El Otro Zapato by Kenechi Udogu - Read Online
El Otro Zapato
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Summary

¿Qué sucedería si Cenicienta no fuera la única que terminara con una zapatilla de cristal la noche del baile?

Cuando Jo encuentra una solitaria zapatilla de cristal la noche del baile real, se da cuenta de que en ese objeto común hay algo más de lo que puede verse a simple vista. La búsqueda de su dueño, la conduce al palacio donde la princesa la envía en un viaje que la lanza de forma inesperada a un mundo de magia y de ilusiones. Pronto estará claro que esta misión encierra mucho más: descubre secretos sorprendentes sobre su pasado y lucha por abrazar su destino.

Published: BadPress on
ISBN: 9781507170519
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El Otro Zapato - Kenechi Udogu

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DIECISIETE

AGRADECIMIENTOS

A mi familia.

Que siempre ha estado a mi lado.

––––––––

Esta traducción no hubiera posible sin el trabajo incansable de Patricia Begoña. Gracias por creer en esta historia y hacerla cobrar vida en idioma español. Por último, un enorme y público agradecimiento a mis lectoras Eva María Medina Cabanelas y Ruth Benítez. Su generosidad y dedicación serán recordadas siempre.

CAPÍTULO UNO

El sonido de un fuerte golpe seguido de un chillido igualmente ensordecedor no fue sorpresa para la mayoría de las personas que se encontraba en el caos frenético que era la cocina del palacio. Una o dos cabezas se volvieron, con cierta aprensión, hacia el depósito pero cuando se dieron cuenta de que a nadie más parecía importarle el ruido, volvieron a lo que estaban haciendo. No había tiempo para quedarse sin hacer nada, hoy por sobre cualquier otro día; la porcelana rota se barrería después.

Jo emergió del depósito, en silencio y con la cara roja. Sus ojos oscuros y grandes buscaron a su madre entre la multitud de personas que se encontraba en la cocina, pero afortunadamente, no estaba a la vista. Bien. Eso le ahorraría tiempo de explicar su segundo accidente en menos de una semana. Probablemente estuviera haciendo perder a su familia más dinero del que podría perder si hubiera instalado un puesto en el mercado y regalado allí todos los sueldos juntos. A pesar de que esos platos no eran de los más costosos del palacio y de que nadie los echaría de menos ahora que ya no estaban, todavía costaban más de lo que ella podría pagar alguna vez.

—No te preocupes. No voy a contarle a nadie.

La voz provenía de algún sitio junto a Jo, que se sobresaltó por su proximidad. Era una voz que conocía demasiado bien.

—No he tenido intención de romperlos —comenzó a protestar su inocencia girando la cara hacia la de su hermano—. Quise alcanzar el frasco y no me di cuenta de que el estante no estaba bien asegurado; después, solo escuché un golpe.

Su hermano mayor, Ron, sonrió como respuesta a su incomodidad. El florero que había roto unos días antes mientras ayudaba al florista de palacio había estado también en el lugar equivocado en el momento equivocado. Jo hizo una mueca a su hermano y lo golpeó juguetonamente en las costillas.

Ron recién había cumplido diecisiete y, a pesar de que solo era un año mayor que Jo, era mucho más alto que ella y parecía, como mínimo, tres años mayor. Su intento de igualar la forma infantil en la que ella fruncía el ceño solo hizo que Jo rompiera en una sonora carcajada, provocando las miradas de aquellos que pasaban presurosos de un lado a otro en torno a ellos.

— ¿No se supone que ustedes dos estén haciendo algo? ¿Limpiando? ¿Llevando alguna cosa? —dijo entre dientes un hombre mayor que, sin embargo, no se detuvo a esperar una respuesta.

La reprimenda fue suficiente para enviar al dúo de nuevo al trabajo. Antes de que ocurriera el incidente, Ron había estado ayudando a mover algunos toneles de vino a la cocina y Jo había ido de una corrida a buscar sal para la cocinera. Todavía sostenía el gran frasco en sus manos y sabía que, a estas alturas, la cocinera estaría esperando impaciente su regreso. Tenía que empezar a administrar mejor el tiempo. Estaba agradecida de tener un trabajo como ayudante en el palacio; un trabajo que obtuvo solo porque su madre trabajaba en la cocina y sus dos hermanos trabajaban en los jardines, pero si continuaba como hasta ese momento, de seguro perdería el privilegio. Si eso sucedía, seguramente habría de terminar junto a su primo, vendiendo fruta en el mercado local. No había muchos empleos disponibles para unas manos inexpertas y torpes como las suyas. La mayoría de las personas prefería que los empleados no costaran más de lo que se les pagaba.

