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En las antípodas

En las antípodas

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En las antípodas

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4.5/5 (8 ratings)
Length:
443 pages
9 hours
Publisher:
Released:
Sep 15, 2019
ISBN:
9788490067383
Format:
Book

Description

Australia es el sexto país más grande del mundo y la isla más extensa. Isla, país, continente. Seco, árido, yermo y climáticamente agresivo. Un país donde el gusano más peludo mata con su venenoso pinchazo, donde las conchas marinas no sólo pican sino que se persiguen, donde un tiburón puede zamparte o unas irresistibles aguas arrastrarte mar adentro. Ignorando estas amenazas, Bill Bryson viajó a Australia y se enamoró del país. ¿Quién podría culparlo? La gente es alegre, ingeniosa y atenta, sus ciudades son seguras, limpias, casi siempre se sitúan cerca del agua, la cerveza está fría y el sol brilla con frecuencia. La vida no puede ser mucho mejor que esto.
Publisher:
Released:
Sep 15, 2019
ISBN:
9788490067383
Format:
Book

About the author

Bill Bryson's many books include, most recently ‘The Life and Times of the Thunderbolt Kid’ as well as ‘A Short History of Nearly Everything‘, ‘I'm a Stranger Here Myself’, ‘A walk in the Woods’, ‘Neither Here Nor There’, ‘Made in America’, and ‘Notes from a Small Island’. He edited ‘The Best American Travel Writing 2000’. Born in Des Moines, Iowa, USA, he now lives in Norfolk with his wife and four children.


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En las antípodas - Bill Bryson

Notas

A David, Felicity, Catherine y Sam

Agradecimientos

De toda la gente con la que estoy en deuda por su ayuda en la preparación de este libro, deseo expresar particularmente mi agradecimiento a Alan Howe y Carmel Egan, por compartir generosamente su tiempo conmigo y por su hospitalidad a pesar de saber que iba a mencionarlos en mis libros; a Deirdre Macken y Allan Sherwin, por sus astutas observaciones y su deportiva participación en lo que sigue; a Patrick Gallagher, de Allen & Unwin, y Louise Bourke, de la Australian National University, por su generosa provisión de libros y otro material de investigación, y a Juliet Rogers, Karen Reid, Maggie Hamilton y Katie Stackhouse, de Random House Australia, por su ayuda concienzuda y su buen humor.

También estoy en deuda en Australia con Jim Barrett, Steve Garland, Lisa Menke, Val Schier, Denis Walls, Stella Martin, Joel Becker, Barbara Bennett, Jim Brooks, Harvey Henley, Roger Johnstone y Ian Nowak, con el personal de la State Library de Nueva Gales del Sur en Sydney, y con la difunta y querida Catherine Veitch.

Estoy especialmente agradecido al profesor Danny Blanchflower, del Dartmout College, por su gran ayuda en cuestiones de estadística; a mi gran amiga y agente Carol Heaton, y a los amables e incomparables talentos de Transworld Publishers en Londres, entre los cuales debo mencionar a Marianne Velmans, Larry Finlay, Alison Tulett, Emma Dowson, Meg Cairns y Patrick Janson-Smith, que sigue siendo el mejor amigo y mentor que puede desear un escritor. Por encima de todo, y como siempre, mi agradecimiento más profundo a mi querida, paciente e incomparable esposa, Cynthia.

PRIMERA PARTE

HACIA EL OUTBACK[1]

I

En el avión que me llevaba a Australia, suspiré al darme cuenta de que había vuelto a olvidar quién era su primer ministro. Siempre me pasa lo mismo con el primer ministro australiano, me fío de mi memoria y lo olvido (generalmente casi al instante), y eso me hace sentir muy culpable. A mi juicio debería haber alguien más fuera de Australia que lo supiera.

Pero es que resulta difícil estar al corriente de lo que sucede en Australia. En mi primera visita, hace algunos años, pasé el largo rato de vuelo desde Londres leyendo una crónica política australiana del siglo XX, donde descubrí la sorprendente noticia de que en 1967 el primer ministro, Harold Holt, estaba paseando por la playa de Victoria cuando se lo llevó una ola y desapareció. Nunca más se supo del pobre hombre. Esto me resultó doblemente sorprendente: primero, porque Australia hubiese perdido un primer ministro (vaya, que no es normal) y, segundo, porque nunca me hubiera enterado de ello.

La verdad es que prestamos poquísima atención a nuestros queridos primos de las antípodas, aunque supongo que esto tampoco es tan extraordinario. Al fin y al cabo, Australia está casi vacía y en el confín del mundo. Su población, unos diecinueve millones de personas, es escasa según el término medio mundial —el crecimiento anual de China ya es mayor—, y el lugar que ocupa en la economía es, en consecuencia, secundario; como entidad económica, tiene más o menos la importancia de Illinois. De vez en cuando nos manda alguna cosa útil —ópalos, madera de merino, Errol Flynn, el bumerán— pero nada de lo que no podamos prescindir. Más que nada, Australia no se porta mal. Es estable, pacífica y buena. No tiene golpes de estado, sobrepesca abusiva o simpáticos déspotas armados, no cultiva coca en cantidades provocativas ni se dedica a arrollar a otros de una forma presuntuosa e impresentable.

Pero aun reconociéndolo, resulta curiosa nuestra falta de interés por los asuntos australianos. Como era de esperar, esto es aún más evidente cuando se vive en Estados Unidos. Antes de salir de viaje fui a la biblioteca de mi pueblo, en New Hampshire, y busqué «Australia» en el New York Times Index para ver cuánta atención se le había dedicado en mi país en los últimos años. Empecé por el volumen de 1997 simplemente porque estaba abierto sobre la mesa. Durante todo el año, entre los temas de posible interés —política, deportes, viajes, los próximos Juegos Olímpicos de Sydney, gastronomía y vino, arte, necrológicas, etcétera— el New York Times contenía 20 artículos que trataran principalmente de asuntos australianos. En el mismo período, para establecer una comparación, había encontrado 120 artículos sobre Perú, al menos ciento cincuenta sobre Albania y una cantidad parecida sobre Camboya, más de trescientos sobre cada una de las Coreas, y más de quinientos sobre Israel. Como lugar que atrajera el interés de Estados Unidos, Australia estaba al mismo nivel que Bielorrusia y Burundi. Entre los temas generales que trataba había globos y aeronautas, la Iglesia de la Cienciología, perros (pero no de trineo), y Pamela Harriman, la antigua embajadora, que era por cierto muy conocida y había muerto en febrero, una desgracia que sin duda exigía que apareciera 22 veces en el Times durante aquel año. Hablando claro, en 1997, Australia era ligeramente más importante para los americanos que los plátanos, pero no tanto como los helados.

No obstante, aquel año había resultado especialmente abundante en noticias australianas en Estados Unidos. En 1996 el país había sido objeto sólo de nueve artículos y en 1998 de seis. En otras partes del mundo las noticias pueden ser más abundantes, pero con la diferencia, eso sí, de que nadie se las lee. (Que levanten la mano todos los que sepan cómo se llama el actual primer ministro australiano, en qué estado está Melbourne o sean capaces de contestar algunas preguntas sobre las antípodas que no se refieran al cricket, al rugby, a Mel Gibson o a la serie de televisión Vecinos.) A los australianos no les hace ninguna gracia que el mundo exterior les preste tan poca atención, y no puedo culparles. Es un país en el que suceden cosas interesantes, y muchas.

