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Anillo de Mentiras

Anillo de Mentiras

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Anillo de Mentiras

ratings:
3/5 (1 rating)
Length:
340 pages
6 hours
Publisher:
Released:
Jan 11, 2020
ISBN:
9781071510896
Format:
Book

Description

        Daniel Elliott fallece en un accidente automovilístico en una lluviosa noche inglesa. Su esposa, Grace, está afligida por el dolor. A pesar de que su matrimonio fue imperfecto, a la Grace protegida no le entusiasmaba estar sola en el futuro.  

Pronto aprende cuan poco sabía acerca de Daniel. Hay secretos: un alias, una lista extraña de números, una casa en Florida – una amante que es el retrato vivo de Grace.

         Aterrada pero decidida, toma un vuelo a Florida. Figuras del inframundo la persiguen…al igual que la otra mujer. Para su sorpresa, el guapo hombre del FBI, Jack West, toma el caso. Grace tiene un pasado con el agente que está aquejado de problemas. A pesar de sus esfuerzos, ella se encuentra enamorándose de él otra vez.

         Con el peligro alrededor de cada esquina, Grace y Jack navegan el mundo criminal de Florida Sur para encontrar la verdad detrás del Anillo de Mentiras.  

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Released:
Jan 11, 2020
ISBN:
9781071510896
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Anillo de Mentiras - Victoria Howard

Capítulo Uno

Grace Elliott siguió el ataúd de su marido por el camino empedrado desde la iglesia al cementerio y trató de no tropezar con las piedras resbaladizas por la lluvia. Ella se estremeció y agarró el cuello de su chaqueta de traje, sosteniéndolo apretadamente contra su cuello mientras la lluvia de invierno filtraba a través de su ropa y la enfriaba hasta los huesos.

Se sentía vacía por dentro, y culpable.

El accidente de Daniel fue su culpa. Si tan sólo no hubieran discutido antes de que él se fuera a la conferencia, el aún podría estar vivo.

La pequeña iglesia del siglo duodécimo estaba en una colina al final del pueblo, su piedra Cotswold amarilla resistía a la edad. Lápidas cubiertas de musgo salpicaban el cementerio, las inscripciones estaban descoloridas y poco legibles. En lo alto de las ramas de un árbol de tejo nudoso, un grajo graznó. Incluso los ángeles que estaban arriba de los monumentos parecían fruncirle el ceño.

Grace enderezó sus hombros y mantuvo sus ojos fijos firmemente en la única corona de crisantemos amarillos, solidagos, y eucalipto en la parte superior del ataúd.

Aparte de su mejor amiga Olivia, que estaba muy embarazada, se agruparon solo media docena de deudos alrededor de la tumba abierta. Daniel tenía muchos amigos y socios de negocio. ¿En dónde estaban? Ella iba de un lado para el otro entre la angustia y la tristeza. Él había pensado que era tan amado; sin embargo, fue reducido a esto – ser casi olvidado en el día de su descanso eterno. Ella miró al pequeño grupo. El compañero de negocios de Daniel, Shaun, y su esposa - « ¿Cuál era su nombre? » A Grace le costaba recordar: ¿Mary? ¿Margaret? No, Margot, sí eso es. Y también estaba Liz, la secretaria de Daniel, parada tímidamente en un lado, constantemente secándose los ojos con un pañuelo arrugado.

No conocía al hombre bajo vestido formalmente, de mediana edad que tenía una mandíbula pálida y cuadrada. Pero reconoció a dos de los amigos de Daniel del club de golf local, que habían abandonado su ronda diaria para venir.

Pero la persona de quién ella más necesitaba apoyo, estaba ausente.

A pesar de muchas llamadas a su celular y de varios mensajes dejados en el contestador de Catherine, su hermana permanecía en silencio. No era inusual que Catherine anduviera por su cuenta. Ella siempre había tenido una racha egoísta, yendo a su manera, defraudando a la familia, y hoy no era diferente. Sin embargo lo era, ya que Catherine estaba dejando a Grace sola en el momento que ella más necesitaba a su hermana.