—Te has tomado tu tiempo —la reprendió la cocinera, pero no se quedó a escuchar la excusa de Jo. No había tiempo que perder; recibiría una reprimenda apropiada cuando toda la tensión se hubiera acabado. Habiendo terminado sus quehaceres, Jo se escabulló de entre las hornallas calientes repletas de enormes ollas burbujeantes y se fue a buscar algo menos estresante que hacer.

No era una tarea fácil. El palacio organizaba el primer baile en más de cinco años y había una inmensa presión para asegurar que todo se desarrollara de acuerdo con el plan. Todo el mundo iba de aquí para allá, ansioso por los preparativos. Los ingredientes más finos habían sido transportados a la cocina del palacio desde todas partes del reino, los floristas reales habían pasado meses cuidando plantas en los invernaderos para asegurarse de que, para ese día, las flores estuvieran en su mejor momento y todos los sastres más famosos del orbe habían acudido con sus exquisitas telas para proporcionar la vestimenta adecuada para la reina y el debutante, el príncipe Carlton. Todo plan que pudiera haber sido pensado había sido puesto sobre la mesa, analizado e implementado. Nada podía salir mal.

Jo salió del calor de las cocinas y se dirigió en busca de su madre, que había sido arrastrada a ayudar a los decoradores a drapear finas piezas de seda destinadas a cubrir el cielo raso del vestíbulo de la entrada. Al ver las escaleras apoyadas en las altas y suaves paredes de piedra del lugar, decidió quedarse fuera del camino y esperar que su madre la viera. Elaine, encaramada en lo alto de una de las escaleras, estaba de espaldas a su hija, pero Jo sabía a la distancia que era ella. La característica mata de grueso cabello enrulado hacía juego con los largos brazos y piernas que habían hecho siempre resaltar a los integrantes de su familia del resto de la multitud. Esto no hubiera tenido nada de particular ni de inusual si no fuera porque la altura promedio de hombres y mujeres en el reino de Forne era de, aproximadamente, un metro cincuenta y tres centímetros. Con un metro cincuenta y cinco, Jo era la más baja de la familia y recién se estaba acostumbrando al largo de sus brazos y piernas, de allí que dejara caer las cosas en forma constante. Su madre siempre afirmaba que ella había sido igual cuando era chica, pero al ver a Elaine levantar con gracia una de las piezas de tela, envolverla al capitel de la columna y atarla, Jo estaba segura de que su madre había inventado esa historia solo para hacerla sentir bien.

Por fin, Elaine giró su cabeza hacia la entrada y sonrió a su hija. La suave luz de la tarde que entraba a través de las ventanas de vidrios de colores cubría con una suave sombra sus delicadas facciones; si Elaine no hubiera adquirido algunas canas con el correr de los años, habría pasado tranquilamente como la hermana mayor de su hija. Jo le devolvió la sonrisa y se animó con cierta vergüenza a un tímido saludo con la mano. Sabía que debería estar ayudando en algún lugar y no perdiendo el tiempo, pero hoy ella constituía para los demás más una molestia que una ayuda.

—¿Ahora qué ha pasado? —preguntó Elaine con gentileza. Era difícil decir si su tono era acusador o solo curioso.

—Nada fuera de lo común —contestó Jo, intentando no mirar a su madre a los ojos.

—Eso no es muy tranquilizador porque todos sabemos que común a menudo implica algo que se barre luego de que ella pasa —agregó en forma un tanto dura una mujer que estaba en la habitación y todos los demás rieron entre dientes. Jo hizo una mueca. Sus desventuras eran claramente más conocidas de lo que ella había pensado.

Elaine los ignoró y bajó la escalera hasta su hija.

—No tendría que haber dicho eso en voz alta —consoló a Jo en voz baja—. No les prestes atención. Cuando crezcas, lo superarás. Te lo prometo.

—¿En esta o en la próxima vida? —masculló. pero ya estaba sonriendo. Sabía que su madre no continuaría con el tema luego de que todos se habían reído a sus expensas.

