protección de la vida consti-tuye algo más que un derecho esencial e inviolable delhombre, puesto que sin reconocimiento de la vida el Dere-cho mismo carecería de sentido. La vida genera Derecho, esel manantial del que el Derecho mismo nace. Una sociedadque no respeta la vida es una sociedad sin Derecho.La protección de la vida nos impone la execración de lapena de muerte, despierta nuestra conciencia social, ali-menta nuestros deseos de paz y concordia: la vida nos re-clama, la vida nos interpela, la vida nos exige su constantee intransigente vindicación, frente a quienes pretenden con-vertirla en un bien supeditado a otros intereses. La misiónde un auténtico defensor del progreso humano consiste endefender la vida frente a la muerte y en luchar para que lavida de los indefensos mejore, hasta alcanzar las cotas dedignidad que su condición humana exige. ¿Acaso existevida más indefensa e inerme que la vida gestante? ¿Cómose puede rechazar la pena de muerte y al mismo tiempoaceptar el aborto? ¿Cómo se puede sentir un impulso depiedad hacia quienes sufren hambre o persecución o cual-quier tipo de abuso si no nos apiadamos antes de esas vidasa las que arrebatamos su destino?Toda defensa del hombre que no se sostenga sobre lacondena del aborto es una casa erigida sobre cimientos dearena. Tal vez nos sirva para mantener en pie el tingladode la farsa y fingir que seguimos siendo humanos; pero, sinsaberlo, ya nos hemos convertido en sustancia inerte que lacorriente arrastra. Sólo en una sociedad de hombres inertespodría aceptarse un crimen de esta magnitud. Y aquí con-vendría especificar que tan culpables son quienes lo perpe-tran o defienden como quienes con su silencio o indiferen-cia lo amparan. El crimen del aborto arroja ante nuestrosojos la pesadilla de una sociedad caníbal, saturnal, que de-vora a sus propios hijos, entregada a una orgía de muerte.No puede haber orden social justo allá donde la vida no esprotegida obstinadamente; no puede ni siquiera haber ordenhumano, porque sólo somos hombres cuando combatimosla muerte, cuando hacemos de la vida nuestro más denoda-do afán, nuestra vocación primera e incondicional.Esta es la gran batalla de nuestro tiempo: una batalla quenuestro tiempo no desea librar por cobardía, por comodidad,por orfandad de convicciones morales; pero acaso por ellomismo la batalla más hermosa e irrenunciable. Una batallaa la que debemos entregarnos como quien nada a contra-corriente, sabiendo que tal vez nos agotemos en un braceoextenuador, sabiendo que tal vez no alcancemos la orilla.Pero otros tomarán nuestro relevo. Y, mientras durela batalla, al menos sabremos que estamos vivos,irradiando vida en un mundo acechado por la muerte.
LA BATALLADE NUESTRO TIEMPO
Juan Manuel de Prada,
Publicado en ABC, 10.12.07 
 
N.
O
1375 — E
NERO
-F
EBRERO
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1411 — MARZO-ABRIL
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 El jueves, 24 de enero de 2008, se hizo pública una carta del  Papa dirigida a la diócesis y a la ciudad de Roma sobre la ta- rea urgente de la educación. Ya en el Angelus del domingo 20, con ocasión de la Jornada de la escuela católica, que la dióce- sis de Roma celebraba ese día, el Santo Padre había instado a los padres, profesores, dirigentes y alumnos de las escuelas católicas, a perseverar, a pesar de las dificultades que se en- cuentran, en la tarea de «poner el Evangelio en el centro deun proyecto educativo que tienda a la formación integral de la persona humana». El sábado 23 de febrero se distribuían en Roma más de un millón de ejemplares reiterando la invitación a no resignarse ante el descenso de los niveles educativos.
