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Terrrorismo y civilización completo

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Hemos visto que la maquinaria estatal es imprescindible para
que funcione bien el terrorismo. Pero las palabras siempre
influyen en el pensamiento y en las formas de entender e
interpretar la realidad. Hablar del Estado como si fuera una
«máquina» solamente es válido en muy determinados casos y
dentro de unos límites muy precisos, siempre sujetos a urgentes
explicaciones inmediatas. Ahora bien, menos aún tenemos que
cometer el error consistente en negar toda importancia al
Estado, en negar su papel central en el capitalismo y en renegar
de la necesidad de construir otro Estado alternativo y opuesto al
burgués.

Bastante antes que las modas reformista y reaccionaria lanzadas
al mercado de las ideologías de consumo intelectual volvieran a
actualizar las tesis de que el marxismo carece de una teoría del
Estado, o que los micropoderes y las redes disciplinarias
funcionaran sin la extinta centralidad estatal, o que se pudiera y
se debiera hacer la revolución sin «tomar el poder», o que el
«nuevo capitalismo» y el «imperio» funcionaran ya sin Estado
alguno, etc., Engels y Marx desarrollaron una extensa obra
sobre el Estado repartida entre múltiples escritos, en los que
ponían siempre el acento en la tesis de que la esencia del Estado
es el poder político de clase87

. Un poder que no se limita
solamente a reprimir, sino también, y en muchos casos sobre
todo, a producir más poder, más ideología, más integración y
más colaboracionismo con los explotadores.

Un ejemplo entre mil: Engels le escribió a Meyer que: «desde
hace doscientos años, esas gentes no viven más que de las
ayudas del Estado, que les han permitido sobrevivir a todas las
crisis»88

. Engels se refería a los junkers prusianos, a la vieja

87

Adolfo Sánchez Vázquez: Entre la realidad y la utopía, FCE,
México 1999, p. 32 y ss.

88

Engels: «Carta a R. Meyer», en Cartas sobre El Capital, LAIA,
Barcelona 1974, p. 306.

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TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

nobleza que utilizaba el Estado para sobrevivir a pesar de que
se habían agotado las condiciones que garantizaban
automáticamente su expansión. Al margen de los cambios
formales de gobiernos y ministros habidos en dos siglos, lo
esencial es que el Estado aseguró la vida de una clase obsoleta,
parasitaria y explotadora en grado extremo. ¿Cómo lo hizo? La
explicación es muy simple: mediante una dialéctica de
reproducción y de represión. J. Texier reivindica las
aportaciones de Engels a la teoría del Estado, mostrando su
incuestionable vigencia: «El Estado es tanto un instrumento de
coerción como instrumento de clase, pero también es productor
de un orden que supone las normas que lo instauran»89

.
Producir orden es reproducir las condiciones que legitiman la
explotación, que la invisibilizan en buena medida, y que alienan
a las clases trabajadoras.

Si Texier reivindica con razón a Engels, G. Therborn reivindica
a Marx con la misma razón: «Marx mantenía que el estudio de
una determinada sociedad no debe centrarse sólo en sus sujetos
o en sus estructuras, sino también y al mismo tiempo, investigar
sus procesos de reproducción»90

, procesos que son las
prácticas, disciplinas, instituciones, aparatos, etc., que
garantizan que la clase trabajadora siga reproduciéndose dócil y
alienadamente, o con miedo a sublevarse, mientras el Estado
reproduce sus fuerzas armadas, ideológicas, educativas, etc.:
«El análisis de la reproducción nos permite explicar cómo
pueden estar interrelacionados los diferentes momentos del
ejercicio del poder dentro de la sociedad, aun cuando no exista
una conexión interpersonal consciente. Están unidos entre sí, en
realidad por sus efectos reproductivos. Por ello, unas
determinadas relaciones de producción pueden ser reproducidas
–o favorecidas o permitidas por la intervención del Estado– aun
en el caso de que la clase explotadora (dominante), tal como la

89

Jacques Texier: «Estado, luchas de clases y formas del desarrollo
histórico en Engels», en Marx Ahora, nº 21, La Habana 2006, p.
8.

90

Göran Therborn: ¿Cómo domina la clase dominante?, Siglo XXI,
Madrid 1979, p. 161.

515

TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

definen esas relaciones, no “controle” el gobierno en ninguno

de los sentidos convencionales de la expresión. El hecho de que
se reproduzca una forma específica de explotación y
dominación constituye un ejemplo de dominación»91

. R. Castel

ha estudiado el papel del «Estado del crecimiento»92

en el
capitalismo francés de mediados del siglo XX, como elemento
clave para asegurar la reproducción del sistema evitando que la
«cuestión social» girase a la izquierda.