Con afecto, su madre le limpió la mejilla con la mano abierta, luego le entregó algunas piezas de seda para que las abriera. Sabía que Jo la había buscado porque no tenía nada más que hacer. No había ya razón para que la joven se quedara en palacio, ya que la mayor parte del trabajo estaba hecha, pero quería quedarse en los terrenos hasta que los invitados comenzaran a llegar. No podría volver a entrar una vez que el baile hubiera comenzado. Jo nunca había ido a un baile. A decir verdad, la mayoría de los jóvenes en el reino nunca antes habían asistido a un baile real de esta magnitud e, incluso ahora que se celebraba este, solo una elite selecta había sido invitada. Los hijos de los trabajadores del palacio, obviamente, no habían sido incluidos en la lista.

Luego de algunos minutos de desenrollar varias piezas de seda, Jo contuvo un bostezo.

—Deberías irte a casa. Pronto habrá otro baile si la reina obtiene lo que quiere y, tal vez, tengas más energía para quedarte despierta en ese. El bostezo no había escapado a sus vigilantes ojos de madre.

Todos sabían que la reina daba este baile para que su hijo, de dieciocho años, pudiera encontrar a su futura esposa. El joven príncipe había pasado muchos años en el extranjero estudiando con grandes académicos como preparación para su papel de rey y había regresado a Forne solo hacía poco. Buscar una esposa no era la primera cosa en su mente pero su madre estaba ansiosa por presumir de su joven y fornido hijo y por asegurarse un nieto en la mínima cantidad de etapas posibles. Jo sintió algo de lástima por el muchacho pero no la suficiente como para olvidar que a las personas como ella no les habían otorgado el privilegio de asistir al baile. No era tan insensata como para esperar que cada muchacha joven del reino tuviera la oportunidad de ser elegida como novia del príncipe, pero le hubiera encantado asistir al baile por el solo placer de estar allí. Por supuesto que en sus ensoñaciones siempre ignoraba el hecho que habría tenido trabajo para encontrar algo apropiado que lucir en el evento.

—Ya he prometido encontrarme con los otros más tarde —protestó Jo—. No puedo echarme atrás ahora.

Los otros eran sus hermanos, Ron y Frank, su prima Sera y otros dos jóvenes que trabajaban en palacio.  Habían pasado días buscando el perfecto lugar estratégico que les permitiría ver llegar a los invitados ese día y también tener una vista parcial del salón en donde el baile se llevaría a cabo. Hacía dos días, Ron lo había hallado.

—Bueno, entonces bien puedes ir a buscarlos ahora. Creo que podemos con el trabajo que queda. —Elaine la dejó ir solo porque sabía que Jo ya se estaba aburriendo de trabajar ahí. Su nivel de atención era notoriamente bajo en lo que a trabajo se refería.

Jo no necesitó más impulso. Se levantó del suelo de piedra donde se había instalado y salió corriendo a buscar a su hermano. El primer lugar donde fue a mirar fue al lado del gran roble en el ala norte del palacio. Ron estaba sentado con las piernas cruzadas sobre el pasto recién cortado, a los pies del gran tronco, mirando hacia el espacio abierto como hacía habitualmente. Era el soñador de la familia, lo que era desafortunado ya que, a pesar de que era considerablemente más apuesto que la mayoría de sus pares, permanecía extrañamente ajeno a las atenciones de las chicas, que en forma constante, batían sus pestañas al gigante gentil. Solo tenía ojos y oídos para su familia.

—Has llegado temprano —le dijo Jo, al tiempo que se acomodaba a su lado.

—Tú te ves como si necesitaras estar en casa, durmiendo. —Ron parecía el eco del comentario que le había hecho su madre hacía un rato, pero no dio la impresión de que él fuera a presionar sobre el asunto. En lugar de eso, reclinó su torso hacia atrás lo suficiente como para que Jo pudiera descansar la cabeza en su hombro.

Jo bostezó y se encogió de hombros.

—Dormir es para los débiles. No me lo voy a perder; he esperado muchos meses para esta noche. No voy a dejar que el cansancio arruine todo —volvió a bostezar—. Tal vez pueda dormir una siestita. Es aún demasiado temprano para que comiencen a llegar los invitados. Me despertarás, ¿no es cierto?

