P.

Flaviano Amatulli Valente, fmap

Hacia un Nuevo Modelo de Iglesia
Propuesta-Provocación
* Y las masas católicas, ¿qué? * La Iglesia: ¿hacia dónde vamos? * La unidad entre los cristianos: ¿una utopía? * Análisis de la realidad eclesial * Dibujando un nuevo modelo de Iglesia

Apóstoles de la Palabra — México 2006 — www.padreamatulli.net
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Introducción General
Sin duda, nuestras conquistas a favor de la justicia, la tolerancia, el diálogo, la paz y la concordia entre los pueblos nos llenan de gozo y satisfacción. Pero hay algo que nos quita el sueño. A nivel de Iglesia no sabemos cómo despegar el vuelo, nos sentimos como atorados, nos falta una utopía general, que nos permita despertar del sopor en que nos encontramos, unifique esfuerzos y nos invite a soñar con un futuro más alentador. Ante el surgimiento de nuevas formas de religiosidad y el avance del proselitismo sectario más descarado, tenemos la impresión de que nuestra actitud de extrema apertura, en lugar de fortalecernos como Iglesia, nos está restando fuerzas, debilitando nuestras defensas y facilitando en nuestros feligreses la aceptación de las nuevas propuestas religiosas. Además, por estar demasiado preocupados por los valores puramente humanos y poco por los valores sobrenaturales, nuestros feligreses están sufriendo una especie de asfixia espiritual. Por eso muchos se dejan fácilmente seducir por el canto de las sirenas, que los lleva al mundo de la ilusión, o a fagocitar por un sinfín de grupos proselitistas, que han hecho de la religión su razón de vida, en buena o mala fe. Aún no nos resignamos a salir del actual paradigma de Iglesia, gestado en un clima de cristiandad. Nos resulta difícil pensar que estamos viviendo en una sociedad pagana, que estamos llamados a cristianizar día tras día, área por área, sector por sector e individuo por individuo. Preferimos seguir con el discurso genérico de una sociedad cristiana, en que la fe se transmite de padre a hijo, sin hacer un verdadero intento por evangelizar a los paganos que tenemos a la vuelta de la esquina. En este aspecto, si se excluyen los movimientos que cuentan con una metodología propia, estamos casi completamente en ayunas, totalmente metidos en asuntos de administración, en el aspecto sacramental o económico.

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Frente a esta realidad, es urgente pensar en un Nuevo Modelo de Iglesia, dejando a un lado el pesimismo, la rutina y la inercia. Es tiempo de empezar a ver más allá, a soñar con algo diferente y a dar pasos concretos. Es tiempo de enfrentar con seriedad el problema de nuestras masas católicas alejadas y empezar a ensayar algo, para que también ellas puedan participar plenamente del gran banquete que Dios tiene preparado para su Pueblo, superando el bache de la así llamada Religiosidad Popular, que muchas veces raya en el paganismo. Lo que a continuación se presenta, es una simple “propuesta — provocación”, una invitación a pensar en un nuevo modelo de Iglesia, más adecuado a los tiempos actuales y con más fidelidad a la Palabra de Dios y a la auténtica Tradición de la Iglesia. ¿Que podrá haber riesgos? Claro que sí. De hecho, hasta la fecha, al dar a conocer a unas cuantas personas estos escritos según iban saliendo (Tuve un sueño, 2002; Comunidades “Palabra y Vida”, 2003; Y las masas católicas ¿qué?, 2004; El Sacramento de la Reconciliación, 2004), no tuve ningún comentario de parte de la gente más preparada teológicamente. Lo único que escuché por medio de terceras personas, fue la recomendación a no publicar nada para evitar problemas, una opinión totalmente contraria al sentir de la gente sencilla, que, al leer los mismos escritos, se llenaba de alegría y esperanza. Pues bien, para alentar esta esperanza, doy a conocer a un público más amplio mis inquietudes, convencido de que algo se va a lograr, por lo menos remover un poco las aguas estancadas. Y venga lo que venga, por amor al Pueblo de Dios, a quien estoy llamado a servir. “Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que despunte la aurora de su justicia y su salvación llamee como antorcha” (Is 62, 1). México, D.F., a 27 de marzo de 2005. Domingo de Resurrección. P. Flaviano Amatulli Valente, fmap.

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Presentación a la Segunda Edición
La sociedad ha cambiado profundamente; también la Iglesia tiene que cambiar en muchos aspectos, si quiere llevar a cabo su misión. O queda desfasada y rezagada, dejando a sus miembros en la incertidumbre y el abandono. Cambiar o morir: es la ley de la vida. Cambiar o renunciar a cumplir con la propia misión, dejando en otras manos lo que le es propio. Buscar, por lo tanto, un nuevo modelo de Iglesia, más acorde a los tiempos actuales, se vuelve en una necesidad improrrogable o se arriesga con fracasar. Antes se vivía en un régimen de cristiandad o en guetos. Había una unión muy estrecha entre la Iglesia y el estado. Todos eran católicos. Todos frecuentaban la Iglesia. Los sacramentos marcaban los momentos más importantes en la vida del individuo como miembros de la Iglesia y de la sociedad. Excluir a uno de los sacramentos significaba marginarlo de la sociedad. Además, los ministros de la Iglesia eran bastantes para atender a todos los feligreses y todo el ambiente estaba impregnado del espíritu católico, aunque la mayor parte de la población carecía de una formación cristiana explícita y sistemática. Hoy las cosas cambiaron. Se vive en un contexto totalmente diferente al signo del pluralismo. Con mucha facilidad uno se codea con gente, que tiene creencias y costumbres muy diferentes: gente respetuosa y gente fanática, que discrimina y ataca. Además, el número de los ministros de la Iglesia ha disminuido notablemente, mientras por otro lado todo el ambiente, en lugar de ayudar a vivir la fe, le pone obstáculos. Vivimos en una sociedad extremadamente competitiva. Todos tratan de aumentar su membresía o clientela, utilizando todos los medios posibles: las pizzerías, con el afán de aumentar su clientela, envían los pedidos a domicilio; las fábricas de perfumes, cosméticos, medicina y distintos tipos de utensilios cuentan con todo un sistema de distribución, hasta la venta de casa en casa; muchos grupos religiosos tratan de aumentar su membresía utilizando to-

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dos los medios posibles, hasta el visiteo de casa en casa, abordando a todos uno por uno. ¿Y nosotros? Nada. Al toque de la campana, cada quien decida si quiere o no acercarse al templo. Algo raro nos está pasando: mientras todas las demás organizaciones religiosas están tratando de aumentar su membresía, utilizando todos los medios posibles, nosotros ni nos preocupamos de cuidar y retener a los miembros que ya tenemos. ¿Por qué? Por falta de organización y estructuras adecuadas. Y de todos modos seguimos bautizando y casando por la Iglesia, como si no pasara nada a nuestro alrededor, sabiendo que muchos, por no estar debidamente atendidos, algún día nos van a dejar para ir a engrosar las filas de algún grupo proselitista. Es urgente tomar conciencia de que ya no vivimos en un régimen de cristiandad y por lo tanto es necesario pensar en un nuevo paradigma o modelo de Iglesia, capaz de formar a verdaderos católicos, realmente convencidos de su identidad y preparados para resistir ante el embate de los antivalores que presenta la sociedad y la acción demoledora de los grupos proselitistas. Es el momento del valor y la creatividad. No tenemos que olvidarnos de que la Iglesia, con todas sus instituciones, está en función de la misión. Primero la misión y después las instituciones. Las instituciones a servicio de la misión y no viceversa. Cuando un sistema ya no sirve para llevar adelante la misión, sino que la estorba, significa que ya caducó y por lo tanto hay que cambiarlo, buscando uno nuevo. Pues bien, al darnos cuenta que con el sistema actual una gran cantidad de feligreses queda sin una debida atención pastoral, ¿qué estamos esperando para concluir que es tiempo de pensar en algo nuevo, capaz de responder a las necesidades actuales? ¿Qué entendemos por “vino nuevo en odres nuevos”? (Mt 9,17). ¿Tan difícil nos resulta discernir los “signos de los tiempos”? (Mt 16,3). ¿Hasta cuándo seguiremos con el cuento de que “no nos damos abasto” o seguiremos echando la culpa de todo a los nuevos tiempos, impregnados de secularismo, hedonismo y un montón de ismos más? Si otras organizaciones religiosas avanzan, ¿por qué no podemos avanzar también nosotros? ¿Por qué continuamente hay católicos que dejan la Iglesia? Evidentemente, hay algo que no está funcionando en el sistema eclesial, un sistema que es urgente adaptar a los tiempos actuales.

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Desde antes del Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965), ha habido distintas iniciativas, para poner a la Iglesia en grado de responder a los retos que se le presentan hoy en día en orden a la realización de su misión. Pues bien, llegó el momento de empezar a vislumbrar algún proyecto, que abarque todo el ser y quehacer de la Iglesia, un proyecto global de reestructuración eclesial a la luz del dato revelado y la historia de la Iglesia, eliminando sobreestructuras obsoletas, inútiles o dañinas, que le impiden marchar con agilidad y seguridad. Ya contamos con muchas piezas nuevas; nos falta el diseño general, un diseño que esté en sintonía con el proyecto del Fundador y los tiempos actuales y al mismo tiempo dé sentido a cada detalle. De otra manera, lo dejamos todo a la improvisación y a las teorías y gustos personales, que no tienen nada que ver con los auténticos intereses del Reino, sin contar con un punto de referencia preciso y seguro. Ojalá que a nivel general se empiece a entrar pronto en esta nueva perspectiva, con miras a fortalecer el papel de la Iglesia y relanzar la misión, no olvidando el eterno principio “Salus animarum suprema lex”. Confío en que estas páginas puedan representar para muchos un estímulo para pensar y actuar, sumándose a nuestra causa, que consiste precisamente en ir vislumbrando un nuevo modelo de Iglesia, en la cual todo católico tenga la oportunidad de vivir su fe en plenitud, seguridad y dignidad, sin que nadie se sienta abandonado por falta de organización o estructuras adecuadas. El nuevo título del libro, “Hacia un Nuevo Modelo de Iglesia”, nos parece más adecuado para expresar su contenido y al mismo tiempo cumplir con su cometido de “provocar” la reflexión y la acción, especialmente de parte de los que tienen mayor preparación y responsabilidad. México, D.F., a 18 de febrero de 2006. P. Flaviano Amatulli Valente, fmap - Primera edición, 2005. Título: «Un Nuevo Rostro de Iglesia». - Segunda edición, 2006. Se revisó la edición anterior y se añadió: Parábolas, Análisis de la Realidad Eclesial y Dibujando un Nuevo Rostro de Iglesia.

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Primera Parte

Y LAS MASAS CATÓLICAS, ¿QUÉ?
Misión permanente:
“Denles ustedes de comer” (Mc 6,37). Plan Global de Evangelización Masiva (PlaGloEM)
Parece que solamente nosotros no estamos interesados en la suerte de nuestras masas católicas. Según la opinión de muchos “expertos”, es suficiente la Religiosidad Popular para satisfacer su sed de Dios, lo que evidentemente resulta falso, puesto que con facilidad se salen de la Iglesia, atraídas por las nuevas formas de religiosidad que están invadiendo nuestros ambientes, anteriormente totalmente católicos. ¿Qué hacer, entonces?¿Dejarlas sin ningún tipo de protección a la merced de los grupos proselitistas o tratar de fortalecerlas y encaminarlas hacia una vivencia de la fe más auténtica? ¿Qué nos dice al respecto la Palabra de Dios? ¿Con qué contamos para empezar?

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Capítulo 1

Situación Alarmante
Con relación al problema de los alejados, la situación de la Iglesia Católica no es tan halagadora que digamos. En realidad, la cantidad de los católicos practicantes, es decir, de los que son medianamente atendidos por sus pastores, con misa semanal, una confesión de vez en cuando y una que otra práctica de piedad, serán unos 510%. Todos los demás viven de puros ritos y algunas creencias religiosas, sacadas del mundo cristiano, indígena y nuevaeriano. Y mientras pasa esto dentro de la Iglesia, fuera de ella los grupos proselitistas no le dan tregua, haciendo todo lo posible para desestabilizarla mediante todo tipo de ataques. De hecho, han logrado avances muy significativos que ya superan la cantidad de los católicos practicantes. Así que actualmente el 90% de los católicos se queda como tierra de nadie, sumidos en la así llamada Religiosidad Popular, a la merced del primero que logra conquistarlos. Pues bien, ante esta realidad, ¿cómo está reaccionando el mundo católico?

Desde el quinto piso: Teólogos y pastoralistas Según ellos (no todos, evidentemente), puesto que nosotros no estamos en condiciones de atender debidamente a todos nuestros feligreses, tendríamos que ver con buenos ojos la presencia de los grupos proselitistas, que en el fondo nos estarían haciendo un favor, ofreciendo a nuestros hermanos católicos algo que nosotros no logramos ofrecer. Estando así las cosas, no habría que ver la presencia de los grupos proselitistas como un problema, sino como parte de la solución. Pues bien, ésta es la opinión que circula en muchos seminarios y demás centros de formación para agentes de pastoral, una opinión que los descarga de toda responsabilidad con relación al problema de los alejados y los hace aparecer modernos, abiertos y tolerantes.

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Para justificar esta toma de posición, ¿presentan alguna razón de tipo teológico? Ninguna. Les parece algo lógico y nada más, como parte de una visión ecuménica acerca de las relaciones entre los distintos productores de bienes espirituales, eliminando todo tipo de distinción entre verdadero y falso, ortodoxia y heterodoxia, revelación divina o invento humano. Según ellos, algo es algo. En lugar de quedarse sin ninguna guía espiritual, es mejor que el católico alejado sea atendido por otros pastores, sin fijarse en los contenidos religiosos y morales que presentan, si son conformes o están en contra de la doctrina católica. Un total relativismo religioso y moral. ¡Y se consideran teólogos y pastoralistas católicos! En lugar de hacer investigaciones de campo, es decir con la gente católica diseminada en los centros y en las periferias de las grandes metrópolis, en las ciudades, los pueblitos, el campo y las sierras, con sus distintas clases sociales, para conocer la realidad del pueblo católico y buscar la manera de enfrentarla con valentía, prefieren divagar en el mundo de los conceptos o inebriarse con los avance del ecumenismo, considerado como la panacea de todos los problemas eclesiales. Para ellos, todo lo que huele a masas y apologética es signo de atraso teológico y mental. Sufren de agorafobia e irenismo. Definitivamente, el futuro del mundo católico, según ellos, estaría en pequeños grupos de gente bien concientizada, que viviera su fe en paz ecuménica en medio de otros grupos no católicos, como si la actitud agresiva y conquistadora de los grupos proselitistas fuera una reacción natural a otra actitud igualmente agresiva y conquistadora de los católicos. Algo totalmente irreal, inventado para justificar la propia falta de compromiso con la evangelización de las masas, considerada como algo totalmente imposible. En el fondo, ¿de qué se trata? De un pretexto y nada más para justificar la propia falta de imaginación creativa, aunada a un evidente espíritu de inercia y deseo de seguir conservando los propios privilegios. Claro, si queremos seguir con el mismo ritmo y estilo de vida que tenemos actualmente, estamos destinados al fracaso en el campo de la evangelización de las masas, teniendo en cuenta el espíritu de creatividad y agresividad de los grupos proselitistas. Pero eso no es el chiste. Si queremos enfrentar con seriedad el problema de la evangelización de nuestras masas católicas alejadas,

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tenemos que poner todo sobre la mesa y ver si de veras podemos o no podemos, cambiando lo que hay que cambiar y luchando con todas nuestras fuerzas para alcanzar la meta. En realidad, de eso se trata. Los que van a preparar los planes de batalla, no tienen que ser los fracasados, los indolentes, los cobardes o los traidores, sino los valientes, los leales y los decididos. Primero se salieron con el cuento de que no había que tocar la religiosidad popular, puesto que representa un camino de salvación, igualmente válido como cualquier otro. Una vez constatado que no resiste frente al embate de los grupos proselitistas, ahora se salen con otro cuento aún más desastroso, afirmando que nosotros no nos damos abasto para atender a nuestra gente y que por lo tanto no hay que ver como un problema la presencia de los grupos proselitistas, sino como una ayuda necesaria y providencial. Según esa manera de ver las cosas, la comunidad estaría en función de los pastores y no los pastores en función de la comunidad, lo que bíblicamente es un absurdo. Es suficiente ver la vida de las primeras comunidades cristianas, cuando todo estaba en función de la misión y para cada necesidad de la comunidad se establecían ministerios adecuados para hacerles frente. Sería como si un pastor, al no poder atender personalmente a todas las ovejas, por su gran cantidad, viera con buenos ojos la llegada de los lobos, o un empresario que, al no poder llevar personalmente todos sus negocios, los echara a perder o viera con buenos ojos que otros se los arrebataran, quedándose con lo que él personalmente pudiera atender. Según este tipo de gente, lo único que tendríamos que hacer nosotros católicos, sería observar el curso de los acontecimientos, sin intervenir para no dar la impresión de ser intolerantes. Así que, si los demás hacen todo lo posible para conquistar a nuestra gente, están en su derecho de hacerlo y además representan una ayuda para nosotros; si nosotros tratamos de preparar a nuestra gente de manera tal que se integre más a la Iglesia y no se deje arrastrar por los grupos proselitistas, somos unos fanáticos, intolerantes y atrasados. Según ellos, la fragmentación del catolicismo popular, engullido por los grupos proselitistas, sería un hecho ineludible, que no podemos ni tenemos que contrastar por ninguna razón. Pues bien, nosotros no estamos de acuerdo con esta visión de la realidad y esta actitud frente a los acontecimientos, que nos pare-

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ce puro fatalismo y determinismo histórico. Nosotros estamos convencidos de que podemos y tenemos que enfrentar con valor y decisión el problema de la evangelización de nuestras masas alejadas, confiando en Cristo y el papel único que tiene la Iglesia en orden a la salvación del género humano. Si ellos están acostumbrados al mundo de las ideas, sin un entrenamiento práctico para cimentarse con el mundo real de la evangelización, es su problema. Así fueron educados en el seminario y así siguen ahora, sin experiencia en inventar cosas para resolver el problema de la evangelización de las masas. Por un lado, grandes ideas y razonamientos que rayan en sofismas, y por el otro, pura rutina sacramentaria, más cómoda y económicamente provechosa, si se exceptúan algunas chispas especialmente en campo litúrgico. Lo que les pedimos a esos señores (que no son todos los teólogos, pastoralistas o agentes de pastoral, ¡conste!), es que no estorben y nos dejen trabajar en paz, buscando la manera de evangelizar y atender debidamente a nuestras masas alejadas. Es lo único que les pedimos por el momento. Claro que no descartamos la posibilidad de una conversión. Lo que les deseamos de todo corazón.

Desde la calle: Movimientos apostólicos y pueblo en general No comparten la opinión de los que ven el asunto desde el quinto piso. Es más: ni la conocen ni tienen la mínima sospecha de que esto se pueda dar dentro de la Iglesia, y lo que es peor, de parte de los responsables de su cuidado espiritual. No me imagino qué pasaría el día en que el pueblo católico se enterara de esta manera de pensar de muchos de sus pastores. Por lo menos quedaría fuertemente escandalizado, para no decir profundamente decepcionado. Al contrario, el pueblo católico tiene la convicción profunda de que la Iglesia algo puede hacer y ya está haciendo para solucionar el problema de la evangelización y atención pastoral de todos sus miembros, sin acudir al auxilio de gente con doctrinas y prácticas extrañas. Esta convicción profunda del pueblo católico se manifiesta de una manera especial en el esfuerzo que los movimientos apostólicos y eclesiales están haciendo para dar la grande batalla de la evangelización de las masas alejadas, rescatando a cuanta más gente sea

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posible de la ignorancia y el indiferentismo religioso mediante cursillos, visitas domiciliarias y cuantas más iniciativas se les ocurren. Donde más se nota el desaliento, la rutina y la inercia, es precisamente en el clero, que, mientras desprecia a las masas alejadas y está dispuesto a dejarlas en manos de otros pastores, vive de ellas repartiendo sacramentos al por mayor, sin hacer un verdadero esfuerzo por evangelizarlas y atenderlas debidamente. En lugar de ver qué hacer para que lleguen a todos por lo menos las migajas del Evangelio, se conforman con lo poco que hacen, descuidando lo mucho que se podría hacer mediante el auxilio de otros evangelizadores oportunamente preparados y remunerados. Aquí precisamente está el meollo de todo el asunto: se quisiera que los laicos trabajaran en la evangelización, pero sin una adecuada preparación, programada y costeada por la Iglesia, y una adecuada remuneración. Que lo hagan todo “por amor a Dios”, así nomás, espontáneamente y sin tocar las finanzas oficiales, que están destinadas a sostener el culto con sus ministros ordenados. En este contexto, evidentemente, menos agentes de pastoral haya y más se garantiza su adecuado sustento. Todo se ve teniendo en cuenta la preparación y el sustento de los ministros oficiales. Es lo primero que hay que salvar. ¿Y el bienestar espiritual del pueblo católico? ¿Y el mandato misionero? Si hay tiempo y dinero. Que esperen tiempos mejores o de plano busquen por otro lado. Algo parecido está pasando con las religiosas: primero su seguridad económica, después la evangelización. Y visto que los colegios garantizan mejor la seguridad económica, se vuelcan hacia la educación, dejando a un lado la evangelización, que no garantiza nada ni para el presente ni para el futuro. Según mi opinión, aquí está la raíz de todo el problema: en la crisis del clero y la vida consagrada, que representa la crisis de un modelo eclesial agotado. Por lo tanto, urge plantearse el problema de la evangelización de las masas católicas y del mundo pagano, como estímulo para poner al descubierto las causas del actual estancamiento que se nota en la Iglesia católica, camuflado por la euforia de las visitas papales y la canonización de nuevos santos, y empezar a vislumbrar alguna posible solución. La misma acentuación del compromiso con los pobres, buscando en primer lugar la transformación de las estructuras económicas y políticas de la sociedad, en la mayoría de los casos es un

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reflejo del excesivo interés por lo material y la poca sensibilidad por lo espiritual, en cuyo manejo su incompetencia es demasiado evidente.

TAREA 1. ¿Es lo mismo pertenecer a la Iglesia Católica o a uno de los grupos proselitistas, que están haciendo todo lo posible para convencer a los católicos a cambiar de religión (testigos de Jehová, adventistas del séptimo día, pentecostales, etc.)? Sí No 2. ¿Cuáles diferencias encuentras entre la Iglesia Católica y los grupos proselitistas? Iglesia Católica:

Grupos proselitistas:

3. Entre tus parientes, amigos y conocidos, ¿hay algunos que han dejado la Iglesia Católica para pasarse a otro grupo religioso? Sí No Si la respuesta es afirmativa, señala cuántos se cambiaron de religión: 4. ¿Se cambiaron de religión solamente los católicos alejados o también algunos católicos practicantes e incluso católicos que pertenecían a las asociaciones o movimientos apostólicos? -Solamente católicos alejados. -También los católicos de los movimientos apostólicos. ¿Por qué sucede esto, si se trata de personas preparadas en campo religioso?

5. Por lo general, ¿quiénes se cambian de religión? -Los católicos -Los que pertenecen a los grupos proselitistas 6. Los católicos que se cambian de religión ¿lo hacen espontáneamente (por gusto, curiosidad, despecho, venganza o por no sentirse satisfechos por lo que se les ofrece dentro de la Igle-

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sia) o son inducidos por los que pertenecen a los grupos proselitistas? -Espontáneamente -Son inducidos 7. ¿Cómo te sientes cuando llega algún miembro de los grupos proselitistas para convencerte a cambiar de religión? -Capaz, preparado bíblicamente y seguro. -Impreparado, impotente, inseguro y miedoso. 8. ¿Cómo se sienten los que pertenecen a los grupos proselitistas cuando van de casa en casa, para convencer a los católicos a cambiar de religión? -Capaces, preparados bíblicamente y seguros. -Impreparados, impotentes, inseguros y miedosos. 9. Los que pertenecen a los grupos proselitistas, ¿están realmente preparados en campo bíblico o se están aprovechando de ka ignorancia de los católicos? -Están realmente preparados. -Se están aprovechando de la ignorancia de los católicos. 10. Tú ¿cómo te sientes ante esta situación?

11. ¿Cómo ves la acción de los grupos proselitistas con relación a la Iglesia Católica? -Para nosotros representan un problema, porque confunden a la gente y la alejan de la Iglesia -Para nosotros representan una ayuda, puesto que también ellos están evangelizando. En el fondo, todos estamos buscando al mismo Dios. 12. Con relación al futuro de las masas católicas, ¿qué opinas? -Puesto que nosotros no estamos en condiciones de evangelizarlas y atenderlas debidamente, en lugar de quedarse sin nada, es mejor que sean evangelizadas y atendidas por los grupos proselitistas. -Con la ayuda de Dios, echándole ganas y organizándonos mejor, nosotros católicos comprometidos podemos evangelizar y atender debidamente a nuestras masas católicas alejadas.T

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13. ¿Es posible enfrentar el problema del proselitismo religioso, sin aportar ciertos cambios al interior de la Iglesia? Sí No Si la respuesta es negativa, ¿cuáles cambios sugieres?

¿Por dónde se puede empezar?

14. Escribe una Carta a tu Señor Cura, presentándole la situación en que se encuentra el pueblo católico a causa del proselitismo religioso, cómo te sientes ante esta situación y qué sugieres para enfrentar este problema. (Puedes utilizar una hoja aparte).

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Capítulo 2

Palabra de Dios
¿Qué dice al respecto la Palabra de Dios, secundada por la Tradición y la praxis bimilenaria de la Iglesia? Sin duda, no está de acuerdo con los que ven las cosas desde el quinto piso.

Huesos secos Un campo de huesos secos se presenta delante de los ojos del profeta. Dios le pregunta: “Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?”. Respuesta: “Señor Yahvé, tú lo sabes” (Ez 37, 3). Aquí está la fe del profeta, que se basa, no en los cálculos humanos, sino en el poder de Dios. Y viene el milagro: el profeta habla y los huesos secos se juntan, recobran su carne y su espíritu y se transforman en un ejército. Explicación: “Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Ellos andan diciendo: Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, todo se ha acabado para nosotros. Por eso profetiza. Les dirás: Así dice el Señor Yahvé: He aquí que yo abro sus tumbas, pueblo mío: los haré salir de sus tumbas, pueblo mío, y los llevaré de nuevo a la tierra de Israel. Entonces, sabrán que yo soy Yahvé cuando abra sus tumbas y los haga salir, pueblo mío. Infundiré mi espíritu en ustedes y vivirán; los estableceré en su tierra y entonces sabrán que yo, Yahvé, lo digo y lo hago, oráculo de Yahvé” (Ez 37, 11-14). Así, en un pueblo desterrado y desanimado, renace la esperanza por la fe en el poder de Dios, una fe centrada en el profeta que en nombre de Dios habla sobre los huesos secos y hace posible el milagro. ¿Qué estamos esperando para que esto se haga realidad entre nosotros? Nuestras masas católicas, frente al avance de los grupos proselitistas, se sienten desanimadas, frustradas, acomplejadas y abandonadas. ¿Dónde están los profetas, capaces de reanimarlas en nombre de Dios? Al contrario, los amigos del quinto piso vienen a desanimarlas aún más con sus anuncios de mal agüero, asegurando que no hay nada que hacer para que esos huesos secos puedan tener vida dentro de la Iglesia. El único camino de salvación que les proponen, se encuentra fuera de la propia Iglesia. ¡Una auténtica locu19

ra en campo bíblico y teológico! ¡Un evidente reconocimiento del propio fracaso pastoral y de la propia falta de fe e imaginación creativa! Una señal de alarma acerca de la actual situación de la Iglesia, muy atenta, respetuosa y abierta hacia fuera y muy descuidada hacia adentro.

Multiplicación de los panes Frente a un gentío enorme que lo buscaba, Jesús “sintió compasión, pues estaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6, 34). Haciéndose tarde, “los discípulos se le acercaron y le dijeron: “Despídelos para que vayan a las aldeas y a los pueblos del contorno a buscar algo de comer”. Él les contestó: “Denles ustedes de comer” (Mc 6, 36-37). Y con cinco panes y dos pescados, hubo comida para todos, hasta sobrar. Alguien dirá: “Pero esto fue un milagro”. Claro que fue un milagro. ¿Y qué? ¿Acaso en el campo de la fe hay que descartar los milagros? Sépanlo bien los señores del quinto piso: en el campo de la fe, creer en los milagros es ser realistas. De otra manera que se metan de sociólogos, matemáticos o filósofos, no de teólogos o pastoralistas. Así que, frente a la gran cantidad de católicos que viven como ovejas sin pastor, en lugar de repetir las palabras de los discípulos: “Despídelos”, empiecen a inventar algo para darles de comer, echando mano de lo que tenemos y convencidos de que después intervendrá Dios, que hará lo demás, hasta sobrar. Ésta es precisamente nuestra visión acerca del papel de los pastores con relación a las masas católicas alejadas: hacer todo lo posible para que sean debidamente instruidas y atendidas. ¿Utopía? Claro, de eso se trata. ¿Irrealizable? No. Según nuestra manera de ver las cosas, con la ayuda de Dios, todo es posible. O de otra manera nos ponemos a vender pepitas por la calle. TAREA 1. ¿Ya conocías Ez 37,1-14? Sí No 2. Copia lo que te parece más importante de los dos textos: - Ez 37, :

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- Mc 6,

:

3. Según tu opinión, ¿cuál es el plan de Dios acerca de las masas católicas? -Que cada quien vea qué hacer para solucionar su problema de cómo acercarse a Dios -Que sean evangelizadas y atendidas de parte de la Iglesia Católica 4. Según tu opinión, ¿a qué se debe tanta apatía en el campo de la evangelización de parte de muchos agentes de pastoral? Puedes señalar uno o distintos aspectos: -Crisis de fe -Influjo del espíritu mundano -Desconocimiento de las Escrituras -Excesiva preocupación por la promoción humana -Flojera -Intereses personales -Otras razones:

5. Tú ¿qué puedes hacer para que cambie esta situación?

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6. Con relación al futuro de las masas católicas, ¿cuál es tu utopía (sueño, ideal, meta, deseo)?

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Capítulo 3

En concreto, ¿Qué podemos hacer?
Algo se puede hacer para empezar. Lo importante es tener bien claro el objetivo, que consiste en formar y atender adecuadamente a todo el pueblo católico a nivel masivo, utilizando todos los medios posibles. Una vez que esté bien claro el objetivo, no faltarán iniciativas para alcanzarlo. De otra manera, va a pasar en el campo religioso lo que está pasando en el campo económico: de una parte hay unos cuantos afortunados, que cuentan con todo tipo de recursos, y de otra parte hay una enorme masa de desheredados, que no cuentan ni con lo necesario para una vida digna. Lo extraño es que, mientras muchos elevan el grito al cielo por las injusticias que se dan en el campo económico, no mueven ni un dedo para acabar con la enorme desigualdad que se está dando en el seno de la Iglesia.

1.- Religiosidad popular No es cierto que hay que dejarla así como está. Es necesario purificarla en todos sus aspectos. - Prácticas de piedad. Es necesario aprovecharlas para evangelizar al pueblo católico. ¿Cómo? Haciendo un uso abundante de la Palabra de Dios: Rosario Bíblico, Vía crucis Bíblico, Posadas Bíblicas, Novenario de difuntos Bíblico, etc. El enorme éxito que está teniendo este tipo de folletos, es un claro reflejo de la gran sed de Dios, presente en el pueblo católico. - Fiestas religiosas populares. Hay que reestructurarlas en la medida en que sea posible una intervención de parte de los agentes de pastoral. Por lo menos no hay que verlas como pretexto para obtener recursos económicos, 23

permitiendo y alentando el consumo de bebidas alcohólicas, distribuyendo sacramentos al por mayor, con escasa o nula preparación, etc. Aparte de esto, hay que ver cómo aprovecharlas para evangelizar, promoviendo algún concurso bíblico entre niños, adolescentes, jóvenes y adultos, concurso de teatro, poesía, grupos de música cristiana, concurso con disfraces de santos, concursos de coros, carros alegóricos bíblicos o que representen al santo que se está festejando. Es tiempo de empezar a desmitificar a los santos con sus relativas imágenes, y todo esto en un contexto festivo y popular, para poder llegar a las masas. Si los agentes de pastoral empiezan a ver las fiestas religiosas populares en una perspectiva de evangelización, no les faltarán iniciativas para su imaginación creativa, propiciando un nuevo despertar en el arte popular, especialmente en el teatro, la danza y la música. Imagínense cuánto trabajo podrían tener los conjuntos de música cristiana, si se aprovecharan oportunamente las fiestas religiosas. Se podría dar origen a un nuevo género musical en campo católico.

2.- Catequesis presacramental Dijo Jesús: «Denles ustedes de comer» (Mc 6, 37). Pues bien, por lo pronto, ¿qué tenemos para dar de comer a las masas católicas alejadas y así empezar a satisfacer su hambre espiritual? La catequesis presacramental. Es la grande oportunidad que tenemos para transformar el catolicismo a nivel masivo, dándole seguridad y dignidad. Que el católico, a nivel general, en lugar de sentirse acomplejado frente a los grupos proselitistas, pueda sentirse orgulloso por pertenecer a la única Iglesia fundada por Cristo (Mt 16, 18). Es urgente hacer algo para aumentar la autoestima del pueblo católico. Para lograr esto, es necesario revisar la catequesis desde la raíz. No se trata de añadir al catecismo algún dibujito o aprender a manejar uno que otro recurso pedagógico. Antes que nada, es necesario introducir al católico desde la niñez en el mundo maravilloso y sabroso de la Biblia y ayudarlo a buscar en la misma su auténtico alimento espiritual y la respuesta a los ataques y los cuestionamientos de los grupos proselitistas. En segundo lugar, es necesario que se haga en un clima de oración y en la perspectiva de un verdadero camino de fe. 24

Solamente así garantizaremos su perseverancia, una vez recibido el sacramento. Y puesto que la mayoría de los católicos acude a la catequesis presacramental, ésta ofrece una oportunidad única para fortalecer la fe del católico común y ponerlo en grado de resistir frente a cualquier solicitación que le venga de parte de los grupos proselitistas. Si, al contrario, seguimos insistiendo en el aprendizaje de ciertas fórmulas como condición para tener acceso al sacramento, no tenemos que extrañarnos si, una vez logrado el objetivo, ya no vuelven. En realidad, las fórmulas no entusiasman a nadie. Se necesita, antes que nada, crear entusiasmo entre los que acuden a la catequesis presacramental, y con la Palabra de Dios se logra esto con creces, y después programar un verdadero entrenamiento para que, los que acuden a la catequesis, se acostumbren a orar, a respetarse y a vivir en comunidad como verdaderos discípulos de Cristo. Es tiempo de acabar con una praxis, que está distorsionando el sentido del sacramento, considerado como un rito y nada más, delegando a retiros y cursos de evangelización el verdadero encuentro con Dios. Es tiempo de unir la evangelización con el sacramento, reviviendo el papel del sacramento como instrumento y manifestación del propio encuentro con Dios.

- Primera Confesión y Primera Comunión. Antes que nada, hay que separar estos dos sacramentos para que cada uno sea visto en su función específica y no uno en función del otro. Que pasen por lo menos unos seis meses entre la Primera Confesión y la Primera Comunión. Así uno se va entrenando a practicar el sacramento de la confesión y éste no quede oscurecido por el de la comunión. En la práctica, ¿qué estamos haciendo y qué proponemos? Empezar con un breve curso sobre la Historia de la Salvación («Curso Bíblico para Niños»), para que el niño se vaya familiarizando con la Biblia. Sigue el curso de preparación para la Primera Confesión y Primera Comunión («Pan de Vida»), buscando los textos directamente en la Biblia para examinarlos, hacer las tareas y aprender de memoria los más importantes. En apéndice se presentan las oraciones más importantes, las enseñanzas fundamentales y aquellos elementos que no fueron tra25

tados anteriormente, en forma de catecismo tradicional. Dependerá del párroco y el catequista seleccionar lo que considere conveniente para el estudio o el aprendizaje. Se concluye con un cursillo de apologética («Soy Católico»), donde se aclara el fundamento de la Iglesia Católica y se da respuesta a los principales ataques de los grupos proselitistas. La experiencia enseña que, donde esto se está llevando a cabo, los niños y adolescentes se sienten seguros en su fe y orgullosos de ser católicos. Ya no tratan de escabullirse, cuando alguien los cuestiona en su fe. ¿Cómo será el catolicismo de aquí a 20 — 30 años, cuando la mayoría de los católicos contará con este tipo de formación básica? Después de haber hecho la Primera Comunión, los niños y los adolescentes se siguen reuniendo como una pequeña comunidad cristiana, con oración, canto, mesas redondas, reflexiones bíblicas, vida de santos, etc. Todo depende del grado de fe y madurez cristiana de quienes los dirigen. El teatro bíblico y los juegos bíblicos se han manifestado como óptimos medios de entretenimiento y al mismo tiempo de profundización de la Palabra de Dios en esta etapa de la vida cristiana. Para eso contamos con el folleto “Aprender la Biblia Jugando”.

- Confirmación. Se empieza con un curso bíblico («Historia de la Salvación. Curso Bíblico Popular»), en que se profundizan los elementos ya examinados en el curso anterior. Sigue el curso específico para la Confirmación («Ven, Espíritu Santo»), dividido en tres partes: a) Cristo, el único Salvador, b) Cristo, el único Señor, c) Cristo manda su Espíritu. Cada parte se concluye con un retiro espiritual. Lo ideal sería que el mismo sacramento se confiriera durante el último retiro, en un clima de recogimiento y oración. Al mismo tiempo, durante el transcurso de la preparación, todos los domingos y fiestas de guardar se tiene que acudir a la celebración eucarística o al encuentro de oración (en caso que no se cuente con celebración eucarística), se tiene que practicar alguna obra de misericordia corporal y espiritual, participar en algunas jornadas vocacionales, etc., y todo esto bien comprobado mediante testimonios e informes por escrito.

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De una vez por todas tenemos que olvidarnos de la praxis actual, según la cual basta saberse de memoria algunas nociones de doctrina cristiana para tener acceso a los sacramentos. Pues bien, no basta saber, hay que practicar. Teoría y práctica. Buenas intenciones y hechos concretos. Mente, corazón y vida. Conocimiento y experiencia. Esta es la vida cristiana. Es un caminar, no un simple saber. Y en este proceso intervienen los sacramentos para sellar un camino recorrido y marcar el rumbo a seguir para el futuro. Para completar la formación, antes de la recepción del sacramento de la Confirmación, es oportuno afianzar más la propia identidad como católico, con otro curso de apologética (La Iglesia Católica y las Sectas: preguntas y respuestas), más amplio y completo que el primero.

- Matrimonio. En lugar de seguir con alguna plática genérica y masiva acerca de los contenidos de la fe, ¿no es mejor que una pareja de católicos bien integrados a la comunidad parroquial se encargue de su preparación? En realidad, no se trata de transmitirles puros conocimientos doctrinales, sino de ayudarlos a crecer como seres humanos e hijos de Dios, a la luz de la Palabra de Dios y de la sana psicología, dando amplio espacio al diálogo entre los mismos novios. Es lo que pretendemos mediante el folleto “Un pacto de Amor”. Además, ¿por qué no exigir un retiro espiritual como preparación inmediata para la recepción de este sacramento? ¿No será para evitar protestas de parte de algunos inconformes, con el riesgo de ver disminuir el número de los matrimonios religiosos con relativa disminución de los ingresos económicos? Imagínense qué sucedería el día en que todos los que quisieran casarse por la Iglesia tuvieran que asistir a un retiro espiritual de unos dos o tres días. ¡Cuántos agentes de pastoral tendrían trabajo de sobra con su relativa remuneración, permitiendo, además, un uso más abundante y constante de las casas de retiro y en general de las instalaciones de la Iglesia! 3.- Vivir en comunidad En un mundo tan conflictivo como el nuestro, es difícil vivir la fe a solas. ¿Dónde encontrar el apoyo necesario para sostenerse y crecer en la fe? En la comunidad. No una comunidad de tipo admi27

nistrativo y funcional, sino como un espacio donde madurar como seres humanos e hijos de Dios. Aquí está la clave de todo y la razón del fracaso de cierto tipo de comunidad, impuesto desde arriba en función de una ideología o sencillamente de la parroquia. No. El objetivo de la pequeña comunidad cristiana consiste en procurar el bien de sus miembros a todos los niveles. La verdadera comunidad cristiana es una palestra, en que uno se entrena a vivir como hijo de Dios, y al mismo tiempo representa un remanso de paz en que se aprende a saborear los frutos de una vida según el plan de Dios. En la pequeña comunidad cristiana uno encuentra la oportunidad de desahogarse, abrirse y pedir ayuda. Al mismo tiempo, tiene la oportunidad de compartir, aprender y prestar ayuda. Se llora con quien llora y se ríe con quien ríe. Se ora el uno por el otro. Se hace realidad la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo. Claro que, una vez fortalecido en la comunidad, cada uno podrá ofrecer un mejor servicio a la parroquia o a la Iglesia en general, según la propia disponibilidad y el don recibido. (Ver AMATULLI VALENTE, FLAVIANO, Comunidades “Palabra y Vida”, Ediciones Apóstoles de la Palabra, México 2006).

4.- Misión: lanzar las redes Los alejados no se acercarán a la Iglesia por arte de magia. Es necesario buscarlos y hacerles gustar algo del banquete que la Iglesia les tiene preparado. ¿Cómo? Los grupos proselitistas cuentan con una larga experiencia en este aspecto. Lo malo es que utilizan al mismo tiempo métodos lícitos y métodos ilícitos. A nosotros nos interesan los primeros. - Catequesis personalizada. Se necesita un encuentro personal entre el creyente y el alejado. Más que una doctrina, lo que despertará el interés en el alejado será la esperanza de encontrar una respuesta a las propias inquietudes de superación y felicidad. De ahí la importancia del diálogo personal y el testimonio de vida. El problema es: “¿Cómo acercar a tanta gente alejada? ¿Por dónde empezar?” Es que no tenemos experiencia en este tipo de apostolado.

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- Preparación para papás y padrinos del bautismo Lo mismo que para los novios. En casa; si es posible, con la participación de todos los miembros de la familia. Se trata de palpar la realidad que se vive en aquel hogar y tratar de ayudar a todos a dar un paso en adelante con ocasión del nacimiento de un nuevo miembro de la familia y su inserción en la comunidad eclesial. Mediante estos encuentros en un clima de familia, es fácil dar inicio a una relación de amistad, cuyas consecuencias son impredecibles. Los lazos se van estrechando siempre más, hasta volverse compadres y llegar a compartir los mismos ideales y la misma vida cristiana. Para eso tenemos el folleto “Hijos de Dios y Herederos de la Gloria”, en el cual se conjugan oportunamente la Palabra de Dios y algunas dinámicas de terapia familiar. - Atención a enfermos graves y moribundos (Unción de los enfermos) Se trata de una oportunidad, que nosotros católicos hemos descuidado demasiado, delegando todo el quehacer al sacerdote, que no siempre cuenta con el tiempo suficiente y la adecuada disposición de ánimo para llevar al enfermo hacia un verdadero encuentro con Dios. Todo se hace aprisa, limitando enormemente la eficacia del sacramento. ¿Qué tal si la comunidad parroquial cuenta con un ministerio especial, que se aboque a la atención pastoral de los enfermos graves y moribundos? Esencialmente se trata de crear un clima de oración, en que todo se vuelve posible: el arrepentimiento, la petición mutua de perdón, el abrazo de paz y la espera confiada del encuentro con el Señor. En este contexto, la presencia del sacerdote viene a sellar y a dar sentido a un camino ya recorrido, abriendo la posibilidad de nuevos encuentros con los miembros de la familia, que tal vez viven lejos de la comunidad eclesial. (Ver «Sufrir Con Cristo», de nuestras ediciones). - Atención a los dolientes, en caso de muerte. Otra grande oportunidad desperdiciada. Es el momento mejor para reflexionar sobre el sentido de la vida, consolar e infundir esperanza. Los grupos proselitistas aprovechan a lo máximo esta cir29

cunstancia para acercarse a nuestra gente y conquistarla. ¿Por qué no lo hacemos nosotros? ¿Quiénes? Los laicos más comprometidos, oportunamente preparados y entrenados para este ministerio. Para este ministerio, se puede aprovechar la celebración del Novenario de Difuntos ((Ver AMATULLI VALENTE, FLAVIANO, Novenario de Difuntos, Ediciones Apóstoles de la Palabra, México 2006).

- Visitas domiciliarias. Algo se está haciendo en este aspecto, pero muy poco y sin un adecuado entrenamiento. Por lo general, no se visitan las casas de los que no son católicos. ¿Por qué? Por no sentirse preparados para entablar un diálogo con este tipo de personas. ¿Y qué pasa? Que, de todos modos, los católicos alejados presentan las mismas dudas y las mismas objeciones de los que ya se salieron de la Iglesia. ¿Qué hacer, entonces? Prepararse adecuadamente para realizar las visitas domiciliarias, estando capacitados para dialogar con todo tipo de gente: creyente y no creyente, católica o no católica. No se puede ir a la guerra, sin estar debidamente entrenados. Además, para que las visitas domiciliarias sean provechosas, es oportuno programar los temas a tratar y llevar un control de los hogares que se están visitando con la gente que asiste a las charlas, hasta no lograr su completa integración a la vida parroquial. Claro que no todos aceptan las visitas con sus relativas enseñanzas. Y, entre los que aceptan, un porcentaje muy bajo llega a una verdadera conversión. De todos modos, se le hace la lucha. Algo es algo. Mejor poco que nada. Lo que importa, es avanzar. Una reflexión: ¿Qué sería de la Iglesia el día en que los sacerdotes, los diáconos permanentes, los seminaristas, las religiosas y demás agentes de pastoral empezaran a hacer las visitas domiciliarias? Empezarían a bajar del quinto piso y a ver las cosas de una manera muy diferente. Sería el inicio de la grande revolución en la Iglesia, el rompimiento del paradigma actual para dar inicio a un nuevo paradigma. - Misiones populares. Con otro estilo, evidentemente, y con gente preparada para el caso, los misioneros parroquiales precisamente, en misión permanente. Podrían abarcar un barrio, una ciudad o parte de ella. Según las necesidades concretas, podrían participar solamente los misio30

neros del mismo territorio u otros de los territorios cercanos. Todo un estilo nuevo que hay que inventar e implantar dentro de la Iglesia con espíritu de optimismo y creatividad.

- Medios de comunicación masiva. Otro enorme reto para la Iglesia. En realidad, no se trata simplemente de utilizar de vez en cuando la radio o la televisión para transmitir algún evento especial o contar con algún programa de radio o televisión para evangelizar. Se trata de toda una cultura de los medios de comunicación masiva, que falta en la Iglesia. Mientras la competencia no escatima ni dinero ni esfuerzo para aprovechar estos medios de comunicación masiva en orden a conquistar a nuevos adeptos, nosotros seguimos invirtiendo nuestro dinero en salones, santuarios y templos para perennizar el nombre de tal o cual personaje eclesiástico, como si el dinero gastado en los medios de comunicación masiva corriera el riesgo de esfumarse en el aire. Es que no creemos realmente en la evangelización, mucho menos en la receptividad de las masas en orden a un cambio de vida. Y seguimos perdiendo gente. El día en que nos decidamos a enfrentar con seriedad el problema de la evangelización de nuestras masas católicas, bautizadas pero no evangelizadas, todo empezará a cambiar, entrenando en su uso a nuestros pastores desde los años de seminario y decidiendo invertir en ellos buena parte del presupuesto. - Actividades y situaciones diferentes Más la sociedad avanza y más compleja se hace la evangelización, teniendo en cuenta distintos aspectos: - Lugares. No es lo mismo trabajar en el campo, el pueblo, la ciudad o la grande metrópoli. Por lo tanto, es necesario preparar y ensayar diferentes programas de acción pastoral, teniendo en cuenta cada ambiente concreto. - Áreas. Tres áreas fundamentales: profética, litúrgica y social. Para cada una, hay que establecer iniciativas particulares.

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- Ambientes. Campesinos, estudiantes, empleados, políticos, migrantes, enfermos, etc. - Personas. Niños, adolescentes, jóvenes, adultos y tercera edad. - Preparación. No basta invitar a la gente a evangelizar. Hay que prepararla primero. No hay que olvidarse del refrán latino: “Nemo dat quod non habet” (nadie da lo que no tiene). Primero prepararla y después enviarla. ¿Cómo prepararla? Mediante cursos a nivel parroquial e interparroquial, escuelas de evangelización y catequesis, institutos de teología para laicos, programas de teología a distancia, etc. Lo importante es que puedan contar con algún tipo de formación sistemática. En este aspecto, los apóstoles de la Palabra tenemos a disposición de los agentes de pastoral y los misioneros parroquiales dos iniciativas muy concretas: curso de evangelización y catequesis y curso de teología a distancia, algo que ya se está practicando en nuestros centros de evangelización, abiertos para todos, y se puede fácilmente implantar en cualquier lugar. - Movimientos eclesiales y apostólicos. Son los que más están respondiendo a los retos de la Nueva Evangelización con una frescura y un entusiasmo realmente envidiables. Ahora bien, en lugar de verlos como competencia o al margen del proceso diocesano o parroquial y tratar de controlarlos, asignándoles tareas no propias, ¿no sería mucho mejor darles mayor libertad, permitiéndoles recorrer plenamente su itinerario de fe, incluyendo la celebración de los sacramentos con el apoyo de sus asesores eclesiásticos? Haciendo esto, se daría más espacio al florecimiento de los carismas y se abriría el paso para nuevas experiencias en el campo de la pastoral, experiencias que en el futuro podrían resultar muy útiles para toda la Iglesia. En esta línea, sería muy oportuno conferir a los asesores eclesiásticos, con relación a los miembros de la asociación o movimiento que atienden, las mismas facultades de las que gozan los párrocos con relación a sus feligreses. ¿Un escándalo? Más bien un intento de abrir nuevas puertas a la evangelización, haciéndola más ágil y efectiva.

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Una vez llevado a cabo el proceso de formación y maduración en la fe según su carisma y estilo propio, estarán en grado de ofrecer a la parroquia y a la diócesis un servicio más efectivo, de una manera especial a favor de los más alejados.

- Agentes de pastoral y Misioneros Parroquiales. ¿Cuál es la diferencia fundamental entre los agentes de pastoral en general y los misioneros parroquiales? Los primeros se dedican a cuidar a los católicos que de por sí acuden a la Iglesia, mientras los demás se dedican a buscar a los católicos alejados, tratando de integrarlos a la vida de la Iglesia. ¿De dónde sacar tanta gente para atender a las necesidades espirituales del mundo católico? Esencialmente de los movimientos apostólicos y eclesiales. Una vez que cuenten con un cierto nivel de vida cristiana, no es difícil el paso hacia la misión, actuando cada quien según el don recibido En esto consiste precisamente el papel de las asociaciones y los movimientos apostólicos y eclesiales: no vivir la fe al margen de la masa, sintiéndose superiores a los demás, sino en función de la masa, como levadura y enviados para anunciarles el Evangelio. 5.- Ministerio diversificado Alguien podría preguntar: “Todo esto parece muy bonito en el papel. En la práctica, ¿cómo es posible realizar todo esto, contando con tan pocos presbíteros, muchas veces ancianos y enfermos?” Respuesta: “Si para enfrentar todos los problemas de la pastoral queremos seguir contando solamente con los presbíteros, claro que no se puede. Por lo tanto, es necesario y urgente poder contar con otro tipo de agentes de pastoral, dedicados a la cura de almas”. ¿Cómo? Vamos a ver. - Con ordenación o sin ordenación. No todo lo que concierne a la pastoral exige el ejercicio del orden sagrado. Hay muchas actividades que pueden ser realizadas por laicos: catequesis, consejería, organización, economía, etc. Entonces, ¿por qué no echar mano de un grupo suficiente de laicos, para desempeñar en la Iglesia todas aquellas funciones que no exigen el ejercicio del sacramento del orden? 33

Claro, primero hay que seleccionarlos, prepararlos debidamente, acompañarlos y darles un verdadero status dentro de la Iglesia. No se trata de tomarlos así nomás y darles algún encargo, con la posibilidad de despedirlos en cualquier momento, a veces sin darles ni las gracias. Aquí está el punctum dolens (el punto que duele). Y para no enfrentar este problema con seriedad y sentido de responsabilidad, se prefiere trabajar a solas, abandonando a su destino a cantidades enormes de católicos, bajo cualquier pretexto.

- A tiempo completo y a tiempo limitado. No todos ni siempre es necesario que trabajen a tiempo completo. Muchos podrán trabajar a tiempo limitado, alguna hora diaria o algún día a la semana. Todo depende de la situación concreta de cada agente de pastoral y el tipo de ministerio que se va a desempeñar. - Con sueldo o sin sueldo. Si se trata de una actividad esporádica o de poco compromiso, evidentemente no se necesitará ningún tipo de remuneración. Cuando, al contrario, se trata de un servicio permanente, que supone una verdadera preparación y un verdadero compromiso, entonces será necesario hablar de remuneración, según el tiempo que se dedica al ministerio y el esfuerzo que implica. En la práctica, se trata de algo que hay que inventar casi por completo, estando acostumbrados a pagar un sueldo casi exclusivamente a la secretaria, encargada de la oficina parroquial, y al sacristán. Por lo que se refiere a los demás, gratis et amore Dei (gratuitamente y por el amor de Dios). Ahora habría que pensar en un sueldo también para los demás agentes de pastoral, que desempeñan algún servicio en la parroquia. Si se trata de atender algún pueblo o sector, es posible que se sostenga con las limosnas que dé la gente u otras iniciativas que él mismo puede llevar a cabo. Es algo que habría que decidir a nivel de consejo de pastoral y de economía.

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- Papel de la parroquia territorial Coordinar fuerzas. Comunidad de comunidades, no iguales, sino diferentes, cada una según su carisma y estilo propio. Las comunidades eclesiales de base como una opción entre tantas. Unidad en la diversidad. Con un párroco, no dictador, sino coordinador. Que todo se haga en libertad y respeto. Un verdadero taller de humanismo, civilidad y ejercicio de la fe.

TAREA 1. Según tu opinión, ¿cuáles son las dificultades más grandes para echar andar este programa?

2. ¿Cómo ves la posibilidad de que cada movimiento lleve a cabo por separado su proceso de maduración en la fe, incluyendo la recepción de los sacramentos? Bien Mal ¿Por qué?

3. ¿Es posible poner a la parroquia en estado de misión permanente? Sí No ¿Por qué? 4. ¿Conoces alguna experiencia al respecto? Sí No Si la conoces, habla al respecto:

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5. ¿Es importante atender a los enfermos y a los moribundos? Sí No ¿Por qué?

6. En una parroquia, ¿es posible visitar periódicamente a todos los católicos alejados? Sí No Si es posible, ¿por qué no se hace?

7.- En concreto, tú ¿qué puedes hacer para ayudar en la evangelización de las masas católicas?

8.- Habla de la catequesis presacramental como se imparte en tu parroquia. ¿Qué te parece si se empieza a poner en práctica las sugerencias presentadas en este folleto?