Centrémonos en uno de los artículos que aparecieron en el New York Times en 1997, aunque desterrado al cajón de sastre de la Sección C. En el mes de enero, según un artículo escrito en Estados Unidos por un periodista del Times, los científicos estaban investigando seriamente la posibilidad de que un misterioso movimiento sísmico en el remoto outback australiano ocurrido hacía casi cuatro años pudiera haber sido una explosión nuclear provocada por miembros del culto japonés del día del juicio final Aum Shinrikyo.

Resulta que a las 23:03, hora local, del 28 de mayo de 1993, las agujas de los sismógrafos de toda la región del Pacífico se agitaron y garabatearon en respuesta a un movimiento a muy gran escala detectado cerca de un lugar llamado Banjawarn Station en el Gran Desierto Victoria de Australia Occidental. Algunos camioneros de los que cubren grandes distancias y unos pocos exploradores, prácticamente los únicos que se encontraban en esa solitaria extensión, informaron de un resplandor súbito en el cielo y de haber oído o sentido una potente pero lejana explosión. Uno manifestó que una lata de cerveza se había tambaleado sobre la mesa de su tienda.

El problema era que no existía una explicación clara. Las señales del sismógrafo no se ajustaban al perfil de un terremoto o la explosión de una mina, y además el estallido era 170 veces más fuerte que la explosión más potente de cualquier mina registrada en la zona. La sacudida fue parecida a la producida por la caída de un gran meteorito, pero el impacto habría abierto un cráter de centenares de metros de circunferencia, y no se encontró nada por el estilo. El resultado fue que los científicos dieron vueltas al incidente durante un día o dos, y luego lo archivaron como una curiosidad inexplicable, como una de aquellas cosas que probablemente suceden de vez en cuando.

Pero en 1995, Aum Shinrikyo obtuvo una súbita notoriedad soltando exorbitantes cantidades del gas nervioso sarin en el metro de Tokio, que mató a doce personas. En las investigaciones que provocó el suceso, se descubrió que entre las cuantiosas propiedades de Aum se contaba una extensión de desierto de 200.000 ha en Australia Occidental, muy cerca del lugar del misterioso suceso. Allí, las autoridades encontraron un laboratorio de una sofisticación y especialización insólitas, así como pruebas de que los miembros del culto habían estado extrayendo uranio. Por otra parte, se descubrió que Aum había reclutado a dos ingenieros nucleares de la antigua Unión Soviética. El objetivo declarado del grupo era la destrucción del mundo, y parecía que el suceso del desierto hubiera sido un ensayo para volar Tokio.

Ya veis por donde voy. Se trata de un país que pierde a su primer ministro, y tan extenso y vacío que una pandilla de entusiastas aficionados podría haber lanzado la primera bomba atómica no gubernamental del mundo en su territorio sin que se enterara nadie al cabo de cuatro años. Sin duda, se trata de un lugar que vale la pena conocer.

Y por eso, porque sabemos tan poco de él, no estaría de más contar cuatro cosas.

Australia es el sexto país más grande del mundo y la isla más extensa. Es la única isla que es al mismo tiempo un continente, y el único continente que también es un país. Fue el primer continente conquistado desde el mar, y el último. Es la única nación que empezó como una prisión.

Es el hogar del ser vivo más grande de la Tierra, la Gran Barrera Australiana, y del monolito más famoso e impresionante, Ayers Rock (o Uluru, si utilizamos un nombre aborigen más respetuoso, y ahora oficial). Tiene más cosas que pueden matarte que ningún otro lugar. Las diez serpientes más venenosas del mundo son australianas. Estos cinco animales: la araña de tela de embudo, la medusa cofre, el pulpo de anillos azules, la garrapata paralizadora y el pez piedra son los más letales de su especie en el mundo. Es un país en que el gusano más peludo puede dejarte seco con su venenoso pinchazo, donde los moluscos no sólo pican sino que a veces te persiguen. Si recoges una inocua caracola de la playa de Queensland, como suelen hacer los incautos turistas, descubrirás que el animalito que hay dentro no es sólo sorprendentemente veloz e irritable, sino muy venenoso. Si no te pican ni muerden mortalmente de forma inesperada, se te puede zampar un tiburón o un cocodrilo, unas irresistibles corrientes te arrastrarán mar adentro o morirás implacablemente abrasado en el asfixiante outback. Es un lugar duro.

Y antiguo. Hace 60 millones de años, desde la formación de la Gran Cordillera Divisoria, que Australia guarda silencio geológicamente hablando, lo que le ha permitido conservar muchas de las cosas más atávicas descubiertas en la Tierra —las rocas y los fósiles más primitivos, las más tempranas huellas de animales y lechos de ríos, los primeros y apenas perceptibles signos de vida—. En un momento indeterminado de su remoto pasado —quizá hace 45.000 años, quizá 60.000, pero sin duda antes de que hubiera humanos modernos en las Américas o en Europa—, fue invadida pacíficamente por unas gentes profundamente inescrutables, los aborígenes, que no tienen un parentesco racial o lingüístico claro con sus vecinos de la región, y cuya presencia en Australia puede explicarse sólo postulando que fueron quienes inventaron el oficio de la navegación oceánica al menos treinta mil años antes que nadie emprendiera otro éxodo, y después olvidaran o abandonaran casi todo lo que habían aprendido, pues pocas veces volvieron a hacerse a la mar.

Es una gesta tan singular y extraordinaria, tan imposible de entender, que los libros de historia la ventilan en un par de párrafos, y pasan a la segunda invasión, más explicable: la que empieza con la llegada del capitán James Cook y su esforzada nave de la marina británica Endeavour a Botany Bay en 1770. No importa que el capitán Cook no descubriera Australia y que ni siquiera fuera capitán en el momento de su visita. Para casi todo el mundo, incluidos muchos australianos, es entonces cuando comienza la historia.

El mundo que esos primeros caballeros ingleses descubrieron estaba curiosamente invertido —las estaciones al revés, las constelaciones cabeza abajo— y no se parecía a nada de lo que habían visto antes, ni siquiera en latitudes cercanas del Pacífico. Sus seres vivos parecían haber evolucionado sin haberse leído el manual. El más característico de ellos no corría, trotaba o galopaba, sino que daba saltos, como bota una pelota. El continente hervía de una vida inverosímil. Había un pez que se encaramaba a los árboles; una zorra que volaba (no era sino un murciélago); crustáceos tan grandes que un hombre podía introducirse en su concha...

En resumen, no había otro lugar igual en el mundo y sigue sin haberlo. El 80 % de las plantas y animales de Australia no existe en ninguna otra parte. Y en una abundancia tal que parece incompatible con la dureza del territorio. Australia es el más seco, llano, caluroso, árido, yermo y climáticamente agresivo de los continentes habitados. (Sólo la Antártida es más hostil a la vida.) Es un lugar tan inerte que incluso el suelo es, técnicamente hablando, fósil. Y sin embargo hierve de vida. Sólo en insectos, los científicos no tienen ni la más ligera idea si el número total de especies es de 100.000 o más del doble. Un tercio de estas especies continúa siendo desconocido para la ciencia. En el caso de las arañas, la proporción alcanza el 80%.

He mencionado precisamente los insectos porque conozco una anécdota de un bichito llamado Nothomyrmecia macrops que ilustra perfectamente, aunque de forma indirecta, cuán excepcional es este país. Es un cuento un poco enmarañado pero bueno, sed indulgentes, por favor.

