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De la belleza y el furor. Propuestas poéticas renovadoras en la década de los sesenta en Venezuela, da cuenta de la irrupción , en el campo de la poesía venezolana de la década de los sesenta, de una serie de transformaciones y rupturas que reactualizaron las vanguardias de principios de siglo, con una gran fuerza transgresiva y una vocación utópica.
Se delimitan tres poéticas fundamentales: la de la subversión, la de la fragmentación del yo y la poética de lo fundacional, todas ellas contextualizadas dentro el contexto cultural, social e ideológico de la época, tanto en Venezuela, como en Latinoamérica, Norte América y Europa.
Consideramos que el mayor aporte de esta investigación consiste en el estudio y explicación de un período crucial de la poesía venezolana en el que iniciaron su producción varios de los poetas venezolanos que han llegado a convertirse en autores reconocidos a nivel latinoamericano y europeo. El estudio del germen de esa obra fundamental para la poesía de habla hispana y la sistematización de las poéticas que trascendieron el ámbito nacional y el período en que fueron realizadas, es nuestra contribución a la historiografía de la literatura venezolana del siglo XX.
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De la belleza y el furor. - Carmen Virginia Carrillo

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8.-BIBLIOGRAFÍA

PRÓLOGO

LOS TENUES HILOS QUE PERMITEN AFERRARSE A LA VIDA

Mario Szichman

"Sólo se convierte en carpintero

Quien se hace sensible

A los signos del bosque".

GILES DELEUZE

Somos seres más muertos que vivos. La eternidad personal se ve interrumpida en algunos casos por la chispa de la existencia que condesciende a hacernos transitar por el reino de este mundo. Hemos sido inaugurados por el sexo, y clausurados por la muerte, señalaba William Faulkner, y hay escasos fulgores que nos acompañan: el de la poesía es uno de ellos.

Buena parte de la mejor poesía que se ha escrito en América Latina en la segunda mitad del siglo veinte ha sido creada por artífices de la precariedad. De una doble precariedad. No sólo porque la poesía fue creada en circunstancias de peligro, o en los escasos momentos en que el poeta podía librarse de sus múltiples obligaciones, sino porque el fruto iluminado de sus palabras iba a parar a publicaciones de efímera existencia.

Afortunadamente, existen personas como Carmen Virginia Carrillo, acuciosa buscadora de textos y ensayista con espléndidos hallazgos. Carmen Virginia se fue haciendo sensible a los signos del bosque. Desandando los pasos de su progenie, se ha hecho infatigable a la hora de perseguir textos ocultos. Con paciencia cervantina, (Cervantes leía hasta el último papel que recogía en la calle), ha concretado la heroica labor de componer De la belleza y el furor. Ningún artífice de la precariedad, de esa doble precariedad de crear poesía en el fulgor del peligro o de la opaca vida cotidiana, y de depositarla luego en fugaces publicaciones, ha podido eludir la pesquisa de la autora, el hallazgo inusitado, la radiante revelación de alguien muy sabio en el hábito de hacerse sensible a los signos del bosque.

En nuestra América, donde es tan difícil la empresa de hacerse oír porque los silencios se van acumulando, donde hay tantas voces dispersas que han dejado de encontrar eco, la labor de Carmen Virginia Carrillo ha sido acabar con el silencio estéril y recuperar la palabra. Ella sabe que la poesía necesita hablar, que todas sus voces necesitan hacerse oír.

De esa manera, la autora ha creado un texto seminal sobre la poesía venezolana de la década de los sesenta que supera en mucho lo sugerido por el subtítulo. La escritura se desliza por el texto De la belleza y el furor como quería Juan Carlos Onetti: con la felicidad de la letra. No hay que ser un especialista en poesía, o en poesía latinoamericana, para amar los poemas ofrecidos, o para desear inquirir más sobre los poetas que los ofrendan.

Del silencio y otras sorpresas

Está el silencio como castigo, y está el silencio de la admiración. Está el silencio que sólo causa una inexplicable aflicción al inocente, y el silencio que acompaña a la muerte. Está el silencio tras concluir una batalla, el silencio que flamea en los destrozados estandartes, o el que se columpia en los mástiles de los barcos luego de pasar la tormenta.

Hubo un silencio antes de la Creación, y el silencio que brota al concluir la misa. Jesús pide a sus discípulos que acallen sus milagros. Jesús no responde a las acusaciones de quienes lo atormentan, o confunden su silencio con altanería.

