El legado primigenio by David Collazo - Read Online
El legado primigenio
0% of El legado primigenio completed

About

Summary

Novela en primera persona donde a través de un joven cualquiera se obtiene la visión de los diferentes conflictos morales, la variedad de visiones sobre una misma realidad y la bipolaridad de la sociedad actual en la que vive. Todo representado en los hechos, miedos, sueños y sensaciones que acontecen al personaje a lo largo de un corto período de tiempo, y que lo llevarán a redibujar su forma de ser y a librar una batalla interior con consecuencias:
“Él piensa en su propia libertad, pero no en la de los demás; se siente esclavizado por las miradas y los comentarios a su alrededor. Para él, el mundo perfecto sería aquel donde pudiera anticipar el siguiente movimiento, un mundo donde conocer los pensamientos ajenos.”
“La noche se acaba y deja de ampararlos; otros la alargarán en un vago intento de dar el último sorbo a una libertad en sus mentes, la libertad de ser ellos mismos o de inventarse su personaje a interpretar.”
“– Nunca bajes la guardia. – me alecciona entre risas
– El exceso de confianza puede ser tu peor enemigo en un combate...
– Y también en la vida.”

Published: Editorial Amarante on
ISBN: 9781310483882
List price: $4.99
Availability for El legado primigenio
With a 30 day free trial you can read online for free
  1. This book can be read on up to 6 mobile devices.

Reviews

Book Preview

El legado primigenio - David Collazo

You've reached the end of this preview. Sign up to read more!
Page 1 of 1

Libertades

― ¿Libertad? No existe la libertad, eso es lo que nos cuentan; democracia es igual a libertad, pero no es así. ― Nos alecciona Daniel balanceando su tercera copa de vodka de marca impronunciable.

― No sería posible esa libertad, no existe. ― Continúa mientras se tambalea a la busca de un hielo en el bol, donde poco a poco se iban derritiendo los restos de un comienzo de noche etílica, tan y tan similar a otras noches. Y como tantas otras veces derrama parte del contenido sobre Steve, quien lo aparta bruscamente de un manotazo recriminándole la acción:

― Ya estás tajas, siempre igual ¡eres un moñas !

Le reprende arrastrando las palabras indignado y bastante perjudicado por el alcohol.

― Pero, ¿qué más te da? Apenas se nota en esa cutre camiseta llena de lamparones, que ya podías comprarte otra ― contesta Daniel con ironía buscando la aprobación del grupo.

― Oye, en serio ― continúa ― Cuando sales de casa, ¿sales así de guarro? Llevamos haciendo esto varios años y jamás te la he visto impoluta y… Venga tío, cómprate otra camiseta ― repite burlón entre risas.

― Al menos no soy un pagafantas degenerado y escandaloso como tú, y para libertad, la que tengo yo para elegir comprar o no ropa, ¿quién eres tú o la sociedad para dirigir lo que yo vista? ― protesta Steve con indignación.

La música de fondo suena más alta, y Tom vuelve a la mesa. De nuevo ha vuelto a subir el volumen del equipo, y las voces etílicas suben su tono en un vano intento de ser escuchadas.

― ¡Lo que hace falta es más guillotina para el estado! Los corruptos los ponía yo en la corta―cabezas en las plazas públicas como ejemplo. La política para servir al Estado, no a la inversa. ― Vocifera Leo aplaudido por Matt, que añade:

―Hay que acabar con este capitalismo supremo que es el germen de la dictadura económica. La política es el arma del capital. Y para mantenerlo feliz nos recortan derechos todos los días, hasta nos impiden expresarnos. ― Su tono de voz y su rostro reflejan la ira que intenta reprimir.

― Quieren jodernos y hacernos más sumisos, todo a favor de las clases altas. Nos mantienen en una constante desinformación, amansan al rebaño para que el pastor lo tenga más fácil. Vivimos en un país de represión a favor de la economía de unos pocos. ¡Mierda pal estado! ― brama tensándose en su asiento.

― Se puede decir que La Dictadura tampoco era tan mala, por lo menos había pan para todos. ― Comenta Jack en un tono tan bajo que casi es un susurro, intentando ser escuchado y a la vez pasar inadvertido.

Sonrío para mis adentros, pensando que a pesar de los años y de la evolución social, producto de la variedad cultural que se había dado en la ciudad en estos últimos, aún seguía ese pequeño dictador en su interior.

La mesa del salón está llena de vasos goteando diferentes bebidas, los restos de varios cigarrillos y porros fumados, bolsas de las bebidas esparcidas por el suelo y una botella de refresco completamente vacía oscilando entre los pies de los contertulianos nocturnos.

