Necesitaba estar solo, y ella no lo entendía, la notaba como un lastreencima mía, no me dejaba ni a sol ni a sombra, y créeme mas de una vezme hubiera encantado decirle el típico “¡baish bicho!”, y que me hubieraobedecido, sin que se creyera que era una jodida broma.Debido a mi personalidad narcisista, histriónica y límite, montaba numeritosde vez en cuando para hacerla sufrir, para crearle cargo de conciencia y queviniera a mi llorando. Recuerdo que amenazaba con dejarla a menudo. Medivertía verla llorar en la puerta de mi casa, suplicándome que volviera conella. No puedo negarlo, es recordarlo, y las sonrisas se escapan por mi cara.Nunca en mi vida tuve a nadie que me quisiera tanto como ella, y el hechode hacerla sufrir y que me siguiera queriendo, me era aun más placentero,que únicamente me quisiese.En nuestra relación siempre fui el que “llevaba los pantalones”, ella mehacía caso porque me querría demasiado, supongo. El caso, es que, comotodo es pasajero, incluso mi simpatía post-enamoramiento, pues esotambién se fue acabando, ahora yo no podía mantener el control a mi gusto,y empezaba ella a imponerse, cosa que me tocaba muchísimo los cojones. Todo eso fue bien, hasta que un día la maldita zorra vino a mi casa paradecirme que me dejaba. Hablé con ella, saqué mi vena manipuladora, mivena de ser encantador, esa que solo saco cuando me interesa en demasíaalgo, esa que me reservo para saciar de alguna manera mi egoísmo cuandoasí lo requiero. Intenté manipularla para que volviéramos y no quería, lamiré a los ojos con cara de cordero degollado, y no veía en su cara quefuera capaz de ceder, la notaba envalentonada, con decisión. Se creeríasuperior a mí la muy puta.No pude evitarlo, algo dentro de mí estalló, no sabía que estaba sucediendo,pero me dejé llevar. La miré a los ojos, la agarré del cuello, la escupí y ledije:-Maldita hija de puta, no eres más que yo, ahora te vas a enterar loque realmente te mereces.Ella como era obvio no podía articular palabra, sus ojos estaban saltones, ypedían clemencia, pero no quería dársela, me encantaba aquello que estabasucediendo. Yo, que había llorado en la matanza de un gorrino y cuandohabía atropellado a un gato con el coche hace años, estaba disfrutandocomo un niño con un juguete en mis manos, y es que eso es lo que era ellapara mí en ese momento, un juguete…Agarrada del cuello, la empujé contra la pared, aun recuerdo el golpe secode su cabeza contra la pared, y como escaparon las primeras gotas desangre de su ceja izquierda debido al porrazo. Solté una carcajada. A duraspenas, se levantó, me miró, y me dijo:-Estás loco, pedazo de cabrón.
Add a Comment
x-telaleft a comment