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Saltasombras

Saltasombras

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Saltasombras

Length:
182 pages
2 hours
Released:
Sep 6, 2018
ISBN:
9781547546015
Format:
Book

Description

GANADOR DE LA MEDALLA DE ORO EN LOS PREMIOS LITERARIOS THE WISHING SHELF 2014

Un apasionante libro de misterio con acción, aventura, y temas contemporáneos. Ideal para adolescentes y niños con edades comprendidas entre los 10 y los 14 años. Una historia sobre amistad, familia, pérdida, valentía, y sobreponerse a la adversidad. 

La verdad está ahí fuera en algún sitio... ¿pero a qué distancia está Jack dispuesto a saltar para encontrarla? La alergia de Jack Phillips a la luz solar le tiene confinado a las sombras, haciendo que se sienta solo, con el riesgo de sufrir quemaduras mortales cada vez que sale a la luz. Saltar entre las sombras en los tejados al anochecer hace que se sienta vivo. Y libre.

Pero la enfermedad de Jack empeora de repente más que nunca y solo su desaparecido padre científico puede salvarle. Cuando Jack y su nueva amiga Beth comienzan su frenética búsqueda, sumergiéndose en el pasado de su padre en busca de pruebas, no tienen ni idea de lo que están a punto de descubrir. Sorprendentes rumores y oscuros secretos les bombardean a cada paso. 

Jack es valiente en los tejados. ¿Pero puede encontrar el valor de enfrentarse a la verdad?

Released:
Sep 6, 2018
ISBN:
9781547546015
Format:
Book

About the author


Book Preview

Saltasombras - J M Forster

Para Ben, Louis, y Giles.

Con cariño.

Capítulo Uno

Jack estaba intentando con todas sus fuerzas no morir. Un movimiento en falso y quedaría despachurrado sobre la acera, o chamuscado por el sol. Conocía los riesgos, pero el tejado era el único lugar donde podía saborear la verdadera libertad.

Presionando su espalda contra las sombras del alto montón de chimeneas, se pasó los dedos por su grasiento cabello y sacudió la masa de mechones con aspecto de gusanos. Luego se subió la capucha. Aún cuando el sol casi se había puesto, el ardiente calor perforaba la gruesa tela, apuñalando su coronilla. Una gota de sudor se abrió camino hacia su barbilla. El pegajoso aceite que se había aplicado antes se pegó a su camiseta, la cual se pegó a su pecho. Sacudió su camiseta adelante y atrás, intentando generar una corriente de aire para enfriar la quemazón en su cuerpo.

Un agudo dolor le recorría el dorso de la mano. Inspeccionó la sangrante brecha, limpiando una gota de sangre con su pulgar. Su piel estaba empeorando. Papá sabría qué hacer, pero para cuando decidiera volver a casa... bueno, podría haber pasado cualquier cosa.

Jack normalmente dejaba de pensar en su padre un poco cuando estaba en los tejados. Pero hoy no. Suspiró profundamente. ¿Desde cuándo se había vuelto la vida tan complicada? Borra eso. Su vida siempre había sido complicada, con la ausencia de su padre siendo un problema más en la larga lista.

Protegió sus ojos con la mano y los entrecerró para admirar las vistas; nunca se cansaba de hacerlo. Podía ver por encima de las grises tejas de los tejados victorianos hasta la catedral al oeste de la ciudad. La torre brillaba donde el sol golpeaba los ladrillos dorados. No muy lejos en dirección opuesta, vio el cuadrado bloque de pisos donde vivía. Su color gris se mezclaba con los demás edificios sucios y anónimos. Los sonidos de la calle, el rugido del tráfico, y los pitidos de los coches le llegaban amortiguados. El único sonido real que le llegaba era el de los pájaros llamándose entre sí mientras trazaban círculos perezosos por encima de su cabeza.

Y entonces su teléfono vibró. Metió la mano en el bolsillo para sacarlo. Un nuevo mensaje apareció en la pantalla. De mamá.

¿Cómo estás? Judías en el frigo para cenar.

Eso significaba que volvería a llegar tarde del trabajo otra vez esa noche. Tecleó su respuesta.

OK

Pulsó Enviar y volvió a deslizar el teléfono en el bolsillo de sus pantalones. Ella siempre se quejaba de que sus respuestas eran demasiado cortas. ¿Pero qué más podía decir?

Hola, mamá. En el tejado. A punto de saltar. Judías para cenar genial.

Él no pensaba que eso fuera a sentarle demasiado bien.

Las sombras se estaban alargando. Jack comprobó los cordones de sus zapatillas de deporte y se puso de pie, teniendo cuidado de no resbalarse con las lisas tejas. Echó una mirada a su alrededor, al lugar tan familiar; había elegido el perfecto patio de juegos para practicar sus acrobacias urbanas. Las formas y ángulos creados por los antiguos tejados de la ciudad ––las empinadas pendientes con rebordes de terracota a lo largo de los picos, y las pendientes más suaves y fáciles–– eran geniales para lo que tenía en mente. Estudió las distancias entre las sombras formadas por las chimeneas, buscando un lugar donde colocar los pies. Estaba preparado.

