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La Casa sobre la Orilla

La Casa sobre la Orilla

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La Casa sobre la Orilla

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5/5 (1 rating)
Length:
388 pages
5 hours
Publisher:
Released:
Mar 29, 2021
ISBN:
9781071527740
Format:
Book

Description

Anna MacDonald, con el corazón roto, deja Edinburgh para encontrar la paz al final de un lago escocés. Instalada de forma segura en la cabaña de su difunta abuela, finalmente puede sanar su corazón y escribir la novela que ardió dentro de ella por muchos años.

Su paz es de corta duración. Cuando el yate del elegante artista, Luke Tallantyre, se queda varado en el lago, él busca ayuda en la residencia más cercana – la cabaña de Anna. Ella, lo encuentra irritante. A él, le disgusta la maravillosa pero fastidiosa ermitaña.

Pero hay una evidencia indiscutible de que un sicario está al acecho en el pueblo. ¿Está buscando a Anna? ¿Y qué es lo que Luke le está ocultando que podría agravar el peligro? Contra su voluntad, unen fuerzas y se embarcan en una aventura jamás imaginada… dando la oportunidad al verdadero amor. 

Publisher:
Released:
Mar 29, 2021
ISBN:
9781071527740
Format:
Book

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La Casa sobre la Orilla - Victoria Howard

lecturas?

Capítulo Uno

Anna MacDonald nunca se sintió tan traicionada. Mark, el Director del Departamento de Inglés, no solo le dio el trabajo que le había prometido a otra persona, sino que no tuvo el valor de decírselo a ella él mismo. Así era él. Haría cualquier cosa para evitar confrontaciones. Todos en el departamento, sabían que ellos se habían estado viendo, y oirían el rumor de que ella no fue promovida. ¿Cómo podría encarar la humillación y las miradas cómplices? ¿Cómo podría trabajar con Mark cada día, sabiendo que él la había traicionado?

Anna se recostó en su silla y consideró sus opciones. ¿Podría continuar trabajando con alguien en el que no podía confiar? La respuesta tenía que ser, que no. Fue difícil encontrar publicaciones de trabajo en Escocia, especialmente para escritura creativa, que era la materia que ella enseñaba. ¿Y qué había acerca de su relación personal? Mark había destruido la confianza que ella tenía en él, no solo como colega, sino también como amante. ¿Realmente quería seguir de novia con alguien en el que ella no podía confiar?

Cuanto más Anna pensaba sobre su situación, más se daba cuenta de que solo tenía una opción. Arrugó la carta en un bollo y la tiró en la papelera.

Enderezando sus hombros, se marchó hacia el pasillo amplio de la universidad, que iba a la oficina de Mark. Tomó un respiro profundo y abrió la puerta. Mark estaba sentado en su escritorio, había un montón de papeles de ensayos frente a él. Él tendría que haber sentido su presencia, porque miró hacia arriba, y se empalideció al verla.

— Anna…

— ¿Una carta, Mark? Luego de decirme que el trabajo iba a ser mío, me mandas una carta diciéndome que se lo habías dado a alguien más. Me lo podrías haber dicho a la cara. No soy sólo tu compañera de trabajo. Soy tu novia. ¿O convenientemente te olvidaste de ese hecho?

Mark sostuvo sus manos como si estuviera ofreciendo disculpas. — Solo seguía lo que se estila. —Un mechón de pelo rubio cayó sobre sus ojos azules y se lo quitó sin pensarlo.

— Ya veo. —Anna tragó su dolor y furia. No quería irse y dejar las cosas en malos términos. — Bueno, no puedes quejarte sobre mi carta de renuncia entonces, ¿no? O la aceptas, o te paso por encima y se la doy al vicerrector.

— Anna, querida, creí que te gustaba tu trabajo. Siéntate y lo discutiremos.

— No quiero sentarme, gracias, y sí me gustaba mi trabajo.

— Entonces, no entiendo por qué te quieres ir. ¿No es un poco impulsivo? Deberías tomarte un tiempo para pensarlo.

— Creo que estoy siendo razonable bajo estas circunstancias. Esperas que siga trabajando en el departamento mientras…mientras tu nueva rubia tonta se sienta en lo que debería haber sido mi oficina, ¡haciendo lo que hubiera sido mi trabajo! —Anna sintió que su presión sanguínea subía. Tomó un profundo respiro.