En 1931, en la península de Cape Arid de Australia Occidental, unos naturalistas aficionados indagaban entre la maleza cuando encontraron un insecto que no habían visto nunca. Se parecía vagamente a una hormiga, pero con un curioso color amarillo pálido y unos ojos raros, fijos, y palpablemente inquietos. Se recogieron algunos especímenes, se mandaron al despacho de un experto del Museo Nacional de Victoria en Melbourne, y éste los identificó sin duda como Nothomyrmecia. El descubrimiento causó una gran excitación porque, que se supiera, no había existido nada así en la Tierra desde hacía centenares de millones de años. El Nothomyrmecia era una protohormiga, una reliquia viva de una época en que las hormigas evolucionaban a partir de las avispas. En términos entomológicos, era tan extraordinario como que alguien hubiera encontrado una manada de triceratops pastando en alguna verde y remota estepa.

Se organizó una expedición inmediatamente, pero a pesar de una búsqueda escrupulosa nadie pudo encontrar la colonia de Cape Arid. Posteriores búsquedas acabaron igualmente con las manos vacías. Casi medio siglo después, cuando se corrió la voz de que un equipo de científicos americanos planeaba una búsqueda de la hormiga, seguramente con una tecnología que haría parecer aficionados y mal organizados a los australianos, científicos del gobierno de Canberra decidieron hacer un último intento por encontrar las hormigas. Así que un equipo se dirigió a explorar el país.

En el segundo día de viaje, mientras cruzaban el desierto del sur de Australia, uno de sus vehículos empezó a echar humo y chispas y se vieron forzados a hacer un alto para pernoctar en un lugar del camino llamado Poochera. Durante la noche, uno de los científicos, llamado Bob Taylor, salió a tomar el aire e iluminó el terreno circundante con su linterna. Podéis imaginaros su estupefacción cuando descubrió, subiendo por el tronco de un eucalipto cercano al campamento, una próspera colonia de nada más y nada menos que Nothomyrmecia.

Pensemos en las probabilidades. Taylor y sus colegas estaban a unos mil doscientos kilómetros del lugar donde pretendían iniciar la búsqueda. En los casi 8.000.000 km2 de extensión vacía que es Australia, uno de los pocos grupos de personas capaces de identificar aquel insecto, uno de los más raros y buscados de la Tierra, acababa de encontrarlo —un insecto que sólo se había visto una vez, casi medio siglo antes— y todo porque una furgoneta había tenido una avería en ese sitio. Por cierto, el Nothomyrmecia nunca se ha vuelto a encontrar en su lugar original.

Seguro que veis por donde voy. Este es un país que está al mismo tiempo asombrosamente vacío y sin embargo repleto de cosas interesantes, atávicas, cosas que no son fáciles de explicar. Cosas que todavía están por descubrir.

Creedme, es un lugar muy interesante.

II

Cada vez que uno va en avión de Norteamérica a Australia, y sin que nadie te pregunte si te parece bien, te roban un día al cruzar la línea de cambio de fecha internacional. Salí de Los Ángeles el 3 de enero y llegué a Sydney, catorce horas después, el 5 de enero. Yo no viví el 4 de enero. Ni siquiera un poco. Adónde fue a parar, no sabría decirlo. Lo único que sé es que durante un período de veinticuatro horas, por lo visto no existí.

Me pareció muy misterioso, por decirlo de algún modo. Quiero decir que si, mirando el billete, uno encontrara una advertencia que dijera: «Se avisa a los pasajeros de que en algunos trayectos puede producirse la pérdida de existencia» (que es sin duda como lo formularían, como si ocurriera de vez en cuando) seguramente te levantarías a indagar, agarrarías a alguien del brazo y le dirías: «Usted perdone...». Todo hay que decirlo, se obtiene un cierto consuelo metafísico en saber que puedes dejar de tener forma material sin que te duela, y además, para ser justos, te devuelven el día en el viaje de vuelta cuando cruzas la línea de cambio de fecha en dirección contraria y consigues llegar a Los Ángeles antes de salir de Sydney, lo que, francamente, es un truco todavía más logrado.

No sé si llego a comprender el principio del asunto. Entiendo que tiene que haber una línea teórica en que un día termine y empiece el siguiente, y que cuando cruzas esa línea temporal es normal que sucedan cosas raras. Pero eso no quita que en un viaje entre América y Australia experimentes algo que, en otras circunstancias, sería totalmente imposible. Por mucho que te prepares y concentres, vigiles tu dieta, y por mucho ejercicio que hagas, nunca estarás tan en forma que dejes de ocupar un espacio durante veinticuatro horas o que seas capaz de llegar a una habitación antes de haber salido de otra.

A lo mejor por eso, llegar a Australia conlleva una cierta sensación de hazaña, y es un placer y una satisfacción dejar la terminal del aeropuerto y entrar en la deslumbrante claridad de las antípodas, dándote cuenta de que tus átomos, hace un momento perdidos y en paradero desconocido, se han vuelto a ensamblar de una forma más o menos normal (descontando algunas células grises que se quedaron mirando la película de Bruce Willis). En esas circunstancias, es un placer encontrarte en cualquier lugar, y que ese lugar sea Australia es un aliciente adicional.

Dejadme decir de entrada que me encanta Australia —me gusta muchísimo— y en cada ocasión que la visito me entusiasmo tanto como la primera vez. Uno de los efectos de prestar tan poca atención a Australia es que sea siempre una sorpresa tan agradable descubrir que sigue allí. Nuestros instintos culturales y nuestras experiencias anteriores nos dicen que cuando se viaja tan lejos se debería encontrar, por lo menos, gente a camello. Debería haber signos irreconocibles en los anuncios, y hombres cetrinos envueltos en túnicas bebiendo café en copas del tamaño de un dedal y fumando en narguile, y autobuses desvencijados y baches en las carreteras y la posibilidad de contraer enfermedades al tocar cualquier cosa; pero no es así en absoluto. Es todo cómodo, limpio y familiar. Dejando a un lado la tendencia entre los hombres de cierta edad a llevar calcetines hasta la rodilla y pantalón corto, esta gente es como tú y como yo. Es algo maravilloso. Produce una sensación de euforia. Por eso me encanta ir a Australia.

También hay otras razones, naturalmente, y es un placer dejar constancia de ellas. La gente es inmensamente simpática —alegre, extravertida, ingeniosa y atenta—. Sus ciudades son seguras y limpias y casi siempre están cerca del agua. Se trata de una sociedad próspera, bien ordenada e instintivamente igualitaria. La comida es excelente. La cerveza, fría. El sol brilla casi siempre. Hay café en cada rincón. Rupert Murdoch[2] ya no vive allí. La vida no puede ser mejor.

Este era mi quinto viaje y en esta ocasión, por primera vez, iba a ver la auténtica Australia: el enorme y abrasador centro desértico, el vacío ilimitado que se extiende entre las costas. Nunca he entendido muy bien por qué cuando la gente te anima a conocer el país «auténtico» te manda a las zonas desoladas donde nadie que estuviera cuerdo querría vivir, pero así es. No puedes decir que hayas estado en Australia hasta que no has cruzado el outback.

Lo mejor de todo es que iba a hacerlo de la forma más ostentosa posible: en el legendario ferrocarril Indian Pacific que va de Sydney a Perth. El Indian Pacific cruza la tercera parte inferior del país a lo largo de 4.400 km agradablemente tortuosos por los estados de Nueva Gales del Sur, Australia Meridional y Australia Occidental, y es el rey de los trenes del hemisferio sur. Desde Sydney asciende suavemente a través de las Blue Mountains, avanza renqueando por las interminables extensiones de pastos de ovejas, sigue el río Darling hasta el Murray y éste hasta Adelaida, finalmente cruza la impresionante llanura de Nullarbor hasta los campos auríferos que rodean Kalgoorlie, y llega suspirando a un merecido descanso en la lejana Perth. El Nullarbor, una extensión casi inconcebible de feroz desierto, era algo que deseaba ver especialmente.