Con la cabeza inclinada, Grace tomó su lugar al lado del pastor, cerca de la tumba abierta, con su sensación de pérdida yendo más allá de las lágrimas.

La voz del pastor entonaba sobre las cabezas de los dolientes: Hemos confiado nuestro hermano Daniel a la misericordia de Dios y ahora entregamos su cuerpo al suelo. Tierra a la tierra, cenizas a las cenizas, polvo al polvo.

Le costaba contener las lágrimas y concentrarse en las palabras mientras el dolor y la culpa apretaban su corazón. Quizás debería haber organizado un velatorio para los socios y amigos de Daniel, pero con sus padres fallecidos y su hermana sin poder ser encontrada por ningún lado, ella no podía dar la cara para escuchar sus condolencias y clichés.

Mientras el pastor daba las indicaciones, dio un paso hacia adelante, cogió un puñado de tierra, y dejo que se deslizara por sus dedos, empolvando el ataúd. Cuando el servicio terminó, la multitud de deudos la rodeó. Shaun fue el primero en adelantarse un paso y tomarle la mano.

— Realmente aprecio tu amabilidad en limpiar su escritorio y de devolverme sus artículos personales ya que sé que estás muy ocupado.

— No fue nada, Grace. No fue un problema para nada. —Shaun se inclinó y besó su mejilla. — Mantente en contacto.

Uno por uno, los demás de los deudos mostraron su respeto y luego se alejaron silenciosamente. Sólo Olivia permaneció a su lado.

— Pobre, pobre querida, —dijo ella, colocando un brazo alrededor de los hombros de Grace. — Tú estás aquí, y ¿dónde está tu hermana? ¿A ella no le importa?

— Tú sabes que sí, Olivia. Estoy segura de que estaría aquí si lo supiera, pero no me he podido comunicar con ella. Tiene una carrera que estudiar y…

Grace se estremeció — No soy. —Se derrumbó sobre el hombro de Olivia y tembló con sollozos. Olivia la acunó como si fuera una niña – una niña que pronto tendría, pensó Grace. Se dio cuenta de que esa sería otra pérdida.

Ahora que Daniel se había ido, ella nunca tendría un hijo.

— Oh, Grace. Sé que lo amabas-

— Lo amé. Lo amo. ¿Qué hago ahora, Olivia? ¿Cómo continúo sin él?

— Estoy aquí para ti, querida, tanto como Tom. Algún día lo superaremos juntos.

Grace aspiró y se sonó la nariz. — Me… Me gustaría unos momentos a solas. ¿Te importa?

Olivia entrecerró sus ojos. — ¿Estás segura?

— Sí. Necesito despedirme. Lo tengo que hacer. No tardaré.

— Tómate todo el tiempo que necesites. Esperaré en el auto.

Sin confianza en sí misma para hablar, Grace simplemente asintió. Juntó sus manos delgadas e inclinó su cabeza para esconder el dolor en sus ojos. Se sentía vacía. Un haz de pena salvaje la atravesó, amenazándola con romper su determinación de no llorar más.

Se quedó al lado de la tumba, ignorando la lluvia que goteaba desde el borde de su sombrero prestado, sobre la parte de atrás de su cuello, sus ojos fijos en la placa del ataúd salpicada por la lluvia.

Daniel Elliott. 1971-2009

Lágrimas enceguecieron sus ojos. Daniel era demasiado joven para morir. A los treinta y ocho, él había sido el socio más joven de una firma de contadores internacionales. Y había sido su roca – su pilar en unos diez años breves. ¿Cómo se las arreglaría sin él?