— Solo fuimos a cenar. —Mark revolvió los papeles en su escritorio.

— No me mientas, Mark.

— No estoy mintiendo.

— Sí, lo estás. Y es mejor que empieces a poner avisos en búsqueda de una nueva profesora, porque yo me voy a fin de semestre, ¡ya sea te guste o no!

— Pero el semestre termina el jueves…

— Así es. Eso te da tres días y todo el resto de las vacaciones de verano para encontrar un reemplazo. Marqué y devolví los exámenes del semestre a mis estudiantes. No tengo más clases agendadas, por lo que éste es mi último día de trabajo.

— Tengo una montaña de papeles por revisar. ¿Podemos conversar sobre esto a la noche? Haré una parada en el supermercado camino a casa y compraré una botella de ese vino tinto que te gusta, y comida china para llevar.

Ella lo examinó por un momento antes de responder. — Realmente no esperas que continuemos nuestra relación.

Mark se paró y salió de atrás de su escritorio. Colocó sus manos sobre sus hombros, su rostro sin expresión. — Anna, por favor, esto es negocios. Sólo porque alguien más haya tomado tu ascenso, no significa que nuestra relación se haya terminado. Me amas.

Anna lo miró fijamente, y se preguntaba por qué alguna vez lo vio como un posible esposo.

— No, Mark, no te amo. No confío en ti.

— Ya veo. —Puso sus manos en sus bolsillos. — ¿Encontraste otro trabajo?

— No.

— Déjame adivinar. Vas a escribir un libro. Normalmente los profesores que renuncian eligen esa vocación porque aman los libros, pero les falta talento para escribirlos.

La flecha dio en el objetivo, pero ella no iba a dejar que los comentarios burlones de Mark la disuadan. — He tomado mi decisión. No hay nada más que decir al respecto.

— Entonces tengo que aceptar tu decisión. En tal caso, ¿te importaría si paso por tu departamento de vez en cuando para recordar los buenos tiempos?

— Dudo mucho que al nuevo inquilino le agrade.

— ¿Nuevo inquilino? No estarás renunciando también a nuestro departamento, ¿no?

Anna ignoró la pregunta. — Adiós, Mark. —Sin decir otra palabra, ella se dio vuelta, y dejó su oficina.

Más tarde esa semana, mientras ponía en cajas los contenidos de su casa, ella empezó a preguntarse si había tomado la decisión correcta.

Sus dudas comenzaron con una fotografía.

Había sido tomada en un picnic universitario. Ella y Mark estaban arrodillados en el pasto al lado de un roble gigantesco, uno al lado del otro, sus cabezas inclinadas hacia el otro, brazos alrededor de hombros, clara y disgustosamente enamorados. ¿Cuándo había sido tomada? ¿Un año atrás? ¿Dos? ¿Habían estado juntos tanto tiempo? Tragó el dolor mientras sacaba la foto del marco de plata. El marco lo iba a guardar. La foto… la sostuvo entre sus manos y le costó destruirla, pero no la pudo ver entre las lágrimas. Se contentó con hacerla una bola y dejarla caer al piso.

No se podía negar que Mark era un completo bastardo. Gracias a Dios nunca le había pedido que se mudara con ella. Obviamente, él no tenía ninguna intención de casarse con ella. Había sido firme que nunca se inclinaría por esas sensibilidades anticuadas. Por un tiempo ella estuvo de acuerdo con él. ¿Qué más era el matrimonio aparte de un contrato que juntaba a dos partes, pero que frecuentemente las ahogaba?

Maldición. Podría haber sido una buena esposa. ¿Estaba haciendo lo correcto mudándose? A pesar de no poder olvidarse de la infidelidad de él, extrañaría su trabajo y sus amigos. Se quitó una lágrima con el dorso de su mano.

Era demasiado tarde ahora como para cambiar de idea, pensó, mientras doblaba un par de pantalones en su maleta. Ya había cesado el contrato de alquiler de su departamento moderno de Morningside. El alquiler, apenas pagable con su salario, devoraba sus ahorros más rápido que una hiena hambrienta.