La dialéctica entre reproducción y represión puede funcionar y
de hecho funciona «aun cuando no exista una conexión
interpersonal consciente» por dos razones básicas: una, porque
la dinámica histórica formada durante siglos gira alrededor de
los intereses objetivos de la explotación, cuyos beneficios
aglutinan consciente e inconscientemente a los sectores sociales
que viven bien gracias a ella; y, otra y fundamental, porque la
lógica de la explotación capitalista tiende a desplazar a los
sectores burgueses poco efectivos o anticuados, cambiándolos
por otros más actualizados y aptos para relanzar la dinámica
expansiva. Ahora bien, toda la historia del capitalismo
demuestra que la clase dominante termina siendo incapaz de
solucionar las crisis decisivas solamente por medios
estrictamente económicos, necesitando entonces el recurso a
medidas políticas y, en último caso, violentas y militares.

D. Harvey sostiene que: «El Estado desempeña un papel vital
en casi todos los aspectos de la reproducción del capital.
Además, cuando el gobierno interviene para estabilizar la
acumulación en vista de sus múltiples contradicciones, sólo lo
logra al precio de absorber en su interior estas contradicciones.
Adquiere la dudosa tarea de administrar la dosis necesaria de
devaluación, pero tiene alguna opción sobre cómo y cuándo
hacerlo. Puede situar los costos dentro de su territorio por

91

Göran Therborn: ¿Cómo domina la clase dominante?, op. cit., p.

162.

92

Robert Castel: Las metamorfosis de la cuestión social, Paidós,
Buenos Aires 1997, pp. 375-387.

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TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

medio de una dura legislación laboral y de restricciones fiscales
y monetarias, o puede buscar alivio externo por medio de
guerras comerciales, políticas fiscales y monetarias combativas
en el escenario mundial, respaldadas al final por la fuerza
militar. La forma final de devaluación es la confrontación
militar y la guerra global»93

.

Harvey pone la guinda de su argumento en el punto crítico de la
guerra, pero no dice nada sobre cómo organiza el Estado dicha
guerra aunque esta cuestión está implícita en su argumento.
Tanto la guerra como la reproducción se sustentan en el trabajo
diario, callado y gris de la burocracia estatal, esa plaga invisible
denunciada sin piedad alguna por Marx desde sus primeros
escritos94

. Luego, otros marxistas, especialmente Lenin,
desarrollaron esa crítica inicial, pero la ideología burguesa en
su forma reformista fue desviando el debate hacia la trampa de
la denominada «administración pública», manera aséptica y
neutral, interclasista, de negar el contenido de clase de la
burocracia estatal. O. Guerrero recuperó la teoría marxista
demostrando la naturaleza opresora de la burocracia del Estado,
de la «administración pública» como pieza decisiva en su
funcionamiento cotidiano95

. Ya sea en la tortura y en el
terrorismo, como en la pedagogía del miedo y en el terror
calculado, como en la elaboración y aplicación de las doctrinas
de contrainsurgencia, en todas estas tareas la burocracia estatal
cumple una función decisiva, como también la cumple en la
tarea de impulsar las «ciencias sociales» desde los aparatos de
producción de ideología, según veremos en todos estos casos.

Todo Estado, sea precapitalista o capitalista, tiene como uno de
sus objetivos el de la preparación de la guerra tal cual se
practica en su contexto y época. Desde el origen del

93

David Harvey: Los límites del capitalismo y la teoría marxista, FCE,
México 1990, p. 451.

94

Marx: Crítica de la filosofía del Estado de Hegel, OME, Grijalbo,
Barcelona 1978, tomo 5, pp. 58-59.

95

Omar Guerrero: La administración pública del Estado capitalista,
Fontamara, Barcelona 1981, p. 243 y ss.

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TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

capitalismo, el intervencionismo estatal ha ido en ascenso y la
dialéctica entre reproducción y represión ha forzado dicho
intervencionismo a la vez que éste ha reforzado a aquella, hasta
tal punto que podemos decir que la matriz social del modo de
producción capitalista está fuertemente determinada además de
por esta dialéctica también por el papel del militarismo.
Mumford es tajante en líneas generales:

«En cada fase de su desarrollo moderno fue más bien la guerra
que la industria y el comercio, la que mostró en plan general los
principales rasgos que caracterizan a la máquina. El
levantamiento de planos, el uso de mapas, el plan de campaña –
mucho antes de que los hombres de negocios idearan los
diagramas de organización y de ventas– la coordinación del
transporte, los suministros y la producción (mutilación y
destrucción), la amplia división entre caballería, infantería y
artillería, y la división del proceso de producción entre cada una
de dichas ramas; finalmente, la distinción de funciones entre las
actividades de la plana mayor y las del campo, todas estas
características colocaron al arte de la guerra muy por delante de
los negocios o de la artesanía con sus mezquinos, empíricos y
faltos de perspicacia métodos de preparación y operación. El
ejército es de hecho la forma ideal hacia la cual debe tender un
sistema industrial puramente mecánico»
96

.

La progresiva integración entre la militarización y la máquina
dio un salto cualitativo durante los tiempos en los que se
produjo la denominada «revolución militar» consistente en
cuatro grandes avances que, al unirse, dieron la aplastante
superioridad al capitalismo. Un avance fue el de crear una
potente, rápida y efectiva artillería de campaña, lo que le
permitía concentrar una terrible devastación en un muy
reducido espacio; un segundo avance fue desarrollar buques de
guerra navegables con artillería muy superior a las de los
imperios precapitalistas; un tercer avance fue el de la

96

Lewis Mumford: Técnica y civilización, Altaya, Barcelona 1998,
tomo I, pp. 109-110.