El silencio cancela el entusiasmo, acaba con el mundo de los visionarios, apaga los pasos de quienes marchan hacia el cadalso. Están quienes asignan el silencio para oír más claro, y quienes imponen el silencio para no saber. Está el silencio para indultar y el silencio de la delación.

Para aquel que ora a su Dios, acostumbrado a todos los sonidos de los que oran con él, la oración muda es sospechosa. Y lo mismo ocurre con la poesía. Afortunadamente, muchos de esos silencios, el silencio de la admiración, el silencio de antes de la Creación, el silencio para oír más claro, el silencio de quien desea saber, el silencio del perdón, el silencio del milagro, el silencio de quien no denuncia, no se acobarda, no se rinde, han encontrado su voz en De la belleza y el furor. Parte de la gran poesía de América Latina ha vuelto a hablar en el libro de Carmen Virginia Carrillo.

Nueva York, mayo de 2013

INTRODUCCIÓN

El presente trabajo constituye una revisión crítica de las más relevantes propuestas poéticas, grupales e individuales de la década del sesenta en Venezuela. Son objeto de estudio las obras de los más destacados integrantes de los grupos surgidos en la capital: Sardio (1958), Tabla Redonda (1959), El Techo de la Ballena (1961), del movimiento de provincia Trópico uno (1964) y de aquellos autores que, sin haberse unido a estos grupos, iniciaron su obra poética en esta década y cuyos libros han tenido una resonancia significativa en el público lector y en la crítica literaria.

El análisis de las poéticas en cuestión se realizó a partir del estudio de los grupos y movimientos literarios, cuyos manifiestos y planteamientos editoriales, especialmente en revistas, permitieron articular propuestas estético-ideológicas disidentes y subversivas. Buscaban romper con la cultura dominante y asumir un compromiso social a través de un lenguaje más cercano a lo conversacional y lo coloquial; de esta manera intentaban darle una dimensión socio-política al arte y la literatura. En sus obras se puede observar actitudes estéticas y políticas definidamente rupturales que respondían a un particular proceso de transformación histórico-cultural que no se limitaba al espacio nacional, sino que se insertaba en un proceso de índole continental.

Una actitud generalizada en la literatura aspiraba a superar lo tradicional, no sólo en sus aspectos formales y estilísticos, sino también en su visión del mundo. La poesía se nutría de la historia, del cotidiano enfrentamiento con la urbe. La renovación de la palabra era un arma de combate. Esta propuesta estético ideológica subversiva constituyó la corriente predominante de la época; sin embargo, otras tendencias se hicieron presentes en el campo literario; entre ellas destacaron la poética que se abocó a la experimentación formal e imaginativa con una marcada orientación surrealista y la poética que reconstruye la memoria y asume el discurso poético como palabra fundadora de mundos que transforma la realidad a partir de la reinterpretación y la reivindicación de la historia, las tradiciones y de la geografía autóctonas.

No podemos dejar de mencionar, aunque no será objeto de nuestro estudio, una poética minoritaria que se preocupó particularmente por la perfección formal, cercana al abstraccionismo poético y que, a pesar de mantener cierto gusto por las formas poéticas tradicionales, planteó importantes renovaciones.

Comenzamos el estudio en 1958, dos años antes de iniciada la década del sesenta, ya que el 23 de enero de este año cae la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez y con este acontecimiento comienza una nueva etapa política en el país, la etapa democrática; sin embargo, el gobierno de Rómulo Betancourt no respondió a las expectativas de los jóvenes intelectuales, por lo que surgieron nuevas fracciones de izquierda más radicales y comenzaron a actuar los movimientos contestatarios e insurreccionales.

El año 1958 marca también el inicio de los grupos y movimientos artístico-literarios rupturales con la aparición de Sardio; un año más tarde surge Tabla redonda. Tras la publicación del octavo número de la revista Sardio, de mayo-junio 1961, el grupo se disuelve; aquellos que se identifican con la revolución cubana y con las ideologías de izquierda, pasan a El Techo de la Ballena. En 1969 se cierra el ciclo de El techo, no obstane, algunos balleneros continuaron su labor en Rocinante hasta mediados de los años setenta. En el interior del país destaca particularmente la aparición del grupo Trópico uno en 1964, cuyos integrantes combinaron la ortodoxia política de Tabla Redonda con la irreverencia ballenera.