— Todo es para mejor, —le decía a sus dos Border Collies. Sus colas se movían como si entendieran. — Además, he estado rompiendo las reglas del contrato de alquiler con ustedes aquí. No se permiten mascotas, ¿recuerdan? —La Collie más joven, con ojos brillosos y patas moteadas, se le acercó y le dio una lamida rápida a su mano. Anna acarició la cabeza blanca y negra. — Eres una buena chica, y estoy haciéndonos a todos un favor. Nos vamos al campo, mis niñas. Paz, tranquilidad, y quién diablos sabe qué más.

Anna cerró la maleta y la colocó al lado de la puerta con el resto de las cosas listas para llevarlas a un Land Rover viejo y destartalado. Le dio una última mirada a la habitación. Vacío, el departamento se veía enorme. No había podido llevarse los muebles y arregló para que sean depositados. Todo lo que quedaba de los últimos siete años de su vida era una alfombra que necesitaba lavarse, y lugares en la pared donde había pintura más clara porque sus cuadros habían estado colgados allí.

Cogió su bolso de mano. Esta fase de su vida había terminado. Tenía un libro que escribir. Además de su ropa, laptop, impresora, y algunos libros que tenía la intención de llevarse, lo que más quería dejar atrás eran las heridas a carne viva de un corazón doliente.

Sabía que también las llevaría consigo.

Cinco horas más tarde, logró que el vehículo antiguo fuera por el camino bacheado hacia Tigh na Cladach, la cabaña remota de su abuela a orillas del Loch Hourn, en el robusto altiplano del noroeste. Ahora no podía permitirse un ataque de nervios, no cuando estaba tan cerca de llegar a su destino. Había habido veces en las que durante viajes desde Edinburgh pensaba que no llegaría más allá de los límites de la ciudad, pero a pesar de la pintura verde desgastada y la apariencia maltratada, el motor parecía funcionar.

Con un suspiro de alivio, jaló del freno de mano, salió del asiento de pasajero, y se paró por un momento, saboreando el silencio. Luego de las luces brillantes y el ruido de la ciudad, se sentía extraño estar tan lejos de la civilización. Miró su reloj pulsera: las diez en punto en una noche de verano, sin embargo, podía ver cada roca y cada arbusto claramente, ya que nunca se volvía completamente oscuro a esta distancia del norte. De hecho, la noche en sí no era más que un ocaso profundo.

Ensay y Rhona, las dos Border Collies blanca y negras, liberadas de los recintos del asiento trasero, se perseguían una a la otra en el prado frente a la pequeña cabaña de piedra.

La vieja casa era chica, alrededor de cuarenta o cincuenta pies, y de una altura tradicional de un piso y medio. Había una chimenea a cada extremo. Las paredes eran de tres pies de grosor, y estaban construidas con granito duro y blanqueado. La construcción estaba a treinta yardas del borde del agua, anidada en la curvatura natural de una colina, como si estuviera buscando protección en una fuerza invisible. Quienquiera que la haya construido, había escogido bien la ubicación. Se adecuaba a sus alrededores perfectamente, sus paredes de piedra a prueba del tiempo y clima.

A cada lado de la puerta brillante y verde había dos ventanitas divididas en cuartos, colocadas profundamente en la piedra. La que estaba a la derecha pertenecía a la cocina, y la de la izquierda, a la sala de estar. No era mucho, pero había sido la casa de sus abuelos. Es verdad, estaba a millas de la civilización, pero no estaba hipotecada, y ahora era suya.

Cogió su bolso de mano, laptop, y una caja con alimento del asiento de pasajero. Cerró con llave el Land Rover, y cruzó el camino empedrado hacia la cabaña. Todo lo que necesitaba ahora era una bebida caliente y una buena noche de sueño. El resto de su desempaque podía esperar hasta la mañana siguiente.

Insertando una llave en la cerradura, abrió la puerta de un empujón, encendió la luz del pasillo y caminó con dificultad hacia la cocina. Una esencia de lavanda flotaba en el aire. Su querida amiga Morag McInnes no sólo había limpiado el polvo y aireado la cabaña a tiempo para su llegada, sino que también le había dejado un tazón de su popurrí favorito en el armario de roble.