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TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

mosquetería segura y precisa; y un cuarto y último fue el
desarrollo de la logística y del abastecimiento necesarios para
todo lo anterior.

Para mantener esta «revolución militar», los grandes Estados
europeos gastaban entre el 70 y el 90% de sus ingresos en todo
lo relacionado con la guerra97

en su sentido amplio, lo que nos
da una idea de la dialéctica entre Estado, economía y violencia.
Los choques múltiples dentro de Europa y fuera de ésta entre el
expansionismo colonialista y la resistencia de los pueblos e
imperios, aceleraron la «revolución militar». G. Rudé nos ha
legado un brillante capítulo –«Las guerras y la expansión
europea»98

– en el que explica el papel decisivo de la guerra
tanto en las contradicciones entre nobleza decadente y
burguesía ascendente en el siglo XVIII, como de las tensiones
internacionales de los Estados europeos y las repercusiones de
ambos en la expansión del capitalismo europeo.

La «revolución militar» impulsada desde la alianza empresarial
y el Estado hizo que se creara una mentalidad militar obediente,
mecánica y hasta suicida, en defensa de la clase dominante. Los
militares europeos estudiaron con rigor a los militares
grecorromanos y aprendieron de ellos la utilidad de la disciplina
mental y psicológica antes incluso que la física: «La aceptación
de las reglas establecidas desde arriba se hizo normal, no sólo
porque los hombres temían los duros castigos por las
infracciones de la disciplina, sino también porque los soldados
rasos encontraban una satisfacción psicológica real en una
obediencia ciega e irreflexiva, así como con los rituales de la
rutina militar [...] La creación de semejante Nuevo Leviatán –
quizá casi inadvertida– fue ciertamente uno de los mayores
logros del siglo XVII, tan notable como el nacimiento de la
ciencia moderna o cualquiera de los grandes avances de la

97

J. R. McNeill y W. H. McNeill: Las redes humanas, Crítica,
Barcelona 2004, pp. 213-217.

98

George Rudé: Europa en el Siglo XVIII. La aristocracia y el desafío
burgués,
Altaya, Barcelona 1998, pp. 276-298.

519

TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

época»99

. No es casualidad que fueran las clases sociales más
relacionadas con el beneficio mercantil quienes comprendieron
que la pérdida de tiempo es perjudicial tanto para la economía
como para la guerra, y quienes buscaron en la mentalidad
racional-mercantil de los militares grecorromanos los métodos
para ahorrar tiempo mediante la disciplina.

Durante estos siglos, el capitalismo desarrolló una totalidad en
la que lo económico-militar y lo cultural-bélico se imbricó en el
Estado, resultando una matriz social en la que las violencias
opresivas sustentaban el ejercicio de la democracia-burguesa
patriarcal y eurocéntrica, primero censitaria y muy restringida
socialmente y, después, debido sólo y exclusivamente a las
luchas populares, más abierta en lo aparente pero cerrada
herméticamente en lo decisivo, en la política económica y en la
militar. El concepto de matriz social, explicado al comienzo de
este texto, muestra de nuevo su efectividad porque muestra
cómo y por qué el capitalismo europeo supo asumir la lógica
racional-mercantil de los militares grecorromanos, integrándola
en una mentalidad superior, más compleja, pero también
centrada en la denominada «abstracción-mercancía». La matriz
social capitalista subsumió así la tendencia mercantil
precapitalista hacia el terrorismo en la tendencia capitalista
hacia el terrorismo, recuperando la ferocidad del primero pero
mejorándola con la tecnociencia del segundo. Es esta misma
base común la que responde a la pregunta sobre por qué la
civilización burguesa eurocéntrica encuentra tanta identidad
sustantiva en los crímenes brutales del esclavismo
grecorromano, en su fusión entre terror y cultura, crueldad y
placer, y muerte y belleza.

La matriz social capitalista en lo relacionado con las violencias
y el terrorismo se sustenta, muy especialmente, en el papel del
Estado burgués como el centralizador estratégico de la
dialéctica entre reproducción y represión, entre consenso y

99

W. H. McNeill: La búsqueda del poder, Siglo XXI, Madrid 1988,
pp. 146-147.

520

TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

coerción. Debemos tener en cuenta esta totalidad para entender
por qué la violencia capitalista fue tan superior a la de otros
muchos pueblos. Según G. Parker: «Los pueblos indígenas de
América, Siberia, África negra y el sudeste asiático perdieron
su independencia porque parecían incapaces de adoptar la
tecnología militar occidental, los del mundo musulmán
sucumbieron aparentemente por no poderla adaptar a su propio
sistema militar. Por el contrario, los pueblos del este de Asia
fueron capaces de mantener a raya a Occidente durante todo el
período inicial de la Edad Moderna porque, al parecer, conocían
ya las reglas del juego. Las armas de fuego, las fortalezas, los
ejércitos permanentes y los barcos de guerra habían formado
parte durante largo tiempo de la tradición militar de China,
Corea y Japón»100

.