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OBJECIONES 1.- ¿Régimen de cristiandad? Este Plan da la impresión de ser un intento para regresar al antiguo régimen de cristiandad. ¿No sería mejor apostar por la competencia entre los distintos productores de bienes espirituales? Una cosa es la competencia y otra cosa es la rendición o la traición. Los amigos de la competencia no necesitan nuestro permiso o apoyo para actuar. Ya lo hacen por su cuenta, con ganas y tenacidad, logrando éxitos que nunca se hubieran podido imaginar hace algunos años, debido precisamente a nuestro espíritu de inercia o actitud irresponsable con relación al cuidado de nuestro rebaño. 2.- Diálogo ecuménico e interreligioso Si se echa a andar este Plan, ¿no se corre el riesgo de perjudicar el diálogo ecuménico e interreligioso, que ya representa una de las más grandes conquistas de la Iglesia Católica en estos últimos tiempos? El diálogo ecuménico e interreligioso no consiste en entregar en una bandeja de plata nuestras masas católicas a otros grupos religiosos. Aunque en otras latitudes tiene su razón de ser, para nosotros es algo totalmente abstracto, que no va más allá de una pura ejercitación académica, sin ninguna relación con la realidad, una realidad desafiante, que no admite demora. Además, representa uno de los efectos negativos del fenómeno de la globalización al interior de la Iglesia, olvidándose del principio “pensar globalmente y actuar localmente”. En este caso parece que se esté actuando locamente. Evidentemente, donde se den las condiciones, hay que actuar con espíritu de diálogo. Se tratará siempre de excepciones a la regla general, que es el proselitismo religioso, cuya respuesta tiene que ser la apologética. 3.- Punto de arranque Poniendo en marcha este Plan, ¿ya se resuelve el problema de nuestras masas católicas alejadas? No. Más que nada, este Plan representa el punto de arranque 37

para tomar conciencia del problema y tratar de enfrentarlo seriamente. Una vez aclarado que no es correcto abandonar las masas católicas en las manos de los grupos proselitistas o la no creencia, no faltarán iniciativas para enfrentar con seriedad el problema de la evangelización de nuestras masas católicas, creando una nueva manera de ser Iglesia. Teniendo en cuenta esto, todas las iniciativas prácticas que se presentan aquí, son simples sugerencias o intentos para dar respuesta a las distintas problemáticas que se presentan en el campo de la evangelización de las masas. Y no se olvide que es siempre la misión la que define el ritmo y el estilo de Iglesia para cada tiempo y cada lugar.

4.- Un paso más Se trata de avanzar poco a poco, dando un paso tras otro. No se trata de atacar al mismo tiempo en todos los frentes, declarando una guerra total contra la praxis actual. Se empieza con exigir ciertos requisitos para acceder a los sacramentos. En la medida en que la masa católica vaya reaccionando, no todos evidentemente, se van apretando las tuercas. Y así se avanza poco a poco, hasta llegar a poner los sacramentos en el lugar que les corresponde en el conjunto de la vida cristiana. Naturalmente, en este proceso no faltarán inconformidades, oposición o rechazo, hasta con la amenaza de dejar la Iglesia. No pasa nada. Cuando alguien deja la Iglesia por no querer aceptar las exigencias de la fe, entonces no tenemos que asustarnos, pensando que lo mismo le pasó a Jesús (Jn 6, 66). Lo malo es cuando alguien deja la Iglesia por no encontrar en ella el alimento espiritual que necesita o por algún mal testimonio. 5.- No abaratar la vida cristiana Con el afán de administrar los sacramentos a todos los católicos, practicantes y no practicantes, se ha abaratado demasiado su valor, cediendo a la mentalidad mágica del pueblo. Resultado: un enorme desprestigio para los sacramentos y la misma Iglesia. Pues bien, llegó el tiempo de poner las cosas en su lugar. No importa si muchos no van a entender esto. En realidad, no es correcto arrasar las montañas por el hecho que no todos las pueden escalar. 38

6.- Y después, ¿qué? Supongamos que algún día lográramos evangelizar nuestras masas alejadas. Y después, ¿qué? ¿Estaríamos en grado de atenderlas debidamente, teniendo en cuenta la escasez de ministros ordenados de que disponemos actualmente? ¿No sería injusto evangelizarlas y después dejarlas sin una adecuada atención pastoral, especialmente por lo que se refiere al sacramento de la reconciliación y a la celebración eucarística? Respuesta: la evangelización de las masas sin duda aportará nuevas vocaciones para el ministerio ordenado. De todos modos, el pertenecer a la Iglesia Católica representa una enorme ventaja con relación a la pertenencia a otras organizaciones religiosas. ¿O acaso un ministro de los grupos proselitistas puede dar más que cualquier agente de pastoral católico no ordenado? Posiblemente esta duda está a la base de la actitud permisiva con relación al fenómeno del proselitismo sectario. 7.- ¿Desde arriba o desde abajo? Para evitar problemas inútiles, ¿no sería mejor que los cambios vinieran desde arriba, pensados y planeados por los pastores de la Iglesia? Respuesta: en los asuntos de la Iglesia, nadie tiene el monopolio de la intuición. Todos podemos y tenemos que hacer algo para resolver los problemas de la Iglesia, cada uno según el don recibido. Este principio está avalado por toda la experiencia bimilenaria de la Iglesia. Una vez aclaradas ciertas ideas por iniciativa de quien sea y ensayada alguna línea de acción, resulta más fácil para la jerarquía discernir y señalar el camino a seguir.

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CONCLUSIÓN -Nuevo estilo eclesial Sin duda, la evangelización y atención pastoral de nuestras masas católicas representan un enorme reto para la Iglesia y al mismo tiempo pone al descubierto grandes deficiencias presentes en su interior, que le impiden moverse con agilidad y actuar con eficacia. Es el momento de liberarse de muchas cargas inútiles a la insignia de la fidelidad al Evangelio. Es tiempo de pasar de una visión filosófica y científica de la realidad a una visión de fe, arrancando siempre de la Palabra de Dios, vista a la luz de la experiencia bimilenaria de la Iglesia. Es tiempo de ver al hombre, no solamente en su aspecto intelectivo, sino en su totalidad, alma y cuerpo, inteligencia y corazón. Es tiempo de ser más prácticos en los planteamientos pastorales, poniendo todo sobre la mesa y pasando de un discurso puramente exhortativo a un discurso más organizativo con metas bien concretas y desafiantes. Es tiempo de creer en el papel único e insustituible de Cristo y su Iglesia en orden a la salvación del hombre, sin confundir el respeto, la tolerancia y el diálogo con la abdicación a nuestras prerrogativas y nuestros compromisos fundamentales. Es tiempo de regresar a lo esencial en el ser y quehacer de la Iglesia, abandonando problemáticas, preocupaciones e intereses desviantes. - Cambio epocal La situación actual de la Iglesia y el mundo entero nos dan a entender que nos encontramos frente a un cambio epocal, no generacional como estábamos acostumbrados antes. En el mundo profano se habla de nueva era, con matices muy diferentes. En nuestro caso, al hablar de cambio epocal, queremos subrayar el hecho que, frente a la nueva situación que se ha ido creando, se necesita una verdadera reestructuración al interior de la Iglesia, que la libere de cargas inútiles y la ponga en grado de vivir el Evangelio en plenitud y lanzarse a la misión. En realidad, para eso está la Iglesia. Desde el momento en que

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se nota que no puede cumplir con este cometido, hay que pensar seriamente en cambios profundos, que le permitan retomar aliento y ponerse en grado de responder a su vocación original con relación a sus miembros y a la sociedad entera. Estas podrían ser algunas líneas de acción, que podrían desencadenar en la Iglesia un proceso de renovación general:

- Primacía de la Palabra de Dios. Palabra de Dios para todos y para todo. Menos documentos oficiales y más Palabra de Dios. Los mismos documentos oficiales tendrían que privilegiar siempre la Palabra de Dios en su inspiración fundamental y en el planteamiento de cualquier problema. - Comunión y participación. Menos clericalismo con acaparamiento de bienes y funciones en orden a la vida de la Iglesia y más protagonismo del laicado. Misma dignidad para todos los miembros del Pueblo de Dios, fundada en el mismo bautismo y la presencia del mismo Espíritu, evitando cualquier tipo de discriminación. - Cuidado de la fe. Debido al acoso constante de parte de otros productores de bienes espirituales, será necesario de parte de los pastores de la Iglesia tener un cuidado especial para que el rebaño no se desvíe, cayendo en el indiferentismo religioso, el sincretismo o el abandono de la fe. Respeto y diálogo con todos, sí; complejo de inferioridad y abandono del rebaño en manos de otros pastores, no. - Misión. La Iglesia es misionera por naturaleza. En consecuencia, por ninguna razón, el aprecio que tiene por otras expresiones culturales y religiosas, le tiene que impedir el cumplimiento de su misión fundamental, que consiste en “anunciar el Evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15).

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- Creatividad. Frente a los enormes retos que hoy en día presenta la evangelización, es necesario fomentar a todos los niveles el espíritu de búsqueda y creatividad. Solamente así es posible salir del bache, en que nos encontramos con relación a las enormes masas católicas abandonadas, y avanzar, como sucede con cualquier tipo de empresa u organización de tipo cultural o religiosa. En este aspecto, los grupos disidentes nos dan ejemplo. Por lo tanto, no hay que tener miedo a la competencia entre un método y otro, una línea pastoral y otra, un tipo de espiritualidad y otro. En la Iglesia Católica hay cabida para todos y para todo, siempre que no se salga de la recta doctrina. Ya no es tiempo de autoritarismos o represión. Ya el texto único no tiene sentido. En la sana competencia se ve lo que vale y lo que no vale, lo que sirve y lo que no sirve. El ipse dixit (lo dijo él) de por sí no dice nada, a menos que la experiencia no lo confirme con su eficacia práctica. En realidad, el principio de autoridad de por sí no resuelve los problemas. Al contrario, su abuso puede complicarlos, en lugar de resolverlos. - Grito de alarma Estas breves reflexiones acerca de la suerte de nuestras masas de creyentes quieren representar un grito de alarma para la conciencia de los responsables de la Iglesia y todo el pueblo de Dios. Que no se dejen engañar por los futurólogos sin fe. Que se vuelva a la perspectiva correcta, centrada en la fe. O seguirá aumentando el éxodo silencioso de nuestras masas hacia nuevas propuestas religiosas, cuyos méritos son exaltados con todos los medios posibles por los grupos proselitistas en un afán sin precedente por conquistar a cuanta más gente se le presente en su camino. Un día la Historia nos pedirá cuenta, por haber echado a perder masas enormes de católicos, que costaron sudores y sangre a millares y millares de misioneros y pastores de almas, que para atraerlas hacia el redil y cuidarlas no escatimaron ni tiempo ni esfuerzo.

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TAREA 1. ¿Qué prefieres entre estas dos posibilidades? - Lo mejor es exigir más preparación y compromiso para acudir a los sacramentos, aunque se prevea que algunos estarán inconformes y se alejarán más de la Iglesia. - Para que todos sigan recibiendo los sacramentos, aunque desconozcan su significado y valor, es mejor poner pocos requisitos. 2. Teniendo en cuenta la situación concreta en que se encuentra tu ambiente, ¿es posible el diálogo ecuménico e interreligioso? Sí No 3. Para frenar la salida de los católicos hacia los grupos proselitistas, ¿qué puede ayudar: el diálogo ecuménico e interreligioso o la apologética? -Diálogo ecuménico e interreligioso -Apologética ¿Por qué?
4. ¿Conoces alguna iniciativa al respecto? Sí No Si la respuesta es afirmativa, apúntala aquí:

5- ¿Conoces algún cambio en la Iglesia, que empezó por iniciativa de alguien que no pertenecía a la jerarquía? Sí No Si la respuesta es afirmativa, apúntala aquí. 6. En orden a una puesta al día de la Iglesia, actualmente ¿quiénes están dando más chispas? -El clero -La vida consagrada -El laicado 7. ¿Cómo ves la formación que se está dando en los seminarios en orden a la evangelización de las masas católicas? Buena Deficiente ¿Cuáles cambios sugieres?

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8. ¿Qué piensas hacer para que la Biblia se vuelva en tu libro de cabecera y en el libro de todo creyente?

9. Para que la misión avance, ¿es suficiente obedecer a los pastores de la Iglesia? Sí No En caso negativo, ¿qué habría que hacer, aparte de obedecer?

10. Hasta la fecha, ¿se te ocurrió inventar algo que te ayudó a evangelizar? Sí No En caso afirmativo, explica de qué se trata:

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Segunda Parte

PARÁBOLAS

No todos están en condiciones para entender ciertas situaciones. La costumbre, la flojera, el miedo al qué dirán y tantas cosas más muchas veces vuelven a uno ciego ante la realidad. He aquí unas parábolas que sin duda te ayudarán a reflexionar y a tener una nueva visión acerca de nuestro ser y quehacer como Iglesia.

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1. La Guerra de los Girasoles
Cuando a cada invasor se le ofrecía un girasol
Había una vez un rey tan bueno, tan bueno, tan bueno, que no se cansaba de hablar de paz, amor y comprensión. - Si todos somos hijos del mismo Padre Dios – solía repetir sin descanso -, ¿por qué no hacemos el esfuerzo por comprendernos, amarnos y ayudarnos entre todos? Entre nosotros la única ley que tiene que existir, tiene que ser la ley del amor. Su grande aspiración era construir un reino de paz, amor y comprensión, donde no hubiera violencia ni atropello alguno, sino puro amor y respeto entre todos. - Y si alguien intenta hacerme algún daño – preguntó en alguna ocasión un ciudadano de la calle -, ¿cómo tengo que reaccionar? - Con amor - contestó el rey -, todo y siempre con amor. - ¿Y si alguien me amenaza con una espada? - Entrégale un girasol – volvió a contestar el anciano rey-. Con el amor, todo se vence. En realidad, en aquella región había muchos girasoles. Por lo tanto, a nadie le resultaba difícil conseguir algún girasol, para cumplir con la orden del rey, en caso de surgir alguna dificultad. Y así, poco a poco, en el Reino de los Girasoles fue desapareciendo el ejército, la guardia nacional y la policía. Hasta los tribunales salieron sobrando. - Cosas de otros tiempos – contestaban los funcionarios reales, cuando alguien se quejaba por algún atropello recibido o algún problema que se presentara. Pareciera que con la nueva ley todo iba a cambiar en el Reino de los Girasoles, haciendo revivir la mítica Edad de Oro, cuando en el mundo había solamente gente buena y no existía ningún tipo de maldad. Pero no fue así. En realidad, las cosas, en lugar de mejorar, fueron empeorando cada día más. En lugar de haber más paz, armonía y comprensión entre todos, aumentaron los robos y los asesinatos, sin que ninguna autoridad se percatara de ello ni interviniera

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mínimamente. Ya nadie se preocupaba por saber si algo era bueno o malo, debido o indebido. Todo era lo mismo, a la insignia del girasol. Y así se llegó al caos más completo, tanto que, hasta la fecha, cuando se habla de aquellos tiempos, se habla de la época más triste y desastrosa en la historia de aquel país. Fíjense que en aquellos años por suma desgracia el Reino de los Girasoles sufrió una grande invasión de parte de los pueblos vecinos y llegó a perder más de la mitad del territorio nacional, sin que nadie opusiera resistencia alguna, limitándose todos a ofrecer girasoles a cualquier invasor armado que se les presentara. Afortunadamente, el día menos pensado, cuando parecía que ya todo estaba perdido, en el Reino de los Girasoles surgió alguien, que, arriesgando su propia vida, lanzó el grito: “Girasol con girasol y espada con espada”. No obstante la apatía general, un puñado de valientes patriotas siguió su ejemplo, dándose a la ardua tarea de parar a los invasores, reconquistar los territorios perdidos y devolver el orden en el país. Así empezó una nueva época en la historia del Reino de los Girasoles, llamada la “Época de los realistas”, en oposición a la época anterior, llamada la “Época de los soñadores”.

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2. La Sabiduría de Dios
El día en que todo el pueblo tuvo acceso a ella
Había una vez un pueblo, llamado Pueblo de Dios. Su orgullo más grande consistía en poseer la Sabiduría de Dios, un alimento muy especial, capaz de curar todo tipo de enfermedad y proporcionar fuerza y salud a cualquiera que tuviera acceso a ella. Los jefes del pueblo no se cansaban de explicar a la gente la excelencia y el origen de un alimento tan milagroso, fruto de una colaboración estrecha entre Dios y algunos ciudadanos eminentes, escogidos por el mismo Dios, a lo largo de muchos siglos. Como resultado de esta hazaña divino-humana, quedó en el pueblo una enorme cantidad de alimento sagrado, depositado en el inmenso Valle de la Salud, rodeado de murallas y baluartes inexpugnables, que llegaban hasta el cielo y cuya belleza y fuerza todos querían contemplar con santo orgullo. Era tanto el aprecio que la gente le tenía a la Sabiduría de Dios que de todas partes interminables caravanas de creyentes se dirigían hacia el Valle de la Salud, ansiosos de ver la grande maravilla, que Dios había entregado a su pueblo y que representaba su tesoro más preciado. Allá, a las puertas de la enorme fortaleza, las autoridades del pueblo, que al mismo tiempo eran guardianes del sagrado recinto, atendían a los peregrinos, explicando a todos la historia y todos los demás pormenores relacionados con la formación del sagrado alimento y su manera de prepararlo para sacar el máximo provecho. Sin embargo, eran tantas las recomendaciones que daban acerca de la manera correcta de alimentarse de la Sabiduría de Dios, que muy pocos se sentían dignos y capacitados para tener acceso directo a ella. De hecho, raramente se permitía a alguien saborear el sagrado alimento. Normalmente se repartían entre la gente recetas, que explicaban las distintas maneras de preparar el sagrado alimento, pastillas hechas de pura esencia o pequeñas porciones de la Sabiduría de Dios, mezcladas con otro tipo de alimento. Solamente en alguna circunstancia especial se entregaba, a quienes lo solicitaban,

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un paquete lleno de Sabiduría de Dios, que por lo general se guardaba en el hogar como recuerdo del acontecimiento. Con eso se había creado en el pueblo la convicción general de que solamente algunos eran dignos y estaban capacitados para alimentarse directamente de la Sabiduría de Dios. Se hablaba de casos en que alguien quiso alimentarse de ella por su propia cuenta y, en lugar de mejorar, se había enfermado más, hasta provocar en el pueblo verdaderas epidemias. Problema de dosis, incompetencia, indisciplina o quién sabe qué. Por suma desgracia, parecía que los mismos guardianes del Valle de la Salud se alimentaban muy poco del sagrado alimento. De hecho, padecían de los mismos males que padecían los demás ciudadanos, por lo cual muchos empezaban a dudar acerca de la bondad de dicho alimento, su origen divino y eficacia en orden a remediar los males y conseguir la salud. Se preguntaban: “Si es cierto todo lo que nos dicen las autoridades del pueblo, ¿por qué entonces nosotros seguimos con las mismas enfermedades? ¿Por qué los pueblos vecinos, que no cuentan con un alimento tan especial, se ven más saludables que nosotros y no se cansan de invitarnos a adoptar su tipo de alimentación y su estilo de vida?” El desconcierto fue tan grande que mucha gente, movida por la curiosidad y deseosa de una vida mejor, empezó a emigrar hacia los territorios cercanos en busca de alivio para sus males y prosperidad. El éxodo de la población fue tan grande, que las mismas autoridades del Pueblo de Dios empezaron a cuestionarse y a preocuparse seriamente, no entendiendo el secreto de un éxito tan rotundo de parte de los pueblos vecinos. Hasta que no lograron resolver el enigma: los pueblos vecinos se alimentaban precisamente de la Sabiduría de Dios. “¿Cómo es posible esto? – Se preguntaban intrigados los jefes del pueblo, encargados de distribuir el sagrado alimento-. ¿Acaso el sagrado alimento no está bajo nuestro cuidado? ¿Cómo, pues, a los demás pueblos les llega la Sabiduría de Dios?”. Por fin descubrieron que los pueblos vecinos, conocedores del valioso tesoro presente en el Pueblo de Dios, habían hecho un túnel bajo tierra hasta llegar al Valle de la Salud y alcanzar la Sabiduría de Dios, alimentándose de ella abundantemente.

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Esto provocó un revuelo entre todos, ciudadanos y autoridades. Mientras algunos encargados seguían con sus explicaciones acerca del sagrado alimento, otros empezaron a repartirlo a manos llenas, organizando por todo lado “cocinas y comedores populares”, adonde todos, sin distinción alguna, acudían para alimentarse de la Sabiduría de Dios, lo que pronto causó una mejoría general entre toda la gente. Al constatar este hecho, pronto se reunieron las autoridades del pueblo y emanaron el siguiente decreto: “Sabiduría de Dios para todos y Sabiduría de Dios para todo. Todo con la Sabiduría de Dios y nada sin la Sabiduría de Dios”. Desde entonces una nueva etapa empezó en la historia del Pueblo de Dios.

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3. Títulos y Títulos
Cuando los maestros se la pasaban en puras fiestas de graduación
Había una vez un reino, llamado El Edén, que contaba con la mejor universidad del mundo, llamada Luz de las Naciones. Según cuentan los mayores, antiguamente dicha universidad reunía a las mentes más brillantes de todo el universo, que lograron instaurar un sistema de enseñanza que durante muchos siglos fue el orgullo del reino y el mundo entero. De todas partes llegaban los alumnos, deseosos de aprender y transmitir una sabiduría tan elevada y fascinante, que nunca se había visto algo parecido a lo largo de toda la historia. Al regresar a su lugar de origen, cada maestro formaba su escuela, en la cual desmenuzaba a la gente los altos conocimientos, aprendidos en la universidad Luz de las Naciones. Y así, poco a poco, el nivel cultural del pueblo iba subiendo cada día más, y con el nivel cultural también el nivel moral y económico. Era tan evidente la diferencia entre la gente que había frecuentado estas escuelas y la gente que no las había frecuentado, que todos los ciudadanos quisieron apuntarse en ellas con el afán de alcanzar un nivel de vida superior o simplemente por no quedarse atrás y ser tachados de retrógradas e ignorantes. Y allí empezó el grave problema para el Reino El Edén, pues no había maestros suficientes para tanta gente y los que había no contaban con el mismo fervor de los antiguos. En lugar de dedicarse a enseñar lo que habían aprendido en la universidad Luz de las Naciones, empezaron a flojear y a encargar a gente de buena voluntad y con una escasa preparación una misión tan delicada, importante y trascendental, que tanto lustro había dado al Reino El Edén. Así, poco a poco, fue decayendo el nivel cultural, moral y económico del Reino El Edén. A los que se quejaban con los maestros por un descuido tan perjudicial para los intereses de la nación, contestaban:

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- ¿No ven que somos tan pocos, que apenas nos damos abasto para las tareas de administración y graduación? ¿Cómo podemos encargarnos de la enseñanza? De hoy en adelante, que sean los mismos papás o tutores que transmitan a las nuevas generaciones los conocimientos que necesitan para una vida sana y un trabajo honesto. - Y para los títulos, ¿cómo vamos a hacer? - No se preocupen. Nadie quedará sin título. A cambio de una módica recompensa, cada ciudadano tendrá derecho a recibir de parte de la universidad Luz de las Naciones el título que necesite, sin la obligación de poner pie en ninguna escuela oficial. Todo se hará confiando en la buena fe y sinceridad de los interesados, sus papás, tutores o gente voluntaria, autorizada para todo tipo de enseñanza. A todos la solución del problema les pareció realmente genial, permitiendo a cualquier ciudadano conseguir cualquier título, sin esfuerzo alguno ni gasto de parte del erario público. Certificado de primaria, tanto; certificado de secundaria, tanto; certificado de bachillerato, tanto; y así adelante hasta los grados universitarios más altos. Así en poco tiempo el Reino El Edén se llenó de médicos, ingenieros, técnicos en computación, contadores, licenciados, etc., sin ninguna preparación o con un conocimiento muy elemental acerca de su oficio o profesión. Prácticamente, a nivel popular, se regresó a la edad de la piedra: brujos y curanderos por todo lado, trueque, aumento espantoso de mortandad infantil, reducción notable del promedio de vida... un verdadero desastre. ¿Y la universidad Luz de las Naciones? Seguía preparando a gente muy ilustrada, metida en asuntos administrativos del sistema educativo y dedicada a organizar fiestas de graduación. Frente a un fracaso tan rotundo del sistema educativo que se había implantado en el Reino El Edén, mucha gente, realmente deseosa de aprender algo, empezó a emigrar hacia los reinos cercanos, sin preocuparse de títulos ni nada por el estilo. A su regreso, pronto se volvían en grandes personalidades entre la gente, haciendo alarde de conocimientos y habilidades, que deslumbraban al pueblo en general, sumido en la más espantosa ignorancia. Como dice el refrán: “En el mundo de los ciegos, el tuerto es rey”. Naturalmente hacían todo lo posible para no tener ningún contacto con los verdaderos maestros, que habían estudiado en la uni-

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versidad Luz de las Naciones. Cada vez que los encontraban en su camino, les sacaban la vuelta. Al principio la gente no entendía el motivo de tanta decadencia y confusión en el Reino El Edén. Hasta que alguien les abrió los ojos y les hizo ver que todo el sistema educativo estaba mal, puesto que, lo que vale en la vida, no es el título, sino lo que uno realmente sabe y puede realizar. No fue fácil para los maestros, ya acostumbrados al nuevo estilo de vida, reconocer su error y regresar a su papel original de ser verdaderos maestros y guías del pueblo, preocupados del progreso real de cada alumno y no solamente de entregarle un título y organizarle la fiesta de graduación. Pero al fin recapacitaron y acordaron todos juntos que cada maestro, salido de la universidad Luz de las Naciones, se dedicaría a preparar y asesorar a diez instructores, que a su vez harían lo mismo con otros diez, hasta que en el Reino El Edén no hubiera elementos suficientes para cubrir todas las plaza del sistema educativo, desde los primeros pasos en el camino del saber hasta las carreras profesionales más elevadas. Desde entonces en el Reino El Edén todos tuvieron acceso a la enseñanza, recibiendo cada uno el título que realmente le correspondía. Y así el Reino El Edén volvió a progresar hasta alcanzar y rebasar el antiguo esplendor.

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4. El Reino de la Pluma
Cuando se resolvían todos los problemas mediante documentos
Había una vez un pastor. Su pasión eran las ovejas. Las conocía a todas una por una y las llamaba por su nombre. Cuando se le perdía alguna, no descansaba hasta encontrarla, y cuando la encontraba, invitaba a vecinos y amigos y organizaba una gran fiesta. Estaba loco por sus ovejas. Las cuidaba más que a la niña de sus ojos. Las llevaba a los mejores pastos, cerca de los arroyos. A las más débiles las cargaba sobre sus hombros, curaba a las heridas y se desvelaba por atender a las enfermas. Las acariciaba y mimaba. Las ovejas eran todo para él. Cuando se dio cuenta de que ya no las podía atender personalmente con el mismo cuidado, porque su número iba aumentando cada día más, se rodeó de otros pastores y les enseñó con el ejemplo y la palabra cómo cuidar a las ovejas. Hasta que un día, en un enfrentamiento con los lobos rapaces, perdió la vida. Pastores y ovejas lo lloraron amargamente. Pero no se desanimaron. Recordando su ejemplo y su palabra, siguieron adelante hasta abarcar toda la región y formar un reino, llamado “Reino de los Pastores”, cuyo emblema era el cayado y cuya Carta Magna unas cuantas frases, que resumían todas las enseñazas del Pastor y estaban centradas en el precepto del amor. Fueron años maravillosos para el “Reino de los Pastores” o “Reino del Cayado” o “Reino del Amor”, como solían llamarlo la gente de las comarcas vecinas. Su fama llegó a extenderse hasta los confines de la tierra. No había nadie en el mundo, que no hubiera oído mencionar su nombre o visto en algún libro su emblema, un enorme cayado que se elevaba hacia el cielo azul en una extensa pradera, tapizada de ovejas. Pasaron los años y las cosas fueron cambiando. Los herederos de los antiguos pastores poco a poco empezaron a sufrir el embate de las costumbres de los pueblos vecinos, construyéndose mansio-

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nes e instalándose en ellas, en lugar de seguir acompañando a las ovejas de un lugar a otro en busca de alimento. Así empezó la decadencia del “Reino de los Pastores”. Por todo lado se veían ovejas errantes, enfermas y hambrientas, fácil presa de los lobos rapaces. De vez en cuando se podía ver uno que otro rebaño, guiado por algún pastor a sueldo o dueño de las ovejas, en una continua lucha por defenderse de los lobos y cuidar a las ovejas. De todos modos, contando cada ciudadano con grandes cantidades de rebaños, no le resultaba difícil conseguir la leche y la carne para alimentarse y la piel para cubrirse. Y con eso se sentían felices. Cuando surgía algún problema, se reunían los principales del reino y estipulaban documentos para preservar el orden y garantizar la paz. Con el pasar de los años surgieron montones de documentos, cuya interpretación exigía la presencia de “expertos en documentos”, que se volvieron en los verdaderos árbitros del reino. Se llegó al extremo de cambiar el mismo nombre del reino. En lugar de seguir llamándose “Reino de los Pastores”, se llamó “Reino de la Pluma”, cuyo emblema era una pluma gigantesca, que surgía de un cálamo rodeado de libros. Fueron años difíciles para el antiguo “Reino de los Pastores”. Por un lado había dueños, bien vestidos y alimentados, y por el otro ovejas desnutridas y enfermas, que daban lástima al sólo verlas. Muchas empezaban a emigrar hacia las comarcas vecinas, inducidas por pastores astutos, deseosos de acabar con el antiguo “Reino de los Pastores”, cuya gloria nunca había dejado de despertar envidia. Ante una situación tan lamentable, no faltaron ciudadanos valientes, que se dieran a la ardua tarea de buscar las causas de tanta decadencia, hasta que un día se toparon con la Carta Magna, que tanto lustro había dado a sus ancestros. Desde entonces su único propósito fue luchar hasta no hacer de la Carta Magna la ley fundamental del reino, retomar las antiguas costumbres y restablecer el antiguo nombre, “Reino de los Pastores”, en lugar de “Reino de la Pluma”, que tanto daño había causado a la nación por la manía de resolver cualquier problema mediante documentos. Y el “Reino de los Pastores” volvió a su antiguo esplendor, siguiendo el ejemplo y las enseñanzas del Pastor, que dio la vida por las ovejas.

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5. Enfermedades que nunca se curan
Cuando el doctor da a cada enfermo lo que le pide
Según cuentan los antiguos, antes la gente era más sana y longeva que ahora. ¿La causa? Una buena alimentación y un buen cuidado de la salud. En aquel tiempo no había comida chatarra, como se usa ahora. Había pura comida buena, que consistía en carne, fruta, verdura, maíz, legumbres, leche y huevo. Además la gente hacía mucho ejercicio, cultivando los campos o cuidando los rebaños. No había gente que se pasaba todo el día sentada detrás de un escritorio o manejando algún carro o máquina, como se usa ahora en las escuelas, las oficinas, los talleres o las fábricas. En aquel tiempo, no había comida ya preparada, enlatada o precocida, como se acostumbra ahora, ni había restaurantes. Todos tenían que moverse por aquí y por allá para conseguir el alimento necesario y preparárselo día tras día. Y cuando se enfermaba alguien (claro que también entonces la gente se enfermaba), toda la familia acudía al doctor y le explicaba la situación del paciente, dispuesta a hacer todo lo que el doctor señalara para ayudar al enfermo a sanar. El doctor hacía preguntas al paciente y a sus familiares para averiguar la causa del malestar, daba consejos acerca de la manera de evitar ciertos contagios y buscaba las yerbas más apropiadas para resolver cada caso. En aquel tiempo todos se preocupaban por el bienestar de todos. Por eso los doctores gozaban de mucho cariño y aprecio de parte del pueblo y eran considerados como parte de la familia. En realidad, muchos le debían la vida a los doctores, que eran gente sumamente sencilla, amable y totalmente entregada al bienestar del pueblo. Para ellos, procurar la salud de los ciudadanos era lo que daba sentido a su vida. Todos sus conocimientos y esfuerzos estaban encaminados a cuidar la salud del pueblo. Para ellos el juramento de Hipócrates era un dogma y a nadie se le ocurría actuar en su contra por ninguna razón.

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De todos modos, no obstante el enorme prestigio de que gozaban los doctores, las autoridades, para garantizar un mejor servicio en campo sanitario y asegurar un mayor respeto hacia una institución de por sí tan benemérita y aceptada por el pueblo, publicaron una ley, que obligaba a todos los aspirantes a doctores a prepararse en las universidades y a ser todos vegetarianos. Con eso, su prestigio se elevó a tal grado que los doctores se volvieron en unos seres totalmente superiores al común de los mortales por sus modales más refinados, su lenguaje más apropiado y su apariencia con un tinte de ascetismo a causa su sistema alimenticio. No faltaba quien se postrara a su paso y les pidiera que les tocara la cabeza, convencidos de que con eso podía recobrar la salud perdida o asegurar la protección del cielo. Desgraciadamente todo eso duró poco tiempo. De hecho, pronto la gente empezó a decepcionarse de los doctores, al escasear su número por la cantidad de requisitos que se exigían para acceder a tal profesión y al notar una cierta incompetencia de su parte, y hasta fobia, en todos los asuntos relacionados con la carne, perjudicando grandemente la salud del pueblo. A veces daban la impresión de que para ellos la carne representara el enemigo número uno a combatir. Al mismo tiempo, empezaron a circular habladurías acerca de algunos doctores, cuyo platillo preferido era a base de carne. La situación fue empeorando a tal grado que solamente algún grupo selecto de la población podía gozar de una verdadera atención médica, mientras la gran mayoría de la población quedaba desprotegida, casi completamente al margen del sistema sanitario. Cuando uno tenía algún malestar, acudía al doctor y le decía: “Doctor, tengo esto y esto. Quiero que me recete esta medicina”. Y el doctor, sin averiguar nada a causa de la prisa, recetaba lo que el paciente le pedía. Por eso la gente nunca se curaba, volviéndose crónicas muchas enfermedades. Frente a esta situación tan desoladora, algunos decidieron buscar alivio acudiendo a los doctores de los pueblos vecinos, mientras otros decidieron regresar a las antiguas costumbres de los brujos y curanderos, los adivinos o echadores de cartas. Cada quien empezó a buscar la salud como pudo, al verse desplomar casi por completo el sistema sanitario oficial, mientras por otro lado aumentaba el riesgo de enfermarse cada día más a causa de la vida sedentaria que se llevaba, la pérdida de los antiguos valores y el contagio de extrañas enfermedades, debido al fenómeno de la globalización.

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Lo peor del caso fue que todo esto les parecía como algo normal sea a las autoridades que al pueblo en general, puesto que poco a poco se fueron acostumbrando a vivir en esta situación y por lo tanto a nadie se le ocurría ni siquiera soñar con algo diferente. Le echaban a culpa de todo a la escasez de los doctores, a la degeneración de las costumbres y a tantas otras causas más. Prácticamente todos se habían resignado a vivir en esta situación, sin hacer nada por cambiarla. Los ciudadanos más piadosos llegaron a convencerse de que sencillamente se trataba de un designio de Dios. Pasaron los años y por fin alguien empezó a pensar en la posibilidad de un nuevo sistema sanitario, logrando que otros siguieran su ejemplo, hasta que la inconformidad se volvió ley. Muchos se dedicaron estudiar desde la raíz el problema de la salud pública hasta no encontrar la solución y lograr un cambio de la ley, no obstante las múltiples resistencias de los ambientes más conservadores: para los especialistas, preparación universitaria y régimen alimenticio vegetariano; para todos los demás doctores, solamente el juramento de Hipócrates y mucho entrenamiento práctico para tratar las enfermedades más comunes. Así se regresó a la antigua praxis, cuando cada ciudadano gozaba de una atención médica personalizada, contando además con el apoyo de toda la familia y toda la comunidad. Teniendo en cuenta los nuevos tiempos, poco a poco se fue estableciendo un sistema de prevención de las enfermedades a base de cuidados higiénicos, deporte y vacunación, un sistema de curación contando con todos los adelantos de la ciencia y un sistema de rehabilitación en caso de traumas causados por algún accidente. Y con eso la situación del pueblo empezó a mejorar notablemente, alcanzando niveles de salud nunca sospechados anteriormente, no obstante los peligros representados por el nuevo tipo de sociedad, esencialmente sedentaria y globalizada.

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6. El Reino de la Paz
Cuando se puso de moda el chaleco antibalas.
Había una vez un reino, llamado “Reino de la Paz”. En realidad, en aquel reino todo era paz, amor y concordia. Hasta que un día gente extraña empezó a infiltrarse en el país. Su objetivo era organizar una rebelión general contra el rey y apoderarse de toda la región. Al enterarse el rey del grave peligro que lo amenazaba, ordenó al ejército su pronta intervención, para impedir que los invasores pudieran llevar a cabo sus perversos designios. Pero, ¿qué pasó? Que, contrariamente a lo esperado, el ejército empezó a fraternizar con los invasores, haciendo caso a sus extraños planteamientos según los cuales era urgente implantar un nuevo sistema de gobierno, más acorde a los tiempos presentes. De hecho, en lugar de intervenir para fortalecer la defensa de parte de los ciudadanos, se limitó a observar el continuo avance de los invasores, como si no se tratara de enemigos sino de aliados. Cuando el rey se enteró del extraño comportamiento de sus soldados, mandó a llamar a los altos oficiales del ejército y les preguntó el porqué. - Es que los que usted llama invasores – contestaron – en realidad no son tan malos, como los pintan. Al contrario, son gente buena, con costumbres y leyes muy parecidas a las nuestras. A veces parecen más educados y refinados que nosotros mismos. Entonces pensamos: “¿Para qué oponernos? ¿No es mejor dejar a cada ciudadano decidir por su cuenta si quiere seguir obedeciendo a usted o prefiere irse con ellos?” En el fondo, se trata de lo mismo. Por eso no hicimos nada para impedir que los que quisieran se pasaran al bando de los extranjeros. - Quedan inmediatamente destituidos – gritó el rey enojadísimo -. Merecen la pena de muerte por alta traición.Y nombró a nuevos oficiales, más fieles y decididos, encomendándoles la seguridad del reino. “Que todo ciudadano – rezaba el decreto de emergencia nacional – cuente con su chaleco antibalas y que todos los miembros de las fuerzas armadas sean debidamente

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entrenados para hacer frente a los invasores y garantizar la paz en todo el territorio nacional”. Lo que se logró sin mayores dificultades. En realidad, una vez que los altos mandos militares, descubrieron el secreto del éxito, que estaban teniendo los invasores, no les resultó difícil neutralizar su acción, utilizando la siguiente estrategia: 1.- Rastrear palmo a palmo todo el territorio nacional, en busca de invasores. 2.- Una vez encontrados, hacerlos inofensivos, quitándoles el disfraz y regalándoles un espejo. En realidad, los invasores, al no contar con ningún apoyo de parte de la gente del lugar, se sintieron perdidos y fácilmente optaban por rendirse una vez descubiertos. Después, al mirarse en el espejo, poco a poco se fueron convenciendo de que no eran tan perfectos y diferentes, como iban pregonando. Y se fueron volviendo en mansos corderos, respetando a todos y siendo respetados por todos. Y la paz volvió al “Reino de la Paz”.

TAREA 1.- Presenta el significado de cada parábola: 1)

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2.- ¿Cuál parábola te gusta más? ¿Por qué?

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Tercera Parte TUVE UN SUEÑO

“Dime qué sueñas y te diré quién eres”, reza un refrán que acabo de inventar. Así que, si quieres saber quién soy yo, lee estos sueños y te darás cuenta. Sueños, no pesadillas. Sueños que estoy plasmando desde hace años. Sueños cuya plena realización depende de una infinidad de factores y circunstancias. Sueños, en fin, no proyectos concretos. De todos modos, estos sueños me han ayudado a dar sentido a mi vida y a la vida de cuantos me rodean. Me permiten respirar a mis anchas, llenando de oxígeno mis pulmones. Soñando, me olvido de tantos sinsabores, recupero mis fuerzas y me lanzo a la lucha con nuevos bríos. Ojalá que, al darte cuenta de mis sueños, tú también puedas aprender a soñar y a disfrutar de tus sueños. Y no te olvides de enviar tu adhesión al “club de los soñadores”.

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Presentación
Viví la génesis de este libro tan particular y he seguido paso a paso cada una de sus etapas. Me deleité leyendo el manuscrito y escuchándolo en la voz del Padre Amatulli. Lo he disfrutado también durante la corrección y la diagramación. Yo mismo he soñado a partir de su ritmo, cadencia y contorno, y mis sueños están tejidos de la misma sustancia. ¿Cómo clasificarlo? ¿Novela corta? ¿Cuento? ¿Apuntes preliminares para un guión cinematográfico? Quien sabe. Se trata de algo muy intenso, conformado por cinco “sueños”.* El hilo conductor es la posibilidad de un mundo diferente y de una comunidad eclesial distinta, más acorde con el Evangelio. La perspectiva es la de un misionero, involucrado completamente en un apostolado de frontera, que hace ya muchos años decidió recorrer los caminos del mundo como un peregrino del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. A partir de ahora parece decidido a ser un cuenta cuentos, un tejedor de sueños, un juglar que sueña, narra, entusiasma, despierta sueños, comparte ideales... y desconcierta. Es el sueño de un nuevo modelo de Iglesia, puesto que el modelo vigente parece que haya caducado. Se trata, pues de un cambio de paradigma. Es el llamado a una verdadera revolución en la Iglesia. Se propone un modelo en el que el papel del Obispo de Roma no sea tan avasallador y se haga realidad la Colegialidad Episcopal, tan querida por los Padres Conciliares, que intervinieron en el Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965).

* El primer sueño, con el título: «¿QUIÉN QUIERE MATAR A MISTER KUNC? BUSCANDO UN NUEVO ORDEN MUNDIAL», por su contenido y amplitud, se edita por separado.

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Pero también se señalan nuevos rumbos para los discípulos de Cristo, en la perspectiva de la Misión, encomendada por Jesús en el Evangelio. Desde esta óptica, los problemas que aquejan a la Iglesia pueden tener solución. Algunas propuestas son sumamente atrevidas y necesarias: el celibato opcional y, por tanto, la existencia de sacerdotes casados, la elección de los Obispos con la participación de todo el Pueblo de Dios, una nueva manera de administrar los sacramentos, reservándolos para los católicos practicantes, suspensión del bautismo a los niños... Evidentemente, para que este nuevo modelo se haga realidad es indispensable el diálogo y, por tanto, la creación de canales adecuados para que este diálogo sea posible. Lo que no puede olvidarse es que en este nuevo modelo de Iglesia, los laicos tienen un papel relevante, al estilo de la Iglesia que nos presenta el Nuevo Testamento. En la Iglesia del Siglo XXI coexisten distintos modelos de Iglesia, distintos paradigmas, que parecen irreconciliables. Todavía es común en la Iglesia la disyuntiva progresistas-conservadores, que refleja una serie de etiquetas que nos sobreponemos unos a otros, en lugar de propiciar una reflexión más seria y un conocimiento más profundo de las distintas posturas. Hoy pareciera que la tendencia dominante es la construcción de islas al interior de la comunidad eclesial, en lugar de tender puentes al interior de la Iglesia. Sólo se dialoga con los que son afines; hacia los demás hay franco rechazo, sin un debate de ideas y con una multitud de prejuicios; en el peor de los casos, existe la más fría indiferencia. Mientras se habla mucho de diálogo, pareciera que los posibles interlocutores evitan dialogar con los que disienten y tienen una perspectiva distinta de la realidad, auto excluyéndose mutuamente y agrandando profundamente las distancias, en lugar de acortarlas. Estos sueños son una propuesta y una provocación. Una propuesta para que se sueñe en un nuevo modelo de Iglesia. No todo está trazado. El P. Amatulli no pretende tener la última palabra. Se trata, pues, de una provocación, para soñar juntos y modelar hom-

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bro a hombro el rostro de la Iglesia del tercer milenio. Y todo mediante el diálogo y la corresponsabilidad, conscientes de que todos somos discípulos de Cristo y miembros de la Iglesia, iguales en dignidad, pero cada uno prestando un servicio distinto. Espero que leyendo estos sueños, tú también te atrevas a soñar. No importa sí no estás completamente de acuerdo con lo que aquí se propone. Lo importante es que tú también te decidas a decir tu palabra, mediante el teatro, el cuento, la novela, la poesía, el ensayo literario, el artículo periodístico o el guión cinematográfico, televisivo o radiofónico. Sueña y déjanos conocer tu sueño. México, D.F.; a 3 de diciembre de 2002. Fiesta de San Francisco Xavier, Patrono de las Misiones. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap.

Papa por un año
Si fuera papa por un año, haría una grande revolución en toda la Iglesia. Publicaría un decreto más o menos en estos términos: “Por cada hora que un sacerdote dedique a enseñar la Palabra de Dios, recibirá la cantidad de diez mil pesos. Al finalizar el año, que cada uno envíe a Roma un informe completo y recibirá su cheque correspondiente.” Estoy seguro de que esta noticia causaría un revuelo en toda la Iglesia.

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Ya no se verían curas celebrar hasta diez misas de difuntos una tras otra, como un tiroteo de metralleta. Al contrario, habría cursos por acá y cursos por allá, en las ciudades, los barrios y hasta en las aldeas más apartadas. Todos los católicos tendrían su Biblia y nada se haría sin acudir a ella. La Biblia se volvería en la ley suprema de la Iglesia. Al finalizar el año, todos enviarían a Roma el informe detallado, indicando las horas de trabajo, número de asistentes y gastos extra. Según lo establecido en el decreto, a todos les llegaría pronto el cheque correspondiente “cobrable en el Banco de San Pedro, allá en el cielo, el día de la muerte”. Estoy seguro de que, hasta entre los más celosos predicadores de la Palabra, no faltaría quien llegara a mentarme la madre. De todos modos, ya muchas costumbres seculares habrían cambiado y la gran revolución estaría en acto. Claro que de inmediato un servidor presentaría sus dimisiones irrevocables para que la Iglesia de Cristo pudiera contar de veras con un jefe a la altura de su investidura, que no acudiera a trampa ni a bromas de mal gusto en asuntos de tanta importancia. (AMATULLI, FLAVIANO, Luchando por el Reino, Ediciones Apóstoles de la Palabra, 1984).

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1.- La Iglesia: ¿Hacia dónde Vamos?
Sueños locos Como saben, los sueños son locos. Hay algo de verdad, algo de imaginación y algo totalmente irreal. A veces expresan también lo que se encuentra reprimido en el subconsciente, según lo que afirman los sicólogos. De todos modos, he aquí “mi sueño”, así como lo recuerdo. Aclaro que estoy por cumplir mis 64 años de edad y creo que estoy afectado por una ligera forma de arteriosclerosis. Así que posiblemente “mi sueño” era mucho más amplio y algo diferente de lo que recuerdo. Hay partes que han sido reconstruidas, otras omitidas... Bueno, cada uno tome y piense lo que quiera. En el fondo, se trata de un sueño. ¿Por qué darle demasiada importancia? Cónclave Me encontraba acostado en una carreta, como cuando era niño e iba al campo con mi papá y mi hermano Vicente. A un cierto momento, el conductor me habló, diciéndome que me levantara, puesto que ya habíamos llegado. Me encontraba en las afueras de Roma y una discreta multitud me esperaba ansiosa. Sin muchas explicaciones, me llevaron al Vaticano, donde estaba por abrirse el cónclave. De buenas a primeras, resulto electo Papa. —Un momento— le contesté al encargado de solicitar mi aceptación—. Antes de aceptar, quiero saber si de veras ustedes están dispuestos a ayudarme o se van a lavar las manos y me van a dejar solo, como ha sucedido tantas veces en el pasado. En este caso, a ver qué hacen ustedes, yo no acepto. Consistorio No recuerdo qué pasó ni cuánto tiempo demoró el forcejeo. Lo que recuerdo es que, vestido como siempre con mis huaraches y mi suéter, me encuentro en un salón, como cuando imparto alguna con69

ferencia. Solamente que en este caso estoy hablando a los Señores Cardenales, sin nada escrito en las manos, como es mi costumbre. —My friends— empiezo (esto tal vez se debe al hecho que tuve este sueño en Denver, Colorado, USA, el 7 de mayo de 2002)—, como ustedes saben, no soy un gran teólogo ni un gran organizador. Soy un misionero. Así que lo que más me preocupa es la misión, aquella misión que Jesús encomendó a los apóstoles, antes de subir al cielo, y que ahora incumbe llevar a cabo a cada uno de nosotros de una manera especial. Ahora bien, con toda franqueza, digan qué opinan acerca de este tema tan importante y qué podemos hacer para relanzar la misión. Quiero cosas prácticas. Ya les dije que no soy ni un gran teólogo ni un filósofo ni un gran organizador. Así que no me vayan a pedir encíclicas o cosas por el estilo. No soy bueno para la pluma. Lo que se ha escrito hasta la fecha, es ya suficiente para arrancar. En la marcha, iremos viendo si se necesita alguna aclaración o rectificación. Como les decía, quiero cosas prácticas para relanzar la misión, cosas sencillas que hagan fermentar toda la Iglesia y ¿por qué no?, toda la sociedad. Ustedes saben cómo van las cosas. Si queremos mejorarlas, no nos queda más que la fuerza del Evangelio. Para eso estamos nosotros. Con toda humildad, pero al mismo tiempo con toda autoridad (acuérdense que somos los sucesores de los apóstoles) y confiando totalmente en el poder de Dios, que nos acompaña continuamente, tenemos que repetir aquellas palabras que el apóstol Pedro dirigió al tullido: “No tengo ni oro ni plata. Lo que tengo te lo doy: En el nombre de Jesús, levántate y anda” (Hech 3,6). Sí, mis queridos hermanos, esto tenemos que hacer: invocar el poder de Jesús resucitado, como hizo San Pedro en aquella ocasión, y van a ver como esta humanidad decaída se va a levantar, empezando por nuestra Iglesia. ¿O no creen ustedes que esto sea posible? Entonces, ¿dónde está nuestra fe?

Un nuevo Concilio Ecuménico Al terminar mi primera alocución a los señores cardenales, noté una que otra lágrima por algunas mejillas surcada por los años. Todos estaban ansiosos por saber adónde iba a parar todo esto.

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Todo les parecía irreal, fuera de toda expectativa. Algo como un sueño. Claro que era todo un sueño: un sueño en el sueño. Por fin un cardenal norteamericano rompió el hielo: —My Brothers—, empezó con cierta turbación, pero al mismo tiempo con decisión —. Nuestro hermano, el obispo de Roma y sucesor de Pedro, habló. Ahora nos toca a nosotros. Y dirigiéndose a mí directamente, siguió en un lenguaje muy pintoresco, entre inglés, italiano y latín. Habló de disminución alarmante de vocaciones sacerdotales, escándalos provocados por sacerdotes con problemas sexuales y puntualmente aprovechados por los enemigos gratuitos de siempre, cierta oposición al interior de la misma Iglesia por su doctrina acerca del matrimonio, el control de la natalidad y en general el problema de la sexualidad, para concluir: —Holy Father, frente a todo esto, muchas veces he sido tentado a renunciar y retirarme en un monasterio o en un pueblito apartado como simple párroco. En distintas ocasiones, comenté esto con el Señor Nuncio Apostólico, que me animó a seguir adelante hasta cumplir los 75 años, según las normas establecidas. Así que sigo adelante sin entusiasmo, en el más grande desamparo y en la más grande incertidumbre, sin saber qué aconsejar a los que se acercan a mí en busca de orientación. Aquí la cinta se me borró. Tengo la impresión que siguió hablando un buen rato más entre uno que otro aplauso de parte de sus colegas norteamericanos, que entendían más su mentalidad y su lenguaje, salpicado de un humor y unos chistes misteriosos para muchos. Por fin recuerdo que lo interrumpí, diciendo: —Mi querido hermano en Cristo, por favor, diga qué sugiere Usted en concreto para poner fin a toda esta incertidumbre y desaliento, y relanzar la misión. —Un Concilio Ecuménico —contestó el cardenal norteamericano sin titubeos.

Colegialidad episcopal Al principio, quedamos todos sin palabras, como petrificados, hasta que se me ocurrió esbozar un aplauso, que pronto se volvió en 71

una marea de gritos, aplausos, palmadas en las espaldas, abrazos... que hizo cimbrar la sala del Consistorio. —Bueno. Se hará el Concilio —concluí en forma solemne—, aunque esta idea nunca se me había ocurrido antes. Ni modo. Esta es la Colegialidad episcopal y la vamos a poner en práctica hasta las últimas consecuencias. Otros cardenales intervinieron en la conversación, dando sugerencias concretas para despertar al pueblo católico de su pasividad y hacerlo más consciente acerca de su dignidad como pueblo de Dios.

El proselitismo religioso —Es tiempo de poner cada cosa en su lugar —afirmó un cardenal de una de las más grandes ciudades de América Latina—. Es inútil que sigamos hablando de Ecumenismo entre nosotros, cuando nos encontramos frente al más descarado proselitismo religioso. Es necesario insistir en nuestra identidad como católicos, para hacer frente a esta enorme avalancha de sectas, que están confundiendo y destruyendo gran parte de nuestras comunidades católicas. Es necesario que en todos los seminarios y centros de estudio católicos se implante la Apologética, que enseña a enfrentar con realismo el problema del proselitismo religioso. —No para pelear —añadió otro cardenal de Portugal—, sino para fortalecer la fe del católico frente a la ola de desprestigio levantada por nuestros enemigos de siempre. No faltó quien mencionó la necesidad de hacer frente a la nueva Leyenda Negra, que están creando muchos medios masivos de comunicación, manejados por gente anticatólica y sin escrúpulo. -Es tiempo — subrayó un cardenal latinoamericano -, de hacer algo para levantar los ánimos de nuestro pueblo católico, que se siente sumido en la más grande desesperanza frente al avance de las sectas. Es tiempo de darle seguridad y dignidad, aumentar su autoestima. Concilio Ecuménico de Jerusalén Cuando pareció que las ideas estaban lo suficientemente claras (¿cuánto tiempo pasó? ¿Dos días? Quien sabe), concluí:

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—Hermanos, es tiempo de nombrar una comisión para redactar un documento, que vamos a dar a conocer al pueblo católico, que está ansioso de saber cuál será el rumbo que va a llevar la Iglesia en los próximos años. El documento va a empezar con estas palabras: “Pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros...” (Hech 15,28). —Como el documento del primer Concilio de Jerusalén —interrumpió un cardenal—. —Precisamente, y aclaro que lo vamos a firmar todos, empezando por mí. Así que veamos quiénes pueden formar parte de esta comisión. —Que sea un documento breve y claro, para que todos lo puedan entender con facilidad— comentó otro cardenal. —Algo que fácilmente pueda ser publicado por entero en los periódicos y transmitido por radio y televisión —añadió otro. —¿Cómo se llamará el próximo Concilio? —preguntó un cardenal africano—. Después de unos momentos de reflexión y mientras todas las miradas se apuntaban sobre mí, declaré en forma solemne: —El próximo Concilio se llamará: “Concilio Ecuménico de Jerusalén”. —¡Viva el Papa!, —gritaron todos, completamente sorprendidos por una decisión tan inesperada. —¿Y la guerra entre israelíes y palestinos? —preguntó un cardenal. —¿Y el problema de la seguridad? —añadió otro. —Ni modo. Acuda al Concilio el que pueda. Será el Concilio de los valientes. Así podremos conocer más de cerca la realidad de la guerra, la pobreza y la incomodidad. Además, quien quita que la celebración del próximo Concilio ayude a resolver más pronto los problemas de Oriente Medio y a restablecer la paz en una región tan conflictiva y sufrida. —Esto puede ayudar también a restablecer la unidad con los hermanos ortodoxos— contestó un cardenal, entre la euforia general. Para preparar el documento, se solicitó la presencia de algunos obispos y sacerdotes que trabajan en el Vaticano y algunos laicos expertos en asuntos de comunicación.

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Comentarios de la Prensa Contando con su valiosa experiencia en estos asuntos, pronto salió el documento, que en pocos minutos dio la vuelta al mundo, despertando por todas partes el más grande entusiasmo y poniendo al mundo católico en una grande efervescencia. Los titulares de los periódicos y los noticieros de radio y televisión se hicieron eco del júbilo general ante un acontecimiento tan importante y tan oportuno para la Iglesia Católica y la humanidad entera. “Concilio Ecuménico de Jerusalén: La Iglesia vuelve a sus orígenes”; “El Papa de los huaraches abre puertas y ventanas”; “Euforia Católica: más identidad y más apertura”, etc. Todos los comentaristas eran unánimes en subrayar la novedad del estilo que se estaba imprimiendo a la Iglesia, hablando de Colegialidad episcopal, confianza en los destinos de la Iglesia, fortalecimiento interno y nuevas perspectivas para el diálogo ecuménico. Entre los intelectuales tuvo mucha resonancia una entrevista, concedida por un famoso teólogo a un semanario católico muy conocido. El título de la entrevista era: “Una Iglesia siempre joven” y hablaba de un agotamiento del actual modelo de Iglesia, manejado desde hace siglos, en busca de un nuevo modelo, menos centralizado y autoritario y más carismático y variado, al estilo de los primeros siglos del cristianismo. —“Es necesario —afirmaba el teólogo— regresar a la simplicidad evangélica, definiendo aquellos valores básicos que pueden dar sentido a la vida del cristiano en el mundo de hoy, y luchar para que se vuelvan en patrimonio común para todo católico. Hay que señalar a los católicos comprometidos un camino sencillo para poder vivir siempre en paz con Dios, consigo mismos y los hermanos. Hay que liberar el Evangelio de tantas añadiduras, que, en lugar de hacerlo más inteligible, lo ocultan más y lo alejan más de nuestra vida”. Otro teólogo subrayó el papel fundamental de la Biblia en la vida del creyente y de la Iglesia en general. “Primero la Biblia y después el catecismo —afirmó con énfasis en un programa de radio—. Y todo esto, empezando desde la preparación a la Primera Comunión”.