Mientras hablaba, podía sentir cómo se iba durmiendo. Ron no le respondió, pero ella sabía que él entendía lo mucho que este momento significaba y, de seguro, la despertaría. Fue por eso que lo había buscado a él en especial. Frank en verdad no entendía por qué todos estaban tan entusiasmados y tendría en cuenta el bienestar de  su hermana por sobre la extraña obsesión de ser testigo del acontecimiento.

Una brisa fresca despertó a Jo. Estaba oscuro; demasiado oscuro como para que su siesta hubiera durado solo unos minutos o tan siquiera una hora. Su cabeza ya no estaba sostenida por un hombro sino que estaba dejando una marca en la capa de alguien, sobre el pasto. Tenía también otra capa que le habían echado encima, para protegerla del frío. Para colmo de males, podía escuchar música a la distancia. No iba a haber música hasta que los invitados  comenzaran a llegar. Jo no necesitó mucho más para saber que había dormido de más. Se puso en pie de un brinco y miró a su alrededor buscando a sus hermanos.

—Oh, miren, al fin se ha despertado.

La voz venía desde arriba. Jo miró por sobre su cabeza hacia el árbol y frunció el entrecejo. Sus hermanos, su prima y alrededor de otros cuatro estaban ya ahí arriba, disfrutando a las claras de la vista que ella se estaba perdiendo.

—Antes de que digas algo, todos hemos tratado de despertarte, pero nos echabas continuamente. —dijo Ron con rapidez, mientras estaba ya acercándose para ayudarla a subir. La mirada de disculpa dibujada en su rostro parecía verdadera.

—¡Me he perdido de todo! — Jo apenas podía mantener bajo el tono de voz. Sabía que estaba reaccionando en forma exagerada y que era probable que hubiese estado demasiado cansada como para responder a los intentos de despertarla, pero igual estaba molesta. Tendrían que haberse esforzado más.

—No te has perdido de mucho. —Frank desestimó la hora pasada con un gruñido. Era un par de años más grande que Ron y guardaba un parecido igualmente sorprendente al resto de su familia.

—Cientos de carruajes, mujeres vestidas con demasiada elegancia y unos pocos hombres de aspecto pomposo. No puedo creer que nos hayan hecho trabajar tan duro todas estas semanas para esto.

Jo no le prestó atención. En cambio, se volvió para ver a su prima Sera a la cara hasta que finalmente se ubicó en una rama al costado del grupo.

—La verdadera historia, por favor.

Antes de que Sera pudiera comenzar a descargar las emocionantes observaciones que había estado guardando para ella, una de las otras chicas que estaba encaramada en una rama al lado de Ron dio un grito ahogado y señaló.

—Un rezagado... un rezagado...

Jo casi se cae de la rama cuando se movió para tener una vista mejor de la entrada. La muchacha estaba en lo cierto; un carruaje estaba llegando al pie de la escalera. Hasta desde esa distancia el carruaje se veía flamante y muy exótico, sin parecido alguno con los carruajes que Jo había visto localmente. Se preguntó de cuán lejos habría venido este invitado para asistir al baile. Por alguna razón ese pensamiento le molestó. ¿Cómo podía ser que hubieran invitado a gente de tan lejos? Empujó rápidamente el pensamiento que le recordaba su posición menos privilegiada al rincón más profundo de su mente.

Nadie más parecía particularmente interesado en el rezagado aparte de Jo y la chica que lo había visto. Aparentemente, se había subido al árbol algunos minutos antes de que Jo se despertara y se había perdido también a los que llegaron temprano. Las dos observaban en silencio mientras un lacayo abría la puerta del carruaje y su ocupante emergía de él.

—Impresionante.

La observación provino de Ron. Esta era la primera vez que Jo había escuchado a su hermano referirse a una persona de esa manera y no podía discutir con él. La muchacha que se apeó del carruaje era simplemente hermosa, una encantadora combinación de cutis perfecto y facciones delicadas. Llevaba el cabello recogido en la cúspide de la cabeza con ristras de brillantes perlas y su vestido, como el carruaje, era de diseño inusual y con detalles exquisitos. No tuvieron mucho tiempo para quedarse boquiabiertos mirándola antes de que ella entrara en el recibidor. El grupo se movió un poco para ver si podían verla entrar al salón

—¿Quién es? —preguntó alguien, pero nadie le contestó.