Con sus emociones casi sin control, caminó sobre los adoquines resbaladizos hasta el estacionamiento. Un hombre salió desde detrás de la puerta del cementerio cubierta de musgo, y la sobresaltó. Lo reconoció como el extraño que estaba vestido, formal, al pie de la sepultura.

Se quitó su sombrero. — ¿Señora Elliott?

— ¿Sí?

— Mis condolencias por la pérdida de su marido.

— Gracias. Aprecio que usted haya venido hoy. Si no le importa, me gustaría estar sola. —Grace se volteó, pero él agarró su brazo con la fuerza de un boxeador. Ella hizo una mueca. Él relajó su agarre ligeramente, pero la sujetaba.

— Lo que tengo que decir no tomará ni un momento.

Grace sintió crecer su enojo. — Ni siquiera lo conozco. He enterrado a mi esposo. ¡Tenga corazón!

Él sonrió. — ¿Corazón? Una elección de palabras interesante. Los corazones no son un problema estándar en mi negocio, señora Elliott. Pero si lo es la información.

Su cabeza se levantó. — ¿Información? ¿Qué clase de información?

— El tipo de información que usted está a punto de otorgarme.

Grace se estremeció involuntariamente. La negrura impenetrable de sus ojos y la manera en que su lengua se lanzaba al final de sus oraciones, le hacía pensar en serpientes. Miró por sobre su hombro. Olivia la llamaba desde el coche, sin duda ansiosa de regresar para ayudar a su esposo Tom, el veterinario local, con la cirugía de la tarde.

— Me tengo que ir ahora. Mi amiga me está esperando.

— Entiendo que este no sea el momento más ideal para discutir asuntos, pero le aseguro que sólo tomará algunos minutos. Su difunto esposo cuidaba de mis intereses de negocio.

— En ese caso, le sugiero que hable con Shaun, el compañero de Daniel. Él está tratando sus clientes.

— Quizás no estoy siendo claro, señora Elliott. Esto no tiene nada que ver con el negocio de su marido. —Su lengua se lanzó una vez más. —Daniel y yo tuvimos un arreglo privado. Él tenía acceso a, digamos, cierta información sensible. Sólo quiero asegurarme de que no caiga en manos equivocadas.

Asustada, Grace trató de alejarse, pero sus dedos la apretaron. — Quienquiera que sea, déjeme ir.

— En un momento, señora Elliott.

— ¡Me está lastimando!

Los labios del extraño se retorcieron en una sonrisa cínica. — Eso es bueno, ya que esa es mi intención.

— Gritaré. Alguien vendrá.

— Estamos bastante solos aquí. Si quisiera, le aseguro que podría golpearla en donde está parada.

Grace dejó de respirar. Sabía que tenía razón. — ¿Qué quiere de mí? ¿Quién es usted?

— Su marido guardaba archivos que eran de gran importancia para mí.

— Todos los archivos de los clientes están en la oficina.

El extraño agitó su cabeza. — No son archivos de papel. Sino archivos electrónicos – discos de computadora.

— Ya sea que su información esté en papel o en una computadora, le puedo asegurar que no tengo nada que le pertenezca.

Él sonrió, sin parpadear, y soltó su brazo. — Está diciendo la verdad.

— Por supuesto

— Es bueno que así lo haga. Sé cuándo las mujeres mienten. No le gustaría mentirme, señora Elliott. Nunca. No sería bueno para usted. Ahora la dejaré ir. Llegará tarde a su turno con el abogado de su esposo.

— ¿Cómo sabe eso? —Sus dedos se apretaron alrededor de la correa de su bolso, hasta que sus uñas se clavaron en la palma de su mano.

— Es mi obligación saber cosas. Por cierto, ¿ha estado hablando con su hermana últimamente?

La cabeza de Grace se sacudió. — Eso no es de su incumbencia.

El hombre simplemente sonrió. — No. Por supuesto que no lo es. No la retendré más tiempo, señora Elliott. Me contactaré nuevamente con usted pronto. —Se volteó y se alejó en la niebla.