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Comisiones preparatorias Hecho esto, se empezó a pensar en una clausura del Consistorio, en espera de que los acontecimientos fueran madurando para tomar otras medidas según la necesidad. El cardenal secretario de Estado se hizo intérprete del sentir común de los miembros de la asamblea: —Hermanos, Dios nos ha concedido presenciar un acontecimiento de gracia sin precedentes. Con esto volvemos al espíritu de los orígenes de nuestra fe. De seguir así, no me extrañaría que yo fuera el primero en quedar sin trabajo. (Una risa general, acompañada por algunos aplausos, mientras yo le hacía señas para que siguiera adelante y que no se preocupara demasiado por la posibilidad de perder su empleo). Antes que nada, agradezcamos a Dios una gracia tan grande y pidámosle con fe que nos acompañe en una tarea tan importante y trascendental, que pesa sobre nuestros hombros, a veces bastante fatigados. No se olviden de estar continuamente en contacto con la comisión o las comisiones, que se van a hacer cargo de la preparación del magno acontecimiento. Habló de aspectos logísticos, doctrinales y pastorales, y del aspecto económico, “que no hay que sobrevaluar ni tampoco minimizar, tratándose de un acontecimiento que sale fuera de las perspectivas normales de la Iglesia”. Reformas inmediatas A un cierto momento un anciano cardenal, lo interrumpió: —Como siempre, una vez terminada la fiesta, que cada quien regrese a su lugar con la rutina de siempre. A mí me falta un año para dimitir como arzobispo residencial. Posiblemente, cuando se abra el Concilio, ya estaré muerto y enterrado. ¿Qué me importa todo esto que Usted está diciendo? Hasta siento ganas de dimitir hoy mismo, para que alguien más joven tome mi lugar y dé seguimiento a todo este proceso que estamos empezando y que va a culminar con el Concilio. Un coro de aprobación acompañó el sentir del anciano cardenal. De hecho un buen porcentaje de cardenales se encontraba en la misma situación.

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Otro cardenal se dirigió directamente a mí y me preguntó: —¿Cuándo se empezarán a dar las reformas que Usted quiere promover dentro de la Iglesia? Yo le contesté de inmediato, ante el estupor de todos: —Hoy mismo se empezarán a dar estas reformas. No hay que esperar ningún Concilio para empezar el cambio en la Iglesia. Hoy, hoy, hoy. —Repetí con insistencia y algo exaltado—. ¿O no nos entendemos? —¿Qué tipo de cambios podemos empezar a realizar hoy mismo? —Cualquier tipo de cambio que tenga que ver con la misión. —¿Cambios de tipo pastoral? —Claro. No se metan en asuntos doctrinales. Esto es más complicado y lo vamos a ver en el Concilio, si será necesario abordar este aspecto. —¿Podemos decidir el asunto de los sacerdotes casados? —Claro. Todo depende de la Conferencia Episcopal local, de su manera peculiar de ver las cosas. Si todos los obispos de una región están de acuerdo en algo, ¿qué más queremos? —¿Entonces habrá distintas disciplinas al respecto, según las decisiones de las diferentes conferencias episcopales? —Claro que sí. —Y esto, ¿no puede representar un peligro con el tiempo? ¿No se puede crear una Iglesia en espíritu de competitividad entre las diferentes conferencias episcopales? —¿Qué hay de malo en todo esto? ¿No pasa lo mismo en otros aspectos de tipo disciplinario o pastoral? Si en una región se pueden resolver los problemas pastorales mediante la actual disciplina de presbíteros célibes, que sigan. Sin embargo, donde esto no es posible, que cambien la disciplina al respecto, introduciendo la posibilidad de sacerdotes casados. Acuérdense del antiguo principio: “In necesariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas”. Y acuérdense también del otro principio fundamental, que tiene que regir la actividad de toda la Iglesia: “Salus animarum suprema lex”. —Esto me pone los pelos de punta, pensando en los cambios tremendos que podrán darse en la Iglesia en poco tiempo y en la posibilidad de que muchos aspirantes al sacerdocio se vayan a formar en regiones donde se permita el sacerdocio casado.

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—¿Y cuál es el problema? Acuérdense: donde hay libertad, hay creatividad y, donde hay creatividad, hay progreso. Por favor, no hagamos del celibato el eje fundamental del ser y quehacer de la Iglesia. Sin duda se trata de un grande valor y un don que Dios concede a ciertas personas. Pues bien, en un clima de libertad, se verá quiénes lo tienen y quiénes no lo tienen. Pero al mismo tiempo, no hagamos depender de este don la atención pastoral del pueblo católico, que sin duda representa una responsabilidad ineludible para nosotros los pastores de la Iglesia y un derecho de parte del rebaño que nos ha sido confiado.

Ley por unanimidad Todos quedaron altamente sorprendidos por el giro que estaban tomando las cosas. Nadie se hubiera imaginado nunca la posibilidad de cambios tan radicales y rápidos. Y continué: —Lo que importa es que para cualquier asunto haya una base bíblica y tradicional. Que todo se haga en la perspectiva de la más completa ortodoxia, partiendo siempre de la Biblia y la Tradición. Una vez salvado esto, se puede realizar cualquier cambio que sirva para relanzar la misión. Repito: “Salus animarum suprema lex”. Otro principio importante: “Una vez que haya unanimidad acerca de algún asunto, tratado por una conferencia episcopal a nivel nacional, regional o continental, ipso facto, se transforma en ley”. En este caso no se necesita ninguna aprobación de parte de Roma. Basta avisar. ¿Son o no son ustedes sucesores de los apóstoles, directos responsables de la Misión? Adelante, entonces, con ánimo. Sínodos —¿No sería conveniente que como preparación al Concilio Ecuménico, se realizaran primero sínodos diocesanos, regionales y continentales?— sugirió un cardenal de Asia. —Perfecto. A ver, llamen a los expertos de la Curia para que preparen un documento, parecido al que hicieron el otro día: breve, sencillo y claro. Como siempre, lo vamos a firmar todos. Y que sea enviado de inmediato a los nuncios apostólicos para que lo hagan llegar a todos los obispos, superiores mayores y dirigentes de los movimientos laicales. Que todos nos sintamos comprometidos en esta tarea.

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—¿No sería bueno enviarlo también a los representantes de las Iglesias hermanas? —Claro. En el fondo, se trata de relanzar la Misión. Cualquiera nos puede dar sugerencias al respecto. De inmediato otro cardenal tomó la palabra en nombre de un grupo de colegas: —¿Podemos abordar también el asunto del nombramiento de los obispos? —Claro. Si en algún lugar los miembros de la Conferencia Episcopal están de acuerdo en aportar algunos cambios con relación a la praxis actual, que se proceda. Yo insistiría en estos dos criterios fundamentales: sana doctrina y experiencia pastoral. Queremos obispos que sean verdaderos apóstoles. Excelencia pastoral, más que excelencia académica. Si se juntan los dos aspectos, mejor: excelencia académica y excelencia pastoral. -¿No sería conveniente que desde un principio a un obispo se le asignara un determinado período, por ejemplo diez años, de servicio a una diócesis? Después podría haber un año sabático para descansar o participar en algún curso de aggiornamento (puesta al día). Una vez cargadas las pilas, podría ponerse a disposición de la Conferencia Episcopal para lo que se ofrezca (por ejemplo, presidir o trabajar en las comisiones episcopales) y la Santa Sede para un servicio más amplio o sencillamente ser cambiado de diócesis. Así se evita el peligro de tener obispos residenciales, que se encuentran casi siempre fuera de su diócesis para desempeñar cargos asignados por la Conferencia Episcopal o la Santa Sede. Por otro lado, gobernar una diócesis por treinta o cuarenta años, me parece demasiado problemático, con el riesgo de caer en la rutina, echando a perder lo que se logró en los primeros años. -Que todo esto se vea en las distintas Conferencias Episcopales. Una vez llegados los canonistas de la curia y los expertos en comunicación, les expliqué el asunto en pocas palabras, dándoles toda la tarde para preparar el documento. Y continué: —Hermanos, ya que estamos bastante cansados del trabajo que hemos realizado en estos días. Ahora démonos un agasajo. ¿Qué les parece esta sugerencia? Mientras los expertos preparan el documento, ¿por qué no salimos de la Ciudad para descansar un poco en algún lugar en las afueras de Roma?

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Paseo De inmediato se formaron unos corrillos para definir los detalles de la fiesta de despedida, en un clima de hermandad y sano esparcimiento. —Que esté cerca de una pizzería— comentó un cardenal. —Sí, cerca de una pizzería—, añadieron los demás. Unos minutos después ya estábamos de viaje, mientras los expertos se quemaban las pestañas con los artículos del Derecho Canónico. Una tarde encantadora entre chistes, recuerdos de los años mozos en las distintas universidades de la Ciudad Eterna, promesas de seguir en contacto por Internet... Nadie se fijó que entre aquellos alegres ancianitos se encontraba el Papa en persona. Es que aún no me lograban identificar (apenas una vez había aparecido en público, saludando a la gente desde la fachada de la Basílica de San Pedro). A las altas horas de la noche, poco a poco cada uno fue tomando su rumbo para descansar unas horas antes de concluir el Consistorio y emprender cada quien el viaje de regreso a sus comunidades. Nos despedíamos una y otra vez para volver a juntarnos por grupitos y contar el último chiste. Es como si quisiéramos parar el tiempo, para que el sueño no terminara nunca. El día siguiente regresamos todos a la Asamblea. Los expertos habían hecho un buen trabajo. Bastaron unos cuantos retoques y a firmar todos. Algo inolvidable. Se respiraba aire de Pentecostés. Un cardenal sugirió: - ¿Por qué no hacemos lo mismo con los documentos oficiales, que emiten la Santa Sede y las Conferencias Episcopales? - Habría que hacer documentos para los obispos y los teólogos y documentos para el pueblo en general — aclaró otro cardenal. - ¡Cuántos cambios tenemos que hacer para ponernos al día! Una tarea de nunca acabar — concluí - . Ni modo. En estos asuntos nada es definitivo. Lo importante es no cerrarse a la voz del Espíritu, que continuamente nos cuestiona.

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Despedida Antes de clausurar definitivamente el Consistorio, me permití hacer una breve alocución: —Hermanos, estamos al final de esta experiencia, tan enriquecedora para todos. Sin embargo, antes de separarnos, quiero que sepan ustedes, y que quede entre nosotros, que no es mi intención seguir en este cargo toda la vida. Quiero ser un papa de transición, como el papa Juan XXIII, ya beato. Si no muero antes, es mi firme intención dimitir puntualmente a los 75 años de edad, es decir de aquí a tres años, abriendo yo mismo el Cónclave, de donde saldrá el nuevo sucesor de Pedro. En realidad, no es lo mismo abrir caminos que gobernar. A cada quien lo suyo. Yo me conozco bastante bien a mí mismo y sé hasta dónde puedo llegar. Así que no me pidan más de lo que no pueda dar. Lo que tenemos que hacer ahora, es fijarnos en aquellos elementos del episcopado bien empapados en este nuevo estilo de gobierno, para que los pueda nombrar cardenales y así estar en condiciones de tomar las riendas de la Iglesia. —Y Usted ¿qué piensa hacer, una vez renunciado al cargo de Obispo de Roma? ¿Se va a recluir en un monasterio? —preguntó un cardenal. —Ni pensarlo. Estoy seguro que me moriría de inmediato. Lo que pienso hacer, es regresar con mis inditos de la sierra de Oaxaca, México, donde empecé mi aventura como misionero y pasar con ellos los últimos años de mi vida. Es que cuando a uno le entra el gusanito de la misión, nunca se le quita, hasta la muerte. Un cierto velo de tristeza cubrió el rostro de muchos cardenales, que al despedirse no dejaban de expresarme todo su cariño y espíritu de solidaridad. Cuando todos los cardenales se fueron y quedé solo con el secretario de Estado, éste me preguntó: —¿No le parece que nos estamos embarcando en una aventura? —Claro que sí. Todo lo que tiene que ver con el Espíritu es siempre una aventura. No se le olvide nunca. ¿Cuánto tiempo duró todo esto? ¿Una hora? ¿Dos horas? ¿Tres horas? ¿O un solo instante, como afirman algunos expertos? El hecho es que todo lo demás se quedó borroso en mi memoria.

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Sínodos A un cierto momento me encuentro en un sínodo africano ¿nacional, regional o continental? Quien sabe. Me entero de asuntos totalmente desconocidos para mí, como el del matrimonio consuetudinario. Se insiste en la necesidad de una liturgia más conforme al sentir del pueblo africano, con ritmos, danzas y tradiciones propias del pueblo. También se nota mucha preocupación por el fenómeno de las sectas y el sincretismo religioso. En un sínodo norteamericano, por primera vez en la historia de la Iglesia, se intenta enfrentar con seriedad el problema de la evangelización, rebasando el nivel puramente exhortativo de los documentos oficiales y entrando en todos los detalles de una verdadera planificación pastoral de gran envergadura, haciendo un abundante uso de los medios masivos de comunicación e invirtiendo una enorme cantidad de recursos humanos y económicos. “Cuidado con la Iglesia Católica— fue el comentario del más prestigioso periódico de Estados Unidos—. El gigante adormecido empieza a despertar”. Y otro periódico añadía: “La organización pastoral de la Iglesia Católica se apresta a ser la más grande empresa a escala mundial”. Era tanto el entusiasmo que estaba despertando, que ya se hablaba de ramificaciones de dicha organización a nivel continental y mundial. —Es tiempo de modernizarnos —afirmaba el dirigente de un Movimiento Apostólico Laical—. No podemos seguir como antes, a la buena de Dios. Si para tener éxito en cualquier cosa, tenemos que programarnos, ¿por qué no tenemos que hacer lo mismo en la Iglesia, por lo que se refiere a la evangelización? Alguien me preguntó cómo veía esta mezcla entre Dios y el dólar, la confianza en el poder de la Palabra y la confianza en la organización. Mi respuesta fue muy sencilla: —Acuérdense que somos “católicos”. ¿De dónde viene la palabra «católico»? Del griego Kata holon, que quiere decir «según el todo». Así que es propio de nosotros católicos abarcar todo, sin excluir nada, y poniendo cada cosa en su lugar: Dios y el hombre, el don de Dios y la colaboración del hombre, lo antiguo y lo nuevo... Si fuera de la Iglesia hay algo bueno, ¿por qué no aprovecharlo? Por lo tanto, estoy completamente de acuerdo en que se utilicen todos los medios posibles y se monte la mejor organización posible para relanzar la misión, que representa la razón fundamental de nuestro existir como Iglesia. 81

Al mismo tiempo un grupo de teólogos bastantes serios empezaron a debatir el asunto de la moral sexual para ver qué hay de definitivo en la legislación actual y que hay de provisional. Algunos opinaban que, en las relaciones conyugales (lo que realmente preocupa a nosotros como creyentes), en caso de necesidad, por ejemplo cuando uno de los cónyuges está afectado por el sida, se podría permitir el uso del condón, la práctica del onanismo u otro método que no fuera en ningún modo abortivo. Mi opinión al respecto (aclaro que no soy experto en la materia) fue muy sencilla: - Estudien bien el asunto y envíen todo a Roma, puesto que se trata de un problema que tiene muchas implicaciones de orden doctrinal. Allá veremos. Posiblemente en el mismo Concilio se podría tratar el tema y buscar alguna solución. En otro sínodo asiático, se insistía en recrear una teología católica conforme a la idiosincrasia local. Altos vuelos pindáricos, que me dejaban sin entender casi nada. Por otro lado, todos sabían que soy un misionero, metido de un momento a otro a la cabeza de la Iglesia, con una preparación cultural común. Por eso nadie me exigía que entendiera todo lo que ellos decían Lo que más me llamaba la atención era la conciencia general de estar viviendo un momento excepcional en la historia de su pueblo, en la que todos están llamados a intervenir como actores. —Los misioneros nos trajeron el Evangelio, enfrascado entre muchos elementos culturales extraños a nuestra manera de ser— decía un anciano sacerdote chino—. Ahora toca a nosotros liberarlo de toda esta sobreestructura para recrear un cristianismo a nuestra medida. Lo que más me impactó fue el entusiasmo, manifestado en un sínodo latinoamericano, no recuerdo a qué nivel. Se insistía en la necesidad de que interviniera toda la Iglesia en la elección de los obispos: consejos parroquiales, dirigentes de las asociaciones y los movimientos apostólicos, religiosas, clero, obispos de la región, conferencia episcopal nacional y Santa Sede. Al mismo tiempo, se debatía la cuestión de los diáconos casados, que pudieran pasar, después de unos diez años de servicio y a petición del pueblo, de permanentes a transitorios, para resolver el grave problema de la escasez de sacerdotes. También en este caso, se consideraba determinante la opinión de todas las fuerzas vivas de la Iglesia local: clero, vida consagrada y laicado comprometido.

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—En realidad, —afirmaba un famoso teólogo que trabajaba desde hacía mucho tiempo en la periferia de una grande ciudad— no es lo mismo realizar la Celebración de la Eucaristía que la Celebración de la Palabra, en la que se distribuye la comunión. La Celebración de la Eucaristía corresponde a la esencia propia del catolicismo desde sus orígenes. Una de las tareas fundamentales de cada pastor de la Iglesia consiste precisamente en reunir y alimentar la comunidad cristiana alrededor de la Eucaristía, centro y culmen del ser y quehacer de toda la vida de la Iglesia. Ahora bien, cuanto más tiempo una comunidad cristiana queda sin la celebración de la Eucaristía, tanto más se va protestantizando, es decir, se va acostumbrando a una manera de ser que no es propiamente católica, sino protestante. Y concluía de una manera enfática: —Tratándose de algo esencial para la vida de la Iglesia, ningún obstáculo tiene que impedir a cada comunidad contar con los ministros idóneos para la celebración eucarística, teniendo presente su propia realidad.

Espíritu de comprensión Evidentemente, no todo era euforia, besos y abrazos. No faltaban momentos de alta tensión. Lo bueno era que, terminados los debates, todos se volvían como mansos corderos, especialmente al momento de celebrar la Eucaristía, presidida siempre por un servidor, cuando estaba presente. En distintas ocasiones noté grupitos de gente, que practicaba la corrección fraterna y la revisión de vida. Posiblemente se trataba de gente de la misma parroquia o diócesis, que buscaba la manera de “cargar las pilas” para que su intervención fuera más eficaz. Llevado por este nuevo estilo, que se iba creando en los distintos sínodos, yo mismo empecé a practicarlo con mis colaboradores más allegados. Esto sirvió para impregnar de espiritualidad toda nuestra actividad, que muchas veces se parecía más bien a la dirección y administración de una transnacional. No faltó alguien que habló de regreso a la Iglesia de los Hechos de los Apóstoles. Todo era iniciativa, apertura y entusiasmo, entre uno que otro chisme, golpe bajo o verdadera calumnia. Era como si se hubiera abierto una válvula de escape y saliera todo lo que durante largo tiempo hubiera quedado reprimido. Muchos se preguntaban: “Si 83

esto está sucediendo en los sínodos, ¿qué será en el Concilio? Se ve que el Espíritu está soplando fuerte”.

Ecumenismo Frente a esta realidad, muchos hermanos separados se preguntaban: “Si esta es la Iglesia Católica, ¿qué nos impide pensar en una pronta reconciliación? ¿No será ésta una hora de gracia, que no tenemos que desperdiciar?” Y empezaron a llover las solicitudes para participar en los sínodos y después en el Concilio. La pregunta era: “¿Participarán como simples observadores o como miembros activos de los mismos”? Respuesta: “Esto se verá después. Por mientras participen en las comisiones, opinen, busquen todos juntos la respuesta a los enormes desafíos, que se presentan a la fe en el mundo de hoy. Lo demás vendrá después. No vayamos a vendarnos la cabeza antes que llegue la pedrada”. Otro problema: —¿Quiénes podrán participar totalmente en la Eucaristía? —Respuesta: Los que creen en la Eucaristía como nosotros católicos y de hecho están luchando por la completa unidad querida por Cristo bajo la guía de Pedro y los apóstoles con sus sucesores. Los ministros válidamente ordenados pueden concelebrar con los ministros católicos. Poco a poco la unidad de los corazones y sacramental llevará a la unidad completa. Es un camino de reconciliación. Que nadie hable de regreso o cosas por el estilo. Hablemos más bien de reconciliación. Es más conforme al dato bíblico e histórico. Concilio Acerca del Concilio no recuerdo casi nada. Lástima que se me borró la cinta casi por completo, precisamente en el momento culminante. Lo único que recuerdo es que la mayoría de los participantes era de Oriente en una gran variedad de ritos, razas y vestuarios. ¿Será que, para sanar la grande herida, se hará necesario regresar a celebrar en Oriente los Concilios Ecuménicos, como sucedió en el primer milenio de la historia de la Iglesia?

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TAREA 1. ¿Cómo ves la idea de un Concilio Ecuménico? Buena Mala ¿Por qué?
2. Para hacer frente al avance de las sectas, ¿qué se necesita? -El diálogo ecuménico e interreligioso -La apologética ¿Por qué?

3. ¿En qué consiste la simplicidad evangélica?

4. ¿Qué te parece la aprobación de una ley por unanimidad?

5. ¿Cuáles podrían ser los criterios fundamentales para el nombramiento de los obispos?

6. ¿Cómo te parece la figura del Papa, dibujada en este sueño? Buena Mala ¿Por qué?

7. ¿Qué sucedería si algún día de veras la Iglesia Católica se pusiera en un plan de evangelización? Expresa tu opinión al respecto.

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2.- La Unidad entre Los Cristianos: ¿Una Utopía?
Complejo de soñador Quién sabe cómo se me ocurrió contar mi sueño a un amigo muy íntimo, con la recomendación de no contarlo a nadie. Es como si lo hubiera empujado a contarlo a todos. Fíjense que llegó al descaro de meterlo en el Internet. Bastaron pocos días para que todos se enteraran de mi sueño. Para algunos yo estaba de plano completamente chiflado, soñando con cosas totalmente irreales; para otros se trataba de un sueño premonitor. “De aquí a cincuenta años —me decía un amigo teólogo—, todo esto será realidad”. De todos modos, para mí se había vuelto en una verdadera pesadilla. Cada vez que salía de la casa, tenía el temor que alguien fuera a burlarse de mí: “Ahí viene el soñador”; “Disculpe: ¿cuándo llegará el fin del mundo?”; “¿Qué soñó esta noche?”; “¿De cuál fuma usted?”, y cosas por el estilo. Enviado secreto del Vaticano Con el pasar del tiempo, se fueron creando verdaderas leyendas alrededor del dichoso sueño. Algunos llegaron a inventar que el mismo Papa en persona o algunos cardenales muy allegados al Papa me habían encargado la redacción del mismo, para sondear el ambiente eclesial y ver qué tipo de cambios eran más urgentes para arrancar una Verdadera Reforma dentro de la Iglesia, antes que fuera demasiado tarde. —Fíjense en la historia -afirmaba un conocido historiador y teólogo.- El 1054 se da el Cisma de Oriente. Quinientos años después se da la Reforma Protestante. A quinientos años de distancia nos enfrentamos al fenómeno de las sectas, la Nueva Era y el satanismo. ¿Qué hacemos frente a todo esto? Es necesario que reaccionemos a tiempo. O corremos el riesgo de otra grande tragedia para la Iglesia. Los signos premonitores son muy evidentes: demasiada gente nos está abandonando, sea en el antiguo que en el nuevo 87

mundo, en las antiguas comunidades cristianas que en las nuevas. Es que algo ya no funciona. Y concluía: —No nos vaya a pasar lo que pasó en la Edad Media: mientras la Iglesia estaba preocupada por sanar la herida del Cisma de Oriente, no se fijó en los nuevos problemas que se estaban suscitando, hasta que la situación explotó en la Reforma Protestante. Que por lo menos una vez logremos llegar a tiempo Otros sencillamente me comparaban con Julio Verne. —Así son las cosas —comentaba un columnista de la sección religiosa—. Primero hay que soñar para después realizar. No se puede llegar a la luna o a las profundidades del mar, sin haber primero soñado con ello, como pasó con Julio Verne. Lo peor que le puede suceder a un ser humano, es impedirle soñar. Es como ponerlo en la antesala de la locura. Debido a todos estos comentarios, muchos me consideraban como una especie de “enviado secreto del Vaticano”. Con mucha frecuencia me invitaban a impartir conferencias o asistir a congresos, sínodos diocesanos, etc. No se resignaban a ser tachados de retrógradas. Querían estar sobre la cresta de la ola, ser progresistas, estar a la moda. Y la moda del momento era “soñar”. Por eso todos querían soñar con el nuevo tipo de Iglesia, hasta afirmar verdaderas barbaridades. No faltaron personas de renombre, que querían asociarse a mi misión, haciéndome preguntas confidenciales acerca de sueldos, contactos con personalidades de altura... Al darse cuenta de que el mío no era más que un simple sueño, se alejaban decepcionados o fastidiados por mi terquedad y egoísmo, al no querer compartir con otros mi nueva posición de notoriedad y privilegio. Así que me pasaba largos días entre encuentros eclesiales, congresos y entrevistas en mi papel de “enviado secreto del Vaticano”. Una experiencia interesante y algo riesgosa por tener que jugar un papel irreal y ajeno a mi manera de ser. De todos modos, esto me dio la oportunidad de medir el alcance del sentido profético de mi sueño.

Asamblea ecuménica Hasta que volví a soñar en un papel muy diferente del anterior, como conferencista en una asamblea ecuménica de altura, con la 88

participación de los altos jerarcas del mundo católico, ortodoxo, anglicano y luterano. El mismo Papa (¿León XIV o XV?) estaba presente, acompañado por un buen número de obispos, llegados de los cinco continentes. De buenas a primeras, me encuentro frente a todos con el micrófono en la mano, en un ambiente sumamente tenso. Parece que todos tienen el dedo apuntado contra el Papa. Realmente no sé qué hacer. Me gustaría con toda el alma poder defender al Papa en una circunstancia tan delicada. Pero siento que no puedo. Quisiera escapar, despertar del sueño, hacer algo para evadir una responsabilidad tan densa de consecuencias. Por fin, tengo que soltar la lengua y empiezo: —A decir la verdad, mi especialidad no es el ecumenismo, sino la apologética. De todos modos, si quieren una opinión sincera de mi parte acerca del tema que están tratando, hela aquí con toda sencillez, aunque estoy seguro de que con esto voy a decepcionar a muchos. Según mi manera de ver las cosas, el obstáculo principal que impide el avance del ecumenismo, no es la doctrina del primado pontificio, sino el ejercicio del mismo, que se parece más a un poder que a un ministerio, es decir “servicio”. Fíjense en la misma manera como ustedes están dispuestos en esta asamblea: allá arriba está el Papa solo, en un trono; y aquí abajo todos ustedes, cada uno en su silla como si fueran seminaristas o peregrinos en visita a la tumba de San Pedro. Pues bien, ¿es esto el Colegio Apostólico? ¿Es así como Pedro se relacionaba con los demás apóstoles? ¿Fue esta la voluntad de Cristo al establecer el primado de Pedro? No, hermanos; estamos muy lejos de entender y vivir la doctrina de la Colegialidad episcopal. Aquí estamos frente a un grande desequilibrio, que ha ido desfigurando cada día más el rostro de la Iglesia a lo largo de la historia. Siguiendo con esta dinámica, se multiplican los desequilibrios: el obispo se aísla del presbítero, el presbítero se aísla de los demás ministros de la Iglesia, y estos del pueblo. Más que pastores de la Iglesia, parecen reyes, príncipes o caciques, cada quien tratando de manejar las cosas a su antojo.

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Se ve que le había dado al clavo. De hecho, a medida que iba aclarando mi punto de vista, notaba que los rostros de los presentes se iban serenando. Hasta que volteé hacia el Papa y lo vi con la cabeza totalmente sumida entre los hombros y el rostro cubierto con las manos. Al notar esto, me desorienté por completo. Traté de seguir adelante, balbuceando algunas palabras, hasta que se me cayó el micrófono de las manos entre las risas de no pocos asistentes, acompañada de una que otra carcajada. Estaba perdido. Sabiendo que estaba soñando, hice todo el esfuerzo posible para despertar. Nunca había tenido una pesadilla tan horrible. Y sin embargo, el sueño siguió. Miré hacia el Papa y noté que me hacía señas de acercármele. Miré a un lado y a otro para ver si había algún monseñor o secretario que pudiera auxiliarme, y nada. Entonces empecé a moverme hacia el Papa como un autómata o un fantasma. Fueron momentos de angustia extrema: yo y el Papa cara a cara, en una circunstancia tan desagradable, y en una actitud tan poco cristiana, como de verdugo frente a su víctima. Cuando ya estuve cerca de él, me puse de rodillas, en espera de alguna orden. Me parecía que al Papa le estaban dando unas tremendas convulsiones. Por fin apartó las manos de la cara: estaba hecho un mar de lágrimas. Me hizo señas de levantarme. Él mismo se empezó a levantar de su asiento, apoyándose en mi persona. Y poco a poco los dos nos movimos hacia la asamblea, tambaleando. Un silencio sepulcral se apoderó de toda la asamblea. Todas las miradas estaban apuntadas hacia el Papa, que parecía desecho bajo el peso de los años y la carga de la historia. A un cierto momento, recobrando todas sus fuerzas, se incorporó, me hizo señas de quedarme ahí, avanzó unos pasos más adelante, hacia la asamblea, abrió los brazos y balbuceó entre lágrimas y sollozos: “Perdón, hermanos, perdón; he pecado”. En un instante, todos los presentes se levantaron y explotaron en un aplauso irrefrenable. Por todos lados se oían gritos de “Viva el Papa”, “Viva el sucesor de Pedro”... Nadie quería quedarse sin abrazarlo, borrando con este gesto siglos de historia y abriendo una nueva página en las relaciones entre el Papa y los miembros de la Asamblea, impregnada del más puro espíritu cristiano.

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Pasaron algunos minutos (¿días? ¿años?) y la Asamblea reanudó sus trabajos, en otro clima y perspectiva. En la mesa directiva se encontraban siempre el Papa, rodeado por algunos patriarcas ortodoxos, un obispo luterano, otro anglicano (algunos los llamaban “patriarcas y cardenales in pectore”) y alguna otra personalidad del mundo cristiano. El patriarca de Moscú nunca se le despegaba. Parecía que tenía muchos asuntos que tratar con el obispo de Roma. Y el Papa asentía siempre con la cabeza. Una que otra vez aclaraba algún asunto, que puntualmente el patriarca anotaba en una libreta.

La Santa Misión A un cierto momento el Papa tomó la palabra: -No nos olvidemos, hermanos, que nuestra prioridad absoluta es la misión. Todo tiene que estar enfocado a la misión, ¿Recuerdan aquellas palabras, que pronunció Jesús el jueves santo, en víspera de su pasión? “Oh Padre, que todos sean uno... para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21)? En la Iglesia, todo tiene sentido relacionado con la misión y sin la perspectiva de la misión nada tiene sentido. Así que, al hablar de unidad, estamos despejando el camino a la misión, eliminando uno de los más grandes obstáculos que se le oponen, que consiste en el escándalo de la división. Sí, hermanos, hagamos el esfuerzo por salir de aquí completamente reconciliados y sacramentalmente unidos en la celebración eucarística. Lo demás vendrá después, poco a poco con el auxilio de los peritos. Claro, si alguien no comparte la fe común en la Eucaristía, que espere, hasta no aclarar este aspecto tan importante de la fe cristiana. Un fuerte aplauso selló la intervención papal. Todos estaban de acuerdo con su manera de ver y manejar los asuntos. Apologética y Ecumenismo En un descanso, se me acercaron algunos obispos no católicos para intercambiar conmigo algunas opiniones: —Fíjese, padre, que su intervención nos sacó completamente de quicio —empezó un obispo luterano—. Nadie se imaginaba que un apologista como usted se iba a salir con lo que dijo. 91

—Es que no existe ninguna oposición entre el Ecumenismo y la Apologética. El Ecumenismo es para buscar la unidad perdida y la Apologética es para evitar que siga habiendo más divisiones. Yo creo que por no haberse entendido esto, se ha dejado al pueblo católico, y en general a todos los miembros de las Iglesias Históricas, indefensos ante la agresión sistemática de las sectas de origen cristiano y los nuevos movimientos religiosos, que son una mezcla entre cristianismo, religiones orientales, sicología, esoterismo, etc. —Lo que estamos viendo con la Nueva Era—, añadió un obispo anglicano. —Precisamente. Todos hablan de religión, todos tratan de dar testimonio acerca de la eficacia del nuevo credo para dar sentido a la propia vida, arrastrando tras de sí a muchísima gente, mientras nosotros nos quedamos callados, dizque para no ofender. Nos hemos vuelto perros mudos, cobardes... —¿Qué hay que hacer entonces frente a esta dura realidad? —Primero fortalecernos interiormente como Iglesia y como auténticos discípulos de Cristo y después nos vamos al ataque con el Evangelio en la mano. ¿O creen ustedes que el Evangelio no nos puede dar la pauta para que el hombre de hoy encuentre la respuesta que espera a los grandes interrogantes que se le presentan? —Es cierto —comentó un obispo ortodoxo—. Nos faltan agallas. Nos parecemos a un club de viejitos, que mientras revivimos antiguas gestas gloriosas, no tenemos la fuerza ni para dar un paso en adelante. Casi todos estaban de acuerdo con esta nueva manera de ver las cosas, expresando con toda franqueza su punto de vista: —Necesitamos ser más realistas. —Y más aventados. —Y más confiados en nuestro papel como embajadores de Cristo, el hijo de Dios hecho hombre y salvador del mundo, en una sociedad tan sedienta de valores, que den sentido a la vida. Su entusiasmo era desbordante. Parecía que habían vuelto a las aulas del seminario, llenos de ilusiones y decididos a transformar el mundo con la fuerza del Evangelio.

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Rueda de Prensa Mientras el Papa y los altos jerarcas de las distintas Iglesias se reunían para programar las actividades sucesivas, un servidor con algunos miembros de la Asamblea fuimos invitados a una rueda de prensa. Como siempre, los periodistas se salieron del huacal, haciendo preguntas que no tenían nada que ver con la misión propia de la Iglesia y el tipo de encuentro que se estaba realizando. De todos modos, algunas preguntas tuvieron el mérito de estimular la reflexión común sobre aspectos focales de la vida de la Iglesia. Un periodista preguntó: —¿Cómo explican ustedes la situación religiosa en Polonia, que, con la caída del comunismo y la llegada de la democracia y la libertad, se ha ido deteriorando cada día más? La pregunta nos tomó a todos de sorpresa. Así que nadie se atrevía a aventurar alguna explicación plausible acerca de un fenómeno bastante común en la Iglesia: grande capacidad de resistencia en los momentos de persecución y extrema debilidad cuando hay bienestar y arrecian las tentaciones del placer y el poder. Por fin, todas las miradas se dirigieron hacia mí, invitándome a romper el hielo: —Bueno —empecé con cierta turbación—. No se trata de un problema sencillo. En cierta manera para Polonia la Iglesia Católica representa como una madre, a la que acuden los hijos de una manera especial cuando hay problemas. Apenas las cosas empiezan a cambiar, fácilmente se olvidan de ella, convencidos de que nunca les faltará su protección en caso de volverse a presentar algún peligro. En muchas familias sucede lo mismo. —Es que nosotros católicos —añadió un teólogo— estamos acostumbrados a cerrar filas cuando nos amenaza un peligro común, encontrando en la fe la fuerza para resistir. Cuando al contrario, no existe ninguna amenaza externa bien definida, fácilmente nos dispersamos, confundiendo la apertura y el respeto para con todos con la ingenuidad y prestando atención a cualquier canto de sirena, que nos proponga caminos más fáciles y placenteros. —Según mi opinión, —concluyó otro miembro de la Asamblea— el problema fundamental para nosotros católicos consiste en buscar la manera de conciliar la fe con la modernidad. Estamos acostumbrados a vivir nuestra fe en una situación de renuncia y sufri-

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miento; tenemos que aprender a vivirla también en una situación de bienestar y disfrute, con una vida de calidad. Ya asimilamos las sombras y los rigores del Viernes Santo; ahora nos falta asimilar las luces y los gozos de la Resurrección. Un enorme reto para el futuro de la Iglesia, si quiere volverse en protagonista en la construcción del nuevo mundo que se perfila. —Un reto enorme también para nosotros ortodoxos, que estamos saliendo de un largo invierno bajo la égida del totalitarismo comunista —comentó un obispo ortodoxo—. Si queremos hacer frente a la modernidad o postmodernidad, como la llaman ahora, necesitamos muchos cambios. Tenemos que dar el paso de una cultura de tipo campesina a una cultura de tipo industrial, en un clima de libre competencia y total libertad, que muchas veces se vuelve en auténtico libertinaje, con fenómenos tan complejos como son la corrupción, las mafias, la prostitución organizada, la drogadicción, el más descarado proselitismo religioso y tantas otras cosas que nos sacan completamente de quicio. Hermanos, les confieso con toda sinceridad que anhelo la unidad con toda el alma, porque estoy convencido de que todos vamos a salir ganando, al realizar una obra tan sagrada y necesaria para el fortalecimiento de la herencia de Cristo. Sí, nosotros necesitamos su apoyo para poder enfrentar con éxito toda esta problemática, que se nos vino encima de un momento a otro, con el derrumbe del comunismo. —Y nosotros occidentales necesitamos aprender de ustedes los grandes valores de la espiritualidad. Muchas veces nos sentimos asfixiados, metidos hasta el copete en todo un mundo de organización e ideologías —concluía un obispo católico. Se habló también de una posible visita del Papa a distintas comunidades ortodoxas, más sensibles al problema de la unidad. —No nos vaya a pasar —comentaba un obispo ortodoxo— que, mientras a nivel político se están logrando grandes avances hacia la unificación, en el campo religioso nos quedemos rezagados. Que no nos vayan a acusar de representar un obstáculo para el entendimiento y la colaboración entre los pueblos. Sería un duro golpe para el cristianismo y la religión en general. —Si seguimos con nuestras querellas teológicas e históricas — concluía un obispo católico—, corremos el riesgo de que otros tomen nuestro lugar mediante mensajes religiosos de dudosa procedencia. Es urgente que nos unamos y hagamos oír nuestra voz clara

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y decidida acerca de las grandes causas que afectan a la humanidad: la paz, la justicia, la dignidad del ser humano, la ecología y el destino terrenal y eterno del hombre. Y todo esto a la luz del Evangelio. Aún hay mucha gente que confía en nosotros y espera de nosotros una palabra y un gesto clarificador. No la decepcionemos. Apenas estábamos para abordar el tema de la globalización, cuando el Papa y los representantes de las distintas iglesias salieron de la reunión y se dirigieron directamente a la prensa. Estaban desbordantes de alegría. Tomó la palabra el patriarca de Moscú: —Gaudium magnum anuntio Vobis —exordió en un latín bastante inteligible, aunque con marcado acento oriental—: El Papa irá a Moscú. Los mismos periodistas casi no creían a sus oídos. Lo que unos días antes parecía imposible, ya era una realidad. Un verdadero milagro, “el milagro del amor”, comentaban muchos. Después el sueño se me paró de golpe. El bendito despertador vino a recordarme que la vida no es puro sueño y que, solamente enfrentando con sentido de responsabilidad la realidad de cada día, se pueden transformar los sueños en realidad.

TAREA 1. ¿Qué quiere decir que primero hay que soñar para después realizar?

2. ¿Para qué sirve el ecumenismo?

3. ¿Para qué sirve la apologética?

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4. ¿En qué sentido la unidad entre los cristianos puede ayudar a los: -Católicos?

-Ortodoxos?

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3.- Sacramentos Y Vida Cristiana

La magia de los sueños ¿Qué hace el sueño? Toma ciertas ideas sueltas y las pone en orden, dando a cada una un sentido particular en un contexto más amplio y lógico. Después el “sueño” se puede volver en el motor de toda la vida, alcanzando así su máxima realización. De otra manera, se trata de “sueños fatuos”, a imitación de los “fuegos fatuos”, que no prenden nada, siendo pura apariencia de unos instantes. Ahora bien, ¿cuáles serían las “ideas sueltas»que probablemente influyeron en el “sueño” que voy a relatar?
• El problema de los católicos “alejados”, hacia los cuales no existen planes concretos de evangelización. • El desprestigio en que han caído los sacramentos, recibidos por gente inconsciente, hasta poderse hablar de auténticos sacrilegios. • La costumbre de prepararse para la Primera Comunión y, al hacerla, dejar de frecuentar la Iglesia. Lo mismo por lo que se refiere a la Confirmación. • El alto índice de matrimonios eclesiásticos “anulados”, etc. Como se ve, se trata de problemas normales, que desde hace tiempo afectan a la vida de la Iglesia y que en distintas ocasiones no han dejado de quitar el sueño a uno que otro clérigo o laico comprometido, en busca de una solución. La chispa que, según mi opinión, desencadenó el mecanismo del sueño fue la opinión de un párroco de Algeciras (Andalucía— España), según el cual, para acabar de una vez con la actual confusión existente en la Iglesia Católica, es necesario dejar de bautizar a los niños. Esto sucedió a mediados de octubre del año 2002.

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Al momento no le di mucha importancia por su radicalidad. Pero después la idea siguió haciendo mella en mi mente, hasta dar origen al “sueño”que voy a relatar y que tuve en Évora (Portugal) unos días después.

Toma de conciencia Todo empezó en un sencillo programa radiofónico, en que alguien preguntó por teléfono por qué no se deja de bautizar a los niños, para poner un poco de orden en la Iglesia Católica. —En realidad, —afirmó— la mayoría de los católicos entran en un templo dos veces en toda la vida: la primera vez para el bautismo y la segunda para el funeral y las dos veces llegan cargados por otros, no con sus propios pies ni por su libre voluntad. ¿Es suficiente esto para que alguien sea considerado católico? Por eso el catolicismo está tan devaluado. De inmediato un evangélico aprovechó la oportunidad para dar su “testimonio” acerca de su nueva experiencia religiosa: —Antes yo era católico. Nunca iba a la iglesia. No rezaba ni conocía la Palabra de Dios, me emborrachaba seguido, me peleaba con la gente... era un verdadero desastre. Hasta que conocí la Palabra de Dios mediante un hermano, que fue a visitarme en mi casa. Pues bien, desde entonces mi vida cambió por completo. Casi todos los días voy al culto, estudio la Biblia, me porto bien con todos y pago puntualmente el diezmo. Después de esta experiencia, me he convencido de que el catolicismo no sirve para nada. Un católico practicante le contestó, acusándolo de no haber sido nunca católico, desatando con esto un montón de protestas. —Entonces, si no era católico, ¿qué era? ¿Budista, musulmán o ateo? Claro que era católico, como la mayoría de los católicos. Para evitar que se encendieran los ánimos y se creara una mala impresión entre los oyentes, opté por atender las llamadas fuera del aire, mientras se pasaba la publicidad. Ahí pude darme cuenta de que entre los católicos existe una enorme confusión acerca de su identidad. Una señora así manifestó su inconformidad con la opinión del católico practicante: —Si no soy católica ¿qué soy entonces? ¿Acaso soy un animal? Claro que en mi pueblo todos somos católicos. 98

Otra anciana que se creía muy piadosa, reclamaba su derecho a ser considerada católica por su devoción al santo patrono del pueblo: —Ningún año falto a la fiesta patronal, siendo presidenta de la cofradía de la Virgen de los Remedios. Si no soy católica yo, ¿quién entonces es católico en mi pueblo? Lo de la misa, la confesión y la comunión son puras tonterías, que no sirven para nada. Pura moda de ahora. Y otra señora, muy joven por cierto, quiso cortar por lo sano: —Nosotros somos católicos de hueso colorado, porque seguimos la costumbre de nuestros antepasados. Si ahora hay algunos que quieren estudiar la Biblia y abandonar las antiguas costumbres, es su problema. Que hagan sus templos aparte y allá hagan todo lo que quieran. Que a nosotros nos dejen en paz con nuestras imágenes y nuestras fiestas. Terminada la publicidad y entrando al aire, quise cambiar de tema, pero no fue posible. El católico comprometido de antes retomó la palabra: —El problema es que la gran mayoría de los católicos desconoce su identidad y no tiene sentido de pertenencia. Por eso, una vez que la sociedad se abre hacia el pluralismo religioso, cada quien con facilidad acepta cualquier creencia. Teniendo presente esta nueva realidad, veo muy bien la posibilidad de suspender la praxis actual de bautizar a los niños y dar inicio a una nueva legislación al respecto. A este punto, nuestro programa logró la máxima audiencia, un rating nunca logrado anteriormente. Parecía que todos los radioescuchas se hubieran concentrado en nuestra señal. Se saturaron las líneas telefónicas. Tuvo que intervenir el director de programación: —Amables radioescuchas, por lo visto, se trata de un tema que está despertando el máximo interés en todo el público en general, pertenezca o no a la Iglesia Católica. ¿Qué les parece si durante toda la próxima semana nos abocamos al tema del bautismo de los niños para sondear la opinión de los católicos sobre este asunto? Y dirigiéndose a mí directamente, me preguntó si estaba dispuesto a dirigir el programa, teniendo en cuenta las distintas reacciones que pudieran surgir, no siempre agradables. Acepté de inmediato:

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—¡Qué bueno que el pueblo católico empieza a tomar conciencia acerca de una problemática, que afecta profundamente la vida de la Iglesia! Me siento muy honrado de dirigir el debate sobre un asunto de tanta importancia para la vida de la Iglesia. —Siendo sacerdote, —continuó el director de programación— ¿no corre el riesgo de tener algún problema con la jerarquía eclesiástica? —¿Por qué? En la Iglesia hay más libertad de expresión de la que usted se puede imaginar. —Disculpe mi ignorancia. El bautismo de los niños ¿no es un dogma en la Iglesia Católica? —No. Es una simple praxis, como alguien del público mencionó anteriormente. Una vez que cambian las circunstancias concretas que le dieron origen, puede cambiar. —Así que, según su opinión, ¿es posible que algún día cambie la praxis actual de bautizar a los niños? —Claro que sí. —¡Qué bueno! De otra manera, nuestro debate radiofónico se quedaría en pura especulación, sin ninguna posibilidad de influir en la vida concreta de la Iglesia. ¡Qué bueno que aclaró este aspecto! Así que... amables radioescuchas, lunes próximo a las 7 de la tarde sintonicen con nuestra señal y empezará la grande aventura. Aquí, como de costumbre, en la cabina habrá expertos y simpatizantes de uno y otro bando. Todos podrán intervenir, presentando su punto de vista. Por mientras, vayan pensando en los pro y contra de la praxis actual de bautizar a los niños. Estoy seguro de que todo esto servirá para crear entre los católicos (aclaro que yo soy católico, aunque poco practicante a causa de mi profesión que me absorbe por completo) un mayor interés por las cosas de la Iglesia. ¿Qué le parece, Padre? —Claro que sí. En la medida en que se toma en cuenta la opinión del pueblo católico, en la misma medida aumentarán su interés y su participación en las cosas de la Iglesia. Como pasa en la política. En la medida en que se respeta el voto, en la misma medida la gente acude a votar. De otra manera, ¿para qué votar? El director parecía eufórico por la nueva iniciativa que de una manera tan inesperada ponía su estación de radio al centro de la atención general. Mencionó los grandes logros que por este medio había tenido en el pasado: el nuevo hospital, el tele bachillerato, el

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campo deportivo... Nunca se había imaginado llegar a incursionar en el campo religioso con tanto éxito. Parecía que con este programa iba a infligir un duro golpe a la competencia. —Así que... lunes próximo, todos al pendiente de nuestro nuevo programa “Bautismo de los niños, Sí; bautismo de los niños, No”. Era viernes. Nunca me habría imaginado en qué lío me acababa de meter con mis declaraciones. Toda la ciudad estaba alarmada por el asunto del bautismo de los niños. El día siguiente (sábado) distintos periódicos me solicitaron una entrevista sobre el tema. Nadie quería quedar atrás en un asunto que se había vuelto tan popular: la conveniencia o menos de seguir bautizando a los niños.

Catecumenado Ni modo. Estaba metido en el lío y tenía que hacerle frente a como diera lugar. Ya no había manera de zafarme. Sin quererlo, ya me encontraba en el ojo del huracán. Son cosas que pasan en la vida pocas veces y en el momento menos esperado. Así que pronto empecé a dar vueltas en mi mente para tener algo seguro que decir en el encuentro con los periodistas. En efecto, para evitar repetir lo mismo a cada periodista, establecí una hora para la rueda de prensa, en la que iban a participar los responsables de los medios de comunicación masiva, escritos y hablados. De hecho, nadie faltó a la invitación. Hasta el canal televisivo y la prensa amarillista de la ciudad hicieron su aparición. Todos estaban interesados en informar a su público acerca de la novedad del momento: si convenía o no seguir con la costumbre de bautizar a los niños. Todos los periodistas estaban muy ansiosos de no dejarse escapar ningún detalle de lo que se iba a tratar, buscando algo que pudiera llamar más la atención del público, prestarse a distintas interpretaciones o se pudiera aprovechar para suscitar algún escándalo. Por eso traté de ser muy cauteloso en mi manera de expresarme. Hasta preparé por escrito un boletín de prensa que entregué a cada reportero. En pocas palabras sugerí restablecer la antigua praxis del catecumenado. En lugar de realizar el bautismo todo de una vez, en una misma ceremonia, se tendría que hacerlo por etapas. A cada etapa tenía que corresponder una determinada catequesis con un 101

determinado compromiso. Este compromiso tenía que ser personal tratándose de adultos y, tratándose de niños, tenía que ser de parte de los padres y padrinos. De todos modos, tratándose de niños, la etapa conclusiva tendría que corresponder a lo que en la actual praxis es la Primera Comunión y, tratándose de adultos, que por su libre voluntad solicitaran el bautismo, tendría que realizarse no antes de los quince años. Como era de preverse, todo esto cayó como una bomba, sea en el campo eclesial que en el campo profano. Desde la noche del sábado y por todo el domingo siguiente no se hablaba más que del catecumenado, una palabra desconocida por la mayoría de la gente, que iba a dar al traste con siglos y siglos de tradición católica. El canal televisivo, en su noticiario de la noche, fue el que lanzó el grito de alarma: “Tiempos difíciles se acercan para la feligresía católica: o católicos comprometidos o nada” y trató de explicar el problema del catecumenado. Se veía claramente que el mismo reportero no había entendido casi nada. Lo único que logró fue alarmar más a la gente acerca de un peligro inminente, que amenazaba al pueblo católico: el catecumenado. El pueblo en general, católico y no católico, pronto se pegó a los aparatos de radio para tratar de entender algo más acerca del asunto. Muchos empezaban a llamar directamente a los locutores de radio. —Por favor ¿nos pueden explicar quién es exactamente este catecumenado, de dónde viene, qué hace y qué quiere de nosotros? —¿Existe algún consejo o alguna receta para defenderse del catecumenado? Evidentemente, cada uno, tomado por sorpresa, trató de explicar las cosas a su manera, asegurando mayores luces en programas sucesivos. Muchos se pasaron la noche sin conciliar el sueño, pensando: —No bastan los problemas que ya tenemos. Ahora, hasta la Iglesia nos quiere crear problemas con este catecumenado. —Posiblemente los curas inventaron esto para ganar más dinero. —Ya somos pocos los que acudimos a la iglesia. Si ahora se salen con el catecumenado, sin duda los católicos iremos disminuyendo siempre más.

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El domingo algunos periódicos, para evitar problemas, publicaron por entero el boletín de prensa, tratando de añadir alguna explicación, cada uno según su ideología. “Por fin el gigante adormecido empieza a despertar”, rezaba el encabezado, a ocho columnas y en primera plana de uno de los más importantes periódicos de la región. Subrayaba las grandes dificultades presentes en el catolicismo a causa del mal testimonio ofrecido por muchos feligreses, que por su conducta parecen verdaderos paganos. El articulista, muy inclinado a favor de la iniciativa, concluía sus reflexiones: —Ojalá que con este cambio, el catolicismo empiece a despegar. Para tiempos nuevos, nuevas ideas y nueva organización, como dijo Jesús: “Vino nuevo en odres nuevos”. Otro periódico se manifestó totalmente contrario a la iniciativa. Su encabezado en primera plana, a cuatro columnas, rezaba: “Reaparece el integrismo católico: el catecumenado”. Hablaba de una grave amenaza para la paz en el campo religioso con el resurgimiento de un catolicismo militante. Conclusión: —Dejemos al mundo como está. Que todos los niños sigan bautizándose como antes y cuando sean adultos, cada uno escoja la religión que más le agrade. ¿Qué es esta discriminación, en el mismo catolicismo, entre catecúmenos y bautizados? O todos hijos o todos entenados. Como era de esperarse, aquel domingo aumentó sobremanera el aflujo de los feligreses a las misas y a las celebraciones de la Palabra. Algunos curas, que no estaban al tanto del asunto, quedaron sorprendidos. Al preguntar a los feligreses la causa de tanto alboroto, más se sorprendieron: —El catecumenado —contestó alguien. —¿Qué catecumenado? —Que ya no se van a bautizar los niños. —¿¡!? —Es lo que están diciendo por radio. —También salió en el periódico. —Queremos una explicación. ¿Por qué ya no quieren bautizar a los niños? Tomados por sorpresa, los curas por lo general trataron de calmar los ánimos:

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—No se preocupen —contestó alguien—. Todo seguirá como antes. Lo del catecumenado es la idea de algún teólogo y nada más. Siempre en la Iglesia ha habido y habrá mentes calenturientas. —¿El catecumenado? Una experiencia de la Iglesia primitiva y ya. Posiblemente se tratará de apretar un poco más las tuercas en la preparación para los sacramentos. —Se trata de una posibilidad muy remota. Primero se tiene que discutir entre los sacerdotes, después entre los obispos y solamente después el Papa podrá tomar una decisión al respecto. Por lo tanto, no se alarmen. Si habrá algún cambio, lo que yo dudo, yo se lo voy a comunicar. Conclusión: por el simple anuncio de un cambio tan radical dentro de la Iglesia con relación al bautismo de los niños, muchos padres se apresuraron a bautizar a sus hijos. ¿Por qué? —Por lo de las dudas. No vaya a suceder que de veras cambie el sistema y tengamos que ir más seguido a la Iglesia para poder bautizar a nuestros hijos. —Mejor aprovechar ahora que esperar, arriesgando con quedar con los niños sin bautizar. Un periódico llegó a definir la situación como “La última y más grande barata bautismal”.

