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«CREO QUE HEMOS DEPRESENTAR LA FAMILIADE NAZARET SIMPLEMENTECOMO LO QUE ES ENESENCIA: LA REALIZACIÓNDEL REINO DE DIOS ENEL ÁMBITO DE LA FAMILIA»
E
ncontramos a Monseñor Agustín Cortés (obispo de la nuevadiócesis de Sant Feliu de Llobregat desde el
nacimiento
dela misma en el año 2004 y responsable de las delegaciones de fa-milia y vida de la Conferencia Episcopal Tarraconense) en lasIII Jornadas Matrimonio y Familia celebradas en Barcelona losdías 16 y 17 de noviembre pasado, en las que intervino con unaponencia titulada: «Transmitir la fe a los hijos integrados en lacomunidad eclesial». Aprovechamos para conversar con él so-bre aspectos relacionados con la realidad de la familia.
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Empezamos la conversación preguntándole cuál es sulema episcopal y porqué lo eligió.
Elegí el lema episcopal
«(Accepit), benedixit, fregit, dedit-que»
porque respondía exactamente a la experiencia personalante el hecho de la ordenación como obispo. Me vino sugeridopor el teólogo H. U. Von Balthasar, que había plasmado esta fra-se en la estampa recordatorio de su primera misa, por una razónsemejante. Forma parte de las palabras de la consagración en elCanon Romano de la Misa, que reproducen el texto bíblico dela institución de la Eucaristía en la versión de Mateo (26,26) yMarcos (14,22). La persona del apóstol entra en esa escenacomo el pan entre las manos de Jesucristo.Ser apóstol, ministro ordenado en la Iglesia no consiste pri-meramente en «darse o entregarse» uno mismo. Por dos razones:porque es Jesucristo quien da el apóstol a los otros, a la Iglesia
(«dedit»);
y porque antes de esta acción Él ha obrado en la per-sona del apóstol, «ha trabajado su persona y su vida»: no puededar lo que antes no ha sido tomado, bendecido y partido.En el «ser tomado»
(«accepit»)
vemos todo el misterio de laelección y la llamada por amor gratuito (según la experiencia yla profunda teología paulina).En el «ser bendecido»
(«benedixit»)
se representa toda laacción transformadora del Espíritu, desde el bautismo, la confir-mación, la Eucaristía y, sobre todo, el sacramento de la ordena-ción: en este caso una transformación espiritual, no como enri-quecimiento personal, sino en función del servicio...En el «partió»
(«fregit»),
tal como ocurre en el signo sacra-mental de la Eucaristía (junto a la sangre derramada,
«effunde-tur»),
se expresa todo el aspecto sacrificial por los demás
(«provobis»)
que el ministerio comporta.Sólo después de «esta historia» puede hablarse de la entregapersonal en el servicio apostólico. La coincidencia de estos mo-mentos de la institución y la celebración de la Eucaristía con lasvivencias sacerdotales o episcopales no es pura casualidad, ni setrata de un simbolismo forzado, porque de hecho la existenciasacerdotal es esencialmente existencia eucarística: el amor pas-toral es esencialmente amor eucarístico.
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En las Jornadas usted ha pronunciado una conferencia sobre «transmisión de la fe en la familia», en la que nos daba una serie de claves interesantes para continuar, enel ámbito de la familia, el camino de la fe cristiana. Cómo definiría usted a la familia hoy y qué retos nos supone.
Sé que la respuesta hoy más común entre los sociólogos yanalistas a esta pregunta es: «la familia está en profunda transfor-mación». Pero silencian una cuestión previa y fundamental: «quées eso que cambia». Y silencian esta cuestión porque no puedeno no quieren definir qué es lo que cambia: el término «familia» hadejado de significar algo determinado, ya que de hecho (legal yculturalmente) con ese nombre se puede hoy denominar cual-quier grupo de personas que conviven de modo habitual. En estesentido podemos decir que «la familia goza de buena salud...».Quienes afirmamos que la familia (el núcleo familiar) es lacomunidad de vida y amor formada por el matrimonio entre unhombre y una mujer con sus hijos, no podemos sino afirmar que,más allá de los cambios y adaptaciones que siempre estarán pre-sentes en la historia, en general corre un peligro serio de desin-tegración. Los datos estadísticos y la experiencia cotidiana, jun-to a una observación fenomenológica acertada, concluiría en quese está produciendo una degradación real del propio amor. Unhecho que puede constatarse en todos los ámbitos del amor hu-mano, pero particularmente en el del amor conyugal y familiarcon sus rasgos específicos. Y un hecho además que arrastra con-sigo el menoscabo de la persona humana (que al fin es lo que im-porta, pues la familia está a su servicio).
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Y en este contexto, cómo podemos presentar la Familia de Nazaret a la sociedad de hoy, en un mundo en el que parece que todo aquello que recuerda al pasado es re- chazado de entrada.
P. Josep M. Juanpere
Un diálogo con Monseñor Agustín Cortés
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