El grupo pasó las pocas horas que siguieron observando los acontecimientos que se desarrollaban en el interior de palacio. Parecía que la entrada de la rezagada había sido notada por todos, especialmente por el príncipe. Ni bien pudo despegarse de las personas con las que había estado hablando, estuvo a su lado, hechizado. Y allí permaneció, charlando, bailando y riendo. Pasó casi una hora antes de que alguien se acercara a él y le recordara su deber para con el resto de los invitados. Partió, a regañadientes. Nadie se atrevió a acercarse a la muchacha mientras él bailaba con unas pocas chicas. Ella se sentó sola, silenciosa, llena de gracia. El príncipe regresó a su lado tan pronto como pareció que había apaciguado a suficientes personas. Eso marcó el tono del resto de la noche. Muchacha rezagada, unas pocas otras invitadas, de vuelta a la rezagada.

Luego de un rato, la rutina se tornó menos fascinante para los observadores que se habían subido al árbol. O, tal vez, fuera el cansancio que comenzaba a hacerse notar. Hasta Jo, que había tomado una siesta más temprano, cayó víctima del encanto de los bostezos una vez que habían comenzado. Finalmente, controlarlos resultó imposible y Sera fue la primera en abandonar el grupo. Su casa estaba en el mismo camino que las de otros que trabajaban en las cocinas y de esta forma su pequeño grupo fue reducido casi a la mitad. No mucho más tarde, Frank y Ron tuvieron que irse a llevar los barriles vacíos desde la cocina de vuelta a la bodega.

—Debería acompañarte a casa primero —dijo Ron—. Es casi medianoche y a mamá le dará un ataque si ve que todavía estás aquí.

Jo puso los ojos en blanco.

—No seas tonto. Puedo volver a casa sola. Prometo no incrustarme en una roca gigante en el camino.

—No es eso lo que me preocupa; es demasiado tarde para que vayas caminando sola. —Ron siempre se tomaba su papel de hermano mayor muy en serio. Frank ya había desaparecido hacia la cocina.

No era que Jo no quisiera que alguien la acompañara en su caminata de diez minutos hasta su casa, pero sabía que Ron ya tendría que haber estado trabajando y no quería causarle problemas. Si ella hubiera querido realmente que la acompañaran, se habría ido por lo menos una hora antes.

—Los caminos estarán llenos de gente esta noche, Ron; no va a pasar nada. Estaré bien. Tu ayuda en la cocina será más apreciada que una rápida caminata a casa con una hermana desagradecida.

Por un segundo, Jo pensó que insistiría pero la atmósfera estaba tan llena de música y luces... y, en realidad, no parecía que algo siniestro pudiera llegar a pasar justo esa noche entre todas las noches. Ron negó con la cabeza distraído y se mordió el labio inferior mientras pensaba en lo siguiente que debía hacer. Como para reforzar las palabras de Jo, en ese momento, la luna decidió salir de detrás de una cortina de nubes e iluminar aún más el cielo.

—Supongo que las carreteras estarán bastante concurridas esta noche —Ron finalmente cedió—. Sólo asegúrate de permanecer cerca del camino pero no tan cerca como para que te lleve por delante un cochero somnoliento. —Le dio unas palmaditas a Jo en la cabeza en forma afectuosa antes de correr a juntarse con Frank.

Jo dejó el palacio solo con un leve pesar. Los días anteriores al baile habían sido los más frenéticos que hubiera experimentado en el palacio y la siesta que había tomado la había aliviado solo un poco. Sus hermanos estaban probablemente más exhaustos que ella y, de tener la oportunidad, estarían también de camino a casa, pero el trabajo llamaba. Todo lo que hacían era trabajar, trabajar y trabajar. Sin un padre cerca, los muchachos habían crecido mucho más rápido que la mayoría de sus iguales y hubieran hecho cualquier hora extra disponible para que la familia pudiera seguir viviendo en la cómoda cabaña en la que vivían, cerca de palacio. Uno de los muchos beneficios de vivir tan cerca era que las noches en las que trabajaban tarde no eran nunca un problema para ninguno de ellos.

Jo dejó los altos muros de piedra que bordeaban los terrenos del castillo por la entrada lateral utilizada por la mayoría de los sirvientes, y comenzó la rápida caminata hacia su casa  por el camino polvoriento que corría a lo largo de la carretera por donde circulaban los carruajes. Había estado en lo correcto al haberle dicho a Ron que los caminos iban a estar concurridos. A los pocos minutos de comenzar andar, pasaron a su lado tres carruajes vacíos camino al palacio y dejaron a su paso una nube de polvo y hojas secas como estela. Como era medianoche, el cochero se dirigía de vuelta al palacio para recoger a los invitados que se esperaba dejaran el baile en cualquier momento en las horas siguientes. Aunque a algunos asistentes les hubiera encantado pasar la noche entera en palacio, el baile debía terminar en algún momento y no había habitaciones suficientes para alojar a todos los que habían sido invitados.