Anna llenó la pava eléctrica y la dejó hervir. Mientras esperaba, abrió el correo que estaba sobre la mesa, donde Morag lo había dejado. Había dos cartas. La primera resultó ser una demanda de impuestos del consejo local. La segunda, estaba hecha de pergamino pesado. Impreso en la esquina superior izquierda estaba el nombre y la dirección de una firma de abogados de Glasgow. Curiosa acerca de por qué le podrían estar escribiendo a ella, Anna deslizó una uña finamente cuidada por debajo de la esquina de la solapa y la abrió. Contenía una oferta generosa, de parte de un cliente sin nombre, para comprar Tigh na Cladach.

— Qué descaro, —dijo, y se desplomó sobre una silla. Leyó la carta otra vez para asegurarse de que había entendido. Su cliente se podía pudrir en el infierno. Colocó la carta de vuelta en su sobre y la puso contra el pimentero. Estando demasiada cansada como para lidiar con eso ahora, les respondería por la mañana, y les diría que la cabaña no estaba en venta, ni lo estaría en el futuro.

Estirando para aliviar la rigidez de sus hombros y cuello, se hizo una taza de té y la llevó a la mesa. Alimentó y puso agua a las perras, luego se fue a la escalera de madera hacia el dormitorio donde había dormido cuando fue adolescente.

Situada directamente sobre la cocina, la habitación se anidaba bajo las cornisas del techo. Luminosa, aireada, y templada por el calor que venía de abajo, estaba pintada con un tono delicado de rosa. Cortinas rosadas bordeaban la ventana, que daban vista al lago. Una gran cama con dosel de latón, cubierta por una colcha con mosaicos en tonos de rojo, rosa, rosado, y verde, se encontraba frente a la puerta. La cajita de música de su abuela, cuya llave había sido perdido largo tiempo atrás, estaba sobre una cómoda en una esquina.

Con un suspiro largo y exhausto, Anna se desvistió rápidamente y se subió a la cama. Solo se pudo dormir por un par de horas, cuando de repente algo la levantó. El reloj digital en la mesita de noche marcaba las dos y quince. Sus manos se giraron nerviosamente en las mantas mientras sostenía la respiración y esperaba el más mínimo sonido. Más allá del ronquido suave de las dos perras acurrucadas en la alfombra, que estaba al pie de su cama, solo hubo silencio. Se sentía incómoda, pero se dijo que era una estupidez sentirse asustada. Sin embargo, su mano temblaba al buscar el botón para encender la lámpara de cama. Un haz de luz iluminó su almohada, haciéndola entrecerrar los ojos, pero dejando el resto del cuarto en una oscuridad inquietante.

Se sentó, dejó salir un aliento largo y estremecedor, y pasó una mano por su brazo al descubierto. Se sentía frio, húmedo y tenía la piel de gallina. Los pelos de su cuello estaban erizados como si hubieran sido rozados por una mano invisible.

No hubo ningún sonido, ni siquiera los pasos de los ratones que habitaban el techo del viejo croft. Sin embargo, algo la había despertado. Tembló, y se mordió el labio inferior al echar una mirada a las perras. Era extraño, ellas eran su sistema de alerta temprano y reaccionaban ante el más mínimo sonido, pero ninguna de ellas parecía alarmada.

Suspiró y se frotó su frente con cansancio. ¿Había estado soñando? Pensó que no, y aun así, la sensación de que algo andaba mal persistía.

Sin poder tranquilizarse, tiró hacia atrás las sábanas. Movió las piernas al lado de la cama y fue a la ventana. Corrió la cortina y observó el crepúsculo. Una silueta fantasmal se movía a través del prado. La cortina se deslizó de sus dedos mientras un fuerte temor la atravesaba. Por primera vez, deseaba que la cabaña no estuviera tan aislada, y que sus abuelos hubieran instalado un teléfono. Pero no lo habían hecho, e incluso si así fuera, a la policía por lo menos le tomaría una hora llegar hasta ella.

Intentó ignorar el crujido y la sedimentación de la vieja cabaña, pero los ruidos extraños solo la ponían más nerviosa. Agitó la cabeza en un intento de querer quitarse el sueño de su cerebro y buscar por una explicación razonable.

¿Había visto una figura o fue una sombra emitida por una nube que cruzaba por la luna? Reuniendo todo su coraje, corrió la cortina una vez más. Para su alivio, no había nada. Con su corazón todavía palpitando fuerte, jaló de su camisón verde de pabilo, ató el cinturón firmemente alrededor de su cintura delgada, y bajó por las escaleras.