El dominical del Mail on Sunday estaba preparando un número especial sobre Australia, y me habían encargado un reportaje. Hacía tiempo que pensaba venir de todos modos para escribir un libro, y aquello representó un incentivo adicional: una oportunidad de conocer el país de una forma sumamente cómoda a costa de otro. Me pareció fantástico. Con este fin, viajaría durante una semana más o menos en compañía de Trevor Ray Hart, un joven fotógrafo inglés procedente de Londres, a quien conocería a la mañana siguiente.

Pero primero tenía un día para mí solo, y esto me producía una desmesurada satisfacción. Había estado en Sydney con ocasión de alguna gira de promoción de libros, por lo que mis conocimientos de la ciudad se reducían a trayectos en taxi por distritos desconocidos como Ultimo y Annandale. La única ocasión en que había visto algo de la ciudad había sido unos años antes, en mi primera visita, con un amable representante de mi editor que me invitó a dar una vuelta en coche, con su esposa y sus dos hijas en el asiento trasero, y quedé fatal con ellos porque me quedé dormido. No fue por falta de interés o porque no me gustara, creedme. Es que aquel día hacía calor y yo acababa de llegar al país. Por desgracia, casi al principio, el desfase horario se apoderó de mí y me desplomé en una especie de coma sin poder evitarlo.

No soy, me cuesta reconocerlo, un durmiente discreto y atractivo. La mayoría de la gente, cuando duerme, parece que necesite una manta; yo parezco necesitar atención médica. Duermo como si me hubieran inyectado un potente relajante muscular en fase experimental. Se me abren las piernas de forma grotesca y provocativa; me cuelgan los nudillos a ras del suelo. Todo lo que tengo dentro —lengua, campanilla, babas o aire intestinal— pugna por salir afuera. De vez en cuando, como uno de esos patos de juguete que bajan la cabeza, la mía cae hacia delante y vacío casi un litro de saliva viscosa en las rodillas, y luego cae hacia atrás para recargarse emitiendo un ruido parecido al de una cisterna de retrete al llenarse. Y ronco, con fuerza y constancia, como un personaje de dibujos animados, con los labios gomosos temblequeantes y emitiendo prolongadas exhalaciones a modo de válvula de vapor. Durante largos períodos me quedo inmóvil de una forma anormal, lo que hace que los observadores intercambien miradas y se acerquen a observarme con cierta preocupación; entonces me pongo artificialmente rígido y, después de una angustiosa pausa, empiezo a agitarme y a sacudirme en una serie de espasmos corporales que recuerdan los de una silla eléctrica cuando se acciona el interruptor. Después me estremezco un par de veces de forma excéntrica y afeminada y, cuando me despierto, descubro que todo movimiento en un radio de 500 m se ha detenido y los niños menores de ocho años se agarran a las faldas de sus madres. Es un peso terrible con el que tengo que cargar.

No tengo ni idea del rato que dormí en el coche pero seguro que no fue breve. Sólo sé que cuando me desperté había un pesado silencio en el coche: aquel silencio que te envuelve cuando te encuentras conduciendo alrededor de la ciudad en compañía de una persona desplomada y sacudida vagando de un monumento a otro sin que se dé cuenta.

Miré a mi alrededor despistado, sin tener muy claro quién era aquella gente, me aclaré la garganta y adopté una posición más digna.

—Pensamos que quizá le gustaría comer algo —dijo mi guía sosegadamente cuando vio que había abandonado por el momento mi particular ambición de inundarle el coche de saliva.

—Es una idea estupenda —contesté en voz baja y servil, descubriendo al mismo tiempo, horrorizado, que mientras yo dormía, una mosca inmensa me había vomitado encima. Para intentar desviar la atención de aquel brillo húmedo anormal y al mismo tiempo reafirmar mi interés por el paseo, añadí más animadamente—: ¿Todavía estamos en Neutral Bay?

Se oyó un discreto e involuntario bufido de esos que se te escapan cuando la bebida te entra por el mal camino. Y después, con una tensa precisión:

—No, esto es Dover Heights. Neutral Bay —una pausa de un microsegundo, sólo para aclarar la cuestión— lo hemos dejado atrás hace un rato.

—Ah. —Puse una cara seria, como si no entendiera qué podría haber pasado durante todo aquel rato.

—Hace bastante, desde luego.

—Ah.

No hablamos más hasta que llegamos al restaurante. La tarde fue un poco mejor. Cenamos pescado en el muelle de Watsons Bay, después fuimos a ver el Pacífico desde los altos acantilados batidos por las olas que se levantan sobre la bocana del puerto. De vuelta a casa, el paseo ofrecía algunas vistas del que es sin duda el puerto más hermoso del mundo: aguas azules, veleros meciéndose, el lejano arco de hierro del Harbour Bridge y el Opera House agazapado alegremente a su lado. Pero aun así no había visto Sydney como dios manda, y a primera hora del día siguiente me marchaba a Melbourne.

Por eso estaba deseoso, como es de suponer, de ponerle remedio. Los Sydneysiders, como curiosamente se conoce a sus habitantes, tienen un deseo evidente e insaciable de mostrar la ciudad a los visitantes, así que tuve otra amable oferta, esta vez de una periodista del Sydney Morning Herald, Deirdre Macken, una alegre y avispada mujer de mediana edad. Deirdre fue a buscarme al hotel con Glenn Hunt, un joven fotógrafo, y fuimos andando al Museo de Sydney, una pulcra y elegante institución que consigue parecer interesante e instructiva sin ser ninguna de las dos cosas. Pasas el rato mirando unas vitrinas ingeniosamente dispuestas pero mal iluminadas, llenas de curiosidades de la inmigración, en una sala empapelada con páginas de revistas populares de los años cincuenta, sin que te quede muy claro qué conclusión se espera de ti. Pero tomamos un buen café con leche en el restaurante anejo, mientras Deirdre nos explicaba el plan del atareado día.

Primero iríamos paseando a Circular Quay, donde cogeríamos el ferry que cruza el puerto hasta el muelle de Taronga Zoo. No visitaríamos el zoo, era mejor caminar por la zona de Little Sirius Cove y subir las pronunciadas y selváticas colinas de Cremorne Point hasta la casa de Deirdre. Allí cogeríamos toallas y tablas de boogie boarding e iríamos en coche a Manly, una playa del Pacífico. En Manly almorzaríamos, y después de una estimulante sesión de boogie boarding nos arreglaríamos e iríamos a...

—Perdona que te interrumpa —apunté yo—, pero ¿en qué consiste exactamente el boogie boarding?

—Oh, es muy divertido. Te encantará —dijo ella en tono alegre, pero en mi opinión un poco evasivo.

—Sí, pero ¿en qué consiste?

—Es un deporte acuático. Es divertidísimo. ¿A que es divertidísimo, Glenn?

—Muchísimo —aseguró Glenn que, como todo el mundo a quien pagan los carretes, se dedicaba a tomar un infinito número de fotografías. Bizz, bizz, bizz, cantaba su cámara al hacer tres rápidas e ingeniosas instantáneas idénticas de Deirdre y yo charlando.

—Pero ¿qué hay que hacer exactamente? —insistí.

—Coges una especie de tabla de surf en miniatura y entras en el mar chapoteando, esperas a coger una ola grande y vuelves a la playa en la tabla. Es fácil. Te gustará.

—¿Y los tiburones? —pregunté inquieto.

—Oh, ahí casi no hay tiburones. Glenn, ¿cuánto tiempo hace que un tiburón no ha matado a nadie?

—Oh, siglos —dijo Glenn, pensándolo—. Al menos un par de meses.

—¿Un par de meses? —gemí.

—Por lo menos. Con los tiburones se ha exagerado mucho —añadió Glenn—. Demasiado. Son los rips los que pueden acabar contigo. —Reanudó sus fotografías.