Sudor se acumuló a lo largo de su columna vertebral, mientras el miedo reemplazaba a la pena. Su corazón martillaba por debajo de sus costillas.

— ¡Espere! ¡Por favor! ¿Catherine está en problemas? Si sabe algo sobre ella, por favor dígamelo.

Él no se volteó. — Adiós, señora Elliott.

Miró fijamente mientras se retiraba. « ¿Quién era él? Alguien lo suficientemente violento como para inculcar miedo, eso era cierto. ¿Qué tenía que ver el paradero de Catherine con los discos de computadora del extraño? » Se preguntaba. ¿Y cómo es que éste hombre sabe sobre su turno con el abogado? ¿Sería una conjetura afortunada?

Tomó un respiro profundo e inestable, y se apresuró a salir del cementerio para ir al auto que la esperaba.

— ¿Quién era ese? —Preguntó Olivia, mientras Grace se deslizaba al asiento de pasajero.

— Uno de los clientes de Daniel. —Grace se frotó el brazo distraídamente. —Le dije que hablara con Shaun. —Giró en su asiento para mirar hacia atrás, a la puerta del cementerio de madera, pero el extraño había desaparecido.

— Bueno, no te preocupes, mi querida, —le replicó Olivia. Seleccionó primera marcha y soltó el freno de mano. — ¿Estás segura de que no quieres que vaya contigo a la oficina del abogado?

— Gracias por la oferta, pero no. Creo que esto es algo que debo hacer por mi cuenta.

Olivia suspiró. — Entonces te dejaré en el pueblo. Pero quiero que sepas que no lo apruebo.

— Estaré bien. Además, ¿no dijiste que una de las enfermeras de la veterinaria no vino porque tenía gripe?

— El asistente de Tom, Rufus, también la tiene. Si no fuera por eso, Tom hubiera venido al funeral. Es muy difícil encontrar a un veterinario suplente con poca anticipación. Y tú sabes lo agitado que se pone Tom, si tiene que lidiar tanto con los deberes de recepción, como sus pacientes. Pero si quisieras que me quedara, me atrevo a decir que se las puede arreglar solo, por otra o dos horas más. ¿Te puedo hacer cambiar de opinión?

— Tú y Tom han sido maravillosos. No sé qué hubiera hecho sin el apoyo de ustedes. Y gracias por el sombrero.

— Espero que la lluvia no lo haya arruinado. —Se lo sacó y lo dejó en el asiento de atrás.

— Querida, no pienses en nada de eso. Para eso están los amigos.

Grace se volteó y le sonrió a la mujer de al lado. El pelo oscuro de Olivia tenía corte bob oscuro elegante, a la longitud de la barbilla, y a pesar de la tristeza de la ocasión, sus ojos rebosaban de felicidad. El embarazo le sentaba bien.

— Tengo que acostumbrarme a hacer las cosas por mi cuenta. Además, tienes un bebé en quién pensar. Deberías estar en tu casa con los pies levantados, no corriendo detrás de mí.

— Bueno, tengo que admitir que me estoy empezando a sentir cansada, y mis talones se hinchan si estoy parada por mucho tiempo. Pero si quieres que me quede, hasta que esa hermana caprichosa tuya te contacte, lo puedo hacer.

Grace agitó su cabeza- — No, de verdad, estaré bien.

— Ah, aquí estamos. —Olivia aparcó el auto en un espacio vacío del estacionamiento afuera de la veterinaria. — Te llamaré esta tarde para asegurarme de que estés bien.

Grace salió del asiento de pasajero. Era un día de mercado, y el pueblo pequeño de Cotswold estaba lleno de compradores de artículos de Navidad. Grace se sentía ansiosa mientras caminaba por la calle bulliciosa hacia la oficina del abogado. Odiaba lidiar con gente de autoridad: Daniel había insistido en manejar todo, él mismo.

