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PARÁBOLA DE MICK JAGGER Y CAVAFIS (o Elogio del traductor)

Los escritores suelen ser unos roqueros frustrados. Yo lo soy en un grado doble, pues mi sueño nunca fue convertirme enMick Jagger. Yo me conformaba con poder versionar a los Rolling Stones. Cuando era más joven y vivía en Caracas, solía ir a Greenwich, un bar donde se presentaban bandas que nos ponían a brincar y a corear las canciones de Guns N’ Roses o AC/DC. Yo suspiraba por no haber aprendido nunca a tocar la guitarra o algún otro instrumento que me permitiera, si no componer mi propia música, al menos pertenecer a una cover band de esas que hacían vida en los antros de mala muerte de mi ciudad.

Se podría pensar que en la literatura, lo más parecido a un músico «versionero» sería un traductor. Sin embargo, un verdadero traductor no puede aspirar a ser solo eso. La versión que un traductor brinda de un texto literario representa muchas veces la primera aproximación de los lectores al autor. Recordemos a Borges, quien leyó Don Quijote en inglés cuando todavía era un niño. Después, cuando leyó la novela de Cervantes en español, le pareció que ese trataba de una mala traducción. Impresión que nunca se borraría del todo, como lo demuestra su cuento Pierre Menard, autor del Quijote.

Uno puede desarrollar distintas habilidades que le hagan sentir más cerca de sus ídolos literarios. Aprender varios idiomas o, en los casos de los idiomas extranjeros que no manejamos, que son la mayoría, y sus versiones de , o , a quien debemos la traducción al español de la obra del gran escritor albanés (cuya «é» acentuada, por cierto, es una marca que quedó de su primera traducción al francés). Pero aún en estos casos, o sobre todo en estos casos, con su maestría el traductor solo logra reforzar su invisibilidad. El mejor traductor es el que mejor se esconde y a la máxima gloria literaria a la que puede aspirar es a ser la sombra del Gran Autor. Convertir su propio nombre en un seudónimo. O casi. Por eso, el oficio de traductor es uno de los más hermosos, duros y nobles. Quien haya tenido la oportunidad de conocer a alguno se habrá dado cuenta de que suelen ser personas tímidas y muy discretas, acostumbradas a ceder la palabra a los demás.

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