—¿Rips?

—Corrientes submarinas que corren en diagonal a la costa y a veces arrastran a la gente mar adentro —explicó Deirdre—. Pero no te preocupes. No te pasará.

—¿Por qué no?

—Porque aquí estamos nosotros para cuidar de ti. —Sonrió serenamente, apuró su copa y nos recordó que había que ponerse en marcha.

Tres horas después, una vez cubiertas todas las demás actividades, fuimos a una playa aparentemente remota en un lugar llamado Freshwater Beach, cerca de Manly. Era una enorme bahía en forma de U, rodeada de colinas de maleza baja, con unas olas, que a mí me parecían espantosamente grandes, que llegaban de un mar vasto y caprichoso. A cierta distancia, varias almas alocadas enfundadas en neopreno surfeaban hacia unos espumosos salientes del promontorio rocoso; un poco más cerca algunos aficionados se dejaban engullir continua, y parece que felizmente, por olas explosivas.

Apremiados por Deirdre, que parecía morirse de ganas de entrar en el proceloso mar, procedimos a desnudarnos —en mi caso con intencionada lentitud; en el suyo, afanosamente— y nos quedamos con el traje de baño que nos había dicho que lleváramos debajo de la ropa.

—Si te pilla una corriente —me decía Deirdre—, lo importante es no perder la calma.

La miré fijamente.

—¿Quieres decir que me ahogue sin perder la calma?

—No, no. Que no pierdas la cabeza. No intentes nadar contra corriente. Intenta cruzarla. Y si sigues teniendo problemas, mueve los brazos así —hizo un gesto amplio y lánguido con el brazo que sólo un australiano podría considerar una señal de ahogo— y espera a que venga el socorrista.

—¿Y si el socorrista no me ve?

—Te verá.

—Pero ¿y si no me ve?

Pero Deirdre ya estaba entrando en el mar, con su tabla bajo el brazo.

Tímidamente dejé caer la camisa en la arena y me quedé sólo con mi amplio bañador. Glenn, que nunca había visto nada tan grotesco y singular en una playa australiana, al menos algo vivo, sacó su pequeña cámara y se puso a tomar primeros planos de mi estómago con gran animación. Bizz, bizz, bizz, bizz, cantaba su cámara alegremente mientras me seguía mar adentro.

Permitidme que haga una pausa para intercalar un par de historietas. En 1935, no muy lejos de donde estábamos, unos pescadores capturaron un tiburón beige de cuatro metros y lo llevaron al acuario público de Coogee, donde se expuso al público. El tiburón nadó un par de días en su nuevo hogar y, entonces, sin más ni más, y para sorpresa del público que lo contemplaba, vomitó un brazo humano. La última vez que se había visto aquel brazo iba ensamblado a un joven llamado Jimmy Smith, que, sin duda, había mandado señales de su apurada situación con un gesto amplio y lánguido.

Ahora la segunda historia. Tres años después, en una tarde clara, soleada y tranquila de domingo en Bondi Beach, tampoco muy lejos de donde estábamos, llegaron, de no se sabe dónde, cuatro olas brutales de seis metros cada una. La resaca arrastró a más de doscientas personas mar adentro. Afortunadamente, aquel día había cincuenta socorristas de guardia, y consiguieron salvarlas a todas menos a seis. Soy consciente de que hablo de incidentes que sucedieron hace muchos años. Me da igual. Mi tesis es la misma: el océano es un lugar traicionero.

Con un suspiro, me introduje en el agua verde pálido salpicada de manchas crema. Sorprendentemente la bahía era, poco profunda. Avanzamos unos treinta metros y el agua seguía llegándome sólo a las rodillas, aunque incluso allí había una corriente extraordinariamente fuerte, tan fuerte que te tiraba si no estabas alerta. Las olas rompían otros cuatro metros más adentro, donde el agua nos llegaba a la cintura. Si descuento unas pocas horas en las tranquilas aguas de la Costa del Sol en España, y una gélida zambullida de la que me arrepentí enseguida en Maine, casi no tengo experiencia del mar, y me resultaba francamente desconcertante vadear una montaña rusa de agua. Deirdre chillaba de placer.

Acto seguido me enseñó a manejar la tabla. Al principio parecía sencillo. Cuando pasaba una ola, ella saltaba sobre la tabla y se deslizaba por la cresta durante varios metros. A continuación lo intentó Glenn y llegó incluso más lejos. Sin duda parecía divertido. Tampoco daba la impresión de ser demasiado difícil. Incluso tenía ganas de intentarlo.

Me situé para pillar la primera ola, salté sobre la tabla y me hundí como un yunque.

—¿Qué has hecho? —preguntó Glenn maravillado.

—Ni idea.

Repetí el ejercicio con el mismo resultado.

—Qué raro —dijo.

Así pasó media hora, en que los dos me miraban primero con disimulada diversión, después estupefactos, y finalmente compasivos, mientras yo desaparecía bajo las olas y era arrastrado por una extensión del lecho océanico más o menos del tamaño del condado de Polk, en Iowa. Al cabo de un tiempo indefinido pero desde luego largo, salía a la superficie, medio ahogado y desorientado, en un punto a una distancia entre dos metros y dos kilómetros más allá, y la siguiente ola me volvía a arrastrar al fondo del mar. Al poco rato, la

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Reviews

What people think about En las antípodas

4.3
8 ratings / 140 Reviews
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Reader reviews

