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Cuadernos de viaje. Entre Ciudad de Méjico y el Machu Picchu
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Impresiones de un largo viaje entre Ciudad de Méjico y el Machu Picchu. Méjico, Guatemala, El Salvador, Costa Rica, Panamá, Cuba, Venezuela, Brasil y Perú.

Published: Alberto de la Madrid on
ISBN: 9781301020188
List price: $3.00
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Cuadernos de viaje. Entre Ciudad de Méjico y el Machu Picchu - Alberto de la Madrid

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Alberto de la Madrid

Cuadernos de viaje

Entre Ciudad de Méjico y el Machu Picchu

albertodelamadrid@gmail.com

http://albertodelamadrid.es/

Ciudad de Méjico

Las voces se habían ido extinguiendo y el silencio se fue acoplando a la oscuridad neta de la habitación —una cama, dos armarios, una mesilla de noche, dos macutos junto a una silla—. Unos pasos se perdieron a lo largo del corredor. Después quedé profundamente dormido, como abrazado al cansancio, relegado a la suerte de mi propia inconsciencia. Me despertaron los vagidos de una mujer, el estremecimiento de la carne temblaba en el silencio de la noche. Era hermoso.

Llueve, el cielo se puso de un bello color cobrizo. Nos pertrechamos para pasar la tarde hasta la hora del concierto —madrigales de Monteverdi—.

Inclinado sobre la vida como Saturno sobre sus hijos,

recorres con fija mirada amorosa

los surcos calcinados que dejan el semen, la sangre y la lava.

Los cuerpos, frente a frente como astros feroces,

están hechos de la misma sustancia de los soles.

Lo que llamamos amor o muerte, libertad o destino,

¿no se llama catástrofe, no se llama hecatombe?

Leo a Octavio Paz con la disposición de quien busca luz en la espesura. A veces me quedo parado frente a unos versos, no acierto a saber por qué, pero ahí estoy, intentando averiguar por qué las palabras se apoderan de mí. Saturno, surcos, sangre, lava, cuerpos. Y junto a ellas ese te quiero, mi amor, salido de las entrañas de esta madrugada anterior en mitad del silencio y la oscuridad. Y el Cristo efebo y estilizado de Rodríguez Lozano en el Museo de Bellas Artes. Y una mujer al otro lado del océano sugiriéndome unos pocos versos.

Desde la ventanilla del avión no es difícil acercarse a la fragilidad del ser humano; frágiles y limitados. Nos queda la armonía de lo que nos toca vivir. Ojear las gamas de los colores, estar atentos a los ritmos, probar la hermandad de las tonalidades, buscar la emoción entre los acontecimientos que nos trae la vida.

Las diez de la noche. Inicio de un viaje que por la mañana pronto fue distanciamiento respecto a lo que me rodeaba, un poco de tristeza, algo de nervios, que, según transcurría el día pasó por los rudimentos de una reflexión general sobre el rumbo último de la vida, la apertura a otras realidades como consecuencia del nuevo paisaje que se abría, la lectura emotiva de Octavio Paz, la alternancia de las comidas, Los años de Laura Díaz, de Carlos Fuentes, el sueño inevitable de once horas de vuelo.

Ciudad de Méjico

El camino de la perfección. Estaba sentado haciendo yoga frente a la ventana y me asaltó este pensamiento: el camino de la perfección personal (un modo de decir, claro). Somos imperfectos, en nuestro barco se abren vías de agua, y así andamos. Recuerdo que una idea similar me vino con fuerza en Teherán unos años atrás. Es como si algo dentro de uno llamara periódicamente a practicar un tipo de verdad conveniente al organismo. Ser mejores, estar en sintonía con lo que te rodea, no engañarte, ser verdad en ti mismo.

Ser verdad en ti mismo. Una idea interesante.

El camino de la perfección, no ese en que tanto empeño ponían los curas cuando nos empujaban a leer el Kempis, no. Cuando pienso en esas palabras parece mejor que me acercara a un concepto que lindara con la idea de agradarse a uno mismo; perfección es un concepto ético de dudosa filiación, como una parte importante de todo lo ético; habría que andar sobre él de puntillas. Agradarse a uno mismo sí me parece ya algo sólido sobre lo que levantar otros ladrillos.

Museo de Arte Moderno.

Pasear frente a los cuadros puede ser como pasear por el país y por la intimidad de sus habitantes.

La castidad rasgada. Conceptos, organización de la naturaleza, referencias después enfatizadas. La cueva del Minotauro, el bosque encantado. La moral organizada a partir de la naturaleza, a partir de un principio indiferenciado.

