La prensa escrita

Por Miguel Domingo Aragón (*)

Como todo oficio, desde el sacerdocio a los quehaceres domésticos, el periodismo tiene su dignidad y su vileza. Se justifica cuando informa fielmente y orienta con prudencia. Se degrada cuando adultera u oculta la información e induce al mal. Sus méritos o culpas están proporcionados al influjo que ejerce, ya que refleja e interpreta la realidad. Es como el papel moneda, que da fe de un valor que está representado y que puede existir o no sin que la gente deje de valerse de él, que así adquiere un valor propio. La noticia también puede ser más que el hecho que comunica, cuya importancia llega a ser mayor por su presencia en el papel que por su existencia en la realidad. Esto pone un gran poder en manos de quien se constituye en intermediario de los acontecimientos y el público. A la prensa se la llama “el cuarto poder”. Pero se diferencia de los otros tres en que no está sometido a un sistema de controles, la responsabilidad de quien lo ejerce es la de cualquier individuo ante el código penal. No se le pide cuentas por la potenciación social de sus actos. ¿Cómo se podría controlar su poder? Si hubiera una autoridad indiscutida, que se expidiera por normas universalmente aceptadas, un tribunal del Santo Oficio, a ella le correspondería el control de las informaciones e ideas que se lanzan al público. Pero no la hay. Lo que hay, de hecho, son los otros poderes sociales, destinados a colaborar con la prensa pero, también de hecho, tentados a menudo a someter la opinión y la información a sus conveniencias particulares. Los poderes Primero, el poder político. Tiene derecho, indudablemente, a restringir la acción periodística a los límites de interés nacional. Pero no tiene derecho a cobijar bajo el interés nacional los designios particulares o partidarios de quienes lo ejercen. Estos se benefician con las observaciones y advertencias que contribuyen a perfeccionar su obra. Atentan contra sí mismos cuando quieren acallarlas o forzarlas a un aplauso interesado. Otro poder que atenta contra la prensa es el de las ideologías, apóstoles de un orden perfecto al que se llegaría mejorando la realidad sino negándola. El criterio de verdad, pues, no está en relación con los objetos que la experiencia reconoce sino con aquel orden ficticio y futuro. La campaña mundial sobre los derechos humanos es un ejemplo de la servidumbre de la prensa a fines distintos del propio, a la que se somete, irónicamente, en nombre de la libertad.

1

Y otro poder distorsivo es el del dinero. Por el hecho de que la prensa se mantiene con la publicidad, se pretende que además del aviso el dinero pague la opinión, la información y el silencio. Es verdad que muchos diarios y revistas se prostituyen de esa manera, pero no es verdad que estén obligados a hacerlo, ya que los avisadores no se hallan confabulados tras un solo propósito y los que simplemente desean anunciar bastan para mantener un órgano periodístico. Este es útil a la sociedad cuando tiene separadas y jerarquizadas sus partes: 1ª, la información; 2ª, la opinión; 3ª, la publicidad. Cuando este orden se invierte, el órgano periodístico es un instrumento de corrupción. ¿Libre de qué? El poder de un diario o una revista está en la opinión que puede comunicar. La opinión debe fundarse en una información veraz, objetiva, precisa. Y debe orientarse al bien público con total independencia de los intereses particulares de sus avisadores. Todos tenemos la obligación de ser insobornables, pero esta obligación es más grave en el periodista que en la mayoría de las profesiones por la índole moral de los efectos que produce su acción. Muchos lectores acuden a un diario cuya opinión no comparten cuando saben cuál es, porque la declara y confían en que lo hace honradamente, sin adulterar el dato acerca del cual se pronuncia. El periodismo, en conclusión, debe ser libre o no es periodismo. ¿Libre de qué? Para decir la verdad y servir a la patria. Son reflexiones un poco intempestivas en esta sección. Están sugeridas por el aniversario que hoy se celebra (**).

(*) Pseudónimo de Roque Raúl Aragón. (Publicado en La Nueva Provincia, de Bahía Blanca, el 1 de agosto de 1978)

(**) Se refiere al 80° aniversario de la fundación del diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca (1° de agosto de 1898), en el que R. R. Aragón escribía esta columna Bajo estos mismos cielos.

2

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful