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El Caserío de Stonebridge

El Caserío de Stonebridge

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El Caserío de Stonebridge

Length:
363 pages
4 hours
Publisher:
Released:
Jul 12, 2017
ISBN:
9781547507580
Format:
Book

Description

Una novela que se sumerge la vida de todos sus personajes.  Los estratos socioculturales y los estilos de vida de la Gran Bretaña que se combinan entre sí. Las costumbres, las historias y los conflictos que se cuadran y se pierden dentro de la enorme propiedad de un noble acaudalado y su perversa esposa, que se entrelazan y se disipan dentro de los largos y enredados corredores de la enorme mansión: Las personas que trabajan para ellos, sus amigos y sus amantes. Un homicidio imposible de descifrar por la mejor policía del mundo, y una tregua que al final, hace que todo cobre sentido.

Publisher:
Released:
Jul 12, 2017
ISBN:
9781547507580
Format:
Book

About the author

Peter C. Bradbury is from near Manchester, England. Now living in Northern California, this is his second novel, following on from Stonebridge Manor. Peter likes books that grab readers attention on the first page, and keep them turning the pages. This is what he does with his own novels, that will keep you engrossed.


Book Preview

El Caserío de Stonebridge - Peter C. Bradbury

NUEVE

Este libro está dedicado a toda la gente que ha influenciado mi vida, y con la que la he compartido. Incluyo a mi esposa Debbie, a mi familia en Estados Unidos y en Inglaterra, a mi mentor Leslie, y a toda la gente para quien he trabajado como mayordomo. También quiero darle las gracias a Jason Davis, a Samantha Davis Darrin y a Rebecca Poma. 

Este libro es un trabajo de ficción y todos los personajes aquí representados son enteramente ficticios. Los nombres, los personajes, los negocios, las organizaciones e incidentes aquí narrados son, enteramente, producto de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, eventos locales o de cualquier otro lugar; es mera coincidencia.

CAPÍTULO UNO

Lady Baldwin yacía boca abajo en su cama, tapada con una sábana blanca que, apenas escondía su intimidad, mas no su figura. Aun estando a la mitad de sus cuarentas, aún era pretendida por los suficientes hombres como para sentirse feliz.

Conservaba todavía su apariencia; su cintura angosta, sus grandes pechos, y sus piernas alargadas y esbeltas. Aunque su cabello, que llegaba hasta sus hombros, estaba totalmente desarreglado y su boca embarrada de lápiz labial, no estaba muy preocupada.

Acababa de tener relaciones sexuales, y todavía tenía ganas de seguir. Se levantó sobre su codo derecho, y  ajustó en su cuerpo la sábana; resaltando la longitud de sus piernas y la curvatura de su trasero. Ese día sabía que, lucía irresistible...

Sus ojos azules rápidamente miraron al rededor; era una habitación muy pequeña, con escasos muebles; el más grande de todos era su cama queen size, que ella misma había comprado; un par de mesitas en ambos lados de la misma, hechas de pino natural, y un tocador pequeño. Las paredes eran lisas, y las cortinas contrastaban en un horrendo color chocolate.

Estaban cerradas por el momento, dejando gratificantemente la luz del día en el exterior. Después de todo, eran solo las 3 de la tarde. Sus ropas estaban todas regadas por la alfombra color beige tipo moqueta; sonreía al recordar la rapidez con la que se las había quitado.

Lady Baldwin escuchaba cómo él, jalaba la palanca del escusado, y cómo abría la llave de la palangana para lavarse las manos en el baño, que estaba justo al lado; luego escuchó el sonido tenue de sus pies descalzos caminando hacia la cocina.

Ella sabía que él la amaba, que verdaderamente la idolatraba, pero ella no sentía nada por él. Era solo uno más de sus amantes.

De la pequeña cocina él sacó dos copas, y una botella de champagne del refrigerador. La Champagne era lo que ella tomaba habitualmente, de hecho, ella había instalado la cava de ese departamento, exclusivamente para cuando fuera de visita, lo cual hacía frecuentemente; también tenía ahí otros suministros y artículos personales.

Probablemente ella, rápidamente hubiera redecorado y vuelto a amueblar todo el lugar, pero a él no le importaba eso, siempre y cuando ella siguiera visitándolo.

