Integral Extra

Alimentación y conciencia

Comer por instinto

Nuestro organismo está concebido biológicamente para una sola forma de alimentación: lo crudo. Nuestros antepasados se alimentaron (antes del descubrimiento del fuego) de productos no cocinados. Pero con el nacimiento de la inteligencia murió el instinto que nos protegía: hasta entonces ningún animal había perecido jamás por ingerir setas venenosas. Sin embargo podemos reencontrarlo y, con él, nuestra salud original…

Hay algo de importancia capital para nuestro bienestar: la manera en que elegimos nuestra alimentación.

En otros tiempos, la Cuaresma nos ofrecía vacaciones digestivas. El final del invierno y sus dificultades de aprovisionamiento, eran para nuestros antepasados un ocasión perfecta para (si se puede decir así) dar un descanso al metabolismo, y partir en mejores condiciones a la conquista de los frutos y legumbres de la nueva estación.

El ayuno, la interrupción temporal de alimento, tenía como efecto facilitar la desintoxicación del organismo y el simple sentido común popular reconocía en él virtudes esenciales.

Con el progreso dejamos de lado las estaciones. Durante todo el año nos inunda una oleada de «primicias», que ya nada tienen de nuevo, puesto que podemos atiborrarnos con ellas todos los días de nuestra vida. Víctimas de nuestra abundancia, hemos perdido la sabiduría antigua… Y la idea de proponer una única jornada de ayuno general durante los 46 días que siguen al martes de Carnaval sería hoy motivo de risa.

A decir verdad, hay algo que no gusta de esta privación integral de alimentos. Y tal vez sea peligroso obligar a un cuerpo a privarse de sus reservas de calorías con el pretexto de la salud, pues correría el riesgo de volver a poner en circulación algunas toxinas profundamente relegadas…

Ciertamente, no hay que ocultar que cualquier desintoxicación pasa irremediablemente por una autointoxicación que puede llegar hasta una lesión grave. El paso de lo cocido a lo crudo, si también (y a menudo tienen) aspectos benéficos; desgraciadamente la utilización anárquica de tales «productos» frecuentemente resulta nociva e incluso peligrosa para el organismo. En efecto, gran cantidad de estas sustancias no son biodegradables.

Hay algo de importancia capital para nuestro bienestar: la manera en que elegimos nuestra alimentación.

Nada, ni la lluvia, ni el viento, ni el fuego y ni siquiera el hombre puede hacerlas desaparecer de nuestra biosfera, es decir de la Tierra. Estas sustancias intransformables se infiltran por todas partes, se acumulan poco a poco en la tierra, en las aguas o en las rocas y causan daños irreversibles en lo que se llamaría la «empresa de contaminación

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