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Versos Y Faltas - Diana Killian

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lecturas?

A mi madre y a mi padre

Prólogo

Eran las seis de la tarde. Aunque los truenos retumbaban en la distancia, la lluvia seguía repiqueteando sobre el tejado en una retreta sin fin. No era la suave lluvia de abril del hogar, sino un sucio diluvio que convertía las estrechas callejuelas de Mesolongi en un pantano de aguas estancadas. Una ráfaga de viento golpeó un postigo, pasó susurrante a través de las ventanas batientes y extinguió la vela del escritorio. Las letras de la carta inconclusa parecían ya desvaídas y viejas bajo la luz moribunda: «Queridísima Augusta».

Sobre la mesa, junto a la carta, había una cajita plana de madera.

Fuera, en el vestíbulo, los criados lloraban. El hombre de la cama no los oía. El sueño había dado paso al coma, alisando las arrugas de dolor y agotamiento de su afilado rostro.

Seguía siendo un rostro bello, un rostro célebre, pero muy lejos de su tierra y de quienes mejor lo conocían. Los rizos castaños estaban húmedos. El sudor perlaba su semblante pálido y frío. Los murmullos febriles habían cesado ya. La boca sensible y sardónica estaba en silencio. Aquellos ojos brillantes y expresivos se habían cerrado por última vez.

Abajo, en la calle, los perros empezaron a aullar.

Capítulo 1

––––––––

El riachuelo canturreaba alegre entre las rocas, sin inmutarse ante la figura inmóvil del hombre que yacía boca abajo sobre las aguas poco profundas.

Grace tuvo la impresión de haber pasado una eternidad allí plantada, sin moverse, sin tan siquiera respirar, mientras intentaba convencerse a sí misma de que no veía otra cosa más que una ilusión.

Sin embargo, aunque las altas hayas cobrizas proyectaban largas sombras que pintaban de negro el agua y la hierba, aquello no era un efecto óptico del lento atardecer inglés. Tampoco era producto de su imaginación desbocada. La verdad era que Grace Hollister se había cruzado con un cadáver en su camino.

Conforme lo asimilaba, le pareció que el mundo entero se detenía en silencio, esperando, esperando... Solo oía el borboteo del riachuelo y su propia respiración agitada cuando sintió un mareo repentino.

Contuvo su propia debilidad, impaciente, y se obligó a fijarse en los detalles impersonales. Era el cuerpo de un hombre; un cuerpo largo y elegante, despatarrado sobre el agua y el lodo con muy poca elegancia. Vestía unos pantalones Levi’s y una camisa blanca. La brisa agitaba su espeso cabello rubio, revelando una horrible mancha oscura en su cabeza.

Se le revolvió el estómago en señal de protesta. Había reconocido a ese hombre; era el señor Fox, uno de los huéspedes de la posada donde se alojaba. Lo había visto en el comedor la noche antes. Mejor dicho, había visto a las dos jóvenes camareras que lo miraban a él. El señor Fox, con su ejemplar de la revista Punch y su extraño rostro, no del todo atractivo.

Las manos laxas de dedos largos se movían con delicadeza, insensibles ante el riachuelo que se ondulaba entre ellas. Grace vio que la segunda aguja de su reloj seguía marcando el tiempo bajo el agua metódicamente.

Apenas si habían pasado unos segundos desde que se topara con aquella estampa en el bosque; se tardaba mucho más tiempo en narrar aquel momento intenso e irreal que en vivirlo. Entonces se abalanzó a trompicones y agarró la masa inerte y empapada para sacarla del agua, las piedras y el lodo.

Aunque él era un hombre alto y un peso muerto, y ella una mujer de estatura y complexión medias, la adrenalina le dio nuevas fuerzas. Tiró con toda su alma y arrastró el cuerpo del señor Fox fuera del arroyo entre chapoteos.