Simon había trabajado para ella como su mayordomo alguna vez. No era muy bueno en ese oficio, y por ello, el marido Lord Baldwin lo había despedido.

Pero lo que él no sabía, es que ella había sido quien lo había despedido.

Le gustaba que trabajara para ella, pero se sentía un tanto claustrofóbica teniéndolo ahí cerca todo el tiempo, y estaba segura de que su esposo ya estaba sospechando. Además, Simon no era siquiera su único amante.

Simon había regresado aquí a Londres. Había reanudado su antiguo empleo asistiendo a un norteamericano soltero, que rara vez estaba en La Gran Bretaña, y que no requería mucho de sus servicios.

Simon era muy bueno en el trabajo de oficina y muy organizado, pero como valet su desempeño era muy pobre; para servir comidas y para tenerle sus trajes perfectamente planchados y sus zapatos boleados a Lord Baldwin, era un completo desastre.

Gratificantemente, logró recuperar su antiguo trabajo. Como a Lady Baldwin no le gustaba visitarlo en su nueva residencia, consiguió ese pequeño departamento para los dos; y cada vez que estaba en la ciudad le llamaba para verlo.

No fue exactamente un arreglo perfecto para él. Hubiera preferido una situación más permanente, pero entendió que eso, era mejor que quedarse sin nada; además ella era muy generosa. Si tan solo pudiera quitar a su esposo del cuadro...

Simon era casi veinte años menor que su dama, de casi 1.80 de estatura, bien parecido, con cabello corto y rizado; ojos azules, delgado y musculoso; muy educado al hablar y de buenos modales; siempre bien vestido y arreglado. Era el caballero joven ideal, con buen ojo para las mujeres que eran mayores que él. Las mujeres jóvenes de cascos ligeros no le gustaban. Lady Baldwin o C, como la llamaba ahora, era su mujer ideal; una mujer astuta y calculadora que sabía exactamente lo que quería, y que por el momento, era él.

Simon, ¿a dónde te fuiste con el champagne? Le dijo desde la habitación.

En momentos como este, su voz era suave y sensual sin su habitual acento; una clásica mujer inglesa; pero había veces que podía herir a la gente hasta los huesos; podía ser alguien completamente diferente.

Ya voy, C contestó mientras descorchaba la botella, tomándola con una mano, y las copas por el tallo con la otra. Volvió a la alcoba casi desnudo; sólo traía puestas las bragas rayadas que se había puesto después de haber ido al baño.

Le esperaba una tarde muy larga.

CAPÍTULO DOS

Aproximadamente, a ciento sesenta millas de distancia, en una habitación con terraza y un baño; una conversación telefónica estaba comenzando.

Buenas tardes, dijo una voz profunda de barítono desde el otro lado de la línea, proveniente de un suburbio londinense.

Hola Ken. ¿Que es ese ruido que se oye al fondo? respondió Phillip en su divertido acento del norte.

Espera un minuto, ignorante, ahorita le bajo.

El sonido de la bocina se redujo en seguida cuando la quinta sinfonía de Beethoven se bajó drásticamente de volumen. A Ken le gustaba mucho Beethoven. Antes de que sonara el teléfono, probablemente había estado sentado en su silla, dirigiendo la orquesta con su batuta.

Ya había dirigido una orquesta real una vez; era solo un ensayo, pero lo hizo bien, era muy bueno para eso. Por supuesto que, Phillip nunca se lo iba a decir. Eran demasiado buenos amigos, como para estarse haciendo cumplidos; en vez de eso, preferían intercambiar insultos y reírse el uno del otro.

Ken era mucho más grande que Phillip, tenía 81 años, y Phillip 37. Ken era un mayordomo retirado; fue maestro de Phillip por muchos años. Se hicieron buenos amigos inmediatamente, con todo y que eran tan diferentes.

A Ken le gustaba salir, era corpulento, y disfrutaba del arte y de la cocina; pero odiaba los deportes. Era todo un caballero con las mujeres. Y como fuera Phillip, compartía con él, el mismo sentido del humor y la firme creencia de ser, ante todo, honestos y genuinos.

––––––––

Sabes, dijo Ken, mientras le subía al volumen otra vez, Nunca entenderé como una persona de tu intelecto puede escuchar ese ruido y llamarle música; solamente aturde el cerebro, deberías escuchar a Beethoven; el mejor músico que ha vivido y vivirá.

Phillip reía. Siempre discutían de música, y siempre que se juntaban, cada quién ponía su música para molestar al otro. Phillip siempre subyugaba a Ken con los Rolling Stones.

¿Así que cómo has estado, amigo? ¿Sigue la malvada bruja del norte volviéndote loco? preguntó Ken, refiriéndose a una de las clientas de Phillip, La Señora Baldwin...

Nada peor de lo normal, pero aquí ando de vuelta; soy un seguro adicto al castigo.

––––––––

Y bueno, te seguiré diciendo cuál es su problema. Deberías presentármela; la dejaré encantada en la cama cuando le dé todo lo que necesita.

No me molestes, Ken. Tienes 80 años. Si te metes a la cama con ella, se va a tener que esperar un mes para que se te ponga dura...

Mira; si no me la presentas, tendrás que llevar a cabo el sucio acto tú mismo. ¿No está nada mal ella, o sí?

No, pero no gracias. Ella necesita de alguien ya viejo, decrépito y sin moral. Phillip hizo una pausa, y en tono de broma agregó: Yo creo que sí te la voy a presentar.

Está bien, ya me insultaste, pero con mucho gusto le daré el servicio.

Seguro que sí Ken, Te tomaré en cuenta cuando esté de verdad insoportable...

¿Así que dime viejo, llamaste para saludarme, o vas a requerir de mis costosos servicios profesionales?

En realidad, estaba pensando que, tal vez querrías asistir a la Copa del Mundo de este año.

¿La Copa del Mundo?

Sé que ignoras todo sobre deportes, pero de seguro sí has de haber oído sobre la Copa del Mundo.

Pues no.

Es un campeonato de futbol, o de Soccer, como a ustedes en Estados Unidos les gusta llamarlo; participan todas las naciones del mundo.

¿Te refieres a ese juego tonto en el que, gente adulta se la pasa persiguiendo una pelota blanca por el campo?

Sí, pero no tiene nada de tonto.

Lo es para mí. ¿Porqué querría yo asistir?

Porque va a ser en Estados Unidos.

Ken amaba Estados Unidos. Él y Phillip ya habían ido juntos de vacaciones previamente."

¿Y por qué no dijiste eso desde el principio sin tanto bártulo sobre la Copa del Mundo?

¿O sea, que sí quieres ir?

Claro que sí. Solo dime cuándo y cuánto. Te dejaré todos mis datos. No creí que irías otra vez para allá después de que compraste ese estúpido coche.

Phillip recientemente había comprado un Toyota MR2 de un color al que le gustaba describir como El color del cielo en un día sin nubes. El coche era nuevo; su primer coche deportivo, por lo que amaba abrir su cochera para salir con él; aunque fuera solo para ir a la tienda de la esquina. Los pagos eran exorbitantes, pero como era soltero y ganaba buen dinero pues qué diablos.

Mi coche no es estúpido.

Sólo tiene dos asientos.

Pues, yo solamente necesito uno.

Pues, qué egoísta. ¿Qué tal si salieras con alguien?

Pues por eso tiene dos asientos.

¿Y dónde quieres que yo me siente?

Si tengo una cita con alguien, tú te quedarás en tu casa.

Qué egoísta.

Así eran las conversaciones comúnmente entre Phillip y Ken, y nada de lo que se decía, se tomaba o se intentaba como un insulto nunca.

Me da lo mismo. ¿Vas a querer estar en alguno de los juegos en Estados Unidos?

No lo sé. Si va a ser muy caro, mejor no.

Apenas voy a averiguarlo. Quiero estar allá todo un mes. Estás de acuerdo.

Seguro, ¿pero como rayos le hiciste para que te dieran un mes de vacaciones? Con ese ser malévolo que nunca te da vacaciones."

El día que volví, les dije que, si no me daban un descanso decente, renunciaría.

Su Señoría se la pasa preguntándome cuando iniciaré mi peregrinación con los aborígenes de Australia, y yo ya le dije que, en julio, que todo el mes de julio. Ella pasará por algunos aprietos, pero lo podrá soportar."

¿Crees que ya le ha dicho?

No hay manera; me hubiera enterado si ella ya lo supiera.

¿No tiene huevos el tipo?

Ella se los cortó hace unos meses. Llegó a casa un día caminando como vaquero, como si hubiera pasado un mes montando a caballo; así que le pregunté qué problema tenía. Y me dijo que se había hecho la vasectomía.

