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La escritora muerta (Narrativa)
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La escritora muerta (Narrativa)

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About this ebook

Anna es una escritora de mediana edad que crió a su hija sola. En la actualidad Berta ha crecido, y las dudas que le supondría conocer a su padre, a quien solo ha visto en una fotografía, se incrementan cuando la relación que mantiene con su novio entra en crisis. Hans trabaja en una fábrica y tiene una hermana, Clara, una joven incomprendida que vive obsesionada por un tipo que conduce una moto amarilla.
Pero es, ante todo, la historia de Anna Flieder, que cuando opta por escribir un libro de estilo más biográfico, la inspiración la visita y toma la forma de aquel hombre a quien hace años abandonó.

"Una obra dirigida a quienes les gusta leer y se dejan absorber por la lectura, porque deja mucha imaginación, y hay muchas cosas que se intuyen."—La Mañana

"Una invitación a aquellos que aprecian la literatura reflejándose sobre sí misma en una obra literaria. El deleite de un texto literario que sobresale por un lenguaje metafórico y que sugiere imágenes capaces de revelar escenas cotidianas, pero que la vida, llena de múltiples posibilidades, no nos permite ver."—Resonancias literarias

"Este libro cuenta la historia de Anna, una escritora, y el mundo y la vida de las personas que la rodean. Anna vive su vida literaria como la real, sufre un tipo de esquizofrenia cuando los personajes de sus libros chocan con su vida en su deseo de ver la luz."—Debbie Garrick, Traductora

"Una obra que demuestra el buen hacer de su autora y, además, el manejo de la herramienta esencial de todo novelista: el lenguaje. Un lúcido artefacto literario que satisfará el variopinto gusto del lector contemporáneo."—Letralia

"La escritora Núria Añó teje con una maestría que va muy lejos y ahonda en la exploración del individuo contemporáneo."—Noury Bakrim, Traductor

"La novela trata sobre el proceso de creación literario y describe de un modo sombrío y poético el desgarro interior de su protagonista Anna, una escritora que se atreve a escribir su primera novela autobiográfica—pese a que se enreda cada vez más en recuerdos y nostalgias reprimidas hasta la fecha. Un libro inteligentemente vital que evidencia el excepcional talento de observación de Núria Añó y anima al lector a encontrar respuestas propias."—Sarah Raabe, Traductora

LanguageEspañol
PublisherNúria Añó
Release dateJan 9, 2020
ISBN9780463101407
La escritora muerta (Narrativa)
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Author

Núria Añó

NÚRIA AÑÓ is a Catalan/Spanish writer, translator and at international conferences she usually talks about literary creation, cinema, cities or authors. She has shown her work at the University of Lleida, Tunis University, University of Jaén, International University of Andalucia, Spanish National Research Council, The Sysmän Kirjasto Library in Finland, The Shanghai Writers’ Association, Fudan University, The East China Normal University, Sinan Mansion, The Instituto Cervantes in Shanghai, the Conrad Festival, Massolit Books, Bar Baza and the Instituto Cervantes in Krakow. Her works have been translated into Spanish, French, English, Italian, German, Polish, Chinese, Latvian, Portuguese, Dutch and Greek. Her first novel Els nens de l’Elisa (2006) was awarded third prize in the 24th Ramon Llull Novel Award. L’escriptora morta [The Dead Writer] (2008); Núvols baixos [Lowering Clouds] (2009); La mirada del fill (2012) and the biography on Salka Viertel, El salón de los artistas exiliados en California [The Salon of Exiled Artists in California] (2020). Her writing centres around the characters’ psychology, often through the use of anti-heroes. The characters are what stands out most about her work; they are more relevant than the topic itself. With an introspection, a reflection, not sentimental, but feminine, she finds a unique balance between the marginal worlds of parallels. Her novels are open to a wide variety of topics, they deal with important social and current themes like injustice or lack of communication between individuals. The basic plot of her novels does not tell you everything there is to know. By using this method, Añó attempts to involve the reader so that they ask their own questions to discover the deeper meaning of the content. Núria won the 18th Joan Fuster Prize for Fiction, fourth place for international writing at the 2018 Shanghai get-Together and has been awarded with prestigious grants: NVL (Finland, 2016), SWP (China, 2016), BCWT (Sweden, 2017), IWTCR (Greece, 2017), UNESCO City of Literature (Poland, 2018), IWTH (Latvia, 2019) and IWP (China, 2020). For a more detailed background of the author, visit her webpage www.nuriaanyo.com.