Grace se tambaleó sobre las piernas y aterrizó en el fango. Se acercó al ahogado, sudorosa y jadeante, y le dio la vuelta para colocarlo boca arriba. Le colgaba la cabeza y tenía el rostro húmedo y pálido bajo la penumbra.

Parecía evidente que estaba muerto. No respiraba, y no había forma de saber cuánto tiempo habría pasado sumergido. Grace no había visto al señor Fox durante su paseo crepuscular; podía llevar en remojo desde la cena.

«Bonita final para mis encantadoras vacaciones en la alegre Inglaterra», pensó ella mientras desgarraba la camisa húmeda y pegaba la oreja sobre el pecho ancho y pegajoso. Unos pocos pelos dorados le hicieron cosquillas en la cara. No oyó nada. Al menos, nada que pudiera distinguir por encima de su propio pulso atronador. Miró y remiró pero sin detectar movimiento alguno.

Inclinó la pesada cabeza del señor Fox hacia atrás a la vez que desechaba la idea de que fuera demasiado tarde. Acercó la cara a la suya y escuchó atentamente.

Nada.

Ni una señal.

Al sentir el sedoso cabello mojado entre sus dedos, Grace bajó la vista hacia la máscara mortuoria de aquel rostro despojado de toda inteligencia, de toda emoción, de toda vida. Era un rostro extraño —de pómulos marcados, con aire de ingenio, cejas negras como dos enérgicos tajos y una boca ancha y burlona. Fue un momento extraño; Grace supo que nunca lo olvidaría. Nunca olvidaría al señor Fox.

A pesar de haber aceptado que era demasiado tarde, Grace ejecutó todos los movimientos para reanimarlo: le tapó los agujeros de la nariz, inspiró hondo y cubrió la boca inerte del hombre con la suya.

Sintió una leve resistencia al expulsar el aire. Aquello no tenía nada que ver con las prácticas con muñecos que llevara a cabo en un gimnasio lleno de ruidos.

Cuatro veces insufló aliento en los estáticos pulmones del señor Fox, entre otras tantas inhalaciones. Después le tomó el pulso en el cuello con dedos inseguros.

Estaba demasiado oscuro para ver con claridad. El lento atardecer se retiraba ante la noche, que se tragaba los verdes bosques y colinas, las montañas y valles del Distrito de los Lagos. Grace se afanaba enfervorecida bajo la negra celosía de ramas que cubría las primeras estrellas difuminadas.

¿Aún nada? ¿Ni una sacudida?

Grace se revolvió inquieta sobre las rodillas. El señor Fox era todo huesos y músculos largos y fuertes, sin exceso de carne, como pudo comprobar mientras palpaba con cuidado la caja torácica, pasaba la mano sobre un abdomen plano y duro, y encontraba el punto donde las costillas se unían con el esternón.

Errar el lugar podía significar una lesión en las costillas y la pared torácica. «Como si eso importara ya», susurró una vocecita pesimista en su cabeza. Grace hizo caso omiso de la agorera voz. Un hombre fuerte y sano como el señor Fox no renunciaría a la vida tan fácilmente.

Colocó una mano sobre su pecho, y encima la otra. Entonces juntó los codos y comenzó a presionar, al principio con indecisión y luego con más arrojo. Empezó a contar, y su voz sonó alta y fiera en la oscuridad.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

¿Cuántos minutos podían pasar hasta que los efectos del ahogamiento fueran irreversibles? No se acordaba. Tampoco importaba ya. No tenía ni idea del tiempo que había pasado el señor Fox debajo del agua.

Abajo y arriba, arriba y abajo. Grace se apoyó sobre el cuerpo tendido, adaptándose al ritmo, y se relajó un poco. Era como estrujar una enorme esponja chorreante. Siguió presionando hasta que empezaron a dolerle los brazos.

Entonces, cuando abandonaba toda esperanza, le sorprendió oír una fuerte tos. El cadáver volvía a ser hombre, y expulsaba de pronto toda el agua que había tragado.

Jamás había oído un sonido tan dulce.

El pecho del señor Fox palpitó bajo sus manos, y le oyó tomar grandes bocanadas del aire nocturno. Asombrada de sí misma, y de su hazaña, Grace se apoyó sobre los talones, castañeteando los dientes en respuesta, mientras él tosía, resoplaba y seguía boqueando como un pez fuera del agua.

Parecía un milagro. Qué demonios, era un auténtico milagro. Un minuto antes estaba ahogado. Acabado. Muerto. Y al siguiente, estaba vivo. Grace se cubrió con los brazos para protegerse del frío y ofreció una silenciosa oración de gracias a las lejanas estrellas del firmamento.

—¿Qué... ha... pasado? —El señor Fox arrastraba las palabras con voz ronca e insegura. Se incorporó con esfuerzo.

Grace se inclinó sobre él de modo tranquilizador.

—Está bien. Se va a poner bien. Quédese aquí a descansar. Voy a buscar ayuda.

Le dio una palmadita a los largos dedos que se aferraban débilmente a su muñeca.

—Espere...

El señor Fox se echó a temblar entre convulsiones.

La conmoción y la humedad podían echar por tierra su obra. Grace le soltó la mano con suavidad y se levantó de su incómoda postura.

—Volveré —le prometió—. Quédese tranquilo.

A ciegas entre hierba y raíces, por fin encontró el sendero y se encaminó hacia la posada. Avanzó tan rápido como pudo sobre el terreno desigual, de vuelta al calor, la luz y la gente.

Sin embargo, una sensación de alarma la invadió después de andar unos pasos. No tenía lógica, no podía explicar por qué, pero volvió a lanzarse por donde había venido, pisoteando la tierra bajo sus pies hasta agacharse de nuevo junto al señor Fox.

Lo tocó dubitativa. Aún respiraba. No estaba segura de si estaba consciente o no. Se mordió el labio mientras trataba de decidir qué hacer. Intentó escuchar con atención. La noche se cernía a su alrededor.

Había demasiado silencio. Se oía el gorgoteo del riachuelo, el sonido de sus suaves respiraciones, pero nada más. Ni un solo grillo. Ni un pájaro. No se movía ni una hoja. A Grace, con los nervios a flor de piel, le pareció que la noche tenía oídos.

Era una tontería. Intentó sacudirse la inquietud de encima, pero un levísimo crujido hizo que se le erizara el vello de la nuca. Había algo ahí fuera. Había algo entre los árboles, fuera del alcance de su visión, algo que observaba a la espera.

¿A qué esperaba?

A que Grace se fuera.

¡Pero eso era absurdo! Mientras seguía ahí sentada, imaginando cosas, el señor Fox estaría contrayendo una neumonía. Tenía que irse. Ya.

Aun así, esperó.

Grace escuchaba los sonidos de la noche con tanta atención que casi se le sale el corazón del pecho cuando el señor Fox empezó a hablar.

—¿Qué pasa? —murmuró.

—Nada. Es que...

Él se llevó la mano a la coronilla ensangrentada.

—¿Qué ha pasado? —volvió a preguntar, más alto.

—Se cayó al riachuelo.

—Me caí... —Su voz fue apagándose poco a poco—. Y un cuerno —dijo de repente.

En la penumbra, Grace solo distinguía sus ojos parpadeantes. Sin que viniera a cuento, se preguntó de qué color serían.

Mientras miraba al señor Fox, quien evaluaba lentamente sus propias heridas, se planteó cómo era posible caerse de boca al agua y golpearse la parte posterior de la cabeza.

Al mismo tiempo que esa siniestra contradicción cruzaba su mente, se oyó el ulular de un búho en la distancia. De pronto, la noche cobró vida en una explosión de sonidos: ranas, grillos y crujidos entre la maleza. Estaba segura de que el espía, fuera quien fuese, se había marchado ya.

«Sería un vagabundo», pensó para sí.

