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El Caso de Evo Morales. Cuando el mensaje se vuelca contra sí mismo.

El Caso de Evo Morales. Cuando el mensaje se vuelca contra sí mismo.

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Ponencia que aborda la estrategia de comunicación política que guió a Evo Morales Ayma en Bolivia, presentada al Congreso de Comunicación Política de la Asociación Latinoamerica de Investigadores en Comunicación Electoral, Madrid, 6 y 7 de julio de 2012. Derechos reservados (ALICE)
Ponencia que aborda la estrategia de comunicación política que guió a Evo Morales Ayma en Bolivia, presentada al Congreso de Comunicación Política de la Asociación Latinoamerica de Investigadores en Comunicación Electoral, Madrid, 6 y 7 de julio de 2012. Derechos reservados (ALICE)

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I CONGRESO INTERNACIONAL EN COMUNICACIÓN POLÍTICA Y ESTRATEGIAS DE CAMPAÑA
(Madrid, 6 y 7 de julio de 2012)

MESA 6 Comunicación política e ideología en América Latina

El caso de Evo Morales. Cuando el mensaje se vuelca contra sí mismo

Sergio Lea Plaza Vigmar Vargas

Julio de 2012

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Indice

BOLIVIA EN EBULLICION……………………………………………………………3 LA EMERGENCIA DE EVO MORALES.…………………………………………….7 La coca, una metáfora de la transgresión. ..………………………………………...7 Articulando un movimiento nacional.………………………………………………..12 Enfilando hacia Palacio de gobierno……………...…………………………….….15 ¡Ahora es cuándo!............………………………………………………………….…18 LA TOMA DEL PODER. …………………………………………………………..…19 La reinvención de la imagen de Evo.…………………………………………….…19 “Volveré y seré millones”.....……………………………………………………….….22 Bolivia cambia, Evo cumple.…..……………………………………………………...23 La campaña continúa……….………………………………………………………...24 Las transformaciones nacionales.…………………………………………………...27 LA EXPANSION DEL PODER.………………………………………………………27 La lucha política, aniquilando al enemigo…………………………………………..28 El gasolinazo, un punto de inflexión………..………………………………………..31 TIPNIS, la disputa por el discurso del cambio..…………………………………....33 El reverso del mensaje, hacia el totalitarismo invertido..….………………………34 Referencias bibliográficas

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BOLIVIA EN EBULLICIÓN. Corría el año 2000. Al grito de “el agua es de todos” Cochabamba, una de las principales ciudades de Bolivia, se convertía vertiginosamente en el epicentro de la política nacional, cuando miles de vecinos desplazados en las calles montaban barricadas y se enfrentaban con las fuerzas del orden durante la denominada “Guerra del agua”. Luchaban por la reversión de la privatización del servicio del agua; pues, como parte de la última ola de privatizaciones del ciclo neoliberal, el estado entregó, mediante concesión, el monopolio para la explotación y suministro de agua potable a una transnacional, conformada con participación de capitales franceses. Ante los ojos de los sectores populares ello supuso la entrega a manos privadas de la propiedad de un recurso natural muy escaso en esa región (debido a la falta de fuentes de agua cercanas). Cuya provisión, de acuerdo a esa mirada, se perfilaba como un mecanismo de saqueo inmisericorde con la situación de pobreza del grueso de la población. Finalmente, las jornadas de movilización social, que paralizaron esa ciudad durante algunos días, lograron torcerle el brazo al gobierno. El ex Gral. Hugo Bánzer Suarez, presidente en ese entonces, retrocedió y decidió suspender la concesión. Fue el inicio formal de la crisis que daría (unos años después) fin al período neoliberal, dando paso a la emergencia de un nuevo ciclo en cuyo eje se ubica Evo Morales, el primer presidente indígena de Bolivia. Pero obviamente la historia empieza mucho antes. En 1952 el país vivió una de sus mayores transformaciones. La llamada “Revolución Nacional” introdujo radicales medidas de corte nacionalista y popular: Nacionalizó las minas, que hasta ese momento pertenecían a los denominados “barones del estaño”, un puñado de potentados que monopolizaban el negocio minero, en un país altamente rico en minería; confiscó las tierras organizadas bajo

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el latifundio y las distribuyó entre miles de campesinos e indígenas; instituyó el voto universal, levantando la prohibición que al impedirles sufragar a analfabetos y mujeres, les negaba su condición de ciudadanos; e implementó otras acciones más que configurarían un nuevo país en vías a la estatización nacionalista. Los ideólogos de la Revolución del 52 plantearon la lucha en los siguientes términos: una suerte de “antinación” (la oligarquía), ligada a fuerzas externas y presente durante toda la historia republicana, había subyugado a la nación (el pueblo), con el fin de usufructuarla y saquearla, impidiendo, de esa forma, que ésta se constituya. Frente a ello se hacía imprescindible derrotar a la antinación, en la perspectiva de constituir la nación. El gobierno revolucionario se dio a esa tarea, sin remitir a la clásica noción de lucha de clases, más bien bajo la consigna de “alianza de clases”, la cual permitió, no la contradicción, sino la articulación de una burguesía naciente con los segmentos del campo popular. Fruto de ello conformó un cogobierno con participación directa de sindicatos y cuadros intelectuales de las clases medias. El régimen gobernante construyó un discurso revolucionario contra su contrario, haciendo uso así de un poderoso recurso de la propaganda política: la identificación de un terrible enemigo, causante de todos los males y contra el que, por ello, es necesario batallar; la construcción de la imagen (estereotipo) de un enemigo contra el que las fuerzas sociales deben cohesionarse y luchar. La comunicación política de la revolución colocó a este recurso en el centro de su estrategia. Pero, el fuerte impulso de la revolución probablemente llevó a armar un sistema de corte totalitario, mediante la concentración del poder, para la manipulación electoral, cooptación sindical, persecución política (incluyendo campos de concentración) y acciones dirigidas a imponer al conjunto una sola visión nacional. Al final, coherente con su objetivo central de crear y moldear un sujeto nacional, la estrategia del nacionalismo revolucionario boliviano puso en práctica operaciones de homogeneización de los sectores populares, que invisibilizaron las

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particularidades, en especial del mundo indígena, que quedó encapsulado en las categorías genéricas campesino-obrero. En un país altamente diverso en términos étnicos y culturales, los diferentes pueblos indígenas no fueron reconocidos, más que como obreros o campesinos beneficiarios de las medidas revolucionarias, pero al mismo tiempo como instrumentos centrales de la defensa política y militar del régimen a partir de un solo tipo de organización sindical y política impuesta en todas las comunidades del área rural. Las impactantes medidas generadas por la revolución no tuvieron continuidad a través de políticas estatales que las hagan sostenibles. A ello se suma que los gobiernos de la revolución -luego de 12 años- fueron discontinuados por un golpe militar. Probablemente los cambios generados, más allá de instalar nuevas instituciones sociales, como el voto universal, no lograron penetrar en los tejidos que dan vida a las propias relaciones sociales, ahí donde cotidianamente aparecen las desigualdades y exclusiones. Tras casi dos décadas de diferentes dictaduras militares, Bolivia encontró un cauce democrático en los años 80. Y, en 1985, retornó al poder quien fuese el principal conductor de la revolución nacional, pero, paradójicamente, le tocó la misión de desarmar el estado que la revolución construyó 30 años atrás, aquel estado que asumió el control de los medios de producción y la economía nacional. A tono con los cambios del nuevo orden mundial, con el fracaso de los regímenes socialistas de Europa del este, Bolivia asumió en lo político a la democracia formal y representativa y en lo económico al neoliberalismo. Pensando en la necesidad de un acuerdo mínimo que le permita al país afianzar su frágil democracia, los partidos políticos con mayor representación parlamentaria (MNR, ADN y MIR) inventaron la fórmula de la “Democracia pactada”. Lo hicieron partiendo de un supuesto: los que aglutinan el voto representan al conjunto en todo momento. Por ello, a nombre de todos y ante la urgencia de estabilidad (en años previos Bolivia cayó en un inédito proceso hiperinflacionario), acordaron unas bases mínimas para dirigir al país, pero bajo un esquema que garantice la gobernabilidad.

