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François FuretPensarla RevoluciónFrancesa
Traducción: Arturo R. FirpoRevisión técnica: Claudio S. Ingerflom
EDICIONES PETREL, S.A.
Título originalPenser la Révolution françaiseParís, 1978© Editions Gallimard, 1978© De todos los derechos en lengua castellanaEdiciones Petrel, S. A., Avda. de Madrid 138, Barcelona,(España) Abril 1980Diseño y realización de la portada: E. Mir SeriñáISBN: 84-85746-02-3Depósito Legal: B. 12.867-1980
 Printed in Spain
Impreso en EspañaImpreso en: Márquez, S. A. Ignacio Iglesias, 26 - Badalona(Barcelona)
Creemos un alma libre para revolucionar la Revolución, y ante todo, abstengámonos siempre de decir que un espírituimparcial ultraja la Revolución. Se ha hecho un usotan abusivo de la palabra ultraje a la Religión que la eliminaremosde nuestro lenguaje, pues tememos por sobre todaslas cosas emplear el estilo y los hábitos mentales delas acusaciones en la crítica histórica y filosófica...
Edgar Quinet
Crítica de la Revolución,
París, 1867ADVERTENCIAEste libro consta de dos partes que fueron compuestasen diferentes períodos; el orden en que están presentadasinvierte el orden cronológico en que fueron escritas.La primera constituye una tentativa de síntesis de un problemaque no ha dejado de interesarme desde que comencéa estudiar este período: ¿cómo podemos pensar un acontecimientocomo la Revolución Francesa? La segunda presentalas etapas y los materiales sucesivos de mi reflexiónsobre este interrogante; en ella pretendo mostrar el caminoseguido.Presento en primer término la polémica con los historiadorescomunistas de la Revolución Francesa con el propósitode subrayar las incoherencias de lo que es en la actualidadla interpretación dominante del fenómeno. Esta polémica
 
fue el producto de las casualidades de la vida intelectual:no me pareció posible transcribirla siete años despuésen un estilo artificialmente neutro. Tal como la presento,esta polémica testimonia a su manera el papel clave que laRevolución Francesa juega en el campo universitario francés.Lo único que deseo es que esta deuda con las circunstanciasno reduzca para nada su valor demostrativo, el únicoque me interesa.A este trabajo de descombro un tanto general le siguendos estudios consagrados a dos autores que han sido esenciales para mi trabajo crítico: Alexis de Tocqueville y AugustinCochin. El lector podrá comprender por qué a lo largode la lectura de estas páginas: Tocqueville y Cochin fueronlos únicos historiadores que conceptualizaron rigurosamentela Revolución Francesa y que trataron el interrogante
que
 plantea este libro. Sus análisis, que se complementan másde lo que se contradicen, me permiten plantear el sistemade interpretación que desarrollo en la primera parte. Hetrabajado siguiendo sus huellas. Inscribo con placer sus nombresen los umbrales de este ensayo.Primera parteLA REVOLUCIÓN FRANCESA HA CONCLUIDOEl historiador que estudia los reyes merovingios o laguerra de los Cien Años no está obligado a presentar, a cadamomento, su licencia de investigación. La sociedad y la profesiónle conceden, por mínimo que haya sido su aprendizajetécnico, las virtudes de paciencia y objetividad. La discusiónde los resultados sólo moviliza a los eruditos y a laerudición.El historiador de la Revolución Francesa no sólo tieneque ser competente sino que debe presentar otros títulos.Debe anunciar sus opiniones. Ante todo debe indicar desdequé punto de vista habla, qué es lo que piensa y qué es loque busca; y lo que escribe sobre la Revolución posee unsentido previo al trabajo mismo: se trata de su
opinión,
deaquel juicio que no es obligatorio tener sobre los merovingios, pero que es indispensable poseer sobre 1789 o 1793.Cuando emite esta opinión, no es necesario agregar nada:el historiador será definido como realista, liberal o jacobino.Gracias a esta contraseña, su historia obtiene una significación,un puesto, un título de legitimidad.Lo sorprendente no es que esta historia particular, comotoda historia, lleve en sí presupuestos intelectuales. No existeinterpretación histórica inocente y la historia que se escribeestá incluida también en la historia, pertenece a lahistoria, es el producto de una relación por definición inestableentre el presente y el pasado, entrecruzamiento entrelas particularidades de un espíritu y el inmenso dominio desus posibles raíces en el pasado. Pero si toda historia implicauna elección, una preferencia en el orden de los intereses,de esto no se deriva que la historia deba tener como11supuesto una opinión sobre el tema considerado. Para queesto ocurra, es necesario que este tema movilice en el historiador y en su público una capacidad de identificación política
 
o religiosa que haya sobrevivido al paso del tiempo.Pero el paso del tiempo puede anular esta identificacióno, por el contrario, conservarla, incluso reforzarla, segúnque el tema tratado por el historiador siga, o no, dando sentidoa su presente, a sus valores, a sus elecciones. El temade Clovis y de las invasiones francas era candente en el sigloXVIII porque los historiadores de la época buscaban enél la clave de la estructura social de la época. Pensaban quecon las invasiones francas se había originado la división entrenobleza y plebe: los conquistadores representaban eltronco original de los nobles, los conquistados el de los plebeyos.En la actualidad, las invasiones francas han perdidotoda relación con el presente puesto que vivimos en una sociedaden la que la nobleza no existe más como principiosocial; al dejar de ser el espejo imaginario de un mundo,las invasiones perdieron la superioridad historiográfica queaquel mundo les había otorgado y pasaron del dominio dela polémica social al de la discusión erudita.Sólo a partir de 1789 la preocupación por los orígenesque domina cualquier historia nacional, se concentró precisamenteen la ruptura revolucionaria. De la misma maneraque las grandes invasiones habían constituido el mito de lasociedad nobiliaria, la gran epopeya de sus orígenes, 1789es la fecha de nacimiento, el año cero de un mundo nuevofundado en la igualdad. La sustitución de un aniversario por otro y, por lo tanto, la definición temporal de una nuevaidentidad nacional, es probablemente uno de los rasgos másgeniales del abad Sieyès si se piensa que éste anunció, variosmeses ' antes el acontecimiento fundador, al que da,sin embargo, anticipadamente su plena significación: «...elEstado llano no debe temer remontarse a los tiempos pasados.Se remitirá al año que precedió a la conquista; y puestoque es actualmente lo suficientemente fuerte como parano dejarse conquistar, su resistencia será sin duda más eficaz.¿Por qué no enviar a los bosques de Franconia a todasaquellas familias que conservan la delirante pretensión de provenir de la estirpe de los conquistadores y de haber he-1.
Qu'est-ce que le Tiers Etat,
fue redactado a fines de 1788 y publicado en enero de 1789.12
redado sus prerrogativas? Pienso que la nación, así depurada,se consolará de estar obligada a creerse compuesta únicamente por descendientes de galos y de romanos».' Estas breveslíneas señalan a la vez que los títulos de propiedad delos nobles sobre la nación son ficticios, pero que si fuesenreales bastaría al Tercer Estado con restaurar el contratosocial anterior a la conquista o, mejor, con instaurarlo borrandolos siglos de usurpación violenta. En ambos casos setrata de restituir un origen «verdadero» a la nación, dándolea la igualdad una fecha de nacimiento legítima: todo el89 aparece aquí resumido.De esta manera la historia de la Revolución tiene comofunción social la de conservar este relato de los orígenes.Basta con observar, por ejemplo, el corte académico de los
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