Él intentó ponerse de pie. Se volvió a sentar. Grace le pasó un brazo firme sobre los hombros. Él se dejó caer pesadamente sobre ella y lanzó una maldición.

Grace experimentó una montaña rusa de sensaciones al sostener entre sus brazos a aquel hombre mojado de extremidades largas. El cuerpo que se apretaba contra el suyo era todo ángulos rectos. Olía a agua, a tierra, a limpio y a hombre. Su aliento se filtraba entre el algodón suelto del jersey de Grace y calentaba su piel. Por algún extraño motivo, resultaba... muy íntimo.

El señor Fox se llevó la mano atrás para volver a inspeccionarse la parte posterior del cráneo. Al retirarla, se quedó mirando la sangre que manchaba sus dedos. Ella alargó el cuello para echar un vistazo. Sabía que las heridas en la cabeza sangraban mucho. El hecho de que siguiera consciente y vivo debía ser buena señal.

—Seguro que no es tan malo como parece —le dijo a modo de consuelo.

El señor Fox farfulló algo ininteligible y, con total seguridad, censurable, y clavó los ojos en el rostro de Grace, intentando centrarse.

—¿La conozco?

Aunque ronca, su voz tenía más fuerza. Grace pensó que tal vez debían separarse, pero no quiso ser la primera en romper su abrazo.

—Me alojo en el Tinker’s Dam, como usted.

—¿Ah, sí? —Su voz sonó lejana, como si buscara entre sus recuerdos—. ¿La americana del pelo?

—Bueno —admitió ella—, soy de los Estados Unidos y tengo pelo.

En ese momento, el señor Fox apretaba la cara contra el cuello de Grace y el susodicho pelo. Él seguía reposando con aparente comodidad, mientras ella soportaba su pesada carga sobre los brazos y el pecho. Su total falta de timidez confirmó la primera impresión que se había formado de él en el comedor de la posada, mientras las camareras representaban un número cómico a la manera del Gordo y el Flaco, con encontronazos, coscorrones evitados en el último momento y platos rotos, en un vano intento por atraer la mirada absorta del señor Fox.

—Su perfume es de lo más intrigante —masculló él después de un momento.

—Es Eau de agua de riachuelo.

El señor Fox soltó un bufido que Grace interpretó como una risa. Sintió como contraía los músculos mientras se preparaba para enderezarse. Lo observó con recelo mientras él se tambaleaba y volvía a recobrar el equilibrio.

Parecía que iba a salir por su propio pie de lo que debería haber sido su lecho de muerte. Ese hombre tenía una suerte increíble, una resistencia increíble, o ambas cosas.

Una vez incorporado y recuperando el control de la situación, el señor Fox le ofreció la mano a Grace.

—Señorita... ¿o es señora?

Grace le dio un firme apretón de manos.

—Grace Hollister. Y usted es el señor Fox.

—Llámame Peter, por favor —la corrigió él—. No puedo ponerme ceremonioso con la mujer que me ha sacado del arroyo. Muchas gracias, señorita Hollister.

Ella se preguntó a qué venía ese «señorita» tan marcado. ¿Quién era, una especie de anacronismo andante? Entonces, para diversión de Grace, y confirmando sus sospechas, él tomó su mano y la besó.

Lo hizo con tanta elegancia, de forma tan ensayada, que debiera haber sido ridículo. En cambio, un escalofrío le recorrió la espalda cuando los cálidos labios de Peter se posaron sobre su piel.

—De nada, Peter —respondió ella con un hilo de voz.

Él se pasó la mano por los Levi’s en busca de su billetera.

—Parece que no falta nada —murmuró mientras hojeaba las facturas—. Supongo que no verías quién me golpeó.

Él levantó la mirada con atención ante el silencio de Grace.

—¿Viste algo?

—No, la verdad es que no.

A ella le asombró su forma de dar por hecho que lo habían atacado. ¿Era esa una conclusión normal? Por lo visto, Peter ataba cabos antes que los demás.