No a la simulación De un momento a otro me encuentro en la Pontificia Facultad Teológica de Milán (Venegono Inferiore, Varese, Italia), ya no como seminarista, sino como sacerdote y anciano misionero. Estoy impartiendo una conferencia, que deja a todos altamente sorprendidos. Pensaban encontrarse frente a un misionero, que les iba a hablar de los inditos del continente americano, solicitando alguna ayuda para llevar adelante ciertas obras sociales, como es costumbre entre los misioneros, y de pronto se encuentran ante un “pastoralista” que cuestiona radicalmente la manera de llevar adelante la evangelización en el continente americano, en el continente europeo y en el resto del mundo. —Es tiempo de poner el dedo sobre la llaga —grité a un cierto momento—. Basta de auto engaños. Que se sepa de una vez que, cuando hablamos de paganos, no podemos pensar solamente en África y Asia, como si aquí no hubiera paganos. Aquí hay también

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paganos, auténticos paganos. Y no estoy refiriéndome solamente a los que se proclaman ateos o agnósticos o que no están bautizados. Me atrevería a decir que aquí la mayoría de los bautizados son auténticos paganos. ¿Se han preguntado alguna vez qué idea tienen acerca de Dios, la Trinidad y Jesucristo como verdadero Dios y verdadero hombre, y único salvador del mundo? Fui interrumpido por un coro de aplausos, acompañado también por algún chiflido. Había de todo entre el público: sacerdotes, seminaristas, laicos comprometidos y gente popof, que había llegado para dar su limosna al misionero, sin entender ni papa de lo que es la fe católica, orgullosa por pertenecer a un pueblo católico y ayudar a las misiones. Todos se veían exaltados, por uno u otro motivo, manifestándose en pro o en contra de lo que acababan de escuchar. Pude distinguir solamente algunos comentarios: —Por fin alguien habla claro. —Esta es la verdadera misión. —Adelante. —Silencio. —Siga, Padre. Proseguí: —Para muchos ¿en qué consiste ser católicos? Bautizar a sus hijos, acudir a misa de vez en cuando, encomendarse a Dios (¿cuál Dios?), participar o asistir a una procesión, casarse por la Iglesia... A propósito de las imágenes, la mayoría de los católicos ¿qué piensan acerca de ellas? ¿No se han dado cuenta de que muchos tienen un concepto pagano de ellas? ¿Por qué de una vez no se habla claro acerca de las imágenes? A ver ¿qué opinan ustedes acerca de este asunto? —Es peligroso aclarar al pueblo en general el sentido de las imágenes —contestó uno de los oyentes—. Muchos tienen un concepto mágico de las imágenes y no falta gente que llega a pensar que se trata de verdaderas divinidades, al estilo pagano. Si se les presenta el concepto católico de imagen, o lo rechazan rotundamente o se sienten decepcionados por haber sido engañados por tanto tiempo. —Por eso los grupos proselitistas insisten tanto en el tema de las imágenes —siguió otro de los presentes.

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—¿Qué me importa a mí lo que digan los que no son católicos? —contraatacó un católico a la antigüita—Yo creo en las imágenes y basta. Si ellos no creen, es su problema. Con dificultad logré restablecer el orden. Y continué: —¿Han pensado alguna vez en el asunto de los matrimonios mixtos? Generalmente la parte católica se cambia de religión, cuando se trata de casarse con gente que pertenece a grupos proselitistas, como son los testigos de Jehová, los pentecostales, los adventistas del séptimo Día, etc. Y ¿qué pasa cuando una mujer católica se casa con un musulmán? Normalmente va a parar en algún lugar de África o Asia, compartiendo al hombre con tres o cuatro esposas más y obligada a cambiar de religión. —No siempre sucede esto —interrumpió un líder del diálogo interreligioso. —¡Faltaría más! El problema es: ¿Por qué devaluar tanto el sentido del bautismo y el matrimonio cristiano, permitiendo con tanta facilidad matrimonios, que de antemano se sabe que van a fracasar? —Lo mismo pasa entre católicos. Muchos matrimonios fracasan. —Claro que fracasan. ¿Por qué? Porque se celebran así nomás, a la ligera, como si se tratara de una ceremonia y nada más. Los más listos o los que tienen más dinero, logran su anulación, con la posibilidad de volver a casarse por la Iglesia y hacer otra payasada, mientras la mayoría queda amarrada por algo que en su momento no entendió plenamente. ¿Han pensado en la gran cantidad de sacrilegios que se cometen continuamente, consintiendo el sacramento del matrimonio a gente que de por sí ni frecuenta la Iglesia ni piensa frecuentarla en el futuro? ¿Cuál es el sentido de la confesión, que hacen antes de casarse? ¿Hay acusa de los pecados, arrepentimiento y propósito de enmienda? ¿O todo esto se vuelve en pura farsa? Y de todos modos se les da la comunión. ¿Cómo llaman ustedes a todo eso? Volvieron los gritos con el alboroto de antes: —¡Sacrilegio! —¡Payasada! —¡Teatro!

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—Pura simulación —seguí a manera de conclusión—. Se sabe que los papás no van a cumplir con el compromiso de educar a los hijos en la fe católica, puesto que ellos mismos ni conocen ni practican la fe. Y de todos modos se sigue bautizando a sus hijos. Se sabe que la mayoría de los católicos, al hacer la Primera Comunión, confirmarse o casarse por la Iglesia, ya no vuelven. Y se les sigue administrando estos sacramentos. Se sabe que tantos católicos nunca frecuentaron la Iglesia y hasta lucharon en contra de ella. Y de todos modos, antes de morir (a veces se espera el momento en que pierden la conciencia) se les imparte el sacramento de la Unción de los Enfermos. Y todo esto ¿para qué? Para seguir apantallando que “aquí todos somos católicos”. —¿Qué hacer entonces? —gritó alguien. —No seguir dando las perlas a los cochinos. Cortar por lo sano. Y hablé del proyecto del catecumenado en la Iglesia. Hubo pros y contras. Mucha hesitación. Al terminar el evento, nadie se acordó de darme ni un centavo para el pasaje. ¡Cómo hubiera sido diferente, si hubiera hablado de niños pobres, hambre, guerrillas o ecología! Será para otra vez.

Fin de la era constantiniana ¡Cómo son los sueños! El día anterior había dedicado más de una hora a revisar mi correo electrónico. Pues bien, por la noche se me presenta la misma escena. Mismas caras, mismo lugar... Única diferencia: se trata solamente de comentarios a la conferencia que había impartido unos días antes en la Pontificia Facultad Teológica de Milán. —Lo felicito, Padre, por sus ideas. Es tiempo de entender que ya pasó la era constantiniana, cuando toda la sociedad era católica. Entonces no se podían evitar tantos abusos e incoherencias. Pero ahora llegó el tiempo de poner las cosas en claro. Ya vivimos en una sociedad plural. Si seguimos así, muchos optarán por otros caminos. —Acabo de enterarme por Internet de la conferencia que impartió en Italia. Interesantísima. Siga adelante. Por lo menos, se empieza a mover las aguas estancadas. Algo bueno saldrá de todo esto. —Realmente lo que leí en el periódico acerca de su conferencia sobre el restablecimiento del catecumenado me ha dejado muy con107

fundida. Entonces ¿son ciertas algunas acusaciones que nos hacen los testigos de Jehová? El asunto está muy gordo. —Le agradezco, padre, la claridad de sus planteamientos. Desde hace tiempo iba pensando en lo mismo, pero nunca me atreví a compartirlo con los demás miembros del presbiterio. Estoy convencido de que es inmoral seguir bautizando a los niños, y en general seguir administrando los sacramentos, cuando se sabe que no habrá ninguna preocupación para que sigan creciendo en la fe. Me parece una forma de paternidad irresponsable. —Soy un joven sacerdote. Desde hace algunos años le estoy siguiendo la pista. Al principio, como muchos de mis compañeros, lo había etiquetado como un fanático conservador. Con el pasar del tiempo me fui dando cuenta de que es todo lo contrario. Sus cuestionamientos miran hacia cambios muy profundos en la Iglesia. Adelante. —Me acaba de escribir un amigo de Italia acerca de la conferencia que impartió en el Seminario Mayor de Milán. Sus planteamientos me han impactado muchísimo. Lo invito a venir a impartir una conferencia en mi seminario para profundizar el mismo tema. Me comprometo a llenarle el auditorio del seminario. ¿Será posible? ¿Cuándo? Espero una pronta respuesta. Existe mucha inquietud acerca de esta misma problemática. —Soy un cura cuarentón. Sinceramente, sus planteamientos me asustan. Prácticamente tendría que haber un cambio radical en la manera de llevar adelante mi acción pastoral. Me estoy dando cuenta de que estoy sembrando en el mar. Misas, bautismos, ceremonias de quince años, matrimonios... tanto trabajo con gente que vive al margen de la fe. Ahora empiezo a preguntarme si conviene seguir adelante así o más bien es más sensato dar un giro de ciento ochenta grados en mi acción pastoral. ¡Ahora entiendo porqué nunca se habla de esas cosas en los encuentros que tenemos los curas a nivel de parroquia, decanato o diócesis! Claro, ponen en peligro nuestras finanzas y exigen más compromiso. Evidentemente no faltaron las críticas y los ataques: —Sin duda, a nivel pueblerino su propuesta ha causado un grande revuelo. ¿No sería mejor elevar el tono del debate a nivel teológico, antes de asustar al pueblo con propuestas apocalípticas? —Es fácil hablar de cambios radicales. La pregunta es: ¿Son factibles? ¿No corremos el riesgo de que el remedio sea peor que la enfermedad?

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Algo interesante noté en todo el asunto: la ausencia de los grandes “teólogos”. ¿Miedo a bajar del quinto piso y pisar un terreno resbaladizo? ¿Miedo a lo desconocido? ¿Intento de descalificar todo el asunto con el silencio? ¿Política del miedo? ¿Política del avestruz?

El gran reto Pasaron los días (¿los meses? ¿los años?) y por fin alguien lanzó el gran reto: un diálogo abierto sobre el asunto del restablecimiento del catecumenado dentro de la Iglesia con la participación de los mejores teólogos del momento. El gran reto fue dado a conocer por todos los medios de comunicación masiva: periódicos, radio, televisión... volantes. Todos estaban invitados a participar con encuestas, ponencias o preguntas. La convocatoria terminaba con estas palabras: “llegó el tiempo de tomarse cada quien su propia responsabilidad. Mañana no se vayan a quejar si algo les molesta. Es el momento de hacer oír la propia voz. Habla hoy o calla para siempre”. Y llegó el gran día. Un enorme salón repleto de millares y millares de gente. Un montón de reporteros. Gente común y gente culta. Religiosas, seminaristas, sacerdotes y obispos. Había aire de fiesta y gran expectativa. Algo realmente importante estaba por suceder. Micrófonos por todos lados. En la tarima estaba un servidor con algunos «expertos» en distintas áreas, todos preocupados por sacar a la Iglesia católica del gran «impasse» en que se encuentra: seguir o no con la era constantiniana, pensar o no en un nuevo modelo de Iglesia. Algo histórico. Oportunidades que pocas veces se presentan. El moderador dio inicio al encuentro: —Damas y caballeros, católicos comprometidos y católicos simpatizantes, laicos, religiosas, presbíteros, obispos, creyentes y no creyentes. Llegó el gran día. La historia se encuentra en una encrucijada. Todos, en una manera o en otra nos veremos afectados por lo que hoy vamos a tratar aquí y el jurado va a decidir después a puertas cerradas. Así que adelante. Primero vamos a escuchar la opinión de los expertos que se encuentran frente a ustedes, y después daremos la palabra al público en general. Adelante.
Tomó la palabra un teólogo de cierto renombre. —Por lo que entiendo —dijo dirigiéndose a mí—, usted no cree

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en la eficacia del sacramento, poniendo en tela de juicio la doctrina del ex opere operato. Para usted sería lo mismo ser un pagano a secas que ser un bautizado que desconozca los contenidos de la fe y viva como pagano. Pues bien, se trata de un error, puesto que el sacramento de por sí es válido y en cierta manera de por sí actúa en el interior del hombre. —Bueno. Como he repetido en distintas ocasiones, no soy un gran teólogo ni me interesan mucho sus reflexiones, demasiado alejadas de la realidad. Aquí el problema es: “¿Conviene o no seguir con el actual modelo de Iglesia, estructurado esencialmente en un régimen de cristiandad? ¿No es posible pensar en un nuevo modelo de Iglesia, reestructurado en un mundo plural, al estilo de los primeros siglos del cristianismo?” —¿Tiene conciencia usted de lo que está diciendo? —arreció otro teólogo de mayor altura— ¿No se da cuenta de los enormes problemas que esto suscitaría al interior de la misma Iglesia? ¿Cree usted que los “paganos bautizados” aceptarían fácilmente ser relegados a un nivel de segunda categoría? —Claro que estoy consciente. Y no me extrañaría que estos cambios causaran dentro de la Iglesia un tal revuelo que se llegara hasta el martirio de parte de los ministros más celosos de su misión como profetas y pastores. Siempre sucedió esto en el pasado y seguirá sucediendo en el futuro. ¿Nunca usted oyó hablar del “Martirio” de sacerdotes, que tuvieron el valor de enfrentarse a los políticos corruptos, a las mafias o a cualquier otro tipo de injusticia? El martirio representa la perspectiva normal en la vida del auténtico discípulo de Cristo. Por lo tanto, solamente poniéndose en esta perspectiva el apóstol podrá cumplir cabalmente con su misión. De otra manera buscará siempre el acomodo, hasta que se vuelva ley. Y es lo que está sucediendo actualmente en la Iglesia. La sal ya no tiene sabor. Se prefiere el rito al anuncio, la rutina al fervor, confundido muchas veces con el fanatismo, y el museo a la plaza. Es tiempo de cambiar. Es tiempo de que la fe se vuelva noticia y haga historia, incidiendo en lo más vivo y profundo del ser humano y la sociedad entera. Es tiempo de hacer del encuentro con Dios un acontecimiento. Como es fácil de suponer, en pocos minutos el ambiente se volvió tenso. Ya se hablaba de “martirio”, oposición radical entre los auténticos discípulos de Cristo y los cobardes, que hacen de la religión su modus vivendi, una manera como cualquier otra para

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resolver el problema del pan de cada día. Qué bueno que alguien pidió la palabra y bajó el tono del debate: —Disculpen, señores, aún no logro entender de qué estamos hablando, cuáles son los cambios concretos que se quieren aportar a la actual disciplina de la Iglesia con relación a los sacramentos. ¿Nos pueden aclarar esto, por favor? Otra vez todas las miradas se dirigieron hacia mí. Empecé: —No queremos ningún tipo de simulación. Que los sacramentos adquieran en la vida del discípulo de Cristo el papel que les corresponde como signos y alimento de la fe. Por lo tanto, no hay que administrar los sacramentos nunca, ni en fin de vida, a gente que no tiene conciencia de lo que representa para la vivencia de la fe. Haciendo esto, podemos poner las bases para llevar el Evangelio a los alejados, sean o no bautizados, tratando de hacerlos discípulos de Cristo. Sacramentos para los practicantes y para los demás un proceso de conversión. —Óptimo el propósito —comentó un pastoralista muy conocido —, pero ¿qué pasos hay que dar para realizar un cambio tan trascendental al interior de la Iglesia? —He aquí algunas sugerencias concretas —contesté de inmediato: 1. Suspender la práctica de administrar el bautismo a los niños. 2. En su lugar, empezar un proceso catecumenal, con ritos especiales para los niños y compromisos especiales para los papás y padrinos. 3. Si todo marcha bien, a los siete-ocho años, se completa el proceso, echándole el agua al niño y ungiéndolo con crisma, después de haber participado en la catequesis y en los encuentros de oración reservados para ellos. 4. Con el bautismo, el niño es admitido a participar en la Santa Misa, sin comulgar, y entra a formar parte de una pequeña comunidad cristiana guiada por algún adulto, donde sigue viviendo y profundizando la fe. 5. Cuando se ve conveniente, el neófito es admitido a la confesión y a la comunión (9-10) años. 6. De inmediato, entra en la comunidad de los que se preparan para la confirmación (15 años). Aquí aprende a madurar en la fe. Teoría y práctica.

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—Creo que será mejor poner la confirmación en el lugar de la Primera Comunión —aclaró el teólogo de renombre. —No hay problema. Se trata de detalles, que poco a poco hay que ir afinando. —Esto sería para los niños que reciben el bautismo bajo la responsabilidad de sus padres y padrinos —intervino alguien del público—. ¿Qué se haría con los niños que no cuentan con el apoyo de sus padres? —Apenas toman la decisión de ser cristianos, dan inicio al camino catecumenal, siempre integrados en una comunidad, guiada por cristianos comprometidos. Evidentemente no participan de la santa Misa, sino en un encuentro de oración aparte o participan solamente en la primera parte de la santa Misa. Reciben el bautismo no antes de los 15 años, a menos que no haya peligro de muerte, como sucede con los niños antes de llegar al uso de razón. —¿Por qué habría que esperar tanto tiempo para recibir el bautismo? —preguntó una religiosa— ¿No basta la fe de la Iglesia para bautizar a un niño? —Una cosa es la validez del bautismo y otra cosa la conveniencia. En realidad, el bautismo es algo serio. Si nadie se hace cargo de cuidar y hacer crecer el germen de la fe que se siembra en el corazón del niño, existe el peligro de que con el tiempo se eche a perder, teniendo en cuenta de una manera especial el fenómeno del proselitismo religioso. Por eso, es mejor esperar hasta que no haya garantías suficientes para pensar que esto no vaya a suceder. Basta ver la experiencia de la Iglesia primitiva. Al principio, cuando se convertía un adulto, se bautizaba con toda la familia (Hech 16,31). Sin embargo, una vez que empezaron las persecuciones, se dejó esta costumbre, para no meter en problemas a gente que no había aceptado a Cristo libremente. Una vez que cambian las circunstancias, se tiene que cambiar la norma. —Como pasa en la sociedad —agregó un abogado presente en el público—. Hasta que uno no llegue a la mayoría de edad, queda bajo la responsabilidad de sus padres o de algún tutor, que en el caso del bautismo sería el padrino o la madrina. Después puede actuar bajo su propia responsabilidad. En la Iglesia habría la ventaja de llegar a la mayoría de edad a los 15 años en lugar de los 18 ó 21 años, como se acostumbra en la sociedad civil.

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—Si esto se lleva a cabo, bajará notablemente el número de los católicos en todo el mundo —opinó alguien del público. —Más fácilmente algunos cambiarán de religión —opinó otro. —¿Qué se haría con la gran cantidad de católicos no practicantes y de toda la gente que se quedaría sin bautizar? —preguntó una catequista. —Se trataría de organizar para ellos una verdadera acción misionera, luchando por acercarlos a Cristo y a la Iglesia, mediante un proceso catecumenal. —Con relación al matrimonio, ¿cómo habría que comportarse? —siguió el catequista, muy interesado en el asunto. —Nada de misa, confesión y comunión. Solamente una celebración de la Palabra. Lo mismo por lo que se refiere a la preparación para bien morir y consiguiente funeral: pura celebración de la Palabra. —En el fondo, si se trata de personas realmente alejadas, ni se darán cuenta de la diferencia —opinó un sacerdote. —De esta manera —confirmó otro—, se respetarán más los sacramentos y se abrirá la puerta a una verdadera acción misionera también en los países de tradición católica. —Conclusión —comentó un periodista, muy conocido en el mundo de la televisión—: globalización también en la Iglesia Católica. Nada de países católicos y países de misión. Toda la Iglesia en estado de misión, en todas partes. Aplauso general. Una que otra sonrisa. Cierto nerviosismo. Manos levantadas por todos lados. Muchos piden la palabra: —Disculpe la indiscreción: Usted ¿pertenece al Movimiento Neocatecumenal?—, preguntó un reportero. —No es un Movimiento —aclaró alguien—, sino un Camino. —No. No pertenezco a ese Movimiento o Camino. —Se trata de algo muy difícil para la mayoría de los católicos. Es muy absorbente. No deja espacio para la política, la actividad deportiva o humanitaria. Yo pertenezco a una ONG (Organización no gubernamental). Si se estableciera como obligatorio este tipo de catecumenado, muchos quedaríamos para siempre marginados de la Iglesia.

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—El Camino Neocatecumenal es algo particular en la Iglesia, uno de tantos. No es el único camino para llegar a ser verdaderos discípulos de Cristo. —¿Cómo se haría entonces? —La jerarquía de la Iglesia establecería los pasos a seguir con sus contenidos, sea en el caso de los niños que de los adultos. Después, en la práctica, habría muchas maneras de dar estos pasos, bajo la directa responsabilidad de la jerarquía o injertados en algún Movimiento Eclesial. —Todo esto —opinó un anciano párroco— me parece utópico. De todos modos, si se llevara a cabo, creo que muchos de nosotros quedaríamos sin trabajo. —Como también quedarían sin trabajo —añadió otro párroco— muchos miembros de los tribunales eclesiásticos, encargados de juzgar acerca de la validez de muchos matrimonios religiosos fracasados. —De hecho —comentó otro presbítero— normalmente estos problemas surgen entre católicos no practicantes.

Objeción de conciencia Se levantó el Padre José, un párroco muy conocido en la región por su compromiso con los pobres y sus realizaciones en campo social. Para muchos presbíteros era un ejemplo a seguir por su desprendimiento personal, su fuerte espiritualidad y su impacto en la sociedad. Parecía un volcán en erupción. De inmediato fue rodeado por los reporteros con sus micrófonos y sus cámaras televisivas. —Señores, ya me conocen. Según muchos de ustedes, soy un hombre de éxito. Mis realizaciones hablan claro a mi favor. Sin embargo, reflexionando sobre lo que se acaba de tratar aquí, me doy cuenta de que soy un auténtico fracaso como sacerdote. En realidad, ¿en qué ha consistido mi éxito hasta la fecha? En construir el templo con sus anexos, el asilo de ancianos, el albergue para los drogadictos, todas obras sociales. ¿Y la evangelización? Me he dedicado a bautizar, confesar y casar a gente con una vivencia cristiana muy raquítica y dudosa. Muchos de ellos ya no son católicos y ahora no se cansan de fastidiarme con el cuento de siempre: “Cuando era católico, era borracho, etc., etc.” Me siento realmente frus-

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trado, pensando en todo esto. He trabajado en vano. Tengo la impresión de haber sembrado en el mar. Un coro de protestas se levantó de entre el público. En realidad, sus palabras cayeron sobre los oyentes como un balde de agua fría. Muchos pensaron que estaba atravesando un momento de crisis. —Calma, señores —siguió P. José—. Quiero aclarar que me siento frustrado, pero no deprimido. En mi diccionario no existe la palabra “depresión”. De hoy en adelante, voy a cambiar de rumbo. Basta de administrar sacramentos a gente no-practicante. Que respinguen. Seré inflexible. Y también, basta con las obras sociales. Dejaré todo en manos del Consejo de Administración. Yo me dedicaré sólo a lo mío: oración y predicación de la palabra de Dios, como hicieron los apóstoles al nombrar a los siete diáconos (Hech 6,4). En pocas palabras, me dedicaré totalmente a la evangelización. El público estaba altamente sorprendido. La mayoría no lograba entender el motivo de un cambio tan radical, con el riesgo de echar a perder una labor que le había costado tantos sacrificios y que tanto prestigio había traído a la Iglesia. Alguien gritó: —No puede haber evangelización sin promoción humana. —Claro —contestó P. José—. El problema es: ¿Qué tipo de promoción humana tiene que realizar la Iglesia como tal? ¿La educación? ¿La salud? No, señores. Se trata de pura suplencia y emergencia. Su manera propia de promover al hombre es la evangelización. Para la Iglesia evangelizar es promover al hombre. Lo demás lo puede hacer el Estado o la sociedad civil —Si se pone en este plan —opinó un joven presbítero—, su parroquia se volverá un desastre, con un montón de protestas por todos lados. —No hay problema. Renuncio a la parroquia y me dedico solamente a la evangelización. —Y para vivir, ¿qué hará? —No pienso que me voy a morir de hambre. No faltará alguien que me invite a comer en su casa o me regale alguna ropa usada. Protestas y señales de aprobación: —Así tienen que vivir los sacerdotes.

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—Basta de carros último modelo. —Viva el P. José. —¿Dónde está la confianza en Dios? Tomó la palabra un diácono permanente casado. —Posiblemente no soy el más indicado para hablar en este momento. De todos modos, voy a decir con toda claridad lo que pienso acerca de este asunto, aunque mi párroco —y miró hacia cierto lugar— no esté de acuerdo con mi manera de pensar y posiblemente me despida. Creo que aquí está el grande obstáculo para la evangelización: la falta de confianza en la Providencia y el amor al dinero. Todos empiezan bien: sacerdotes, religiosas, diáconos... Mucho entusiasmo, mucha ilusión. Pero después viene el demonio, que mete el gusano en la cabeza: “¿Cómo asegurar el futuro?” y se lanzan a las misas, las fiestas patronales, las rifas, las kermesses y los sacramentos al por mayor. Las religiosas se lanzan a los colegios y demás obras sociales. ¿Y la evangelización? ¿Y el espíritu misionero? Adiós. No hay tiempo. Y el pueblo se queda abandonado, frío, débil frente a otras propuestas religiosas y decepcionado de su Iglesia. Pues bien, no podemos seguir así. Se necesita un cambio urgente en la Iglesia. Por mi parte siento que no debo, no puedo y no quiero seguir así. Por lo tanto, me asocio al P. José. —Yo también —gritó otro diácono permanente casado. —Yo también. —Yo también. Unas treinta personas se pararon, entre presbíteros, diáconos permanentes y religiosas. Por todos lados se oían señales de protestas o de aprobación. Por fin, el P. José retomó la palabra: —Señores, no se alboroten. Nadie está obligado a seguir nuestro ejemplo. Cada quien actúe según su conciencia. —¿Entonces ustedes se declaran objetores de conciencia? — preguntó un periodista. —Precisamente... objetores de conciencia. —¡Qué vergüenza! —protestó una señora popof— ¡Hasta qué punto ha llegado la Iglesia! Y se salió. Con ella un buen grupo de personas abandonó la asamblea. Por fin tomó la palabra el moderador:

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—Cálmense, señores. Ya nos dimos cuenta de los distintos puntos de vista. Ahora toca al jurado tomar la decisión. Se levantaron unas treinta personas entre obispos, sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos y se encerraron en un cuarto para tomar la grande decisión. Entre tanto se formaron corrillos por todos lados, comentando los acontecimientos que acababan de presenciar. Muchos discutían acerca de la legitimidad de la objeción de conciencia dentro de la Iglesia. —¿Adónde va a parar, entonces, la obediencia? —se preguntaban algunos. Otros estaban totalmente de acuerdo: —La objeción de conciencia es legítima y necesaria dentro y fuera de la Iglesia. ¡Pobres curas y monjas, si se les obliga a actuar contra conciencia! —La objeción de conciencia es la primera forma de profetismo en la Iglesia. Estar en contra de la objeción de conciencia es estar en contra del ABC del profetismo, una forma más de dictadura. —Entonces habría curas para evangelizar y curas para... —¿Para qué? —preguntó uno. —Para vivir del presupuesto —contestó otro. —¡Nunca me había imaginado que se llegaría hasta este punto! —comentó una religiosa muy piadosa—. ¡Pobre Iglesia! Hay qué orar mucho. —Sí —contestó otra— hay que orar mucho para que esto siga adelante y se logre un verdadero cambio en la Iglesia.

Conclusión Por fin, se abrió la puerta y salieron los miembros del jurado, exactamente como se ve en las películas. El moderador dio la palabra al presidente del jurado, que se acercó a los micrófonos de la prensa y leyó las conclusiones:
1. Se nombra una comisión de peritos, que profundicen el asunto del catecumenado y presenten distintas alternativas para enfrentar el problema de los alejados dentro de la Iglesia. 2. Por lo que se refiere al matrimonio, habrá misa con confesión y comunión solamente para los católicos practicantes. Para

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los demás, hay que limitarse a la celebración de la Palabra. 3. Se admite la objeción de conciencia. Aplausos. Gritos. Protestas... parecía el fin del mundo. El moderador tomó la palabra: —Señores, cálmense. Acuérdense que se trata de un sueño y nada más. Dejen de agitarse tanto. Voy a contar hasta tres. Al decir el número tres, cada quien abra los ojos y vuelva a la normalidad, a su vida diaria... Ojalá que lo logre. Contó hasta tres. Desperté. Pero no logro olvidar aquel sueño.

TAREA 1. Por lo general, los católicos ¿tienen una idea clara acerca de su identidad? Sí No 2. ¿Cuál es la identidad del católico?

3. ¿Qué te parece la idea del catecumenado?

4. Cuando hay un matrimonio mixto, por lo general ¿quién se cambia de religión? -El (la) católico (a) -El (la) no católico (a) 5. ¿Por qué fracasan muchos matrimonios celebrados por la Iglesia?

6. Si alguien se confiesa, sin deseo de conversión, ¿recibe el perdón de los pecados? Si No

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7. Según tu experiencia personal, cuando un agente de pastoral quiere hacer las cosas según la voluntad de Dios, por lo general ¿cómo es visto de parte de los que no quieren cambiar de actitud? Bien Mal ¿Por qué?

8. Cuando los papás no conocen ni practican la fe, ¿es conveniente seguir bautizando a sus hijos? Sí No ¿Por qué?

9. En lugar de dar la misa con la comunión a los que se casan por la Iglesia sin conocer ni practicar la fe, ¿no sería mejor hacer una celebración de la Palabra? Sí No 11. ¿Cómo ves la objeción de conciencia dentro de la Iglesia? Bien Mal

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4. ANÁLISIS DE LA REALIDAD ECLESIAL:
el valor de mirarse en el espejo.
INTRODUCCIÓN El huracán Me despierto sobresaltado y empapado de sudor. Miro el reloj: son las seis de la mañana del 10 de julio de 2005 en la ciudad de México. El huracán Emily está en su apogeo, sembrando a su paso pánico y destrucción. Prendo el radio para enterarme de las primeras noticias: ya entró en territorio mexicano. Qué bueno que ya con anticipación Protección Civil había puesto en guardia a toda la población acerca de los daños, que este fenómeno natural podía causar, y de las precauciones, que habría que tomar para hacerle frente en la mejor manera posible. No obstante todo, ya se habla de daños considerables a las viviendas, a los medios de comunicación y a las personas. Hay heridos que deben ser llevados a los hospitales, hay algunos desaparecidos y muchísima gente traumatizada, que también hay que atender sicológicamente. Todo el mundo está al pendiente de lo que ocurre en el sureste de México, en un clima de solidaridad que rebasa las fronteras. La radio, la televisión y los periódicos no hablan más que del huracán Emily y del esfuerzo que toda la sociedad está haciendo para aminorar sus consecuencias. Y las masas católicas, ¿qué? Una vez que he tomado contacto con la realidad y me he serenado, empiezo a reflexionar acerca del sueño que ha provocado la pesadilla. Llego a la conclusión que sin duda los sueños, con sus relativas reacciones en el campo psicosomático, tienen mucho que ver con los temores, las ansiedades o los anhelos que se esconden en el subconsciente. Por un proceso sicológico inexplicable, todo lo que se encierra en el subconsciente de una manera confusa, mediante el sueño adquiere forma, orden y sentido, abriendo el camino hacia posibles soluciones. 121

En el caso concreto que estoy por relatar, es muy probable que al origen de todo están el huracán Emily y las primeras reacciones a un artículo que publiqué hace poco acerca de la suerte de las masas católicas, que se encuentran completamente desprotegidas y están siendo fagocitadas por los grupos proselitistas, algo que, desde hace algún tiempo, «no deja de quitarme el sueño». Evidentemente me resulta imposible relatar el sueño así como lo viví. Hay demasiados huecos que llenar para darle sentido pleno. Es como si tratara de unir las puntas de un montón de icebergs, diseminados en un inmenso océano en agitación. Ni modo. Haré todo lo posible para salvar lo que me queda de un sueño gigantesco, que me ha provocado enormes satisfacciones pero, al mismo tiempo, unas terribles pesadillas. Y ¿para qué esperar más? De una vez entremos en el vivo de la historia «soñada».

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Capítulo 1

Juan Pablo II: Parteaguas
Un reto: La evangelización de los católicos Un grupo de sacerdotes y seminaristas nos encontramos frente al televisor a la hora del noticiero. No se habla más que del huracán Emily, un acontecimiento que acapara todas las preocupaciones de las autoridades y del pueblo en general. Nosotros estamos particularmente preocupados por contar con apóstoles de la Palabra en los estados de Yucatán y Quintana Roo, los más afectados por el tremendo siniestro natural. A un cierto momento aparece el Papa Benedicto XVI leyendo un documento. Se trata de unos cuantos segundos. El locutor explica que el Papa acaba de confiar al cardenal prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Católicos la encomienda de procurar con todos los medios posibles la evangelización de todo el pueblo católico. La noticia cae como un rayo a cielo sereno. –¿Evangelización de los católicos? –comenta un seminarista –. Sin duda, se tratará de un error. Seguramente se tratará de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, es decir de los paganos. –Así son los locutores – añade otro –: cuando no entienden, componen. –No es cierto. – intervengo –. Yo escuché muy bien. El Papa habló de la evangelización de los Católicos. –Imposible. Es que no existe esta Congregación – insiste el seminarista que tomó la palabra primero. –Y ¿cuál es el problema? – replico –. Se ve que este Papa la acaba de instituir. El día siguiente los periódicos aclaran que efectivamente se trata de la Congregación para la Evangelización de los Católicos,

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«una iniciativa del nuevo Papa que mira a ubicar la Iglesia Católica en el nuevo contexto histórico, que se ha ido perfilando a raíz de los cambios trascendentales que se han ido dando en los últimos decenios» (comentario de un analista de la sección religiosa). En el fondo se trata de instrumentar una serie de estrategias que den consistencia a la iniciativa del Papa Juan Pablo II acerca de la Nueva Evangelización, «un grande proyecto que quedó en puras generalidades, sin nunca aterrizar en acciones concretas» (comentario de un profesor del seminario). Algunos no están de acuerdo con esta manera de ver las cosas. Es como si se quisiera rebajar la grande figura del Papa recién fallecido. Para otros la iniciativa de Benedicto XVI está totalmente en sintonía con la línea marcada por su predecesor, «al querer dar seguimiento a una de sus más grandes intuiciones» (comentario del Sr. Arzobispo). Algo que me llama la atención en el documento pontificio es su extrema brevedad (apenas tres cuartillas) y la insistencia en la necesidad de poner como base del nuevo plan de pastoral «un exhaustivo análisis de nuestra realidad eclesial». Muchos ni se percatan de estos detalles. No faltan seminaristas y sacerdotes que se sienten totalmente decepcionados frente a un documento tan fuera de lo común, sea por el contenido que por la forma. Sin duda, se esperaban algo más acorde a su fama de grande teólogo.

Realidad eclesial De un momento para otro me veo en la Villa del Carmen de Catemaco, en el estado mexicano de Veracruz, durante un encuentro eclesial. Antiguas escenas vuelven a presentarse delante de mis ojos, relacionadas con la formulación del primer plan de pastoral. Una confusión de fechas, contenidos y personajes. Toma la palabra el Vicario de Pastoral: –Antes que nada se trata de hacer un buen análisis de la realidad. Solamente así será posible una verdadera evangelización, que tenga presente al hombre concreto, sumido en la más espantosa pobreza, sin fuentes de trabajo, a la merced de caciques explotadores, cuya única salida es migrar hacia el vecino país del norte, entre peligros y riesgos de todo tipo, cazados como si fueran venados. Y una vez llegados allá, ¿qué les espera? Humillación y explotación, sin ningún tipo de garantías, acorralados y sacados del país como perros, cuando ya no les queda nada por exprimir. 124

–Esto ya lo vimos la otra vez – interrumpe el P. Toño. –Bueno. Ahora se trata de retomar lo que ya vimos la otra vez, teniendo en cuenta los posibles cambios que se hayan dado en los últimos años, cambios que sin duda han ido empeorando la situación. Como ya se dieron cuenta, en esta región ya se cerraron casi todas las fábricas de puros. Pobre gente, sin fuentes de trabajo y sin futuro. Es aquí donde se tiene que levantar la voz profética de la Iglesia, denunciando tantas injusticias, que están a la vista de todos. Es tiempo de gritar nuestra inconformidad contra las estructuras injustas, que rigen nuestra sociedad y están oprimiendo a nuestro pueblo. Es tiempo de ir pensando en un nuevo proyecto de sociedad, asumiendo como propia la causa de los más desprotegidos y rechazando todo compromiso con los poderosos de este mundo, los verdaderos asesinos del pueblo como un día asesinaron al mismo Jesús. –Párale, por favor – insiste el P. Toño –. Ya estamos cansados de tanta demagogia. ¿Qué tienen que ver los ricos con la muerte de Cristo? ¿Nunca oyó hablar de los pecados de toda la humanidad como la causa de la muerte de Cristo?

Teología de la Liberación Una vez más salen a relucir los postulados de la Teología de la Liberación. Parecen los últimos estertores antes de la muerte. Intervienen unos cuantos presbíteros, religiosas y laicos comprometidos en lo social, manejando un discurso ya agotado, hecho de puras quejas y sin propuestas concretas. Cuando parece que ya esgrimieron todos sus argumentos, toma la palabra el rector del seminario: –¿No se dan cuenta de que ya pasó a la historia la Teología de la Liberación? Hizo lo que pudo y ya. Tuvo el mérito de bajar la teología de las nubes a la tierra, al tomar en cuenta al hombre concreto y de una manera especial a las masas populares oprimidas. Pero al mismo tiempo cometió el grave error de emparentarse o por lo menos juguetear demasiado con el marxismo, considerando como realidad solamente lo económico, lo político y lo social y descuidando lo espiritual, que es lo que más nos interesa a nosotros como Iglesia. –Además, por su misma inspiración marxista, –interviene un servidor –muchos seguidores de dicha teología se involucraron en 125

las guerrillas, causando enormes daños al pueblo que pretendieron ayudar. Según ellos, era necesario involucrarse en los procesos históricos y no se dieron cuenta de que la historia estaba cambiando.

La santa alianza –¿Qué nos dice acerca del acuerdo que hubo entre el Papa Juan Pablo II y Ronald Reagan, el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, lo que se llamó «la santa alianza»? – rebate el vicario de pastoral, como si sacara un as de la manga, convencido de que con esa revelación iba a destruir todas las argumentaciones en su contra. –Por eso la Teología de la Liberación fue tan atacada por el Vaticano. –Y ¿cuál es el problema? Esta es la historia, éstos son los procesos históricos en los cuales hay que involucrarse. A Reagan le preocupaba el problema de América Latina; a Juan Pablo II le preocupaba Polonia. Llegan a un acuerdo y la historia cambia. El Papa interviene en América Latina, pacificando la región al detener la Teología de la Liberación, uno de los más grandes soportes de las guerrillas, y Reagan interviene en los asuntos europeos, dando su espaldarazo a la causa de Solidarnosc (Solidaridad) en Polonia, lo que causó el derrumbe del sistema soviético. Con esto tiene que ver el famoso Escudo Nuclear o la Guerra de las Galaxias, de lo que tanto se habló en aquellos años. –Esto no quiere decir que el Vaticano atacó la Teología de la Liberación por motivos políticos –aclara el rector del seminario –. No. Sus razones fueron esencialmente teológicas. El Reino de Dios –¿En qué quedamos, entonces, con el legado de Cristo y los profetas en su lucha a favor de la justicia y la causa de los pobres? – insiste el vicario de pastoral. –El objetivo fundamental de toda la acción de Cristo y los profetas fue el establecimiento de una relación correcta entre Dios y el hombre. De ahí viene todo lo demás. En realidad, nunca Jesús intentó levantar al pueblo contra el imperio romano, lo que estaba en las expectativas del pueblo judío. Por eso, no lo reconocieron como Mesías.

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–Y ¿qué tal su predicación encaminada al establecimiento del Reino de Dios? –Para ustedes, hablar del Reino de Dios quiere decir hablar de los valores puramente humanos, como son la justicia, la dignidad, el respeto mutuo, la economía, la política, etc., excluyendo los valores estrictamente espirituales o dándoles poca importancia. Sería como hablar del Reino de Dios, sin Dios. De hecho, las comunidades, en las que más se ha manejado este tipo de teología, se han distinguido por su compromiso en el campo social y político y su poco interés por lo espiritual.

Proselitismo religioso –Hasta provocar en el pueblo una verdadera «asfixia espiritual» –remata el rector del seminario –, lo que ha dejado sin defensa al católico, volviéndolo en fácil presa de los grupos religiosos proselitistas. Es suficiente ver lo que está pasando en la diócesis de San Cristóbal de Las Casas: prohibido cualquier movimiento apostólico, sólo comunidades eclesiales de base, pura política, intolerancia, fanatismo... unos 25 curas, dizque «liberadores», que lo único que saben hacer es reprimir a los que no piensan como ellos. ¿Con qué resultado? Que más del 50% de la población ya no es católica. ¡Qué bueno que poco a poco muchos seguidores de esta corriente pseudo-teológica están recapacitando y dejando su radicalismo. El vicario de pastoral, con su grupo de seguidores, manifiesta su completa insatisfacción acerca del rumbo que están tomando las cosas: –Si vamos a seguir así, es mejor que dejemos las cosas como están, en lugar de enfrascarnos en polémicas estériles. Ya contamos con un buen plan de pastoral. ¿Qué más necesitamos? –Como era de preverse, reapareció el fundamentalismo católico cuando ya parecía muerto y enterrado para siempre – añade uno de sus acólitos. –Es que ustedes están demasiado atrasados. No leen los documentos de la Iglesia. ¿No se han dado cuenta de los enormes avances que desde el Concilio se han dado en el terreno ecuménico? – remata uno de los más fanáticos seguidores de la Teología de la Liberación. Una vez más me toca a mí tomar la palabra:

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–Los documentos de la Iglesia son como las recetas de los doctores. Para cada enfermedad, su receta. No podemos aplicar la receta ecuménica para el caso del proselitismo religioso, que mira no a unir al pueblo cristiano, sino a dividirlo más. En el caso del proselitismo religioso, que tanto está afectando a nuestras masas católicas especialmente en América Latina, se necesita poner en marcha un plan de fortalecimiento y preservación de la fe mediante las normas de una sana apologética. –¿No se dieron cuenta de que la apologética ya pasó de moda? – rebate un profesor del seminario, recién regresado de Roma, que en el fondo es el verdadero líder de la Teología de la Liberación. – Ya es tiempo de diálogo, comprensión y amor entre todos. –¿Cómo que la apologética ya pasó de moda? Se ve que usted vive en un mundo imaginario. Trate de bajar al mundo real y verá que es muy diferente de lo que se imagina. Por lo tanto, mientras haya ataques contra la fe, tiene que haber apologética, es decir, defensa de la fe. –Ya pasó el tiempo de las cruzadas. Ya vivimos en otros tiempos, de mayor apertura, tolerancia y libertad. ¿Qué es eso de «defensa de la fe»? La fe se vive, no se defiende. Cada quien busque a Dios como pueda. En el fondo, todos buscamos al mismo Dios y todos los caminos llevan a Dios. –No creía que usted, que parece tan preparado teológicamente y es profesor del seminario, hubiera llegado tan lejos. Por eso, su parroquia está tan perdida. ¿Recuerda lo que le dije cuando empezó a juguetear con aquel cura dizque ortodoxo, llegado de Francia o quién sabe de dónde? Ahora ya está construyendo su templo parroquial, contando con el apoyo del «Departamento Ecuménico», que usted mismo formó y entrenó para el diálogo. Por lo que se sabe, algunos de sus miembros ya se integraron a la nueva parroquia, hablan mal del catolicismo y están haciendo un fuerte proselitismo a favor de la nueva manera de vivir la fe cristiana. Hasta asegura el dichoso cura ortodoxo que pronto lo van a nombrar obispo. –Efectivamente este cura me está sacando las canas – confiesa con un velo de tristeza el profesor del seminario –. Al principio, parecía tan humilde, amable y atento, y ahora se volvió intrigante, irrespetuoso y chocante como nadie. Ni modo. Así son las cosas. Uno trata de seguir las normas de la Iglesia y a la mera hora se mete en un montón de problemas que uno nunca se imaginaba.

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–Hay que entender que una cosa es la situación en los ambientes con mayoría protestante y otra cosa es la situación en los ambientes con mayoría católica, como el nuestro. Los señores que llegan aquí de otros países que no son católicos, no buscan el ecumenismo, sino el proselitismo, es decir, la conquista de nuestra gente, para compensar las pérdidas que están teniendo en sus países. No hay que olvidarse que todas las iglesias históricas están en crisis. Entonces, para ellos el ecumenismo es un puro pretexto para acercarse a uno y envolverlo. Y lo peor del caso es cuando el mismo pastor de la comunidad cae en la trampa y se vuelve en anzuelo para que caigan otros. –Es que yo me llevo bien con los pastores de otros grupos religiosos. De vez en cuando, me reúno con ellos. Nos respetamos mutuamente. En el fondo, ¿no es esto lo que Cristo nos enseñó? –No sea ingenuo. Fíjese que el lobo no se come al pastor, sino a las ovejas. Si esos señores se ufanan de ser sus amigos, no es por el respeto que le tienen, sino para debilitar las defensas de los católicos y enredarlos. ¿Se ha fijado alguna vez en la labor que están haciendo para robarle «sus» ovejas? Y usted tan campante, considerándolos como sus «amigos» y haciendo propaganda en su favor. ¿O acaso usted prefiere su amistad al cuidado de las ovejas? Por otro lado, si usted quiere ser realmente ecuménico, ¿por qué se manifiesta tan cerrado e intolerante hacia los que manejamos la apologética, que mira a fortalecer la fe del católico? ¿Acaso nosotros no merecemos el mismo respeto, que según ustedes merecen los que no son católicos y están tratando de confundir y conquistar a nuestros hermanos católicos más débiles?

Juan Pablo II y su imagen Todos se ven sumamente interesados en el diálogo que estoy teniendo con el profesor del seminario. Poco a poco van cayendo en la cuenta de que es importante hablar para aclarar las cosas, hablar no solamente con los que piensan de una manera diferente, sino también con los que tienen una manera de pensar diferente. Solamente así es posible lograr una visión de las cosas más acorde a la realidad, evitando el peligro de imaginarse cosas que otro nunca había pensado o dicho.

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–Sinceramente – reconoce el profesor del seminario – nunca había visto las cosas de esa manera. Por otro lado, esa manera de ver las cosas me intriga más. Me pregunto: «Si es cierto todo eso, entonces ¿cómo hay que interpretar la actitud del Papa Juan Pablo II con relación a los que tienen otras creencias?» –Antes que nada, hay que fijarse en el hecho que nunca el Papa Juan Pablo II tuvo algún encuentro con este tipo de gente que conocemos nosotros, que lo único que buscan es conquistar a los católicos. Después hay que distinguir entre lo que realmente el Papa Juan Pablo II pretendía con esos gestos tan inusuales y lo que la gente entendió o quiso entender. Estoy convencido de que a un cierto momento el Papa Juan Pablo II quedó preso de su propia imagen. Al escuchar esto, toda la asamblea queda como sacudida, en espera de alguna aclaración, que dé respuesta a muchos interrogantes acerca de la figura del sumo pontífice, recién fallecido. El rector del seminario rompe el hielo: –Disculpe: ¿qué quiere decir usted al afirmar que el Papa Juan Pablo II quedó preso de su propia imagen? –Desde un principio el Papa Juan Pablo II manejó un doble lenguaje: uno para la masa en general, hecha de católicos practicantes y no practicantes, cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes, y el otro para el interior de la Iglesia, especialmente para los pastores y los feligreses católicos más comprometidos. Dos discursos muy diferentes: el primero «políticamente correcto», más abierto y lleno de esperanzas, manejando las grandes utopías de la humanidad, como son la paz mundial, la unidad, la tolerancia, el diálogo y la comprensión entre todos; el segundo, más matizado y preciso, a veces incómodo y hasta molesto, debido a las mismas exigencias del Evangelio. Y ¿qué pasó en la práctica? Que los mismos miembros de la Iglesia más comprometidos se fueron con la finta: en lugar de fijarse más en el segundo tipo de discurso, más conforme al Evangelio, se quedaron con el primero, más vago y susceptible de las interpretaciones más variadas, y de ahí cada uno sacó las conclusiones que más le convenían, comportándose en campo teológico como cualquier profano, al imaginarse una Iglesia y una doctrina, totalmente nuevas, desconectadas de dos mil años de historia. –Bueno – pregunta el rector del seminario –, ¿qué tiene que ver todo eso con lo que estamos tratando?

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–Claro que tiene que ver. En un mundo tan convulsionado y a la zaga, Juan Pablo II poco a poco fue descubriendo su vocación y misión de líder mundial y se lanzó a esta tarea, creando la imagen de un Papa diferente, preocupado no tanto por la misión de la Iglesia Católica cuanto por los intereses de la humanidad entera, luchando por sanar heridas, derribar barreras y crear puentes a todos los niveles, un hombre superior a las partes, confiable y comprometido con las verdaderas causas de la humanidad. Pues bien, en esta perspectiva desentonaba la problemática de las sectas o del proselitismo religioso y no la abordó públicamente. Cuidó su imagen, hasta volverse preso de ella. –¿Cómo se explica, entonces, el documento «Dominus Iesus», que vino a aclarar toda la confusión que, según su opinión, se había originado a causa de la imagen que poco a poco todo mundo se fue creando acerca del Papa? –Se trató de un documento tardío, que llegó cuando las cosas ya se habían complicado demasiado, hasta considerar el ecumenismo y el diálogo interreligioso como la nueva carta magna de la Iglesia Católica, a la luz de la cual habría que redefinir su papel en el mundo de hoy. De hecho, aunque el documento «Dominus Iesus» presentara la doctrina clásica de la Iglesia Católica, fue rechazado en muchos ambientes católicos, hasta por sedicentes teólogos, sin hablar del malestar que creó en los ambientes no católicos, que se consideraban «ecuménicos». Muchos no se resignaban a ver ese documento como algo salido de la mente y del corazón de Juan Pablo II. Lo veían más bien como un documento espurio, debido a una especie de chantaje de parte del cardenal Ratzinger, aprovechándose de las graves dificultades en que se encontraba el Papa a causa de su salud muy deteriorada: «Si quieres que siga en el cargo, cuidándote el changarrito, me tienes que firmar este documento». –Y el Papa ¿qué? –No obstante todas las interpretaciones que se estaban dando, siguió cuidando su imagen, haciendo una defensa muy débil del documento. En esto se vio como muchos llegaron hasta idolatrar a Juan Pablo II, sin conocerlo en su profunda realidad, viendo en él más bien la encarnación de sus deseos e ideales, que no siempre coincidían con los deseos e ideales de Juan Pablo II, y en definitiva del mismo Evangelio.

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Me doy cuenta de que esta visión acerca del Papa Juan Pablo II desconcierta a muchos. Ya no saben qué pensar acerca de un personaje, que durante años ha sido un líder indiscutible a nivel mundial, elevando la figura papal a niveles que no se habían visto durante siglos. Pregunta un seminarista: –¿Hizo bien o hizo mal el Papa Juan Pablo II al comportarse de esa manera? –Solamente él y Dios lo saben. En realidad, se trató de un problema que él tuvo que enfrentar a solas, delante de Dios, a nivel de conciencia. Tuvo que escoger como prioritario entre el papel de líder mundial y el otro como jefe de la Iglesia Católica. Y se inclinó por el primero, logrando éxitos impresionantes a favor de toda la humanidad. De hecho, con su enorme perspicacia política, causó el derrumbe del sistema soviético y logró evitar el enfrentamiento entre el mundo musulmán y el mundo cristiano (llamado «choque o enfrentamiento de civilizaciones»), que se perfilaba desde hacía tiempo por motivos históricos y que estaba por volverse realidad a causa de la actitud irresponsable de Bush y Bin Laden, ambos movidos por intereses personales e imperialistas. –Y todo esto, a fin de cuentas ¿no favoreció a la Iglesia Católica? – pregunta otro seminarista. –Desgraciadamente, no. Al contrario, con su actitud de extrema apertura hacia los demás grupos religiosos, debilitó las defensas de los católicos, que, con suma facilidad e ingenuidad y sin contar con una preparación específica al respecto, establecieron relaciones amistosas con gentes de otras creencias, hasta quedar cautivados por los nuevos credos y aceptarlos sin pestañear. Dicho de otra manera, el Papa Juan Pablo II no supo, no quiso o no pudo capitalizar para la Iglesia Católica el enorme caudal de simpatía y prestigio, que había logrado para sí mismo. Un laico comprometido, teniendo en cuenta todo lo anterior, así resume la figura de Juan Pablo II: fue como un grande artista, investigador o estadista, que, por estar metido en su papel específico en beneficio de la humanidad, descuidó su propia familia. Prefirió el bien común a los propios intereses particulares. –Como me está pasando a mí – comenta otro laico comprometido –, que, por estar tan metido en los asuntos de la Iglesia, descui-

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do los deberes de mi hogar, hasta arriesgar con echar a perder mi matrimonio. Todos acompañan su comentario con risas y palmadas, al estar enterados de su gran equilibrio como padre de familia, esposo y católico practicante. De todos modos, esta reflexión nos pone a todos a recapacitar, puesto que esta actitud sigue representando un peligro real para los pastores de la Iglesia, que en muchas ocasiones, para seguir el ejemplo del gran Juan Pablo II, no dejan de meterse en todo, menos en lo que es su misión específica, que consiste en guiar al pueblo de Dios, y además sin contar con la preparación y el carisma del Papa, recién fallecido. Por fin el rector del seminario trata de explicitar una intuición que se está haciendo presente en la mente de muchos: –Creo que con un Juan Pablo II ya tenemos bastante. No vaya a pasar ahora que todos queramos imitar su ejemplo, metiéndonos demasiado en los asuntos políticos, económicos y sociales, y descuidando nuestro papel específico como pastores o miembros comprometidos de la Iglesia. Si no entendemos esto, corremos el riesgo de defraudar tantas esperanzas, cifradas en nosotros como depositarios y heraldos de un mensaje que va más allá de lo efímero de este mundo. En este aspecto, creo que habría mucho que reflexionar de parte de los obispos y presbíteros, que a veces se la pasan metidos en todo, excepto en lo propio, que es el anuncio del Evangelio, que representa nuestra manera propia de intervenir en la búsqueda del bien común. Toca la campana. Es hora de tomar el café. Todos se dispersan, comentando en corrillos lo sucedido. Parece que el encuentro empezó bien. Estamos pisando tierra firme, avocándonos a lo nuestro. Solamente un detalle ensombrece el clima de satisfacción general: los «liberadores» poco a poco se retiran para planear, como de costumbre, alguna «estrategia» para boicotear, desviar o manipular el encuentro con el objetivo de llevar el agua a su molino.

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Capítulo 2

¿Cuál rumbo?
Benedicto XVI Como pasa en los sueños, de un momento a otro me encuentro en un escenario totalmente distinto, delante de las cámaras televisivas y acompañado de algunos teólogos de peso. Los periodistas quieren una respuesta clara acerca del rumbo que va a tomar la Iglesia con el nuevo Papa. Quieren saber si habrá adelantos, retrocesos o estancamiento. –Todo depende del aspecto que se quiere considerar – contesta el decano de la facultad de teología, acostumbrado a esquivar las estocadas de los periodistas. –Queremos saber si el nuevo Pontífice seguirá reuniendo a multitudes de jóvenes, como ha sucedido con el Papa Juan Pablo II –aclara un reportero. –¿Cuál será la posición del Papa acerca del pluralismo religioso? En este aspecto, ¿no existe un peligro real de retroceso? –pregunta otro. –¿Es cierto que con el nuevo Papa la Iglesia entrará en un invernadero? – insiste un tercero. Todos están ansiosos de conocer la línea de pensamiento de Benedicto XVI. Los pocos ejemplares de sus obras, que se encontraban en las librerías al momento de su elección, se esfumaron en un instante. Ahora se están haciendo reimpresiones a todo vapor. A todos les interesa saber qué pasará con la Iglesia Católica bajo la guía del nuevo timonel. Los teólogos tratan de balbucear alguna respuesta a cada pregunta. En realidad, nadie sabe a ciencia cierta cuál será el programa de Benedicto XVI. Posiblemente ni el mismo Pontífice aún lo tiene claro en su mente. –En realidad – comenta el decano de la facultad de teología – , no es lo mismo ser cardenal que ser Papa. Una cosa es ver la realidad desde un dicasterio romano y otra cosa es verla desde la cátedra de Pedro.

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–¿Cómo explica usted la celeridad en la elección de Benedicto XVI? – insiste un periodista. –Según mi opinión, la pronta elección de Benedicto XVI obedece a dos preocupaciones fundamentales de los señores cardenales: confirmar su gestión anterior como encargado de salvaguardar la pureza de la fe y privilegiar el compromiso pastoral al interior de la Iglesia con relación a cualquier otro compromiso ad extra. –En otras palabras – comenta el periodista –, primero poner orden en la casa y después preocuparse por los asuntos del barrio. –Así es. –En concreto, según ustedes que están muy metidos en estas cosas, –insiste el periodista –¿qué habría que hacer para poner orden en la casa? El decano de la facultad de teología pasa la palabra al profesor de pastoral.