Dios poderoso. Creí que eran ya bastante viejos para tener hijos.

"Yo creo que lo que ella quiere es prevenir que tenga hijos con alguien más que pudiera conocer. Así fue como lo ensartó desde el principio.

Pero no porque ella haya dejado de tomarse la píldora. ¿Y como sabes tú eso?

Ken, somos mayordomos, ¿recuerdas? Lo sabemos todo...

Perdona, Phillip. La jubilación me nubla los sentidos.

Recuerdo que tú fuiste el que dijo eso, Ken. Creí que ya te estabas haciendo senil...

Me las vas a pagar por eso – poniéndose serio otra vez Ken preguntó: ¿Así que piensas que la bruja maligna anda por ahí, portándose mal?

Por supuesto que sí. Nunca los trae a la casa, pero la he escuchado hablando por teléfono con uno o dos de ellos. Creo que su Señoría sospecha. No le gusta cuando ella toma el teléfono, y se sale del cuarto para hablar cuando llaman, pero nunca le dice nada.

Me intriga por qué no lo hace; con tanto dinero podría conseguirse a alguien más, fácilmente.

Correcto, si ni que fuera tan feo o tan pobre como tú.

Muy cierto. Bueno, ya basta de eso. ¿Vas a venir conmigo a Estados Unidos?

Fran se va a emocionar esta noche cuando le diga.

Fran era la más cercana amiga de Ken, al igual que lo había sido su difunta esposa; quien murió después de una larga agonía de una enfermedad. Si no hubiera sido por Fran, Ken se hubiera quitado la vida; pues quedó muy extraviado cuando ella murió. Fran lo devolvió a sus cabales, y le devolvió la alegría de vivir. Ella también tenía la habilidad de entrever a la gente; mientras que Ken, siempre confiaba en todo mundo, y era fácil de estafar. Phillip estimaba a Fran. Ella siempre decía lo que pensaba tal cual, sin importarle lo que pasara.

Estará emocionada de deshacerse de ti por un tiempo.

Yo no sé por qué te quiere tanto... Lo único que haces es insultarme...

Por eso es que me quiere.

Va a venir hoy en la noche, así que le voy a contar. ¿Vas a trabajar en la noche?

Esta noche no; el señor va a ir a Costwold, a la otra casa que tienen; tengo la noche libre. Pero eso significa que me tengo que quedar a cuidar a los perros.

¿Te tienes que quedar toda la noche en su casa, aunque no haya nadie?

Sí, es un dolor de cabeza sin sentido, pero eso es lo que quieren que haga, así que me tengo que quedar.

Haz lo que tengas que hacer. Ya no quiero quitarte el tiempo, entonces Phillip. Estoy muy feliz de que vamos a ir a Estados Unidos otra vez. Dime para cuando necesitas el dinero de mis boletos, y mantenme al tanto de tus planes. Estoy impaciente por irme.

Nos vamos a divertir, Ken. Dale mi afecto a Fran; te llamaré pronto.

Que tengas buena noche, Phillip, y gracias.

Tú también, Ken. Hablamos luego. Adiós.

"Ya quedó todo," pensó Phillip al colgar el teléfono, pensando en cómo le iba a hacer para juntar el dinero, y conseguir las entradas para los partidos de fut bol que quería ver. Sabía que probablemente no entraría a todos los que él quería, pero era soltero, y no tenía una hipoteca que pagar, ni deudas pendientes; así que podía hacer uso de su tarjeta de crédito siempre que la necesitara.

A pesar de que se tenía a sí mismo como alguien feo, Phillip no era tan mal parecido; incluso, muchos pensaban que era guapo. Era delgado, de 1.75mts y siempre sonreía con calidez. Sus ojos eran color miel verdoso y su nariz románica con bigote.

A los veinte años su cabello había encanecido, y a la fecha ya se le había caído casi todo, a excepción de unos mechones en la parte de arriba y otros cuantos a los lados.

Tenía poco de no angustiarse ya por su cabellera, ya lucía más relajado. Tal vez eso explique la razón por la que regresó a trabajar con los Baldwin. 