Respiró hondo un par de veces y sacudió los brazos para relajar sus tensos músculos. Luego dio un paso hacia delante y saltó, una pierna estirada delante de la otra, como un atleta volando sobre los obstáculos, sus ojos fijos en el objetivo. Por un breve instante, su cuerpo se llenó a rebosar con una excitación que le producía cosquillas antes de aterrizar con un gruñido en una estrecha banda de sombras.

Se estabilizó, apoyó una mano sobre la pared de una chimenea, y buscó su siguiente lugar seguro. Luego se lanzó de nuevo, dando volteretas sobre muros bajos y gateando para subir una pendiente empinada. En la cima, rebotó contra el  muro de una chimenea, retorciéndose en el aire para cambiar de dirección.

Cuando aterrizó sobre las tejas, su pie resbaló. Sus brazos se movieron como molinillos mientras intentaba evitar caerse. Al instante siguiente estaba tumbado de espaldas, deslizándose a toda velocidad hacia los canalones. Intentó arañar algo, ganar de nuevo apoyo para sus pies. Su cuerpo estaba fuera de control, lanzándose sin remedio hacia abajo.

Se deslizaba cada vez más rápido. La caída se acercaba debajo de él. Una oleada de pánico le sobrecogió mientras caía en picado y sus dedos se deslizaban inútilmente por las tejas. Un sollozo se alojó en su garganta. No quería morir, pero realmente sentía que era el final. En cualquier momento caería por el borde.

––¡Aaaaaah! ––gritó cuando se detuvo de repente. Su camiseta debía haberse enganchado en un clavo o algo parecido, porque ahora estaba suspendido con su camiseta toda enredada alrededor de su pecho, clavándose en sus axilas. Las piernas le colgaban por el borde del tejado.

––Cálmate ––se dijo a sí mismo, respirando hondo varias veces. ––Estás bien.

Le dolía todo el cuerpo pero necesitaba tranquilizarse. Su siguiente movimiento le salvaría o crearía un arrugado y desagradable montón ensangrentado en la calle. Ojalá pudiera ver en qué se había enganchado su camiseta.

Temblorosamente, giró su cabeza hacia atrás.

Y entonces empezó a gritar.

Capítulo Dos

Mirando a Jack desde arriba había un fantasmal rostro blanco, rodeado por una masa de pelo negro peinado en punta. El rostro tenía una ancha boca negra y enormes ojos oscuros.

Delante de los ojos de Jack solo bailaban puntos. Los mantuvo apretados, obligándose a no desmayarse. La sangre palpitaba y golpeteaba dentro de su cabeza.

––¡Deja de chillar y dame la mano!

Sus ojos volvieron a abrirse de golpe. La figura apretó los dientes, sus negros labios separándose y estirándose hasta formar dos gruesas líneas paralelas. Se agachó en el tejado, los pies plantados por encima de él, inclinándose hacia atrás, mientras se sujetaba a su camiseta con ambas manos. Mientras la figura tiraba más fuerte, el material estirado se enrolló alrededor de las axilas y el cuello de Jack. Le escocía la piel irritada y oyó un horrible desgarro cuando su camiseta empezó a romperse.

––Rápido. No puedo agarrarme a...

Con un inmenso esfuerzo, Jack se estiró hacia arriba. Una fría mano sujetó sus grasientos y resbaladizos dedos, y tiró. Durante un momento desesperado, pensó que de ninguna manera iba a ser capaz de salvarle. Pero entonces alargó la otra mano, soltando su camiseta y agarrando el brazo enfundado en su manga. Con una mano seguida de la otra, como si tirara de una cuerda, tiró de él hacia arriba. Tirón tras agonizante tirón, le alejó del borde, su espalda arañándose y golpeándose con los filos de las tejas.

Con todo su cuerpo a salvo de nuevo sobre el tejado, Jack se dejó caer sobre las tejas, temblando por el shock. Cerró los ojos, intentando aliviar la sensación de pánico que sentía en las profundidades de su estómago.

––Suerte que estaba yo aquí.

Abriendo sus ojos una vez más, se giró hacia la voz. Su cuerpo tenso se sintió aliviado. Era una chica, ahora podía verlo. Su rostro estaba cubierto de maquillaje negro y blanco. Estaba tumbada de espaldas, mirando al cielo, frotándose el brazo derecho.

Se le cerró la garganta como si una bola de pelusa gigante bloqueara el conducto. Tragó saliva. Nunca antes había estado tan cerca de la muerte. ––Gr... gracias.

––No deberías estar aquí arriba ––continuó diciendo la chica. ––Eres demasiado joven para ir corriendo por los tejados.