Se escucha una nueva canción. Esta vez es de un grupo de rock más implicado socialmente que los anteriores delirios de música Techno. Matt es el responsable de este cambio; Leo y Travis aplauden su elección. Un Travis que ha vuelto al mundo consciente tras una hora de agonía visible en su palidez, fruto de la excesiva ingesta de cervezas y cannabis.

―Libertad ―replica con voz grave, producto del tabaco fumado al mismo ritmo que se encienden y consumen cerillas. ― Que me den libertad para fumarme mis canutos y que se mueran todos esos hijos de puta.

Mientras sigue farfullando palabras incomprensibles se sirve, a duras penas, una copa más.

Me sirvo otra copa de ron. Es bastante tarde. Creo que ya es momento de salir de casa y saborear los diferentes ambientes, colores, olores, sonidos y formas que la noche nos ofrece.

La conversación llega al punto muerto de siempre; la excesiva ingesta de bebida nos causa falta de concentración para seguir manteniendo el coloquio. Algunos saltan, otros cantan al ritmo del vocalista sintiendo cada una de las palabras como si fueran suyas, y otros conjeturan qué les deparará la noche.

Bajamos a la calle, son las dos de la mañana. Mientras esperamos los taxis para desplazarnos a la zona de diversión, algunos aprovechan para mear en cualquier esquina o árbol cercano. ― Ante todo civismo, pienso esbozando una leve sonrisa. Los espero fumando un cigarro, divagando aún sobre el tema: libertad. Tan complejo o tan simple. O tan complejamente simple. No sé.

Doy unas últimas caladas a mi cigarro. ―Estupendo, todo me huele a tabaco ― Pienso entrando en el taxi y empujando a Jack al mismo tiempo que le espeto:

― Pareces un cerdo cebado, hazme un sitio. No te vendría mal menear esa panza cervecera de vez en cuando. En el gimnasio FitFriends hay unas tías que flipas, así seguro que irías más ― Me río por mi comentario, más por el alcohol ingerido que por la gracia del mismo. Jack admite inclinando la cabeza con culpabilidad.

― Si, sé que tienes razón, pero…

No sigue, el taxi se ha parado frente a un semáforo mientras dos jovencitas cruzan la calle, meneando sus bonitas formas, distrayendo su atención.

Llegamos al punto cero de nuestra ruta nocturna, el ambiente está en ebullición y nuestras cabezas parecen estarlo más.

Nuestro grupo se divide, unos prefieren una zona más underground, otros una más sibarita, algo de pachanga, la libertad de elegir.

Me decido por la segunda. No hay razonamiento para mi elección, sólo lo que mi intuición me indica.

Nos vamos al local más pijo. Entro sin problemas, pero a Daniel le impide la entrada el portero de enormes músculos conseguidos a base de batidos, horas de gimnasio y varias sustancias dopantes con nombres imposibles.

El individuo de seguridad alega que la vestimenta no es la adecuada. Decidimos solidarizarnos y salir todos, aunque con una sensación de injusticia en nuestras abotargadas cabezas. Este suceso me vuelve al termino con que acabó la conversación en casa: la libertad. Claramente Daniel es libre de vestir lo que a él le apetezca y el portero sigue las normas impuestas por su jefe. El dueño del local también es libre de escoger quién entra y quién no en su local, sólo que esa elección está emponzoñada por la presión de una etiqueta impuesta. Si ese jefe no tuviera unos estereotipos fijados de vestimenta, Daniel podría haber entrado.

Tal vez sería mejor no pensar tanto en estos temas, dejar que el río siga su camino sin intentar encauzarlo.

A fin de cuentas qué puedo hacer yo sólo para cambiar formas de pensar instauradas a base de años y años de presión. Soy una unidad, algo ínfimo. Y aún en el caso de conseguirlo, tampoco estoy seguro de que eso fuera libertad, estaría interponiendo mi forma de parecer al resto de personas que también tienen legitimidad.

A veces me sorprendo cuando sigo siendo capaz de filosofar con tan alta carga etílica en la sangre.

― Mmmhhh… este ron no está muy bueno ― pienso dando sorbos a una nueva copa en otro local.

El pinchadiscos ofrece a nuestros oídos una de las canciones populares del momento. Me marco algunos pasos de baile discretos: no soy el mejor bailarín del mundo pero tampoco el borracho de la barra. El alcohol y el baile me desinhiben, me siento mejor, más relajado, mi mente ya sólo piensa en diversión. A mi lado sólo permanecen Jack y Tom. Tom observa todo de forma recelosa e intranquilo; preferiría ocupar un lugar en la barra. Se mantiene en un estado de autocontrol: le gustaría tener todo más controlado, tener una hoja de ruta para no equivocarse nunca, y piensa lo bien que iría todo si sucediera como predetermina en su cabeza. Él piensa en su propia libertad, pero no en la de los demás; se siente esclavizado por las