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Para cumplir ese acuerdo tácito decidieron alternarse en el poder, de tal manera que quien quisiese participar en política sólo podía hacerlo a través de ellos. Intentaron ponerle un candado al escenario, con un mecanismo de exclusión que hacía muy difícil la constitución de nuevos partidos.1 Si utilizamos las nociones de Chantal Mouffe (1999) la democracia consensual o la democracia pactada en realidad ofrece un esquema artificial; asume que a partir de un consenso construido en base a la razón y una alternancia en el poder entre quienes más o menos comparten dicho consenso, se superan y desplazan los “odiados” conflictos y confrontaciones que pondrían en “riesgo” a la democracia; así, bajo esos presupuestos, todos podrían convivir armónicamente. En el caso boliviano, un poco más tarde, la propia política se encargó de descartar esta hipótesis. La fórmula de gobernabilidad boliviana fue también la llave para implantar el proyecto neoliberal, marcado por la desregulación de la economía y la privatización del patrimonio estatal, en especial de la industria minera y la de los hidrocarburos. Pero entretanto, los actores de los partidos políticos tradicionales incurrieron en una serie de prácticas que erosionaron radicalmente sus bases de credibilidad ante la opinión pública. No sólo el clientelismo, la demagogia, el transfugio y el prebendalismo, sobre todo la corrupción cerró el círculo en la percepción ciudadana, con la idea de que a los políticos sólo les importan sus bolsillos y sus intereses, mientras la gente sufre de las más graves carencias. En todo ese tiempo, por abajo, en el llano, boca a boca, las palabras fueron tejiendo consignas que sedujeron y articularon a los sectores populares. Ellas giraron en torno a la recuperación de los recursos naturales y la participación

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La “Democracia pactada” boliviana consolidó a tal punto el monopolio de los partidos políticos nacionales y tradicionales que se establecieron fuertes mecanismos de exclusión para la participación electoral de cualquier tipo de expresión ciudadana; estas debían reunir una cantidad enorme de adhesiones a nivel nacional para poder obtener una personería jurídica que les acreditase para poder participar; esto es insólito en Bolivia, un país con más de 10.000 comunidades campesinas e indígenas y con una amplísima tradición de organización política y sindical a todo nivel.

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política de los excluidos, develando el rotundo fracaso del modelo neoliberal y del sistema de partidos que lo administró. Como lo testimonia el caso boliviano, a pesar de las exclusiones formales, la política no se detuvo (nunca lo hace), continuó operando por fuera, en las calles, comunidades y sindicatos, incluso fuera de los medios masivos de comunicación, hasta que articuló todas las energías y desembocó en el derrocamiento del último gobierno boliviano nacido bajo ese esquema, el año 2003, a tres años de la “Guerra del agua”. En realidad poniendo nuevamente en el tapete la distorsión original que nació con la Conquista de América. Aquella entre quienes “hacen parte” de la comunidad, pero, por ser considerados inferiores, no tienen derecho a la palabra y quienes sí lo tienen, tal como lo plantea Jacques Ranciere (1996). Es decir, en la conformación de lo común se produce un reparto en el que unos, a los que se considera superiores, tienen una real participación en la toma de decisiones, en tanto, aquellos, a los que se considera inferiores, no pueden tener una participación más allá de su ocupación específica. Sin embargo, siguiendo a Ranciere, a quienes realmente no tienen parte se les asigna una (supuesta) parte en la comunidad y así quedan (artificialmente) dentro de ésta. LA EMERGENCIA DE EVO MORALES. La coca, una metáfora de la transgresión. La construcción inicial de la imagen de Evo Morales e incluso su acción política inaugural no estuvo ligada a lo indígena, aunque su liderazgo se encontraba anclado profundamente en la relación entre el mundo indígena y el mundo moderno, relación que se materializaba en la lucha en torno a la hoja de coca. La dinámica de los acontecimientos políticos alrededor de esta lucha fue tamizada en la mirada de los medios de comunicación. Por ello gran parte de la sociedad boliviana no veía en Evo un líder indígena, sino un líder sindical; incluso él mismo, en sus inicios, proyectó una imagen no de indígena sino de combativo dirigente

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sindical. Fue a partir de su asunción como presidente que la nueva estrategia de comunicación política colocó formalmente a lo indígena en el centro de la imagen de Morales. Sin embargo, antes de abordar ese nuevo período, es necesario recrear las condiciones previas y los primeros pasos en la construcción de su liderazgo, de cara justamente a la confección de la nueva imagen que proyectaría unos años después. La falta de trabajo en medio de un entorno de aguda pobreza obligó a miles de bolivianos de la zona altiplánica a emigrar a otras regiones, que prometían nuevas oportunidades. Una de ellas El Chapare, territorio casi virgen (zona de aspecto tropical, cerca de la ciudad de Cochabamba), donde los autodenominados colonos (migrantes) tenían ante sí un área vasta y rica en su potencial agrícola. Este proceso se vio engrosado a partir de la nueva política económica implantada en 1985, ya que con el cierre de empresas estatales dedicadas a la minería, que ocasionó masivos despidos, importantes contingentes tuvieron que emigrar en búsqueda de una fuente laboral. A mediados de los años 80, luego de trasladarse al Chapare, Juan Evo Morales Ayma (52), a temprana edad, se involucra con la vida sindical en torno a una de las principales actividades de la zona, la producción de la hoja de coca (planta originaria de Los Andes amazónicos). La coca es considerada por algunos sectores en Bolivia como la “hoja sagrada”, por su alto valor simbólico proveniente del uso que de ella hicieron los Incas y culturas prehispánicas de Los Andes, en ritos y prácticas que hacen parte de una cosmovisión originaria y en la medicina y nutrición. Recientemente ha despertado una gran polémica que un magistrado (de origen aymara) del Tribunal Constitucional Plurinacional declarase que usa a la hoja de coca, a manera de vidente, como consulta para la resolución de casos.2

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http://www.paginasiete.bo/2012-03-14/Nacional/Destacados/3Nac00114-01.aspx

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En virtud de sus propiedades analgésicas, estimulantes y de su riqueza en sales minerales y vitaminas una buena parte de la población boliviana practica el mascado de la hoja de coca. Pero, esta hoja también es la materia prima para la producción de cocaína, una droga estimulante y altamente adictiva, al parecer producida por primera vez en Europa, como un medicamento anestésico. Su consumo es prohibido en la generalidad de países, a causa de sus efectos nocivos sobre el organismo humano. Pese a ello se registra un elevado consumo en Estados Unidos y Europa. La producción de esta droga hace parte del multimillonario negocio del narcotráfico, que para desarrollar y encubrir sus actividades ilícitas apela al uso de la violencia, sin discreción. Frente a éste los estados han desplegado estrategias que contemplan también el uso de la violencia a través de fuerzas policiales y militares y con la participación de organismos internacionales de lucha contra el narcotráfico. El Chapare boliviano es un eje en esa guerra. Pues se convirtió en una zona roja por la presencia de fábricas de cocaína que se aprovisionan de una parte de la coca producida en el lugar y, al mismo tiempo, por la presencia de fuerzas policiales y militares altamente represivas. Es ahí donde Evo Morales inició la construcción de su liderazgo, primero como secretario de deportes, hasta convertirse en el líder máximo de las seis federaciones de productores cocaleros del trópico cochabambino (El Chapare). El eje discursivo del dirigente de los cocaleros Evo Morales, fue la reivindicación de la hoja de coca como producto de consumo cotidiano de los sectores populares del país, que hace parte de una práctica ancestral milenaria, cuyo cultivo, por ello, debe respetarse como una práctica soberana de naciones indígenas. “A través de una operación hegemónico-discursiva el significante coca -asociado por los gobiernos boliviano y estadounidense con narcotráfico y cocaína– fue progresivamente resignificado como “hoja milenaria heredada de nuestros antepasados” y, fundamentalmente, “defensa de la dignidad nacional”;