  • (5/5)
    Bryson bases the title of his book on the famous and much beloved Australian poem "Core of My Heart" by Dorothea Mackellar where she states that "I love a sunburnt country/A land of sweeping plains,/ Of ragged mountain ranges/ Of droughts and flooding rains." It pretty much sums up Australia. And yes, Bryson realizes that the line is sunburnt and he made it sunburned. Its a play on words. He does get sunburned once during his time there. This review is hard to write because, like Australia, this book covers a vast amount of interesting stuff. It's hard to know where to start.Australians are the nicest group of people you are likely to meet. They have no history of having a revolution or a despot leading their government or of anything really bad. Which is how they get forgotten so easily. But the true forgotten people are the indigenous people of Australia the Aborigines. They traveled to Australia by boat when people weren't really using boats to travel and somehow made it to Australia some 60,000 years ago. And they are the oldest living continuous culture. For a long time after the whites arrived, it was okay to kill them or lynch them without consequence. Then in June 1838 in Myall, some cattle were rustled and then blamed on the Aborigines. They gathered the men, women, and children up in a ball and played with them for hours before killing them with rifles and swords. The city was outraged and put the men on trial and was at first acquited but a second trial found them guilty and they were then found guilty and hung. This, however, did not end the violence against the Aborigines it just made it go underground. And this was by no means the worse atrocity committed to Aborigines. It just happened to be the only time that whites were brought to trial and found guilty for it. There's not much to see in Myall. Most people go there to hunt for minerals. The events there long forgotten.The only time that they ran into rude or otherwise uncooperative Australians was in a little town in the Northern Territories called Darwin. But a museum there more than made up for any inconvenience they received from the locals. It contained an exhibit of the tragedy of Cyclone Tracy which came through in 1974 and leveled the place. Included was a recording made by a priest of the cyclone which is very eerie and creepy. The cyclone flattened nine thousand homes and killed sixty-four people. Also included were stuffed animals from the area's diverse background that can probably kill you with the crocodile "Sweetheart" a male crock that killed fifteen boats before being accidentally killed when being moved to another area. He was seventeen feet and seventeen hundred pounds. But what he came here to see was the dead box jellyfish that was on display. It is the most dangerous creature known to man. The sea snake is also an interesting animal in that it is an inquisitive creature with a sweet nature but cross them and they can kill you three times over. This is a nation where 80% of the world's most venomous plants and creatures live. Also, animals and plants not native to the area have a way of thriving and trying to take over. For example, the rabbit that some Englishmen brought over to hunt and got loose and overtook Australia eating up foliage in the process. On top of that, the prickly pear was introduced to the Northern Territory and nearly took up every available space until it was destroyed.Australia is a vast and empty land filled with all sorts of things and people as this book shows. But a huge portion of the land has not been explored not to mention the plants and animals that haven't been cataloged. This book is part travelogue, part history story. You'll be traveling down a road in Canberra or Melbourne, or Alice Springs, or any number of small tiny towns he stops to overnight while driving to different cities and he'll wander down a side street and discover some unknown place or about some unknown people like the Prime Minister who in the 1960s wandered out into the surf of the Queensland and disappeared and how those of Queensland is crazier than a bag of cut snakes. But that people of Queensland feel they are misunderstood by their fellow Aussies. To me, it seems like the Florida of Australia. Where crazy things happen all the time for no discernable reason. Also included is a series of articles that he wrote about the Sydney 2000 Olympics, which is highly entertaining. I really loved this book and give it five out of five stars. Quotes After years of patient study (and with cricket there can be no other kind) I have decided that there is nothing wrong with the game that the introduction of golf carts wouldn’t fix in a hurry. It is not ture that the English invented cricket as a way of making all other human endeavours look interesting and lively; that was merely an unintended side effect. I don’t wish to denegrade a sport that is played by millions, some of them awake and facing the right way, but it is an odd game. It is the only sport that incoporporates meal breaks. It is the only sport that shares its name with an insect. It is the only sport in which spectators burn as many calories as the players—more if they are moderately restless. It is the only competitive activity of any type, other than perhaps baking, in which you can dress in white from head to toe and be as clean at the end of the day as you were at the beginning.-Bill Bryson (In a Sunburned Country p 105-6)No, the mystery of cricket is not that Australians play it well, but that they play it at all. It has always seemed to me a game much too restrained for the rough-and-tumble Australian temperament. Australians much prefer games in which brawny men in scanty clothing bloody each other’s noses. I am quite certain that if the rest of the world vanished overnight and the development of cricket was left in Australian hands, within a generation the players would be wearing shorts and using bats to hit each other. And the thing is, it would be a much better game for it.-Bill Bryson (In A Sunburned Country p 108)“Are bushfires a big worry?” “Well, they are when they happen. Sometimes they’re colossal. Gum trees just want to burn, you know. It’s part of their strategy. How they outcompete other plants. They’re full of oil, and once they catch fire they’re a bugger to put out.”-Bill Bryson (In a Sunburned Country p 162-3)I often use alcohol as an artificial check on my pool-playing skills. It’s a way for me to help strangers gain confidence in their abilities and get in touch with my inner wallet.-Bill Bryson (In a Sunburned Country p 242)When even camels can’t manage a desert, you know you’ve found a tough part of the world.-on the Outback Bill Bryson (In a Sunburned Country p 245)I don’t know why, but every Olympics these days has a mascot. Moscow had a bear called Mischa. Nagano had cute snowflake creatures. Atlanta, I believe had a person being shot on a street corner. -Bill Bryson (In A Sunburned Country p 319)A cynic might conclude that our policy toward drugs in America is to send users either to prison or to the Olympics.-Bill Bryson (In a Sunburned Country p 324)
  • (4/5)
    I freely admit that I wasn't really interested in Australia before reading this book, and Bryson definitely got me very intrigued, and now I'd very much like to travel there.