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    Formidable novela sobre las familias disfuncionales, el proceso de creación de la protagonista que le ayuda a recomponer el pasado y a afrontar el presente, relaciones amorosas y amistosas complicadas... ¡Una gran obra y muy recomendable!

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La escritora muerta (Narrativa) - Núria Añó

La escritora muerta

de Núria Añó

Copyright © 2008 Núria Añó

De la traducción © 2018 Núria Añó

De esta edición © 2018 Núria Añó

www.nuriaanyo.com

Diseño de portada © Núria Añó. Fotografía en la portada de Yerson Retamal. Dibujos en el interior de Gordon Johnson

Novela publicada originalmente en catalán como L'escriptora morta en 2008. La presente edición fue traducida al español por Núria Añó. Dicho proyecto fue distinguido con una beca de residencia internacional IWTCR en Grecia en noviembre de 2017.

Los Gatos: Smashwords Edition, 2020.

ISBN: 9780463101407

Todos los derechos reservados. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita del titular del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático. Si desea compartir este libro con otras personas, por favor, compre copias adicionales. Gracias por respetar el arduo trabajo de esta autora.

Tabla de contenido

Title page

Copyright

La escritora muerta

Sobre la autora

Otros libros en español

La mirada del hijo

Nubes bajas

El salón de los artistas exiliados en California

La escritora muerta

de Núria Añó

Hans sale de casa a las cuatro y media. Lleva uno de los tejanos más nuevos que encontró en el armario y una chaqueta de ante que todavía le abrocha. Con la cabeza más gacha de lo que debería y las manos en los bolsillos este joven se aproxima a la urbanización. Su silueta se entrevé desde una de las ventanas. En el acto, Anna se pone en pie y se dirige hacia la puerta de entrada. A Hans ni le da tiempo de pulsar el timbre; la mujer ha sido más rápida. Ahora lo invita a sentarse en el sillón más cómodo y se asegura que pase un rato agradable. Ella comenta que Berta está secándose el pelo. Dice esto mientras le sirve una copa de ese licor que, bien mirado, compra para este joven. Al fin y al cabo pronto serán suegra y yerno, aunque Hans no acabe de decidirse. Él quisiera dar el paso disponiendo al menos de vehículo propio, pero todo es más costoso de lo que creía. Tampoco Berta termina de decidirse. Falda larga o corta. Con jersey de lana o blusa. La suegra, esta mujer que se parece a Berta, solo que con veintiséis años más, y que es atenta con Hans. Gracias, Anna, dice él. Una de esas frases que lo hacen educado y particular. Por más que no imprescindible. Berta podría salir con otro. Entonces se acabarían las atenciones, el licor, la buena educación y esta escena en la que él se espera. Una espera interminable que acepta como una parte más de eso que llaman amor. Aunque si alguien llegase a captar qué tiene esa Berta, entonces se entendería porqué Hans traza este recorrido una y otra vez. Tal vez no conoce otro trayecto mejor, y por ello regresa aquí en vez de ir a otra parte. Aquí lo tratan bien. Lo tratan como en casa. Que no significa que en casa lo traten tan bien. Anna acerca una bandeja y le ofrece galletas. También por la cantidad de detalles que compra para este joven podría dar la impresión que lo mismo esta mujer podría acabar con Hans. Sobre todo por instantes como el que sigue, cuando ella lo observa fijamente con una capa de delineador líquido. Una circunstancia que bien podría darse si, en lugar de vivir en un pueblo como este, viviesen anónimamente en la ciudad.

