JUAN GOYTISOLO La herencia de Cervantes

08/01/1996 En su bello y emotivo discurso de recepción del Premio Cervantes, Miguel Delibes, tras rendir homenaje al autor del Quijote, confesaba la imposibilidad de ser su discípulo: Cervantes, decía, no admite imitadores. Esto es sin duda cierto: Lope de Vega los tuvo por centenas y hasta escribió un Arte nuevo de hacer novelas, sin acrecentar con ello la nómina de las que puedan hoy ser leídas. Cervantes, "raro inventor", no consiente tal descendencia prolífera. Pero Delibes eludía con todo la existencia, real y bien real, de los relectores fecundos: aquellos a los que la experiencia del Quijote -de las infinitas posibilidades de juego abiertas por la novela- cambió radicalmente su percepción de la literatura y del mundo. Junto al lector que podríamos denominar ordinario, cautivo de las aventuras de Alonso Quijano, esto es, del hidalgo manchego enloquecido por sus lectura existe otro, el fecundado por esa "vitalidad contagiosa" de la que hablaba Américo Castro, poseído a su vez, como Cervantes, del poder asombroso de la literatura. El primero, aunque haya leído el Quijote, actúa -si es escritor- como ajeno a esta experiencia: lo cita quizás entre sus libros de cabecera, pero nada en su que hacer literario revela el contagio sufrido. El segundo, tras vivir intensamente la aventura de la lectura a la que convida Cervantes, se lanza a su vez a la aventura de la escritura para descubrir a la postre que cervantea sin saberlo y explora el insólito campo de juego recorrido por el maestro. No es un simple lector de la obra ni tampoco su discípulo: integra la fértil constelación literaria de los contaminados por su vitalidad creadora que, dispersos en el espacio y el tiempo, configuran, no obstante, la novela europea. Aprovechar o no la lectura y relectura de Cervantes deslinda, así el campo literario de nuestra época. Muchos son los llamados por la literatura; pocos los que la escogen a ciencia y con ciencia. La distinción entre el texto literario y el producto editorial es una de las primeras y más decisivas enseñanzas del asimilador del Quijote. El lector atento de éste y de la pléyade de textos "polinizados" por él, ¿puede apostar por la novela fácil y del éxito de ventas? Sinceramente, pienso que no. Como se dice de los sacramentos de la Iglesia, la lectura del Quijote, Tristram Shand y Jacques el fatalista, Bouvard y Pécuchet, etcétera, imprime carácter. Ningún escritor que cale y se embeba en ellas puede salir incólume. La facultad contaminadora del Quijote es la de la literatura. La hallamos en las obras que he mencionado y en las grandes creaciones que las precedieron. Después de siglos de incitativa improvisación, Cervantes se enfrentaba a la encrucijada de los "géneros". Los modelos literarios renacentistas, sobreimpuestos a veces a las corrientes temáticas medievales, habían cristalizado en hormas. Los autores del siglo XVI se limitaban a introducir en ellas, como hoy, un material de relleno: novela de caballería, novela pastoril, novela bizantina, novela picaresca... Cada género determinaba el argumento e imponía su propio verosímil. Autores agudos como Lope advirtieron dicha servidumbre y se distanciaron de ella. Pero sólo Cervantes tuvo la audacia y genio de arremeter con los distintos verosímiles literarios, derribándolos, entremezclándolos, arruinándolos con sus detritus y para erigir restos su obra maestra. Su esfuerzo liberador marca el futuro, inaugura la modernidad novelesca. la recuperación de la gozosa atmósfera medieval en la que el creador seguía la brújula de su inventiva, sin trabas ni reglas de ninguna clase. Obras como el Libro de buen amor, La lozana andaluza o Gargantúa
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y Pantagruel son el fruto jugoso de esa disponibilidad omnímoda. Juan Ruiz, Delicado y Rabelais establecieron las normas de su propio juego, barajaron idiomas y dialectos, invirtieron las jerarquías entronizadas, desacralizaron lo encumbrado y solemne. En un ensayo reciente, el crítico catalán Juliá Guillamon reproducía unas frases de Federico Fellini en las que el gran director expresaba su nostalgia de no haber nacido medio siglo antes, cuando el cine no había fijado aún sus cánones y un creador como Chaplin podía repentizar a sus anchas. A falta de ello, añadía, sus filmes eran una tentativa de volver al reino primordial de la improvisación e inocencia, una lucha incesante con las convenciones y obstáculos que restringían su impulso inventor. Tanto Fellini cómo Cervantes realizaron su obra a contrapelo de la época, pasada la edad de oro de Chaplin y la de que el Libro del Arcipreste podía hablar en primera persona o Delicado dialogar con sus personajes