Reinventar la Iglesia De su larga disertación recuerdo apenas unos conceptos básicos. Habla de «desmitificar» instituciones y personajes, «explorar posibilidades», «ensayar métodos» y resucitar dentro de la Iglesia «el auténtico espíritu misionero, que fue la gloria de nuestros ancestros». Concluye su intervención de una manera enfática: «Hay que reinventar la Iglesia. Como el Evangelio se encarnó en el mundo greco–romano, ahora se tiene que encarnar en el mundo contemporáneo, sin perder su fuerza y su sabor». –¿Cómo será posible realizar una tarea, realmente titánica, como la que usted propone? – le pregunta un periodista en nombre de todos. –Con el aporte de todos los miembros de la Iglesia, manejando oportunamente los conceptos de comunión y participación – contesta el catedrático –. Para eso están los sínodos diocesanos, que están teniendo lugar en todas las diócesis del mundo por disposición de la Santa Sede. No faltan periodistas a la antigüita que se escandalizan y lanzan el grito al cielo ante afirmaciones tan provocadoras. Al día siguiente los periódicos se hacen eco de esta situación: «La Iglesia Católica a la deriva», es el título en primera plana del diario de mayor circulación. Habla de teorías descabelladas acerca del futuro de

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la Iglesia, «olvidando que se trata de una institución eterna, que nadie ni nadie podrá nunca cambiar ni en los más mínimos detalles». En el mismo diario otro comentarista presenta la línea opuesta, poniendo en guardia contra el peligro del «integrismo y el fundamentalismo católico, que siempre han estado en asecho y que hoy en día pueden tener unos momentos de gloria». Otros diarios ven con buenos ojos el nuevo rumbo que está tomando la Iglesia. «Ahora sí, o cambiar, adecuándose a los tiempos actuales, o desaparecer – comenta un periodista experto en asuntos eclesiales –. Es tiempo de despertar y mirar alrededor. Todos avanzan, mientras la Iglesia Católica retrocede. Fíjense en las estadísticas. Necesitamos menos palabrería, menos demagogia y más gestos concretos, que lleguen al corazón del hombre moderno y lo lleven hacia Dios. Ojalá que con Benedicto XVI la Iglesia Católica logre tomar el rumbo correcto, que marcará la historia del futuro. No importa si se tratará de reinventar la Iglesia, reestructurarla o sencillamente de actualizarla. Lo que importa es que esté en grado de cumplir con su misión de vivir y anunciar el Evangelio a todo el mundo, según el mandato de su divino Fundador. Si ante esta perspectiva algunos se escandalizan o asustan, es su problema. Nosotros, como creyentes y ciudadanos de este mundo, vemos con simpatía el esfuerzo que está haciendo el Papa Benedicto XVI, al querer poner al día la Iglesia, partiendo precisamente de una toma de conciencia de la realidad eclesial, que no es tan halagadora como quisiéramos».

Un Nuevo Concilio Ecuménico Concluye su perorata, haciendo votos que pronto podamos contar con un nuevo Concilio Ecuménico. «Son tan profundos y rápidos los cambios que se están dando en la sociedad actual – observa el periodista – que cuarenta años de ahora (lo que nos separa del Concilio Ecuménico Vaticano II) corresponden a doscientos años en épocas pasadas». Un reportero televisivo se presenta a mi residencia y me solicita un comentario al respecto. Tomado de sorpresa, trato de expresar algunas ideas, que desde hace tiempo me he ido formando acerca del papel, que ha jugado y sigue jugando el Concilio Ecuménico Vaticano II en la historia de la Iglesia durante los últimos decenios (No hay que olvidar el hecho que estudié teología y me ordené sacerdote en pleno Concilio). 136

- Sin duda, el Concilio Ecuménico Vaticano II no nos ayuda a resolver la gran cantidad de problemas, que aquejan a la Iglesia de hoy. En realidad, se trata de situaciones muy diferentes. En concreto, lo que intentó hacer el Concilio Ecuménico Vaticano II fue una puesta al día (aggiornamento) de la Iglesia, teniendo en cuenta de una manera especial su actitud ante los movimientos políticos, sociales y culturales del pasado, que muchas veces fueron de incomprensión y rechazo. Su objetivo fue ponerse en paz consigo misma, aclarándose su papel con relación a sociedad en un espíritu de servicio, diálogo y extrema apertura. Esta nueva manera de situarse frente a la sociedad en general, y especialmente frente a los que tuvieran otro tipo de creencias, fue dictada de una manera especial por la necesidad de unir a todos los creyentes y a la gente de buena voluntad ante la amenaza del totalitarismo y el ateismo militante, representados por el marxismo y el mundo comunista, sin tener en cuenta el hecho que dentro del mismo mundo cristiano había fuerzas disgregadoras, animadas por un activismo sin precedentes. Así que, mientras nosotros hablábamos de diálogo y comprensión, los grupos proselitistas seguían conquistando a nuestros feligreses, sin que nadie moviera un solo dedo para ayudarlos a salir del apuro. Lo peor del caso fue cuando, no obstante la caída del mundo comunista, se siguió con la misma línea de acción, sin cambiar de perspectiva, no obstante los grandes reveses que estábamos teniendo a causa de la agresividad de los grupos proselitistas. - Entonces, usted ¿ve necesario un nuevo Concilio Ecuménico? - En cierta manera, sí. En realidad, se trata de empezar a ver las cosas de una manera diferente, teniendo en cuenta la realidad concreta en que estamos viviendo, muy diferente de la situación en que se encontraba la Iglesia hace cuarenta años. Según mi opinión, con el Concilio Ecuménico Vaticano II y el Papa Juan Pablo II se cierra una época histórica y se empieza a vislumbrar una nueva, que exige un nuevo modelo de Iglesia, algo totalmente ausente en la perspectiva anterior. En concreto, se trata de corregir ciertas desviaciones, causadas por una mala interpretación y aplicación de los principios sobre el Ecumenismo y el Diálogo Interreligioso, y buscar caminos concretos para reestructurar el aparato pastoral de la Iglesia, para ponerla en condiciones de atender debidamente a todos los bautizados y cumplir con el mandato de Cristo de anunciar el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15).

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- Entonces, usted ¿ve como urgente la convocación de un nuevo Concilio Ecuménico? - No tanto. En realidad, ni los papas ni los concilios hacen milagros. No son como una varita mágica, que todo lo resuelve en un abrir y cerrar de ojos. Un concilio representa la culminación de todo un proceso de reflexión teológica y experimentación pastoral, que lleva a una toma de decisiones que van a marcar el futuro de la Iglesia. Más atinados sean los análisis que se hagan y más atinadas resultan las decisiones que se toman, con más provecho para toda la Iglesia. - ¿Qué habría que hacer, entonces? - Reflexionar y ensayar nuevos métodos pastorales, para ir dibujando un nuevo rostro de Iglesia, más acorde a su misión en el momento actual, como portadora de un mensaje y una salvación que van más allá de todo horizonte humano y temporal. Veo que el reportero empieza a dar signos de insatisfacción por el rumbo que está llevando la entrevista. Posiblemente se esperaba algo más sensacional, que pudiera despertar una cierta polémica al interior de la Iglesia. Al no encontrar lo que esperaba, trata de cambiar de tema, haciendo preguntas sobre los candidatos presidenciales, los curas pederastas y tantas otras cosas que no vienen al caso. Conclusión: no sale nada al aire, como si nunca hubiera habido entrevista alguna. Será para otra vez, cuando haya algo más sabroso para ciertos paladares, acostumbrados a bebidas demasiado fuertes y comidas muy picosas.

Pensar la pastoral Como pasa en los sueños, otra vez hay cambio de escenario. Esta vez me encuentro en mi pueblo natal, que es Conversano, provincia de Bari (Italia). En el contexto del sínodo diocesano, estoy invitado a presentar una ponencia sobre el tema «PENSAR LA PASTORAL». Ya sé que todo lo que digo será visto como algo extraño, ajeno a su realidad. Repetirán la frase de siempre: «Se trata de teología latinoamericana; nuestra realidad es muy diferente». Ni modo. Lo mismo me pasa en México y los demás países del continente americano. Al no encontrar argumentos válidos para menoscabar el valor de mi postura o rechazarla, se salen con el cuento de que tengo una mentalidad «europea».

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Contrariamente a lo acostumbrado, me veo frente a una inmensa asamblea de participantes, mientras leo unas hojas con toda la formalidad del caso. En realidad, se trata de una conferencia magistral. Exordio invitando a todos los presentes a ponerse en una actitud activa frente a la realidad, como actores, desterrando de nuestros ambientes toda actitud pasiva, «sin ilusiones ni chispas, en una rutina sin fin». Hago notar como normalmente en la Iglesia los más capacitados se dedican a la reflexión teológica, no a la pastoral, volviéndose «más amigos de los libros que de la gente». «Se trata de una actitud frente a la vida – insisto –, encaminada a superar toda pereza mental y a arriesgar personalmente, no de enviar gente al matadero; recorrer un camino, no de enseñarlo a otros y quedarse mirando; pensar y experimentar con el riesgo de equivocarse». «Pensar la pastoral significa desentrañar la realidad, buscando la verdad de las cosas, ir más allá de las apariencias, llegar al fondo de los problemas, las situaciones y los acontecimientos, no dar nada por descontado, practicar la duda sistemática, no tener miedo a ir contracorriente, aprender a cimentarse con la realidad, aceptar ser anticonformista y estar dispuestos a enfrentarse al ostracismo». «En el momento actual, es preciso pasar de un estado de somnolencia y apatía general a un estado de lucidez y acción, de un estado de inconciencia a un estado de conciencia para examinar la realidad eclesial desde todas las perspectivas posibles y tratar de descifrar todas sus deficiencias y todas sus potencialidades. Solamente así será posible dar un salto de calidad en nuestro quehacer eclesial, a la altura de los tiempos en que nos tocó vivir y en plena sintonía con sus exigencias». Esto supone una suficiente seguridad interior, que le permite a uno «dejarse cuestionar y estimular por la realidad y volverse más agresivo hacia ella, buscando su transformación». Cuando, al contrario, no hay ideas claras acerca del quehacer eclesial, surge el miedo al cambio y «refugiarse en la costumbre se vuelve ley». –Ahora bien – concluyo mi ponencia –, esta será la tarea del sínodo que estamos iniciando: poner las bases para construir un nuevo tipo de Iglesia, más evangélica, más libre de ataduras seculares y más idónea para cumplir con su misión en el nuevo tipo de sociedad, que apenas estamos vislumbrando. Para lograr esto, es extremadamente necesario dejar la actitud del avestruz, que esconde su cabeza bajo la arena para no ver la realidad, y tomar la actitud

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del explorador o el investigador, cuya única preocupación es descubrir nuevas posibilidades y nuevos caminos. Solamente haciendo esto, es posible garantizar la salida de un buen plan de pastoral, que sea concreto y factible. De otra manera, nos quedaremos en el puro mundo de los propósitos o los deseos, como ha sucedido muchas veces en el pasado. Un débil aplauso acompaña mis últimas palabras, un aplauso de compromiso, más que de convicción. Veo que el ambiente es esencialmente hostil, feliz en su mundo, cerrado al cuestionamiento y acostumbrado a echar la culpa de todos los males «a los tiempos difíciles en que nos ha tocado vivir». Mi manera de ver las cosas incomoda a casi todos los presentes, con excepción de algunas personas poco metidas en los asuntos de la Iglesia, que posiblemente se dejan fascinar más por la envoltura que por el contenido, casi completamente ajeno a su experiencia personal. Al empezar la sesión de preguntas, nadie pide la palabra. Cuando parece que ya vamos a concluir el evento, un sacerdote cuarentón con modales de intelectual se levanta y hace un breve comentario a la ponencia, invitando a todos a ser más respetuosos, tolerantes y comprensivos especialmente con los más débiles, evitando ser agresivos e impositivos. –De otra manera –concluye –, se corre el riesgo de conseguir un resultado totalmente contrario al que se pretende. Se ve claramente que no le gustó nada mi manera de ver las cosas. Contesto aclarando mi posición al respecto: –Aquí no se trata de imponer nada a nadie, sino simplemente de presentar una manera diferente de ver las cosas, en un espíritu de sinceridad y radicalidad evangélica, más allá de cualquier conformismo. Que si todo esto, en lugar de estimular, molesta a ciertas personas, encontrando en mis palabras algún reproche para su vida, hecha de pura rutina y privada de todo ideal, será su problema. De inmediato, un cura anciano toma la palabra: –¿A qué se refiere usted, cuando habla de pura rutina? ¿Sabe usted que mis múltiples compromisos no me dejan ni un momento para respirar? –Aquí precisamente está el problema: trabajar sin pensar. ¿Ha reflexionado usted alguna vez en qué consiste su trabajo pastoral? En ofrecer a los feligreses puros satisfactores, sin preocuparse de darles lo que realmente los puede ayudar a crecer en la fe. ¿Con qué

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resultado? Que hasta los católicos, que se consideran más practicantes, a la mera hora carecen de los elementos más elementales de la vida cristiana, como son el gusto por la Palabra de Dios, la práctica de la oración y el deseo de una vida santa. En su mayoría parecen paganos bautizados, confirmados y casados por la Iglesia, con una vida totalmente al margen de los valores cristianos. –¿Qué habría que hacer, entonces? –Aprender a pensar la pastoral, como acabo de expresar en mi charla. En lugar de permitir que otros llenen nuestra agenda, somos nosotros quienes tenemos que llenarla, organizando nuestras actividades y sin perder de vista nuestra tarea evangelizadora. –Esta es pura utopía –grita alguien de entre el público. –Y ¿cuál es el problema? –le contesto –. Si ésta es mi utopía, ¿cuál es la suya? –Yo no tengo ninguna utopía – replica la misma voz en tono sarcástico. –Entonces, es mejor que se vaya a vender pepitas por la calle – concluyo. Un nutrido aplauso sella la conclusión del evento. Se ve que mis palabras están haciendo mella en la mente y el corazón de un buen número de presentes. No falta gente que me pide un autógrafo. No todo está perdido. Cuando parece que estoy sembrando en el mar, no falta alguien que queda cuestionado por mis palabras y empieza a ver las cosas de otra manera. Un breve artículo, que sale el día siguiente en el periódico local, así expresa el sentido de mi presencia en mi pueblo natal al arrancar las labores del sínodo diocesano: «La misión rebota. ¿Quién se hubiera imaginado que un hijo de nuestra tierra, misionero en América Latina desde hace unos cuarenta años, ahora nos viniera a dar una lección de aggiornamento (puesta al día), invitándonos a cambios tan radicales en un terreno tan complicado como es la pastoral? No cabe duda que también en el campo eclesial el fenómeno de la globalización es ya un hecho». Alguien me enseña el artículo y pide mi opinión al respecto. –La globalización – comento –¡un verdadero problema! No es que yo sea globalifóbico. Es que en realidad la globalización tiene aspectos muy contrastantes. En algunos casos puede representar un estímulo y en otros puede engendrar confusión y desaliento. Y

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como siempre, los más débiles son los que pagan el pato. Ojalá que en este caso no pase lo mismo. –Creo que no. En realidad, aunque su postura sea bastante provocadora, de todos modos no va a causar ninguna tragedia, ni en los jóvenes ni en los más ancianos. Aquí todos estamos curados de espanto, acostumbrados a tomar las cosas cum grano salis, como decían los antiguos romanos, o con sano humorismo, como prefieren los ingleses. Tomamos lo que nos interesa y dejamos a un lado lo que nos parece demasiado raro, difícil, arriesgado o inaplicable.

Lluvia de ideas De un momento a otro regreso al escenario de la Villa del Carmen de Catemaco, Veracruz. Me encuentro en el mismo salón con unos doscientos delegados al sínodo entre presbíteros, religiosas y laicos. Se trata de calendarizar los trabajos que van a culminar con la formulación del nuevo plan de pastoral. Habla un experto en el asunto, encargado de la coordinación general. –Lo que tenemos que hacer en esta primera etapa, es tratar de tomar conciencia de nuestra realidad eclesial así como es, sin miedos ni tapujos. Es el momento de ver lo que somos, con qué contamos y qué podemos hacer en concreto para cumplir con nuestra misión evangelizadora en esta porción de la Iglesia, que es la diócesis de San Andrés Tuxtla, Veracruz. –Como siempre – añade otro miembro de la mesa directiva–, usaremos el método del «ver, juzgar y actuar». Ver nuestra realidad como Iglesia, reflexionar sobre nuestras fallas y la manera de eliminarlas, y actuar para crear un nuevo rostro de Iglesia, más atractivo y capaz de dar esperanza al hombre de hoy. Solamente una Iglesia renovada interiormente podrá lanzarse con entusiasmo a la tarea evangelizadora. Muchos intervienen para aclarar la finalidad del sínodo y las distintas etapas que hay que establecer para llevarlo a cabo. Se habla de fortalezas y debilidades, estructuras de evangelización, huecos que hay que llenar para adecuar la Iglesia a las necesidades del mundo actual, etc.

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Hacia un catolicismo con seguridad y dignidad Retoma la palabra el coordinador general: –Vino nuevo en odres nuevos. Aquí está todo el asunto. Tenemos que tomar conciencia del hecho que estamos entrando en una nueva época histórica. Ya no vivimos como al tiempo de la abuelita, cuando toda la población era católica. Entonces, había pocos peligros para la fe. De hecho nadie se cambiaba de religión. Ahora las cosas son diferentes. Muchos se dedican a cuestionar a nuestra gente, por radio, televisión y todo tipo de propaganda. No dejan de visitar a nuestra gente de casa en casa, invitándola a cambiar de religión. En esta situación, es urgente ver qué tenemos que hacer para pasar de un catolicismo de tradición a un catolicismo de convicción, sin perder las masas. Ya no podemos seguir perdiendo gente todos los días con el pretexto de que no nos damos abasto. Si seguimos así, poco a poco nos vamos a quedar sin nada. Es urgente dar un salto de calidad en nuestro quehacer eclesial, para estar a la altura de los tiempos actuales y estar en condiciones de hacer frente a los nuevos retos que cada día se nos van presentando. No podemos seguir actuando como si no existiera el fenómeno del proselitismo religioso, que está teniendo un enorme éxito en nuestros ambientes. –En esta situación – interviene el encargado de la catequesis – , veo extremadamente importante utilizar una serie de estrategias, encaminadas a fortalecer la fe del pueblo católico de tal manera que ya no se sienta acomplejado ante los demás grupos religiosos. En realidad, actualmente lo que está pasando es que, no obstante que somos mayoría católica, en la práctica nos sentimos acomplejados frente a una minoría no católica, a causa de su mayor conocimiento de la Palabra de Dios, su mayor compromiso cristiano y su extraordinario empuje misionero, que muchas veces raya en el fanatismo. Es tiempo de empezar a tomar más en serio el factor espiritual y elevar nuestra manera de vivir la fe. Solamente así el católico podrá salir de su complejo de inferioridad ante los demás grupos religiosos y crecer en autoestima y seguridad. Que no vaya a pasar que alguien, para dar un paso adelante en su camino hacia Dios o en general hacia la vivencia de los valores espirituales, se sienta empujado a seguir otros caminos en grupos no católicos o no cristianos, como por ejemplo en el budismo, o en la amplia gama de posibilida-

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des que ofrece el New Age, como son el esoterismo, el ocultismo y tantos otros ismos más. –O sencillamente –concluye un laico comprometido–, por falta de una verdadera educación en la fe, se deje llevar por un cierto espíritu de autosuficiencia, que lo empuja a vivir como si Dios no existiera, lo que es conocido como ateísmo práctico o indiferentismo religioso.

Asociaciones y movimientos apostólicos Cuando parece que todo está marchando sobre ruedas, algunos manifiestan su inconformidad con los trabajos del sínodo. Es que se sienten seguros en el camino que están siguiendo y les parece incorrecto dejar algo seguro por algo incierto. Delante de mis ojos aparecen muchas caras de personas conocidas en distintos países y en distintas épocas de mi vida. Fíjense que aparecen caras hasta de compañeros de seminario. Ni modo. Así son los sueños. –Sería como si quisiéramos dejar a un lado un tesoro, descubierto por gracia de Dios y adquirido a costa de tantos sacrificios, para volver a buscar otro, supuestamente más precioso, sin contar con ninguna garantía – confiesa con toda sinceridad el dirigente de un movimiento apostólico, muy cuestionado en el ambiente –. Una vez que uno ya cuenta con un camino, ya experimentado y seguro, ¿para qué buscar más? –Yo, por ejemplo – sigue otro miembro del mismo movimiento apostólico –, antes vivía como un pagano bautizado. Prácticamente vivía como si Dios no existiera. Una vida sin sentido. Hasta que encontré al hermano que acaba de hablar y mi vida cambió. En efecto, la vida cristiana no es una filosofía o un conjunto de nociones, que se aprenden en los libros, sino un encuentro con Dios, que se profundiza cada día más, viviendo en una comunidad bajo la guía de personas experimentadas, que ya recorrieron el camino y que por lo tanto están capacitadas para enseñarlo a otros. De por sí los miembros de este movimiento ya están fichados, por contar con un método muy peculiar de formación y seguimiento, totalmente hermético, bajo la guía de presbíteros propios, con misas reservadas para ellos y tantas cosas raras. Ante esta postura, el ambiente explota.

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–Así que a ustedes nos les interesa nada lo que estamos haciendo nosotros – rebate un párroco –, por contar con su propio camino de vida cristiana. Si todos pensáramos lo mismo, ¿qué sería de la unidad de la Iglesia? Por eso yo nunca permití que ustedes entraran en mi parroquia –Hay que acabar con los movimientos – añade un miembro de las comunidades eclesiales de base –. Ya basta de sectas en la Iglesia Católica. Se calientan los ánimos. Protestas de parte de los miembros de otros movimientos, que se sienten completamente integrados en la vida de la Iglesia a todos los niveles. Protesta e inconformidad de parte del líder del movimiento mencionado. –Quiero aclarar – sigue en tono mesurado y manifestando plena seguridad – que nuestro movimiento cuenta con la aprobación pontificia. Así que no somos ninguna secta en la Iglesia. El apoyo y la presencia constante de los papas en todos nuestros eventos más importantes, manifiestan el grande aprecio que nos tienen. Además, los frutos hablan claro: contamos con más de cincuenta seminarios propios, esparcidos por todo el mundo y todos al servicio de la Iglesia local; tenemos millares de parejas que se trasladan de un lugar a otro en un plan misionero; hemos formado millares y millares de comunidades fervorosas en lugares completamente descristianizados, donde parecía que la fe había muerto para siempre... –Lo mismo está pasando con nosotros – añade un miembro de otro movimiento apostólico muy parecido –. Estamos presentes en casi todos los países del mundo. Hasta contamos con aldeas propias, donde se vive la fe en toda su plenitud, contando con sacerdotes propios y un método propio de santificación. Me pregunto: «Una vez que uno ha experimentado todo esto, ¿cómo puede resignarse a compartir su fe con gente superficial y casi pagana? Es como dar un paso atrás. Por favor, déjennos vivir la fe a nuestro modo. Por otro lado – concluye en tono enfático –, a nadie se le cierra la puerta. Todos los que quieren, pueden entrar a formar parte de nuestro movimiento y así tener acceso, como cada uno de nosotros, a los enormes tesoros de vida cristiana, que se encierran en nuestro carisma. - ¿Y qué pasa con los ex, es decir, con los miembros de su movimiento, que por alguna razón abandonan sus filas? – Pregunta un párroco que ha tenido algún contacto con este tipo de movi-

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miento -. Fíjense que no son pocos. En muchos casos, son la mayoría de los que con ustedes empiezan su camino hacia Dios. ¿Acaso hay que abandonarlos a su suerte? - Nunca hemos dicho esto – contesta el líder que dio origen al debate. - No lo han dicho abiertamente, pero con su actitud dan a entender que ésta es su manera de pensar. - Es que nosotros somos muy estrictos en cuanto al compromiso cristiano. - No hay problema. Lo que queremos saber es si quieren vivir la fe por su cuenta o quieren vivirla como miembros de la comunidad parroquial y diocesana, con todas las consecuencias que esto implica. En realidad, a veces ustedes dan la impresión de ser una Iglesia en la Iglesia, con una práctica cristiana y una visión de la vida muy particulares. Parecen bloques o arcas de salvación. Contando con la aprobación oficial, se sienten los grandes de la Iglesia, los poderosos, los santos, los que han encontrado el camino. ¿Y los demás? Sálvese el que pueda. Pleno neoliberalismo dentro de la Iglesia. Los ricos y los pobres, los que cuentan con todo y los que no cuentan con nada, los satisfechos y los hambrientos. Y mucho cuidado con el asunto del carisma. Sepan que cada carisma surge en una situación concreta y está destinado a resolver problemas concretos. No se puede trasplantar un carisma de un lugar a otro, por el simple hecho que cuenta con la aprobación oficial de parte de la Iglesia. Hay que ver si, en un determinado ambiente o situación, ayuda a resolver los problemas o a complicarlos más. En el caso concreto de la apologética, ustedes dicen que no se necesita, porque así les enseñaron en su movimiento, debido al hecho que surgió en otro lugar, donde no se vive la misma problemática que estamos viviendo nosotros. Lo mismo con relación al anuncio del Evangelio a los hermanos que lo desconocen. Según ustedes, basta el testimonio. ¿Por qué? Porque así les enseñaron. Así que, mientras todos andan enseñando «su» evangelio de casa en casa, confundiendo a nuestros hermanos en la fe, nosotros tenemos que callar, puesto que «basta el testimonio». ¿Testimonio de qué? ¿De flojera y cobardía? Ninguno de los interpelados toma la palabra. Todos parecen muy cuestionados y no saben qué pensar. Interviene el coordinador del sínodo:

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–Hermanos y hermanas, no nos metamos en honduras, desviándonos de los propósitos del sínodo y entrando en asuntos que rebasan nuestras competencias. Si algunos de ustedes, por alguna razón especial, piensa retirarse, que lo haga con toda libertad. Nosotros seguiremos adelante con el programa establecido. Toma la palabra el obispo: –Nadie tiene que retirarse. Una vez elegidos como delegados al sínodo, todos están obligados a participar en él hasta el final, para no defraudar las esperanzas de los que les han dado el voto. Opinen, hablen con toda libertad, presenten sus experiencias y hagan sus sugerencias para el bien de toda la comunidad diocesana. Acuérdense bien: nadie es tan rico que no tenga nada que recibir y nadie es tan pobre que no tenga nada que dar. Al final se verá, a mayoría de votos, lo que quedará en el documento conclusivo. Para evitar este tipo de situaciones, alguien sugiere que se prepare un documento en que se aclare «el papel de las asociaciones dentro de la Iglesia, de una manera especial en su relación con la jerarquía y los demás miembros del pueblo de Dios». La sugerencia es aceptada a unanimidad.

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Capítulo 3

Las Comisiones en Acción
Actitud activa Con la intervención del obispo y la decisión de aclarar la situación de las asociaciones dentro de la Iglesia, regresa la calma a la asamblea (¿Cuál asamblea? ¿Dónde?), una calma aparente, puesto que muchos están ansiosos de hablar, hacer oír su voz y presentar sus proyectos acerca del quehacer eclesial. Es la primera vez que se ofrece a todos la oportunidad de intervenir y expresarse con toda libertad. Por eso muchos mueren de las ganas de aprovechar este evento para presentar sus puntos de vista sobre distintos aspectos de la vida eclesial, conscientes de estar viviendo un momento trascendental en la vida de la Iglesia. Por lo visto, ya no se va a repetir lo que se ha hecho en otras ocasiones anteriores, cuando los miembros de la mesa directiva eran verdaderos maestros en el arte de la manipulación, puesto que siempre lograban lo que se proponían desde un principio, moviéndole por aquí y por allá, al estilo de los políticos que tanto desprecian. Esta convicción general permite a todos los delegados ponerse ante el sínodo en una actitud activa, no pasiva, como ha sucedido tantas veces en el pasado. En efecto, si uno sospecha que su opinión no será tomada en cuenta, lógicamente trata de no calentarse mucho la cabeza ante los diferentes problemas que se le presentan. Cuando, al contrario, uno sabe que su opinión es tomada en cuenta, entonces hace todo lo posible por pensar y expresar lo que piensa, dando a conocer la propia opinión acerca los distintos asuntos que se van tratando y sugerir alguna solución a los problemas que se presentan. Aparte de esto, hay algunos grupos de delegados, bien organizados y con propuestas bien concretas, que ya empiezan a conseguir simpatizantes para sus proyectos. Algunos delegados parecen verdaderos maestros en el arte del cabildeo. No desperdician ninguna oportunidad para abordar a los delegados más influenciables y convencerlos acerca de la bondad de sus propuestas.

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Espíritu de caridad Para hacer un verdadero análisis de la realidad, de común acuerdo se establece la constitución de algunas comisiones de estudio, que se avoquen a examinar los distintos aspectos de la vida eclesial: clero, vida consagrada, seminario, asociaciones y movimientos apostólicos, pastoral social–cáritas, liturgia, ecumenismo, apologética, pastoral de los alejados, pastoral bíblica, catequesis presacramental, etc. Cada uno de los delegados puede integrarse a la comisión que más le interesa y aportar sugerencias a las demás comisiones. Al mismo tiempo todos pueden sugerir nuevas comisiones. Es suficiente que cinco delegados quieran formar parte de una nueva comisión para que ésta quede formalmente establecida. Alguien pregunta al obispo si se puede abordar cualquier tema o existe algún tema tabú: – Pueden abordar cualquier tema – contesta el obispo –. Lo importante es que se haga todo con prudencia y humildad y, sobre todo, movidos por un auténtico espíritu de caridad. Con relación a la manera de constituir las comisiones, alguien sugiere que para la comisión del clero haya puros clérigos y lo mismo se haga para la comisión de la vida consagrada con el pretexto de que «los trapos sucios se lavan en casa». Alguien toma la palabra: – Si todos somos Iglesia, todos tenemos el derecho y el deber de intervenir en todos los aspectos de la vida eclesial. Todos tenemos que preocuparnos por el bien de todos. Es una consecuencia lógica de la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo (1Cor 12). Por lo tanto, todos tenemos que opinar sobre la marcha del clero y de la vida consagrada y sugerir algo para que mejore su situación en beneficio de toda la Iglesia. Aplauso general. A mayoría de votos se rechaza la propuesta. Algunos clérigos y algunas almas devotas se escandalizan. No les parece correcto. Demasiada apertura. Un cura que conocí cuando era niño (Fíjense que actualmente tengo 67 años. Ni modo. Son los milagros de los sueños.), por ser rector de la capilla de San Leonardo, que se encuentra a unos cincuenta metros de la casa paterna, donde viví toda mi niñez y adolescencia, pregunta asustado: –¿También las mujeres pueden participan en la comisión del clero?

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–Claro – contesta el coordinador general –. Todos pueden participar. El cura se ruboriza, se confunde, mira alrededor como pidiendo ayuda y, sintiéndose solo, se aleja de la asamblea entre el silencio general, un silencio respetuoso por el dolor ajeno ante situaciones que rebasan la propia capacidad de entendimiento y aceptación.

Pascual, el cuentacuentos Hechas estas aclaraciones, cada uno se inscribe en la comisión, que más le interesa, excepto Pascual el cuentacuentos, un hombre indefinido en todos los aspectos. Muchos lo llaman el aguafiestas. A veces se queda en alguna parroquia como sacristán durante unos meses; otras veces se va a evangelizar en alguna comunidad muy apartada, sin el permiso de nadie. Todos lo conocen y tratan de llevarse bien o por lo menos hacen todo lo posible para no entrar en conflicto con él, no obstante todas sus extravagancias. Algunos lo compadecen y otros lo envidian por su manera de vivir, completamente libre, sin ninguna preocupación especial. No cuenta con un lugar fijo donde vivir. Se queda en cualquier lugar para comer, dormir o entretenerse. Si se enferma, lo atienden en cualquier consultorio médico o clínica. ¿Y para pagar? Nada. Pascual nunca paga, porque no tiene dinero ni lo ambiciona. Sencillamente no le interesa. Cuando alguien no se preocupa por su futuro o se mete en asuntos que no le interesan, la gente dice: «Tú te pareces a Pascual, el cuentacuentos». En realidad, ésta es la especialidad de Pascual: meterse en todo sin ser invitado y contar cuentos. Cuentos aprendidos y cuentos inventados, cuentos breves y cuentos largos. A petición de la gente o por su espontánea voluntad, según el tiempo disponible. Sus cuentos a veces representan una respuesta precisa a las preguntas o inquietudes de la gente y a veces parecen reflejos de alguna problemática que se vive en otros planetas, totalmente incomprensible para la mayoría de la gente, como si hablara en clave. «Entienda el que pueda; yo cuento lo que veo», es su comentario habitual, cuando alguien le objeta que no entiende nada acerca de lo que está contando. Nunca se detiene a ampliar más o explicar mejor lo que dice. Cuando alguien insiste en tener una respuesta más clara a su problema, contesta invariablemente: « ¿Y la cabeza para qué la tienes? Si no te sirve para pensar, lo mejor es que te la quites y en su lugar te pongas una calabaza». 150

No falta gente que lo cree brujo o adivino, tan acertadas a veces resultan sus respuestas. Muchos creen que estudió en algún seminario. No falta quien asegura que llegó a ordenarse sacerdote y por algún motivo pronto dejó el ministerio. Pascual, el cuentacuentos, un misterio para todos, un amigo inseparable para muchos y un alter ego para otros. Todos lo conocen y lo tratan. Nadie puede prescindir de él. Parece la sombra o la conciencia del pueblo, en la que todos de una manera u otra se reflejan y encuentran la explicación de algún enigma.

Las travesuras de Pascual, el cuentacuentos Una vez constituidas las comisiones, cada uno se dirige al lugar que le corresponde, salones o pasillos, según la cantidad de los que integran cada comisión. Novedad: bajo el título de cada comisión, en letras grandes, se encuentra otro letrero explicativo con letras más chiquitas. ¿El autor? Todos están de acuerdo: Pascual, el cuentacuentos. Algunos explotan en carcajadas, otros sencillamente sonríen y otros se enojan. ¿Y Pascual? Bien campante, paseando por el patio, como si estuviera descubriendo la ley de la gravitación universal, completamente ausente del pandemonio causado por su invento. Abajo del título «VIDA CONSAGRADA», por ejemplo, se encuentra un letrero que dice: «Especie en peligro de extinción». El comentario a la «COMISIÓN DEL CLERO» es: «Se están ahogando y no piden ayuda. Déjennos trabajar: todos tenemos derecho». Como subtítulo a la palabra «ECUMENISMO» vemos las palabras «Sin dejarse quitar las ovejas». La «COMISIÓN DE LOS ALEJADOS» lleva como comentario «Tierra de Nadie» y la «COMISIÓN DE LOS COLEGIOS CATÓLICOS», «De nombre». Las paredes del salón, donde se reúnen los que van a examinar el tema de la «RELIGIOSIDAD POPULAR», se encuentran tapizadas de fotografías, dibujos y letreros, alusivos a las manifestaciones religiosas del pueblo, mezcladas con un sinfín de supersticiones. Por encima de todo, se ve un enorme letrero que dice: «Manicomio». En el auditorio, donde se realizan las asambleas generales, hay una cartulina que tiene como título general: «¿QUÉ ES LA IGLESIA?» Debajo siguen las palabras: «Señala la respuesta correcta» entre estas tres opciones: «1.– Una ONG (organización no gubernamen151

tal), encargada de la ayuda humanitaria», «2.– Una agencia de ceremonias, para bodas, cumpleaños, funerales, etc., etc.», 3.– La familia de Dios para hacer de cada hombre un hijo de Dios». Antes de dar inicio a los trabajos, todos se entretienen un rato, viendo y comentando la obra de Pascual. Alguien lo invita a expresar más detalladamente su pensamiento acerca de tal o cual aspecto. Nada. Pascual sigue paseando, completamente absorto en su mundo. No falta quien propone sacarlo a patadas. No tiene éxito. Pascual cuenta con sus fans, que lo defienden a capa y espada. Él lo sabe y se aprovecha. De vez en cuando se aparece, enseñando algún letrero, pegando en las paredes algún recorte de periódicos, repartiendo fotocopias de algún escrito suyo o sacado de algún libro o revista, gritando por el patio slogans o frases tomadas de la Biblia, como si se tratara de un antiguo profeta. Pascual es toda una institución, que goza de fuero propio, sin que nada ni nadie lo pueda detener, siempre listo para cuestionar a todos y poner todo en tela de juicio. Muchos se preguntan: «¿Qué sería de nuestro sínodo sin Pascual, el cuentacuentos?» Ojalá que siempre y en todas partes hubiera un Pascual, sin padre ni madre, como caído del cielo, para mover las conciencias y recordar a todos que «no sólo de pan vive el hombre» (Lc 4,4).

Vida consagrada A este punto el sueño se hace todo una revoltura, cambiando de escenario a cada rato. Son recuerdos, sueños, pesadillas, charlas, conversaciones, conferencias, reflexiones personales y lecturas, que se sobreponen y luchan por encontrar su lugar en el tema en cuestión, es decir, el análisis de la realidad eclesial. Regresan a mi mente los encuentros sobre el papel de la vida consagrada en el mundo de hoy, donde se habla de todo, menos de lo propio. Y las preguntas vuelven a revolotear en mi mente: «En lugar de dedicarse a promover a ciertos políticos, generalmente de izquierda, o enseñar a sembrar o hacer letrinas, muchas veces sin contar con una verdadera experiencia al respecto, ¿por qué las religiosas no se dedican a visitar las familias, para detectar sus verdaderos problemas, que muchas veces son de convivencia entre esposos y entre padres e hijos, y ayudarlas a encontrar alguna solución a la luz de la fe, como verdaderos creyentes? ¿Cuál es el papel que 152

realmente les corresponde: trabajar en lo material o lo espiritual, enseñar el camino de la tierra o el camino del cielo? ¿Qué está pasando con la vida consagrada? ¿Hasta cuándo seguirá llenando los vacíos que deja el estado, para seguir creando nuevos vacíos, que están llenando un sinfín de organizaciones, desde el más descarado proselitismo religioso, hasta la Nueva Era, el esoterismo, la brujería, la magia, etc.? ¿Por qué la vida consagrada no se dedica a lo propio y sigue picando por aquí y por allá, metiéndose en asuntos que no le corresponden?» Se trata de una enfermedad muy generalizada, que está afectando a la vida consagrada en todas las latitudes. Parece que fuera del magisterio, la salud y la asistencia a los más necesitados, no sepan qué hacer. De hecho, una vez que los gobiernos logran cubrir estas áreas, como está pasando en los países del primer mundo, quedan sin trabajo. Es algo realmente preocupante. Existe una verdadera alergia hacia los valores estrictamente espirituales. Entonces, viene la pregunta: «Si está pasando esto en la vida consagrada, ¿qué nos esperamos de parte de la sociedad en general?» Sin duda, nos encontramos ante un signo premonitor, bastante alarmante.

Seminario Lo mismo pasa en los seminarios. Por lo visto, lo que vale es el estudio y un cierto equilibrio como persona, sustentado en una espiritualidad que tiene poco que ver con su papel específico de futuro pastor de almas. ¿Y la pastoral? Poco o nada. Lo que importa es la excelencia académica, como si se tratara de formar a filósofos o teólogos. ¿Y la formación específica como futuros pastores de la Iglesia? Cada quien haga lo que pueda. Por eso después tenemos a pastores de la Iglesia desubicados, que no saben comunicarse con los feligreses, expertos en hacer dormir a la gente con sus homilías, desconectadas de la realidad y pronunciadas sin ganas, por puro compromiso, lo que sin duda influye en crear una imagen negativa acerca del clero y aleja a la juventud de este tipo de opción. También en este caso habría que repetir lo anterior: primero lo primero, es decir la preocupación por formar a verdaderos pastores de almas, y después todo lo demás. El no entender esto, nos está acarreando grandes problemas desde la selección de los candidatos, eliminando a veces a jóvenes con verdadera vocación pero carentes de la capacidad intelectual, que se exige para una licenciatura en filosofía o teología. 153

Con frecuencia me pregunto: «¿A qué se debe la escasez de vocaciones: a la flojera de nuestra gente, a la voluntad de Dios o a un capricho nuestro, por exigir a nuestros jóvenes requisitos innecesarios, para que puedan aspirar al sacerdocio?» Alguien podría objetar: «Entonces, nuestros futuros sacerdotes ¿no tendrían que estudiar filosofía y teología para poder desempeñar mejor su ministerio, una vez ordenados?» Mi respuesta es muy sencilla: claro que tienen que estudiar filosofía y teología. El problema es: a qué nivel y para qué. No para enseñar filosofía o teología en los seminarios o las universidades. Para eso hay expertos, que tendrán que dedicarse a esto de una manera especial, con estudios más especializados. Lo que se tiene que exigir al futuro pastor de almas es lo necesario para que pueda entender la complejidad del ser humano y el dato revelado, para vivirlo y transmitirlo a los demás de una forma correcta. Esto supone el manejo de un lenguaje más adaptado a la realidad en que vivimos. En efecto, no se trata de arrancar al seminarista del mundo en que se encuentra, para catapultarlo en el pasado, transculturándolo, lo que después causa el fenómeno de la incomunicación entre el pastor y los feligreses. Que se entienda bien: una cosa es el estudio de la filosofía y la teología a secas, para formar a filósofos o teólogos profesionales, y otra cosa es el estudio de la filosofía y la teología para formar al futuro pastor de almas. Según mi opinión, si queremos un verdadero cambio en la Iglesia, es esencial resolver primero el problema de la formación de los fututos presbíteros, puesto que esta formación es paradigmática dentro de la Iglesia. Como se forman los seminaristas, así se formará después a los demás agentes de pastoral. Si la formación es esencialmente teórica, así será también la formación de las religiosas y los laicos comprometidos. Y con eso no se resuelve el problema de la evangelización. En la formación de los futuros presbíteros está la clave del cambio que esperamos en la Iglesia. A casi 500 años del Concilio de Trento se exige un cambio radical en todo el sistema formativo dentro de la Iglesia católica. Otro problema: ¿basta la filosofía, la teología y algo de humanidades para formar al futuro presbítero? ¿Y la sociología, la sicología, la ciencia de la comunicación y el vasto mundo de la cultura, hecho de literatura, cine, teatro y tantas otras cosas más? En realidad, el hombre no es sólo razonamiento. Es también sentimiento, intuición y arte. ¿No se dan cuenta de que nuestro sistema educativo, en lugar de ubicar al futuro pastor de almas, lo está

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desubicando? Por eso estamos como estamos. Por lo tanto, es urgente una revisión general en este aspecto, para adecuar la formación del clero a las exigencias del mundo actual. Es tiempo de bajar del quinto piso, salir de la oficina y dejar el escritorio, para entrar en el mundo real, acercándose al hombre de la calle y desde allí replantear todo el quehacer de la Iglesia en una perspectiva esencialmente evangelizadora y misionera. Según mi opinión, desde antes de poner pié en un seminario, el futuro pastor de almas tiene que dar prueba de contar con las aptitudes necesarias, habiendo ya hecho sus pininos en el campo de la evangelización. No basta haber sido monaguillo, ser muy piadoso o sacar buenas calificaciones en la escuela. Como pasa en cualquier oficio, nadie puede llegar a ser maestro, sin haber sido primero aprendiz. En nuestro caso, nadie tiene que llegar a ser pastor de almas, sin un paulatino entrenamiento en el arte de transmitir a otros los valores evangélicos y orientarlos en el camino del seguimiento de Cristo. Solamente haciendo esto, será posible pasar de una visión puramente cultual del papel del presbítero a una visión pastoral. Que el futuro pastor de almas, durante los años de preparación, dé prueba de celo apostólico, entrenándose en las visitas domiciliarias y en la catequesis presacramental, impartiendo retiros espirituales, dirigiendo encuentros juveniles y orientando a los agentes de pastoral. Que por lo menos haya logrado acercar a Dios algunas personas alejadas, aclarar las dudas a gente confundida o ayudar a regresar al redil a gente descarriada. Al no contar con este tipo de experiencia, ¿qué garantía ofrece un seminarista para que podamos estar seguros de que mañana será un buen presbítero, es decir, un buen pastor de almas? Mientras tanto, para resolver el problema de la escasez de vocaciones al sacerdocio, se puede empezar a incursionar en el mundo de los adultos y especialmente de la tercera edad. Tratándose de gente madura, el problema no es tan complicado. Lo que se tiene que exigir es el testimonio de vida y una larga experiencia de participación en los asuntos de la Iglesia. Sin duda, la tercera edad ofrece oportunidades insospechadas, especialmente si ya los posibles candidatos realizan algún ministerio instituido dentro de la Iglesia o son diáconos permanentes. Una vez que el mismo pueblo pida su servicio como presbíteros, ¿para qué negárselo, a costa de dejar enteras comunidades sin pastores?

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El buen pastor y el mercenario A un cierto momento aparece Pascual, el cuentacuentos, repartiendo entre todos una carta abierta, dirigida al clero. Lleva la firma de los delegados, que integran la comisión de apologética o defensa de la fe. ¿Es obra suya o de todos los miembros de la comisión? Sin duda, se ve la mano de Pascual. La transcribo literalmente. EL BUEN PASTOR Y EL MERCENARIO Carta Abierta a los Señores Curas
Muy Señores Nuestros: Permítannos que les hablemos con toda franqueza, de ovejas a pastores. Admiramos la entrega de muchos de ustedes, su celo apostólico, su espíritu de sacrificio y la aceptación serena de su soledad e incomprensión de parte de muchos. Pero al mismo tiempo no logramos entender cierto desaliento y falta de visión con relación a nuestras masas católicas, que se sienten como desamparadas ante el acoso constante de los lobos rapaces. Claro, también los lobos son criaturas de Dios, como los zancudos o las víboras venenosas, y por lo tanto merecen cierta consideración. Sin embargo, no por eso no nos tenemos que cuidar para no quedar perjudicados. Una cosa es el respeto al derecho ajeno y otra cosa es la rendición incondicional a los caprichos de cualquiera que se nos pare enfrente o el abandono indiscriminado de nuestras masas católicas a la merced del primero que trate de conquistarlas. ¿Acaso no les dice nada la comparación que hace Jesús entre el verdadero pastor y el mercenario (Jn 10, 11–13)? El verdadero pastor, cuando ve llegar al lobo, se le enfrenta, a costa de perder la vida. El mercenario, al contrario, huye, porque no le importan las ovejas. Pues bien, cada uno de ustedes ¿ha pensado alguna vez a quién se parece, al buen pastor o al mercenario?

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Claro que no basta la buena voluntad. No basta la disposición interior a dar la vida por las ovejas. Es necesario dar pasos concretos para estar en condiciones de enfrentar con éxito a los lobos rapaces y así defender a las ovejas. En concreto, ¿cómo se comportan ustedes con un feligrés, que se siente acosado por los grupos proselitistas, que ya le metieron muchas dudas acerca de la fe o se encuentra entre amigos y parientes que ya se cambiaron de religión y lo invitan a seguir su ejemplo? ¿Es suficiente aconsejarle que tenga paciencia, respete a los que tienen otras creencias y no hagan caso a lo que le dicen? ¿No se dan cuenta de que el feligrés tiene derecho a recibir una orientación precisa de parte de su pastor, que aclare sus dudas y lo ponga en grado de resistir frente al acoso de los grupos proselitistas? ¿Qué les impide entender que el ecumenismo no tiene nada que ver con esta realidad y es un puro pretexto para no hacer nada y dejar que se pierdan las ovejas? ¿Cuándo van a dejar la demagogia para volverse más sensibles hacia los intereses reales del rebaño que está bajo su cuidado? (Cfr. Ez 34). ¿Acaso no le tienen miedo al juicio de la historia y, peor aún, al juicio de Dios, pensando en el enorme daño que están causando a sus feligreses, al dejarlos sin ninguna protección frente a los que continuamente están tratando de confundirlos y conquistarlos? ¿A qué se debe el hecho que su manera de ver las cosas esté tan alejada del sentir del pueblo católico, que se siente abandonado por ustedes, por no saber manejar adecuadamente una problemática, que se les está escapando de las manos y lo está perjudicando gravemente? ¿Qué esperan, entonces, para ponerse al día y estar en condiciones de ayudar a sus feligreses a fortalecer su fe ante el acoso constante de los lobos rapaces? ¿Acaso les preocupa que alguien los acuse de estar en contra del ecumenismo o de estar induciendo a sus feligreses a pelearse con la gente de otras creencias? Algunos de ustedes podrán objetar que están conscientes del problema y están haciendo lo que está de su parte para

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enfrentar con sentido de responsabilidad el fenómeno del proselitismo religioso. En este caso, no se preocupen; esta carta no es para ustedes. Otros le echarán la culpa a la formación que recibieron en el seminario: «Es que en el seminario no me enseñaron esto». Pues bien, no todo se aprende en el seminario. Hay libros, hay cursos, hay muchas maneras de prepararse en el campo de la apologética. Todo es cuestión de voluntad. Y no se olviden: si en algo les podemos servir, nos tienen siempre a sus órdenes. Con todo respeto, aprecio y cariño. LA COMISIÓN DE APOLOGÉTICA. ¿Los comentarios? Casi todos positivos. Ni modo. Ésta es la realidad, aunque a muchos les duela. Solamente los ecuménicos a ultranza no están de acuerdo. Les parece un reflejo de la mentalidad preconciliar, puesto que para ellos el problema del proselitismo religioso no existe, desde el momento en que cada uno con toda libertad puede optar por la religión que prefiere, sin ninguna consecuencia de tipo moral. Las almas demasiado devotas ven el documento demasiado duro y no se cansan de alabar la entrega incondicional de muchos miembros del clero, lo que está a la vista de todos.

Reviviendo el pasado La mente sigue brincando de un lugar a otro, recordando escenas que parecían olvidadas para siempre, todas enfocadas al análisis de la realidad eclesial. Conferencias, diálogos entre amigos de confianza, discusiones muy acaloradas, etc. Algo que se me presenta a la mente de una manera muy nítida y fuerte es la escena en que una mujer, al escuchar mi punto de vista con relación al papel de la Biblia en la vida del cristiano y de la Iglesia, explotó en un grito acusatorio: «Aquí se está gestando un nuevo Lutero». En otra ocasión, al hablar de la existencia de un solo Dios en una aldea de la parroquia de San Felipe Usila, Oax., casi me linchaban, acusándome de querer cambiar sus creencias, puesto que para mucha gente de aquella región el sol, la luna, el fuego, el agua y tantos elementos más de la naturaleza son dioses. Una aventura que

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nunca olvidaré y que siempre se presenta a mi mente, cuando se trata del tema de la religiosidad popular o de la pastoral indígena. Por lo que se refiere a la pastoral social y la cáritas diocesana o parroquial, me veo envuelto en una tremenda discusión acerca del problema de las prioridades, es decir, si se tiene que insistir más en el aspecto asistencial o de desarrollo. Vuelven a mi mente antiguas polémicas acerca del papel de las huertas familiares, la cría de animales domésticos, las cooperativas, la alfabetización, los microcréditos y tantas iniciativas más en orden a involucrar a los mismos pobres en su proceso de promoción. De otra manera, al no contar con propuestas concretas, en lugar de apoyar la causa de los pobres, se arriesga con perjudicarla más, creando en ellos un complejo de inferioridad siempre más profundo, que, en lugar de mover hacia la acción, la paraliza. En el fondo, se trata de experiencias pasadas, que estoy reviviendo en un contexto nuevo. Así son los sueños. Basta un estímulo, para que todo lo pasado vuelva a resurgir con un rostro nuevo, como respuesta a las inquietudes presentes. Ahora entiendo porque muchos se resisten a decidirse por un verdadero análisis de la realidad, sea a nivel personal que comunitario. La razón es muy sencilla: el análisis supone siempre un deseo de cambio, dejando costumbres arraigadas para intentar caminos nuevos. Por eso en mi mente se asociaron el análisis de la realidad y la evangelización de los católicos con el huracán Emily.

Los alejados Existen regiones alejadas, parroquias, rancherías, familias, personas y sectores de la sociedad, que no cuentan con los elementos necesarios para que pueda haber una verdadera evangelización. En un análisis de la realidad, es importante aclarar todo esto. De otra manera, se dan golpes al aire. Por lo tanto, si se hace un análisis de la realidad eclesial a nivel nacional, hay que detectar aquellas regiones o diócesis más necesitadas; si se trata de una diócesis, hay que ver cuáles son las parroquias más difíciles y porqué; a nivel parroquial, hay que conocer los sectores, los pueblitos o rancherías más necesitadas. En este caso, es suficiente marcar cada localidad con algún símbolo especial, para señalar si cuenta o no con una capilla, un simple curato o también con salones anexos para la catequesis, si hay catequesis

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presacramental, si hay grupos, asociaciones o movimientos apostólicos, etc. Solamente así es posible organizar una verdadera pastoral, desarrollando al interior de la misma nación, diócesis o parroquia un estilo misionero, encaminado a hacer presente la Iglesia en cada lugar, sector y persona. Todo esto ya lo había expresado hace más de veinte años, cuando se empezó a hablar de planes de pastoral. Pero todo fue inútil. Lo que importaba, era analizar la realidad en su aspecto económico, social y político y enseñar al pueblo cómo organizarse para gritar la propia inconformidad contra el sistema establecido y, donde fuera posible, lograr la toma de poder, aunque fuera en las pequeñas poblaciones o los municipios. ¿Con cuáles resultados? Que casi siempre los agentes de pastoral, que se metían en la política activa, poco a poco se iban apartando de la Iglesia y caían en los mismos defectos de los demás políticos. «Que bueno que por fin – sueño pensando – llegó el momento de tomar las cosas más en serio, haciendo un verdadero análisis de nuestra realidad eclesial» y me veo repartiendo entre todos los delegados al sínodo la propuesta, que presento a continuación y que ya los apóstoles de la Palabra hemos ensayado en algunos lugares con óptimos resultados.

PLAN MÍNIMO DE ANÁLISIS Y EVANGELIZACIÓN CAPILAR
PRIMERA ETAPA Elaborar un croquis o un mapa de cada ranchería, pueblito, cuadra, colonia o barrio, señalando con distintos colores las familias católicas, protestantes o no creyentes. a) Detectar a los católicos practicantes, es decir, perseverantes, que llegan periódicamente a la Iglesia (capilla, grupo, asociación o movimiento), señalándolos con un color fuerte, por ejemplo, rojo. b) Detectar a los católicos no practicantes, es decir, no perseverantes, que no se acercan a la Iglesia o lo hacen solamente con motivo de algún acontecimiento especial (fiesta patronal, boda, difunto, bautismo, quince años,

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etc.), señalándolos con un color más suave, por ejemplo, rosa. c) Detectar a los hermanos separados, señalando cada grupo con un color diferente (testigos de Jehová, Mormones, Adventistas del Séptimo Día, pentecostales, etc.). d) Detectar a los no creyentes, con otro color especial. SEGUNDA ETAPA Preparar gente capacitada para atender a las distintas categorías de personas, empezando por los católicos. a) Católicos practicantes. Es suficiente darles breves temas en la catequesis presacramental antes de la Santa Misa o la celebración de la Palabra, en la reunión del grupo, etc. b) Católicos no practicantes. Hay que visitarlos en su casa, tratando de aclararles la diferencia entre la Iglesia católica, fundada por Cristo, y las sectas, fundadas por hombres. Además, es importante ir aclarándoles las dudas que les vayan poniendo las sectas proselitistas. En la manera de lo posible, hay que ir despertando en ellos el deseo de acercarse más a Dios, acercándose más a la Iglesia. c) Hermanos separados. Contar por cada grupo con agentes de pastoral especializados. d) No creyentes. Mediante un sistema de visitas domiciliarias, tratar de acercar a los alejados y no creyentes, dándoles el primer anuncio de la salvación (Kerigma) a los que lo acepten. Conclusión Primero hay que atender a los que están dentro de la Iglesia, es decir a los católicos, sean practicantes o no. Después hay que preocuparse por los que están fuera de la Iglesia, es decir los que se salieron de la Iglesia y se encuentran en los grupos proselitistas. No vaya a suceder que, por querer convencer a los de afuera, descuidemos a los de adentro y los vayamos perdiendo.