Las posturas varían: algunas son muy radicales y se identifican con la disidencia, otras se encuentran menos definidas. De ellos nos interesa particularmente el aporte que ofrecieron a la poesía y cultura y las relaciones dialógicas que se establecieron entre los grupos y autores objeto de nuestro estudio.

La investigación consiste en el estudio de un período crucial de la poesía venezolana en el que iniciaron su producción varios de los poetas venezolanos que han llegado a convertirse en autores reconocidos a nivel latinoamericano y europeo. El estudio del germen de esa obra fundamental para la poesía de habla hispana y la sistematización de las poéticas que trascendieron el ámbito nacional y el período en que fueron realizadas, es nuestra contribución a la historiografía de la literatura venezolana del siglo XX.

Capítulo 1

MARCO HISTÓRICO, SOCIO-POLÍTICO

Y CULTURAL DEL FRAGUADO DE

LAS PROPUESTAS POÉTICAS RENOVADORAS DE LA DÉCADA DEL SESENTA EN LATINOAMÉRICA

1.1. REBELDÍAS UTOPIZANTES.

Con la finalidad de establecer el panorama general en el que se desarrolló la poesía de la década del sesenta en Venezuela, hemos atendido a una serie de acontecimientos de tipo político, social y cultural ocurridos en el continente americano, ya que consideramos que los mismos cumplieron una función relevante y formaron parte de una semiosfera continental. Al reconstruir este contexto intentamos también esclarecer el espacio de posibles relaciones entre los autores, las obras, y el entorno en el que las mismas fueron creadas. Estos ámbitos referenciales facilitarán la comprensión del funcionamiento del campo de producción cultural y los procesos de simbolización que se llevaron a cabo.

Si consideramos la literatura como un hecho social coherente, debemos prestar atención a los conflictos de índole social que se manifiestan no sólo a un nivel pretextual sino también en el textual, a las formas en que lo social se ha inscrito en los textos. Para adentrarnos en la reflexión de los problemas de representación y los aspectos estéticos e ideológicos de las obras, es importante tener presente el contexto en el que éstas se produjeron.

En la década del sesenta, el mundo vivía la llamada guerra fría, el enfrentamiento ideológico -y a veces militar- que oponía a los países de economías de mercado libre y aquellos que optaron por la vía socialista. Este hecho tuvo incidencia en las líneas de pensamiento, la producción artística, la expresión literaria y, en general, la vida cotidiana de los pueblos.

El inicio de la postmodernidad ha sido señalado por algunos teóricos¹ a partir de los años cincuenta, y el surgimiento de la contracultura en los años sesenta. La resistencia que ejercieron los grupos marginales en Europa y América por mantener su autonomía o defender sus derechos frente a las imposiciones de las culturas dominantes y los detentadores del poder, condujo a la creación de contraculturas disidentes. Fredric Jameson concibe la postmodernidad como una dominante cultural: perspectiva que permite la presencia y co-existencia de un abanico de rasgos muy diferentes aunque subordinados unos a otros (1998:26). En los años sesenta, la postmodernidad se manifestó en un campo de fuerzas donde dialogaban corrientes de pensamiento tan diversas como el marxismo y el psicoanálisis, la gestalt y el Zen, entre otras.

Daniel Bell considera que el postmodernismo de los sesenta llevó la lógica del modernismo a sus últimas consecuencia (1982:61). La imaginación de los artistas postmodernos desbordó las fronteras del arte y se expandió hacia la vida; las transgresiones que hasta entonces sólo eran aceptadas en el ámbito de la ficción, comenzaron a llevarse a cabo en la realidad. Según Bell, el temperamento posmodernista es un conjunto de doctrinas vagamente asociadas (61) que se bifurca en dos tendencias principales: una filosófica, que cree en el fin de la civilización y otra psicológica, que apoya la liberación de los impulsos. Para el autor, esta última es más significativa que la primera, pues implica la crisis de los valores de la clase media.

Los ámbitos culturales, que antes estaban reservados a las élites, se democratizaron y pasaron al dominio de las masas. El gusto por la bohemia, antecedida por el existencialismo europeo, se expande a través de los medios de comunicación y es asumido por un inmenso colectivo de jóvenes. Es el inicio de la cultura hippy asociada a la drogadicción y la música rock, lo que proporciona a este decenio un nuevo sentido. En América Latina estos hechos adquirieron matices particulares, especialmente porque tocaron a los círculos universitarios e intelectuales de las clases sociales medias de la región.