Estaba intentando con todas sus fuerzas calmarse después de su experiencia cercana a la muerte, pero una diminuta chispa de rabia surgió dentro de él. ¿Él era demasiado joven? Si ella pensaba que llevar ropa y maquillaje negro la hacían parecer mayor que él, entonces estaba muy equivocada. Aunque quizás fuera mejor que no le dijera que parecía salida de una película de miedo. Le había salvado la vida después de todo.

––Estaba saltando sombras ––musitó él.

––¿Qué es eso?

––Un juego. Saltasombras––. No había nada como tener que explicar por qué le gustaba estar en un tejado para hacer que se sintiera como un idiota integral. ––Hace que deje de estar aburrido.

––Sí, eso eliminaría el aburrimiento ––dijo ella. ––Estar muerto.

––Normalmente tengo más cuidado––. Jack no pudo evitar estremecerse ante el recuerdo de estar deslizándose por el tejado sin poder hacer nada. ––Pero tengo algunas cosas en mi mente.

––Conozco la sensación. En realidad pensé que eras genial. Un poco loco, sin embargo. Ojalá pudiera hacerlo ––dijo ella. ––Soy Beth, por cierto.

––Jack. ¿Y qué estás haciendo aquí arriba? ––preguntó él, intentando sonar informal.

Sus blancas mejillas se pusieron tan rojas como la camiseta de Jack. ––Te vi en la calle. Y estabas actuando de un modo un poco extraño. Entonces desapareciste en el callejón, así que te seguí.

Se apoyó sobre sus codos para poder mirarla mejor. Ella se tumbó junto a él: delgados y pálidos brazos, como sus piernas, sobresalían de su camiseta negra y sus leggings. Un cinturón con hebilla plateada alrededor de su estrecha cintura. Se preguntaba cómo esos esqueléticos miembros habían tenido la fuerza de subirle al tejado. Una abultada mochila negra estaba sobre las tejas junto a ella.

––Quería averiguar qué te traías entre manos ––continuó diciendo ella.

Jack no podía creerlo. Había sido seguido por una chica que parecía un cruce entre un vampiro y un zombi, solo porque ella pensaba que él parecía extraño.

––Ahora lo sabes––. Jack se sentía cada vez más incómodo. ¿Cómo no la había visto antes?

––Entonces te vi resbalar, así que alargué la mano y te agarré...

––Estaba bien. Controlado.

Las cejas negras de la chica subieron por su frente de un modo que decía deja de decir tonterías; ambos sabemos que te he salvado de una muerte segura. O eso era lo que le pareció a Jack. Él le devolvió la mirada, esperando que su rostro dijera Si le cuentas esto a alguien, te perseguiré y te arrancaré esas cejas de la cara. Pero probablemente tendría más bien aspecto de babuino sonriente.

Antes de que hubiera conseguido recolocar sus rasgos, Beth se había puesto de pie y se había colgado la mochila al hombro.

––Tengo que irme ––dijo ella. ––Ya nos veremos––. Empezó a escoger su camino de vuelta sobre las brillantes tejas, trepando por el tejado ascendente, mirando hacia atrás una vez para decir: ––No más trucos locos.

Jack la miró alejarse con la boca abierta. Lo último que necesitaba era que una chica rara le dijera qué hacer. Pero antes de tener tiempo de soltárselo, ella había desaparecido sobre el reborde.

Suspiró y sacudió los hombros. Los músculos se habían contraído dolorosamente por la tensión. Su mente estaba llena con una espiral interminable de inquietos pensamientos. Deslizarse por el tejado así no había ayudado. Tiempo muerto. Eso era lo que necesitaba. Un respiro de la alergia cutánea que significaba que, cada vez que salía a la luz del sol, se arriesgaba a quedar chamuscado como una salchicha quemada en una barbacoa. Y él quería un padre que se quedara en casa cuando más le necesitaba.

Se puso de pie, consciente de que el sol se había escondido detrás de los tejados vecinos. Pronto empezaría a oscurecer. Cuando estaba a punto de saltar a una pared de ladrillo rojo, algo blanco llamó su atención. Estaba metido en el canalón, entre las hojas muertas y el musgo, pero no había estado allí cuando subió, de eso estaba seguro.

Con curiosidad, se agachó para echarle un vistazo más de cerca. Era un trozo de grueso papel blanco, arrugado y rasgado en los bordes. Lo cogió y se dispuso a darle la vuelta. Un traqueteo le hizo levantar la mirada y un trozo de teja le pasó rozando la cabeza, demasiado cerca como para sentirse cómodo. Sin pensarlo, Jack se metió el papel en el bolsillo y se levantó rápidamente.

––¿Hola? ––gritó. Cada nervio de su cuerpo tintineaba, y le cosquilleaba el cuero cabelludo como si alguien le estuviera observando. Pero cuando examinó los tejados, no había nadie allí.

Capítulo Tres

Como siempre, la cotilla de la señora Roberts asomó la cabeza por su puerta cuando metió la llave en la cerradura. Tenía la extraña habilidad

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