Si nos fijamos, quienes no pudieron adoptar el militarismo
europeo se caracterizaron por la debilidad de sus estructuras
estatales; quienes no pudieron adaptar ese militarismo al suyo,
se caracterizaron por el «atraso» de su estatalismo en
comparación al europeo y, por último, los Estados fuertes
asiáticos resistieron con cierta efectividad las agresiones
europeas, hasta un límite. Por unas u otras razones, los Estados
y las matrices sociales correspondientes aparecen siempre en el
centro del problema. Aun así, debemos recordar siempre la
larga lista de guerras de todas clases, sobre todo de
contraguerrilla, que los ejércitos occidentales han tenido que
librar durante muchos años –y siguen librando– desde
comienzos del siglo XIX y que sólo han sido ganadas por los
invasores occidentales gracias a su superioridad en
armamento101

. No hay duda de que estas guerras han
influenciado poderosamente en la ideología burguesa, en la
sociología, como expondremos más adelante.

100

Geoffrey Parker: La revolución militar, Crítica, Barcelona 1990, p.

186.

101

Gérard Chaliand: Guerras y civilizaciones, Paidós, Barcelona 2006,
pp. 301-305.

521

TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

Antes de pasar a enumerar solamente cinco ejemplos que
reafirman el papel fundamental del Estado por activa y por
pasiva, debemos ofrecer una especie de punto comparativo,
demarcador, entre el Estado burgués y el Estado proletario tal
cual estuvo operativo en la Comuna de París de 1871, para así
disponer de referentes que nos permitan una mejor comprensión
de los cinco ejemplos que siguen. Vamos a contrastar el Estado
burgués y el Estado proletario en cuatro aspectos cruciales:

Primero, en lo referente a los funcionarios, el Estado burgués
usa empleados impuestos por la burguesía, mientras el Estado
proletario usa delegados elegidos por el pueblo. Segundo, en lo
referente al poder armado y al ejército, el Estado burgués los
usa para oprimir al pueblo y defender a la burguesía, mientras
que el Estado proletario los usa para defender al pueblo
(Guardia Nacional). Tercero, en lo referente a la propiedad, el
Estado burgués protege la propiedad capitalista de la tierra, las
industrias, etc., mientras que el Estado proletario realiza la
confiscación de la propiedad de los capitalistas que huyeron e
instaura el control obrero sobre las industrias. Y, cuarto, en lo
referente a la situación de los obreros, el Estado burgués
impone largas horas de trabajo, cruel explotación, multas,
opresión, etc., mientras que el Estado proletario asegura la
jornada de ocho horas, la eliminación de la explotación, de las
multas, de la opresión, etcétera102

. No hace falta un análisis
detallado para mostrar cómo la producción y el militarismo
están interrelacionados en cada uno de los cuatro aspectos
expuestos y cómo, a su vez, ayudan de modo decisivo a
estructurar el Estado burgués, del mismo modo que, justo lo
contrario, el pueblo en armas, el control obrero y la elección de
delegados garantizan una interacción muy diferente entre
Estado proletario y producción económica.

Uno de los ejemplos es el de Etiopía, que se enfrentó a diversos
enemigos africanos pero, sobre todo, al imperialismo italiano al

102

Rosa María Yañez: Historia general del Estado y del Derecho,
Edic. ENSPES, La Habana 1983, p. 95.

522

TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

que derrotó en 1896 gracias a la formación de un ejército con la
tecnología militar occidental103

. Italia poseía desde 1882 una
concesión en el puerto de Assab, junto al mar Rojo. En 1885
empezó a invadir territorios cercanos como el puerto de
Massana y luego la costa de lo que hoy es Eritrea, hasta lograr
imponer un protectorado en Etiopía en 1889. Pero el emperador
Menelik preparó una sublevación tras pedir y obtener el apoyo
militar francés. Tras la sublevación, Italia envió refuerzos a las
órdenes del general Baratieri, que fueron exterminados casi en
su totalidad en los desfiladeros de la región de Adua el 1 de
marzo de 1896. Si bien Italia no tuvo más remedio que
reconocer la independencia etíope, su venganza se realizó con
la invasión de octubre de 1935. La resistencia etíope fue tenaz
pese al empleo sistemático de la aviación por los italianos, con
sus bombardeos indiscriminados de poblaciones civiles
indefensas, adelantando lo que poco después serían los
bombardeos de Durango y Gernika por el ejército internacional
a las órdenes del dictador Franco. Addis Abeba fue tomada en
mayo de 1936104

.

Otro ejemplo, el segundo, trata de las sucesivas luchas de las
poblaciones malgaches que ya hicieron fracasar el intento
francés de invadir Madagascar a partir de 1642; y que de un
modo u otro mantuvieron las oposiciones a los sucesivos
invasores occidentales de manera que a finales del siglo XVIII
no quedaba ningún establecimiento francés en la isla y ninguno
europeo a comienzos del siglo XIX105

. Esto facilitó que en la
primera mitad del siglo XIX la reina Ranavalona I expulsase a
los misioneros, cerrara la isla a los europeos y derrotase a un
ejército anglo-francés en la batalla de Tamatave en 1846. Es
innegable que las dos primeras medidas más la victoria militar
son tres actos típicos de todo Estado que quiere, primero,

103

Daniel R. Headrick: Los instrumentos del imperio, op. cit., pp. 105-

107.

104

Emile Wanty: La historia de la humanidad a través de las guerras,
Alfaguara, Madrid 1972, tomo II, pp. 91-93.

105

Rafael Sánchez Mantero: La civilización africana, en «El Siglo
XIX», Historia de la Humanidad, op. cit., tomo 25, p. 129.

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TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

erradicar toda influencia religioso-cultural extranjera para
desarrollar su propio complejo lingüístico-cultural y religioso,
es decir, identitario, en peligro de extinción; segundo, asegurar
la propiedad estato-nacional del excedente social colectivo
producido por el pueblo malgache, impidiendo el saqueo de los
comerciantes extranjeros, y el tercero y decisivo en última
instancia, asegurar la independencia político-militar del país
mediante la derrota de la coalición invasora. Sin embargo, los
sucesores de Ranavalona I aceptaron de nuevo a los extranjeros,
debilitando la independencia nacional y la fortaleza del Estado
malgache, con el resultado de que para 1885 el Estado francés
pudo declarar a Madagascar protectorado, y tras reprimir la
sublevación popular de 1896 la anexionó como colonia. Los
malgaches lograrían su independencia en 1947106

.

El tercero muestra la debilidad de un pueblo invadido por el
imperialismo holandés que tuvo que aceptar las duras
exigencias extranjeras debido a que su desesperada resistencia
militar no pudo dar el salto a la creación de un Estado fuerte.
Nos referimos al pueblo de Aceh, cuyos habitantes «aunque
poco unidos, opusieron una feroz resistencia a la dominación
holandesa. Tras fracasar en sus tentativas de obtener ayuda
exterior, emprendieron una lucha de guerrilla que se
prolongaría durante un cuarto de siglo. Aunque más adelante
chocarían con algunos núcleos de resistencia, en 1898 los
holandeses se sintieron lo bastante fuertes como para imponer a
todos los príncipes que se hallaban bajo su dominio los
Tratados Sucintos, que anulaban todos los acuerdos firmados
anteriormente y estipulaban que la función de los jefes de los
«Estados indígenas», pagados por el gobierno colonial,
consistía en ejecutar las órdenes de éste»107

. Los
«democráticos» Países Bajos mantuvieron una guerra injusta

106

AA.VV.: «Madagascar», en La Enciclopedia, Salvat, Madrid 2003,
tomo 12, p. 9417.

107

María Soler Sala: «Imperialismo colonial en Insulindia», en
Historia Universal Salvat, Madrid 2004, tomo 18, p. 198.

524

TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

durante decenios para obtener unos beneficios para su
burguesía, pero también para su proletariado.

Lo que de nuevo confirma la valía y la necesidad del método
dialéctico, es el hecho de que, como hemos visto anteriormente,
mientras los Países Bajos resistían a los invasores nazis en
1940-1945 aunque de una forma «moderada» y con
relativamente pocos muertos en comparación a otros países
ocupados108

, seguía pensando y actuando como potencia
imperialista en Asia. En realidad, lo mismo hicieron todas las
potencias europeas ocupadas por los nazis que tenían
posesiones en otros continentes, como el caso francés que
endureció su imperialismo nada más liberarse para descargar
buena parte de los costes de la guerra y de la reconstrucción
sobre esos pueblos oprimidos.

El cuarto ejemplo es emblemático porque no solamente muestra
la importancia del Estado sino también su capacidad de
manipulación de las masas creyentes y de dirección estricta del
proceso social. Cuando los portugueses y los jesuitas llevaron
las armas de fuego a Japón en la mitad del siglo XVI, el
emperador Hideyoshi hizo creer a los campesinos que iba a
construir un gran templo en Kyoto para lo que necesitaba todas
sus armas109

, que se las entregaron convencidos de que decía la
verdad; también desarmó a la nobleza. Durante tres siglos, la
dinastía dominante impuso una paz muy reglamentada pero
desarmó al pueblo y a la nobleza, negándose a desarrollar la
tecnología militar necesaria. Por esto, cuando en 1853 la
armada norteamericana y poco después la de la Gran Bretaña y
Rusia impusieron severas condiciones comerciales a Japón,
estalló casi de inmediato, en 1860, un movimiento de
reafirmación nacional que ha sido denominado «revolución
meiji», tomó el poder del Estado lanzándose a introducir el

108

Gabriel Jackson: Civilización y barbarie en la Europa del siglo XX,
Crítica, Barcelona 2008, p. 259.

109

J. R. Elting, H. C. Parish y K. Kawana: Japón en guerra, Edic.
Folio, Barcelona 1998, tomo I, p. 32.

525

TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

capitalismo a marchas forzadas mediante una planificación
severamente dirigida por el Estado.

Todo lo militar fue objeto de una meticulosa estrategia de
ampliación y rearme, y las crecientes protestas sociales, que se
mostraban con el ascenso del partido comunista japonés, fueron
reprimidas ferozmente y el partido despedazado110

por las
detenciones masivas en 1927. Derrotado el movimiento obrero
y revolucionario, el nacionalismo imperialista impulsado por el
Estado llegó a cambiar el propio budismo que pasó de su
esencial seña de identidad pacifista y no violenta a entrenar
militarmente a los monjes, mientras que los sacerdotes Shinto
alistados en el ejército imperial fueron sustituidos por mujeres
sacerdotisas111

rompiendo la tradición religiosa.

El quinto y último es el que más contenido histórico tiene por
su importancia, como veremos. Según E. Toussaint: «La
utilización de la deuda externa como arma de dominación ha
jugado un rol fundamental en la política de las principales
potencias capitalistas a finales del siglo XIX y a comienzos del
siglo XX en relación con aquellas potencias de segundo orden
que habrían podido pretender acceder al rol de potencias
capitalistas. El imperio ruso, el imperio otomano y China
solicitaron capitales internacionales para acentuar su desarrollo
capitalista. Estos Estados se endeudaron fuertemente bajo la
forma de emisión de bonos públicos con préstamos en los
mercados financieros de las principales potencias industriales.

En el caso del imperio otomano y de China, las dificultades
encontradas para rembolsar las deudas contraídas los pusieron
progresivamente bajo la tutela extranjera. Las cajas de deuda
son creadas y gestionadas por funcionarios europeos. Estos
últimos mandaban sobre los recursos del Estado a fin de que

110

J. R. Elting, H. C. Parish y K. Kawana: Japón en guerra, op. cit.,
pp. 14-15.

111

J. R. Elting, H. C. Parish y K. Kawana: Japón en guerra, op. cit., p.

74.

526

TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

cumpliese con los compromisos internacionales. La pérdida de
su soberanía financiera condujo al imperio otomano y a China a
negociar el reembolso de sus deudas contra concesiones de
instalaciones portuarias, líneas de ferrocarriles o enclaves
comerciales. Rusia, amenazada por la misma suerte, utilizará
otro camino tras la revolución de 1917, repudiando todas las
deudas externas consideradas como odiosas»112

.

Mientras que en los tres casos anteriores hemos visto cómo los
pueblos necesitaban recurrir bien a Estados, aunque fueran
débiles, bien a una mínima autoorganización protoestatal para
resistir a las invasiones que sufrían, al margen de la suerte
última que tuvieron cada uno de ellos, ahora vemos un caso en
apariencia diferente del todo, pero idéntico en lo esencial. La
capacidad de un Estado para garantizar la independencia de su
pueblo se mide, en última instancia, por su fuerza militar, pero
ésta depende de principio a fin de su fuerza económica, de su
capacidad productiva. Sin esta segunda, la primera se hunde
tarde o temprano. Peor aún, teniendo alguna fuerza militar
residual, restos de glorias pasadas, pero habiendo perdido ya su
poder económico, en estos casos tan frecuentes, no pasará
mucho tiempo sin que se debilite la independencia económica,
sin que comience la dependencia hacia las empresas, banca y
Estados extranjeros, más poderosos en lo económico y que
incluso ni necesitan el recurso de la fuerza militar para explotar
económicamente a la antaño potencia económico-militar.

La tragedia de Rusia, China y Turquía, que habían sido
poderosos imperios con poderosos Estados y ejércitos, fue
precisamente ésta, que no pudieron mantener su productividad
económica al ritmo del aumento de la productividad de otras
potencias, antes más débiles. Tuvieron que recurrir a préstamos
en condiciones leoninas y a la larga toda deuda económica es
deuda política. Su debilidad económica originó su debilidad
militar, y el imperialismo se benefició de ello. Las clases y

112

Eric Toussaint: La bolsa o la vida. Las finanzas contra los pueblos,
Edit. Ciencias Sociales, La Habana, Cuba 2003, p. 97.

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TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

naciones oprimidas por el imperio zarista hicieron la revolución
para recobrar las independencias correspondientes, y con el
tiempo lo mismo tuvieron que hacer los chinos y, con
diferencias, los turcos porque ésta no fue una revolución social,
y menos socialista, sino una revolución política, laica y militar
destinada a occidentalizar en lo posible a Turquía, buscando
reinstaurar partes de su imperio perdido, como bien lo sufrieron
los armenios, con el extermino de un millón y medio de
personas entre 1915 y 1923 a través de un implacable
genocidio113

.

La capacidad de los Estados europeos más poderosos para
moverse entre estas complejidades evitando el estallido de una
guerra europea se demostró a finales del siglo XIX, en los años
de negociación de «la gran rebatiña» del continente africano,
troceado y repartido entre algunas potencias europeas.
Leopoldo II de Bélgica, que «más que un soberano era un
hombre de negocios»114

, impuso en el Congo ocupado por
Bélgica una explotación atroz cercana al esclavismo,
obteniendo suculentos beneficios para la burguesía belga, y
después organizó el reparto de África entre algunas potencias
europeas. El hecho de que todos los Estados interesados
actuasen de común acuerdo evitó el estallido de la guerra en
Europa en la década de 1880115

. Y esto es precisamente lo que
ahora más nos interesa, a saber, la relativa eficacia de la
previsión estratégica centralizada por el Estado para evitar,
durante un cierto tiempo, que las contradicciones sociales no
llevaran el capitalismo a una guerra internacional, como
terminó sucediendo al cabo de dos décadas.

Al final, la guerra estalló porque la irrupción de la fase
imperialista así lo exigía. Los Estados, sin embargo, quedaron
superados por la rapidez e intensidad de la nueva forma de

113

www.genocidioarmenio.org 5 de septiembre de 2009.

114

Alfonso Lazo Díaz: «La expansión colonial», en Historia de la
Humanidad,
Arlanza Edic., Madrid 2001, tomo 25, p. 163.

115

Alfonso Lazo Díaz: «La expansión colonial», op. cit., p. 166.

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TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

guerra, por la enorme letalidad de las fuerzas destructivas
desencadenadas por el capitalismo. El fracaso estatal a la hora
de prever las nuevas exigencias de la guerra116

no anula la valía
del Estado como garante del capital, al contrario. La
readaptación de los Estados a las necesidades fue rápida e
incluso un Estado podrido hasta la médula como el zarista pudo
recuperarse en 1916, aunque la ofensiva de ese verano fue el
canto del cisne del imperio. De cualquier modo, lo decisivo fue
que los Estados europeos que supieron expandir su imperio a
otros continentes, es decir, los que mejor fusionaron la
militarización y el imperialismo fueron los que, a la postre,
ganaron la guerra, mientras los que se limitaron al continente la
perdieron117

.

Quiere esto decir que si bien la planificación militar a corto
plazo fracasó, la planificación imperialista y militarista a largo
plazo triunfó porque enormes cantidades de carne de cañón,
materias primas y alimentos fueron expropiados violentamente
por el imperialismo para ser sacrificados en beneficio de
algunas burguesías. Esta segunda y decisiva planificación
estratégica es la que nos interesa para comprender las causas
estructurales del terrorismo en el modo capitalista de
producción. No vamos a extendernos aquí sobre la demostrada
valía teórica del marxismo al descubrir qué era el imperialismo
y qué relaciones esenciales mantenía y mantiene con la
militarización, con las violencias y con la atrocidad, y también
con los medios de propaganda, con la prensa, que actuaba tan al
unísono con el militarismo imperialista que Lawrence, experto
en manipular el sentimiento nacional árabe para lanzarlo a la
guerra contra turcos y alemanes en 1914-1918, traicionándolo
después, dejó escrito que la imprenta era «el arma más grande
en el arsenal del comandante moderno»118

.

116

Antonio Martínez Teixidó (dirc): Enciclopedia del Arte de la
Guerra,
Planeta, Barcelona 2001, p. 304.

117

J. M. Winter: La primera guerra mundial, Aguilar, Madrid 1992, p.

40.

118

Eulalio Ferrer Rodríguez: De la lucha de clases a la lucha de frases,
Taurus, México 1995, p. 372.

529

TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

La militarización es así inseparable de las necesidades ciegas
del capitalismo que le llevan a pretender explotar a toda la
humanidad, y ambas son inseparables del Estado necesitándolo
e impulsándolo. Dicha dinámica fue analizada en sus formas
genético-estructurales por muchos marxistas, especialmente por
Marx y Engels y más tarde por Rosa Luxemburgo, Lenin,
Bujarin, Trotsky, además de otros socialistas como Hilferding,
etc. A comienzos de los años cincuenta del siglo XX, F.
Sternberg avanzó la tesis, entre otros logros, de que el
capitalismo se encaminaba hacia la proliferación de «guerras
pequeñas»119

que se insertaban como tácticas de una estrategia
general, como ha demostrado R. González Gómez con su
estudio sobre la militarización impulsada deliberadamente por
Estados Unidos como parte esencial de su poder imperialista a
lo largo de toda la «guerra fría», destacando determinadas
constantes que se han mantenido durante estos decenios por
debajo de las diferentes doctrinas elaboradas, y que buscaban
un único objetivo: «la contención del comunismo»120

.

La militarización en todas sus formas fue teorizada en el
truculento informe Iron Mountain encargado en 1961, y que fue
coordinado por tres destacados miembros de la Administración
Kennedy. Fue conocido en 1966 gracias a que un único diario
se atrevió a publicarlo en medio del silencio cómplice de la
mayoría aplastante de la prensa imperialista. Una de las
propuestas del informe era popularizar la «guerra deseable»;
otra, la de crear miedo en la sociedad a supuestos enemigos
peligrosos y amenazas de toda índole, desde extraterrestres
hasta enfermedades y plagas: «además, podrían introducirse
juegos violentos orientados a la sociedad y contemplaba el

119

Fritz Sternberg: La revolución militar e industrial de nuestro
tiempo,
FCE, México 1961, pp. 82-120.