Etapa de defensa de los derechos individuales, en la cual diversos colectivos se opusieron a la autoridad y aplaudieron la desmesura. La espontaneidad, lo cotidiano, la improvisación y el eclecticismo se convirtieron en los nuevos valores del campo artístico, junto con la heterogeneidad de estilos, la actitud lúdica y el sincretismo.

En el campo intelectual se buscaba romper con las jerarquías del conocimiento y con el principio de autoridad. Artistas e intelectuales radicalizaron sus críticas contra el sistema y auspiciaron movimientos de solidaridad global que se expandieron internacionalmente; la intención era confrontar la explotación y la violencia que los sistemas de dominación de las sociedades tecnológicas ejercían sobre el hombre.

Para Gilles Lipovetsky, en la sociedad postmoderna se produce un cambio de rumbo histórico de objetivos y modalidades en el proceso de socialización (1994: 9). En este período se enfrentaron las actitudes represivas del poder en pro de un ideal de mayor autonomía individual. En el espacio social se establecieron nuevas formas de relación, que buscaban anular las reglas y consolidar la antimoral. Lipovetsky considera que la cultura postmoderna se caracteriza por la búsqueda del sentir, el feeling y la emancipación individual que buscan todos los ciudadanos sin distinción de edad o sexo. Las fronteras se rompieron y se establecieron nuevas e inusitadas relaciones entre campos de conocimiento, distantes o contrarios, lo que conllevó a cierto grado de desestabilización.

Frente al orden establecido y a las convenciones sociales, los jóvenes de la década del sesenta propusieron lo natural y lo no convencional, liberalizaron la sexualidad, radicalizaron las manifestaciones culturales y políticas hacia propuestas que exaltaron el placer y la diversión, y desarrollaron un hedonismo extremo. Estas actitudes constituían una proyección de ese hedonismo que, una década antes, ya era practicado por una élite cultural, y que en 1960 se expandió hacia grupos sociales más amplios y heterogéneos.

El arte pop es señalado por Daniel Bell como el estilo cultural de este período hedonista. Con una simbología que rescata lo cotidiano, lo doméstico y lo vulgar ofrece una visión paródica de la realidad, que socava las jerarquías del orden establecido. Sin embargo, a juicio de Bell, esta parodia sólo posee un carácter bonachón (79).

El consumo de estupefacientes -marihuana y L.S.D-, especialmente entre la juventud europea y la norteamericana, al igual que otras drogas, les ofreció un nuevo espectro de percepciones. Cambiaron los símbolos y las imágenes, la nueva realidad tecnócrata generó formas de relación desinhibida y expresiones culturales en las que el lado más desgarrado de la vida asumió un papel protagónico, con un considerable crecimiento de la crueldad en los espectáculos y se desarrolló y expandió la industria de las películas pornopop. En América Latina, donde el consumo de estupefacientes como la marihuana tenía lugar sobre todo en las clases sociales bajas y grupos marginales, con la desinhibición se extendió a los jóvenes de clases sociales medias y altas.

Especialmente en Europa, y poco más tarde en América Latina, El lobo estepario, de Herman Hesse, se convirtió en el himno de los jóvenes rebeldes que rechazaban el mundo que les había tocado vivir y del que se sentían totalmente aislados. Mario Vargas Llosa recuerda los años del redescubrimiento de Hesse, después de su muerte en agosto de 1962: "Eran tiempos de la revolución psicodélica y de los flower chidren, de la sociedad tolerante y la evaporación de los tabúes sexuales, del espiritualismo salvaje y la religión pacifista (1990:69). La caracterización del ermitaño protagonista de la novela de Hesse sintonizaba con el inconformismo de los jóvenes de la generación del sesenta. Para Vargas Llosa Hesse creó un prototipo al que se pliegan innumerables individuos de nuestros tiempo: solitarios acérrimos, confinados en alguna forma de neurastenia que dificulta o anula su posibilidad de comunicarse con los demás, su vida es un exilio en el que rumian su amargura y su cólera contra un mundo que no aceptan y del que se sienten también rechazados" (72).

