Lucrecia y Pancho vivían al fondo de un chalet desde hace cuarenta años.

Ella era una mujer amargada quien nació durante el terremoto del 40 mientras su madre moría; la partera dio un grito ensordecedor al ver un rostro con malformaciones únicas, diferente a quienes solía traer al mundo. Los años pasaron y la fealdad que la arribó al mundo se fue enfatizando, su padre; un ostentoso dueño de tierras y ganado; estaba preocupado por su porvenir así que hizo un trato con el banquero que le debía dinero, cancelando su deuda a cambio de que su hijo la tomara en matrimonio. Pancho, el prometido comprado, se había resignado a no conocer el amor y servir a su familia como todo un caballero, por ello durmió todas las noches de su vida junto a una mujer poco agraciada y falta de amor, vivió muerto hasta que una tarde por fin sus deseos de volver a nacer con mayor suerte se cumplieron. Aquella sucedió así. El agua de la tetera estaba hirviendo, corrió por las escaleras para apagarla y llamó a su esposo de un grito – Pancho el desayuno está, si no lo quieres comer es tu problema-, se sentó a la mesa y sirvió una taza de café pasado acompañado de unos pancakes recién hechos. – ¿Dónde se habrá metido este hombre?- pensó Lucrecia mientras terminaba su desayuno, sin mayor preocupación. Levantó la mesa para luego ir al baño a lavarse las manos. Al abrir la puerta sus tacones se ensuciaron de barro y rasparon el piso con pequeñas piedras, empujó la puerta y encontró que la tina de la ducha había sido retirada, en su espacio se había hecho un gran forado. – ¡Todo esta tan sucio!, ¡Pancho, ¿tú has hecho esto?! – gritó pero su marido no respondió. Le buscó por toda la casa pero no le encontró; tampoco habría salido porque los candados de la puerta seguían colocados, se asomó para ver dentro del hoyo cavado, todo lleno de barro parecía muy profundo. La mujer no se explicaba quién lo habría hecho ni para qué, tiró una moneda para escuchar qué tan hondo sería y luego de de contar hasta nueve la moneda golpeó agua, - ¿pancho, estas allí debajo?, ¿qué estás haciendo?, ¡No hagas que baje a traerte de los pelos!- dijo. De pronto se hizo tarde, ella había permanecido sentada sobre la tapa del water esperando que Pancho saliera del hoyo. – ¡Ya son las diez de la noche Pancho!, ¡sal de allí, hombre tarado! – Se puso su batón lila y se fue a dormir, pensando al amanecer lo encontraría junto a ella, llorándole que le perdonara; ya había decidido que no le hablaría, que ni el cocinaría y le importaría poco si se enfermase. Pasaron cuatro días y Pancho no salió. –A no Pancho, ahoritita te saco- gritó, fue a la ferretería compró una soga gruesa, unas armellas y una linterna; volvió al baño, se amarró muy fuerte con la soga a la cintura enganchándose de la perilla de la puerta, volteó dándole la espalda a la pared y comenzó a bajar. -Despacio, despacio Lucrecia, no vaya a ser que nos saquemos la ñoñi – se repetía mientras alumbraba hacia bajo a la oscuridad con su linterna; hasta que después de varios minutos llegó al suelo fangoso del final del hoyo, alumbró a su alrededor buscando a Pancho y sólo logró encontrar un diminuto túnel – ¡Pancho!, ¡Pancho!- llamó pero sólo el eco le respondía. Se quitó los zapatos y remangó la falda disponiéndose a entrar al túnel gateando por lo estrecho de su tamaño; el camino era largo, oscuro y frio. Se embarró las manos, las rodillas, los pies, era como una lombriz de tierra que se escurría en una de sus macetas. Pronto comenzó a sentir que alguien estaba detrás, aceleró sus gateos sin conseguir llegar a ningún lado, ya sus viejas piernas no podían más y cayó rendida a mitad del camino. Soñó que era una sirena de cabellera larga castaña, de curvas enigmáticas con cola de pez, la cual meneaba con pomposidad mientras derramaba besos a los peces y acariciaba su rostro con pétalos de rosa del mar; de pronto un hombre pez aparecía, vigoroso de esencia profunda. La tomaba entre tus brazos como en su vida lo habrían hecho, y la besaba con una pasión irreal. Lucrecia no quería despertar, quería quedarse nadando entre dulces multicolor sabor a fresa y menta; había encontrado el amor debajo de su casa, en un hoyo de barro, convertida en sirena hermosa de figura de Ada. Decidió

como una lombriz en un lodazal. .quedarse a vivir en este mundo subtropical. donde podría vivir de la sensualidad sintiéndose tan plena.