Al pasar por una tienda de calzados, Grace observó su reflejo en la ventana. Se veía demacrada, mucho más vieja que de treinta y dos. La chaqueta de traje, de lana negra, que compró apuradamente, colgaba de sus hombros, haciéndola parecer anoréxica. Sus mejillas, que eran normalmente rosadas, estaban pálidas, y había círculos oscuros debajo de sus profundos ojos azules. Incluso, le faltaba brillo a su pelo de color castaño. Tal vez, tendría que haberlo dejado suelto, en vez de haberlo tirado hacia atrás en un rodete, lo que resaltaba las hendiduras en sus mejillas. Se encogió de hombros. Ahora era demasiado tarde para preocuparse por su apariencia.

Tomó un respiro profundo, y empujó la puerta de la oficina del abogado. El sonido de sus tacos, hacía eco en el suelo de mármol pulido. Apenas pudo darse cuenta de la decoración, mientras, la recepcionista arreglada exquisitamente, le mostraba la sala de conferencias, donde había un hombre anciano, con gafas, sentado detrás de un escritorio enorme. Se puso de pie cuando ella entró al cuarto.

— Señora Elliott, por favor, tome asiento. Siento haberla hecho venir hasta aquí, especialmente hoy, de todos los días, pero es mejor para todos los interesados que estos asuntos sean resueltos rápidamente. Espero que acepte mis condolencias en el fallecimiento prematuro de su esposo. Debe haber sido un impacto terrible para usted.

— Sí, lo fue. Su carta también fue una sorpresa. No estaba al tanto de que Daniel había hecho un testamento. —Las manos de Grace se entrelazaron en su regazo. —No creí que fuera necesario, como compramos la casa en conjunto, y teníamos una cuenta bancaria unida. —Para su consternación, su voz se quebró.

— El señor Elliott lo hizo recientemente. Por supuesto que simplifica asuntos desde el punto de vista legal, pero estoy sorprendido de que no lo haya discutido con usted primero. Dejó la mayoría de la herencia para usted, como lo esperaría. La cabaña Applegate, como usted indicó, permanecía en conjunto a usted y a su marido, así que su parte pasa automáticamente a usted. Estoy seguro de que será un alivio, saber que hay muchos fondos de su seguro de vida, para pagar la suma pendiente de la hipoteca, por lo que no debe preocuparse por eso. Solo hay otro patrimonio más, para la señorita Catherine Peterson.

— ¿Catherine? ¿Daniel incluyó a mi hermana en su testamento? ¿Sabe por qué?

— Un testamento es algo muy personal, señora Elliott, como de seguro usted sabe. No me incumbe preguntar la razón detrás de las decisiones de mis clientes.

— No, no, por supuesto que no. —Grace inclinó su cabeza y estudió sus manos mientras escuchaba distraídamente al abogado. Su enojo y confusión aumentaron. ¿Por qué Daniel sintió que era necesario hacer un testamento? ¿Y por qué hizo beneficiaria a Catherine?

— La obtención de la legalización del documento llevará de cuatro a seis semanas, y todo estará listo dentro de seis meses. Ya he hablado con su banco y he arreglado para transferir los ahorros de la cuenta de su esposo a su nombre. Necesitará solicitar un turno para ver al gerente y firmar algunos papeles, pero eso es muy sencillo. Con respecto a la casa de playa en Florida, me temo que su abogado en América se hará cargo de transferirla a su nombre.

La cabeza de Grace se levantó. — ¿Disculpe? ¿Una casa en Florida? ¿Un abogado en América? No entiendo. No somos dueños de ninguna propiedad en el extranjero.

El abogado examinó los papeles frente a él. — En realidad, sí, señora Elliott. —Se sacó sus gafas de lectura y le sonrió benevolentemente. — Puedo asegurarle que no hay ningún error. Su esposo compró la casa de playa en la isla Gasparilla algunos meses atrás. Tengo una copia del contrato de compraventa, aquí en un archivo. Como mencioné, el señor Parous, su abogado norteamericano, será el que se ocupe de la transferencia a su nombre. Ahora, ¿hay algo más que le gustaría preguntarme?