Al parecer aquí todo está delimitado por montañas, granjas y un cotilleo que corre de calle en calle. Fiesta mayor en mayo. Día de mercado, el lunes. Aunque pasear con alpargatas y la cesta bajo el brazo lo llevan a cabo todas las mañanas. Algunas veces no compran nada. Remueven la ropa de alguna parada como si buscasen algo que no llegan a encontrar. Y todo parece más caro de lo que ellas pagarían por un trozo de ropa como esta. Porque luego ya aparece alguna tara, cualquier imperfección de fábrica que muestran al vendedor con una exclamación, la cual disminuye el valor de la pieza. Aun así, siempre queda alguien que compra sin refunfuñar. Cabellos ondulados de color castaño, manos de escritora o de alguna profesión que poco tiene que ver con el campo. Y que paga con un billete de los grandes. Gente que llega de cualquier lugar y se camufla en alguna de esas casas vacías que hay para elegir. Una está por reformar. Otra habría que reconstruirla. Quizá la señora como se llame preferiría visitar la casa piloto de las adosadas. El entorno es inmejorable. Sra. Anna Flieder, aquí ya tuvimos el honor de alojar a un poeta que hablaba de nuestro paisaje y de estas montañas como una extensión de tierra que acerca nuestra gente a Dios. Decía que nuestra gente cuando muere hace el camino más corto y, a la vez, el más apasionado de toda su vida. Por desgracia su obra no fue muy extensa. Se escucha el crujido de las hojas secas, una gran cantidad de hojas que el vendedor y Anna pisaban hace mucho tiempo a lo largo de ese camino. Y aquí, como puede observar, se encuentra una de las urbanizaciones más novedosas de que dispone nuestra agencia. Acabados de primera calidad. Cuidado con el peldaño. Aquí se ubica el comedor con dos ambientes. Dos habitaciones medianas. Un lavabo con ducha y puertas de roble. ¿Qué le parece? Las ventanas son de acero inoxidable con doble capa de vidrio. Paredes insonorizadas. Actualmente se trabaja con unos materiales de excelente calidad. Personalmente, la veo escribiendo en ese lado de ventana desde donde se ve la puesta de sol tras la montaña. O aquí, en esta alcoba más recogida donde podrá observar la calle y a sus vecinos. ¿Qué me dice? Y todavía queda lo mejor de todo, una habitación espaciosa donde usted y su marido, eh, usted ya me entiende.

Anna tenía prisa, mucha prisa. Algo que no ha heredado Berta. Tal vez la hija sea más indecisa por lo que concierne a la línea del padre. Qué sabrá Anna. Si apenas lo conoció. Y a Hans tampoco termina de conocerlo. Sabe que le gusta la caza, que le gusta Berta, el licor de avellana y las galletas que compra Anna. No obstante, cuando este joven se encuentra en la casa, suele hablar poco. Anna enciende la televisión y al poco exclama: ¡hay que ver como corre este leopardo! Hans replica: los leopardos son los más veloces.

Ya se aproxima Berta, recorre la sala e igual que el imán atrae al hierro, se sienta en el regazo de Hans. Beso de recibimiento y ya inspecciona esa camisa de él, que es la misma de la semana anterior. En fin, no importa. Porque ahora lo abraza y no piensa en ello, sino en partir de aquí. De pronto, Hans extiende una mano hacia la mesa y enseguida Anna le pasa el mando a distancia. No, no era esto. Entonces Anna le acerca la copa. No, tampoco esto otro. Porque lo único que desea Hans es coger su cartera y mostrar estas dos entradas para el cine. A su vez, Berta se pone erguida y se acerca el abrigo. Hans da el último trago de licor y se abrocha la chaqueta.

El acomodador abre la cortina y guía a ambos con una linterna. Luego se hallan ante una de esas películas que siempre llegan con algo de retraso, es lo que tiene vivir aquí y no disponer de coche. Además, esta película no es la típica que suele gustar a Berta, pues ya empieza a taparse un ojo y mira hacia su izquierda. Ella pregunta muy bajo a Hans, pero en el acto él da un salto en el asiento. En efecto, Berta ya puede volver a mirar la pantalla.