Él se dio la vuelta y empezó a bajar por el sendero. Grace lo siguió. Sus pasos lentos resonaron sobre la tierra compacta.

Después de un rato, ella respiró hondo y dijo:

—Pasa una cosa. Fuera quien fuese, el que lo hizo te metió la cabeza debajo del agua a propósito.

Si esperaba algún tipo de protesta o reacción, no obtuvo ninguna. Grace no lo entendía. Solo se produjo una pausa más larga de lo normal antes de que él repusiera con calma:

—¿Qué te hace pensar así?

—Si hubieras tropezado...

—Yo no tropecé —la atajó él.

Eso sí se lo creía. Incluso en ese momento, Peter se movía con la agilidad de un felino, aunque sospechaba que hacerlo le exigía toda su energía y dedicación.

—Si hubieras tropezado —prosiguió Grace—, habrías extendido los brazos para agarrarte, pero los tenías a los lados, como si alguien te hubiera arrastrado hasta allí. Además, si te hubieras caído hacia delante, no tendrías una herida detrás de la cabeza.

—¿Por qué iba a querer asesinarme nadie? —Aparentaba más interés que preocupación.

Asesinato. El señor Fox no tenía pelos en la lengua.

—¿Es un pregunta retórica? —le preguntó ella con su timbre más profesoril, intentando ajustarse al tono desapasionado de él.

—¿Qué quiere decir eso?

Grace se encogió de hombros.

—Tú sabrás si tienes enemigos.

Podía parecer una conversación extraña, pero lo cierto era que las vacaciones de Grace habían tomado un giro bastante extraño desde que se encontrara al señor Fox meciéndose entre las piedras del río.

—Tu franqueza yanqui resulta de lo más refrescante —replicó él—. ¿Te importa que paremos un momento?

Se sentó en el margen cubierto de hierba y apoyó la cabeza sobre los brazos cruzados. Entonces respiró lenta y profundamente.

—¿Quieres que me adelante a pedir ayuda? —Grace se debatía, indecisa.

—No, no quiero —denegó él. El hecho de que tuviera la cabeza entre las piernas atenuaba la vehemencia de sus palabras—. Rayos, rayos y truenos...

«Hombres», pensó Grace con ironía. Daba igual la edad que tuvieran —suponía que el señor Fox tendría treinta y tantos—, el ego masculino siempre era delicado.

Ella esperó paciente mientras él finalizaba sus ejercicios de respiración profunda. El aire de la noche portaba ya los aromas del inminente otoño, a humo de leña con una pizca de hinojo y menta en descomposición. Grace seguía aguzando el oído para detectar cualquier sonido fuera de lo normal, pero solo se oía el canto de los grillos.

—¿Cómo has dicho que te llamabas? —preguntó él con voz apagada.

—Grace.

—Grace —coreó él—. Una gracia salvadora, en este caso.

Incluso a punto de desvanecerse, hablaba con la misma picardía que los lánguidos libertinos de las novelas románticas de la Regencia que eran la adicción secreta de Grace. Nadie hablaba así en la vida real; probablemente, ni siquiera los libertinos de la Regencia, pero Peter era muy real en todo lo demás. Podía sentir el calor que emanaba a través de su ropa mojada, y recordaba el tacto duro de su cuerpo varonil en el breve instante en que lo tuvo entre sus brazos.

—Me sabe la boca a fondo de arroyo —dijo él.

Se pasó la mano por los labios y volvió a ponerse en pie, no sin cierta dificultad. Echó a andar y Grace lo siguió.

El sendero conducía a una carretera de tierra que cruzaron sobre un puente en arco, dejando por fin atrás los peligros del bosque. Ante ellos se extendía un prado, descolorido bajo la luz de la luna.

—¿Qué hacías ahí... tú sola? —preguntó Peter con más viveza en la voz.

—Pasear. Disfrutar del paisaje.