Anhelo y penitencia. ¿Cuáles son las tripas del anhelo? El anhelo, que se asoma a las almas que habita, según su fortaleza, las circunstancias que vivió y creó el individuo. El anhelo se yergue y se hace fértil cuando la esperanza está viva y ondea fértil en el horizonte.

Hombre reclinado, Javier Merino. El orgullo del pene, la conciencia de la virilidad, la conformación del cuerpo: estar vestido del cuerpo. Ser pene, ser árbol, cuerpo, barro, desgarro, mirada inquisitiva.

No te podré mirar a los ojos porque tendré tu cuerpo delante, las puertas, el misterio, el anhelo infinito de tocarte.

Visita inesperada. Remedios Varo, que explicaba momentos antes de su muerte el mecanismo del infarto que sufrió. ¿Habrá conquistado la gran sabiduría de ver la muerte sin miedo?

Angel Zárraga. San Sebastián, La dádiva. La dádiva. Los viejos, la decrepitud frente al misterio de la vida, la insinuación de lo profundo, del ser. Ese pene que buscaba hoy, recostado, tranquilo, transmutable en pasión y gemido.

Agustín Ocampo. Desesperación. Escultura de mujer postrada sobre la tierra de rodillas. Contraponer esta figura a la de del hombre de barro.

Insistentemente: la figura femenina desnuda, la fuerza que nos lleva a ella como expresión del comienzo de un misterio. La desnudez, la emoción de lo bello. ¿Qué hay en esa desnudez que llega a nosotros como canto de sirena, inefable, indecible?

Teotihuacan

Excursión a Teotihuacan. Nos sorprendió la tormenta descendiendo de la Pirámide del Sol. Las paredes de la pirámide se convirtieron en una cascada que encauzaba el agua por los corredores convirtiéndolos en río. La parafernalia de los truenos hacía retumbar la entera Ciudadela. El conjunto monumental, que aparecía anodino momentos antes desde la cumbre bañado por una luz plana impersonal, se llenó de resonancias de luces y de cosa extraordinaria. Protegidos bajo dos paraguas contemplamos cómo la tromba de agua se derramaba como un ancho arroyo sobre la explanada central. Con mucho trabajo logramos sacar la máquina; indios y vendedores desprevenidos aguantaban el temporal junto a los sus cestos de souvenirs; la mayoría de los turistas corrían estoicamente bajo la lluvia torrencial, desprovistos de la necesidad de guarecerse de la lluvia porque ellos mismos eran ya un puro charco. Los colores, el enorme lago formado, los sombreros de paja iluminados de lluvia se convirtieron por arte de birlibirloque en materia fotografiable: sombreros, rostros, charcos, el amarillo real de los plásticos que protegían las imágenes de obsidiana... Las lluvias de la tarde a veces traen estos milagros.

Ciudad de Méjico

Una novela bien escrita eleva las razones de la vida y de los hechos a una categoría superior, tinta los actos de una nobleza (en su sentido de razón más consistente, más profunda. Nobleza en su acepción estética, no ética) y de un sentido que para sí quisiera la vida cotidiana. Todo allí parece atado y bien atado, todo tiene significado relevante, sea para bien o para mal. Cuando uno observa el decurso de la propia historia, fragmentos de ella quiero decir, quisiera elevarlos a estas instancias también, imagina que efectivamente la historia diaria debe tener una explicación, una concatenación, una profundidad que raramente el individuo llega siquiera a sopesar. O el novelista extrapola —que no creo— y nosotros podemos imaginar que nuestras vidas son menos interesantes, mucho más prosaicas; o, por el contrario, lo que sucede en que nosotros no sabemos (yo no sé) hincarle el diente a nuestra propia historia y trivializamos en torno a ella, farfullando pensamientos chicos y análisis que con frecuencia percibo cercanos a lo trivial.

Respecto a lo que me interesa, las razones de mis personajes (y en este caso no se trata de personajes de novela sino tú, yo, mis hijos, la gente que conozco) son primordiales, pero cuando me acerco a ellas, intentándole ver por dentro desde cerca me parece que carecieran de la gracia pasional, emocional que debería vestir una narración; intuyo que parte importante del contenido de sus almas se me pierde por el camino.