Esta era su segunda temporada. Todavía no entendía por qué había vuelto; especialmente habiendo pasado solo unos meses de que había renunciado. Cuando se fue, dejó muy claro que había sido a causa del comportamiento de Lady Baldwin hacia él... Sus cambios de ánimo, su enojo, y los constantes ajustes en la rutina, que decía necesitar, eran insoportables. A los dos les dijo por qué se marchaba, sabiendo que el señor se enfurecería con ella. Phillip había sido la única persona que no solamente podía hacer bien su trabajo, sino que también el de todos los demás.

Era muy querido por todos; podía planchar trajes y bolear zapatos tal y como le gustaba a Lord Baldwin. Si la señora le hubiera pedido personalmente que se quedara, en lugar de a través de la nana, seguro se hubiera quedado.

Pero esa actitud de ella era lo que lo tenía más enfadado, así es que por eso se fue.

Cuando Phillip volvió al apartamento de su madre, ya había varios mensajes para él de parte de los Baldwin, pero se negó a contestarlos. Regresó a trabajar para el Tribunal Supremo y los jueces. Era solo un trabajo itinerante, y a pesar del sueldo tan bajo, tenía suficiente para pagar sus deudas, y vivía suficientemente cómodo. No fue muy largo el periodo que permaneció en casa de su madre, pero aún así, seguía recibiendo llamadas de los Baldwin, así que accedió finalmente a hablar con ellos antes de irlos a ver. Para ese entonces, Lady Baldwin ya se había mudado casi por completo a Costwolds en Cloucestshire, y su Señoría, iba para allá algunos fines de semana.

Ya tenían un mayordomo en esa casa; pero todavía querían a alguien en Crompton Hall Derbyshire. Como Lord Baldwin todavía pasaba tiempo ahí, y los pleitos entre ambos continuaban, era necesario otro mayordomo.

Con el nuevo escenario, aceptó citarse con ellos en su nueva casa.

La nueva casa, El Caserío de Stonebridge, era por lo menos, del doble que Crompton. La construcción estaba justo en medio de un enorme predio, por lo que no era muy fácil de encontrar. De vez en cuando él se encontraba manejando por la pequeña aldea que, sin duda era parte de la misma propiedad. Su única vereda lo llevó directo a la entrada de la casa principal con las puertas abiertas. Obviamente que lo estaban esperando, pero tal vez habían dejado abiertas las puertas también, durante todo el día. El camino de grava crepitaba bajo las ruedas de su automóvil mientras se iba acercando a la casa, que se encontraba más o menos, a media milla de la entrada.

Pasó por otras tres casas que pertenecían a la propiedad, que sin duda estaban ocupadas por miembros del personal doméstico.

Ya conocía a algunos, había trabajado con ellos en Crompton, pero había otros que no conocía aun; se preguntaba por cuanto tiempo permanecerían.

Echaba vistazos a la casa mientras se iba acercando. Un enorme caserío georgiano hecho de piedra, con un sótano que conformaba toda la parte de atrás de la estructura, y que fungía como almacén. También era más grande que el sótano de Crompton. Como era el lugar de trabajo acostumbrado para los sirvientes, pudo adivinar en donde estaba la entrada de servicio. Ahí se estacionó y bajó de su auto. No llevaba el uniforme puesto; su tradicional traje matutino; pero lucía un elegante traje de salón color gris obscuro, camisa blanca y una conservadora corbata de rayas. Pensó que no tenía por qué impresionar a nadie.

No le preocupaba que le devolvieran su trabajo anterior; estaba más interesado en lo que Lady Baldwin le diría.

Oye Phil, creí que te nos habías escapado...

Phillip volteó, metiendo la mano en su chaqueta. Sabía de quien venía tan amable saludo, era Cathy la doncella; de todos modos, quiso estar seguro de que se trataba de ella antes de responder con un astuto comentario sarcástico. 

Eso hacía, pero seguí recibiendo llamadas en las que me decían que mi libertad aún estaba bajo palabra, y que tenía que terminar mi sentencia.

Ambos rieron y se dieron un abrazo.

Que gusto verte de nuevo, Phil. Te extrañamos.

Gracias, Cathy; pero todavía no sé por qué estoy aquí. Me da gusto verte a mí también.

Kay estará aquí en un segundo. También te extrañaba.

Ya no tienen a nadie que se burle de ustedes dos; por eso me extrañan.

Hasta Lady B te extrañaba; comentó Cathy con plena seriedad. 

Ahora sí sé que bromeas, se rio. 

