Tras las paredes, mi amor, los esclavos nos contemplan by Marcelo Ferroni by Marcelo Ferroni - Read Online

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Tras las paredes, mi amor, los esclavos nos contemplan - Marcelo Ferroni

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duelo.

PRIMERA PARTE

DE LAS INDIGNIDADES

1

Soñé con un casino. Las fichas corrían por los dedos y el tapete era verde como placas de césped en una fosa reciente. Pasaba mucho tiempo contemplando las paredes estucadas de la casa de mi madre, leyendo viejas novelas de Ian Fleming en la mecedora que había sido del abuelo, hacia delante y hacia atrás, el rechinar áspero de los muelles acompañando mi propio lamento. Hojeaba cada vez menos los periódicos en busca de reseñas del libro, había sido poseído por una rabiosa impotencia que me obstruía la garganta y que tomaba cuerpo cuando abría al azar algún suplemento de cultura y no encontraba nada. El día en que dejé de verlo expuesto en la librería que frecuentaba, me quejé con amargura a mi editor. Discutimos por teléfono; tal vez dije cosas de más. Las pocas veces que salía de casa me estudiaba en las lunas de los escaparates, en el reflejo de los coches estacionados. Intentaba averiguar quién era aquella persona y a qué se dedicaba. En un acceso de rabia (yo escribo con rabia) escribí tres relatos que guardaban cierto parecido con El puñetazo en la boca risueña y otros cuentos. Le dije a mi madre que iba a pasar el fin de semana fuera. Me preguntó con quién, se entusiasmó, le vino un mal presentimiento y guardó silencio. Dejé caer, traicionando cierta ansiedad, si no podría adelantarme algo de dinero para los próximos días. Se puso nerviosa, quiso saber cuánto, pero al mismo tiempo dijo que sí, se secó las manos en un trapo de cocina y se dirigió a su cuarto. Ése era otro de los problemas que me asediaban en aquella época grisácea; por cuestiones un tanto complicadas que me llevaron a endeudarme con un banco —prefiero obviar cualquier comentario al respecto— me encontraba temporalmente sin tarjeta ni cuenta bancarias. Al igual que un niño, dependía de las parcas mensualidades de mamá, que siempre me daba algo con el corazón acongojado.

Regresó con varios billetes de cincuenta. Los conté y me los metí en el bolsillo. Trescientos reales. Sabía que la pequeña era más cara que eso. Ése fue el motivo por el que esperé a que mamá volviese a la cocina para deslizarme en la penumbra de su cuarto. Del cajón de las braguitas de la derecha de la cómoda (el crujido del mueble asustado), cogí apresuradamente un montón de billetes —otros cuatrocientos—. Había redactado dos textos de solapa para una pequeña editorial, me debían el dinero y, aunque era menos que el que había cogido y no podría devolvérselo hasta el mes siguiente, sabía que mamá me perdonaría. Nuestra despedida fue triste, aún recuerdo cómo apretaba el trapo entre los dedos, de pie en el umbral de la puerta mientras yo esperaba el ascensor. Me iba como un ladrón, y el salir a la calle —el viento sofocante, la lluvia inminente— no procuró alivio a esa sensación.

Guardé mis cosas en una mochila pequeña y, tras mucho vacilar y ojear por la ventana, decidí incluir un ejemplar del libro. Escribí una dedicatoria para Julia, que al final me salió larga y sentimental. Era como me sentía en esos primeros días del año, con la familia rota y mi obra enterrada bajo lanzamientos más recientes. Esperaba, de algún modo, que ella me salvase. Mi amigo se había reído cuando supo que aún me veía con ella. ¿A qué se dedica?, le pregunté. Creo que trabaja en la empresa de su padre, respondió. ¿De dónde sacan tanta pasta? La familia está metida en el ramo de los filtros. ¿Filtros de qué? No supo decirme nada más que eso.

Julia había estacionado el blindado en frente de un garaje, las luces de posición encendidas, y me esperaba impaciente en la acera, la llave colgando en la mano. Eran las once de la mañana y la claridad era muy fuerte para ella, protegida por unas enormes gafas de sol. Lucía un vestidito negro que mostraba sus finas piernas, las rodillas salientes, y calzaba unas bailarinas también oscuras. La había esperado un par de horas sentado en el sofá, acariciando ahora a Josefina, ahora a Napoleón, mirando el sol plateado como una moneda y pensando en la incongruencia de las grandes ciudades. Creía que había pasado de mí. Me acerqué y me detuve a poca distancia. Arremetí mi rostro en dirección al suyo: los ruidos de la calle eran una vibración distante, sólo distinguía sus gafas, su pelusilla desenfocada, después la oreja y los hilos del cabello, antes de que apartase la cara con un movimiento brusco para que estampase mis labios en su cara. Se quejó con voz ronca de que estaba exhausta, de que la noche no había sido plácida, de que le fue imposible despertarse antes y tenía que echar una cabezadita durante el trayecto. Frunció levemente los finos labios al observarme de arriba abajo. Me preguntó si iba de acampada. Parecían no gustarle mis bermudas caquis con múltiples bolsillos, ni las sandalias de goma que me había comprado para ir a la costa con mi ex novia. O quizá mi camisa de lino blanco un tanto arrugada, pues no había tenido tiempo de dejársela a mi madre para que me la lavase. Tomé la llave que me ofreció, metí la mochila en el maletero, junto a una maleta rígida de ruedas roja, lo cerré y di la vuelta por el lado del conductor. Julia ya había reclinado el asiento del pasajero y suspiraba como si la noche mal dormida fuese culpa mía.

Si Julia hubiese estado de buen humor —no sé si conocía su humor— se habría reído de mi impericia para hacerme con las riendas de un coche que era automático. Se irritó por mi lentitud en las calles, por mi vacilación en acelerar cuando el semáforo se ponía en verde (el blindado olfateaba mi miedo como un caballo). En la avenida Marginal, se incorporó en el asiento cuando me situé tras un camión de verduras, me ordenó que no me acercara tanto, que frenase, que lo adelantase, que no me cambiase de carril en ese momento (un largo bocinazo): Cámbiate ahora, acelera, acelera. Dado que su padre no aceptaba retrasos, asumió la conducción en la primera gasolinera.

Encendió un cigarrillo, dispuesta a recuperar el tiempo perdido, y no sé si puedo añadir mucho más en relación con nuestro viaje. Estábamos sobrios, a solas los dos en aquel coche. Podríamos haber hablado de muchas cosas, pero ella se mantuvo callada y yo no supe por dónde comenzar. Atendió dos veces el teléfono, respondió impaciente que sí, que estaba en la carretera. Encendió otro cigarrillo. Encontré un ejemplar del Estado de São Paulo en el asiento de atrás y lo cogí. Julia me pidió que por favor no lo desordenara; a su padre le gustaba leerlo el primero.

Apenas leí los titulares. Dejé caer al suelo algunos suplementos y noté su cara de disgusto. Abrí el de cultura. Era lo que hacía siempre que cogía la edición del sábado, día en que publicaban artículos sobre libros. En la portada, un fenómeno portugués que sólo escribía con minúsculas. En el interior, entre poesía, ensayo y otras cosas de poco interés, descubrí una tibia reseña sobre la novelita de Mateus J. Duarte. Me supo a poco; quería que fuese fulminado por un rayo y escupido por los perros. Los periodistas eran demasiado benévolos con los hijos de papá. Recogí de cualquier modo los suplementos y los dejé de vuelta en el asiento trasero.

Julia suspiró. Le pregunté si era cierto que su padre trabajaba en el ramo de los filtros. ¿Dónde has oído eso?, dijo. Respondí que tenía mis fuentes, ella siguió mirando la carretera. Le pregunté si trabajaba con él. No, cariño, no trabajo con él. Observé el paisaje: una estación de servicio, el capín crecido, los restos de neumáticos en el arcén, un anuncio de gasolinera.

—Pero ¿qué tipo de filtros? ¿Filtros de agua?

Salimos de la autovía por un repecho sembrado de baches, aceleró, pasamos por una calle estrecha entre casas inacabadas, demolidas. Casi atropellamos a un chaval andrajoso que nos miró asustado, y por el retrovisor vi algo rosa que rebotaba en el asfalto, tal vez un chupete. Comenté que en Alemania eso podía costar ir a la cárcel. No me entendió. El exceso de velocidad, añadí.

—¿Has estado en Alemania? —preguntó. Respondí que no—. Entonces ¿cómo lo sabes? —Julia adelantó un autobús sin ver quién venía en sentido contrario: un Escarabajo cargado con cañas de pescar. Instintivamente encogí las piernas y ella dijo—: No me pongas nerviosa.

Habíamos dejado el pueblo atrás y recorríamos una sinuosa carretera secundaria de doble dirección. Miré de nuevo el paisaje, compuesto ahora de montes de pasto ralo y tierra rojiza. Un vendedor de plátanos en uno de los márgenes. El letrero de un casa rural en donde hospedarse. Era difícil no pensar en mi futuro a su lado: viajes a Miami con la familia, adular a la suegra, no volver a escribir solapas para los libros de otros.