Estoy en una especie de patio en un cuarto piso con una bóveda cubierta por placas de metacrilato. Hace rato volvió a desplomarse el cielo sobre la ciudad y el techo parecía que se hundía. Quince o veinte minutos capaces de cargarse el inmueble como se descuiden. En poco tiempo esto se llenó de chorritos de agua que salían no de las placas transparentes del metacrilato sino del mismísimo techo. El ruido era tal de no poder oír otra cosa que no fuera la tromba de agua sobre la cabeza. En este escenario leía. Me he habituado a este espacio apenas visitado y a él me vengo a escribir mientras hay luz. Se oyen las voces de los clientes del hotel pero no me molestan. Yo, tan pejigueras para los ruidos nocturnos, llego a dormir toda la noche muy dentro del ruido que sube como por una chimenea hasta los ventanales de nuestro balcón.

Taxco

Un tropel de pajarillos se nos cuela por la ventana. Dos camas, tres vigas de color azul cielo, paredes enjalbegadas, una silla de enea y una mesilla, es todo. Miro las vigas mientras Victoria, desde la otra cama, me lee el cuento que me envió Marisa,; su voz se confunde con la de los pájaros.

El otro día, en un museo, en una sala de carácter didáctico se mostraba una pintura de Diego Rivera y, después, para enseñar distintos aspectos, composición, color, puntos de atención, etc., había un dispositivo que deslizaba sobre el cuadro un lienzo transparente en donde se resaltaban algunos aspectos relevantes de la pintura que un neófito no podía ver. Era como ir descubriendo el alma, las distintas almas del cuadro, mostrando en transparencia sus características más notables. Al final se obtenía una visión de conjunto que nos acercaba a una mayor comprensión del mismo. Algo así debe suceder con la percepción que tenemos de los otros.

Puebla

Y sin misterio nuestro amor carecería de interés Los años con Laura Díaz, Carlos Fuentes.

Un misterio los otros; misterio al que no conviene visitar en su profundidad. Conocer excesivamente al otro debilita la tensión de atracción que el otro nos suscita.

O quizás vivir el engaño de ese supuesto misterio, porque en rodearlo y en indagarlo está esa parte del otro que nos cautivará; y porque incluso no habiendo misterio no por ello dejará de existir el juego lúdico e inteligente de ejercitar nuestras facultades y de crear el esplendor de una concatenación de tensiones que sólo tendrán su existencia si creemos en él. Lo que suceda entre el movimiento del primer peón y la complejidad de la partida avanzada será patrimonio único del jugador. El misterio desvelado, la defenestración del rey, sólo tiene el interés anecdótico de la suerte echada.

Pero nosotros, hombres prácticos, queremos hechos tangibles, misterios desvelados... ¡pobres!

Y sin embargo el amor se nutre de una importante dosis de misterio. Lo testimonia Carlos Fuentes mientras nuestro autobús se dirige hacia el sur con destino a Puebla.

Es un buen tema ¿no te parece?, le escribía yo en aquellos días a mi ex-novia, cuando tú preguntas ¿qué es lo que hace que uno nos fijemos en otro?, dejas siempre al interlocutor en un aprieto. Algo así como si en el hecho de querer nombrar las cosas, sus razones de ser, ellas mismas perdieran algo de misterio, ese gusto que tienen las personas, su historia por vivir en la ambigüedad, en lo no definido. No, no parece que sea bueno, ni posible, enamorarse de alguien sobre la base de un conocimiento pleno. El misterio, nuestros yoes desplegados lentamente sobre el tapiz del tiempo, nuestros yoes que somos hoy y los que seremos mañana, pasado mañana, deberían ir alimentando la curiosidad del otro a pequeños sorbos, bebidos como el buen vino, sin permitir que la botella se acabe nunca. Eso que asegura Laura Díaz en el comienzo de la entrada de hoy: sin misterio nuestro amor carecería de interés.

Cinco horas y media de autobús, el gusto de viajar: dormir, leer, pensar, mirar el paisaje.

Y leo: Era imposible atribuirle misterio alguno a este lagartijo pasado de moda, modificado y banal...

Y más adelante, cuando Laura impone una severa distancia entre ellos, ella dice: —¿No entiendes? No quise que nuestra relación se enfriase en la costumbre... no quise que la poesía se convirtiese en prosa

Puebla tiene un cierto aire a Florencia, sobre todo en esta tarde de nubes a la aguada que rondan el cielo jugando con las cúpulas neoclásicas de dos iglesias que sobresalen por encima de las azoteas.

Victoria habla del Comandante Marcos, de Chiapas, de literatura, una entrevista que deriva hoy hacia el Juan de Mairena, de Machado. Guardo algunos recuerdos de las lecciones de Mairena. Estoy deseando leer su librito, nos lo intercambiaremos, yo le daré a cambio a Carlos Fuentes. Nos acercamos a Chiapas y puede