En el ámbito político, la bipolaridad entre las dos grandes potencias que, desde los años cincuenta, mantenía al mundo en vilo por la amenaza nuclear de la llamada guerra fría, generó una tensión que se proyectó hacia otras esferas de la realidad. Según Herbert Marcuse en Occidente los antiguos conflictos dentro de la sociedad son modificados y juzgados bajo el doble (e interrelacionado) impacto del progreso técnico y el comunismo internacional. Las luchas de clases se atenúan y las «contradicciones imperialistas» se detienen ante la amenaza exterior. (1969:51). La confrontación de las dos cosmovisiones hegemónicas -el sistema capitalista y el socialista- con sus consecuentes imposiciones internas, termina agotándose y desde las periferias surgen nuevas posibilidades ideológicas, sociales y culturales, lo que ofrece una gran diversidad. Ricardo Pozas Horcasitas considera que el sentido de la década se sintetiza en la transformación que en el curso de ella le ocurrió al mundo: el transitar de la bipolaridad a la multipolaridad, a partir del acuerdo de la coexistencia pacífica entre las dos superpotencias (2001).

En el continente americano, las relaciones norte-sur también se radicalizaron en los años sesenta, generando un espacio de tensiones que condujeron a transformaciones importantes en nuestras sociedades. Ciertos procesos de cambios drásticos se llevaron a cabo en varias esferas de la cultura y condujeron a crisis profundas y renovaciones radicales.

Las sociedades post-industriales de occidente desarrollaron un sistema de control sobre las fuerzas revolucionarias, subversivas y antisociales de los individuos, convirtiéndose en sociedades cerradas, unidimensionales; frente a este proceso de creciente alienación la reacción de los integrantes del campo intelectual fue inminente. La protesta y el rechazo se constituyeron en el eje a partir del cual se desarrollaron una serie de expresiones culturales que darían forma a un nuevo orden. Para Herbert Marcuse el papel del intelectual ha sido fundamental en todo este proceso, de ahí que en su libro El hombre unidimensional diga:

Es preciso despertar y organizar la solidaridad en tanto que necesidad biológica de mantenerse unidos contra la brutalidad y la explotación inhumanas. Esta es la tarea. Comienza con la educación de la conciencia, el saber, la observación y el sentimiento que aprehende lo que sucede: el crimen contra la humanidad. La justificación del trabajo intelectual reside en esta tarea, y hoy el trabajo intelectual necesita ser justificado. (1969:14).

La crisis internacional produjo un gran impacto en las masas estudiantiles. La ola de violencia que se desató en los Estados Unidos y se expandió hacia otros horizontes, fue la consecuencia de las tensiones profundas de una sociedad urbana postindustrial que exigía reivindicaciones para las clases sociales menos privilegiadas. Los márgenes comenzaron a presionar con agresividad y el poder los repelió con mayor belicosidad, generando una turbulencia que se prolongó a lo largo de toda la década.

En un lapso de cinco años murieron los grandes líderes de la década de forma violenta. El 22 de noviembre de 1963 era asesinado John F. Kennedy en Dallas, Texas; igual suerte correría su hermano Robert Kennedy el año de 1968, después de haber ganado las elecciones primarias en California. Malcom X fue asesinado el 21 de febrero de 1965 mientras daba una conferencia en una reunión de la OAAU en New York. En América Latina, el Che Guevara era asesinado el año de 1967 en Bolivia; la figura de Ernesto Guevara, se convirtió, desde ese entonces, en un símbolo de la juventud rebelde y comprometida con las causas sociales, en un ejemplo del revolucionario mártir que entrega su vida por sus ideales y las causas nobles. Un año más tarde fue asesinado el líder negro pacifista Martin Luther King. Todas estas muertes, junto a la guerra del Vietnam, generaron un malestar colectivo que llevó al repudio de la violencia y la proclamación de consignas pacifistas como las esgrimidas por el Flower Power.