—¿Hace mucho que tenéis la hacienda?

Encendió otro cigarrillo, con movimientos apresurados; su nerviosismo crecía conforme nos acercábamos. Dijo que sí, que hacía una eternidad que les pertenecía. Su padre la había comprado en ruinas, llevaba casi veinte años reformándola y todavía faltaban cosas. En algunos sitios tuvo que reconstruirlo todo de cero, añadió; lleva su tiempo porque sigue a rajatabla los aspectos históricos. Incluso tenemos una restauradora. Ya lo verás. Adelantó a una camioneta y el blindado ganó velocidad a lo largo de una hilera de árboles idénticos que dejaban filtrar la luz y el sonido a intervalos regulares. Salpicaduras de sol rayaron sus brazos, su cara. Flotábamos. Pisó el acelerador y el coche volvió a adherirse al asfalto, salió de la cubierta vegetal en una suave cuesta y alcanzamos la cima de un monte pelado —el horizonte remoto era una cadena de montañas, como si la tierra estuviese arrugada, oscura, con una franja de nubes plomizas a punto de descender la ladera.

Pregunté si era Serra do Mar. Julia no respondió; tomó una curva brusca y bajamos de nuevo. En la recta siguiente el blindado comenzó a perder velocidad, aún rugiendo, y la pequeña, tras dar un vistazo al retrovisor, cruzó la carretera con violencia. El coche traqueteó por una pendiente de tierra batida y atravesamos un portalón blanco. Miré hacia arriba, a tiempo de ver a través de la hiedra un letrero con el nombre de Santo Antônio. Algunos metros más allá, descendimos entre árboles de espeso ramaje. La temperatura bajó de repente. Julia se subió las gafas de sol para ver el camino.

—¿La restauradora es de tu familia? —pregunté.

Se rio indignada con la ocurrencia y dio una calada al cigarrillo: No, por supuesto que no.

Dos postes encalados de mediana altura indicaban un puente de tablones por el que apenas cabía el blindado. La madera crujió con el peso de los neumáticos. Por debajo corría un río oscuro, salpicado de piedras redondas como burbujas. En cuanto cruzó el puente, se bajó las gafas y aceleró; el coche subió por una rampa de tierra. La cubierta vegetal comenzó a ralear y fuimos invadidos de nuevo por colores luminosos. Pero algo había cambiado. Estábamos en el mismo lugar, y sin embargo en otro lugar. La luz no parecía real, y al final de un altiplano entre árboles la casona centelleaba como una aparición.

La perdí de vista cuando entramos en una larga alameda, flanqueada por cercas blancas y palmeras imperiales. Un presente de don Pedro II, en 1845, a la familia originaria, explicó Julia. O 1854. Papá nos obligó a memorizar la fecha, pero ya no me acuerdo. Ya sabes, añadió, es una hacienda histórica.

La casona reapareció entre los árboles a nuestra izquierda, franjas de color mostaza, placas negras en las ventanas, el cielo desvaído reflejado en un cristal. El coche tembló al pasar por encima de un mataburros y atravesó otro portón abierto. Giramos a la izquierda, en línea recta en dirección al edificio, el camino estaba ahora flanqueado por grandes bloques irregulares de piedra. Dejamos atrás una construcción circular, con techo de paja y mesas de madera que, según Julia, servía de albergue a los grupos escolares los días de visita. Una carreta yacía en el césped a modo de pieza escenográfica. A su lado, había un cañón de hierro fundido —me pregunté qué hacía un cañón allí— y justo después un ancla, medio enterrada en la hierba —y entonces advertí que el término histórico se aplicaba con bastante benevolencia en aquella hacienda—. Noté, asimismo, que la reconstrucción proseguía a ojos vistas: un poco antes de llegar al caserón, también a la izquierda, la tierra se abría en una pequeña piscina de lodo. El agujero había sido cercado con estacas y tablas y parecía llevar bastante tiempo allí. Pregunté si la restauradora también hacía excavaciones. Ella no me entendió. Dije que bromeaba: restauradora, arqueóloga, podría hacer doble jornada. Julia me explicó que en el futuro aquello sería una escalera de acceso al aparcamiento de visitantes a la casa; los niños no aguantaban dar toda la vuelta a pie por el camino. Pero dependían del casero para acabar la obra, y el casero no solía darse prisa con nada.

El sendero desembocó en un patio de piedra en donde Julia aparcó entre otros coches blindados. Puso el freno de mano, giró la llave. Silencio agobiante. Dijo: Sé que te gusta bromear, pero finge interés, por favor, cuando papá hable de la hacienda. Aprecia mucho el trabajo que se está realizando aquí.