¡Phillip!

Kay, ¿cómo estás?

Dame un abrazo. Bienvenido a casa.

Cathy y Kay eran las doncellas más próximas a Lady Baldwin, a quien siempre se referían como Lady B, cuando se encontraba lejos del rango acústico. Cathy trabajaba como su dama de aseo, y Kay era la nana de sus hijos, confidente y organizadora. Ambas eran sus intermediarias para todo; le informaban a Lady B de todo lo que no tenía derecho a saber, pero también te podían contar cosas de Lady B si querían. Era en realidad un juego; un juego que Philip sabía jugar muy bien.

Ambas mujeres tenían la misma estatura, 1.60mts., ambas rubias, pero solo en eso se parecían. Cathy era muy delgada, su cabello era más largo, sus ojos cafés; madre, y esposa de carácter muy emotivo. Era atractiva, pero casi nunca se maquillaba y solo se arreglaba los rizos.

Tal vez era que la señora no le permitía sacar mucho provecho de su apariencia.

Kay llevaba el cabello corto y lacio, que no hacía muy buena combinación con su estatura y su proporción; era soltera y más educada; intimidaba a la gente con sus modales, y no era en nada propensa al llanto. Al igual que Cathy, no era para nada fea, pero ella usaba más maquillaje. Su piel era agradable, y a pesar su manera impulsiva de actuar, se ruborizaba con facilidad.

Hacía años que ambas tenían que haberse marchado de ahí, según Phillip, pero estaban muy bien remuneradas, y no tenían muchas opciones tampoco.

Phillip había llegado temprano; así que, tuvo tiempo para un rápido recorrido por todo el lugar, que terminó en la cocina, donde su viejo amigo Rene, el chef, se ocupaba en preparar el almuerzo.

Rene, está bastante mal que esté yo aquí de regreso, pero ¿tú? Creí que ya habías abierto un restaurant en Paris.

Phillip sonreía, mientras estrechaba la mano de su gran amigo. Rene era alto, de más de 1.80 m., muy delgado; su cabello negro parecía un estropajo, pero de la cara era más bien lampiño. Tenía la extraña habilidad de siempre verse desaliñado, sin importar cuál fuese la situación, aunque su esposa, también francesa, era el epítome de la elegancia. 

René estrechó su mano y sonrió también. Un maldito me superó en el precio, que yo tenía ya pactado con el vendedor, en el último momento, respondió con pronunciado acento francés. "Juro que lo mataré si llego a averiguar quién lo hizo.

Pero no importa, aquí estoy otra vez. Hizo una pausa, y claro que me da gusto verte."

¿Tu familia está bien?

Si, muy bien. Tal vez tengas la oportunidad de visitarlos antes de volver a casa, ¿eh?

Eso espero, pero ¿qué fue exactamente lo que sucedió con el restaurant?

Ah, pues regresamos a París pensando que todos los arreglos estaban pactados. Estaba comprando todo el equipo, y, de hecho, estábamos a la mitad de la mudanza; cuando entonces, el agente nos dijo que teníamos que salirnos, que porque alguien había pagado más dinero en el último momento. No sé quién fue, pero creo que nada más lo compró para revenderlo. Rene movió la cabeza, así que aquí estoy de nuevo.

Lo siento, Rene. Yo sé lo mucho que te ilusionaba tener tu propio negocio, pero qué bueno verte de nuevo.

Habían trabajado juntos en Crompton; Rene hablaba constantemente sobre su proyecto de abrir un restaurant. Había encontrado uno, justo a las afueras de París, y cuando Phillip renunció, se había quedado asimilando la noticia de que, su amigo también se iba; muy emocionado de volver a casa. Rene era un excelente chef. Era el mejor con el que Phillip había trabajado, y eso que ya había cocinado con varios.

Frecuentemente se preguntaba por qué era que Rene soportaba tanto a Lady B y su afición de siempre bajar tan tarde a la mesa, obligándolo a calentar todo de nuevo. A sus espaldas siempre la maldecía, y se quejaba por que arruinaba toda la comida con su informalidad, maldita zorra decía con su acento francés. Pero cuando ella se asomaba a la cocina y le pedía disculpas por haber llegado tarde, él siempre volteaba y le decía: no se preocupe mi lady; no pasa nada.

Phillip siempre se reprendía a sí mismo por esto, en tono de

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