— ¿El señor Parous?

— Sí, así es. —Le dio a Grace una tarjeta de presentación. — Ya he hablado con él y le he enviado una copia del testamento por fax. Parece ser un tipo muy competente. Estoy seguro de que lidiará con las legalidades de manera puntual y profesional.

Grace la observó. Zachary Parous, señor, abogado. Debajo del nombre ordenadamente escrito, había un número de teléfono y una dirección en Miami. Se quedó estupefacta. ¿Por qué Daniel no le dijo que había comprado una casa en Florida?

Su mente se negaba a aceptar lo que le habían dicho. Estaba a punto de preguntar cómo era que Daniel pudo permitirse comprar una segunda casa, cuando el abogado empujó un montón de papeles a través del escritorio.

— Si puede firmar éstos, señora Elliott, podré comenzar. ¿Señora Elliott?

— ¿Perdón? ¿Mi firma? Sí, por supuesto —Firmó cada hoja sin leerla. Daniel siempre le contaba sobre lo que él firmaba. Daniel-

Estaba oscuro cuando Grace salió de la oficina del abogado. El entumecimiento finalmente se había establecido. Se movió sin pensar, sin emoción, como si fuera una de esas figuras de palitos de los parques de diversiones – parando a un taxi y dándole su dirección al conductor.

Encendiendo la luz del pasillo de su casa, la casa que ella y Daniel habían compartido y amado, el dolor regresó en un torrente. Dejó caer su bolso en la mesa, y se fue directamente al estudio. El estudio de Daniel, el único cuarto de la casa al que ella nunca entraba, ni siquiera para quitar el polvo.

Grace descansó su mano en la perilla de la puerta, y casi esperaba escuchar su voz profunda regañándola por perturbarlo. Solo una vez había ignorado su advertencia, y la discusión consiguiente la había dejado tambaleando. Desde esa vez, ella había respetado sus deseos. Cada uno de ellos.

Pero Daniel no estaba más aquí para desear nada.

Empujó la puerta y entró. El aire estaba viciado. Se había dicho a si misma que el aroma persistente a tabaco de pipa estaba incrustado permanentemente en los muebles, pero sus sentimientos le decían otra cosa- que él estaba allí, vivo de alguna forma, pero invisible a ella. Buscó a tientas el pestillo en la ventana y la abrió, impenetrable al aire helado que inundaba la habitación.

Una silla de cuero vieja, que una vez había pertenecido al padre de Daniel, estaba al lado de la chimenea de piedra caliza manchada de hollín, donde yacían, en la rejilla, las cenizas de un tronco a medio quemar. Un gran escritorio de roble, con su superficie cubierta por una película de polvo tenue, llenaba la vista de la ventana. La fecha en el calendario del escritorio marcaba el diecisiete de noviembre, el día en que Daniel se había ido para la conferencia. Arrancó las páginas sin molestarse en leer el proverbio impreso debajo de cada una, y las tiró a la papelera.

La cara de Daniel, y la suya, le regresaban una sonrisa desde una fotografía enmarcada en plata, que estaba en la esquina del escritorio. La cogió, y le limpió el polvo de la superficie con la punta de sus dedos.

¿Qué otros secretos me has ocultado?

Los ojos marrones e insondables de Daniel parecían mirar fijamente a todos lados, excepto a ella. Con un corazón apenado, ella reemplazó la fotografía del escritorio. Se derrumbó en la silla descansando su cabeza dolorida en sus manos. Su matrimonio no había sido perfecto, habían tenido su porción justa de altibajos como cualquier otra pareja, pero nunca pensó que Daniel sería reservado. Sin embargo, las últimas horas lo habían probado.