1.2.- LA CONTRACULTURA

El nacimiento de lo que se llamó en la década del sesenta la contracultura² -cultura juvenil subversiva que se manifiesta en contra del sistema- impone nuevos valores: el hedonismo, el pacifismo, el ecologismo, la noción de autonomía juvenil. La desconfianza por todas las instituciones -religiosas, políticas y empresariales- y el radicalismo se expresan en una serie de actitudes, conductas, cambio en la forma de vestir, liberación de las prácticas sexuales, rechazo del sistema educativo oficial, que junto a otros componentes semióticos, constituyen un nuevo sistema sígnico cuya expresión particular es la actitud anti

Una sensibilidad nueva surgió desde los márgenes y moduló expresiones culturales que rompieron con todas las formas establecidas. En ese reino del simbolismo expresivo (Bell,1986:28) que es la cultura se erigieron modelos o arquetipos de ámbitos totalmente diversos pero complementarios para aquellos que buscaban una transformación drástica de la sociedad. Armando Miguel considera que la contracultura se apoya en un formidable trípode ideológico, verdaderamente inconmovible: Jesucristo, Marx y Freud, los tres judíos, por cierto. No es casual esa común ascendencia étnica. El judaísmo ha impreso a la cultura occidental su peculiar concepción salvífica, mesiánica, redentora. El último añadido de Freud –tan adaptado a las condiciones de la vida norteamericana- le proporciona la vera de la alienación, la identidad personal y del conflicto familiar (1985:17). El marxismo y el psicoanálisis llegan incluso a fusionarse en lo que se ha denominado el freudo-marxismo de autores como Wilhelm Reich. Los escritos de Reich sobre la revolución y la moral sexual fueron ampliamente difundidos entre los jóvenes europeos y norteamericanos a finales de los sesenta, sus ideas levantaron tal polémica que en los Estados Unidos los libros fueron prohibidos y Reich fue perseguido y encarcelado. El pensamiento de Reich ejerció un influjo considerable en los miembros de la Escuela de Frankfurt, particularmente en Herbert Marcase, quien participó de la corriente freudiana de izquierda (López Cámara, 1989:40).

Daniel Bell, en su obra El advenimiento de la sociedad post-industrial se refiere al fenómeno de la contracultura de los sesenta en los siguientes términos:

Un cambio social importante causa una reacción grande. Las revueltas estudiantiles de los últimos años de la década de los sesenta fueron, en parte, un reflejo del nuevo poder de una contra-cultura que reacciona contra el crecimiento de una sociedad basada en la ciencia. Pero en mayor medida la revuelta estudiantil fue una reacción contra «los aparejos de la organización» que la sociedad post-industrial inevitablemente deja caer sobre el trabajo intelectual, lo que se reflejaba en las crecientes presiones sobre los jóvenes, cada vez a una edad más temprana, para elegir un buen college, las presiones para escoger una materia principal y la ansiedad provocada acerca de las escuelas de graduados y una carrera. (1986:143).

La contracultura implica un cambio en el estilo de vida hacia experiencias extremas dentro de un ámbito social y cultural liberalizado, que vuelca en el arte una nueva sensibilidad contraria a la razón, de ahí que la locura sea uno de los temas predilectos de la literatura de esta década.

La Contracultura es dionisíaca por excelencia. El «yo» se vacía de contenido (Bell,1982:141) y los valores se invierten de forma drástica. Las nuevas formas de expresión artística, como el happening, se imponen; es la celebración de lo efímero y lo improvisado. Para Daniel Bell la contracultura persigue un mundo de gratificaciones inmediatas (86). Esta nueva sensibilidad se acompaña de ideas anti-esencialistas, anti-nacionalistas y anti-intelectualistas y crea su propio lenguaje. Actitudes y conductas forman parte de códigos que, en oportunidades, resultan impenetrables para los no iniciados. Se llega incluso al extremo de que el medio se confunde con el mensaje. Recordemos que para M. McLuhan el medio es el mensaje. Por su parte Luis Britto García, en su libro El imperio contracultural. Del rock a la postmodernidad dice al respecto:

El mensaje contracultural puede estar inusitadamente centrado en sí mismo, puesto que no tiene por objeto transmitir (informaciones u órdenes), sino, como la poesía, despertar connivencias a través de sutiles connotaciones: tocar puntos claves que revelen universos de vivencias ya compartidas, ya sabidas por emisor y receptor. De allí la aparente falta de estructuración formal y lógica. (1996:45).

A mediados del siglo XX en los Estados Unidos la sociedad burguesa adinerada vivía en función del consumismo y estaba dirigida por una moral protestante-ascética y puritana; a esta clase social se enfrentaron grupos de intereses diversos y de manera particular, intelectuales y artistas.

