En noches como esta, me siento junto a la oscuridad del teléfono, a esperar que no me llames.

A falta de mascota, me entretengo con las sombras a mi alrededor. Siluetas van y vienen según se abre una puerta o se enciende una luz. Ninguna me recuerda a ti. Ninguna se parece a tu teléfono de caracol. Ninguna es tú buscando un número que podría ser mío. Las luces de carros pasajeros atropellan mis piernas con colores. (Lo más probable sería yo llamándote desde la habitación de un hospital). Imagino qué haces, cómo pasas el tiempo desconectada del teléfono. Imagino las aventuras de tus uñas sobre el césped, la oscuridad que atrapan. ¿Juegan hasta descubrir casualmente el número correcto?, o ¿están perdiendo sus ganas de fastidiarme? Quizás un estornudo asegure tus manos en tu cara; o un calambre las impulsa a buscar relajación en la nada. Imagino todo con tal de llevarme a la cama la ilusión de que no llamarás mientras duermo. Al siguiente día, me despierta el escozor de una extraña felicidad…no, en realidad es el cable telefónico en el cual me he enredado durante la noche. Me libero poco a poco, mientras mi sonrisa tuya se desvanece. Cuelgo, y eres una nueva desconocida.

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