Abrió la puerta y tiró la colilla al suelo. Soltó el humo de la última calada antes de bajar.

—Ah, y por favor no le digas a mi padre que fumo.

Bajé del coche con un hormigueo en el cuerpo, estiré los brazos. Los oídos estaban taponados. Hacía un calor bochornoso, a pesar de que la cubierta vegetal suavizaba los rayos de sol. Miré hacia lo alto, algunas nubes comenzaban a surgir como burbujas de un río contaminado. Observé la casa entre los árboles. Dos plantas de altura. La fachada frontal recubierta en parte por uñas de gato negras como la brea, recortada por ventanas alargadas en la parte de arriba, menores y con rejas en la inferior. A la derecha, Julia continuó por un garaje. Esperé que me llamase, cosa que no hizo. Se cruzó con un tipo bajito y robusto, de piel parda y camiseta estrecha de color musgo, que puso en movimiento todas las arrugas de su cara para esbozar una pétrea sonrisa, y que a continuación siguió caminando en mi dirección. Me saludó con una hilacha de sonrisa y se limpió las manos en los pantalones antes de abrir el maletero y sacar la maleta de Julia como si estuviese vacía. El pelo crespo, muy corto, era grisáceo, casi blanco por las sienes, y su ancha frente estaba cubierta de gotas de sudor. Aguardó a que cogiese mi mochila y cerró el portaequipajes de un golpe, se encaminó hacia el garaje y lo seguí.

Dentro, el aire era frío y húmedo, y tropecé en la oscuridad primero con latas de pintura y sacos de cemento, y luego con el cemento seco que recubría el suelo. Cuánta dejadez, pensé. Vigile, me advirtió el casero, saliendo del garaje hacia la estancia siguiente. Se refería a un desnivel que no vi.

Fui a parar a un amplio aposento, de muebles oscuros y piso de baldosas enceradas, iluminado por el brillo pálido de dos puertas abiertas hacia fuera: una al frente, unos veinte metros delante, y otra en un vestíbulo de piedra a mi izquierda. Supuse que éste hacía de entrada para los visitantes y me aproximé. Respiré hondo, estaba otra vez solo. Las piezas expuestas respiraban atentas, esperando que me acercase pero sin llamarme. En unas mesitas laterales, filtros de agua caseros que recordaba de cuando era niño. Atlantis, el símbolo de una sirena traspasado por un delfín, olores familiares, el corazón acongojado. Era como el anacrónico explorador de H. G. Wells, maravillado con los objetos de su vida cotidiana exhibidos en un museo del futuro. Encima, dos láminas descoloridas sobre madera: en una de ellas, la vista aérea (vastas superficies acristaladas de zinc) de una fábrica en una periferia desolada; en la otra, dos tipos de pelo esférico y perillas parecidos, uno en primer plano, con los brazos cruzados y el aire resuelto, el segundo un poco encorvado, justo detrás del otro, mirando fijamente a la cámara, y al fondo una cadena de montaje de piezas lechosas. En la estantería de la pared opuesta, media docena de placas doradas con inscripciones renegridas y dos estatuillas aladas de latón oxidado. En el centro de la estancia, sobre una ancha mesa de madera, descansaba la maqueta en corte de una especie de fábrica, con torres y conductos, un ambicioso proyecto construido o tal vez sólo imaginado.

Unas chancletas se arrastraron por las baldosas y me giré, de la otra puerta iluminada avanzaba una mujer baja que con pasos decididos se dirigía hacia donde yo estaba. Llevaba puesto un bañador oscuro, que aplanaba sus grandes pechos, y un pareo estampado atado a la cintura. El pelo negro mojado, peinado hacia atrás, la piel bronceada salpicada con algunas pecas —se acercó más, y la boca era la misma, aunque más oscura, e igual era también la expresión violenta, irónica—, una Julia prehistórica. Sus ojos verdes de reptil brillaron como una tarjeta de visita. Dio un vistazo al vestíbulo, comprobó que nada había sido tocado y me examinó de arriba abajo. Dije que mi madre había tenido uno de aquéllos, y señalé el filtro del medio.

Ella miró las cajitas cubiertas de polvo. No me extraña. Tu madre y seis millones más de personas, querido. El filtro doméstico más vendido de Brasil. Un método revolucionario de purificación por ozono, el primer producto asequible a la clase C. Una campaña a escala nacional para que las familias brasileñas abandonasen los filtros de barro. Por esos aparatos ya han pasado más de doscientos billones de litros de agua. El equivalente al río Tietê dando catorce vueltas a la Tierra .