En la década del cincuenta, un grupo de sociólogos –Raimond Aron, Edward Shils, S. M. Lipset y Daniel Bell-, planteó la tesis de que se había llegado al fin de la ideología, una gran desilusión se había apoderado de los intelectuales. El stalinismo, exaltado durante años por la burocracia soviética y posteriormente denunciado en su criminalidad por Nikita Krushev, había defraudado la imagen utópica del comunismo soviético y las ideas políticas parecían haberse agotado.

A lo largo de la década del sesenta, surgió un nuevo impulso político radical en los Estados Unidos que buscó instaurar un nuevo orden social. Se crearon una serie de grupos de reivindicación de los derechos, entre los que se encontraban: el movimiento en pro de la Libertad de Expresión de la Universidad de Berkeley el año de 1964; los movimientos de los académicos de la Nueva Izquierda; los hippies; el Black Power, que abogaba por la reivindicación de los derechos de las minorías negras; los movimientos de liberación femenina y los movimientos por los derechos de los homosexuales.

En un epílogo que Daniel Bell escribió el año 1988 para la reedición de su libro El fin de las ideologías. Sobre el agotamiento de las ideas políticas en los años cincuenta en 1960, expone la idea de que el radicalismo de los años sesenta y setenta se debió a cuatro corrientes diversas: la cultura juvenil liberal, los movimientos a favor de los negros, los movimientos de liberación de los países del Tercer Mundo frente a Occidente y la guerra del Vietnam.

A partir de la segunda mitad del siglo XX las desigualdades sociales se hicieron cada vez más notorias, los grupos marginales comenzaron a aglutinarse en movimientos organizados, radicalizando las confrontaciones con los grupos de poder. A continuación haremos una breve reseña de los mismos:

1.2.1- INSURGENCIAS

En la década de los sesenta, las minorías negras norteamericanas comenzaron a organizarse en movimientos de reivindicación de los derechos civiles. En 1960, cuatro estudiantes de la Escuela Técnica y Agrícola de Greensboro, en Carolina del Norte, dieron inicio a una nueva forma de protesta -las sentadas- contra el racismo y en pro de los derechos civiles, al sentarse en una cafetería para blancos. Este atrevimiento produjo un gran escándalo y por consiguiente mucha publicidad, lo que favoreció la práctica de las sentadas en otras ciudades. En 1964 comenzaron a extenderse los disturbios, a raíz de la muerte de un joven negro a manos de un policía blanco.

En el año de 1966, bajo el nombre de Poder Negro se aglutinaban los movimientos en pro de los derechos civiles de los negros aunque algunos de ellos resultaban, en muchas oportunidades, contradictorios. El nacionalismo negro era partidario de las instituciones para negros, mientras que otros auspiciaban la integración. Todos buscaban liberarse de la opresión de los blancos, la raza dominante que imponía las leyes y cercenaba los derechos de los ciudadanos de color. Entre los reclamos que el Poder Negro hacía, estaba la necesidad de que los negros pudieran definir el mundo en sus propios términos.

En el ala moderada se encontraba el reverendo Martín Luther King con un movimiento de corte pacifista; entre los radicales estaban Stokely Carmichael y Malcon X y las Panteras Negras. Los grupos más extremistas consideraban que sólo con métodos drásticos podían lograrse los cambios, ya que la clase dominante siempre intentaría mantener el orden por ellos establecido.

Inspirado en Mahatma Ghandi, Luther King impulsó la resistencia pacífica. En 1964 logró que el Congreso Norteamericano aprobara el título VII de la Ley de derechos civiles (Civil Rights Act), que prohibía cualquier tipo de discriminación racial o sexual. Ese mismo año recibió el Premio Nobel de la Paz por su labor en favor de la igualdad racial y los derechos civiles. En 1967 se unió a los dirigentes de los movimientos en contra de la guerra del Vietnam. Su poder de convocatoria se convirtió en un peligro para el gobierno de los Estados Unidos. El 4 de abril de 1968 Martin Luther King fue abatido en Memphis, Tennessee, se había trasladado allí para apoyar una huelga de trabajadores sanitarios municipales. La noticia de su muerte desató una ola de violencia en los Estados Unidos.

Entre 1963 y 1967 los movimientos radicales de los negros provocaron una serie de disturbios en las ciudades de Nueva York, especialmente en el barrio de Harlem, en el barrio angelino de Watts, así como en Chicago,