y recibir propuestas amorosas de la Lozana. El Quijote, como Amarcord y “E la nave va”, es un continuo juego de rupturas con el campo acotado de los géneros, una destrucción legitimadora que se afirma en cuanto excepción, Esta es la gran lección de Cervantes y de quienes tras él sintieron la necesidad de romper la camisa de fuerza que les oprimía -de Diderot y Sterrie al puñado de autores que cervantean hoy-: acceder a la literatura a partir de la anomalía, situarse deliberadamente al margen de modas, corrientes y géneros. El acta de nacimiento del escritor, había observado Barthes, es su proceso a la literatura: la decisión de poner en tela de juicio las formas convencionales en las que cuaja. No se trata tan sólo de la imposibilidad de escribir la Marquise sortit á cinq heures sino de redactar sábanas impresas con diálogos "naturalistas", y en realidad socorridos hasta la médula -esos, guiones, preguntas, respuestas, los consabidos "dijo", "repuso", "suspiró.", "murmuró", etcétera- que componen las novelas al uso y contra las que hoy se rebelaría sin duda feroz y alborozadamente el transcriptor de Cide Harrime Benengeli. El dilema de Cervantes y de toda la familia felizmente contaminada por él es el de cómo recobrar la libertad de inventiva, coartada por el peso de las convenciones y cánones. Lo que para una mayoría de escritores contemporáneos aparece como el marco natural de la novela o relato, para aquéllos es el prototipo mismo del lugar común, reiterado y postizo. Mientras los primeros lo perciben como algo vigente y vivo, los segundos lo rechazan como un fardo plúmbeo e insoportable. Bajo este concepto, y por tomar un ejemplo alejado de nosotros, cabe decir que Thomas Mann es un magnífico novelista alemán del siglo XIX. Arno Schrnidt o Bernhard -cito tan sólo a autores muertos- pertenecen en cambio a este convulso y fascinador final de milenio: encarnan la modernidad. El signo diferencial entre unos y otros lo marcan la emulación y añoranza. Emulación, voluntaria, o no, con la empresa singular de Cervantes. Añoranza del mundo inocente, desmesurado y libérrimo de Rabelais (Fellini, a su manera, deseaba ser, . . contemporáneo cinematográfico del creador de Gargantúa y, para ello, seguía la pauta iniciada por Cervantes). La crítica más certera de nuestro siglo lo entendió así, primero con Shklovski y luego con Bajún. Carlos Fuentes hablaba hace algún tiempo de la existencia de dos órdenes dé novela: el delimitado por Forster y el ahondado por Bajún. Ambos son desde luego válidos, pero la adhesión exclusiva a las normas del primero impide juzgar con un mínimo dé rigor las obras surgidas en el ámbito del segundo. No hay, que pedirle peras al olmo ni descalificar al peral por sus frutos. ¡Con todo, la ejemplaridad de Cervantes no se ciñe al campo. estrictamente literario: desborda también en el orden moral en virtud de su rumbo señero en el "aguachirle" (Góngora díxít) de los medios literarios y artísticos. Hoy, cuando la busca desenfrenada del aplauso fácil y éxito de ventas, de la conquista de parcelas de poder mediático y recompensas y lauros del gremio oficial rebajan el nivel y desbaratan la empresa inicial de
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bastantes escritores de fuste en España y fuera de ella, sería oportuno recordar que el tocado o poseído de la gracia o insania de la escritura debería cultivar una prudente y sana desconfianza respecto de sus coetáneos: vivir y actuar en solitario, sin sucumbir al halago ni sufrir de la indiferencia ni hostilidad. La peculiar situación del autor del Quijote en el mundo literario de. su tiempo revela en efecto, como muestra magistralmente Francisco Márquez Villanueva en sus recientes Trabajos y días cervantinos, su neta renuncia a toda estrategia profesional y mundana en favor de una senda propia, aislada e independiente: "Cervantes no hizo gran caso de la crítica oficial de su momento (a no ser que se tratara de fastidiar con ella a Lope)... Contribuyó con ello a que sus contemporáneos le consideraran una figura secundaria, en un injusto papel que aceptó asumir, incorruptible, con el heroísmo sin aspavientos que racionaliza su Viaje del Parnaso. No le preocupó ejercer (tampoco, lo habrían dejado) ninguna dictadura ni cacicato, harto satisfecho con saberse el gran perro viejo de la literatura de su tiempo, que era lo que de veras le interesaba y lo que nadie podía quitarle" ¡Perro viejo de la literatura! La imagen es soberbia y cifra en su precisión la meta ascética, difícil pero asequible, del apasionado de la novela, contagiado a través de los siglos por la fecunda aventura creadora y temple moral de Cervantes.

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