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Capítulo 4

Perspectivas para el Futuro
Resistencia Me parezco a Pascual, el cuentacuentos, siempre en movimiento, pasando de una comisión a otra con los oídos bien atentos para detectar cualquier novedad que se presente, algo fuera de lo común, digno de ser tomado en consideración. Y a un cierto momento llega lo inesperado: una airada protesta de parte de un agente de pastoral contra su párroco, en la comisión del clero. –Disculpe mi atrevimiento, señor cura –prosigue el agente de pastoral algo exaltado –. Ya estamos cansados de tratarlo como a un niño malcriado, dándole siempre por su lado para evitar que se enoje. Y usted sigue golpeando por aquí y por allá, deshaciendo grupos, enojándose a cada rato, humillando a todos, menos a sus consentidos. En un mundo dominado por la violencia, ¿qué imagen usted está proyectando entre nosotros? La del cacique, que hace lo que le dé la gana, sin preocuparse del daño que puede causar a los demás. En lugar de ser un factor de superación, usted con su manera de comportarse, está afianzando en la sociedad actitudes negativas, de autoritarismo irracional. Para cualquier iniciativa, ya sabemos cuál es su respuesta de siempre: «No se puede. Ya lo intenté otra vez en la otra parroquia. Yo conozco bien a mi gente: al principio mucho entusiasmo y después me dejan solo. Será para otra ocasión; yo les diré cuándo». Pasan los días, pasan los meses y pasan los años, sin nada. Pura tomada de pelo. Por eso la gente se va alejando siempre más de la Iglesia. Interviene otro agente de pastoral, encarando la dosis: –Señores curas, no sé si por decir esto me voy a condenar. De todos modos, es la pura verdad. Tengo la impresión que ustedes en muchos aspectos de la actividad pastoral, en lugar de empujar para adelante, jalan para atrás. Será por querer trabajar solos, será por no querer cambiar su ritmo de vida... el hecho es que ustedes hoy en día representan un factor de resistencia en la Iglesia, mirando hacia el pasado más que hacia el futuro. ¡Cuántas veces he tenido la tentación de dejarlo todo por la paz y retirarme! Si no lo he hecho, ha sido

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por puro milagro. Es que a un cierto momento uno se fastidia y se cansa, al encontrar los mayores obstáculos, donde se supone que tendría que encontrar más apoyo. Como siempre no faltan quienes de inmediato toman la defensa de los curas, haciendo hincapié en su vida sacrificada por no contar con una familia propia, por estar lejos de su tierra, por alguna realización en campo social, por haber construido algún templo, etc. El ambiente se pone tenso, no obstante las intervenciones del coordinador de la comisión que invita a la cordura. Según algunos delegados, los curas son los culpables de todos los males presentes en la Iglesia. Ni modo. Ahora o nunca. Están conscientes de que o hablan ahora o se quedan callados para siempre. En realidad, es difícil que se atrevan a decir lo mismo una vez regresados a sus parroquias. Por fin un cura toma la palabra en nombre de todos, el más aventado y preparado intelectualmente: –Así que, según ustedes, nosotros seríamos los culpables del actual atraso, en que se encuentra la Iglesia. ¿No se dan cuenta de que están diciendo puras barbaridades? ¿Quiénes los están formando? ¿Acaso no somos nosotros los curas? ¿Quiénes les están administrando los sacramentos? No cabe duda que tiene razón el proverbio que dice: «Cría cuervos y te sacarán los ojos». –Por eso –interviene otro cura –yo nunca mandé a mi gente a dizque prepararse en el centro diocesano de pastoral. Ya me imaginaba qué tipo de formación les iban a dar. En lugar de enseñarles a ser dóciles y obedientes a los señores curas, les enseñan a criticar y exigir. Por eso yo nunca quise tener en mi parroquia ningún tipo de ministros laicos instituidos y menos diáconos permanentes. Pronto le quieren quitar el lugar a uno, como aquí mismo podemos comprobar. Mi política es: «Mejor solo que mal acompañado».

Seguridad económica Cambio de escenario. Habla un amigo catequista de España (los milagros de los sueños): –Lo único que ustedes están buscando es su seguridad económica. Por eso le dan tanta importancia a su enseñanza en las escuelas del gobierno. Por el sueldo. En realidad, su eficacia es casi nula. ¿Qué pasaría si algún día el gobierno les quitara la enseñanza de

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religión en las escuelas oficiales con el relativo sueldo y pensión, una vez jubilados? –¿Y qué quieren ustedes –contesta el cura intelectual–, que muramos de hambre? ¿Qué creen ustedes, que con las míseras limosnas que nos dan en las misas y con el estipendio podríamos tener una vida no digamos totalmente satisfactoria, sino por lo menos digna de nuestro estado social? ¿Para qué nos quemamos las pestañas durante años y años de estudio? –Muchos de ustedes, no todos evidentemente, ven su actividad como una profesión cualquiera o una carrera, no como una vocación. Hasta hay curas que, aparte de los estudios eclesiásticos, dedican tiempo y esfuerzo para prepararse en otra profesión como cualquier otra persona. ¿Y para qué? Para tener un futuro más seguro. Me pregunto: ¿Acaso el ejercicio de su ministerio como presbíteros no le permitiría vivir digna y honestamente? –Es inútil seguir discutiendo sobre este tema – comenta una hermana, que pertenece a un movimiento eclesial –. Es un cuento de nunca acabar. Una verdadera enfermedad en la Iglesia. Es convicción general entre los curas y las religiosas que no se puede vivir sin un sueldo fijo, venga de donde venga, con seguro social y derecho a la pensión. Por eso nos invitan continuamente a enseñar en algún colegio o atender algún kinder, asilo de ancianos o alguna otra obra social. Según ellos, es imposible vivir dedicándose exclusivamente al apostolado. Y sin embargo, se puede. Por lo menos ésta es mi experiencia personal y la de los demás miembros del movimiento al que pertenezco. Haciendo visitas domiciliarias, impartiendo cursos bíblicos en las parroquias y repartiendo literatura formativa entre la gente, logramos vivir satisfactoriamente. –¿Y cuando hay alguna enfermedad? –rebate una religiosa, que se siente muy cuestionada. –No falta alguien que nos ayude a resolver el problema. De hecho en alguna ocasión hemos estado hospitalizadas. –¿Y la comida diaria? –Cuando estamos en alguna misión, la gente nos invita a compartir los alimentos en sus casas. Cuando vivimos en nuestra residencia, que casi siempre es prestada, la gente nos lleva de todo. –¿Y para vestir? –También la gente nos regala ropa. De hecho, nunca nos ha faltado nada.

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–¡Increíble! –Pero cierto. ¿Acaso no han leído la Biblia? –¡¿?! –Aquí está el problema: creer o no creer en la Palabra de Dios. Tomarla en serio o...

Simulación Arrebata la palabra un seminarista, muy liberal pero al mismo tiempo bien metido en el sistema: –Ustedes andan siempre con la Biblia en la mano y en la punta de la lengua. ¿No se dan cuenta de que el fundamentalismo bíblico es un grave error, que puede causar grandes problemas en la Iglesia? –Todo depende de qué tipo de fundamentalismo se trata. –Todo fundamentalismo es malo. ¿Qué tiene que ver la situación de los tiempos bíblicos con la nuestra? Además, no se puede tomar la Biblia al pie de la letra. –Por eso estamos como estamos. Por eso hay tantas cosas chuecas y tan poco fervor dentro la Iglesia. Se hace todo a la buena de Dios, sin fijarse si está bien o mal, pensando: «Si todos hacen así, quiere decir que está bien». Es nuestro pecado como Iglesia. Lo mismo que pasa con los males presentes en la sociedad: nadie es responsable y todos somos responsables. Cada uno le echa la culpa a los demás de la situación en que se vive. Como dice el refrán: «¿Adónde va la gente? Adonde va Vicente. ¿Adónde va Vicente? Adonde va la gente». Y con esa mentalidad, se dedica la mayor parte del tiempo en cosas intrascendentes, ajenas a nuestra misión o que afectan la pureza de la fe. De otra manera, ¿cómo se podría explicar el hecho que se sigue bautizando a todos, sin ninguna garantía de perseverancia, casando por la Iglesia al que quiera, sin una verdadera preparación y un verdadero compromiso, y celebrando misas por los difuntos al por mayor? Y todo esto ¿para qué? Para que haya más entradas. No hay tiempo para impartir un curso de formación, visitar las familias o escuchar y aconsejar a la gente, como tendría que hacer un verdadero pastor de la Iglesia, y hay tiempo para todo los demás, aunque se den cuenta de su casi nula eficacia espiritual. Haciendo eso, se está abaratando todo, dando las perlas a los cerdos. Con las consecuencias que ya todos conoce-

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mos. Una vez que la sal pierde su sabor, ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada (Mt 5,13). Y es lo que está pasando en muchos casos. El sacramento es despreciado, por ser administrado a gente que no está consciente de su valor. –Pura simulación – interviene la encargada de la catequesis a nivel diocesano –. Se sigue administrando los sacramentos, a sabiendas de que la gente ni entiende su sentido ni mucho menos está dispuesta a vivir de acuerdo a lo que significa y expresa. ¿No se dan cuenta de que no es lícito administrar los sacramentos por pura costumbre, sin que haya una verdadera conciencia de lo que se está recibiendo? Y todo esto ¿por qué está pasando? Por el maldito dinero y la flojera. Según mi manera de ver las cosas, aquí está la causa de todo el enredo en que estamos metidos: la falta de fe, en el clero y la vida consagrada. Nos encontramos frente a una enorme crisis de fe. Ahora bien, si eso pasa con el leño verde, ¿qué será con el seco? Los pocos curas, presentes en la comisión del clero, se sienten como acorralados. No saben qué contestar. Solamente uno, posiblemente el más sincero o ingenuo entre todos, logra balbucear algunas palabras, pronto silenciado por una avalancha de protestas: –Si con eso ya son pocos los que frecuentan la Iglesia, imagínense qué pasaría si nos pusiéramos más estrictos.

Propuestas concretas Otro cambio de escenario. Asamblea general con la participación de todos los delegados al sínodo (¿la segunda, tercera o cuarta asamblea general?). Terminando los informes, habla el coordinador general: –Los felicito. Realmente han hecho un buen trabajo. Solamente quiero repetir la observación que les hice el otro día: no somos un departamento de quejas. Por lo tanto, tenemos que ahondar más en el análisis de la realidad eclesial, fijándonos también en lo positivo que hay entre nosotros. Al mismo tiempo, tenemos que ser más prácticos, presentando a la asamblea propuestas concretas, que miren a dibujar un nuevo rostro de Iglesia, así como nos gustaría que fuera en el futuro. No tengan miedo de hablar, digan lo que piensan, aunque a veces alguna idea les pueda parecer descabellada o se trate de una simple intuición. Si es algo que tiene algún fundamento, no faltará quien lo desentrañe y le dé su pleno sentido. 166

Hay un murmullo general. Casi todos están de acuerdo. Solamente algunos delegados se muestran contrariados, sintiéndose mover el tapete bajo los pies. Aunque le cueste pedir la palabra, uno de los delegados, más refractarios al cambio, se decide y toma el micrófono: –Hermanos, les confieso con toda sinceridad que, de seguir así, temo que pronto me va a dar un infarto. ¡Tantas cosas raras me ha tocado escuchar en estos días! Por favor, déjenme vivir en paz estos últimos años o días de mi vida. Se levanta otro delegado en apoyo a su petición, insistiendo sobre el respeto que se debe a los ancianos, que no están acostumbrados a ciertas críticas. –Según ustedes – concluye –, todo lo que se ha hecho en el pasado, ha estado equivocado... hasta que llegaron ustedes, que han descubierto cómo se tienen que llevar las cosas en la Iglesia. ¡Pobres ilusos! No se olviden del refrán: «Nihil sub sole novi» (No hay nada nuevo bajo el sol). Ni modo. No todos entienden el significado de lo que se está intentando hacer ahora dentro de la Iglesia. No se dan cuenta de que muchas cosas cambiaron en la sociedad y por lo tanto muchas cosas tienen que cambiar también dentro de la Iglesia, si no queremos quedar fuera de la jugada.

Doctores honoris causa No sé si con anterioridad hayan recibido el encargo de parte del obispo o la mesa directiva del sínodo o están actuando por su cuenta, sin haber recibido encomienda alguna. El hecho es que pronto pasan adelante algunos delegados, con carpeta en las manos, listos para intervenir. Todos se sorprenden. En realidad, se trata de presbíteros y laicos, que no cuentan con ninguna preparación especial, gente normal, diríamos, gente de buena voluntad, que se ha hecho en el campo de trabajo, más que en las aulas universitarias. Y sin embargo impactan a todos por la novedad y frescura de sus intervenciones, y más aún, por la manera sencilla de expresarse, fácil de captarse de parte de todos. Todos los delegados no se pierden una sola palabra de lo que dicen y tratan de apuntar lo máximo que puedan, aunque a veces haya algo que desborde totalmente la propia capacidad de comprensión o posibilidad de realización. Se tiene la impresión general 167

de que ya empezamos a aterrizar en algo concreto, aunque desafiante o puramente utópico en algunos casos. Al terminar sus intervenciones, Pascual, el cuentacuentos, levanta un letrero calificando cada ponencia. En alguna ocasión aparecen las palabras: «Doctor honoris causa». Evidentemente no puedo recordar todo. No hay que olvidarse que se trata de un sueño. De todos modos, voy a relatar lo más sobresaliente de sus ponencias, lo que más me ha impactado y que posiblemente marcará el resto de mis años, hasta que este sueño no se vuelva realidad.

Pan de Vida y Palabra de Vida Después de haber hecho un rápido excursus (recorrido) histórico acerca de la manera de vivir la fe de parte del pueblo católico en el pasado, una vivencia de la fe basada esencialmente en «devociones», el primer ponente hace notar como el siglo XX ha representado para toda la Iglesia un paso en adelante muy significativo, al descubrir el papel del Espíritu Santo en la vida del creyente y favorecer el acceso al Sacramento de la Eucaristía para todos los miembros del pueblo de Dios, desde la más tierna edad. –Ahora –afirma con toda seguridad, con voz fuerte y deletreando cada palabra –llegó el momento de pasar a otra etapa de la historia de la Iglesia. No sé si será la etapa definitiva. Solamente Dios lo sabe. Para mí es suficiente saber que se trata de la próxima etapa, en la cual yo puedo, tengo y quiero involucrarme completamente. ¿En qué consiste esta nueva etapa? En hacer de Cristo la Palabra de Vida para todos los creyentes. Para lograr esto, propone una estrategia muy sencilla: «Biblia para todos y Biblia para todo; todo con la Biblia y nada sin la Biblia», empezando por la catequesis presacramental, desde la preparación a la Primera Comunión, y tomando la Biblia siempre como texto fundamental y todo lo demás como subsidio, «algo demasiado sencillo, aunque los grandes y sabios de nuestros tiempos nunca lo vayan a entender». Aplauso general. Habla de rosario bíblico, vía crucis bíblico, posadas bíblicas, novenario de difuntos bíblico, etc. Invita a todos a llevar la Biblia a cualquier tipo de reunión y a la Misa. Como iniciativas prácticas

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para cambiar la mentalidad de nuestras masas católicas y entusiasmarlas por la Palabra de Dios, sugiere hacer monumentos a la Biblia, llevar de casa en casa la Biblia Peregrina, hacer desfiles con carros alegóricos bíblicos, etc. Concluye su ponencia de manera enfática: –Como en el siglo pasado logramos hacer de Cristo el Pan de Vida para la masa de los católicos practicantes, ahora tenemos que luchar para hacer de Cristo la Palabra de Vida para todo católico, que tenga algún contacto con la Iglesia, desde el más pequeño hasta el más anciano, desde el más ignorante hasta el más sabio y desde el más pecador hasta el más santo. De hoy en adelante, conocer, amar y vivir la Palabra de Dios escrita ya no tiene que ser un privilegio para pocos, sino un derecho y una obligación para todos. En realidad, como justamente afirmó san Jerónimo, «La ignorancia de las Escritura es la ignorancia de Cristo». Por lo tanto, para nosotros, pastores del pueblo de Dios y católicos comprometidos, dar a conocer a todos la Palabra de Dios, ya no tiene que representar un lujo, sino una obligación y una exigencia fundamental de nuestro compromiso pastoral. Aplauso y griterío general. Muchos se levantan y se acercan al ponente para felicitarlo. Es un verdadero placer ver a un buen número de sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos, alegres y satisfechos, con una grande ilusión en el corazón, que se transparenta por todos los poros.

Atención pastoral: el consejo de Jetró Pasa otro ponente, un laico comprometido. Habla del consejo, que Jetró dio a Moisés para la organización del pueblo de Israel, poniendo a personas de confianza al frente de grupos de mil, cien, cincuenta y diez (Ex 18,21). Y arenga a los presentes, de una manera especial a los miembros de la jerarquía: –Señores, no nos hagamos de la vista gorda. La realidad es que nuestro pueblo católico se siente solo y abandonado, «como ovejas sin pastor» (Mc 6,34), en medio de todo tipo de peligros y tentaciones. Algo raro está pasando con nosotros: mientras los demás están haciendo todo lo posible para conquistar a nuestras ovejas, nosotros las estamos regalando, con el pretexto de que no contamos con los pastores suficientes. Nuestras parroquias se parecen a feudos o 169

encomiendas: cada uno hace y saca lo que puede, sin preocuparse del bienestar de toda la gente. ¿Qué hacer, pues, ante esta situación? ¿Es suficiente «pedir al dueño de la cosecha que mande más obreros»? (Lc l0,2) ¿Por qué no nos decidimos de una vez a echar mano donde sea para encontrar a los obreros del Evangelio que necesitamos? ¿Es correcto dejarlo todo en las manos de Dios, como si nosotros no tuviéramos nada que ver en el asunto, o seguir pidiendo solamente por las vocaciones sacerdotales, como si no nos interesara otro tipo de obreros del Evangelio? Siguiendo el ejemplo de Jetró, invita a los miembros de la jerarquía a establecer planes concretos para una debida atención pastoral de todo el pueblo católico. ¿Qué no hay suficientes presbíteros? ¿Y cuál es el problema? Que se eche manos de los diáconos permanentes o de laicos comprometidos, que se dediquen a la pastoral a tiempo completo o tiempo limitado, contando con una debida remuneración económica. Concluye, proponiendo algo muy concreto: –Lo ideal sería que hubiera por cada mil habitantes por lo menos un ministro ordenado, presbítero o diácono. Que se tenga esto como meta a lograr dentro de diez o quince años y por mientras se establezcan metas intermedias con un ministro ordenado por cada diez, ocho, seis, cuatro y dos mil habitantes. Además, que a nivel parroquial, cuando se trate de parroquias con una feligresía bastante numerosa, un diácono permanente esté al frente de la catequesis, la pastoral penitenciaria, la pastoral juvenil, la pastoral de enfermos, la pastoral de alejados, etc. y que en cada pueblo de unos 500 habitantes para arriba haya un diácono permanente como coordinador general para dar más dignidad a la presencia de la Iglesia Católica en aquella localidad. ¡Qué pena da a veces ver en un pueblo a un simple catequista, con escasa preparación, representar a la comunidad católica en los asuntos que se refieren a la escuela, la salud, la administración civil y las relaciones con los demás grupos religiosos! Imagínense como se siente este catequista frente al director de la escuela, el doctor o la enfermera del centro de salud y los pastores de los demás grupos religiosos, que muchas veces cuentan con un diplomado o una licenciatura en teología. Es tiempo de pensar seriamente en este problema y empezar a preparar planes concretos para darle solución. En realidad, ningún plan de pastoral

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podrá arrancar seriamente sin resolver primero el problema de la organización interna de la Iglesia, hasta poder atender a todos los católicos uno por uno. Este es el grande reto que la jerarquía tiene que enfrentar sin demora, aunque le cueste bajar del mundo de los conceptos al mundo de la acción. De una vez tenemos que desechar la idea de la parroquia como un feudo o una encomienda, de donde sacar lo máximo que se pueda y empezar a ver la acción pastoral como un servicio. En este sentido, como Iglesia estamos muy atrasados. Teniendo en cuenta la complejidad de la situación, según mi opinión, habría que pensar en la creación de una nueva figura, que se dedicara exclusivamente a la organización pastoral a nivel parroquial, zonal o diocesano, una especie de manager de pastoral u organizador de pastoral. Ante esta perspectiva con relación a la manera de atender adecuadamente al pueblo católico, todos quedan callados, en un silencio cargado de reflexión. El asunto parece realmente grave y requiere una solución urgente. Alguien se atreve a exteriorizar alguna perplejidad: –Todo lo que usted acaba de decir es correcto. El problema es: ¿Dónde encontrar los medios económicos suficientes para preparar a tanta gente y mantenerla? –Cuanto más y mejor se atiende al pueblo, tanto más y mejor será su respuesta para solventar los gastos, que implica su adecuada atención pastoral. Fíjense en lo que está pasando con los demás grupos religiosos. Un pastor cuenta con apenas unas 20 – 30 familias y logra sacar lo necesario para su sustento. Ahora bien, si ellos pueden lograr esto, ¿por qué nosotros no lo vamos a lograr? Como ven, no se trata de un problema de dinero, sino de una actitud mental frente a nuestro quehacer pastoral y frente al futuro. En lugar de seguir con una pastoral sin ninguna perspectiva para el futuro, que mira esencialmente a resolver los problemas que se presentan al momento, dándole a la gente lo que pide, a sabiendas de su escaso valor en orden a una vida realmente cristiana, pensemos en invertir mejor nuestro tiempo y nuestros recursos, dando a nuestros feligreses un alimento realmente sustancioso, que los ayude a realizar un verdadero encuentro con Dios. Esto seguramente va a redituar en una mayor garantía para el futuro, al contar la Iglesia con gente realmente identificada con los ideales cristianos y consciente de sus obligaciones en orden a proporcionar a sus pastores los medios necesarios para llevar adelante su misión. Además, en muchos casos

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es cuestión de ver cómo administrar los recursos, evitando fugas, especialmente en las parroquias más pudientes.

Diferentes tipos de católicos Un débil aplauso y sigue otra intervención. Es un cura español, posiblemente de Sevilla. Presenta una problemática propia de España, que sin embargo tiene algo que ver también con ciertas situaciones presentes en México y algunos otros países de América Latina. –En mi tierra –explica – existen las hermandades, que cuentan con una gran cantidad de miembros y un cierto poder económico. Toda su religiosidad se desarrolla alrededor de alguna imagen con romerías, procesiones y tantas otras cosas, que saben más de folclor que de fe auténtica. Frente a esta situación, me pregunto: ¿Es correcto seguir administrando los sacramentos a esa gente? ¿No sería mejor tratar primero de acercarla poco a poco a Dios, en un verdadero proceso de conversión? Según su opinión –afirma –, habría que dividir al pueblo católico en tres categorías: –Primera categoría: católicos a su modo. Son los católicos metidos en la pura religiosidad popular, muy parecida a la religiosidad natural con un barniz cristiano, sin un verdadero conocimiento y una práctica cristiana. Se sienten satisfechos por lo que son y no tienen ningunas ganas de dar un paso adelante. Pues bien, al faltarles lo esencial de la vida cristiana y al no tener ningún interés por adquirirlo, no sería lícito administrarles los sacramentos, que son lo específico de la vida cristiana. Entonces, habría que pensar en algo sustitutivo, para que no se alejen completamente de la Iglesia. –Segunda categoría: católicos de buena voluntad. Son los católicos que están conscientes de su situación de alejados y, valorando su sentido de pertenencia a la Iglesia, están dispuestos a cumplir con los requisitos necesarios para acceder a los sacramentos.

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–Tercera categoría: católicos practicantes. Son los católicos, que conocen suficientemente los contenidos de la fe y tratan de vivir en consecuencia.
Ahora bien, para los miembros de cada una de estas categorías habría que desarrollar una pastoral especial, con miras a impulsarlos a dar un paso adelante. Lo importante es no revolverlo todo, confundiendo los distintos niveles de religiosidad y pidiéndole a uno lo que no puede dar o dándole algo que no está en grado de apreciar por desconocer su sentido. – Esto está canijo –es el comentario de un catequista, interpretando el sentir general de la asamblea –Es un verdadero problema, que de todos modos algún día habría que enfrentar. – Y si no se les dan los sacramentos, ¿cómo se van a salvar? – pregunta un delegado medio espantado, convencido de que basta recibir los sacramentos para salvarse, como si se tratara de algo mágico. – Si hubiera sabido que las cosas iban a llegar tan lejos, mejor me quedaba en mi asilo de ancianos – concluye una anciana religiosa.

Simplicidad evangélica A dos mil años de distancia desde cuando Jesús anunció su Evangelio por los caminos de Palestina, ¡cuán complicado se ha vuelto su mensaje! Todo se ha vuelto asunto de expertos. ¿Y las masas, que Jesús tanto amaba y a las cuales dedicó gran parte de su tiempo? Quedan marginadas. Pocos se dedican a transmitirles su mensaje y muy poca gente logra entenderlo por la manera como le viene anunciado. Alguien se hace eco de esta inquietud: – Hermanos y hermanas, ¿han pensado alguna vez en la triste situación en que se encuentran nuestras masas católicas? Mucha gente de buena fe, pero acomplejada, sin ninguna seguridad interior. Los asuntos de la fe se han vuelto para ellas realmente misteriosos por el lenguaje que se maneja y la complejidad de sus contenidos. ¿Por qué no hacemos el intento de regresar a la simplicidad evangélica, con contenidos precisos, sencillos y claros, reservando a los expertos su profundización, utilizando las categorías que consideren más convenientes? 173

Como siempre, no faltan pros y contras. Muchos no perciben la diferencia entre el lenguaje que se está manejando, casi siempre filosófico, y el contenido. No saben distinguir entre el trigo y la paja. Piensan que, al cambiar el lenguaje, cargado de tecnicismos propios de expertos, se arriesga con cambiar también el contenido. Por eso quedan perplejos o asustados. Prefieren que no se cambie nada y se deje todo como está. Ni modo. Lo bueno es que no falta quien empieza a pensar. En realidad, de eso se trata, de estimular la reflexión. Solamente así algún día, después de muchos intentos, se podrá llegar a encontrar alguna solución, liberando el mensaje de un sinfín de envolturas, que lo han hecho siempre más imperceptible, y presentándolo lo más simple posible en toda su frescura, riqueza y pureza. Que el vehículo no se transforme en un obstáculo para llegar al meollo de la fe.

Cómo vivir siempre en paz con Dios En esta misma línea de pensamiento y estimulado por la reflexión anterior, toma la palabra un perito, salido quién sabe de dónde: –Veamos en qué enredo, con el pasar de los años, nos hemos metido con relación al Sacramento de la Reconciliación. Nadie niega que la Iglesia tiene el derecho y el deber de establecer la manera práctica de celebrar los sacramentos. El problema es saber si la praxis actual, tan diferente de la de los primeros siglos de la Iglesia, sea hoy adecuada en orden a conseguir el perdón de Dios de parte de un miembro de la Iglesia, que ha pecado y se siente arrepentido. Pensemos en la enorme escasez de presbíteros, que existe en América Latina. De hecho la mayoría de nuestros católicos tiene poca oportunidad de acudir a este sacramento. Pues bien, teniendo en cuenta esta realidad, ¿no sería conveniente ver la posibilidad de regresar a la praxis de la Iglesia primitiva en orden a garantizar el perdón de los pecados de una manera más factible y generalizada? Otra vez los ánimos vuelven a calentarse. Para algunos, es increíble que un teólogo profesional se salga con este tipo de barbaridades, poniendo en tela de juicio asuntos ya aclarados y definidos por la Iglesia. Otros ven una posibilidad de resolver tantos problemas en la vida de la Iglesia actual y piden al perito que, si es posible, aclare mejor su postura, sugiriendo algunas líneas de solución. –En pocas palabras –sigue el perito –, ésta es mi opinión al respecto y la voy a expresar con toda franqueza y humildad, siem174

pre dispuesto a escuchar otras opiniones, que posiblemente pueden ofrecer mayores luces sobre un tema tan actual y controversial. Ahora bien, estos serían los pasos a dar, una vez que uno tome conciencia de su pecado y quiera conseguir el perdón de Dios: 1. Arrepentirse y pedir perdón a Dios, como hicieron el rey David y el hijo pródigo (2Sam 12,13; Sal 51(50); Lc 15, 11–32). 2. Reconciliarse con los demás (Mt 5,23–24) y perdonar las ofensas recibidas (Mt 6,14–15). 3. Orar, ayunar, hacer actos de penitencia y obras de misericordia. 4. Todo esto a nivel individual y comunitario (Stgo 5,16– 20). Ahora bien, suponiendo todo este proceso, ¿no sería conveniente conferir un valor sacramental al acto penitencial, que se hace al dar inicio a la celebración eucarística? En orden a la purificación y la conversión que se exige al recibir el cuerpo y la sangre de Cristo (1Cor 11, 27-29), ¿no sería más pedagógico y efectivo que la praxis actual, que cada día se está haciendo siempre más problemática? Por otro lado, ¿no estaría más en sintonía con la praxis de las primeras comunidades cristianas y el verdadero sentido de la Eucaristía, vista como culminación de todo el proceso de conversión? A este propósito, es suficiente ver lo que encontramos al respecto en la Didajé (enseñanza) de los doce apóstoles: «En cuanto al domingo, una vez reunidos, partan el pan y den gracias, después de haber confesado sus pecados para que su sacrificio sea puro» (Didajé 14,1). En el primer prefacio de la Eucaristía, se dice: «Cuando comemos su carne, inmolada por nosotros, quedamos fortalecidos; y cuando bebemos su sangre, derramada por nosotros, quedamos limpios de nuestros pecados.» Así la celebración eucarística adquiere su pleno sentido, al reconciliar plenamente con Dios y la comunidad. No hay que olvidar que, una vez que se den ciertas condiciones y se realiza un verdadero encuentro con Dios, todo esto de por sí

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implica el perdón de los pecados y el otorgamiento de la ayuda necesaria para que uno pueda cumplir con la misión, que Dios le haya asignado (cf Is 6, 1-13). Estoy convencido de que, solamente si se resuelve este problema, será posible dar paz y tranquilidad a la conciencia de los católicos practicantes y ponerlos en un camino de verdadera maduración espiritual, sin la necesidad de una dependencia constante de los presbíteros, que de por sí escasean y no siempre están dispuestos para un ministerio tan desgastante, especialmente cuando tiene que ver con asuntos que no tienen relevancia en orden al crecimiento espiritual. Esto explica porqué los ejemplos del pasado y las repetidas recomendaciones de la jerarquía acerca de la importancia de la confesión frecuente han caído en el vacío. Es que el problema es más profundo de lo que uno se pueda imaginar a primera vista. Además, lo que en un principio pareció una solución segura y fácil al asunto de la penitencia, mediante un encuentro personal con el ministro, hoy se está volviendo en un grande problema precisamente por la escasez de los ministros. Lo barato nos está costando caro. –Esto evidentemente se puede hacer, cuando se trata de pecados leves – interviene uno de los presentes. – El problema es cómo comportarse, cuando se trata de pecados graves. –Pecados leves y pecados graves. No pecados de muerte = pecados contra el Espíritu Santo, que de por sí no tienen perdón (Mt 12,32;1Jn 5,16). Ni aquellos pecados para los cuales la Iglesia establece un tratamiento especial, con una intervención directa del obispo o del presbítero ( véase la praxis de la Iglesia primitiva).

Dos medidas Posiblemente no todos los participantes están en grado de captar el verdadero sentido de lo que se está tratando. De hecho, muchos quedan desorientados, no sabiendo qué pensar. Interviene un laico comprometido, que cuenta con un diplomado en teología: –Sin duda, todo esto me intriga y fascina. Al mismo tiempo me ayuda a entender cómo posiblemente ciertos curas resuelven este tipo de problemas, cuando no cuentan con una posibilidad real de acudir al sacramento de la reconciliación. –Bueno –contesta otro laico comprometido –, se trata de casos de extrema necesidad. ¿O prefieren que, al encontrarse en de176

terminadas situaciones de conciencia, los curas dejen de administrar los sacramentos? Acuérdense de que se trata de un ministerio, es decir, de un servicio a favor de la comunidad y no de un asunto personal. –El problema no es esto. El problema es saber si vamos a utilizar una sola medida para todos o dos medidas diferentes: una para el pueblo en general y otra para los pastores. Me temo que en estos casos se esté cayendo en lo mismo que reprochó Jesús a los escribas y maestros de la ley de aquel tiempo: «Ustedes a los demás imponen cargas pesadas, que ustedes no tocan ni con un solo dedo» (Lc 12,46).

Los comentarios de Pascual, el cuentacuentos Con estas reflexiones llegamos al clímax de nuestros trabajos sinodales. Ahora se trata de profundizar el análisis de la realidad eclesial y ver en concreto qué podemos hacer, para salir del bache en que nos encontramos. Mientras tanto, nos tomamos un momento de respiro, empezando por echar un vistazo a lo que nos ha preparado Pascual, el cuentacuentos, que nunca pierde tiempo. En el fondo del auditorio hay letreros y dibujos, pegados a las paredes, con mensajes siempre más provocativos. «Adiós, mariquita» dice un letrero arriba de un dibujo, que presenta a un joven despidiéndose de un seminarista. Como comentario a un artículo sobre el caso de los curas pederastas en Estados Unidos, se encuentra otro letrero que dice: «Cuando veas la barba de tu vecino rapar, pon tu barba a remojar». A la entrada del auditorio, bajo las palabras: «Análisis de la realidad eclesial», se lee: «Mejor tarde que nunca». En otro lugar se ve dibujada una enorme alcancía con un letrero que dice: «Limosna para el culto» y cerca de la alcancía se ve a un cura con la llave en la mano en actitud de sacar el dinero, mientras dice: «Aquí el único culto soy yo». En el comedor, adonde acuden todos para tomar café, sigue presente la mano de Pascual, el cuentacuentos. Entre todos sus mensajes, prevalece uno que dice: «Vacas gordas y vacas flacas» y alrededor de estas letras se ven dibujadas, en la manera más ridícula que uno se pueda imaginar y aludiendo a casos muy concretos, personas demasiado gordas y personas demasiado flacas, entre curas, monjas y demás agentes de pastoral. Es el centro de la atención y

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nadie falta a la cita con la obra maestra de Pascual, observando los distintos personajes y soltándose en carcajadas.

Después del huracán... Viene la calma. El mismo obispo (¿quién? ¿dónde? ¿cuándo? No nos olvidemos que se trata de pura imaginación, sueños... ¿Qué son los sueños?) toma la palabra y da por concluida esta etapa del proceso sinodal. –Hermanos y hermanas en Cristo, ya pasó el huracán. Cada quien tuvo la oportunidad de soltar la lengua y sacar lo que tenía dentro. Ahora viene lo más delicado y sabroso: delante del sagrario y a la luz de la Palabra de Dios, tenemos que reflexionar sobre todo lo que hemos escuchado y ver en concreto qué nos pide el Señor en este preciso momento de la historia y en el lugar donde estamos desempeñando nuestro servicio a favor de la porción del pueblo de Dios, que nos ha sido encomendada. Sigan sesionando las comisiones según la necesidad de cada una; sigan teniéndose reuniones periódicas para compartir los avances y despejar las dudas. Siempre unidos, apoyándonos los unos a los otros. Que de una vez se destierre de nuestros ambientes aquella actitud negativa, que tanto daño nos ha causado hasta la fecha y que se puede resumir en aquel refrán popular, por todos conocido: «Que cada quien se rasque con sus uñas». Sigue hablando de libertad, colaboración y aprecio entre todos, sin distinción alguna, a nivel de personas, categorías y grupos, «resistiendo a la tentación de querer imponer a los demás las propias ideas, método de trabajo o estilo de vida, pensando que se trata de lo mejor». –Aquí no se trata de saber qué es lo mejor, sino de tomar conciencia del don, que el Espíritu ha depositado en cada uno de nosotros y ponerlo al servicio de la comunidad. En este momento tan trascendental en la historia de la Iglesia y la humanidad, tenemos que apostar por la libertad, condición esencial para que haya más creatividad, y desde ahí empezar a vislumbrar y dibujar un nuevo rostro de Iglesia. Que a nadie se le ocurra soñar con un tipo de Iglesia a la propia medida, toda volcada en lo social o completamente metida en el asunto de la salvación del alma. En la Iglesia hay muchos carismas; además, el Espíritu Santo sigue suscitando nuevos carismas. Adelante, pues en la libertad del Espíritu, dando cada uno lo mejor de sí. 178

Como signo concreto de este espíritu de colaboración, que tiene que reinar entre todos, el obispo sugiere que en cada parroquia o capilla se establezca un sistema de rotación en la animación litúrgica de manera que todos tengan la oportunidad de darse a conocer a la comunidad: movimientos apostólicos, comunidades eclesiales de base, grupos de catequistas, etc. La idea a todos parece estupenda y viene saludada con un prolongado aplauso. Y concluye: –Hermanos y hermanas en Cristo, si de veras queremos cumplir con nuestro papel dentro de la Iglesia, necesitamos evitar dos actitudes igualmente dañinas: la del instalado, que no quiere cambiar nada por miedo a perder la propia seguridad, y la del aventurero, que busca la novedad por la novedad, sin importarle el resultado concreto de su acción. Haciendo las cosas con sentido de responsabilidad y movidos por un genuino espíritu de servicio, cada uno de nosotros logrará dar su aporte concreto a la causa del Evangelio. Yo, por lo que a mí se refiere, he decidido lo siguiente: antes de dimitir (me faltan apenas tres años), quiero hacer una verdadera experiencia misionera, tratando de evangelizar personalmente, uno o dos días a la semana, las colonias más abandonadas de la cabecera diocesana. Mediante una serie de visitas domiciliarias, trataré de sensibilizar a la gente acerca de los valores espirituales, introduciéndola en el rico y maravilloso mundo de la Biblia. Cuando vea que las cosas estén maduras, es mi intención concluir este proceso de acercamiento a Dios mediante retiros espirituales, que sirvan como base para dar inicio a pequeñas comunidades cristianas. Ni modo. Lo que no tuve el valor de hacer durante tantos años con el pretexto de la falta de tiempo, lo voy hacer ahora. Como dice el dicho: «Ahora o nunca». A ver: ¿quién de ustedes quiere acompañarme en esta aventura? Levante la mano. Todos se miran en la cara como espantados. Se dan cuenta de que las cosas van en serio y no se quieren aventar. Alguien empieza a pasar la voz, sugiriendo el nombre del secretario del obispo, hasta provocar un alboroto general: «Lupe», «Lupe», «Lupe» .... El P. Lupe se pone rojo como un tomate, se levanta y balbucea: -Es que estoy preparando la tesis... -No le saques – le grita uno se sus compañeros de ordenación . No vas de dejar solo al señor obispo cuando más te necesita.

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-Ni modo – concluye el obispo -. Se ve que les va a tocar acompañarme a los diáconos permanentes y transitorios. Y quede bien claro: de hoy en adelante no voy a ordenar a nadie, sin que haya hecho primero un verdadero tirocinio pastoral, acompañándome en la misión. Prolongado aplauso de parte de todos, pero de una manera especial de parte de los laicos que pertenecen a los movimientos apostólicos. Entre estos, algunos matrimonios de la tercera edad expresan su deseo de acompañar al obispo en su aventura misionera. Se lo merece. Antes de dispersarnos, alguien pregunta cuándo se prevé la conclusión del sínodo con el plan de pastoral. La respuesta del obispo es cuánto más inesperada: –Nunca va a terminar este sínodo. De hoy en adelante, estaremos en sínodo permanente. Y nunca habrá un plan de pastoral definitivo. Mano a mano vayamos experimentando iniciativas concretas, las iremos incluyendo en el plan de pastoral. ¿Hasta cuándo? Hasta que Dios quiera. Otro aplauso más fuerte y más prolongado. De veras que el obispo no deja de sorprendernos. Y me despierto. No se olviden que se trata de un sueño. De todos modos, una pregunta sigue intrigándome: «¿Es propio necesario que haya un huracán dentro de la Iglesia, para que despertemos y nos demos cuenta de que estamos viviendo en un mundo muy diferente del que nos estamos imaginando y que por lo tanto necesitamos realizar cambios profundos, que vayan más allá de un simple maquillaje?»

Madrid, España, a 14 de octubre de 2005.

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TAREA 1. ¿Qué te parece el análisis de la realidad eclesial, que se acaba de presentar: a) Bueno b) Exagerado c) Excelente 2. ¿Qué aspecto te impactó más?

¿Por qué?

3. ¿Qué aspecto te parece que no responde a la realidad?

¿Por qué?

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4. ¿Hay algunos aspectos importantes de la realidad eclesial, que no han sido analizados? Sí No Si la respuesta es afirmativa, señala algunos aspectos importantes de la realidad eclesial, que sería bueno analizar:

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Cuarta Parte

DIBUJANDO UN NUEVO ROSTRO DE IGLESIA

A todos los niveles y en todas las latitudes se está constatando que una gran cantidad de católicos queda sin atención pastoral y está dejando la Iglesia. Al mismo tiempo se están señalando algunas causas. ¿Cuándo empezaremos a pensar en una estrategia global para enfrentar seriamente estos problemas y resolverlos? ¿Qué es lo que nos está pasando? ¿Qué es lo que nos está atorando? ¿No será que le tenemos demasiado miedo a descubrir que, para resolver estos problemas, se necesita meter sobre la mesa todas las cartas, es decir, que se necesitan muchos cambios dentro de la Iglesia, cambios que nos afectan profundamente, prefiriendo la vida del instalado a la vida del pionero, la seguridad al riesgo, la flojera y la cobardía a la búsqueda valiente de soluciones?

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Primera Parte Un cambio urgente
1.- UNA TAREA DE TODOS Un modelo eclesial agotado Nos encontramos en las postrimerías de un modelo eclesial ya agotado. Todo nuestro sistema doctrinal y pastoral se encuentra sobrecargado de elementos propios de épocas pasadas. Nuestra organización ya no responde a las exigencias del mundo actual. Todos nos sentimos nerviosos, pastores y ovejas. Nos sentimos superados por los acontecimientos, amarrados a un mundo que ya no existe, desfasados. No podemos caminar con agilidad. Nuestros pasos se vuelven pesados. Nos sentimos cansados y fastidiados por la multitud de documentos que continuamente nos llegan para aclarar tal o cual aspecto doctrinal o pastoral. Añoramos la frescura y la simplicidad evangélica. Y mientras tanto, perdemos gente. Cómo reaccionar ¿Qué hacer frente a esta situación? ¿Aguantar, pensando que de parte nuestra no podemos hacer nada para cambiar las cosas? ¿Refugiarnos en la oración, dejándolo todo en las manos de Dios y esperando algún signo, que venga de arriba? ¿O aventar la toalla, convencidos de que todo esfuerzo humano es inútil? ¿O pasar al otro bando, que parece contar con mejores herramientas para enfrentar los retos que presenta el mundo actual? Podemos hacer algo Nada de todo esto. Todos somos Iglesia. Todos podemos y debemos hacer algo para ir cambiando las cosas, convencidos de que el Papa y los obispos no tienen la exclusividad de la intuición ni del carisma. Todos podemos y tenemos que hacer algo para ir eliminando por lo menos alguna arruga, que está desfigurando el rostro de la Iglesia. Sin resentimientos contra nadie. Sin rebeldías fuera de lugar. Sin fanatismos de ningún signo.

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Tratando de ver las cosas desde otro punto de vista. Empezando a vislumbrar otra manera de vivir la fe, más actual y más conforme al Evangelio. Con más entusiasmo. Con más radicalidad y autenticidad. En plena ortodoxia. Así, poco a poco, todos juntos, cada uno desde su trinchera, iremos dibujando un nuevo rostro de Iglesia, más juvenil y atractivo, que inspire confianza. ¿Qué les parece?

Espacios abiertos En realidad, existen muchos espacios abiertos para satisfacer nuestra imaginación creativa y permitirle cimentarse con la realidad. ¿Por qué no aprovecharlos? ¿Por qué no ir construyendo piezas, que algún día puedan ayudar a construir el gran edificio de una Iglesia renovada, con los bríos de la juventud, al estilo de los profetas, los apóstoles, los mártires y tanta otra gente, enamorada de Cristo y apasionada por la humanidad, que tanto esplendor han dado al pueblo de Dios a lo largo de tantos siglos? La historia nos juzgará A trabajar, entonces, con ganas, abriendo brechas o ensanchando veredas. Podemos y tenemos que dar la gran batalla con valentía, sabiendo que la historia de la Iglesia ni empieza ni termina con nosotros. No nos olvidemos de que hubo otros momentos parecidos al que estamos viviendo nosotros, en que nuestros antepasados tuvieron que enfrentar los mismos retos, con actitudes y resultados muy diferentes. Ahora bien, ¿cómo queremos ser juzgados nosotros por las generaciones venideras? ¿Cómo los cobardes que se dejaron amedrentar por las circunstancias y quedaron paralizados o como los valientes que supieron dar la gran batalla y revirtieron la situación, pasando de una Iglesia estática a una Iglesia dinámica, de una Iglesia en picada a una Iglesia en subida, liberándose de todas las amarras inútiles y despegando el vuelo como en los inicios de su gran aventura? 2.- DOS MANERAS DIFERENTES DE SENTIR Y VIVIR LA FE Para poder ubicarnos correctamente en orden a la construcción de un nuevo modelo de Iglesia, considero de suma utilidad el 186

manejo de la siguiente clave, que nos puede ayudar a interpretar correctamente la realidad eclesial.

Régimen de cristiandad Se trata de un sistema eclesial, que se ha ido estructurando a lo largo de muchos siglos en una sociedad completamente católica e impregnada de espíritu religioso, con características muy peculiares. Se da más importancia a lo exterior que a lo interior. La fe se aprende con la vista: santuarios, peregrinaciones, hábitos llamativos para las religiosas y los ministros de culto (parecen desfiles de moda), monumentos, estatuas, fiestas religiosas con mucho dispendio de energías y recursos económicos, etc. Todo mira a impactar. Puesto que todo tiene que ver con la sociedad, se pide el apoyo del Estado. Por el mismo atraso en que vive la sociedad, la Iglesia se avoca a las obras asistenciales, que le permiten alcanzar un alto prestigio. Normalmente las congregaciones religiosas suplen las deficiencias del estado. En lo espiritual, reflejan el estilo general, intimista y providencialista. Todo se resuelve mediante la oración. Los mismos títulos de las congregaciones reflejan este aspecto. La práctica religiosa es vista esencialmente como obediencia a Dios y búsqueda de su gloria, más que como plena realización del ser humano. Con relación a la autoridad, se prefiere la actitud sumisa y pasiva. No se habla de derechos, sino de deberes. Se enaltece demasiado el papel del ministro ordenado, visto como un ser superior por los poderes de los que goza. Se habla más de poder que de servicio. Aunque se reconozca la importancia de la participación del hombre en la búsqueda de la propia salvación, de hecho se confía demasiado en la doctrina del ex opere operato, hasta hacer de los sacramentos unos ritos mágicos. Sociedad plural En una sociedad caracterizada por el pluralismo cultural y religioso, evidentemente muchas cosas tienen que cambiar. Pues bien, ¿qué tipo de sistema eclesial se está perfilando en este nuevo contexto histórico? ¿Qué nos está diciendo la experiencia al respecto? Se da más importancia a lo interior, que tiene como base una

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conversión y un encuentro personal con Cristo. La fe se aprende con el testimonio, el estudio y la reflexión, y se vive. Vale en la medida en que influye en la propia vida, haciéndola más llevadera y satisfactoria. Para eso el papel de la Palabra de Dios y el pastoreo se vuelven fundamentales. En una sociedad, dominada por la incertidumbre, la mentira, el engaño y el abuso (hasta de parte del clero), se hacen necesarias una referencia segura, que se puede encontrar solamente en la Biblia, libro sagrado aceptado por todos los que creen en Cristo, y al mismo tiempo una atención personalizada de parte de gente más preparada y con más experiencia en el camino de la santidad (asesoría espiritual). Y todo esto se da mediante el estudio sistemático de la Palabra de Dios, los retiros y ejercicios espirituales, los encuentros y congresos con predicación y oración, diálogos personales, los programas de radio y tv, audio y videocassettes, dvd, discos compactos, libros, folletos, etc. De ahí la extrema urgencia hoy en día de reestructurar todo el sistema eclesial para poder proporcionar a todos los feligreses dicha ayuda espiritual, que se ha vuelto imprescindible para una auténtica vivencia de la fe. En este contexto, los movimientos eclesiales toman el relevo de las congregaciones religiosas y se comprometen directamente con la evangelización. Ya no interesa el hábito, sino la efectividad evangelizadora; no importa apantallar, sino actuar. Los nombres de dichos movimientos son muy reveladores al respecto y marcan un cambio profundo de estilo: Cursillos de Cristiandad, Escuela de la Cruz, Renovación Cristiana en el Espíritu Santo, El Camino, Sistema Integral de la Nueva Evangelización, Apóstoles de la Palabra, etc. Frente a la autoridad, surge la actitud crítica, que muchas veces lleva a la decepción y a la rebeldía abierta, si los problemas no encuentran dentro de la Iglesia cauces de solución. De la actitud pasiva en los asuntos religiosos, se pasa a la actitud activa, cuestionando la manera de llevar las cosas de parte del clero y buscando opciones más apropiadas. Las religiosas y los laicos quieren ser colaboradores del clero, no servidores.

Época de crisis Actualmente nos encontramos en una época de crisis. El antiguo mundo palmo a palmo se nos está desmoronando delante de

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nuestros ojos, sin saber el porqué. Muchos sienten pudor o miedo a pensar en algo diferente de lo que siempre se ha hecho. Un complejo de culpa y derrotismo está invadiendo nuestros ambientes. No se vislumbra ninguna salida viable a la actual situación. Para muchos, pensar en un nuevo paradigma o modelo de Iglesia parece el fin del mundo. Su perspectiva es el pasado. No se dan cuenta de que la historia va para adelante y no para atrás. Solamente unos cuantos nos atrevemos a mirar hacia delante y expresar lo que pensamos. Ante un mundo que muere y un mundo que nace, muchos quedan como paralizados, sin saber por qué optar, aunque, para ocultar este vacío y darse ánimo, se refugian en un mundo imaginario de apertura, diálogo, supuesto progresismo y pietismo.

Ejemplos prácticos Ahora veamos algunos ejemplos prácticos, que nos pueden ayudar a entender en qué mundo cada uno está viviendo y desde qué perspectiva está actuando. Solamente así será posible afinar mejor la puntería para no dar golpes al aire. - Iglesia y Estado. ¿Cómo se ven las relaciones entre la Iglesia y el Estado? Según sea la respuesta, se ve si uno sigue soñando con un régimen de cristiandad o tiene conciencia de vivir en una sociedad plural y desde esta perspectiva está viendo todo el quehacer de la Iglesia. Régimen de cristiandad. Apoyo mutuo. Privilegios para la institución eclesiástica. Sociedad plural. Se pide libertad religiosa para todos. Igualdad de derechos y deberes de parte de todas las asociaciones religiosas. El mayor o menor influjo de cada asociación religiosa en la sociedad depende del número de sus integrantes y la efectividad de sus propuestas. Más independencia de parte del Estado se pide y más se está viviendo en una sociedad plural; más privilegios se exigen y más se está soñando con un régimen de cristiandad.

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- Ejercicio de la autoridad. Régimen de cristiandad. Al estilo monárquico: “Así es, así se hará, porque lo mando yo”. No hay ley para los de arriba. Un párroco dice sí y otro no. En un lugar se permite algo y en el otro no. Cada párroco tiene su estilo propio y sus preferencias. Todos tienen que bailar al ritmo que les marquen desde arriba. Hoy un movimiento resulta ideal, mañana, con el cambio de párroco, es considerado como una secta. Hay que ver las cosas con los lentes de los de arriba. Estos se consideran dueños de sus feligreses. Para todo hay que pedir permiso, dentro o fuera del templo. Los feligreses no pueden tomar ninguna iniciativa. Para hacer algo fuera de la parroquia, hay que pedir permiso. Control total y autoritarismo. Sociedad plural Hay leyes, iguales para todos. Todos tenemos derechos y deberes. Nadie puede rebasar los límites marcados por la ley. Hasta el católico menos ilustrado y practicante tiene su dignidad, que hay que respetar. Nadie me puede impedir conseguir un libro, asistir a un evento o dar a conocer algo propio de la Iglesia, aunque sé que esto no comulga con las preferencias de mi párroco. El párroco me puede impedir enseñar algo oficialmente en su parroquia, pero a nivel privado puedo hacer todo lo que está permitido en la Iglesia, aunque a mi párroco no le guste. Nadie tiene el derecho de dominar mi conciencia o de coartar mi libertad, cuando sé que algo es bueno y se puede pensar y practicar en otros lugares. Una vez que algo esté aprobado o permitido en la Iglesia, ningún párroco tiene derecho de prohibirme que me adhiera a un movimiento, adquiera algún tipo de literatura, participe en alguna actividad o haga propaganda de algo que a él no le guste. De gustibus non est disputandum (por lo que se refiere a los gustos, no hay que discutir), mucho menos se pueden imponer. Libertad, creatividad, derechos y deberes de parte de todos, misma dignidad fundamental, basada en la condición de hijos de Dios, adquirida mediante el bautismo. Tolerancia. Unidad en la diversidad. Competencia entre un método y otro, un movimiento y

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otro, una línea pastoral y otra. Apertura y aceptación de las diferencias, vistas como una riqueza y no como una amenaza.

- Revelaciones privadas y revelación pública. Régimen de cristiandad. Predominan las revelaciones privadas alrededor de algún santuario, alguna orden, congregación o asociación religiosa, que las promueven y les dan credibilidad. Se trata de cumplir con ciertas prácticas de piedad, “reveladas” a tal o cual santo o santa, para conseguir una salvación más fácil y segura. Infantilismo religioso, pietismo e intimismo. Competitividad entre una forma de devoción y otra. Sincretismo religioso. Por mayor seguridad, algunos tratan de cumplir con la mayor cantidad de devociones particulares posibles, llenándose de escapularios, rezos y demás ejercicios de piedad. Parecen verdaderos “Paquetes de Seguro Espiritual”. Pregunta: ¿A qué se debe el enorme repunte, que actualmente están teniendo las devociones particulares, ligadas a revelaciones privadas, que son propias de épocas pasadas, cuando a nivel masivo no se manejaba la Biblia y por lo tanto no había otra manera de conocer el plan de Dios y procurar la salvación de la propia alma? ¿Se trata de pura espontaneidad o se trata de una “santa” competencia entre un grupo y otro, una versión light de la devoción a tal o cual santo o santa, con su relativa estatua y alcancía? En la viña del Señor hay de todo. Sociedad plural La gente se vuelve más crítica y quiere saber el porqué de todo. Cuanto más se acerca a la Palabra de Dios, tanto más encuentra en ella la inspiración para una vida de fe y le da menos importancia a todo lo demás. - Entrega a Dios. Supongamos que una muchacha le manifieste a su párroco su deseo de ponerse al servicio de Dios con más generosidad. De la

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respuesta que el párroco le dé a la muchacha, nos damos cuenta en qué mundo está viviendo.

Régimen de cristiandad. Antes que nada le aconseja entrar en un convento, con hábito y todo. Si esto no responde a las inquietudes de la muchacha, le habla de rosario por la conversión de los pecadores, misa diaria, visitas al Santísimo, alguna práctica de penitencia, etc. en un continuo crescendo. Sociedad plural. Como expresión de la propia entrega hacia Dios, el párroco le sugiere a la muchacha alguna forma práctica de apostolado para ayudar a los más necesitados a dar pasos concretos hacia Dios: diálogo con gente confundida o alejada, que puede encontrarse en la mima casa, la escuela o el trabajo, visitas domiciliarias, apoyo en la catequesis, los retiros, etc. - Donativo. Alguien quiere dar un donativo a la Iglesia. Veamos por dónde se inclina. Así nos daremos cuenta en qué mundo está viviendo. Régimen de cristiandad. Lo destina para la construcción de un templo o un colegio católico, la compra de una estatua, una imagen o algún adorno para el templo.... o para fundar una beca para un seminarista, etc. Sociedad plural. Sin excluir lo anterior, quiere apoyar iniciativas, relacionadas con la evangelización: una campaña bíblica, un periódico católico, programas de radio y televisión...., algo que rebasa la perspectiva anterior y está relacionado con la evangelización.