Otros tres o cuatro carruajes pasaron junto a Jo y entonces, el camino se sumió en un silencio un tanto inquietante. No habría sido raro que el camino estuviera así de tranquilo cualquier otro día, pero después del trajín de la jornada, se sentía un poco desolado subir la pequeña cuesta que separaba el palacio del resto del pueblo. Jo casi quiso haber aceptado el ofrecimiento de Ron, pero la luna aún brillaba y de seguro pasaría otro carruaje hacia el palacio antes de que alcanzara la cima de la cuesta.

Esta vez, el sonido del carruaje llegó desde atrás. El ruido sordo y metálico que hacían las ruedas exigidas al límite y el relinchar agudo de los caballos –que Jo, por lo general, asociaba con un carruaje que andaba deprisa– fue lo que hizo que se diera vuelta con rapidez. Parecía que el carruaje y su ocupante estuvieran huyendo de palacio más que dejándolo luego de una noche de alegría y baile. El carruaje levantó tanto polvo, que Jo apenas pudo distinguirlo al pasar a su lado. Solo pudo hacerlo lo justo como para ver los vivos patrones de aquel peculiar carruaje que habían visto hacía algunas horas. Se tapó la nariz con la manga larga del vestido pero aun así la dejó con un acceso de tos al intentar respirar a través de la manga en medio del polvo.

—Desconsiderados —murmuró por lo bajo al tiempo que el carruaje desaparecía por sobre la pequeña colina. No era suficientemente malo que el ocupante del carruaje estuviera disfrutando un viaje de vuelta a casa mucho más cómodo que cualquier caminante; también tenía que restregarlo un poquito más. Los campesinos cubiertos de polvo siempre eran buenos para divertirse.

Luego sucedió algo de lo más extraño. Justo después de que el carruaje se perdiera de vista, se hizo un silencio como si se hubiera detenido. Cuando Jo estaba por llegar a la cima de la cuesta, se produjo un repentino estallido de una brillante luz azul, seguido de un zumbido agudo que duró casi diez segundos. Jo había sido testigo de uno o dos choques de carruajes en su vida como para saber que no era eso lo que pasaba, pero tal vez sí lo era cuando un carruaje se incendiaba de repente. Sin pensarlo, se levantó un poco el ruedo del vestido y corrió sobre la cuesta esperando encontrarse con lo peor.

Nada.

Del otro lado no había nada, salvo más árboles que enmarcaban los senderos polvorientos a cada lado de la carretera. Todo estaba como debería estar si no hubiera visto el carruaje pasar y la luz brillante. Ni siquiera había rastros de la nube de polvo que debería haber dejado un carruaje  que pasara a toda velocidad. Nada. Nada de nada. Eso era lo que la asustaba más; el silencio era sobrecogedor.

Pero si no hubiera estado tan extrañamente tranquilo, no habría escuchado el chirrido que venía del costado del camino. Solo vio por el rabillo del ojo a los ratones mientras desaparecían en la espesa oscuridad de los árboles y luego vio la calabaza. Era extraño que no la hubiera visto de inmediato al llegar a ese lado de la cuesta, pero la búsqueda del carruaje solo le había permitido que su línea de visión quedase bastante más alta como para haberla visto de inmediato. Aparte del hecho de estar en mitad del camino, no había nada particularmente inusual acerca del enorme fruto. Era temporada de calabazas  y, tal vez, se hubiera caído del carro del algún granjero descuidado que no había asegurado sus mercancías en forma correcta. Jo todavía no podía sacar de su pensamiento el carruaje perdido, la brillante luz y el zumbido. Algo no tenía sentido. Pero, ¿qué?

Se acercó a la calabaza con algo de aprehensión, esperando también a medias que desapareciera. Por lo general, no era tan supersticiosa. A pesar de haber escuchado numerosas historias sobre objetos encantados y criaturas misteriosas de parte de su madre y casi todo el mundo en el reino, aún le faltaba ser testigo de algo que