Una película de terror. Nada que ver con Clara, que sufre un castigo que ella misma se impone. Venas, qué escalofriantes observadas a través de la luz de un flexo. Vasos sanguíneos azules y verdes cubiertos por una piel fina. Tan fina que resultaría fácil abrirla con una pequeña incisión enérgica. Sin embargo, Clara no tiene la misma prisa de hace unos segundos, cuando cogía las tijeras por el lado cortante y se disponía a hacerlo. Mas tal vez habría que recuperar el instante en que telefoneaba a su querido Paul, ese nombre por el cual vive día y noche, y al parecer él solo formulaba dos preguntas: ¿Clara? ¿Qué Clara?

Cosas como esta enojan a esa joven de quince años, aunque la mano con que coge las tijeras no es muy enérgica. Todavía le falta práctica y tenacidad. Además, podría hacerlo demasiado bien y morir en el intento. Paul, Paul, Paul, Paul, Paul. Solo que si él no la recuerda, ¿de qué serviría? Visto así. Porque se mire por donde se mire, ella sigue perfilándose los ojos, lavándose los dientes, poniéndose desodorante, cambiándose la camiseta y volviendo a pasar por el único lugar de la casa que alberga cierto ambiente familiar, y en donde la luz natural se cuela e ilumina los rincones próximos al ventanal. Dicha claridad se va marchitando con el crepúsculo, mientras Anna, que observa algo alejada del centro, llena un jarrón y riega las plantas.

Berta y Hans acaban de entrar en la única discoteca de la región. Si en el cine apenas podían hablar, ahora aunque quisieran tampoco se van a entender. Ella dice: no sé qué con cola. Y Hans dice al camarero: ¡no, no, te he dicho con cola! Poco después él le acerca la bebida y pregunta: ¿qué hacemos, Berta? Y ella, iluminada por un foco rojo, responde: ¡si tú lo dices! Se acercan unos amigos. Sigue una tanda de salutaciones, besos, abrazos, luego los chicos se estrechan las manos y permanecen junto a la barra. Allí hablan de todo un poco, aunque el tema de la caza acapara mayor interés. Por cierto, del 1 de octubre al 15 de diciembre. A las chicas les entra muchas ganas de bailar. Berta las sigue. Por el modo en que bailan cualquiera diría que buscan rollo. Luego van en fila hacia el servicio. Una se saca el pintalabios, empieza a retocarse y entonces, mirándose de perfil, pregunta a las otras dos si se le transparenta el sujetador. Otra se mira de un lado, luego del otro y pronto descubre que tiene una carrera en la media. Tarde o temprano Berta se observa al espejo, al principio sin tener la impresión de que aquella imagen y ella sean la misma persona. Berta hace un gesto de resignación frente al espejo y éste muestra la misma mueca. Ella pide un pintalabios gesticulando con la mano. Si bien alguien podría explicar a Hans, que lleva de nuevo un codo sobre la barra mientras levanta un dedo al camarero, ¿por qué tiene la sensación de que su chica pasa más tiempo con sus amigas que con él? ¿Se lo provoca el alcohol? ¿La música? Por cierto, ¿dónde está Berta? ¿Alguien ha visto a Berta?

Clara, bajo la luz de una farola que ilumina tétricamente la calle, no ve ninguna Berta. Apenas distingue su propia sombra. Una sombra que primero lleva detrás y a medida que avanza ésta aparece por delante. Ah, ya vuelve a cambiar. Ella paga su entrada y va directa donde hay que ir. Se pone frente a Hans y le pide un vodka con limonada, pues cree que a su hermano lo atenderán más rápido. Mientras, echa una ojeada a la pista y a los reservados. Paul no ha venido. Lástima del dinero que acaba de gastarse para saberlo. Clara mira a su hermano y aun cuando parece tener luz propia cuando éste le acerca la bebida, ahora es un eclipse. Hans depende de este gran sol que es Berta. Berta depende todavía de su madre. Y Clara en lo referente a este asunto ya no pinta nada.