—Impresionante.

—A papá le gustan las estadísticas.

Miramos de nuevo los artefactos. Señaló con el mentón la estantería de los galardones. Hemos recibido todos los certificados importantes del sector —ISO 9001:2008, ASME, NR-13—. ¿Tienes un cigarrillo? Mataría por uno. Dio otros dos pasos y apuntó hacia la imagen de la fábrica. Prácticamente estamos presentes en todos los sectores del mercado. Microfiltración, ultrafiltración, osmosis inversa. Indicó la maqueta situada en el centro del vestíbulo. Plantas de tratamiento de efluentes y reutilización del agua, investigación de vanguardia. Filtros industriales, filtros para la red pública de abastecimiento de agua. Algunos centros hospitalarios y residenciales, pero no son nuestro fuerte.

—Impresionante.

—Líderes en el mercado en casi todas las áreas. No podemos fumar dentro de la casa. Él detecta el olor a distancia. ¿Eres el noviete de Julia?

Hice un ademán de duda. Pregunté si los niños que venían de excursión comenzaban su visita por los filtros. Ella se rio, inclinó levemente el rostro como si aquello la volviese deseable. No, querido, los niños entran por arriba, por la puerta principal. ¿Todavía no has subido? ¿Julia no te ha enseñado las salas históricas? Cuando ayer dijo que también traería a alguien, desconfiamos. Dijimos que… Bueno, no interesa qué dijimos.

Quise saber su nombre. Dijo que se llamaba Ana, la hermana mayor. Comenté que sus conocimientos eran formidables, pregunté si trabajaba con su padre. Se rio con desdén. Por supuesto que no. Creí que Julia te había hablado de mí. Repliqué que sí, quizá, no me acordaba. Pregunté dónde estaba Julia. Ella esbozó otra sonrisa. Ah, ¿la has perdido? Debe de haber subido, papá está arriba, te acompaño.

Cruzamos el amplio y mal iluminado aposento. Mis sandalias rechinaban en el suelo encerado. El techo era bajo, con vigas oscuras. Había una mesa de billar, los tacos alineados en la pared más próxima. Un sofá y cuatro sillones verde aceituna alrededor de una mesita de centro con viejas revistas y un samovar. Una chimenea de piedra en la pared, y justo encima dos jarritas de colores y la cabeza espantada de un jabalí, dientes torcidos y mechones de pelo en el revestimiento enfermo. Me pregunté de dónde habrían sacado todo aquello. A la izquierda, un poco antes de la puerta iluminada, una escalera de madera conducía al piso superior.

Seguí sus caderas oscilantes hasta la pieza de arriba, que supuse sería la recocina: clareada por dos ventanales, baldosas azules hasta la mitad de las paredes, mesa rústica con un frutero, sartenes de latón colgadas. De una puerta cerrada frente a mí, probablemente la cocina, procedía un ruido de platos entrechocando, conversación insistente, el silbido circular de una olla a presión. Ana me indicó que dejara la mochila sobre la mesa, y cruzó una puerta a la derecha. La seguí temiendo que desapareciese como Julia, y tardé en darme cuenta de la dimensión del aposento en el que nos hallábamos: el comedor, en tonos dorados y ocres, las paredes pintadas con escenas campestres, el techo alto y blanco con las molduras trabajadas en arabescos también dorados. A mi izquierda, haces de luz plateada procedentes de cuatro ventanas y una puerta central, que daban a una suerte de jardín interior. Una araña de cristal bajaba hasta la mitad sobre una mesa de dieciséis comensales. Un andamio oscuro, entre las dos primeras ventanas, interrumpía con violencia la sucesión de pinturas en la pared, que en una primera impresión me parecieron un poco pueriles: falsas columnas griegas envueltas en hiedra, cuencos con frutas, sombras en un fútil intento de conferir un efecto tridimensional. Mi mirada siguió los tubos de hierro hasta lo alto, donde tres tablones hacían de base para que alguien trabajase allí, tumbado, restaurando los ornamentos del techo.

Ana me vio parado y me dijo: Nuestra restauradora es muy lenta, hace una eternidad que está aquí. A veces creo que lo hace adrede, quiere vivir a nuestra costa. Pasamos entre el andamio y la mesa, y continuamos en línea recta hacia una puerta que había en el otro extremo. Al menos casi nunca la vemos, añadió. Pregunté por qué. ¿No lo sabes? Para una faena de este tipo hay que trabajar por la noche, sin la interferencia de la luz natural. Ah, aquí está tu novia, exclamó. La pequeña se acercaba desde la puerta abierta.

Julia estaba de