Se recostó y se frotó las sienes. Nada de lo que el abogado le había dicho tenía sentido. No eran ricos. La última vez que había mirado su cuenta bancaria en conjunto, tenía menos de dos mil libras. Cuando compraron la cabaña de Applegate, cuatro años atrás, habían depositado el mínimo del diez por ciento y habían pedido prestado el resto al banco. Entonces se preguntaba de dónde había salido el dinero para comprar la casa norteamericana. Y aún más importante, ¿por qué Daniel nunca le contó?

El escritorio tenía siete cajones – tres en cada pedestal, y uno en el centro. Sus dedos pasaron sobre el mango pequeño de latón del cajón del centro. Sintiéndose como una intrusa, lo abrió. Estaba vacío. Uno por uno, abrió el resto de los cajones. Aparte de un surtido de sobres, y algunos recibos de tarjetas de crédito, había un abridor de cartas con forma de daga, y algunas baterías de repuesto para la máquina de dictado manual que Daniel usaba ocasionalmente, no encontró nada relacionado con la casa en la playa.

El maletín de Daniel, que la policía había encontrado en su auto, y los artículos personales de su oficina, estaban en una caja al lado de la puerta. Se deslizó de la silla, la cogió, y la colocó sobre el escritorio. Sacó artículo por artículo, el contenido: Una agenda de escritorio, una caja de notas adhesivas, una calculadora, una fotografía enmarcada de ella y Catherine. Dejó la agenda a un lado, recolocó todo lo demás, y luego puso la caja en el piso.

Ella le había dado el maletín Raffaello para su cumpleaños número treinta. Costó dos semanas de dinero de realizar trabajos domésticos, pero había valido la pena ver la sonrisa en su rostro cuando abrió la caja. Ella pasó sus dedos sobre la piel de becerro ahora desgastada y desgarrada.

Grace le dio vuelta a la cerradura para abrir la maleta, pero no pasó nada. Clavó las puntas de los dedos de su mano derecha en el marco y tiró de la manija. Uno de los lados se aflojó, y se dio cuenta de que la fuerza del impacto había deformado el marco. Con mucho cuidado, pasó la hoja de la cuchilla para abrir cartas en la cerradura por el lado opuesto y la retorció bruscamente. Hubo un clic fuerte y la cerradura se abrió de golpe. Adentro, estaba la MacBook de Daniel y una serie de carpetas manila. Una por una, fue por cada uno de sus compartimentos internos, pero no encontró nada de interés.

Parte del forro de seda se había salido del marco. Cuando Grace pasó sus dedos por el borde, sintió algo debajo. Retiró la tela y encontró un sobre pegado al fondo de la maleta. Lo sacó y lo dio vuelta.

¿Para qué tomarse tanto trabajo en esconder algo tan inocuo como un sobre? Deslizó su uña por debajo de la solapa y lo abrió. Un pasaporte y un pedazo de papel pequeño se agitaron en el papel secante. Una serie de números, escritos por los garabatos inconfundibles de Daniel, cubrían la superficie. Perpleja, contó los dígitos. Veinticuatro.

Daniel estaba fascinado por los números, y diseñaba acertijos con frecuencia como una manera para relajarse. ¿Estos números serían algo en lo que él estaba trabajando, o era la combinación para la caja fuerte que estaba en la oficina?

Esto último parecía ser la explicación más probable, sin embargo, Daniel tenía una memoria eidética. Nunca tuvo la necesidad de escribir algo para recordarlo.

Grace abrió el pasaporte en la fotografía de la última página. La cara de Daniel la miraba fijamente. Solo que el nombre en el pasaporte no era el de él, sino que era el de Lionel Lattide.

La recorrió un haz de aprensión. Trató de recuperar el aliento, pero no podía conseguir tomar nada de aire. Cuanto más le costaba controlar su respiración, más aterrorizada se volvía.

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