¿Alguien podría indicar a Hans que, mientras muerde la segunda hamburguesa completa, le baja una tira de cebolla por la barbilla? Berta busca la mano de él bajo la mesa. Ciertamente se acerca la hora en que las tres parejas tendrán que compartir un solo coche. Es lo que conlleva tener amigos de verdad. Amigos sin secretos que terminan pareciéndose a medida que se quitan la ropa. Berta sabe que por más que Hans coma, beba, escuche o hable, volverán a enfadarse un poco, como cada domingo. Y Berta, mientras saborea un café caliente en este bar, debe de sentir como Hans agarra su mano bajo la mesa. Ella se fija en sus amigas, cómo se desenvuelven con sus parejas. ¡Con naturalidad! Y entonces entrecierra los ojos, lo bastante como para saber que preferiría volver a su casa. Tan simple como abrir la tapa del piano y tocar una pieza de memoria a las once de la noche, sin tener que buscar la partitura y sin que su madre diga: me hiciste perder una frase. ¿Tú sabes qué significa que pierda el hilo en un momento como este? ¿Y Hans? ¿No te acompañó a casa, Hans? Pero aquí sigue el joven, mirando su reloj y bostezando. Y entonces los dedos de Berta se mueven con nervio en la mano de él, ambos unidos aparentemente por una melodía que no llega a sonar.

Algo que forma parte de Clara es que, haga lo que haga, nadie se fija en ella. Puede salir y entrar a la discoteca. Volver a salir y entrar de nuevo. O bien mostrar como las pálidas palmas de su mano han estado a punto de recibir un impacto. ¡Un impacto enorme! Pero pese a ello está bien. ¡Por qué no se ha hecho daño! Ei, tú, no te asustes, que esta joven solo espera un poco de atención. Clara es un tipo de persona que, de vivir en la ciudad, pasaría igual de desapercibida. Con la única diferencia que, en caso de hacerlo, aunque lo intentase en medio de la calle o en un semáforo, seguirían pasándola de largo. De camino a casa frota los nudos de su mano por todas las fachadas estucadas que encuentra. Y esto es todo lo que ve antes de apagar la luz de su cuarto: rasguños en la mano, una habitación llena de posters y mucha ropa por doblar.

Y otro coche que se aleja hacia la montaña, dice uno que vive en la urbanización y sigue el recorrido con unos prismáticos. En cuanto se detiene el coche, Berta y Hans permanecen sentados y con la mirada fija en los asientos de delante. Pues si no piensan hacer nada, al menos podrían ceder su sitio a la pareja que tiene que salir afuera. Además está Berta, que no tiene ganas y no está por la labor. Ella está bien donde está. Sentada y con Hans a su lado, el mismo que tiene que ingeniárselas para meter una mano en el jersey de ella. No, ella detiene su mano. Afuera el trasero de otro chaval se estampa en la puerta del coche en cuanto la chica se arrodilla frente a él. Hans, dice Berta al observar como el asiento de delante va reclinándose. No teníamos que haber venido. ¿No?, exclama Hans. Es que a Berta no le apetece. Extraño que ella y su novio ocupen un sitio que no merecen. ¿Tal vez queden almas caritativas para estos dos jóvenes que han cedido un buen sitio y ahora temen pasar frío? Berta y Hans salen por la otra puerta.

Ella se agarra a la mano de Hans. Si bien todo parece indicar que no es suficiente. Uno y otro se apartan del camino y van acercándose a la entrada de esa casa. Berta se despide con un beso mientras indica: lo siento, lo siento de verdad. Bueno, él lo siente más aún, aunque sigue andando calle abajo. Poco después, Hans deja las llaves sobre la mesa del recibidor. De ahí va a ciegas hacia su habitación. Abre y cierra la puerta. Entra y sale del lavabo. Pone el despertador a las seis.

Ya es lunes. ¡Día de mercado! Las paradas comienzan a llenarse de género. Es algo que ya palpa Hans a primera hora, vestido con el uniforme de la empresa. Más tarde Berta, que espera en la parada de autocares, decide comprar otro de esos jerséis que no llegará a estrenar. También Clara, cargando con su maleta de libros y apuntes, espera a que el segundo autocar la lleve una vez más por ese paseo interminable de días, y observa los jerséis que siguen valiendo más de lo que ahora mismo lleva encima. Mientras, se fija en una navaja. Pregunta al vendedor si corta. El vendedor cuestiona: ¿si corta? ¡Cómo no va a cortar una navaja! Claro que todo depende de lo tenga que cortar. ¿Qué es lo que querría cortar, señorita? Clara se

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