Grace atisbó las luces del Tinker’s Dam entre los árboles. La risa y las voces surcaban el prado. La luna arrancaba destellos sobre los coches del atestado aparcamiento. Sobre la puerta iluminada colgaba un desgastado letrero de colores apagados, en el que podía verse a una flaca yegua gris atada a un carromato gitano.

Peter no hizo ningún comentario y cruzaron el prado en silencio hasta la posada. Cerca de la entrada, la tocó en el brazo para llamar su atención.

—Hazme un favor. Tómate una copa conmigo.

—¿Una copa? —Grace pensó que el alcohol y la conmoción cerebral no eran una buena combinación, pero estaba segura de que Peter Fox ya tenía edad suficiente para saberlo.

—Sí —afirmó él, rascándose el plexo solar con indolencia—. Empieza a ser evidente que, bueno... que me has salvado la vida. Lo menos que puedo hacer es invitarte a una copa.

—Ah, bueno, no es... —¿Pero qué estaba diciendo? Un hombre guapo e interesante la estaba invitando a una copa—. Es decir, acepto encantada, como decís por aquí.

Peter Fox contrajo su ancha boca en una mueca cómica. Se limitó a responder:

—Subo a mi habitación para asearme y vuelvo enseguida.

—¿No vas a llamar a la policía?

Él alzó sus cejas oblicuas.

—¿A la policía? No.

—¡Pero alguien ha intentado matarte!

—No merece la pena mezclar a la policía en esto.

Grace se dio cuenta de que se había quedado con la boca abierta. La cerró y después exclamó:

—¡Y vosotros habláis de la indiferencia de los estadounidenses ante el crimen!

—Querida —respondió Peter con paciencia—, la policía solo creerá que me resbalé y me di la vuelta en un estado de semiinconsciencia. Aunque aceptaran tu versión, el vagabundo o delincuente juvenil que me atacara se largó hace rato. ¿Qué sentido tiene desperdiciar el resto de la velada parloteando con los guardias del pueblo?

—¿Ni siquiera vas a ir a que te vea un médico?

Peter Fox sonrió. Sus dedos largos y finos empujaron a Grace hacia la entrada con una caricia que también parecía una advertencia.

—Bajaré en diez minutos. —Después lo pensó mejor y añadió—: Vigila la puerta. Quiero saber quién llega después de nosotros.

Grace entró en el bar, lleno de humo y de gente. Era una sala acogedora con revestimientos de madera oscura y ventanas de parteluz. En las paredes había reproducciones de escenas de caza y pesca. El Tinker’s Dam servía cerveza desde antes de que América fuera una colonia. Era la clase de sitio que Grace adoraba.

Mientras caminaba sobre la madera pulida, decidió subir a cambiarse la ropa llena de barro. Después de todo, en su viaje no habían abundado los hombres guapos e interesantes que la invitaran a un trago; lo mejor que podía hacer era aprovechar la ocasión.

Su habitación estaba en silencio; las gruesas tablas del piso amortiguaban el acogedor alboroto del bar. Se cepilló el pelo y se dio una rápida pasada de lápiz de labios a la luz anaranjada de la anticuada lámpara. Aun mientras se daba estos retoques superficiales, negaba con la cabeza. Grace se preciaba de ser «formal» (como diría la señora Wintersmith, directora del colegio femenino St. Anne’s). No era la clase de mujer que perdía los papeles porque un hombre atractivo (y, con toda probabilidad, consciente de ello) la invitara a beber. En realidad, tampoco eran unas vacaciones en el sentido estricto de la palabra. Bueno, sí lo eran, pero tenían un fin más elevado, que no incluía conocer hombres —aunque, en el caso de su amiga y compañera de viaje, Monica, así había sido.

Grace se puso unos pantalones limpios y una camisa nueva. Después bajó al bar, negándose a volver a mirarse en el espejo y a pensar en Peter Fox.

Pidió una cerveza con limón y se sentó en un reservado de