La puerta frontal estaba cerrada con llave y con cerrojo.

Aún con miedo, fue hacia la cocina, temblando mientras las tablas del piso crujían por debajo de sus pies. Su mano se agitó al hacerse una taza de chocolate, y luego se fue hacia una vieja silla de roble mecedora, al lado del Aga. Colocando sus pies por debajo de ella para calentarse, dejó que el vapor de la taza templara su rostro, y pensó en lo que había visto.

¿Su imaginación estaba trabajando hasta tarde? ¿Vivir en la ciudad la había hecho tan débil que se sobresaltaba por cualquier ruido desconocido? Incluso el piso le daba miedo, por amor a Dios. En la ciudad, los únicos sonidos que escuchaba a la noche eran las sirenas de ambulancia y el tráfico, mientras que aquí, en el valle, solo se oía el aullido ocasional de un zorro o el ululato de un búho que rompía el silencio.

Poca gente se molestaba en llegar hasta tan lejos, incluso de día, por lo que, las posibilidades de que alguien lo hiciera por las horas tempranas de la mañana eran pocas. « No podía haber sido un hombre, » pensó ella. Debe haber sido la sombra de un corzo de venados cruzando el prado. Solían venir por la colina a la noche para beber del lago.

Anna tragó lo que quedaba de su chocolate, enjuagó su taza, y la dejó sobre el escurridor. Bostezando, tiró de la cortina de algodón y miró hacia afuera. Nada se movió. Ni siquiera las hojas de los rododendros que estaban alrededor de la cabaña. Metió un mechón de su pelo despeinado y de color cobre por detrás de la oreja y se fue de vuelta a la cama, haciendo una pausa para darles una caricia suave a las perras. El sueño tardó en llegar, y cuando finalmente cayó dormida, fue sin descanso e inestable.

Eran un poco más de las ocho cuando se levantó la mañana siguiente. Vestida con sus pantalones gastados, una camisa a cuadros, y un suéter Aran de color nuez moscada, fue por las escaleras estrechas de madera hacia la cocina.

Luego del desayuno, dejó a las perras jugando en el prado frontal, y sacó las primera de las dos maletas de la parte trasera del Land Rover. Las llevo a medio arrastrar hasta la cabaña.

Camino a buscar la segunda maleta, se dio cuenta de que un bote había sido amarrado en el lago. Era raro, todavía era algo temprano para la época de turismo. Entrecerró los ojos, y estimó el tamaño. No era tan solo un bote, era un largo yate. ¿Y esa era una bandera americana moviéndose en la brisa?

Solo algunos navegantes intrépidos se atrevían a llegar tan lejos por el lago. El canal era estrecho, torcido, y estaba refugiado por montañas escarpadas y empinadas, con pocos lugares en donde anclar. Si la tripulación buscaba duchas calientes y desayuno, estaban yendo por el camino equivocado, y deberían haber ido por el oeste, hacia la Isla de Skye.

Dos horas más tarde, calurosa, cansada, y sedienta, terminó de desempacar y cogió una lata de soda de la heladera. Se sentó en la mesa de la cocina, y tomó la carta del abogado que estaba contra el pimentero. Siendo común el hecho de recibir ofertas por una propiedad luego de una muerte, ella no podía entender por qué alguien querría comprar el croft cuando estaba tan lejos de las conveniencias modernas de la vida.

El dinero ofrecido por Tigh na Cladach excedía por mucho el valor del mercado. Y ciertamente sería suficiente como para adquirir una casita en Edinburgh, pero no podía entender por qué alguien querría pagar tanto por una parcela de tierra infértil y una cabaña en ruinas.

El croft había permanecido a su familia por años, y Anna no tenía la intención de venderla. Encendió su laptop y empezó a hacer un borrador para una respuesta adecuada. Su concentración se quebró por el chillido de ladridos frenéticos. Sacó su mirada de la pantalla y miró por afuera de la ventana de la cocina. Un hombre alto, con pelo oscuro, estaba llegando a la playa que tenía forma de media luna. Estaba haciendo un baile extraño y retorcido, sosteniendo su brazo derecho sobre su cabeza. Con su izquierda, empujó a las dos Collies ruidosas que lo estaban mordiendo.