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- Influjo de la familia en la educación cristiana de los hijos. ¿Hasta qué punto se considera determinante el influjo de la familia en la educación cristiana de los hijos? Régimen de cristiandad. Para los que viven en esta perspectiva, el influjo de la familia es decisivo para transmitir la fe a las nuevas generaciones. Evidentemente, están viviendo en un mundo pasado, que ya no existe. En realidad, ¿cómo muchos papás van a tomarse el compromiso de educar a sus hijos en la fe católica, si ellos mismos ni la conocen suficientemente ni la practican? Pura simulación. Se toman un compromiso que de antemano saben que no van a poder cumplir. En el fondo, se trata de un pretexto para eludir las propias responsabilidades en orden a la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Conclusión: una catequesis desencarnada, puramente teórica, sin una verdadera convicción y un entrenamiento práctico en la vivencia de la fe. Sociedad plural. Puesto que no siempre los miembros de la familia son católicos practicantes, la comunidad cristiana tiene que hacerse cargo de la transmisión de la fe a las nuevas generaciones y cuidarla. En realidad, la experiencia enseña que muchas veces en la misma familia puede haber personas con distintos grados de pertenencia a la Iglesia y vivencia de la fe, e incluso personas que no pertenecen o están en contra de la Iglesia. Estando así las cosas, se da más importancia a la responsabilidad personal y al apoyo de la comunidad cristiana, para que alguien pueda volverse en verdadero discípulo de Cristo, aprendiendo a superar todas las dificultades que mano a mano se vayan presentando en su camino. No se preparan a las nuevas generaciones de católicos, como si vivieran en un ambiente y en una familia completamente cristiana. Su perspectiva es diferente. Aunque todo el ambiente estuviera en su contra, su preparación tiene que ser tal que puedan resistir a todas sus amenazas y seducciones para vivir la fe con autenticidad. Se trata de regresar a la perspectiva de los inicios, es decir, de las

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primeras comunidades cristianas, que vivían en un ambiente hostil. Solamente así se puede garantizar su perseverancia en la fe. Ahora bien, una vez formadas familias verdaderamente cristianas, mediante un proceso de conversión personal de los cónyuges, solamente entonces se podrá hablar de un verdadero compromiso de parte de los papás en orden a la preparación cristiana de los hijos. Conclusión: hoy en día, es fundamental entrar en la perspectiva correcta, para poder formar seriamente a las nuevas generaciones de cristianos, sin exigir a las familias lo que no pueden dar y tomándonos como comunidad la responsabilidad de garantizar a las nuevas generaciones la recta transmisión y vivencia de la fe. Pues bien, entrar en esta nueva perspectiva es ir dibujando un nuevo rostro de Iglesia, más acorde a los tiempos actuales y totalmente fiel a las expectativas del Fundador.

- Necesidades pastorales. Colonias, pueblos, aldeas..., estudiantes, enfermos, presos, mundo de la cultura..., sin una debida atención pastoral. ¿Qué hacer? Régimen de cristiandad. “Pedir a Dios vocaciones para el sacerdocio y la vida consagrada. Si Dios no las manda, ¿qué le podemos hacer? Lo único que podemos hacer, es pedir. Lo demás depende de Dios”. Los más atrevidos, en lugar de analizar la situación y ver cómo hacerle frente con sentido de responsabilidad, se lanzan a fundar una congregación religiosa, confiando en que el hábito, con el relativo respeto que se le debe, atraerá a la juventud hacia una entrega total. Después, contando con más religiosos y religiosas, será más fácil solucionar cualquier problema, relacionado con la evangelización. Pero ¿qué pasa en la práctica? Que se trata de llamaradas de petate, puesto que hoy en día a la gente le interesa más la sustancia que las apariencias. Y por lo tanto, surgen congregaciones, que languidecen por falta de humus y aire. Su grande preocupación consiste en buscar vocaciones para sobrevivir, prestando al mismo tiempo algún servicio a la Iglesia o a la sociedad. Esto sucede por buscar

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simples paliativos y no tratar de analizar y solucionar los problemas desde la raíz.

Sociedad plural. “Todos somos Iglesia. Todos podemos y tenemos que hacer algo para resolver los problemas de la Iglesia”. Basándose en este principio y en un esfuerzo constante por discernir los signos de los tiempos, se crean nuevos ministerios como respuesta a las distintas necesidades de la Iglesia, a menos que no exista alguna institución, que de por sí esté capacitada para solucionar tal o cual problema. En este caso, es suficiente adherirse a ella o apoyarla con todos los medios posibles. - Alejamiento de las masas católicas. Ahora ya no es como antes. Muchos ya no acuden a la Iglesia. Viven y mueren como si Dios no existiera, aunque se declaren católicos y cuenten con algún sacramento. ¿Qué hacer en esta situación? Régimen de cristiandad. Política de la espera: “Ni modo. Nosotros estamos en la mejor disposición para recibirlos. Pero ellos no quieren acercarse a la Iglesia. ¿La culpa? Los nuevos tiempos, la televisión, la cultura actual, el hedonismo, el materialismo, etc. ¿Qué hacer, en concreto? Orar por ellos.”. Quejas y quejas. Parálisis. Pura oración por los “pobres pecadores”. Sociedad plural Política de la búsqueda: “Esta es la realidad. Fieles al mandato de Cristo de ir y anunciar el Evangelio, tenemos que inventar cualquier cosa para salvar al hombre de hoy. Tenemos que buscar a los alejados y tratar de acercarlos a Dios”. Creatividad. Espíritu misionero. Acción.

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- Moribundos. ¿Qué hacer, cuando alguien está próximo a morir? Régimen de cristiandad. Suponiendo que todos sean católicos y por lo tanto sepan como comportarse en tal circunstancia, se llama al sacerdote. Ellos sabrán cómo arreglar las cosas. Sociedad plural. Se parte del presupuesto que no todos son católicos y no todos saben qué hacer en un momento tan difícil y trascendental de la propia vida. Por lo tanto, se empieza por averiguar la situación religiosa del moribundo: si es creyente o no, si sabe confesarse, etc. Después, se pasa a ver si es posible encontrar algún sacerdote disponible, lo que muchas veces representa una verdadera hazaña. De todos modos, cualquiera que sea la situación del moribundo, haya o no la posibilidad de encontrar algún sacerdote disponible, todos pueden ayudar a uno a bien morir, invitándolo a tomar conciencia de la propia situación y a prepararse al encuentro con Dios, dándole gracias por el don de la vida, pidiéndole perdón por las faltas cometidas y confiando plenamente en su misericordia. Muchas veces el moribundo se limita a seguir las oraciones que hacen los demás y con eso van entrando en un clima de apertura y confianza en Dios. - Documentos de la Iglesia. Todo depende desde qué perspectiva se mira la realidad: desde una perspectiva realista o puramente imaginaria, suponiendo un mundo que no existe. Régimen de cristiandad. Al suponer una sociedad completamente católica, se dirigen a interlocutores genéricos y por lo tanto son vagos e imprecisos. A veces parecen ejercitaciones académicas, sin un verdadero análisis de la realidad y una verdadera búsqueda de soluciones. Pura doctrina y exhortación. Su influjo es muy limitado.

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Sociedad plural Cuando, al contrario, se toma en cuenta la sociedad así como es, antes que nada se hace un buen análisis de la realidad, para dirigirse a interlocutores bien precisos: clero, vida consagrada, laicado comprometido, católicos practicantes, católicos alejados, creyentes, no creyentes, mundo de la cultura, sociedad en general, etc., señalando objetivos precisos y la manera de alcanzarlos. Solamente así se vuelven efectivos. Y es lo que estamos esperando: menos documentos y mejor enfocados. Menos generalidades y más precisión. Algo evaluable. En el fondo, se trata de ver cómo, contando con los recursos de que disponemos, podemos llevar adelante la misión que nos ha confiado Cristo. - El laico en la Iglesia. ¿Cuál es su papel? Régimen de cristiandad Escuchar, acatar y cumplir. Una Iglesia como reflejo de la sociedad civil en un contexto monárquico: señores y servidores, los de arriba y los de abajo, los que mandan y los que obedecen. Muchos problemas que actualmente existen en la Iglesia, tienen como fondo esta mentalidad, propia de una época pasada. Sociedad plural Todos, clero y laicado, tenemos la misma dignidad, al contar todos con la presencia del mismo Espíritu. La diferencia está en el tipo de servicio, que cada uno está llamado a ofrecer a la comunidad (1Cor 12). Por lo tanto, el laico tiene todo el derecho y el deber de hacer todo lo que esté a su alcance, para que la comunidad cristiana crezca y madure y para que el Evangelio se extienda siempre más en el mundo. Su ámbito de acción no se reduce solamente a las realidades temporales. Teniendo en cuenta el don recibido y su situación concreta como empresario, escritor, artista, político, locutor de radio, presentador televisivo, etc., el laico tratará de hacer realidad los ideales evangélicos, sin pedir permiso a nadie y sin depender de nadie. Los hechos dirán si uno le atinó o se equivocó, tomándose cada uno su responsabilidad. A la jerarquía le corresponderá discernir acer197

ca del contenido de su acción y su eficacia concreta en orden a la afirmación de los valores cristianos. Si se entiende esto, de antemano quedan resueltos muchísimos problemas a nivel eclesial. En lugar de quejarse por tantas deficiencias presentes en el mundo católico, ¿por qué cada uno, laico, clérigo o consagrado, no se pregunta qué puede hacer en concreto para resolver tal o cual problema, sin esperar que todo venga desde arriba, como si se tratara de niños o atrasados mentales? ¿Que falta un determinado programa de radio? Lo hacemos. ¿Que es oportuno poner en guardia al pueblo católico o a la sociedad en general acerca de tal o cual peligro? Adelante. ¿Que es necesario organizar una campaña para llevar adelante ciertos valores cristianos? ¿Qué esperamos? El que tenga más saliva que trague más pinole. ¿Y qué dirá el señor cura? ¿Qué dirá el obispo? ¿Qué dirá la Jerarquía? Antes de la pedrada, ya quieren amarrarse la cabeza. No quieren dejar de aferrarse a la sotana de los curas. Que cada quien se asuma su responsabilidad como verdadero adulto, dispuesto a pagar personalmente si algo no resulta como se quería. Por otro lado, ¿no pasa lo mismo en cualquier otro ámbito de la vida? Hay que saber arriesgar para poder avanzar. Claro que no faltarán curas a la antigüita, que no van a entender ciertas actitudes y van respingar. Ni modo. ¿Acaso no pasa lo mismo en cualquier familia, donde hay ancianos, jóvenes y niños? Se trata de situaciones que no se pueden evitar, aunque se cuente con toda la buena voluntad de parte de todos. Por lo tanto, no queda otra que aventarse, superando la tentación del miedo o del quieto vivir.

- El fin del hombre. ¿Para qué Dios nos ha creado? ¿Cuál es el objetivo de nuestra vida en este mundo? Régimen de cristiandad. Conocer, amar y servir a Dios en este mundo, para después gozar de Él en la otra vida. Se busca en un supuesto plan de Dios la justificación de las enormes carencias presentes en la Iglesia y la sociedad, reservando la felicidad para después, en la vida futura.

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El lema de San Ignacio de Loyola “Ad maiorem Dei gloriam” (por la mayor gloria de Dios) representa la máxima expresión de esta manera de ver las cosas, que tiene mucho que ver con la mentalidad propia del Antiguo Testamento (Ez 36, 22ss) y la de su tiempo, forjada en un contexto monárquico.

Sociedad plural. Desde ahora tenemos que saborear los frutos del Espíritu (Gál 5, 22s), puesto que Cristo vino para que tengamos vida abundante (Jn 10, 10b). De ahí viene la importancia que hoy en día se da a la experiencia gratificante, que viene de un verdadero encuentro con Dios, en contraste con la frialdad con que se reciben los sacramentos, cuando se vuelven en puros ritos. No faltan los riesgos, evidentemente. ¿Cuáles? Confundir la acción de Dios con el sentimiento, crear artificialmente estados de ánimo alterados como signos de la presencia de Dios, pensar que la entrega a Dios sea el mejor seguro contra todo tipo de enfermedades o desavenencias, que puedan ocurrir en la vida. De todos modos, aclarado esto, no se ve porqué la entrega a Dios no tenga que llevar consigo un tipo de vida más llevadera y feliz, aunque entre dificultades y problemas, como advirtió el mismo Jesús. Las dificultades propias del seguimiento de Cristo no tienen que hacer olvidar la recompensa del ciento por uno en esta vida (Mc 10, 30). Posiblemente aquí está una de las causas más importante de nuestro fracaso con las masas católicas, al querer impactarlas utilizando categorías propias de épocas pasadas, exaltando demasiado el papel de las postrimerías. A la luz de esta intuición, es necesario revisar todo, desde los catecismos hasta los ejercicios espirituales y las misiones populares. Una enorme tarea en un contexto totalmente nuevo. - ¿Cantidad o calidad? ¿Qué vale más: la cantidad o la calidad? ¿Qué es mejor: impartir a todos los sacramentos a todos los que se consideran católicos, aunque no estén dispuestos a cumplir con sus exigencias, o impartir los sacramentos solamente a los católicos, que estén dispuestos a dar pasos concretos en su camino de acercamiento a Dios?

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- Régimen de cristiandad. Que todos los que se consideran católicos, sigan recibiendo los sacramentos. No importa si de antemano se sepa que muchos, al no contar con un verdadero conocimiento y compromiso, fácilmente van a volverse en motivo de escándalo para la comunidad cristiana y posiblemente llegarán a negar los mismos sacramentos, al no aprovecharlos en nada o al aceptar otro credo religioso. - Sociedad plural. ¿Para qué seguir administrando los sacramentos a los que viven completamente al margen de la fe? ¿No sería mejor dedicar más tiempo y energía para preparar mejor a los católicos de buena voluntad, que estén dispuestos a dar un paso adelante con tal de seguir recibiendo los sacramentos? La experiencia enseña que impartir los sacramentos a todos los católicos de una manera indiscriminada, sean o no practicantes, acepten o no un mínimo de preparación y compromiso, es como sembrar en el mar. Aparte del aspecto económico, no existe ninguna ventaja. Se pierde tiempo y nada más. ¡Y pensar que disponemos de tan poco tiempo, al tener que atender a un número tan grande de feligreses! Mejor dedicarse a la formación y seguimiento de los que expresen un verdadero interés por los asuntos de la fe. Estos con el tiempo se pueden volver en levadura para fermentar toda la masa. 3.-Y TU ¿QUÉ? Una Iglesia siempre joven Cada uno, desde su situación concreta, está llamado a seguir dibujando un Nuevo Rostro de Iglesia, señalando nuevas estructuras y detectando sobreestructuras, que se han ido creando con el pasar de los años, sin tener en cuenta la experiencia de las primeras comunidades cristianas y siendo demasiado indulgentes con el espíritu del mundo. Solamente así se explica el paulatino empobrecimiento del papel de la comunidad a favor de la autoridad, vista en un contexto monárquico. Pues bien, hoy en día el nuevo contexto cultural y el regreso a las fuentes nos impulsan a revisarlo todo para que la Iglesia pueda 200

recobrar el rostro juvenil, con la frescura y los bríos propios de la edad. ¿Qué les parece? Cuando hablamos de la Iglesia siempre joven, ¿no nos estamos refiriendo a esto? ¿Por qué asustarse, entonces, ante esta perspectiva?

Más allá de los documentos oficiales Cuando empecé a hablar de apologética, a muchos les pareció una toma de posición contraria a las orientaciones generales, presentes en el Concilio y en el magisterio pontificio. Y no era así. Sencillamente se partía de un presupuesto equivocado, pensando que, si algo no se encuentra en los documentos oficiales, no se encuentra en la realidad: quod non est in jure, non est in re. Un error a todas luces. En efecto, la realidad rebasa lo que se encuentra reflejado en los documentos oficiales. Y mucho cuidado con querer desconocerla o manipularla al propio antojo. La realidad es lo que es y siempre acaba con imponerse en toda su crudeza. Además, la realidad es diferente de un lugar a otro. Lo que vale para un lugar, no siempre vale para otro lugar. Mientras para un país puede servir la receta ecuménica, para otro puede ser más urgente la receta apologética, por el acoso constante de los grupos proselitistas. No siempre y para todos el fenómeno de la globalización es algo positivo. Y como siempre, los que más sufren, son los más débiles, como nos ha pasado a nosotros de América Latina, que con el pretexto del ecumenismo y el diálogo interreligioso, hemos dejado a nuestro pueblo católico sin protección ante la agresividad de los grupos proselitistas, con los resultados que todos bien conocemos. Se nos dibujó una realidad diferente, hecha solamente de comprensión, paz, amor y diálogo. De esta manera se quiso exorcizar el proselitismo religioso con sólo desconocerlo. Y ahora la realidad se nos impone: casi la mitad de Guatemala dejó de ser católica, el 35% de Brasil, el 30% de la República del Salvador, etc. Donde se impuso la Teología de la Liberación, con la vertiente actual de la Teología India, el desastre fue aún mayor: por ejemplo, en la diócesis de San Cristóbal de las Casas (México) las deserciones rebasaron el 50% de la población y el El Petén (Guatemala) tal vez el 70%. Y de todos modos, siguen en su terquedad, viviendo en su mundo imaginario,

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con el pretexto de un malentendido ecumenismo y el compromiso con los pobres. Acuérdense: podrán engañar a los ingenuos con análisis de la realidad parciales y amañados y con propuestas que tienen mucho que ver con determinadas ideologías, pero nunca podrán borrar la realidad o manipularla impunemente. La podrán ocultar con astucia, pero no eliminarla, exponiéndose en cualquier momento al más grande descalabro, una vez que manifieste su cara en toda su crudeza, una cara marcada por lo estragos, causados por el desprecio y el abandono

El papel del Magisterio ¿Dónde está la raíz del problema? En no entender correctamente la relación entre el depósito revelado, contenido en la Sagrada Escritura y la Tradición, y el Magisterio. Nunca el Magisterio puede contradecir un dato revelado preciso. Sin embargo, ¿qué pasó en la práctica? Que muchos interpretaron la doctrina y la praxis del Magisterio sobre al Ecumenismo como algo superior, un paso en adelante, con relación a la manera de ver las cosas en el pasado, algo superado, fuera de moda, como si la Apologética no tuviera nada que ver con el dato revelado. Puesto que se mencionaba muy poco la Apologética en los documentos oficiales, se pensó en un cambio doctrinal muy profundo con relación al pasado, como si la doctrina católica dependiera de la moda o los humores del momento, sin tener en cuenta la Escritura y la Tradición. Consecuencia: se borró la Apologética de los programas de enseñanza a todos los niveles. Un error garrafal, con consecuencias históricas de proporciones gigantescas, comparable al error que se cometió en el pasado con relación al asunto de los ritos chinos, que cerraron la puerta a la evangelización en China, puertas que aún quedan cerradas. Se tomaron los documentos del Magisterio aisladamente, desconectados del dato revelado, como algo absoluto, no en el contexto de la enseñanza que emana de la Biblia y la Tradición. Y de ahí se sacaron todas las consecuencias posibles, cayendo en las más grandes aberraciones, dejando al pueblo católico totalmente indefenso ante el acoso capilar y constante de parte de los grupos proselitistas, con los resultados que todos conocemos.

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Solución: siempre hay que interpretar los documentos del Magisterio en la línea de la Biblia y la Tradición, nunca al margen o en contraposición al dato revelado. En realidad, el papel del Magisterio consiste en aclarar el sentido auténtico de la Revelación, no ponerse en su lugar, añadirse a ella o presentarse como algo paralelo. ¿Cómo comportarse en la práctica? Partir siempre del dato revelado y a la luz de este dato examinar la acción del Magisterio de la Iglesia, que muchas veces tiene que ver con situaciones concretas, que son muy cambiantes y diferentes de un lugar a otro. Nunca absolutizar el papel del Magisterio, especialmente cuando se trata de asuntos pastorales o situaciones históricas particulares, un terreno muy resbaladizo y no fácilmente exento de errores.

Sentido de responsabilidad Le doy gracias a Dios, porque no todos cayeron en la trampa y muchos ya despertaron y optaron por ser realistas. Ahora bien, tú ¿cómo ves todo esto? ¿Sigues soñando en un mundo que posiblemente existió alguna vez y que ahora ya no existe y que es muy probable que no vuelva a existir por lo menos en los próximos decenios? ¿Por qué no te decides a despertar y a tomar conciencia de la realidad en que vivimos, buscando la manera de hacerle frente, a la luz de la fe y el testimonio de los grandes santos, que para lograr la salvación de las almas no escatimaros esfuerzo alguno? Un día un patrón fue al campo y, al ver a los trabajadores, se enojó y empezó a pegarles. Todos gritaron: “Patrón, ¿por qué nos pegas, si no hemos hecho nada?”. “Es precisamente por eso que les estoy pegando –contestó el patrón-: porque no hicieron nada”. Imagínense: trabajadores que no trabajan; evangelizadores, que no evangelizan; pastores que duermen tranquilamente, mientras los lobos rapaces se roban las ovejas. Actores, no simples espectadores ¿No has pensado que algún día lo mismo te puede pasar a ti, si, al venir el patrón, te encuentra sin hacer nada? Viste lo que estaba pasando y no moviste un dedo. Y se fueron tus mismos amigos, parientes e hijos. Pudiste haber hecho algo y no lo hiciste. Pudiste haber ayudado a resolver los grandes problemas, que afectan a la

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Iglesia y no lo hiciste. Te quedaste mirando, como si todo dependiera de “los de arriba” Y con eso afianzaste el sistema, en lugar de cuestionarlo. Te pregunto: “¿Por qué te portas así? ¿Por el miedo al qué dirán? ¿Por el deseo de complacer a los superiores, al pueblo en general y a los que te rodean? ¿Para evitar problemas? ¿Acaso no te dicen nada las figuras del centinela (Ez 3.16ss), el buen pastor (Jn 10,11ss), el buen samaritano (Lc 10, 39ss) y el mayordomo fiel (Mt 24, 45-51), que nos presenta la Palabra de Dios? Acuérdate: se vive una sola vez. ¿Por qué no te decides a dejar la rutina de siempre y a dar chispas, convencido de que todos podemos y tenemos que hacer algo para cambiar las cosas y contribuir con el propio granito de arena para ir dibujando cada día más un Nuevo Rostro de Iglesia? Es tiempo de despertar. Es tiempo de pasar de un estado de somnolencia y rutina, a un estado de plena lucidez y creatividad, de un estado de inconciencia a un estado de conciencia. Es la hora de la reflexión y la acción, la hora de cimentarse con la realidad para transformarla a la luz de la Palabra de Dios. ¿Qué esperas?

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Segunda Parte Objetivo
Crear un nuevo modelo de Iglesia, que esté en condiciones de atender uno por uno a todos sus miembros (Jn 10, 14) y al mismo tiempo pueda cumplir con el mandato de Cristo de hacer discípulos a todos los pueblos (Mt 28,19). En concreto: - Pasar de un catolicismo de tradición a un catolicismo de convicción, sin perder las masas. - Crear un catolicismo con dignidad y seguridad, sin complejo de inferioridad por las faltas del pasado y las deficiencias y deserciones del presente, y sin complejo de superioridad a causa de su identidad como única Iglesia de Cristo, un catolicismo capaz de vivir en un mundo plural, respetando a todos y exigiendo respeto de parte de todos. Como es fácil notar, se trata de una grande utopía, que al mismo tiempo representa un enorme reto: como pasar de una Iglesia empantanada a una Iglesia en pleno vuelo. Para algunos todo esto puede representar algo completamente irrealizable, un sueño o una quimera y nada más, como un juego o un ejercicio puramente intelectual. Allá ellos. De todos modos, tratándose de algo profundamente bíblico y teológico, no pierdo las esperanzas que algún día también ellos puedan recapacitar y sumarse a nuestra causa. No hay que olvidar que de una forma similar surgieron en el pasado los grandes movimientos, que cambiaron el curso de la historia. Es que para muchos la Iglesia es como un departamento de quejas, una agencia de ceremonias, una asociación de beneficencia o una organización no gubernamental, destinada a promover el bienestar de los pueblos. Ni modo. Sigan adelante. Algo están haciendo. Pero nosotros no estamos de acuerdo con esta manera de ver la Iglesia. Estamos convencidos de que la misión de la Iglesia va más allá. Por eso pensamos que llegó el momento de “tomar al toro por los cuernos” y lanzarnos a la enorme tarea de ir pensando en un

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nuevo modelo de Iglesia, más acorde a las expectativas del Fundador y a los tiempos actuales. Aunque estemos concientes de que la tarea nos rebasa por completo, es nuestro propósito hacer algo para avanzar en esta línea, por lo menos abrir una brecha, que cada día se hará siempre más grande. ¿Alguna estrategia mínima para lograr este objetivo? Ahí les va: - Parar la hemorragia y curar las heridas. - Fortalecer el cuerpo eclesial. - Relanzar la misión, luchando por recuperar el terreno perdido. ¿Algo imposible? El Pueblo de Dios ha superado crisis más graves. De todos modos, si alguien está convencido de que la enfermedad es tan grave que no tiene remedio, sepa que no cuenta conmigo. No es mi costumbre juntarme con los cobardes, sino con los valientes. ¿Acaso no lo dice mi mismo apellido?

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Tercera Parte Iniciativas Prácticas
A continuación presentamos una serie de iniciativas prácticas, encaminadas a lograr este objetivo. Se trata de despertar y actuar, seguros de que, cuando uno se pone en esta nueva perspectiva, no le faltarán oportunidades para inventar algo propio, lo que sin duda representará un motivo de enorme satisfacción.

1.- PRIMACÍA DE LA PALABRA DE DIOS Ya pasaron casi cinco siglos desde la Reforma Protestante y es tiempo de cerrar el capítulo, dejando a un lado el principio, carente de cualquier fundamento, según el cual la Biblia es para los protestantes y los sacramentos para los católicos. Es tiempo de reflexionar sobre nuestro estilo propio como católicos (católico, del griego kata holon = según el todo, es decir, abarcando todo: sacramentos y Biblia) y poner la Palabra de Dios en el lugar que le corresponde en la vida del cristiano, como se hizo durante los primeros siglos de la Iglesia. Biblia para todos y Biblia para todo; todo con la Biblia y nada sin la Biblia. La Biblia como texto y todo lo demás como subsidio. Primero la Biblia y después el catecismo. Biblia para la catequesis presacramental, Biblia para las prácticas de devoción popular (Rosario, Posadas, Novenario de Difuntos, Viacrucis, etc.), la celebración de los sacramentos, los encuentros de oración y la Santa Misa. Nada de hojitas o misalitos para el pueblo. La Biblia a secas. Por lo que se refiere al leccionario que se usa en la misa, sería oportuno que en los textos bíblicos se señalara el número de cada versículo, para permitir al celebrante ser preciso al citar alguna parte. Así se levanta la autoestima del católico y se da mayor riqueza y fundamento a su vida de fe. Una enorme tarea para empezar a dibujar un Nuevo Rostro de Iglesia. 2.- CENTRALIDAD DE CRISTO En el Nuevo Modelo de Iglesia, con el que soñamos, Cristo tiene que volverse en el centro de toda la vida del creyente. Cristo, 207

el único Salvador y Señor de nuestra vida, no María o algún santo preferido; Cristo, el único juez al final de nuestra vida. Ideas claras y sencillas, que tienen que penetrar en la mente y en corazón de todo católico, desde el más rudo y alejado hasta el más culto y entregado. Es tiempo de hablar claro, a costa de perder popularidad, ser rechazado de parte de los más fanáticos y ver disminuir las limosnas en las alcancías. Al estilo de los antiguos profetas, Cristo, los apóstoles y los grandes santos de todos los tiempos.

3.- EXPERIENCIA DE DIOS Y SEGURIDAD Un verdadero camino de fe tiene que llevar a un verdadero encuentro con Dios, creando en el creyente la convicción profunda de que toda su vida se desenvuelve “al amparo del Altísimo”. Estando con el Señor, el buen pastor, al creyente no le falta nada (Sal 23). Pase lo que pase, todo es para su bien (Rom 8, 28). Y todo esto es fuente de paz y seguridad para el creyente, una buena garantía para una vida sana y satisfactoria. Si no se llega a esto, es difícil para el creyente resistir a las múltiples tentaciones que hoy en día se le presentan en la búsqueda de la felicidad. 4.- EJEMPLOS DE SANTIDAD Por lo que se refiere al tema de los santos, veo importante que se trabaje en los siguientes aspectos: a) Aclarar el sentido de las imágenes y de la devoción a los santos. b) Desmitificar el papel de los santos más antiguos, aclarando su identidad histórica y viendo en qué nos pueden ayudar en el seguimiento de Cristo. c) Dar a conocer la vida de personas más cercanas a nosotros, que con más facilidad pueden representar un estímulo para nosotros por haber vivido en las mismas circunstancias. Con relación a este último aspecto, creo que se podrían dar distintos niveles de reconocimiento de su santidad de parte de la Iglesia. 1.- Vidas ejemplares. Este reconocimiento se podría dar a nivel de parroquia, pueblo o asociación religiosa.

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2.- Siervos de Dios. Este segundo paso se podría dar a nivel de diócesis, instituto de vida consagrada o movimiento apostólico. 3.- Venerables. Podría darse a nivel nacional por la conferencia episcopal del país. 4.- Beatos. A nivel continental o regional por la respetiva conferencia episcopal. 5.- Santos. Santa Sede. 5.- SACRAMENTOS Es urgente revalorar el papel de los sacramentos en la vida del cristiano. ¿Cómo? Dejando de distribuir sacramentos al por mayor, a gente que no tiene conciencia de los mismos ni cuenta con la preparación requerida. Que cada sacramento represente la culminación de un proceso de acercamiento a Dios y el inicio de una vida más santa, en la línea marcada por el mismo sacramento. Es necesario borrar la idea del sacramento como algo mágico y estático o el simple cumplimiento de un deber, como si se tratara de cumplir una promesa o un asunto puramente burocrático. Que la preparación no sea puramente teórica y doctrinal. Tiene que ser acompañada de una práctica evaluable, en que se señalen objetivos y se analicen resultados, respetando el ritmo de cada uno. Nada de fechas establecidas de antemano para que se reciba el sacramento, pase lo que pase, estén o no estén preparados. Que cada uno reciba el sacramento cuando esté realmente preparado, habiendo recorrido un verdadero camino de fe y dé garantía de cumplir con sus exigencias. Sacramentos de costumbre, como ritos mágicos, ya no. Además, la preparación a los sacramentos tiene que ser esencialmente bíblica. Alguien podría objetar: “Si nos ponemos muy estrictos en dar los sacramentos, corremos el riesgo de que un buen número de católicos se vaya retirando de la Iglesia por no poder o no querer

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cumplir con los requisitos que se les exigen. Y esto podría afectar de manera significativa al catolicismo, restándole fuerza”. Respuesta: “Sin duda, a nivel estadístico existe el peligro que disminuya el número de los miembros de la Iglesia, pero al mismo tiempo tenemos la certeza de que aumentaría el número de los católicos practicantes. Ahora bien, a nosotros ¿qué interesa más: el número o la calidad? ¿Contar con un gran número de católicos, aunque no sean practicantes, o con un menor número de católicos, que sean practicantes?” Por otro lado, ¿no es mejor que se aparten de la Iglesia los católicos, que no tienen ninguna gana de dar un paso en adelante en el camino de la fe, en lugar de que se aparten los católicos que sí quieren dar un paso en adelante y quedan decepcionados por la manera poco seria de llevarse las cosas dentro de la Iglesia y por lo mismo no encuentran otra alternativa para una vida de fe que apartarse de la Iglesia y adherirse a uno que otro grupo religioso? Viviendo en una sociedad plural, no tiene que haber miedo a ser más estrictos y exigentes. De otra manera corremos el riesgo de quedar desprestigiados, empujando a nuestros feligreses más débiles en la fe a buscar refugio en otros grupos religiosos. Pues bien, todos los que opten por entrar en esta nueva perspectiva, están colaborando para dibujar un Nuevo Rostro de Iglesia, una Iglesia más auténtica, respetada y con un futuro más alentador.

6.- PEQUEÑAS COMUNIDADES CRISTIANAS Son una exigencia de la sociedad actual, para evitar que el cristiano quede absorbido por la mentalidad dominante del ambiente, hecha de poder, orgullo y placer. Compartiendo con otros hermanos sus inquietudes, inseguridades, anhelos y valores, con mayor facilidad podrá dar una respuesta a su llamado a la santidad, no obstante todas las dificultades que le presente el mundo que lo rodea. El punto es: “¿Qué tipo de comunidad?” Respuesta: “Aquel tipo de comunidad, que más responda a la sensibilidad y exigencias de cada uno, ayudándolo a crecer en la fe”. Por lo tanto, está destinado al fracaso todo tipo de comunidad, impuesto desde arriba, que responda a propósitos de tipo funcional, sin tener en cuenta el bien real de la persona. 210

Pequeñas comunidades diferenciadas, en que el individuo pueda dar y recibir con libertad, se sienta a gusto y tenga la oportunidad de madurar como persona y creyente. Como pasa con las órdenes, las congregaciones religiosas y tantas formas más de vida consagrada. Pues bien, también el laico tiene derecho a una variedad de opciones, sin presiones de ninguna especie. ¿Que un tipo de comunidad es demasiado espiritualista? ¿Y qué? ¿Acaso en la Iglesia no existe una vertiente contemplativa? En este caso, se trata de una versión laical de la vida contemplativa. ¿Que otro tipo de comunidad está demasiado comprometido con lo social? No importa. Es su manera propia de servir a Dios y al prójimo. Tiene derecho a esta opción. ¿Acaso no hay congregaciones religiosas, dedicadas a lo social, y a nadie se le ocurre molestarlas? Que todo se haga en plena libertad y plena conciencia de estar viviendo la propia fe. ¿Qué algunas comunidades son muy cerradas y parecen sectas al interior de la Iglesia? Ni modo. Si siguen avanzando, quiere decir que responden a ciertas exigencias del hombre de hoy. En un mundo de confusión, hay personas que le tienen miedo a la libertad y necesitan ser guiadas en todos los aspectos de la vida. Como dijo Jesús, “si no están contra nosotros, están con nosotros” (Mc 9, 40). La historia dirá. Más opciones haya, mejor. Especialmente en las ciudades, que representan el tipo de sociedad del futuro. En el campo hay menos oportunidades, debido al número limitado de la gente que vive en un determinado lugar. En este caso y en la manera de lo posible, hay que favorecer el surgimiento de distintos tipos de liderazgo, que puedan dar seguridad y alimento espiritual a los feligreses de cada lugar. Que el pueblo no se sienta apachurrado por líderes, impuestos desde arriba, hechos a imagen y semejanza del pastor, con el compromiso de ordeñar a las ovejas y controlarlas. Otro aspecto que hay que cuidar: no exigir a todas las comunidades que trabajen en el aspecto profético, litúrgico y social. Que cada comunidad sirva al pueblo de Dios a su manera, dándole lo que le es propio. Lo importante es que no falte ningún servicio en la Iglesia. Como pasa en un cuerpo: cada miembro da su servicio y todo el cuerpo siente su influjo. Teniendo en cuenta todo esto, si queremos colaborar en esta grande tarea de ir dibujando un Nuevo Modelo de Iglesia, tenemos

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que favorecer cualquier tipo de comunidad, en que sus miembros al mismo tiempo tengan la oportunidad de madurar en la fe y ofrecer un servicio a todo el pueblo de Dios.

7.- MINISTERIOS LAICALES Nos fuimos por lo más fácil, es decir, por la línea cultual. En la línea pastoral y organizativa, se avanzó poco. Se habló de sectorización de la parroquia y se hicieron experiencias al respecto. Hasta ahí. No se llegó a ninguna legislación al respecto. En todas partes hay ministros de la Eucaristía “para ayudar al señor Cura a distribuir la comunión durante las misas y llevar la comunión a los enfermos”. Algo sencillo, una ayuda y nada más, sin necesidad de una gran preparación y una gran responsabilidad. Algo que no pone en peligro la autoridad “única, total e inapelable” del señor Cura. Ahora bien, los que soñamos con un Nuevo Modelo de Iglesia”, no nos sentimos satisfechos por lo que se ha hecho y se sigue haciendo. Queremos que se avance más, creando ministerios que miren a reestructurar la organización parroquial y al mismo tiempo puedan servir como peldaños para llegar al diaconado permanente. Lo que implica una mejor preparación y un verdadero entrenamiento para los posibles candidatos. Que haya coordinadores de las distintas pastorales (litúrgica, profética y social), coordinadores de barrio, colonia, pueblo, sectores, etc., gozando cada ministerio de un estatuto propio, de manera que nadie pueda acceder a él o ser removido por motivos, que no tienen nada que ver con el respeto que se debe al individuo y la comunidad (favoritismo, simpatía o antipatía, etc.), en la línea del más descarado autoritarismo. ¿Se han preguntado alguna vez por qué son tan pocos los que quieren colaborar en las actividades parroquiales? Sencillamente por la manera como se trata a la gente. Y pensar que tenemos una enorme necesidad de colaboradores, para que el pueblo católico sea atendido como se merece, a la luz del dato revelado y la experiencia de las primeras comunidades cristianas. Todos estamos convencidos de que ésta es la hora del seglar. Pues bien, es urgente reestructurar todo el quehacer eclesial de manera tal que al seglar se le dé el lugar que le corresponde.

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8.- DIACONADO PERMANENTE Con el Concilio Ecuménico Vaticano II, teniendo en cuenta a las comunidades católicas más débiles, como son de una manera especial las de América Latina y África, fue restaurado el diaconado permanente. Pero, de hecho, ¿qué pasó? Que precisamente fue allá donde menos fue aceptado. ¿La causa? El miedo de los curas a la competencia, con el peligro de ver disminuir sus entradas. Todo lo demás es puro pretexto: que el pueblo no acepta al diácono casado, que no hay dinero para prepararlo y sostenerlo, etc. Aquí encontramos una prueba más de la mentalidad egoísta y caciquil, presente en muchos pueblos en vías de desarrollo. El que está arriba, no quiere arriesgar de perder su posición de privilegio, compartiendo con otros el poder. En realidad, aunque en América Latina haya un cierto despertar vocacional, de todos modos, estamos muy lejos de vislumbrar una solución al grave problema de la atención pastoral del pueblo católico. ¿Qué puede hacer un presbítero para atender a 10-20-30 mil feligreses, a veces esparcidos en un inmenso territorio con grandes dificultades de comunicación? Una locura. Y de todos modos, los responsables se resisten a buscar ayuda. O yo o nadie. Algunos dicen que lo que puede hacer un diácono, lo puede hacer también un laico comprometido. Entonces, basta encargar a un laico y se logra lo mismo, sin necesidad de meterse en problemas con los diáconos permanentes casados. Ahora bien, teniendo en cuenta el dato revelado y la experiencia, podemos contestar que no es lo mismo. En realidad, el sacramento tiene su razón de ser y en la práctica se nota su eficacia. De hecho, donde se ha implantado el diaconado permanente con una seria preparación y un adecuado acompañamiento (no donde se han hecho las cosas al vapor, por motivos ideológicos), las cosas marchan bien y se están cosechando frutos abundantes, contando el obispo y los presbíteros con verdaderos colaboradores. Por otro lado, el restablecimiento del diaconado permanente puede ofrecer un buen antecedente y una buena base para pensar mañana en la ordenación sacerdotal, conferida a hombres casados. Según mi manera de ver las cosas, en el futuro habrá presbíteros célibes, que vivan en comunidad, y presbíteros casados, que vivan con su familia, dejando a un lado la praxis actual de presbíteros

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célibes que viven solos, algo totalmente al margen del verdadero sentir eclesial, que es esencialmente comunitario. Por otro lado, ¿cómo es posible que uno pueda formar comunidades y pastorearlas, si no cuenta con una verdadera experiencia comunitaria? Por lo tanto, luchar por implantar el diaconado permanente con varones casados, es contribuir de una manera significativa a crear un Nuevo Modelo de Iglesia, que tanta falta nos hace. Algo más. Según mi opinión, el restablecimiento del diaconado permanente representaría la piedra de toque para ver si alguien está a favor de un Nuevo Modelo de Iglesia o sigue soñando con el antiguo régimen de cristiandad. ¿Y el aspecto económico? No se necesita ningún presupuesto especial, destinado a la formación y el sostenimiento de los diáconos permanente. Más atención pastoral haya y más ingresos económicos habrá. Es la experiencia que estamos teniendo donde se ha instaurado el diaconado permanente. No se necesita un sueldo especial de parte de la diócesis o la parroquia. Se les asigna un cierto territorio o una cierta actividad de parte de la parroquia o la diócesis, y ellos mismos verán qué iniciativa tomar para hacer frente al problema económico. Además, no hay que olvidarse de la advertencia de Jesús: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo se les dará por añadidura” (Mt 6,33).

9.- CLERO Por lo general, se ve agotado, cansado, desubicado e insatisfecho, metido en todo y carente de una mística propia y de una verdadera preparación y experiencia en el campo de la pastoral. Su especialidad: el culto y los sacramentos. Al no poder hacer frente a la competencia, por falta de una visión clara acerca de la realidad eclesial y de una utopía evangélica con relación a su papel específico dentro de la Iglesia, opta por buscar una justificación “racional” a todo lo que está pasando en la Iglesia y la sociedad. Para enfrentar seriamente los problemas eclesiales, no está dispuesto a meter sobre la mesa todas las cartas. Prefiere seguir como antes, con sus privilegios y ventajas de orden económico. No está dispuesto a compartir todo con las demás fuerzas vivas de la Iglesia. Quisiera que los demás se involucraran más en la pastoral, sin ninguna recompensa de orden económico y sin poner ningún 214

límite a su poder discrecional. Estando así las cosas, sin duda el clero representa un factor de atraso más que de progreso en orden a crear un Nuevo Modelo de Iglesia. Para aparentar apertura y seguridad, en el campo religioso enarbola la bandera del ecumenismo y el diálogo interreligioso y en el campo profano se declara a favor de las causas populares, aunque en la práctica prefiera codearse con los más pudientes. Ahora bien, en orden a definir un Nuevo Modelo de Iglesia, si duda la correcta ubicación del clero en todo el conjunto eclesial representa uno de los aspectos más sobresalientes, puesto que se trata de ofrecer a todo católico la posibilidad de contar con una atención pastoral personalizada, sin exigir por otro lado a los clérigos hazañas sobrehumanas.

10.- MINISTERIO SACERDOTAL Y CELIBATO La Eucaristía es el centro y la fuente de la vida cristiana para cada comunidad, una Eucaristía que se hace y se celebra, y no una Eucaristía que se lleva y se distribuye. Por lo tanto, supeditar la celebración eucarística al carisma del celibato, parece un verdadero absurdo teológico. Es como tentar a Dios: “O sacerdotes célibes o nada”, olvidando una verdad esencial, es decir, que toda comunidad cristiana tiene derecho a su celebración eucarística o no es una verdadera comunidad cristiana, faltándole algo esencial. ¿Y qué está pasando actualmente en la mayoría de las comunidades católicas, especialmente en América Latina y en África? Que, por salvar la praxis del celibato, se quedan sin Eucaristía, es decir, sin lo fundamental para ser verdaderas comunidades cristianas. Millares y millares de aldeas, pueblitos, pueblos, barrios y colonias, sin celebración eucarística. Lo peor del caso es que se ve como normal el calo significativo de la feligresía católica a favor de un sinnúmero de agrupaciones proselitistas, bajo el pretexto de la falta de clero. Así que se está haciendo depender la misma sobrevivencia del pueblo católico de la cantidad de los ministros ordenados. Teológicamente hablando, ¿no sería lo contrario? ¿Acaso no es el ministro que tiene que estar en función de la comunidad? Más comunidades, más ministros y no viceversa. Aquí tenemos la prueba tangible de la extrema urgencia de reestructurar toda la vida de la Iglesia, partiendo del dato revelado 215

y la experiencia de las primeras comunidades cristianas, liberándonos de todas las sobreestructuras, que a lo largo de la historia se han ido creando y que ya no tienen sentido, desfigurando así el rostro de la Iglesia, un rostro lleno de arrugas, incapaz de dar seguridad y confianza a la mayoría de sus hijos, cuyo futuro se ve completamente incierto. Frente a esta realidad, me pregunto: “¿Qué más necesitamos para darnos cuenta de que nos encontramos ante un modelo eclesial ya agotado, que ya no puede cumplir con su cometido? Si no le permite atender debidamente a todos los feligreses católicos, es tiempo de cambiarlo por otro, más acorde a la situación actual, capaz de hacer frente por lo menos a las necesidades internas más apremiantes”. Aparte de esto, ¿hasta cuándo se seguirá ignorando el drama de tantos pastores de almas, que en carne propia han experimentado la fuerza del carisma ministerial y al mismo tiempo la ausencia del carisma del celibato? ¿Pastores tan celosos en el ejercicio de su ministerio y tan débiles en la vivencia del celibato?

11.- SEMINARIO Si queremos pastores de almas, capaces de vivir en comunidad, crear comunidades y pastorearlas, es necesario cambiar el tipo de formación, realizada ya no en enormes seminarios que se parecen a cuarteles militares, sino en pequeñas comunidades, que sean como cenáculos en que los futuros pastores de almas convivan en contacto continuo con sus formadores, el párroco y sus vicarios. ¿Y el seminario? Reservarlo para las clases. Normalmente habría que alternar períodos de clases, estando en el seminario, y períodos de estudio personal y grupal, viviendo en una parroquia o centro de pastoral. Así se evitará el peligro de la masificación, perdiéndose cada uno en el anonimato, y se favorecerá el espíritu y la práctica comunitaria. Aparte de esto, es necesario reestructurar la misma enseñanza que se imparte a los seminaristas. Ya no tiene que ser una simple transmisión de conocimientos, sin una referencia concreta a los destinatarios del mensaje. Los seminaristas tienen que acostumbrarse a realizar investigaciones de campo, para que conozcan la situación real de la gente que van a evangelizar y vayan haciendo ensayos para ver cómo, poco a poco, pueden ir elevando el nivel religio216

so del pueblo católico, mediante una evangelización totalmente encarnada y con resultados bien precisos. Que se trate de un verdadero análisis, que lleve a un conocimiento real de la situación religiosa, en que vive nuestro pueblo católico, teniendo en cuenta su herencia indígena, el influjo de la Nueva Era y un sinfín de prácticas supersticiosas. No un análisis desviante, que se vaya por el aspecto político y económico o sea encaminado a buscar excusas o pretextos para ver a quién echarle la culpa del fracaso, que estamos teniendo en el campo de la evangelización. Y todo esto, con la asesoría de los mismos maestros, cuya tarea tiene que ser la de formar a futuros pastores de almas y no a simples filósofos o teólogos. Para lograr esto, además, no es suficiente cuidar solamente la formación filosófica, teológica y pastoral de los candidatos al sacerdocio. Es necesario dar la debida importancia a su superación humana, ayudándolos a curar posibles heridas, superar traumas y aprender a relacionarse con los demás. Hoy en día, para formar a futuros pastores de almas, hay que echar mano de todos los recursos que ofrece la sana sicología, hasta solicitar, si se ve necesario, el apoyo del sicólogo profesional. Por lo que se refiere a la selección de los candidatos, considero incorrecto desechar ciertas vocaciones por el simple hecho que no pueden alcanzar un determinado nivel académico, que supone una mayor capacidad intelectual. Es como tentar a Dios: por un lado se le piden más vocaciones y por el otro se desechan las que Dios manda, por no cumplir ciertos requisitos de orden académico, necesarios para alcanzar una licenciatura en filosofía o teología. Me pregunto: “¿Qué tiene que ver la vocación con la licenciatura?” Que haya más opciones de formación académica para acceder a las órdenes sagradas: con licenciatura o sin licenciatura, cursos normales y cursos más largos para los que tengan menos capacidad. Que se respete la manera de ser y el ritmo de cada alumno. Que haya más atención personalizada para cada candidato al ministerio sacerdotal.

12.- VIDA CONSAGRADA Hay que reubicarla para que tenga sentido en la nueva sociedad plural. Como tuvo su razón de ser durante las primeras generaciones cristianas, la edad media y los siglos pasados, así tiene que

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encontrar su razón de ser en las distintas situaciones del mundo actual. De hecho, ya se vislumbra una solución “evangélica”, no económica, al problema: que se avoque a la contemplación y a la evangelización. Sin preocuparse demasiado por el aspecto económico. Como signo de una manera diferente de ver las cosas, un trampolín para entrar en otra dimensión de la existencia, una clara invitación a una vida de fe. En realidad, o la vida consagrada cuestiona o no tiene sentido. ¿Y las empresas educativas y sanitarias’? Que pasen a las manos de los “empresarios” laicos, mientras las religiosas se reserven el cuidado de la fe. ¿Y el carisma de los fundadores? No hay que olvidar que cada carisma tiene mucho que ver con las circunstancias concretas en que surgió, como respuesta a problemas concretos. Por lo tanto, no hay que mantenerlos en vida “artificialmente”, corriendo el riesgo de quedarse “desfasados”. Por otro lado, ¿hasta cuándo seguiremos llenando los vacíos, que deja el Estado? Haciendo esto, estamos creando nuevos vacíos, que vienen a llenar un sinfín de organizaciones religiosas proselitistas, que se aprovechan de todo para engrosar sus filas. ¿Qué es lo que hoy en día es más urgente para que la Iglesia pueda cumplir con su misión? Pues bien, hacia esto tenemos que apuntar todas las baterías.

13.- LAS MASAS CATÓLICAS ¿Cómo ponerlas en marcha, sacándolas del actual estado de estancamiento en que se encuentran? Es el gran reto que tenemos que enfrentar como Iglesia. En lugar de darlas por perdidas y despreciarlas, relegándolas en la así llamada “religiosidad popular”, no obstante que representen en principal soporte económico de todo el aparato eclesial, tenemos que ver qué hacer para despertarlas y ponerlas en marcha, ayudándolas a dar pasos concretos en orden a una vida auténticamente cristiana. A imitación de lo que están haciendo los grupos religiosos proselitistas para alejarlas de la Iglesia Católica, nosotros tenemos que afinar alguna estrategia práctica para acercarnos a ellas y tratar de injertarlas en el tejido vivo de la Iglesia. ¿Cuáles podrían ser los puntos básicos de esta estrategia?

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Manejando un lenguaje de tipo militar, podríamos hablar de tres etapas o aspectos diferentes: a) Bombardeo constante mediante los medios de comunicación masiva (fuerza aérea). b) Acercamiento a las masas mediante el teatro, los congresos, las fiestas patronales, los desfiles con carros alegóricos bíblicos, etc., dando mensajes por las calles con aparatos de sonido portátiles o instalados en carros o triciclos, etc. (artillería). c) Contacto personal, casa por casa e individuo por individuo (infantería). Según el caso, el contenido puede ser de evangelización o preevangelización, manejando un lenguaje fácilmente accesible a las masas, apto para cuestionar y llevar a cada individuo hacia un encuentro personal con Cristo y su Iglesia. Es tiempo de tomar las cosas con mayor seriedad, dejándonos cuestionar por la Palabra de Dios, que nos invita a mirar con ojos de misericordia a las masas católicas alejadas, vistas como “ovejas perdidas” o “sin pastor”, a las que tenemos la obligación de anunciarles el Evangelio (Mt 10, 6 y Mc 6,34.37).

14.- RELIGIOSIDAD POPULAR No hay que verla como algo intocable, una religión aparte o un camino de salvación paralelo, cuyas características fundamentales serían la ignorancia y una mezcla de supersticiones, sino como un camino truncado, que necesita apoyo para llegar a la plenitud en Cristo y su Iglesia. O seguiremos perdiendo gente por el acoso constante de los grupos proselitistas, que entre la gente metida en la religiosidad popular están cosechando sus mejores triunfos. En realidad, se trata de personas que cuentan con un fuerte sentimiento religioso y al mismo tiempo carecen de un sólido fundamento, que les permita resistir a los ataques de los enemigos de la fe católica. Si se quiere poner un alto al constante éxodo hacia los grupos proselitistas de parte de los católicos, metidos en la religiosidad popular, que son la mayoría, es necesario insistir en su formación y práctica de vida cristiana.

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Que el enaltecimiento de los valores presentes en la religiosidad popular no vaya a representar un pretexto para abandonarla a su destino, privándola de las enormes riquezas presentes en el Evangelio.

15.- APOLOGÉTICA Y ECUMENISMO Por la movilidad demográfica y los medios de comunicación masiva, el pluralismo cultural y religioso es ya una realidad imprescindible. Ya no es posible vivir como si no hubiera otras maneras de pensar y vivir. Por lo tanto, urge aprender a vivir en este nuevo contexto social, sin añoranza por el pasado, sabiendo que este nuevo estilo de vida marcará el futuro de la humanidad. Hay que aprender a vivir la ley del amor hacia todos, viendo en cada ser humano la imagen de Dios y el mismo destino a la felicidad en un encuentro definitivo con Él. Respeto, tolerancia y diálogo tienen que marcar las relaciones entre todos los seres humanos, más allá de toda diferencia o discrepancia a nivel político, filosófico o religioso. Ahora bien, para que esto sea posible, se necesita que cada uno conozca la propia identidad. De otra manera, no podrá haber diálogo, sino monólogos de parte de los más atrevidos y aceptación pasiva y automarginación de parte de los demás. Y puesto que hoy en día el proselitismo religioso es un hecho, que está a la vista de todos, para que el católico pueda sentirse seguro y con dignidad, es urgente que conozca las bases de su fe de tal manera que pueda dar una respuesta a los que lo cuestionan y tratan de perturbarlo en su fe. Hoy más que nunca es necesario que el católico esté preparado para dialogar con todos y defender su fe, cuando alguien trata de atacarla. Es tiempo de borrar la idea de una oposición entre la apologética y el ecumenismo. Hay que aprender a dialogar con los que son respetuosos y a defender la propia fe con relación a los que tratan de desprestigiarla. Hay que ser realistas, tratando de vivir en el mundo concreto en que nos encontramos, dejando a un lado el mundo puramente imaginario, donde hay puro amor y respeto, sin que nadie atente contra la dignidad y los valores ajenos.

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Ahora bien, ¿cómo andamos en este aspecto? Un desastre. Se quitó la apologética de la enseñanza, que se imparte en los seminarios y en todos los demás centros de formación a nivel oficial. Nos están comiendo el mandado y seguimos preparando a las nuevas generaciones de sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos “como si no existiera el proselitismo religioso”. Un error histórico, que nos está costando demasiado caro. Y de todos modos, muchos prefieren continuar con la política del avestruz, que pone la cabeza bajo la arena para no ver lo que está pasando a su alrededor y sentirse libre de toda responsabilidad. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo se seguirá ignorando la presencia de los grupos proselitistas en nuestras comunidades? Se estudia el budismo, el islamismo y el hinduismo, y no se estudia todo lo referente a los grupos proselitistas, que nos están afectando directamente. ¿Hasta cuándo seguiremos tercos con nuestro malentendido ecumenismo y diálogo interreligioso?