    It was really good, but I wish I'd heard more about the Aborigines. He definitely talked about them, but I wish there'd been more.
  • (4/5)
    My Mom sent me this one after I told her we were thinking of a trip to Melbourne. It may have been funnier as a listen - he did have a decent sense of humor. Over the course of a few visits in the 90s (I think) Bryson explores the wonders of Australia - and it is pretty cool. From populous Victoria to they many way-out boonies. I hope we do get to go...
  • (4/5)
    Bryson jumps right in with a brief introduction to the history of Australia, beginning with the history of colonization and the fact that Britain orginally used Australia as a prison camp. Interesting, right? As he explores Australia from the big cities to the desolate outback (it gets really hot there, by the way) and discusses the social and cultural history of Australians and its scientific significance (Australia has more species of plants and animals found only in one place in the world than any other location), Bryson works in anecdotes from his personal experiences and misadventures down under, and that’s why I love him so much. His narrative agility and his ability to weave research into story so deftly is unparalleled, at least in travel writing, where so many books feel like “Day One: Went to X, Did Y, Saw Z; lather, rinse, repeat.”In a Sunburned Country taught me about people, places, and things I’d never heard of before, including a number of snakes, spiders, and insects who could kill me with a single bite, and it provided a beautiful, dangerous, occasionally frightening escape from the “real world.” I didn’t even mind that Bryson took a turn for the serious to explore Australia’s treatment of its indigenous people, the Aborigines, because he did it with great intelligence, insight, and depth of feeling.And that just goes to show you that travel writing doesn’t have to be vapid, reliant on jokes about poop, or filled with convenient and stereotypical epiphanies. It can be substantial and educational, and it can assume a certain level of intelligence and worldliness from its readers, and still be wonderful and successful and widely read.Read my full review at The Book Lady's Blog.
  • (4/5)
    Book on CD narrated by the authorBryson turns his journalistic skills to an exploration of the only continent that is also a country, and an island. I loved the small details that he included, was enthralled by his adventures (whether in person or through research), and really felt that I got a good sense of the country, the people, the customs and the landscape (varied doesn’t begin to describe the latter aspect). I felt as giddy as a child discovering a new wonder when I read about one obscure fact after another, or imagined myself traversing the outback in a four-wheel-drive vehicle (with TWO extra containers of petrol) with hardly a person, gas station, shelter or convenience store in sight. I could feel the cooling sea breezes, was just as annoyed as Bryson by the flies, delighted in the droll explanations of the locals, was warmed by his descriptions of desert-heat, and longed to witness the marvels of nature he depicted. It’s a wonderful memoir / travel journal. If Australia weren’t already on my bucket list, it certainly would be now. Bryson narrates the audiobook himself. I found his delivery rather dry and somewhat slow-paced; he hardly sounded excited about any of the sites he saw. I wound up reading at least half the book in text format, and found I preferred the “voice in my head” to the author’s actual voice on the audio.
  • (4/5)
    In A Sunburned Country is a year 2000 Australian travelogue presented by Bill Bryson in a humorous and approachable manner. Although filled with clever anecdotes and funny situations the author still manages to pass along a great deal of information about that unique country.The book is based on a number of trips the author made to Australia, including a cross country rail trip and various driving excursions and boat trips. Whether he is detailing stats about population, giving the reader history lessons, describing the awesome beauty or considering the varied and sometimes dangerous flora and fauna, his sheer joy of being in that country comes across on every page.In A Sunburned Country, Bill Bryson’s admiration for Australia made me want to pack my suitcase and run away to the ‘land down under’. I needed an escape from real life right now and this book certainly managed to carry me away. It’s a frank, funny and overall, a very captivating read.
  • (4/5)
    This was entertaining, laugh out loud funny in places, but slightly dated - it was published in 2000. Bryson's main points - that Australia is huge, largely empty and even largely unmapped/investigated - are made over and over. It was quite a long book and I was glad to get to the end of it. It didn't really make me want to go to Australia, but I am much better informed about that country than I was, and it was worth reading for the paragraphs on cricket alone.I wish he had actually spoken to some Aborigines though, rather than merely describing them as looking "beaten up", and discussing how badly they have been treated with other white men.
  • (5/5)
    Bill Bryson is Fabulous.
  • (4/5)
    Bryson applieshis humor to Australia.
  • (4/5)
    A shaggy-dog travelogue, all random bits and musings, incomplete and oddly outlined. But no matter—Bryson is a tremendously entertaining writer, so even when his anecdotes aren't A material, even when he writes about the tritest little bits of his travels, he puts out a damn readable book.
  • (5/5)
    This travelogue of an American in Australia was hilarious. I had no choice; I had to give this five stars. I have this rule you see: if a book makes me think, cry, or laugh out loud, I give it top marks. I was smiling madly by the middle of the first page--at page 17 I was giggling. I haven't laughed so often or so hard since Gaiman and Pratchett's Good Omens. Bryson gets a lot of mileage out of Australia being a "wondrously venomous and toothy country." Here's a snippet:"You probably won't see any redbacks out there," Sonja reassured us. "Snakes are much more of a problem."This intelligence was received with four raised eyebrows and expressions that said, "Go on."She nodded. "Common brown, western taipan, western puff pastry, yellow-backed lockjaw, eastern groin groper, dodge viper..." I don't remember what she said exactly, but it was a long list. "But don't worry," she continued. "Most snakes don't want to hurt you. If you're out in the bush and a snake comes along, just stop dead and let it slide over your shoes."This, I decided, was the least-likely-to-be-followed advice I have ever been given.Yet he keeps repeating that "it's a wonderful country." And he means it--his affection for Australia and Australians shines through. And gives us plenty of reasons why through the book--the wide spaces, the unique natural wonders, the friendly and optimistic people he meets. He doesn't gloss over that Australia has its dark side. The Aborigines are the "oldest continuously maintained culture on Earth," but are also Australia's "great social failing." The Australians don't want to talk about them and Bryson describes people looking right through them and describes a history every bit as heartbreaking as that of Native Americans. But mostly this is a very sunny book--in just about every way you can imagine.
  • (4/5)
    Although I love to travel, I often find travel writing a bit dry. Well, not this one! I found myself laughing and eagerly anticipating my own upcoming trip to Australia. I think Bryson does a great job of capturing the "Australian Spirit" but also includes and honest account of the country's history. This book is very entertaining and an excellent read for anyone about to embark on their own journey Down Under.
  • (5/5)
    Bill Bryson has an excellent way with words, especially with his descriptive writing. For a travel writer, I suppose this is a must. He's also a humorist, and I laughed out loud on at least a half a dozen occasions while enjoying his adventures down under. Particularly amusing were his descriptions of a Cricket match, of a particularly bad hotel in Darwin and and of a drunken night in the Outback. He also gives a fine overall view of Austrailia, of which he covered much, but alas not nearly as much as he wanted. Though some might gripe that he spends too much time ruminating over the poisonous wildlife and looking for a cold beer, overall this is an exceptionally fun book to read. He includes many historical facts about Australia and even devotes some space to the unfortunate condition of the Aborigines. But not too much to spoil the fun. Bryson's travel writings remind me of an apolitical P.J. O'Rourke, and for that he's worth a read.
  • (3/5)
    Interesting memoir of the author's self-tour of Australia. Bryson had visited the country before for business purposes, but those visits had been limited to Sydney and Melbourne. He'd learned enough about the country and its history, culture, and people to want to explore further, so he returned for a visit which took him to numerous points throughout its vast expanse.Had anyone else written this, I'd rate it as extremely good. Unfortunately, Bryson has set a high bar for himself, and he really doesn't come up to the level of other of his books that I've read.Still, well worth reading.
  • (5/5)
    I love Bill Bryson. He manages to effortlessly shift from entertaining and funny to serious and informative all without boring or meandering off into unnecessary tangents. He always makes me want to see what he's describing or research more about the people and events he's recounting. Lovely. He's also a great narrator. I want to get all his audiobooks where he does the narrating. Wonderful.
  • (4/5)
    Did not read the Kindle edition, but this is the pb edition available in Canada, by Anchor Canada, and it does not appear in the list of editions....
  • (5/5)
    Just before the 2000 Sydney Olympics, Bill Bryson travels across the country of Australia, mulling over its history, its various biomes, and the very dangerous toxic animals that you may come across.Bryson's travel books are some of my favorites of his. I enjoy his humor unless he's at his most grumpy, and in this one he isn't much because he really loves Australia. Sometimes he's just sitting back in wonder enjoying something, and it makes for fun reading. He makes me want to travel the continent and see if everything's as wonderful (or as disappointing) as he says, nearly 20 years later. As is typical of his books, it tends to tell you where he went and then digress into the things about the place that he finds interesting, whether it be the treatment of Aborigines or how an Australian Prime Minister went for a swim and was never seen again. Your mileage may vary, but I had a grand time reading.
  • (5/5)
    People had been telling me to read this book for a long time. Perhaps because I don't usually find non-fiction very interesting, I put it off for a long time. Having finally gotten around to it, I wish I had started sooner.

    Bryson is a great writer who injects wit, humor and adventure into this interesting take on the history, geography, people and wildlife of Australia. It's a very accessible read that feels a lot like listening to a good friend over a couple of pints. His humor is self-deprecating and oddly British, reminding me a bit of Douglas Adams' Hitchhiker's Guide to the Galaxy Series. Only, intriguingly enough, Bryson's fascinating guide describes a real place.

    Give it a read if you're curious about Australia or just looking for a good laugh. In a Sunburned Country will not disappoint.
  • (4/5)
    I share Bill Bryson's fascination with Australia's vastness, fauna and flora and I enjoy his dry humour, so this book was a real treat.
  • (5/5)
    I’ve been having a one-sided love affair with Australia for as long as I can remember. After years of planning and saving I still haven’t made it to the great Down Under. But until I can plan a trip there, I can console myself with Bryson’s wonderful book. The hilarious travel writer has been a favorite author of mine for a long time now. Between his stories of growing up in Iowa (The Life and Times of the Thunderbolt Kid), his time living in England (Notes from a Small Island) and even his books on the English language (Mother Tongue), I’ve grown to appreciate his work. A few of his have been misses for me, but I usually love his dry sense of humor and cynical view of travel. This one definitely makes it into the top three favorites list of his books for me. He writes about everything in Australia from the Great Barrier Reef to the tiny towns in the far west. He covers the history of the Aborigines and the exile of convicts to the continent from England. I love the way he weaves all of this together, adds a big dollop of local beer drinking and meandering through small museums to create an entertaining book. He pairs good information with rye comments on the state of local hotels and supposed “attractions.” One of my favorite bits was his description of his narrow escape from wild dogs. He told the whole thing from the point of view of the woman whose back yard he stumbles into. I couldn’t stop laughing for about 10 minutes. Yet despite his teasing, he never looses his ability to gush about the natural beauty of an incredible place. Even when he’s joking about the names of the towns or crazy political systems his love of the place is still obvious. It’s like he’s talking about a relative, he can criticize them a bit, but you know he would defend them to someone else in a heartbeat. BOTTOM LINE: Do you love travel memoirs or Australia? If yes, then this one is a must. I think it’s also a great introduction to Bryson’s work if you’re curious about him and want to try one of his books. A Walk in the Woods is another great one to start with. **The audiobook is read by the author and it’s just fantastic! 
  • (4/5)


    This is my first Bill Bryson book, and I'm sure it won't be my last. For a travel book, this has it all; a quirky sense of humor, deep descriptions, an astonishing sense of place, history, interesting factoids, relevance, perspective -- and Bryson's writing style, which falls somewhere between Charles Kuralt and Monty Python.

    Next up; his walk along the Appalachian Trail.
  • (4/5)
    I didn't get all the way through this - it was another audio book rental to keep me entertained. Just as fun as the rest of Bryson's travel memoirs.
  • (4/5)
    I love Bill Byron's books even more so when he reads to me! Given some of the facts I now know about Australia I am not sure it will remain on my list of places to visit.
  • (5/5)
    I listened to the audio version, which Bryson narrates.
    Although from Iowa, he has an interesting accent, which is
    vaguely English, where he spent many years, and vaguely
    indefinable. This book is Very VERY funny. I thought that
    I should immediately give it to my brother-in-law, who is
    Australian, but then it occurred to me that it may not be
    quite so funny for people from Australia. There is a lot of
    Aussie history included, which I was not aware of. The
    sights, both famous and not so famous, are analyzed quite
    well so that the reader (or listener) gets a good idea of the
    scope of Australian history, geography and landscape as
    well as the wonders, manmade and natural, well worth
    visiting.
  • (5/5)
    Bill Bryson tours around Australia and reports back on its people, places, history, and terrifying beasties what will eat you. Quintessential Bryson at his informative, tangential, morbid, awed, side-splitting best. I've never read a Bryson I didn't like (though At Home kind of hangs out at a sad bottom of the list), but this one and A Short History of Nearly Everything would battle it out for the honor of Best Bryson Ever (of those I've read--which is almost, but not all, of them). Recommended unreservedly.
  • (4/5)
    Absolutely hilarious! Even though the author gets seriously sunburnt and runs into terrifying creatures, he somehow still makes you want to visit Australia. I'd recommend (and have recommended) this book to anyone planning a trip down under. A pure joy to read...I was sorry to reach the last page.
  • (5/5)
    Entertaining and informative, with Bryson's narration putting a humorous slant on many ways of life down under, and his wide-ranging curiosity delving into a host of subjects.
  • (5/5)
    Like most avid readers, I have a large TBR pile. Most of this pile is pertinent to what I do in some way (writing and art), and much of it is training and study material I should complete yesterday. Quite by accident I strayed across Bill Bryson’s In a Sunburned Country (a rather morbid story I’ll not relate here), his book about his travels across Australia. It’s a book that’s had me almost completely sidetracked.

    This is one of those books that’s best read when it falls into your lap as a break from other books. One day you’re slogging your way through a tome of ungodly proportions, wondering how in God’s name this book ever got published, when a book like IASC falls into your lap and you pounce on it with the enthusiasm of a bobcat devouring a goat. Soon you find you must shirk all of your daily duties until the book is finished. This, people, is not only the mark of a good book, it is the mark of a good travel book. Even better is one that makes you want to visit Australia—which is remarkable when you consider Australia has more imaginative and horrible ways to kill you than pretty much any other place on earth. It’s the second most inhospitable climate on earth (the first is Antarctica).

    But all Antartica can do is kill you with its cold. Australia is home to fluffy caterpillars that can kill you, species of spiders that can kill you with just a pinprick of venom, and the world’s deadliest snake: the taipan. (Interesting fact: the taipan is fifty times more venomous than the world’s second deadliest snake, the cobra. You get bit by a taipan and it’s bye bye baby, goodbye.) (Little show tune humor there you’ll (hopefully) appreciate when you read the book.) Not to mention, there are sharks, poisonous jellyfish (“blueys”), and man-eating crocodiles. And desert. Lots and lots of unforgiving desert. While most Australians aren’t bothered by the rest of the lot, the crocodiles even scare them.

    That said, Bryson makes Australia—a country, he notes, to which Americans pay little attention (Russell Crowe notwithstanding)—sound like the world’s friendliest and warmest place on planet Earth. Australians do sound like a very friendly and welcoming folk. That they managed to make a country at all is to their immense credit, though, according to Bryson, they’ll not thank you for mentioning that their country essentially started off as a penal colony. (The “criminals,” by the way, were not at all a bad lot; many were only there because of harsh sentences that were common for the lower classes in England at the time. If you stole five cucumbers, you could choose between your own hanging or … a move to Australia.)

    There were many places in the book where Bryson made me burst out laughing. I tried to read a passage to a friend, but I could barely get it out because I was laughing too hard. And he’s not just good as a humorist, either. He’s great at the factual stuff. What otherwise might be dry and sleep-inducing comes alive in Bryson’s writing, and he kept me as riveted as any high-octane novelist. He truly is a delight to read, and I can’t wait to read more of his books. Highly recommended.
  • (5/5)
    Bryson spends weeks traveling through all parts of Australia by car, plane, ferry and on foot, and sees and comments on Australian subjects. He marvels that anyone could survive in a country with few water sources, a brutal sun and the most poisonous creatures on earth. He sees many animals, reptiles, flowers and trees that only exist in that one spot and writes of the many early explorers who barely lived or died to make new discoveries. He examines the treatment of the Aborigines by White Australians, both in history and in modern times. And he drinks.I put this book in my "New To Me" category because, while I've read an essay by Bryson years ago, I've never read one of his books. Okay, now I get why he's popular; he has the journalism background that gives his stories depth and answers the questions his readers would have about, say, gigantic earthworms, while being snarky enough to include the name of the hotel where the staff were lazy and rude to him. His humor is often self-deprecating and actually funny. And he visits museums. I love museums and most travel writers seem to avoid them.I'm sure that many things, such as environmental laws, have changed since the 2001 publication of this book, but it still seems fresh and modern.
  • (4/5)
    Bryson himself admits that he has no other goal in writing this book than to show everyone that Australia is strangely awesome. And how strangely awesome it is. A short list of wonderful things I learned:

    1.the Aborigine people have the oldest culture on Earth, probably dating to at least 40,000 years. They crossed the sea to Australia using god-knows what maritime technology at a time when Neanderthals still existed. Yet no one remembers this remarkable accomplishment. Indeed, not remembering the Aborigines is an Australian pastime and a dark spot on their otherwise congenial culture.

    2.the flora and fauna found there are abundant and diverse. Stromatolites, platypi, “only” fourteen species of venomous snakes, cute and cuddly wallabies, and tons of species that will likely never be recorded because…

    3.Australia is HUGE. Astoundingly large. And in addition to being a hulking continent/country/island hybrid land mass, it is empty. An immense void in the Pacific.

    4.many explorers have gotten lost in the Outback, and desperately thirsty, have deigned to drink their own urine and the urine of their companions. Important lesson for any potential explorers: the salt in the urine will actually exacerbate your thirst.

    5.Australia is the least wooded continent aside from Antarctica yet it is the world’s largest exporter of woodchips.

    Being a Bryson book, it has hilarious moments. I envy this man’s ability to collect the most ridiculous true stories and encounter the most interesting real people. I have so many highlighted bits, but here’s a funny paragraph where Bryson, obsessed with the plethora of lethal creatures out to kill him in Oz, discusses the Australians’ attitudes toward them: Australians are very unfair in this way. They spend half of any conversation insisting that the country’s dangers are vastly overrated and that there’s nothing to worry about, and the other half telling you how six months ago their Uncle Bob was driving to Mudgee when a tiger snake slid out from under the dashboard and bit him on the groin, but that it’s okay now because he’s off the life support machine and they’ve discovered he can communicate with eye blinks.
    Reading one of Bill Bryson’s travelogues is always a fantastic time. You laugh, you learn, you marvel. He stuffs your head with useless trivia and reminds you how valuable our world and our fellow people are. I need to stop reading his books because I always finish and make haste to airline sites, researching plane prices for impossible journeys, adding another place to my lengthy Must-See-Before-Dead list. But I can’t stop. He’s perfect at what he does.