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convirtiendo al discurso en defensa de la coca en una superficie de inscripción para el creciente cuestionamiento a la subordinación nacional a los mandatos de la embajada estadounidense, cuya abierta intervención en los asuntos internos de Bolivia asume características imperiales.” (Stefanoni, 2003: 59) Ese discurso se opone a las políticas públicas de erradicación de los cultivos de coca que partían del supuesto de que toda la producción de dicha planta en el Chapare se destinaba al narcotráfico. Una serie de endebles acuerdos permitió el cultivo de la coca en una limitada porción de tierra por familia. En torno a ese nodo se desarrolló la tensión, con enfrentamientos y muertes de por medio, entre los cocaleros y los diferentes gobiernos especialmente en la década de los 90. Durante todo ese período el lenguaje de Evo Morales fue el lenguaje de la movilización, de las marchas, de los bloqueos de caminos3 (por varias semanas), del enfrentamiento violento, de las declaraciones agresivas. Su liderazgo se construyó en los bordes de la legalidad y su acción tomo ribetes radicales. La estrategia guiada sólo por la intuición, sin planificación, tuvo en esencia un mensaje central: la resistencia, irreverencia y transgresión contra el poderoso. Quedó asociada en su discurso una marcada posición antiimperialista, visualizando en organismos como la DEA instrumentos de represión y opresión de pueblos humildes. Bajo esa misma lógica, planteó la idea de que el narcotráfico era generado por la enorme demanda proveniente de los países ricos, enfatizando que el problema tenía sus raíces en un modelo económico de libre mercado. Los medios de comunicación social, ante el alto interés que revisten hechos violentos, como los que se registraban frecuentemente en El Chapare, colocaron rápidamente al tema coca-narcotráfico en los primeros puestos de la agenda

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Por El Chapare pasa una ruta caminera troncal, de las más importantes del país, que une occidente con oriente (La Paz, vía Cochabamba, con Santa Cruz).

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nacional. Y con ello, establecieron una plataforma para la vehiculización de la imagen de Evo Morales. Aunque, sin duda, la imagen inicial que construyeron los medios más poderosos del país fue un estereotipo ligado a un tipo de dirigencia sindical, la del bloqueo, y bajo sospechas de al menos complicidad con el narcotráfico. Tras varios años de movilización y confrontación y como resultado del roce y la articulación con otros sectores, gracias a la combativa dirigencia cocalera, Evo dio un paso más. Fundó junto a otros dirigentes de organizaciones campesinas e indígenas la Asamblea para la Soberanía de los Pueblos, como instancia de aglutinación y el Instrumento Político para la Soberanía de los Pueblos, como su brazo político. Pero al intentar inscribirlo en el sistema político formal boliviano, le fue negada la personería necesaria para participar en eventos electorales. No obstante, ello no fue un obstáculo, Morales se prestó la sigla de un partido sí reconocido y logró hacerse elegir diputado por una de las circunscripciones del Chapare, con el 70% de los votos, el año 1997. A pesar de su ingreso al sistema político formal, encumbrado en el congreso nacional, Morales continuó al frente de la movilización cocalera. Su acción política se desplegaba más en los caminos, comunidades y calles, que en el hemiciclo de la cámara de diputados. Evo supo jugar en los bordes de la transgresión del sistema, pero nunca de la transgresión absoluta. Y tuvo la capacidad de poner a la coca como metáfora para representar la tensión fundamental entre sometimiento y rebeldía, que yacía en la memoria colectiva, al menos de los sectores populares. Para, a partir de ello, abrirse un camino de articulación de los movimientos populares bolivianos, como la víctima que no se somete, resiste, pelea y transgrede. En la lucha en torno a la coca confluyen lo indígena y el otro, su conquistador, la nación y la antinación, la dignidad y el abuso, solo que ahora bajo una conformación moderna, que, sin embargo, sintetiza el ideal de un imaginario

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indígena que intenta cambiar el curso (casi predeterminado) de una historia de 500 años de opresión. Es nuevamente la distorsión original (Ranciere 1996) que hace su aparición. Articulando un movimiento nacional. Evo sobrepasa la esfera del liderazgo sindical cocalero y aprovechando la plataforma de lucha por la coca (demanda que nunca abandonará), empieza a asumir posturas mediáticas de mayor articulación nacional, como la demanda por una asamblea constituyente o la nacionalización de recursos naturales que fueron entregados por distintos gobiernos al capital privado. Como señala Stefanoni (2003: 59): “…los cocaleros han sido capaces de articular una serie de alianzas que pusieron a la defensa de la coca en el centro de las luchas sociales y políticas del país, y les permitieron hegemonizar una amplia serie de demandas contra el “modelo” neoliberal; al tiempo que incrementaban su participación en los foros y congresos internacionales “anti-globalizadores” (Foro Social Mundial, Campaña Continental contra el ALCA, congresos campesinos, etcétera).” Se fue armando una constelación de movimientos donde confluían sin una regla predeterminada, lo rural y lo urbano, la izquierda y el nacionalismo, lo mestizo y lo indígena, etc. Fueron los años terminales de la crisis del modelo neoliberal boliviano. A la “Guerra del agua” del año 2000 le siguieron una serie de movilizaciones de protesta que convulsionaron al país y subieron el tono de las demandas al máximo. Vinculado a ello, recorría el país una imagen medio moribunda de los políticos del sistema tradicional, cuyo desgaste, descrédito, negligencia e incapacidad para ofrecer soluciones a los problemas nacionales, había generado un hastío mayor en la población. Evo empezó a capturar ese malestar.

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Tras varios enfrentamientos en El Chapare, el parlamento boliviano, controlado por los partidos tradicionales, acusó a Morales de instigación a la violencia y luego de un proceso disciplinario declaró la expulsión oficial del líder cocalero. Lejos de representar este hecho un daño en la imagen de Morales, significó por el contrario una escalada de apoyo popular. Al parecer gran parte de la población percibió que se trataba de una medida abusiva del poder. Morales declaro en aquella ocasión “No tengo miedo, si tengo que ofrendar mi vida, ir a la cárcel por defender a mis compañeros, a la coca, la dignidad de mis compañeros, la soberanía, ningún problema”. 4 Se avizoraban nuevas elecciones para el año 2002 y Evo Morales planeaba presentarse como candidato a la presidencia por el Movimiento al Socialismo (MAS). Este a diferencia de los otros, no se constituyó bajo la estructura formal de un partido político, sino más bien como la agregación de movimientos y actores sociales, sin una estructura y con rasgos más antisistémicos, pero eso sí, guiados por un esquema caudillista. Morales encaró la campaña electoral todavía bajo la lógica sindical de la comunicación popular para la transgresión, con más intuición que investigación y planificación de comunicación estratégica, optando preferentemente por medios de comunicación populares conectados con diversas redes sindicales, que configuran una telaraña inmensa en un país hiper organizado como Bolivia. Y modulando su discurso de transgresión, en ese juego de equilibrios que lo caracterizó, para lograr la aceptación también de importantes sectores urbanos ligados a las clases medias. Sin embargo, los propios medios masivos dieron amplia cobertura a Morales, a pesar de que en la agenda de la campaña electoral lo central era la disputa entre los candidatos que de acuerdo a las encuestas se encontraban en los dos primeros lugares.

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http://www.lr21.com.uy/mundo/69109-expulsado-del-congreso-y-dispuesto-a-morir-por-los-indigenasbolivianos

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Pero un hecho mediático dio un giro radical a la campaña, que se encontraba finalizada, a tan solo 72 horas del verificativo electoral. El embajador de Estados Unidos en Bolivia, Manuel Rocha, pronunció un discurso en un acto oficial en El Chapare, en el que profirió una amenaza al pueblo boliviano. Ahí lo que dijo, reproducido por todos los medios de comunicación, despertó la indignación de la población: “Rocha declaró en un acto público en la población de Chimoré, en el departamento de Cochabamba, donde se encuentra la base principal de las fuerzas antidrogas, que si los bolivianos apoyan a candidatos como Morales, a quien además acusó de terrorista, Bolivia corre el riesgo de perder la ayuda norteamericana e incluso la venta de gas a California o la exportación de textiles bolivianos a los Estados Unidos.” 5 Fue como si los estrategas de la campaña de Evo Morales hubiesen diseñado en un laboratorio la línea de ese discurso leído vehementemente por el embajador de EEUU. Pues, como se señala en la misma publicación de prensa: “Furiosos por las palabras de Rocha, los ciudadanos bolivianos consultados telefónicamente por la influyente emisora Fides, entre otras, mencionaron que “Bolivia es un país pobre pero digno” por lo que algunos pidieron la expulsión del diplomático de Bolivia.” Causó indignación y fue probablemente el factor clave que encajó a la perfección para dar vida al mensaje electoral de Morales, ligado a la dignidad y soberanía nacional, bajo un perfil de la transgresión contra el más poderoso. Y encima lo hizo justamente con el elemento simbólico de esa relación, la hoja de coca. Morales logró una impresionante escalada en el voto, pisándole los talones al primero, el ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, que en virtud de un acuerdo parlamentario se convirtió en presidente.

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http://www.nuestraamerica.info/leer.hlvs/235

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Enfilando hacia Palacio de gobierno. Sánchez de Lozada, el principal arquitecto del modelo neoliberal boliviano en los 80 y 90, se empecinó en intentar consolidar esa apuesta el 2002, tras asumir un segundo mandato. Se negó férreamente a dar paso a reformas estructurales mediante una asamblea constituyente y un referéndum para redefinir el régimen de los hidrocarburos. Pero, su gobierno no duró más de un año y medio. Resulta que Bolivia había descubierto recientemente ingentes reservas de gas natural6, que ante los ojos de la gente ofrecían una enorme oportunidad para el crecimiento del país. Por ello, la población centró sus esperanzas de un futuro mejor en la explotación del gas. Se barajaba la posibilidad de vender gas al mercado californiano, que, ofreciendo precios muy superiores que cualquier otro en la región, había manifestado gran interés en el energético boliviano. La ejecución del proyecto implicaba una solución técnica que obligadamente debía tomar en cuenta a Chile o Perú, para llevar el gas a sus puertos (Bolivia es un país mediterráneo) y luego trasladarlo por mar a EEUU. Se armó un intenso debate en torno a ello, pero la población sospechaba que Sánchez de Lozada trabajaba en secreto para consolidar la opción de Chile, país que además requería con urgencia de gas natural. Entonces, asomaron en la memoria colectiva los fantasmas de un pasado todavía vivo, marcado, según la historia oficial boliviana, por la terrible e injusta pérdida del mar a manos de Chile, en virtud de un tratado firmado 25 años después de la Guerra del Pacífico (1879). En el imaginario popular se mantiene como una constante histórica la siguiente idea: Bolivia, es un país rico, pero vive como mendigo, porque siempre sufre el cercenamiento de su territorio y el saqueo de sus recursos naturales.

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Los informes que daban cuenta de las reservas probadas y probables estimaban que el país albergada alrededor de 52 TCF´s (trillones de pies cúbicos) de gas.

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El movimiento popular, a la cabeza de Evo Morales alimentó ese argumento, con otro: no se debía exportar el gas antes de transformar el régimen general de los hidrocarburos, que en ese momento beneficiaba enormemente a las transnacionales7; y, antes de exportar, se debía pensar en la industrialización del gas, pues ésta reportaría ganancias mucho mayores. Con esos ingredientes y considerando la creencia de que Sánchez de Lozada intentaba beneficiar a Chile (uno de los enemigos eternos según el imaginario popular) el ambiente se convulsionó a tal punto que desencadenó la denominada “Guerra del gas”. La acumulación de demandas sectoriales irresueltas encontró un cauce, y, como dice Ernesto Laclau8, un agente particular fue capaz de asumir una cadena equivalencial, una sinergia de las demandas particulares del descontento que encontraron un punto en común y se entrelazaron. Así pues, en este caso todas las demandas sectoriales se articularon en torno a una consigna: el gas es de los bolivianos. Y a partir de ello se desató todo. Era octubre de 2003, la ciudad de El Alto9 se convirtió en el escenario del bloqueo y cerco a la ciudad de La Paz, la sede de gobierno, distante a tan sólo 25 kilómetros. Vanas fueron las palabras del presidente, que ante la inminencia de una parálisis mayor del sistema, accedió a los pedidos de los manifestantes. Su suerte ya estaba echada. Cuando frente al desabastecimiento (en especial de combustibles) que venía causando la medida de presión, el gobierno puso en marcha una operación militar, se desató una sangrienta confrontación; los efectivos militares usaron armas de

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La ley de hidrocarburos vigente el 2002, fue aprobada anteriormente durante el primer período de Sánchez de Lozada. Ella establecía la siguiente distribución sobre las ventas del gas: para el estado el 18% y para la petrolera el 82%. 8 http://es.scribd.com/doc/25877275/Laclau-Sujeto-de-politica-politica-del-sujeto 9 La ciudad de El Alto, actúa como primera parada de los migrantes de la zona rural indígena (aymara) altiplánica a la ciudad de La Paz.

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guerra, pero no lograron reducir a los que les hacían resistencia, quienes por el contrario, finalmente lograron el repliegue de las fuerzas del orden. La “Guerra del Gas se cobró la vida de más de 80 personas y se convirtió en una rebelión popular, que inmediatamente derribó de la presidencia a Sánchez de Lozada, quien tuvo que huir apresuradamente fuera del país, renunciando formalmente a su cargo. El poder ejecutivo quedó en manos del vicepresidente, que previamente había expresado su rechazo respecto a la conducción del conflicto. No ha quedado clara la participación de Evo Morales durante este episodio. Al parecer no intervino directamente en el teatro de operaciones. Ante los medios, en los días previos declaró que le preocupaba que las bases estén superando a los dirigentes, hasta volverse incontrolables. Otros, entre los voceros del gobierno de ese entonces, por el contrario, endilgan a Morales un rol central por detrás del bloqueo y del cerco. Más allá del rol particular de un actor político, quedó muy clara cuál era la fuerza y el sentido de la participación política de los movimientos sociales. Este hecho político tuvo un alto significado para el país. Es como un derrocamiento del modelo neoliberal y la apertura de un nuevo camino, marcado por lo que se conocería como la “Agenda de octubre”, en cuyo eje se encontraba la recuperación de los hidrocarburos. En los siguientes dos años hasta la elección de Evo Morales como presidente se desarrolló un período de transición, en el que se sucedieron dos interinatos constitucionales en la presidencia. No fue un momento menos conflictivo, pues las tensiones continuaban entre la acción de la calle controlada por los movimientos sociales, la acción legislativa en el congreso, controlada todavía por una mayoría conformada por los partidos tradicionales y los intentos de gobernar de un poder ejecutivo solitario, sin una fuerza política que lo respalde. Sin embargo, de esa tensión y como una suerte de acuerdo viabilizador emergieron las bases legales que abrirían el camino a un nuevo orden: una ley de

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reforma a la constitución política que permite la asamblea constituyente, el referéndum del gas y la descentralización del país a partir de la constitución mediante voto popular de gobiernos regionales. Se recogieron los planteamientos de la agenda de octubre, pero también de otro cuerpo de demandas surgidas de otra forma y en otros lugares del país, fuera del altiplano, en el oriente y sur. Como producto de una larga lucha algunas regiones bolivianas se movilizaron demandando al estado unitario y centralista un proceso de descentralización política, que permita conformar sus gobiernos autónomos mediante voto popular. La inclusión social y la autonomía de las regiones se convertirían entonces en los ejes centrales de un nuevo proceso de transformaciones. Trazado así el nuevo mapa, se convocó a elecciones para el año 2005. ¡Ahora es cuándo! El eslogan de campaña que utilizó Evo Morales para esta contienda electoral fue “¡Ahora es cuándo!”, una expresión que, bajo su perfil político, sintetiza con absoluta sencillez y nitidez que llegó el momento esperado. De cara a los movimientos sociales, el mensaje lleva por detrás una suerte de instrucción: ahora llegó el momento de tomar el poder, para cumplir la voluntad de los sectores populares del país. De cara al público en general el mensaje podría visualizarse así: después de que la historia nos la negara siempre, ahora con Evo se ha presentado la oportunidad de oro (si no se aprovecha se pierde) de cambiar el destino del país y tomar en cuenta a los que nunca fueron contados, como tú. En esencia, la promesa de un cambio (posible de alcanzar) fue el corazón de dicho mensaje. En coherencia, se empaquetó la oferta programática en lo que lo que denominaron los “10 mandamientos del cambio”, que fijaban las acciones que debía tomar el país, en referencia a la “Agenda de octubre”. Entre ellas:

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Constituir un estado soberano. Nacionalizar e industrializar los hidrocarburos. Otorgar salud y educación gratuita. Erradicar la corrupción.

En general la campaña del MAS fue austera10 y como era su costumbre las acciones no fueron guiadas por una estrategia científica de comunicación, al estilo norteamericano. De la misma forma, priorizó el uso de las redes populares de comunicación, aunque en esta contienda electoral incrementó su participación en los medios masivos de comunicación, los que sin embargo, como venía ocurriendo, le otorgaron una amplia cobertura, esta vez entre los dos favoritos. El 18 de diciembre de 2005 Evo Morales logró un triunfo histórico en las urnas, con un increíble 54% de la votación a su favor, superando cualquier proyección estadística y recordando que el voto oculto es un factor electoral a tomar en cuenta seriamente. A tiempo de elegir al presidente, vicepresidente y congresistas nacionales también se eligieron a los prefectos (gobernadores) de departamento (Bolivia se divide en 9 departamentos), como fruto de las recientes reformas en el marco de un proceso de descentralización del país. Si bien Morales obtuvo la primera magistratura y la mayoría en la cámara de diputados, no logró el control de la cámara de senadores, ni del conjunto de prefectos (7 de ellos luego se convirtieron en oposición). LA TOMA DEL PODER. La reinvención de la imagen de Evo. La asunción de Evo Morales a la presidencia de Bolivia implicó el despliegue de una nueva y agresiva estrategia de comunicación, que reinventó su imagen y explotó aspectos que en otros períodos quedaron en segundo plano.
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Incluso luego de pasada la elección el MAS declaró que devolvería una parte de los fondos estatales que en aquel tiempo se otorgaban a los frentes de acuerdo a la cantidad de votos que obtuviesen.

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En consecuencia, desde el inicio de su presidencia se ha desarrollado una potente acción de comunicación, que a diferencia de los momentos anteriores ahora sí responde a una planificación previa y a los criterios generales de la comunicación estratégica. No obstante, por lo menos hasta la campaña de reelección (2009), le seguirá guiando fundamentalmente el olfato político y el asesoramiento de círculos de intelectuales de la nueva izquierda, compuestos por bolivianos, peruanos11, argentinos y, aunque de manera no confirmada, venezolanos y cubanos. Es clave tomar en cuenta la participación de estos cuadros para entender la construcción discursiva y la imagen de Morales ya como presidente. No se trataba de típicos asesores que diseñan campañas bajo la lógica del tradicional marketing político (a lo norteamericano), guiándose casi ciegamente por encuestas. Gracias a una formación intelectual (en torno a una nueva izquierda), que les permitió captar la profundidad del fenómeno político boliviano y el rol histórico de Morales, lograron articular elementos políticos simbólicos con elementos políticos pragmáticos en una estrategia política global, más allá de lo estrictamente comunicacional. Pero, lo único que hicieron fue darle forma al sentido políticosimbólico del movimiento que articuló Evo Morales. El eje rector de la estrategia de comunicación política remite a una creencia profundamente arraigada en gran parte de la sociedad boliviana, pero particularmente en los sectores populares de la zona andina del país, de orígenes aymara y quechua. Se trata de una evocación histórica que se proyecta en el presente: el recuerdo de un pasado marcado por una atroz opresión y explotación de parte del sistema colonial español contra sus antepasados indígenas; pero es un pasado que continúa presente, pues esa configuración política -en la percepción popular- se ha mantenido vigente luego de finalizar la colonia.

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Aunque no se reconoce oficialmente, se señaló que Walter Chávez, un peruano, activista y perseguido judicialmente en su país por una supuesta participación en acciones guerrilleras, asumió el liderazgo del equipo estratégico de Evo Morales.

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Es la figura del otro, del extraño, que se apodera no solo de un territorio (y sus riquezas) que no le pertenece, sino de la libertad y la propia vida de los indígenas, verdaderos dueños de ese territorio. Bajo ese enfoque, la historia de Bolivia, como es contada y como se la representan los bolivianos, es la historia del saqueo y el abuso de un agente externo contra el pueblo boliviano. Desde los intentos por evitar su constitución como república luego de la guerra de la Independencia en el siglo XIX, el arrebato de su litoral marino en 1879, la pérdida de grandes territorios en la guerra del Chaco en 1932, hasta el saqueo contemporáneo de sus recursos naturales (en especial los minerales y los hidrocarburos) a mediados del siglo XX y principios del XXI. Ya la revolución nacional de 1952 ofrecía una lectura en ese sentido. La reelaboración del mensaje político bajo el régimen de Morales se asentó entonces en esa creencia, proyectada en miedos y esperanzas. Se diseñó una matriz del cambio, que desembocó en una agenda de transformaciones, más no se trataba de un pesado marco programático, plagado de conceptualizaciones, por el contrario, fue un instrumento pragmático que intentaba lograr (o al menos mostrar esa imagen) que el pensar, hacer y decir sean consecuentes entre sí. En esa lógica, la comunicación nunca se separó de la política, como suele suceder en otros gobiernos, cuando de manera artificial la estrategia de comunicación intenta proyectar una agenda, mientras el líder del gobierno transita en la práctica por otra agenda. Sin embargo, no es que plantearon otras formas de comunicación política, más bien utilizaron los formatos y la lógica tradicional del marketing político, a diferencia de los equipos de comunicación de regímenes de izquierda del pasado, que repudiaron dichos formatos.

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Y a través de esos formatos, pero también de otros del ámbito popular y la comunicación alternativa, se retomó nuevamente ese sentido que caracterizó la emergencia de Morales, el de la transgresión, pero no de una transgresión total. En esa perspectiva, se intentó generar un equilibrio entre las pulsiones de los movimientos sociales (quienes se asumían como los autores del nuevo gobierno) y el resto de expresiones de la ciudad, más ligadas a la clase media. Pero, al reprocesarse, según el lenguaje y formato de los instrumentos de comunicación (que responden a la lógica del marketing político), y al ajustarse a metas políticas coyunturales, el mensaje quedó encapsulado y convertido en estereotipo (una especie de creencia exagerada o distorsionada). “Volveré y seré millones”. En 1781 el indígena Tupac Katari luego de liderizar en el Alto Perú una rebelión fallida contra el imperio colonial español y antes de morir descuartizado a causa de ello, pronunció la frase “Volveré y seré millones”. El 26 de enero de 2006 se encarnó la frase… o es lo que al menos la nueva estrategia de comunicación de Morales intentó mostrar. Tiwanacu12, otrora radiante capital de una antiquísima y avanzada civilización preincaica (1500 ac. a 1200 dc.), que no conoció de la dominación española, se constituyó en el escenario para la asunción de Evo Morales a la presidencia de Bolivia, en un evento transmitido en directo por televisión y radio a nivel nacional. La infraestructura que increíblemente conserva aún Tiwanacu sirvió de escenografía para que Morales (vestido con un traje simbólico especial), tras recibir un cetro indígena, asumiera el mando espiritual de los pueblos indígenas, ante la concurrencia de miles. El mensaje fue claro: hoy la profecía de “volveré y seré millones” se hace realidad. El mito toma forma y se encarna en Evo Morales.
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Tiwanacu fue declarado por la UNESCO el año 2000 como centro espiritual y político de la cultura.

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A partir de ello, se proyectó en el mundo entero la imagen de Morales como primer presidente indígena de Bolivia. Bolivia cambia, Evo cumple. Tener un presidente indígena por primera vez no era otra cosa que un cambio de grandes dimensiones. Esto nos ayuda a entender que el centro de la imagen de Morales (ahora reinventada) continúa siendo el cambio, del que lo indígena es tributario. Recuperando el discurso político de Evo Morales y a la luz de una imagen reinventada, la estrategia fijó un eslogan central, que acompañaría todo el período: “Bolivia cambia, Evo cumple”. De hecho, se acuñó la frase “proceso de cambio”, para referirse al proceso bajo la presidencia de Morales, que remite a la apuesta por una revolución democrática y cultural en el país. En ese marco, se trabajó en proyectar la imagen de un presidente indígena, que lucha por cambiar Bolivia, a través de una refundación, para liberar a los sectores populares de la opresión y exclusión histórica. Ese cambio -siguiendo la lógica del mensaje proyectadoimplica el

desplazamiento del modelo neoliberal, para generar igualdad y justicia social y, al mismo tiempo, dejar de destruir el medio ambiente. Implica luchar por la dignidad y la soberanía nacional, para recuperar lo que le pertenece a los bolivianos. Cumplir todo ello requiere de una nueva actitud, que destierre las viejas prácticas políticas de los partidos tradicionales, como la corrupción y la demagogia; es necesario gobernar dando el ejemplo. En suma, si es que se podría sintetizar y a riesgo de ser reduccionista, el mensaje que intenta proyecta Morales es el de un cambio popular e indígena, inscrito ideológicamente en la izquierda nacionalista, antiimperialista y ecologista, bajo un liderazgo genuino, honesto y transgresivo.

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Ese fue el mensaje que asumió el dignatario, pero a tal punto que, al encarnarlo, es como si él mismo se convirtiese en el mensaje. Es muy interesante percatarse al ver las piezas comunicacionales que difunde el gobierno boliviano, que el logotipo que acompaña el eslogan de “Bolivia cambia, Evo cumple”, no es otro que la propia figura de Evo Morales. La estrategia no diseñó un ícono nuevo o retomó algún símbolo para representar al mensaje, lo que hizo fue colocar al propio símbolo del mensaje, la imagen física de Evo Morales con la banda presidencial (no podían encontrar mejor significante). En el fondo el mensaje mantuvo aquello que caracterizó a Morales durante la emergencia de su liderazgo, la transgresión, contra un sistema poderoso que oprime al menos poderoso. La campaña continúa. Una de las acciones claves para el éxito de la estrategia de comunicación (durante su primera gestión de gobierno obtuvo altísimos e inéditos índices de adhesión ciudadana) fue actuar como si la campaña electoral continuara. Los anteriores gobiernos asumían que el momento electoral había concluido, por ello sus energías debían utilizarse prioritariamente en implementar una gestión de gobierno, que de por sí sola (gracias a sus resultados) generaría adhesión ciudadana. Por tanto, los presidentes debían dedicarse más a llevar a la práctica su plan de gobierno y la comunicación a acompañarlos en esta tarea. En el caso de Morales no funcionó así, sino a la inversa. La comunicación a cargo del principal mensajero, el propio presidente, fue la punta de lanza para llevar adelante un plan de gobierno. Decimos que la campaña electoral, o más bien la lógica de la campaña electoral continuó porque el presidente Evo Morales organizó su tiempo (y el tiempo del gobierno) como si se encontrase en un momento electoral. Su agenda hizo que dedique casi todo su tiempo a comunicar el mensaje a la población, ya sea en contacto directo o a través de medios de comunicación.

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Probablemente se convirtió en el presidente más viajero, tanto al interior como al exterior del país, registrando al día tres o cuatro viajes, vía aérea, para protagonizar actividades en diferentes ciudades o localidades. Cada una de ellas fue transmitida en directo por el canal estatal de televisión (a través de un transmisor satelital comprado por la administración de Morales) y una red radial nacional. El gobierno montó una gigantesca red de comunicación, no sólo potenciando los medios estatales, sino también financiando la apertura o consolidación de decenas de radios comunitarias13 y expandiendo los sistemas de recepción de televisión vía satélite, de la mano de la empresa nacionalizada de telecomunicaciones. Obviamente gran parte de los medios de esa red se inscribieron ideológica y militantemente en el proceso de cambio. Con esos poderosos instrumentos, Morales desarrolló de manera permanente iniciativas impactantes, en función de la matriz de cambio que guía a su gobierno. Entre ellas por ejemplo: Empezó su jornada diaria como presidente a las cinco de la mañana, obligando a toda la administración del gobierno a emular esa acción, que dejaba claro que se trataba de una nueva clase de servidores públicos, en contra posición a los viejos funcionarios públicos. En la misma línea, luego de dar de baja a dos generaciones de generales de las fuerzas armadas, acudió al día siguiente a un desayuno con los soldados rasos, indicando con ello que gobernaba con las bases, y que éstas respondían a él antes que a sus mandos militares. El fútbol, pasión de multitudes, fue y es una actividad permanente de su agenda. Participa él mismo en innumerables encuentros como parte de un equipo conformado por ex seleccionados nacionales (varios de los que lograron la clasificación de Bolivia al mundial, en 1994). Incluso llegó a jugar un partido sobre
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Bolivia tiene una tradición muy rica en radios comunitarias, especialmente en la zona andina del país, como medios alternativos autogestionados por las propias comunidades campesinas e indígenas. Se calcula que funcionan más de 500 radios comunitarias.

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nieve en un nevado, para demostrar que la altura no afecta a este deporte. Además ejecuta un programa de inversiones rápidas que se ha encargado de construir cientos de canchas de fútbol en las comunidades más remotas del país. Quizás una de las iniciativas de mayor impacto fue el evento de la nacionalización de los hidrocarburos; se mantuvo en secreto hasta último momento y luego las fuerzas armadas tomaron por sorpresa los campos de gas, el presidente llegó y en un improvisado acto, parapetado por militares y bajo banderas bolivianas que colgaban de la infraestructura petrolera, decretó, con un megáfono en mano, la nacionalización. Por las pantallas de los televisores empezaron a circular no spots, sino un comunicado en fondo negro, con acompañamiento de música marcial y música que evoca a la patria. De esa forma, diariamente Evo Morales participa de eventos de todo tipo (entrega de obras, reuniones, encuentros, etc.) en diferentes puntos del país, como parte de la estrategia de comunicación, en el marco del plan de transformación nacional. Pero además, es importante mencionar que como parte de la iconografía oficial de campaña se han incluido símbolos fundamentales, como la hoja de coca y la whipala (bandera que representa a los pueblos indígenas). Esta última ha sido incorporada en la nueva constitución como símbolo patrio. Así, Evo se embarcó en una campaña continua, que incluyó varios procesos electorales, hasta su reelección el año 2009, con el 62% de los votos, utilizando en esencia el mismo mensaje, pero en la perspectiva de la continuidad. Sin embargo, es en esa última campaña electoral, en la que ya se puede apreciar que el marketing político (al estilo americano) cobra mayor preponderancia, empezando por el rol que se le otorga a las encuestas, pasando por las modulaciones de los mensajes específicos de campaña (para entrar en sintonía con sectores menos favorables), y terminando con la producción de miles de souvenirs. El discurso fue encapsulado totalmente en un mensaje de campaña, hasta convertirse en productos comunicacionales concretos (spots televisivos con énfasis).

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Las transformaciones nacionales. Los principales resultados del denominado “proceso de cambio” pueden aglutinarse en 4 ejes, de acuerdo a la venta mediática que realizó el gobierno: La reestatización a partir de la nacionalización de sectores estratégicos, como el de hidrocarburos y telecomunicaciones; y a partir de la apertura de una serie de empresas e industrias estatales. Destaca la nacionalización de los hidrocarburos, como un emblema central en los logros del régimen de Morales, pues se vendió la idea de que esta acción puso fin al saqueo transnacional y que gracias a ella (la oposición sostiene más bien que es gracias a una increíble subida internacional de los precios del gas natural) el país empezó a recibir ingresos cuatro o cinco veces superiores. La política de los bonos, a través de la entrega de dinero a sectores vulnerables, como niños, ancianos y madres gestantes. Un nuevo reparto simbólico, que generó un sentimiento de inclusión y participación política, en los propios sectores populares. Y, quizás la de mayor envergadura, la aprobación de una nueva constitución política del Estado, que pretende refundar el país, como un estado plurinacional y autonómico, estableciendo, al mismo tiempo, mecanismos de igualdad social y nuevas oportunidades para (lo que denominan) “vivir bien”. Cada medida también ha merecido críticas severas tanto de la oposición, como de otros grupos de la sociedad. LA EXPANSION DEL PODER Es posible afirmar que la noción de política que ha guiado a Morales y a quienes lo acompañaron durante todo su trayecto remite al conflicto. La política es lucha, es confrontación, entre enemigos. Como señala Chantal Mouffe (1999), ese complejo campo de conflicto permanente, esa condición adversarial y litigante.

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Es un conflicto, que, bajo la lógica de Ranciere (1996), tiene que ver con la distorsión dentro de la comunidad, entre quienes tienen parte y quienes no la tienen, pero a pesar de ello participan en ella (participan, pero no tienen parte). Sobre esa tensión se fundaría la política. Mouffe, entendiendo la naturaleza de esa noción de la política e intentando inscribirla en un régimen democrático, opone al antagonismo el agonismo, entendido como la confrontación (democrática) que no lleva al aniquilamiento (antagonismo). Tiene que ver con la continua manifestación de múltiples fuerzas sociales que se confrontan democráticamente en un marco de amplia pluralidad (no bajo un consenso impuesto). Una comunidad cerrada, es propensa a no admitir conflictos y canalizarlos, dejando así que se conviertan en antagonismos, o sea enfrentamientos hasta el aniquilamiento. Sin duda que Evo Morales, investido de un poderoso mandato popular, intenta consolidar un proyecto político hegemónico, que, como lo ha declarado el vicepresidente, Alvaro García Linera, para materializarse debe tomar el poder de verdad, no sólo el poder formal. La lucha política, aniquilando al enemigo. Tras una polémica asamblea constituyente14 y la posterior aprobación mediante referéndum en 2009 de una nueva constitución política del estado, se transformaron los conceptos de ciudadanía, estado y nación. Se reconocieron 36 naciones indígenas que conviven en un Estado Plurinacional, con nuevos mecanismos de democracia y con ciudadanos que tienen nuevos derechos, desde la participación política hasta el acceso a los recursos naturales; de la misma forma, se definieron los regímenes económico y de propiedad de los recursos
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Tras enfrentamientos en la sede de funciones de la asamblea Constituyente, con el saldo de 3 muertos pertenecientes a organizaciones de Sucre que demandaban establecer a dicha ciudad como capital plena del estado, la aprobación del texto final de la nueva Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia se dio de manera irregular, en un cuartel militar, fuera de su sede de funciones, en otra ciudad, sin presencia de la oposición y violando aparentemente los procedimientos preestablecidos de aprobación del texto; asimismo, luego se realizaron múltiples modificaciones en el Congreso Nacional (este órgano no debiera tener ninguna injerencia en dicha tarea) a raíz de acuerdos mínimos entre oficialismo y algunos sectores de la oposición.

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naturales, reconociendo derechos económicos para todos los ciudadanos del Estado Plurinacional. Más allá de todas las acusaciones que hoy se puedan hacer contra el presidente y su régimen, pareciese que hay consenso en que el logro central fue liderizar un proceso inédito de emergencia de los sectores indígenas y populares, silenciados durante toda la historia. Sin embargo, como se descubre en palabras del vicepresidente Alvaro García Linera (2010), no es que estaban empeñados en construir una comunidad de iguales y libres, donde puedan convivir propios y extraños, más allá de sus diferencias. Estaban embarcados por una lógica del antagonismo: “Ahora, este punto de bifurcación tiene varias características; la primera es un momento de fuerza, no de diálogo ni necesariamente un punto violento, pero sí es un momento donde se tienen que exhibir desnudamente las fuerzas de la sociedad en pugna, se tienen que medir las capacidades y, en ello, definir la suerte definitiva e irreversible de cada uno de los contrincantes. En segundo lugar, el punto de bifurcación es un momento donde las antiguas fuerzas asumen su condición de derrota o las nuevas fuerzas ascendentes asumen su imposibilidad de triunfo y se repliegan. Es un momento donde una fuerza social o un bloque de fuerza asume el mando reconocido por los que aceptan obedecer, dando lugar a una nueva complacencia moral entre gobernantes y gobernados. En tercer lugar, es un momento donde la política —parafraseamos a Foucault— es fundamentalmente la continuación de la guerra por otros medios y no a la inversa; es un momento donde tiene más razón Tsun Tsu que Rousseau o Habermas. Aunque también las construcciones de consenso sociales son necesarias, pero a partir de legitimaciones o deslegitimaciones de hechos de fuerza. En otras palabras, el punto de bifurcación es un momento donde la situación de todos se dirime en base al despliegue de correlación de fuerzas sin mediación alguna: fuerzas materiales, simbólicas y económicas”.