16.- PASTORAL SOCIAL Cajas de ahorro Hay muchas iniciativas al respecto, entre las cuales destacan las cajas de ahorro, que representan una verdadera educación para la libertad y la dignidad, puesto que ayudan a los más pobres y débiles a no caer bajo las garras de los usureros y los explotadores. Sin embargo, hay que reconocer que son pocos los que están integrados en las cajas de ahorro. La mayoría de los pobres siguen sin orientación y protección alguna, a la merced de gente sin escrúpulo, que se aprovecha de ellos para acrecentar sus ganancias. Miniproyectos Según mi opinión, sería deseable que dentro de la Iglesia surgieran algunas instituciones, destinada a financiar miniproyectos, que permitieran a los pobres levantar un poco la cabeza y arrancar. Canalizando hacia estas instituciones algunos recursos de las entidades católicas (diócesis, parroquias, congregaciones religiosas, asociaciones y movimientos apostólicos, etc.), sería posible echar andar esta iniciativa, logrando dar un apoyo consistente a las capas más desprotegidas y marginadas de la sociedad, promoviendo el desarrollo de los pueblos de una manera muy sencilla y eficaz, yendo más allá de la simple limosna. 221

17.- ORGANIZACIÓN PASTORAL Un cenáculo de servidores Hay que borrar el concepto y la praxis de la parroquia como una encomienda o un feudo. El párroco tiene que tomar su papel de ministro, es decir, un servidor y nada más, no un dueño o cacique. Un servidor, rodeado de otros servidores, cada uno con un papel específico que desempeñar, un papel aceptado y reconocido por toda la comunidad. Pues bien, aceptar y reconocer el papel de cada servidor de la comunidad tiene que ser la norma básica, que tiene que regir la relación entre todos. A como dé lugar, hay que desterrar de nuestras comunidades la idea del mandamás, que en cualquier momento puede desconocer el papel de cualquier otro servidor y despedirlo así nomás. Según mi opinión, a esta falta de organización se debe la crítica generalizada que existe con relación a la manera de actuar del clero. Por un lado, éste se reserva todas las decisiones y responsabilidades, que se refieren a la vida de la comunidad cristiana, y por el otro no logra cumplir con todos los relativos compromisos, lo que provoca en el pueblo una profunda decepción. ¿Por qué, entonces, no establecer distintos niveles de decisiones y responsabilidades al interior de la comunidad, de manera que no todo dependa directamente del clero? En realidad, no conviene elevar demasiado del papel del clero, sabiendo que no va a poder cumplir con las expectativas que se van creando en el pueblo. Mejor repartir todo entre los miembros más destacados y comprometidos de la comunidad, de manera que resulte más fácil para cada uno cumplir con lo asignado. Reestructuración Es lo que todos estamos esperando, teniendo en cuenta un principio fundamental: al centro tiene que estar el pueblo de Dios y no el ministro. Por lo tanto, tiene que haber tantos ministros, cuanto sean necesarios para el buen funcionamiento del cuerpo eclesial. Lo mismo se tiene que decir con relación a las estructuras, que siempre tienen que estar al servicio de la Iglesia y no viceversa. Por lo tanto, hay que ver caso por caso si una estructura sirve o no. Si no sirve, hay que eliminarla, creando nuevas estructuras, según la necesi-

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dad. En realidad, la Iglesia no es un museo, sino un cuerpo vivo, que necesita rehacerse continuamente para poder estar sano y cumplir con su misión. Teniendo presente todo esto, si queremos una Iglesia siempre joven y saludable, más que fijar la mirada en el pasado, tenemos que fijarla en el presente y en el futuro. El pasado nos servirá como punto de referencia, para evitar los excesos o salirnos fuera del camino trazado por el Fundador hace casi dos mil años. Además, tenemos que estar convencidos de que, en esta labor de puesta al día, todos podemos y debemos colaborar con nuestro granito de arena y no esperar que desde arriba nos vengan todas las luces, como si el papa y los obispos tuvieran la exclusividad de la intuición. En los asuntos prácticos, todos tenemos el derecho y el deber de decir nuestra palabra y aportar nuestra experiencia, sin excluir el papel propio del especialista en asuntos de investigación, experimentación y planeación.

18.- LA PARROQUIA COMO EMPRESA Para el católico común, hablar de negocio, es hablar de estafa, engaño, algo que tiene que ver con la explotación de los demás. No se piensa en los beneficios que puede generar un negocio, sea para el dueño que para los demás. Lo mismo con relación a la empresa. Todos quieren trabajar en una empresa, pero ¡ay del empresario!, que es visto siempre como el explotador, es decir, el que gana más a costillas de los trabajadores. Viendo las cosas de esta manera, a nadie se le ocurre hablar de una parroquia o diócesis como empresa o negocio, o de un obispo o párroco como empresario. Pero, ¿qué tal si se empieza a ver las cosas desde esta nueva perspectiva? Se empieza a actuar de otra manera, no dejándolo todo a la improvisación o a los humores del momento, sino haciendo todo lo posible para que las cosas funcionen, no cayendo en la rutina, sino inventando cualquier cosa para que la empresa prospere. Si se ve que la empresa-parroquia necesita más personal para su funcionamiento, hay que proporcionárselo. No hay ninguna razón para reducir el personal al párroco, la secretaria y el sacristán. Más personal, mejor atención pastoral y más ingresos. Una buena administración parroquial da para todo y para todos. También para algunos diáconos permanentes y agentes de pastoral a tiempo com-

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pleto o a medio tiempo. Todo es cuestión de organización. Se gasta para construir templos y adornarlos; en ocasiones se despilfarra dinero en carros lujosos y largas vacaciones en el extranjero.... ¡y no hay dinero para la evangelización y la atención pastoral del pueblo! Además, actuando así, la Iglesia tiene la oportunidad de colaborar de una manera más efectiva al desarrollo de la sociedad, creando fuentes de trabajo remunerado con gente dedicada a la pastoral. Si una agrupación religiosa no católica por cada 50-100 miembros cuenta por lo menos con una o dos personas que viven del culto, ¿por qué también nosotros no podemos hacer algo parecido? ¡Imagínense a cuánta gente podríamos proporcionar un empleo y cuántos católicos podrían tener la oportunidad de ser mejor atendidos! Pues bien, para estimular en una parroquia el espíritu de iniciativa y al mismo tiempo detectar su nivel organizativo en orden a una pastoral más efectiva, considero conveniente que cada parroquia informe a la diócesis acerca de la cantidad de personas que están a su servicio a tiempo completo o medio tiempo, su desempeño en la línea administrativa o pastoral y la manera de alcanzar los fondos económicos para su sustento. Hoy en día, es urgente dejar de pensar en la parroquia como un feudo o una encomienda (beneficio), destinada a proporcionar el sustento al clero, para empezar a pensar en la parroquia como una empresa, destinada a proporcionar bienes espirituales a un determinado número de personas y al mismo tiempo sostener económicamente a todos los que estén involucrados en su funcionamiento. Para lograr esto, en lugar de pensar solamente en “sacar”, hay que pensar en “invertir” en la parroquia, para que funcione mejor y ofrezca el máximo provecho para todos. Pues bien, todo lo que se haga en este sentido, contribuye a dibujar un Nuevo Rostro de Iglesia, una Iglesia más joven y atractiva, más preocupada por el bien de sus hijos y de toda la comunidad.

19.- CONSEJO PARROQUIAL Tiene que ser al alma y el motor de la vida parroquial, la institución a la cual tienen que llegar todas las propuestas y todos los proyectos y de donde tienen que salir todas las orientaciones y decisiones fundamentales para la marcha de todo el conjunto parroquial.

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De otra manera, se va hacia el fracaso, como pasa con tantas parroquias, que languidecen por falta de iniciativa y planeación. Lo que entra sale y cada quien hace lo que puede, a la buena de Dios, sin planes concretos y sin continuidad. Es tiempo de acabar con esta costumbre. Es tiempo de aprender a organizarse bien para llevar a cabo la misión, que Cristo ha confiado a su Iglesia.

20.- CONSEJO ECONÓMICO PARA LA EVANGLIZACIÓN Por lo general, todas las colectas que se hacen en las comunidades, están destinadas a realizar obras materiales, especialmente para la construcción. Ahora es tiempo de tomar conciencia de que se necesitan fondos, que sirvan directamente para la evangelización. En efecto, es necesario que algún catequista vaya a prepararse mejor en algún instituto especializado, que alguien se dedique a visitar las comunidades dedicando energías y perdiendo días de trabajo, teniendo en cuenta que los mejores evangelizadores son gente casada y por lo tanto con responsabilidades familiares, ¿Cómo realizar esto? Que en cada parroquia haya un Comité de Economía para la Evangelización. ¿Cómo conseguir los fondos necesarios para realizar un sinfín de iniciativas útiles para la evangelización? Haciendo una colecta especial en todos los templos de la parroquia, buscando bienhechores, organizando rifas, pidiendo café, maíz, frijol, algodón... en tiempos de cosecha y entregando el dinero correspondiente a dicho comité. Como la comunidad cristiana se preocupa por sostener el seminario, así tiene que preocuparse para promover la evangelización, procurando una mejor formación de los agentes de pastoral, ayudando a los que dedican más tiempo al apostolado con detrimento de su trabajo y sosteniendo cualquier otra iniciativa que se considere conveniente (dulces a los niños que acuden al catecismo, mesas de juegos y artículos deportivos para los jóvenes que frecuentan nuestros ambientes, etc.). Ojalá que algún día en cada parroquia pueda haber, aparte del sacerdote y alguna religiosa, un cierto número de seglares, también casados, que puedan dedicar todo su tiempo o gran parte de ello a la evangelización. 225

«La cosecha es abundante y los obreros son pocos» (Lc 10, 2). Hay que hacer algo para resolver este grave problema de los obreros del Evangelio. Y el aspecto económico seguramente representa uno de los obstáculos más graves que estamos llamados a superar con espíritu de firmeza y decisión. No basta decir: «Es mucho el trabajo; no me doy abasto para atender a tanta gente», mientras se quedan pueblos completamente abandonados y sectores sociales sin cuidado pastoral. Hay que pensar, moverse, buscar nuevos «obreros del Evangelio». Hermano catequista y laico comprometido, acuérdate que mucho depende de ti. Tú tienes que hablar a la comunidad e ir promoviendo esta idea para que la evangelización no se atasque. Y tienes que dar el ejemplo, cooperando personalmente y organizando iniciativas para que el Comité de Economía para la Evangelización pueda contar con los fondos necesarios. No te dejes vencer por la envidia, cuando veas que un compañero tuyo fue promovido para algún ministerio o fue escogido para participar en algún curso de especialización, y no tú. Lo que tienes que buscar es el bien de la Iglesia y no tu prestigio personal. La construcción del Reino de Dios tiene que ser tu máxima preocupación.

21.- JERARQUÍA Que se avoque más a su papel específico de llevar adelante la misión, que le ha sido confiado por el Fundador. Menos coqueteos con la clase política y empresarial. Menos actitudes y discursos “políticamente correctos”. Más espíritu evangélico: sí sí, no no. Más que buscar el prestigio y la gloria de los hombres, que se avoque a llevar adelante el proyecto del Padre. Más preocupación por los de adentro, para que se vuelvan “discípulos y misioneros” de Cristo. Más precisión en sus discursos, dirigiéndose a interlocutores precisos con el afán de acercar a todos a las fuentes de la salvación. Que en el ejercicio de su ministerio sea más dialogante, realmente preocupada por el bien del rebaño que le ha sido confiado y respetuosa de su dignidad; que impulse los carismas, sepa discernir

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entre el trigo y la paja y esté atenta a los signos de los tiempos; que no le tenga miedo al cambio y mire más hacia el futuro que al pasado. Queremos pastores, dispuestos a enfrentar con valentía los problemas reales; que no traten de ignorarlos o postergar continuamente su solución. No queremos gente intelectual, que se pasa su tiempo en la biblioteca, el escritorio o en puras ceremonias. Soñamos con verdaderos pastores-evangelizadores, que sepan orientar oportunamente en el arte de transmitir el mensaje de la salvación.

22- LENGUAJE Actualmente el lenguaje eclesiástico está excesivamente sobrecargado de elementos filosófico-teológicos, de difícil comprensión para la masa en general y también para la gente, que cuenta con una cierta cultura. Hay mucho que hacer en este aspecto. De otra manera, la gran mayoría del pueblo católico queda excluida de las grandes riquezas, representadas por el enorme patrimonio cultural y religioso, que se encierra en la Iglesia Católica. Cultura actual Para empezar, es urgente revisar todos los textos litúrgicos, cuyo contenido es demasiado conciso y conceptual, al estilo latino. Es necesario explicitarlo más, dándole un colorido más acorde a la sensibilidad actual. Por lo que se refiere a la sociedad en general, si queremos influir en el mundo de la cultura, tenemos que buscar nuevos vehículos de expresión, como son el arte, la poesía, la novela, el cine, el teatro, etc. Solamente así será posible transmitir el Evangelio al hombre de hoy, manejando el lenguaje cultural que le es propio. De otra manera, seguiremos marginados de la grande cultura, que están asimilando nuestros mismos feligreses, ensanchando aún más la brecha que existe entre la fe y la razón, lo que se cree en el templo y lo que se piensa y vive fuera del templo. Es tiempo de que, sin abandonar por completo las categorías filosófico-teológicas, que representan el urdimbre fundamental de la doctrina y el dogma católico, aprendamos a manejar con soltura el lenguaje actual, menos preciso y más sugerente, para entrar en el mundo cultural actual y cumplir con nuestra misión de ser “sal de la tierra” y “luz del mundo” (Mt 5, 13-14).

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Cambios urgentes 1.- Adoración de la cruz. Es una expresión desafortunada. Evidentemente no se trata de la cruz de madera, sino del “misterio de la cruz”, es decir de Jesús que murió en la cruz. Baste leer lo que encontramos en la tercena antífona de los laudes del viernes santo: “Tu cruz adoramos y tu santa resurrección alabamos”. Se relaciona la cruz con la resurrección, es decir, la muerte de Jesús en la cruz con su resurrección. En otras palabras se está hablando de Jesús, muerto en la cruz y resucitado. De todos modos, la expresión “adoración de la cruz” se presta a cierta confusión. ¿Por qué non sustituirla con otra más clara, por ejemplo, “Jesús, muerto en la cruz”? Así se evitarán las críticas de parte de los grupos proselitistas y cierta confusión, que puede surgir en los ambientes católicos menos ilustrados. 2.- Ave María. Se trata de una oración muy popular. Por lo tanto, es oportuno ser muy cautelosos en el lenguaje, para que no se preste a confusión y no se dé pie a los ataques de los grupos proselitistas. - Dios te salve. Sencillamente se trata de una manera antigua de saludar. Sin embargo, esta expresión, tomada al pie de la letra, puede inducir al error, como si se pidiera a Dios que salvara a María, lo que echaría abajo todos sus privilegios, haciendo de María una persona menos afortunada que cualquier otro creyente. Y es precisamente lo que hacen notar los miembros de los grupos proselitistas. ¿Qué hacer, entonces? Cambiar esta expresión con otra más clara y más conforme con el dato bíblico: “Alégrate”. - Llena de gracia. ¿Qué quiere decir la palabra “gracia”? Cada quien la entiende como quiere o no entiende nada. ¿Por qué, entonces, no cambiarla por algo, que todos pueden fácilmente entender? Algunos sugieren la expresión “favor de Dios”. De mi parte, aun la veo bastante com-

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plicada a nivel popular, aunque más precisa. Yo cambiaría la palabra “gracia” por “amor de Dios”. Algo muy sencillo y claro, que no se presta a ninguna confusión.

- Madre de Dios. Para el teólogo el asunto es muy claro: “María dio el cuerpo a Jesús, que es verdadero Dios y verdadero hombre. De todos modos, puesto que la naturaleza humana fue asumida por la persona del Verbo y que el Verbo es Dios, María puede ser llamada “Madre de Dios”. Algo sencillo para el teólogo, pero no para el hombre de la calle, que no maneja el mismo lenguaje filosófico y por lo tanto difícilmente entiende la diferencia entre persona y naturaleza. ¿Por qué, entonces, no cortar por lo sano, sustituyendo la expresión “Madre de Dios” por otra más sencilla y actual, que puede ser “Madre de Jesús y Madre nuestra”? ¿Por qué meter al pueblo sencillo en asuntos teológicos, que tantas discusiones causaron en la Iglesia de los primeros siglos? 23.- CULTURA DE MASA En el campo de la editorial católica ha habido poca sensibilidad con relación a la cultura de masa. Ha pasado lo mismo que con los colegios católicos: espíritu capillista, elitista y capitalista. Por un lado un discurso demagógico de apoyo a los pobres y por el otro un coqueteo constante con las clases empresariales y políticas, respondiendo a sus expectativas de competencia profesional y alto rendimiento académico, y con eso poder contar con mejores ingresos económicos. Es tiempo de cambiar. Es tiempo de empezar a pensar en las enormes potencialidades encerradas en las masas populares católicas, cuya elevación cultural y moral puede transformar de raíz el panorama total de la Iglesia y la sociedad. ¿Cómo lograr esto? Adecuando nuestro lenguaje a su mentalidad, teniendo en cuenta sus expectativas y su manera propia de sentir, aprender y expresarse. Es tiempo de pensar en una cultura de masa, en la cual las masas católicas se vean reflejadas e identificadas, algo que el pueblo católico, a nivel masivo, pueda fácilmente comprender y asimilar, y lo ponga en actitud activa y crítica ante el libro, el audio, el video o la película. 229

No se trata de una cultura barata, que, en lugar de elevar el nivel cultural y moral del pueblo, lo hunda más o rezague en asuntos puramente sexuales o de violencia, como está pasando actualmente con muchos medios de comunicación masiva, sino de manejar oportunamente su lenguaje y mentalidad propia para abordar los temas más vitales para el desarrollo del ser humano y llevarlo hacia las cumbres de la verdad y el amor en un camino de verdadera humanización y divinización, lo que es propio de la fe cristiana. Y todo esto, hecho con pasión, entendiendo, viviendo y expresando el drama del ser humano en su anhelo hacia la felicidad, debatiéndose en todo tipo de carencias, desequilibrios y aberraciones. En un plan de comprensión, no de juicio, de hermano a hermano, no de maestro a alumno. En realidad, se trata de crear una verdadera cultura de masa en contraposición a una cultura de elite, como está pasando en la actualidad, no de ofrecer recetas y nada más. Una cultura en que se desborden las pasiones y se pueda descubrir la presencia de los valores cristianos, en la manera de enfrentar la realidad y solucionar los problemas. Una cultura que abarque todo el panorama del contenido católico, desde la preevangelización hasta las más altas cumbres de la contemplación. Y todo esto, traducido en categorías culturales fácilmente asequibles a las masas católicas. Que poco a poco nuestras masas católicas, marginadas por el lenguaje técnico con que se manejan nuestros contenidos, puedan acceder al núcleo del pensamiento católico y volverse en válidos interlocutores. Que salgan de la situación de apatía y desinterés, en que se encuentran actualmente, y se vuelvan receptivas, críticas y propositivas. Que dejen de limitarse a escuchar y empiecen a hacer oír su voz, una voz tal vez discordante, poco agradable a los oídos más refinados y con tonalidades tan variadas cuantas son las posibilidades concretas en que el ser humano se desenvuelva. Todo esto implica un cambio de mentalidad al interior de la Iglesia, haciendo de la opción preferencial a favor de los pobres, que en nuestro caso son las masas católicas marginadas del gran festín de la fe, algo más que una etiqueta. Que poco a poco se vaya creando, dentro de la Iglesia, un espíritu de verdadera simpatía y compromiso a favor de las masas católicas poco ilustradas y poco practicantes, para que, utilizando todos los recursos que las distintas expresiones culturales y la tecnología actual ponen a nuestra disposición, podamos ayudarlas a disfrutar de las enormes riquezas presentes en el patrimonio cultural católico.

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Un enorme reto para el clero y el laicado, el intelectual y el empresario católico, para producir y poner en circulación algo realmente valioso, que responda a las expectativas de las masas populares y al mismo tiempo sea accesible para su bolsillo; un reto pendiente en la configuración de un Nuevo Rostro de Iglesia; una invitación para todos a cimentarse con la realidad para ir transformándola cada día más a la luz del Evangelio.

24.- IGLESIA: TALLER DE HUMANISMO Son muchos los problemas que aquejan al hombre de hoy. ¿Cómo solucionarlos? ¿Con pura doctrina? No. Se necesita el ejemplo. Que los discípulos de Cristo podamos ofrecer al mundo el ejemplo de cómo es posible enfrentarlos y solucionarlos de una manera diferente, sin acudir a la violencia, sin corrupción, ni autoritarismo. No basta que la Iglesia sea «maestra de humanismo»; tiene que volverse en un «taller de humanismo», donde sea posible establecer relaciones más humanas y cada hombre tenga la oportunidad de realizarse plenamente, confiando totalmente en el hermano, dando lo mejor de sí mismo y ayudando a todos a vivir la ley del amor. Después, acostumbrados a este nuevo estilo de vida, no será difícil trasladarlo a la sociedad entera. Un enorme reto para toda la iglesia, cada comunidad en particular y cada bautizado. CONCLUSIÓN Es tiempo de agarrar al toro por los cuernos, es decir, detectar las causas más profundas de nuestro malestar y nuestro atraso en el sistema eclesial y poner el remedio que se necesita, con miras a parar de una vez la actual sangría que estamos sufriendo y empezar a despegar el vuelo. Basta de dar golpes en el aire, entreteniéndonos en asuntos marginales, que no enfrentan el problema desde la raíz. Todos estamos invitados a dar nuestro aporte, para que podamos cada día ir dibujando un Nuevo Rostro de Iglesia, a la altura de los tiempos actuales. Cada uno, desde su trinchera, puede y debe hacer algo. No dejemos todo el paquete a la jerarquía, como si tuviera una varita mágica, capaz de solucionar cualquier problema. Su competencia específica consiste en discernir las propuestas y unificar los esfuerzos.

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Habrá resistencia de parte de muchos, claro. De todos modos, ante el “esplendor de la verdad”, será difícil resistir por mucho tiempo. Y la verdad es que los tiempos cambiaron y por lo tanto el “vino nuevo”, que es el eterno Evangelio que se hace novedad cada día en cada hombre y circunstancia, necesita “odres nuevos”, es decir, nuevas estructuras o vehículos para llegar a todos. A luchar, entonces, con valor y confianza. Alea iacta est. Se echaron los dados. Empezó el partido. El que tenga más saliva, que trague más pinole. Ojalá que estas simples pinceladas (propuestas) representen un estímulo (provocación), para que otros, con más intuición y competencia, logren completar el cuadro, a la luz del Evangelio y las exigencias y expectativas del hombre de hoy. Oremus ad invicem.

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TAREA 1. ¿Qué opinas acerca del objetivo general, que tendrìa que perseguir la Iglesia en toda su actividad? a) Es correcto b) No es correcto Explica el por qué.

2. ¿Cuáles iniciativas concretas te llaman más la atención? a) b) c) d) e) 3. ¿Cuáles iniciativas te parecen irrealizables? a) b) c) d) e) ¿Por qué?

4. En general, ¿qué opinas acerca de lo qie se propone aquí para crear un Nuevo Modelo de Iglesia?

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Quinta Parte

EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN
Reflexiones para una puesta al día

¿Por qué este sacramento está en crisis, teniendo en cuenta la enorme necesidad de apoyos que tiene el hombre actual para liberarse de todo tipo de traumas y fortalecerse ante una sociedad demasiado violenta? ¿No será por su manera de celebrarse, demasiado fría y alejada del sentir del hombre actual? ¿Qué tal si empezamos a escarbar en la praxis de las primeras comunidades cristianas (Mt l8, 15-18; Gál 6, 1-2; Stgo 5, 1620; 1Jn 5, 16) y nos dejamos contagiar por su enorme valor terapéutico en la línea de una verdadera restauración del creyente?

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Mientras por un lado aumentan los confesores laicos (sicólogos y comunicadores sociales), dispuestos a escuchar y ayudar a la gente necesitada de alguna orientación, un aliento o una verdadera terapia, los confesores oficiales tienen poco trabajo. ¿Por qué? Porque el Sacramento de la Reconciliación, en la manera de celebrarse y en los frutos que produce, aún no satisface ni al penitente ni al confesor. ¿A qué se debe? Es lo que queremos profundizar.

1.- El apoyo de la sicología Para que funcione mejor el Sacramento de la Reconciliación, más que a un juez, el confesor tiene que parecerse a un amigo, un guía espiritual, un sicólogo y un médico, en la línea del gurú, el chamán y el brujo. Uno que esté de tu parte para ayudarte a resolver tus problemas, contando con una preparación, una experiencia, una autoridad y un poder especial, que tiene que ver con la ciencia y con Dios. Lo máximo que se pueda esperar en este mundo. ¿Cómo estamos en este aspecto? ¿Se están preparando a los confesores en esta línea? ¿Qué saben de terapia individual y grupal? Un vacío que hay que llenar. 2.- Visión global del hombre Como el pecado afecta a todo el ser humano en su relación con Dios, el prójimo, la propia persona y la naturaleza, lo mismo tiene que pasar con el Sacramento de la Reconciliación, que tiene que ver con la restauración total del hombre a todos los niveles. No basta que se ponga en paz con Dios y el prójimo. Tiene que ponerse en paz también consigo mismo y el entorno en que vive, tratando de sanar desde adentro hasta lograr una nueva manera de situarse frente a toda la realidad que lo rodea y pervade. 3.- Intervención de la comunidad Pues bien, para lograr esto, no basta la participación del ministro de la Iglesia. También la comunidad puede y en algunos casos es conveniente que intervenga para el bien de sus miembros enfermos. En el fondo, no hay que olvidar que el hombre es un ser social y por lo tanto necesita del apoyo de otros para poder madurar y crecer.

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- El ejemplo de Jesús. La misma Biblia va en este sentido: Jesús cura a gente que escoge libremente (Mc 3, 1-6) o se le presenta espontáneamente (Mc 1, 40-45) y a gente que es llevada a Él o por la cual intercede alguien. Recordemos a la cananea que intercede por su hija (Mc 7, 2430), al centurión romano que intercede por su criado (Mt 8, 5-13), al jefe de la sinagoga que intercede por su hija (Mc 5, 22-24.35-42), a los amigos que llevan al paralítico y éste recibe la sanación física y el perdón de los pecados (Mc 2,3-11), a Marta y María que interceden por el hermano Lázaro (Jn 11, 1-44), etc. Todo esto nos habla en favor del papel de la comunidad en orden a la salvación física y espiritual del individuo. Pues bien, ¿por qué aplicar esto solamente al bautismo de los niños (Hech 16,15.31: toda la familia) y no extenderlo también al perdón de los pecados cometidos después del bautismo? ¿Acaso por el simple hecho de tener el uso de la razón uno ya tiene que arreglárselas a solas, sin el apoyo de la comunidad? -La praxis de los primeros cristianos. El apóstol Santiago invita a “confesar mutuamente los propios pecados y orar los unos por los otros para quedar sanados” (Stgo 5,16). Además, sea en el Antiguo (Ez 3,16ss) que en el Nuevo Testamento (Gál 6,1-2; 1Jn 5,16;Stgo 5,19-20), es constante la preocupación para la salvación de los hermanos. En la praxis posterior, en el ejercicio de este ministerio, encontramos la intervención de la comunidad, que intercede a favor del pecador en orden a reducir las penas o readmitirlo a la comunión. Ahora bien, ¿por qué olvidar una experiencia tan rica de las primeras comunidades cristianas y no hacer el intento de incluirla en la actual celebración del Sacramento de la Reconciliación, teniendo en cuenta su enorme valor terapéutico? 4.- Sentido del secreto Si en el Sacramento de la Reconciliación se exige el secreto de parte del confesor, es para proteger al penitente, no para reducir a dos el número de los que intervienen en la celebración de este sacramento: el penitente y el confesor. Así que, si intervienen otras

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personas, no hay problema. Lo importante es que se salvaguarde la libertad y el buen nombre del penitente. Por lo tanto, si éste prefiere, para su bien, la intervención de otras personas, no hay motivo para negársela.

5.- La esencia del sacramento Arrepentimiento y manifestación de las propias faltas de parte del penitente y absolución de parte del confesor. Una vez salvado esto, hay que ver cómo hacer más aceptable este sacramento, más práctico y con más posibilidad de alcanzar su objetivo fundamental, que consiste en tratar de restaurar la integridad del creyente, perdonando, sanando, dando paz y alentando en orden a una vida más conforme al Evangelio. Pues bien, en este aspecto ¿basta con lo que se ha hecho? ¿Basta con proporcionar confesionarios más cómodos, con la posibilidad de establecer una relación más directa entre el penitente y el confesor, aparte de la modalidad tradicional con rejas y tela para garantizar el anonimato? Según mi opinión, no basta. Ni es suficiente la celebración comunitaria del sacramento con acusa de los pecados y absolución individual o sin acusa y con la absolución general, quedando siempre la obligación de acusar los pecados en un segundo momento. Algo es algo. Urge avanzar más. Una vez más, por lo que se refiere al Sacramento de la Reconciliación, como en otros aspectos de la legislación y praxis de la Iglesia, es urgente bajar del quinto piso a la calle y tratar de resolver los problemas concretos del hombre. 6.- Inculturación Hasta la fecha el Sacramento de la Reconciliación se ha inculturado en el mundo romano, en la línea del poder ejercido por un juez. ¿Por qué no se podría inculturar en el mundo actual, incluyendo el aspecto terapéutico manejado por el sicólogo, o en el mundo indígena y mestizo, en la línea de la sanación integral realizada por el chamán, el brujo y el curandero, utilizando de una manera especial los conceptos de espanto y limpia? Según mi opinión, estos dos conceptos, con los cuales el mundo indígena y mestizo están perfectamente familiarizados, ofrecen a la Iglesia una herramienta de primer orden para dar a entender y practicar el Sacramento de la Reconciliación. 239

-Espanto. “Entre los aztecas, tres días después del nacimiento, se realizaba un rito especial, durante el cual se ponían en las manos del niño el arco, la flecha y el escudo, símbolos de su destino. Recibía entonces el nombre ritual, tomado del tonalámatl, Libro del Sol o del Destino, y quedaba íntimamente ligado a la divinidad”.
Observación: no es difícil notar el parecido con el bautismo. ¿No se podría ahondar más en esta línea, haciendo del bautismo algo realmente sentido por el pueblo? La costumbre de poner el nombre al niño, tomándolo del calendario, ¿no puede tener este origen? “En los días sucesivos se imponía el nombre real por el sacerdote tonalpouhqui (el que cuenta la fortuna, hado o ventura) y entraba a formar parte de su personalidad. Era su tonalli, es decir, su fortuna, hado o ventura, que fundamentalmente consistía en transformarse en tonatiuhixco, pequeño sol, que se alcanzaba mediante una muerte digna como guerrero en el campo de batalla o como víctima sobre los altares del dios.” Observación: En todo esto, no es difícil descubrir el parecido con el ideal cristiano de la santidad, haciendo del ser humano un hijo de Dios. “Causando el enojo del dios, se perdía el tonalli. Y precisamente en esto consistía lo que ahora se llama espanto. Entonces un médico especializado, el tetonalmacani, lo curaba, propiciando así al dios ofendido.” (Amatulli Valente, Flaviano, Los Chinantecos: cultura y evangelización, p. 148, México 1979). En el fondo, el espanto corresponde a lo que nosotros llamamos pecado, una desviación, una pérdida de rumbo, que se corrige mediante ciertos ritos, cargados de sentido y poder. En realidad, para lograr esto, primero hay que buscar la causa del trastorno o

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desequilibrio mediante una serie de preguntas y, una vez averiguado esto, se procede a pedir perdón y restablecer el rumbo correcto. Como es fácil notar, existe una íntima relación entre el destino fundamental del hombre, marcado desde un principio, y su recuperación en caso de pérdida, lo que para nosotros cristianos corresponde al bautismo y la reconciliación. Además, todo esto tiene como meta y culmina en otra vida, en el más allá. ¿Qué tal si ahondamos en todo esto y hacemos de la vida cristiana algo más comprensible para las masas latinoamericanas, cuyo substrato cultural es esencialmente indígena? Evidentemente, ahora el pueblo no tiene una idea clara acerca del origen de tantas prácticas que tiene. De todos modos, estas ofrecen al evangelizador una buena herramienta para hacer más accesibles los conceptos y los ritos cristianos.

-Limpia. Para curar del espanto, entre otras cosas, hay que hacer una limpia. Solamente después será posible recoger el espíritu, que se ha caído. La limpia consiste en rozar el cuerpo del enfermo con ramas, huevos o gallinas negras. Haciendo esto, las enfermedades se materializan en los objetos que se utilizan, saliendo fuera del cuerpo del paciente. 5.- Variedad de opciones Con eso no queremos borrar la praxis actual, sino avanzar en la línea de una mayor fidelidad al dato revelado y la inculturación, teniendo en cuenta al mismo tiempo las exigencias de la sociedad actual e incursionando en la idiosincrasia del pueblo indígena y mestizo, manejando distintas modalidades y salvando lo esencial. ¿Cuál es el problema? El rito se adecua a los tiempos y a las culturas. Ni es la primera ni será la última vez que sucede esto. La Iglesia está acostumbrada a estos cambios. En concreto, ¿cómo podría celebrarse este sacramento? Acusa de los pecados y comunidad. + Acusa verbal de los pecados hecha directamente al confesor. Lo que corresponde a la praxis actual.

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+ Acusa de los pecados hecha por escrito y entregada directamente al confesor. En los dos casos puede haber apoyo de parte de algunas personas de confianza: - explicando la situación al confesor e intercediendo por el penitente, en un clima de oración. Esto se podría hacer de una manera especial cuando se trata de enfermos, moribundos o gente que por alguna razón siente difícil la celebración de este sacramento (gente recién convertida, alejada o con problemas de orden sicológico). - o completando la lista de los pecados con la participación de familiares, amigos o personas de confianza, especialmente en el caso de la primera confesión, algún retiro o misión popular. Evidentemente queda siempre para el penitente la libertad de completar a solas la acusa de los pecados. Al mismo tiempo, tomando el Sacramento de la Reconciliación en un contexto más amplio y teniendo en cuenta su enorme valor terapéutico, se podría incluir el ejercicio de la corrección fraterna (Mt l8, 15-18; Gál 6, 1-2), la revisión de vida y la asesoría espiritual ejercida también por laicos.

Lenguaje Tiene que ser adecuado al tipo de penitente. Si se trata de gente transculturada, no hay problema. Que se siga con la praxis actual. Cuando, al contrario, se trata de ambientes indígenas o populares, el lenguaje tiene que reflejar la mentalidad de los indígenas y los mestizos, que representa el substrato cultural en muchos ambientes de Latinoamérica, en la línea del espanto y la limpia. Hay que hablar de espíritu caído que hay que levantar, buscando la causa mediante un examen de conciencia exhaustivo, pidiendo perdón por el descuido que se ha tenido en la propia manera de obrar y reconciliándose con Dios, la gente que se ha ofendido y los elementos de la naturaleza que se han perjudicado. Solamente así se podrán recobrar la paz y las ganas de vivir.

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Signos Para los que tengan una mentalidad occidental, la imposición de manos y la señal de la cruz que acompañan la absolución, son suficientes. Para los que tengan una mentalidad indígena, que es propia de las masas populares en América Latina, unas ramas pueden ayudar para expresar el alejamiento o eliminación de la maldad presente en el penitente y un abrazo de parte del confesor y los presentes puede expresar la sanación recobrada y la plena aceptación en la comunidad. Un breve testimonio y unas palabras de agradecimiento de parte del penitente podrían concluir todo, teniendo en cuenta las circunstancias concretas. Un proceso Naturalmente, todo esto a veces podrá llevar tiempo, haciéndose por etapas (Mt 5, 23-24: reconciliarse con el hermano para poder llevar la ofrenda al altar; Mt 6,12 y Lc 11,14: perdonar; Mt 18,19-20: orar juntos; Cf. Mc 8, 22-26: curación del ciego de nacimiento), en un verdadero proceso de liberación, sanación y restauración del creyente, teniendo como protagonistas, al penitente, al confesor y a la comunidad. Teniendo en cuenta todo esto, ¿no sería más adecuado hablar del Sacramento de la Restauración, en lugar del Sacramento de la Confesión o de la Reconciliación? 6.- Sacramento del bautismo y Sacramento de la Reconciliación Existe un enorme parecido entre estos dos sacramentos en orden a la remisión de los pecados. Pues bien, ¿no sería el caso de regresar a la praxis inicial de administrar estos dos sacramentos por etapas y con una verdadera participación de la comunidad? Como para el bautismo hay un catecumenado, que culmina con el derramamiento del agua y la unción del sacro crisma, de igual manera para el Sacramento de la Reconciliación podría haber un proceso de conversión con asesoría de parte de algún miembro de la comunidad, oración, actos de penitencia, limosna, etc., que culminaría con la confesión hecha al presbítero y la relativa absolución. Y en caso de no poderse concluir dicho proceso por causas ajenas a la propia voluntad, como se habla de bautismo de deseo, ¿por qué no se podría hablar de reconciliación de deseo? 243

Imagínense ustedes cuánta luz esta nueva perspectiva podría llevar sobre la situación de los que por alguna razón no pudieran culminar su proceso de conversión mediante la absolución sacramental, como son los que viven lejos de los centros parroquiales, los que viven en amasiato, los divorciados vueltos a casar, los homosexuales con pareja, los que mueren sin la posibilidad de contar con la presencia de un presbítero, etc. En lugar de desanimarse y alejarse definitivamente de la Iglesia, podrían lograr una visión más serena acerca de la posibilidad de la salvación y sentirse empujados a dar pasos cada vez más consistentes en este sentido, concientes de encontrarse en un proceso de salvación. Lo que pasa con los sacramentos en general, y en especial con el Sacramento de la Reconciliación, es que se quieren hacer las cosas de prisa, quemando etapas, convencidos de que esto puede facilitar su recepción. En la práctica, lo único que se consigue es su abaratamiento, reduciendo notablemente su eficacia, hasta llegar a su pleno desprestigio. Es tiempo de tomar las cosas más en serio, por un lado teniendo más en cuenta la Palabra de Dios y la Tradición y por el otro luchando por atender a las necesidades concretas del hombre actual. En realidad, ciertos aspectos manejados en el pasado y olvidados por circunstancias concretas de un determinado momento histórico, hoy en día pueden resultarnos de máxima utilidad.

7.- Valor terapéutico Es un aspecto que no hay que descuidar, especialmente hoy que nos encontramos en una sociedad plural y violenta, continuamente expuestos a todo tipo de sugestiones, tentaciones, provocaciones y agresiones. Cuando menos nos imaginamos, ya estamos metidos en un lío, cuyas consecuencias pueden ser fatales: abusos sexuales, distintos tipos de adiciones, pandillerismo, mafias, sectas destructivas, etc. Pues bien, ¿cómo salir de todo esto? ¿Con una simple confesión, invitando a orar así nomás? No. Es necesario utilizar un conjunto de recursos terapéuticos, con la intervención de distintos actores, en un contexto sacramental de recuperación total a la luz de la fe.

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En este contexto, podría haber una atención especial para los drogadictos, los alcohólicos, los neurasténicos, los deprimidos, los que se sienten perturbados por algún influjo diabólico a causa de su contacto con la brujería, el satanismo, el esoterismo, el espiritismo, etc. Es tiempo de pensar en los sacramentos como caminos privilegiados de la acción de Dios en el hombre, para sanarlo y fortalecerlo en la esfera puramente humana y sobrenatural. O quedan solamente como signos de un camino recorrido al margen de los mismos. Para el cristiano de hoy, es esencial encontrar un centro unificador de todas sus aspiraciones, esfuerzos y conquistas, que le dé la pauta a seguir en cada circunstancia de la vida.

Conclusión No hay duda que, al excluir el papel de la comunidad, el Sacramento de la Reconciliación sufrió un enorme empobrecimiento, en un continuo proceso de abaratamiento y acaparamiento de funciones de parte del clero. Hoy que la comunidad cristiana no cuenta con presbíteros suficientes, se vuelve cuanto más urgente un regreso a la praxis de las primeras comunidades cristianas, praxis que durante más de mil años se fue enriqueciendo continuamente, sin excluir el papel del presbítero y en un esfuerzo constante de plena fidelidad al dato revelado. Por lo tanto, nos encontramos ante una tarea de nunca acabar, siempre que nos decidamos a dejar a un lado la pereza y la inercia y a empezar a pensar y actuar como verdaderos pastores de almas, realmente preocupados por el bien de los feligreses, que están puestos bajo nuestro cuidado. Hay que empezar a ver las cosas desde una óptica diferente, dejando a un lado los principios de que “siempre se hizo así” y de que “todo cambio debe venir desde arriba”. Solamente regresando a las Escrituras y poniéndonos en esta actitud de búsqueda, podremos dejar el quinto piso y bajar a la calle, resolviendo los problemas concretos que afectan al cristiano de hoy, empezando por el Sacramento de la Reconciliación y pasando a toda la vida de la Iglesia. Un enorme reto para la imaginación creativa de los teólogos, los pastoralistas y tanta gente más. De hecho, la experiencia enseña que, donde se está ensayando todo lo anterior, se logra una mayor eficacia en la celebración del Sacramento de la Reconciliación, ahorrando tiempo y energía al 245

presbítero. Es tiempo de apostar más por la Palabra de Dios, como base para que el pueblo católico pueda salir del actual atolladero en que se encuentra y empezar a pensar en tiempos mejores.

NOTA Ya contamos con tres trípticos, uno para adultos, otro para niños y otro para gente que no sabe leer o no entiende la lengua del confesor (con dibujos) para hacer un examen de conciencia exhaustivo antes de confesarse. Se están manifestando útiles de una manera especial cuando hay una gran cantidad de penitentes, como en el caso de retiros espirituales o encuentros de estudio o reflexión. TAREA 1.- ¿Qué es lo que más te llamó la atención?

2.- ¿Qué opinas acerca del valor terapéutico del Sacramento de la Reconciliación, especialmente con relación a los alcohólicos, los drogadictos, los enfermos de depresión o los afectados por algún influjo diabólico?

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CONCLUSIÓN GENERAL
Estas son mis inquietudes hasta la fecha. Inquietudes de un misionero, preocupado por alimentar debidamente a los hermanos católicos y por llevar el Evangelio más allá de las fronteras de la Iglesia. Sé que muchos no comparten esta postura. Ni modo. No soy una monedita de oro. Para muchos, más se diluye el Evangelio, mejor. Para mí, no es así. Más se entiende y se vive el Evangelio, mejor. Mejor para todos, creyentes y no creyentes. Si algo nos tiene que preocupar seriamente es la ignorancia y el fanatismo, que nunca han sido buenos consejeros. En realidad, nunca un verdadero discípulo de Cristo será intolerante. En un caso dado, sufrirá las consecuencias de la intolerancia ajena, pero nunca a causa de su adhesión a Cristo y su Evangelio se sentirá con derecho a despreciar u oponerse a quienes no comparten su misma fe. Por lo tanto, el afán de muchos católicos en tratar de diluir la propia identidad con miras a crear un espíritu de hermandad entre todos los hombres, no tiene fundamento. Gente sin identidad, no crea nada y no asegura nada. Basado en estas convicciones, lucho para que el pueblo católico pueda vivir su fe en plenitud y desde ahí pueda colaborar en la solución de los grandes problemas que afectan a la humanidad. Un catolicismo interiormente débil y confuso tiene poco que aportar para el progreso de la humanidad. Y no me vengan con el cuento de que la vivencia de la fe es posible solamente para grupos de creyentes bien concientes y comprometidos, excluyendo así las masas. En América Latina es posible una fe vivida a nivel de masas, sin excluir los grupos. Todo está en la voluntad de meterse seriamente en el asunto de la pastoral, cambiando lo que hay que cambiar y creando las bases de un catolicismo popular realmente cristiano, basado en la Palabra de Dios y en una recepción conciente de los sacramentos. Al darse estos cambios, sin duda podrá surgir alguna crisis, pero será siempre una crisis de maduración, que permitirá a la Igle-

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sia dar un salto de calidad. Hay que empezar a pensar seriamente la pastoral, en una actitud de servicio y con espíritu de creatividad. Será como aventurarse en una inmensa selva, descubriendo miles de posibilidades y abriendo caminos por todo lado, hasta transformarla en una región habitable. Pues bien, estos son los resultados que he conseguido hasta la fecha. Ojalá puedan ser útiles también para otros. Como ven, algo es factible desde ahora y algo queda en el mundo de las posibilidades. En fin, se trata de una “propuesta-provocación”, en la más estricta ortodoxia. Con esto queda demostrado que la ortodoxia no está peleada ni con la pastoral y con los verdaderos intereses de la humanidad. Al contrario, representa la garantía para todo progreso auténtico, sin el riesgo de destruir en lugar de construir. Es mi deseo que, después de un periodo de grandes esfuerzos y avances ad extra, la Iglesia ahora pueda dedicar más tiempo para resolver sus problemas ad intra. Enhorabuena.

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Índice general
Introducción General .................................................. 3 Presentación a la Segunda Edición .................................. 5

Primera Parte Y LAS MASAS CATÓLICAS, ¿QUÉ?
Capítulo 1

Situación Alarmante .................................................. 11
Desde el quinto piso: ....................................................... 11

Teólogos y pastoralistas .......................................... 11
Desde la calle: ............................................................... 14

Movimientos apostólicos y pueblo en general ................ 14 Capítulo 2

Palabra de Dios ........................................................ 19
Huesos secos ................................................................. 19 Multiplicación de los panes ............................................... 20

Capítulo 3

En concreto, ¿Qué podemos hacer? ............................... 23
1.- Religiosidad popular ..................................................... 23

- Prácticas de piedad. ............................................. 23 - Fiestas religiosas populares. .................................. 23
2.- Catequesis presacramental ............................................ 24 - Primera Confesión y Primera Comunión. ............................... 25 - Confirmación. ............................................................... 26 - Matrimonio. ................................................................. 27 3.- Vivir en comunidad ...................................................... 27 4.- Misión: lanzar las redes ................................................ 28

- Catequesis personalizada. ..................................... 28 - Preparación para papás y padrinos del bautismo .......... 29 - Atención a enfermos graves y moribundos (Unción de los enfermos) ........................................ 29 - Atención a los dolientes, en caso de muerte. .............. 29 - Visitas domiciliarias. ........................................... 30 - Misiones populares. ............................................. 30 - Medios de comunicación masiva. ............................. 31 - Actividades y situaciones diferentes ......................... 31 - Lugares. ........................................................... 31 - Áreas. .............................................................. 31 - Ambientes. ........................................................ 32

249

-

Personas. .......................................................... 32 Preparación. ...................................................... 32 Movimientos eclesiales y apostólicos. ....................... 32 Agentes de pastoral y Misioneros Parroquiales. ........... 33 Con ordenación o sin ordenación. ............................ A tiempo completo y a tiempo limitado. .................... Con sueldo o sin sueldo. ....................................... Papel de la parroquia territorial .............................. 33 34 34 35

5.- Ministerio diversificado ................................................ 33

OBJECIONES .................................................................. 37 1.- ¿Régimen de cristiandad? .............................................. 37 2.- Diálogo ecuménico e interreligioso .................................. 37 3.- Punto de arranque ...................................................... 37 4.- Un paso más .............................................................. 38 5.- No abaratar la vida cristiana ........................................... 38 6.- Y después, ¿qué? ........................................................ 39 7.- ¿Desde arriba o desde abajo? ......................................... 39 CONCLUSIÓN ................................................................. 40 -Nuevo estilo eclesial ....................................................... 40 - Cambio epocal .............................................................. 40

-

Primacía de la Palabra de Dios. ............................... Comunión y participación. ..................................... Cuidado de la fe. ................................................ Misión. ............................................................. Creatividad. ....................................................... Grito de alarma ..................................................

41 41 41 41 42 42

Segunda Parte PARÁBOLAS
1. La Guerra de los Girasoles ....................................... 2. La Sabiduría de Dios .............................................. 3. Títulos y Títulos ................................................... 4. El Reino de la Pluma .............................................. 5. Enfermedades que nunca se curan ............................ 6. El Reino de la Paz .................................................. 47 49 52 55 57 60

Tercera Parte TUVE UN SUEÑO
Presentación ........................................................... 65 Papa por un año ....................................................... 67

250

1.- La Iglesia: ¿Hacia dónde Vamos? .............................. 69
Sueños locos ................................................................. 69 Cónclave ...................................................................... 69 Consistorio .................................................................... 69 Un nuevo Concilio Ecuménico ............................................ 70 Colegialidad episcopal ...................................................... 71 El proselitismo religioso .................................................... 72 Concilio Ecuménico de Jerusalén ........................................ 72 Comentarios de la Prensa .................................................. 74 Comisiones preparatorias .................................................. 75 Reformas inmediatas ........................................................ 75 Ley por unanimidad ......................................................... 77 Sínodos ........................................................................ 77 Paseo ........................................................................... 79 Despedida ..................................................................... 80 Sínodos ........................................................................ 81 Espíritu de comprensión ................................................... 83 Ecumenismo .................................................................. 84 Concilio ........................................................................ 84

2.- La Unidad entre Los Cristianos: ¿Una Utopía? .............. 87
Complejo de soñador ....................................................... 87 Enviado secreto del Vaticano ............................................. 87 Asamblea ecuménica ........................................................ 88 La Santa Misión .............................................................. 91 Apologética y Ecumenismo ................................................ 91 Rueda de Prensa ............................................................. 93

3.- Sacramentos y Vida Cristiana .................................. 97
La magia de los sueños ..................................................... 97 Toma de conciencia ........................................................ 98 Catecumenado ............................................................. 101 No a la simulación ......................................................... 104 Fin de la era constantiniana ............................................. 107 El gran reto ................................................................. 109 Objeción de conciencia ................................................. 114 Conclusión .................................................................. 117

4. ANÁLISIS DE LA REALIDAD ECLESIAL: ..........................121
INTRODUCCIÓN ............................................................. 121 El huracán .................................................................. 121 Y las masas católicas, ¿qué? .............................................. 121

Capítulo 1

JUAN PABLO II: PARTEAGUAS ......................................123
Un reto: ..................................................................... 123 La evangelización de los católicos ..................................... 123

251

Realidad eclesial ........................................................... Teología de la Liberación ................................................ La santa alianza ............................................................ El Reino de Dios ............................................................ Proselitismo religioso ..................................................... Juan Pablo II y su imagen ................................................

124 125 126 126 127 129

Capítulo 2

¿CUÁL RUMBO? .......................................................134
Benedicto XVI .............................................................. Reinventar la Iglesia ....................................................... Un Nuevo Concilio Ecuménico .......................................... Pensar la pastoral .......................................................... Lluvia de ideas ............................................................. Hacia un catolicismo con seguridad y dignidad ..................... Asociaciones y movimientos apostólicos .............................. 134 135 136 138 142 143 144

Capítulo 3

LAS COMISIONES EN ACCIÓN ........................................148
Actitud activa .............................................................. Espíritu de caridad ........................................................ Pascual, el cuentacuentos .............................................. Las travesuras de Pascual, ............................................... el cuentacuentos ......................................................... Vida consagrada ........................................................... Seminario .................................................................... El buen pastor y el mercenario ......................................... 148 148 150 151 151 152 153 156

Carta Abierta a los Señores Curas ............................. 156
Reviviendo el pasado ...................................................... 158 Los alejados ................................................................ 159 PLAN MÍNIMO DE ANÁLISIS Y EVANGELIZACIÓN CAPILAR ............. 160

Capítulo 4

PERSPECTIVAS PARA EL FUTURO .................................. 162
Resistencia .................................................................. Seguridad económica ..................................................... Simulación .................................................................. Propuestas concretas .................................................... Doctores honoris causa .................................................. Pan de Vida y Palabra de Vida ........................................... Atención pastoral: el consejo de Jetró ............................... Diferentes tipos de católicos ........................................... Simplicidad evangélica .................................................... Cómo vivir siempre en paz con Dios .................................... Dos medidas ................................................................ Los comentarios de Pascual, el cuentacuentos ..................... Después del huracán... ................................................... 162 163 165 166 167 168 169 172 173 174 176 177 178

252

Cuarta Parte DIBUJANDO UN NUEVO ROSTRO DE IGLESIA
Primera Parte Un cambio urgente ..................................................185
1.- UNA TAREA DE TODOS ................................................. Un modelo eclesial agotado ............................................. Cómo reaccionar .......................................................... Podemos hacer algo ....................................................... Espacios abiertos .......................................................... La historia nos juzgará .................................................... 2.- DOS MANERAS DIFERENTES DE SENTIR Y VIVIR LA FE ............. Régimen de cristiandad .................................................. Sociedad plural ............................................................ Época de crisis ............................................................. Ejemplos prácticos ....................................................... 185 185 185 185 186 186 186 187 187 188 189

-

Iglesia y Estado. ................................................ 189 Ejercicio de la autoridad. ..................................... 190 Revelaciones privadas y revelación pública. ............... 191 Entrega a Dios. .................................................. 191 Donativo. ......................................................... 192 Influjo de la familia en la educación cristiana de los hijos. ...................... 193 Necesidades pastorales. ....................................... 194 Alejamiento de las masas católicas. ....................... 195 Moribundos. ...................................................... 196 Documentos de la Iglesia. ..................................... 196 El laico en la Iglesia. ¿Cuál es su papel? ................... 197 El fin del hombre. .............................................. 198 ¿Cantidad o calidad? ............................................ 199
200 200 201 202 203 203

3.-Y TU ¿QUÉ? ............................................................... Una Iglesia siempre joven ................................................ Más allá de los documentos oficiales .................................. El papel del Magisterio ................................................... Sentido de responsabilidad .............................................. Actores, no simples espectadores .....................................

Segunda Parte Objetivo ................................................................205 Tercera Parte .........................................................207 Iniciativas Prácticas ................................................. 207
1.- PRIMACÍA DE LA PALABRA DE DIOS ................................... 207 2.- CENTRALIDAD DE CRISTO .............................................. 207

253

3.- EXPERIENCIA DE DIOS Y SEGURIDAD ................................. 208 4.- EJEMPLOS DE SANTIDAD .............................................. 208

1.2.3.4.5.-

Vidas ejemplares. ............................................ 208 Siervos de Dios. ............................................... 209 Venerables. .................................................... 209 Beatos. ......................................................... 209 Santos. ......................................................... 209
209 210 212 214 214 215 216 217 218 219 220 221 221 221 221 221 222 223 224 225 226 227 227 228

5.- SACRAMENTOS .......................................................... 6.- PEQUEÑAS COMUNIDADES CRISTIANAS ............................. 7.- MINISTERIOS LAICALES ................................................ 8.- DIACONADO PERMANENTE ............................................ 9.- CLERO .................................................................... 10.- MINISTERIO SACERDOTAL Y CELIBATO ............................. 11.- SEMINARIO ............................................................. 12.- VIDA CONSAGRADA ................................................... 13.- LAS MASAS CATÓLICAS ............................................... 14.- RELIGIOSIDAD POPULAR ............................................. 15.- APOLOGÉTICA Y ECUMENISMO ..................................... 16.- PASTORAL SOCIAL .................................................... Cajas de ahorro ............................................................ Miniproyectos .............................................................. 17.- ORGANIZACIÓN PASTORAL .......................................... Un cenáculo de servidores .............................................. Reestructuración .......................................................... 18.- LA PARROQUIA COMO EMPRESA .................................... 19.- CONSEJO PARROQUIAL .............................................. 20.- CONSEJO ECONÓMICO PARA LA EVANGLIZACIÓN ................ 21.- JERARQUÍA ............................................................. 22- LENGUAJE ............................................................... Cultura actual .............................................................. Cambios urgentes ..........................................................

1.- Adoración de la cruz. ........................................ 228 2.- Ave María. ..................................................... 228 - Dios te salve. .................................................... 228 - Llena de gracia. ................................................. 228 - Madre de Dios. .................................................. 229
23.- CULTURA DE MASA .................................................... 229 24.- IGLESIA: TALLER DE HUMANISMO .................................. 231 CONCLUSIÓN ............................................................... 231

254

Quinta Parte EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN
1.- El apoyo de la sicología .............................................. 237 2.- Visión global del hombre ............................................. 237 3.- Intervención de la comunidad ...................................... 237

- El ejemplo de Jesús. ........................................... 238 - La praxis de los primeros cristianos. ....................... 238
4.- Sentido del secreto ................................................... 238 5.- La esencia del sacramento .......................................... 239 6.- Inculturación ........................................................... 239

-Espanto. ........................................................... 240 -Limpia. ............................................................ 241
5.- Variedad de opciones ................................................ 241

Acusa de los pecados y comunidad. ........................... 241 Lenguaje ........................................................... 242 Signos ............................................................... 243 Un proceso ......................................................... 243
6.- Sacramento del bautismo y Sacramento de la Reconciliación ................................. 7.- Valor terapéutico ..................................................... Conclusión .................................................................. NOTA ......................................................................... 243 244 245 246

CONCLUSIÓN GENERAL .............................................. 247

255

Se terminó de imprimir el 15 de Agosto de 2006. Fiesta de la Asunción de María. -2,000 ejemplares256

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