— Oh diablos, —gruñó Anna. Abrió la puerta con fuerza y gritó. — ¡Ensay! ¡Rhona! ¡Malas!

Las perras dejaron de morder los tobillos del extraño de manera instantánea, y corrieron a su dueña. Anna se apoyó contra el marco de la puerta y esperó mientras la figura caminaba hacia a ella por el pasto con confianza, su cuerpo bien musculoso cubría el suelo con pasos largos y decididos. Su cabello negro azabache mostraba un poco de gris en las sienes, el corte era un poco más largo de lo que era considerado aceptable para un hombre que ella creía que estaba en los cuarenta, pero le quedaba bien.

Él frenó al llegar a su puerta, lo suficientemente cerca como para que ella oliera la esencia de limón de su colonia. Ahora que lo podía ver con más claridad, se dio cuenta de las líneas sonrientes alrededor de sus ojos y boca, sugiriendo un lado más suave de su persona. Su cuerpo era delgado, el delineado de sus músculos era visible a través de la remera que llevaba. Una cicatriz tenue pasaba por su mejilla derecha, y ella pensaba que le daba una apariencia guapa y robusta. Él la miró con ojos marrones oscuros y sonrió, suave y cálido, y por alguna razón la respiración de ella se aceleró.

Con una sola mirada, ella supo que él sería un problema.

— Hola. Sé que estoy en propiedad privada, pero ¿podrías pedirle a tus perros que no rompan mi pierna?

Anna se levantó por completo. — Tan sólo son perras guardianes haciendo su trabajo. —dijo firmemente. Las perras se sentaron ante su señal silenciosa, pero sus ojos se fijaron en el extraño.

— Siento interrumpir. Estuve teniendo problemas con mi motor y no pude obtener señal. —Indicó su teléfono móvil.

— Es porque no hay transmisores.

— Oh, ¿entonces puedo usar tu teléfono? Necesito contactar al astillero más cercano para pedirle algunos consejos.

— No tengo teléfono.

Él frotó su mano por la parte trasera de su cuello. — No he dormido por veinticuatro horas y estoy cansado. Sandpiper, ese es mi yate, tuvo un problema luego de que me fui de Stornaway. —Hizo una pausa mientras sus palabras se iban registrando en la mente de ella. — ¿Escuché bien? ¿No tienes teléfono?

— No, no tengo, así que me temo que no puedo ayudarte. Sugiero que leves anclas, gires tu barco, y te vayas al oeste del loch.

— Tal vez me debería haber presentado. Soy Luke Tallantyre, de Cape Cod, Massachusetts. —Ofreció su mano. Ella no la tomó.

— Anna, Anna MacDonald. Los yates suelen perderse en el lago en esta época del año. Las tripulaciones parecen pensar que esto es una especie de albergue. No lo es, y no tengo teléfono.

— Entonces, ¿dónde puedo tomar un autobús que me lleve a la ciudad? —Sus ojos se quedaron mirando su rostro. — Oh no. Estás apunto de decirme que tampoco hay algún autobús. ¿No?

Anna asintió. El movimiento hizo que la luz del sol se deslizara por su cabello castaño. — Así es. Bienvenido al Loch Hourn, también conocido como el Lago del Infierno.

— El nombre le queda bien, —murmuró Luke. — ¿Qué clase de lugar no tiene teléfono o servicio de autobús hoy en día?

— Diría que la cañada más remota de los altiplanos. En lo alto de este lugar, sólo hay un hombre y su perro. Antes de que lo preguntes, tampoco hay tiendas, a menos que cuentes la de la señora McCloud en el pueblo, pero solo abre en días alternados. La camioneta del carnicero llama cada tarde, y el servicio de librería visita una vez por mes. Creo que eso es todo para las facilidades locales. Oh sí, también hay un banco móvil, pero sólo viene cada quince días. La escuela cerró el año pasado. Pero estás de suerte… hay un hotel y tiene teléfono.

— Dios existe después de todo.

— Sin embargo, está a doce millas por esa dirección, —replicó ella, indicando vagamente hacia un lugar distante.

La línea de la boca de Luke se apretó. — ¿Cómo llego hasta allí? ¿Caminando?

— Bueno, podrías, pero puede que llueva, o puede que no. Nunca puedes estar seguro. La cañada tiene su propio ecosistema porque las montañas son altas, y el suelo del valle es estrecho o algo así. No entiendo todo el razonamiento detrás de eso… —Las palabras de Anna se desvanecieron. Sintió que se sonrojaba. ¿De qué diablos estaba divagando? El chico no necesitaba una lección de ciencia, en especial de su parte, pero era tan guapo que cada vez que él la miraba con esos atractivos ojos marrones, ella perdía el control de su lengua.

Le vendría bien no tener el tipo de distracción de un hombre como ese, especialmente luego de su romance desastroso. Pero la manera en que él la miraba la hacía sentir incómoda de una manera placentera.

— Supongo que podría ofrecer llevarte.

— No tienes que hacerlo. Has sido demasiado amable. Caminaré.

— Podrías hacer como te sugerí, y navegar hasta Skye o el Fort William, en donde están los astilleros con facilidades para los yates turísticos y sus tripulaciones.

— Las cuales podría llamar si tuviera un teléfono. Gracias nuevamente, —le dijo, volteándose para irse.

Ella cambió los pies de posición. Por lo general no solía ser poco servicial, pero había algo en la actitud de él que la hacía ponerse a la defensiva.

— ¡Espera!

Él paró a mitad de paso y se dio vuelta. Las perras lo miraron, luego miraron a su dueña, como si estuvieran esperando una especie de pista sobre qué hacer con éste extraño que estaba invadiendo su espacio.

Capítulo Dos

— Te llevaré, —dijo Anna, tomando una decisión rápida. — Mientras tú haces el llamado telefónico, puedo visitar a una amiga. ¿Necesitas algo de tu barco? Si es así, ¿puedes regresar dentro de veinte minutos?

En el rostro de Luke se creó una gran sonrisa. — Si señora, puedo.

Antes de que pudiera decir más, él se volteó y corrió por el pasto hacia su pequeña lancha inflable. Al mirarlo remar por el loch, no estaba segura de sí había tomado la decisión correcta, pero había algo que le decía que Luke estaba acostumbrado a salirse con la suya. Suspiró. Pensaba en responder la carta del abogado mientras apagaba su laptop.

Pasó un cepillo por su pelo y sacó las llaves del Land Rover de la mesa del pasillo. Tomó varios intentos para que el motor viejo y asmático reviviera, y varios más para ir en reversa. Para cuando manejó alrededor de la parte frontal de la cabaña, Luke estaba apoyado contra la pared, esperándola, a sus pies había un bolso de lona. Ella abrió la puerta de pasajero de un tirón, y las bisagras oxidadas chirriaron en protesta.

Antes de que Luke tuviera la oportunidad de deslizarse al asiento de cuero desgastado, las dos perras se habían adelantado y habían saltado hacia el vehículo. Anna esperó a que él se ajustara su cinturón de seguridad para liberar el freno y avanzar. Ni ella ni sus perras parecieron darse cuenta de la falta de suspensión mientras el Land Rover rebotaba por el suelo lleno de agujeros. Doblaron en una esquina de un camino empinado de un solo carril, con solo unas pocas pulgadas de sobra.

Luke se aclaró la garganta. — ¿La compañía de teléfono está a punto de desconectar el servicio? ¿Es por eso que estamos a punto de romper el record de velocidad terrestre?

La cara de ella se dio vuelta. — ¿A punto de desconectar el servicio? No, ¿por qué lo harían? Es un teléfono público. De todas formas, ¿por qué dices eso? Estoy yendo a treinta millas por hora, eso no es excederse.

— Treinta, ¿eh? —Replicó Luke, sus ojos eran tan grandes como una pared de piedra seca, casi quitaban el óxido y la pintura del asiento de pasajero. — Pareciera que fueran cincuenta. ¿No es un poco acelerado para éste tipo de superficie? ¿Y si nos encontramos con otro auto que esté viniendo por el camino contrario?

— No lo haremos. Las únicas personas que se aventuran a ir por aquí son los caminantes. Hay un estacionamiento a la entrada del loch en donde pueden dejar sus vehículos. El camino hacia la cabaña es privado. No se une con la carretera pública hasta dentro de un par de millas más.

— Si no te importa que lo diga, es un lugar extraño para una persona como tú.

El pie de

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