120

Roberto González Gómez: Estados Unidos: doctrinas de la guerra
fría 1947-1991,
Edit. Orbe Nuevo, Centro de Estudios
Martianos, La Habana 2003, p. 241 y ss.

530

TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

establecimiento de una fuerza policial internacional
omnipresente y virtualmente omnipotente»121

.

La necesidad del Estado es incuestionable a lo largo de la
creciente fusión entre la economía y la militarización, por
mucho que toda una corriente reformista lo niegue. Incluso un
investigador que en absoluto toca para nada la militarización
como es R. Jessop, que se centra exclusivamente en lo
económico, hablando de lo «extraeconómico»122

para referirse
al conjunto de problemas de todo tipo que influyen desde
«fuera» en lo económico, demuestra que el Estado es cada vez
más necesario para el modo de producción capitalista. Andrés
Casas habla «de la militarización como “modo de regulación” y
de guerra global como instrumento político»123

, basándose en
una tendencia innegable al militarismo en el capitalismo
contemporáneo, tendencia que hemos visto ya embrionaria y
latente en la civilización grecorromana, que fue dando saltos
cualitativos y acelerones en siglos posteriores, con sus
inevitables estancamientos, hasta llegar a la «revolución
militar» antes vista. Como síntesis de todo este proceso, en lo
que a nosotros nos interesa ahora, es la reflexión que surge al
contrastar dos tesis que muestran el auge y al crisis de la
civilización del capital.

La primera tesis es de R. Osborne y trata sobre las relaciones
entre artillería y civilización, tesis ya sostenida de forma
diferente por otros autores. Tras narrar el impacto destructor de
los cañones de las grandes monarquías en ascenso desde finales
del siglo XV, que barrieron todo el poder de la nobleza y del
Vaticano, explica que la artillería, como nueva arma, exigía
cambios totales en el sociedad y en el Estado y concluye: «El
nuevo modelo se iba reforzando a sí mismo y condujo al

121

Cristina Martín: El Club Bilderberg, ArcoPresigs, Barcelona 2008,
pp. 164-168.

122

Robert Jessop: El futuro del Estado capitalista, Catarata, Madrid
2008, pp. 265-304.

123

Aldo Andrés Casas: Guerra y Militarismo en el Siglo XXI,
Herramienta, Buenos Aires, nº 33, octubre de 2006, p. 23.

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TERRORISMO CIVILIZACIÓN

Y

nacimiento de un nuevo tipo de Estado y de una nueva
civilización»124

. La segunda tesis es la de J. Beinstein y trata
sobre la tendencia a la decadencia de esa misma civilización,
una de cuyas demostraciones más concluyentes, según este
autor, es precisamente el debilitamiento del poder del complejo
industrial-militar de EEUU, que refleja la profundidad de la
crisis que azota al capitalismo pese a las ingentes inyecciones
de capital que recibe125

.

Como hemos dicho al comienzo, la civilización es la síntesis
social de un modo de producción. Si éste, o mejor dicho, si el
modo de producción dominante en una época histórica está
basado en la explotación económica, en la opresión política y
en la dominación cultural, entonces la totalidad de las
relaciones dominantes y decisivas para la producción social y
su reproducción simultánea estará a su vez bajo los dictados de
la explotación, opresión y dominación. Toda la síntesis social
que refleja, expone y a la vez refuerza la estructura civilizatoria
existente, también reforzará, expondrá y reflejará esas
dinámicas explotadoras, opresoras y dominadoras. Dentro de
este sistema el Estado cumple una función clave y con él el
resto de aparatos vitales para asegurar y acelerar la producción
y la reproducción.

Los casos vistos hasta ahora muestran por activa o por pasiva la
necesidad de un Estado que elabore una política centralizada
tanto en la dialéctica entre la reproducción y la producción,
como en la dialéctica entre el consenso y la coerción, sin
olvidar la defensa que garantice la independencia nacional. Así,
la creación de «orden» va unida a la creación de «ley», y ambas
a la planificación estratégica de los objetivos a medio y largo
plazo. La civilización es, por tanto, la síntesis social de todo
ello, lo que hace que la obediencia al poder opresor aparezca
como «normal» porque es «civilizada» y porque, en caso de

124

Roger Osborne: Civilización, Crítica, Barcelona 2007, p. 259.

125

Jorge Beinstein: Crónica de la decadencia. Capitalismo global
1999-2009
, Cartado Edic. Argetina 2009, pp, 50-52.

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Y

desobediencia, la civilización está apoyada en su artillería,
sobre todo cuando, como hemos visto arriba, la tendencia
profunda de la civilización del capital camina hacia la
decadencia, lo que refuerza y reforzará aún más su necesidad
del recurso al terrorismo para sobrevivir.

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