Carta del Papa Benedicto XVI 
E
n la carta, fechada el 21 de enero, Benedicto XVI afirmaque la educación «parece ser cada vez más difícil. (...) Poreso, se habla de una gran “emergencia educativa”, debido aque a menudo nuestros esfuerzos por formar personas sólidas,capaces de colaborar con los demás y de dar un sentido a lapropia vida terminan en fracasos». Por otra parte, «se habla deuna “fractura entre las generaciones”, que ciertamente existey pesa, pero que es el efecto, más que la causa, de la falta detransmisión de certezas y de valores».El Papa escribe que entre los padres y profesores existe «latentación de renunciar» a la educación «y sobre todo el riesgode no comprender ni siquiera cuál es su papel. (...) En realidad,existe una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudardel valor de la persona humana, del significado mismo de laverdad y del bien, y en último término, de la bondad de la vida».Frente a todas estas dificultades, «que no son insupera-bles», añade el Santo Padre, «¡no temáis!. (...) Los valores másgrandes del pasado no pueden ser simplemente heredados; de-bemos hacerlos propios y renovarlos a través de una decisiónpersonal, que a menudo es costosa». «Sin embargo, cuando setambalean los fundamentos y faltan las certezas esenciales,aquellos valores se necesitan de modo urgente. Concretamen-te, hoy aumenta la exigencia de una educación que sea real-mente tal». La piden los padres, tantos profesores, «la socie-dad en su conjunto, (...) los mismos chicos y jóvenes, que noquieren que se les abandone frente a los desafíos de la vida».Tras poner de relieve que «puede ser útil individuar algu-nas exigencias comunes de una auténtica educación», Be-nedicto XVI señala que «ésta tiene sobre todo necesidad deaquella cercanía y de aquella confianza que nacen del amor».«Sería, por tanto, pobre una educación que se limitase a darnociones e informaciones, pero que dejase a un lado la grancuestión acerca de la verdad, sobre todo aquella verdad quepuede guiar nuestra vida». El Papa afirma que el punto másdelicado de la tarea educativa es «encontrar un justo equili-brio entre la libertad y la disciplina», y explica que «la rela-ción educativa es ante todo el encuentro entre dos libertadesy la educación lograda es una formación al uso correcto de lalibertad. (...) Debemos aceptar el riesgo de la libertad, perma-neciendo siempre atentos a ayudar a los jóvenes a corregirideas o decisiones equivocadas».«La educación no puede prescindir del prestigio que hacecreíble el ejercicio de la autoridad, (...) que se conquista sobretodo con la coherencia de la propia vida», escribe el Santo Pa-dre, subrayando a continuación cómo es «decisivo el sentidode responsabilidad, (...) en primer lugar personal, si bien hayuna responsabilidad que todos compartimos».En este sentido, Benedicto XVI observa que «la orientacióngeneral de la sociedad en que vivimos y la imagen que trans-mite a través de los medios de comunicación ejercen un graninflujo en la formación de las nuevas generaciones, para bienpero a menudo también para mal», y recuerda que «la sociedadno es, sin embargo, una abstracción; la formamos nosotros».Por último, el Santo Padre se refiere a la esperanza —tema desu última encíclica a la que dedicamos el tema central de la pre-sente revista— como «alma de la educación» y señala que «hoynuestra esperanza se ve amenazada por distintas partes y corre-mos el peligro de convertirnos, como los antiguos paganos, enseres humanos “sin esperanza y sin Dios en este mundo”».«En las raíces de la educación —concluye— hay una crisisde confianza en la vida. La esperanza que apunta a Dios no esnunca esperanza sólo para sí mismo, es siempre esperanza paralos demás: no nos aísla, sino que nos hace solidarios en el bien,nos estimula a educarnos recíprocamente en la verdad yel amor». Educar para el bien es posible, lo cual no sig-nifica que sea fácil. Ánimo a todos los educadores.
LA TAREA URGENTEDE LA EDUCACIÓN:
«Educar para el bien es posible»
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