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Según el Vicepresidente se produjo un punto de bifurcación cuando el gobierno derrotó militarmente a las fuerzas de la oposición regional en septiembre de 200815. Una parte de los gobernadores departamentales, especialmente de las regiones con una fuerte vocación autonomista, iniciaron una lucha para que el Estado implemente un régimen de autonomías; el gobierno la interpretó como una lucha política en contra del presidente, impulsada por lo que denominaron la derecha oligárquica y separatista que intenta reagruparse para frenar el proceso de cambio, al buscar quitarle poder al centro nacional y fortalecer enclaves territoriales disidentes. Los líderes regionales lograron el apoyo popular en dos referéndums en sus circunscripciones, el primero de aprobación de la autonomía y el segundo de aprobación del estatuto autonómico de cada departamento. El gobierno de Evo Morales se opuso en ambos casos. En ese contexto se generaron fuertes tensiones y enfrentamientos, lo que llevó a una confrontación mayor. En septiembre de 2008, tras la emisión de unos decretos que confiscaban recursos a las regiones a favor del gobierno central, se iniciaron medidas de presión, como la huelga general y de hambre, además de la movilización permanente. En una de las regiones autonomistas se registró un enfrentamiento mayor, con el saldo de más de 15 muertos, ello ocasionó el apresamiento del gobernador de dicha región, quien hasta el día de hoy no ha recibido sentencia judicial. Se inició un intenso proceso de aniquilamiento (político) de los disidentes, considerados por el régimen como operadores de la derecha y de los sectores conservadores16. La estrategia fue la judicialización de la política, a partir del nombramiento desde la presidencia de la república de los operadores (interinos)
Al mismo tiempo que se elegía a Evo Morales en la presidencia, se elegía también y por primera vez a los gobernadores de departamento (Bolivia cuenta con 9 departamentos), designados anteriormente de manera directa por el presidente de la república, bajo un régimen unitario y centralista. 16 La mayoría de esos disidentes fueron elegidos mediante voto popular como alcaldes, congresistas o gobernadores. Se situaron territorialmente en lo que se denominó la Media Luna, el oriente y sur del país.
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de justicia y luego con la elección por voto de magistrados previamente seleccionados en el congreso (donde Morales controla los dos tercios). Los operadores judiciales se encargaron tanto de mellar la imagen de líderes opositores como de suspenderlos de sus cargos y en algunos casos encarcelarlos, sin mediar sentencia judicial alguna, para así dejar las condiciones que le permitan al oficialismo copar todos los espacios de poder. A partir de ello ha cundido el pánico en amplios sectores de la población que se han desmovilizado por temor a ser perseguidos judicialmente (políticamente). Pero no sólo la oposición ha denunciado persecución, varios dirigentes sociales e indígenas también, como disidentes del propio régimen. Frente a ello el gobierno ha repetido incasablemente que no se trata de persecución, sino de una cruzada contra la corrupción. El gasolinazo, un punto de inflexión. En diciembre de 2010 el gobierno dictó el llamado gasolinazo 17, un radical incremento en el precio de las gasolinas, con lo que desencadenó la furia de un conjunto de sectores populares que mediante una protesta masiva terminaron obligando a la cancelación de dicha medida, contra la voluntad del propio presidente. Más allá del contenido y del los efectos que pudiese haber generado, el gasolinazo quizás permitió visibilizar uno de los errores capitales de Evo Morales: el presidente calculó que la población aprobaría una medida del todo impopular, sólo porque él la dictaba; pensó que la gente la aceptaría sólo porque viene de él, que posee una imagen capaz de convencer a cualquiera; el emblema de lo popular sería capaz de hacer de una medida impopular una medida popular. Es decir, al sentirse todo poderoso, intentó situarse por encima del mensaje, dominarlo y moldearlo, creyendo que todo el apoyo está dirigido directamente a su
Ante el sustancial incremento de los precios internacionales del petróleo, el gobierno de Bolivia decretó un aumento de por lo menos el 200% en el costo de las gasolinas, una medida inédita. Bolivia si bien es productor de hidrocarburos, no produce gasolina, debe importarla y merced a disposiciones anteriores su precio en el mercado interno se encuentra subvencionado por el Estado. Por tanto, en el cálculo gubernamental ante el aumento inusitado, se registrarían déficits importantes que no podrían ser cubiertos.
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persona, sin darse cuenta que él sólo es un portador del mensaje, es más, podríamos decir incluso, es un esclavo del mensaje. En todo caso, pareciese que los hechos en torno al gasolinazo constituyeron un momento de inflexión, en el que la sociedad boliviana, que miró durante 5 años esperanzada un proceso político que en algún momento le reportaría grandes beneficios, empezó a desencantarse; ya que el actual gobierno manejó una cantidad exorbitante de dinero equivalente a lo que manejaron cuatro gobiernos anteriores; pero la gente probablemente se siente igual o peor que antes, en términos de pobreza. A partir de ello se han registrado serias protestas sociales de sectores populares otrora aliados al gobierno, nada más y nada menos que en las ciudades de El Alto, La Paz y Potosí, enclaves del partido de gobierno. Hoy vemos que el presidente Morales ha caído con fuerza en sus niveles de aprobación ciudadana, paradójicamente, cuando tiene a la oposición en el suelo. Al mismo tiempo, se han producido graves escisiones y divisiones de actores y sectores otrora aliados al gobierno. Por ejemplo, un colectivo de ideólogos de izquierda que participó en la primera línea del gobierno durante el primer mandato de Evo Morales y en la confección de la nueva Constitución, emitió un manifiesto en el que afirma que el gobierno está en contra del proceso de cambio. "Pareciera que los que más mejoraron son los que siempre estuvieron bien: los banqueros, las transnacionales petroleras y mineras, los contrabandistas y los narcotraficantes. El gasolinazo del 26 de diciembre ha evidenciado que la gestión económica de este Gobierno se dirige a reproducir y restaurar las viejas estructuras que mantuvieron históricamente al país en la pobreza y la opresión", se lee en el manifiesto. El grupo afirma que la nacionalización petrolera iniciada el 1 de mayo de 2006 se redujo a la sola recuperación de sectores secundarios del transporte y la refinación”. Erbol18

eju.tv: http://eju.tv/2011/06/un-colectivo-quiere-reparar-el-llamado-proceso-de-cambio-un-ala-del-masismose-desencanta-de18

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De la misma forma, aliados como el alcalde de la ciudad de La Paz rompieron con el partido de gobierno y hoy se encuentran en franca confrontación política con Morales. TIPNIS, la disputa por el discurso del cambio. Indígenas del Parque Nacional y Territorio Indígena del Isiboro Sécure (de la zona oriental boliviana) han iniciado en menos de un año la segunda marcha de más de 600 kilómetros hacia la sede de gobierno, para demandar la paralización de la construcción de una carretera que atravesaría su territorio. Señalan que esta obra será una puerta de entrada para el sistema capitalista, que destruirá no sólo su entorno (se mantiene casi virgen) sino su propia forma de vida, además de conllevar el riesgo de la expansión hacia su territorio de la frontera agrícola de la coca, lo que a su vez podría generar la instalación de fábricas de cocaína, que conviertan a la región en una zona roja. Esta movilización ha despertado una profunda solidaridad en el pueblo boliviano, especialmente a partir de una agresiva represión policial que sufrió durante la marcha en el 2011, como parte de los intentos gubernamentales por bloquearla y dispersarla. Es interesante ver cómo esta movilización despierta el mismo sentimiento que despertaba la acción sindical de Evo Morales cuando fungía de líder de las movilizaciones de los cocaleros. Y es aún más interesante encontrar que nuevamente la hoja de coca se halla en el centro de la disputa, pero ya no como metáfora de la transgresión, sino como una metáfora que pretende desnudar un mito, ya no el símbolo contra el capitalismo, sino a favor del capitalismo. Pues, los indígenas del TIPNIS han planteado al proceso de cambio contradicciones centrales: el desconocimiento de la cosmovisión indígena de parte

evo/#utm_source=twitterfeed&utm_medium=twitter&utm_campaign=Feed%3A+ErnestoJustiniano+%28EJU. tv%29&utm_content=Twitter

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del primer gobierno indígena del país, el daño al medio ambiente de una región casi virgen, de parte de uno de los gobiernos abanderados de la defensa ecológica de la madre tierra y la verticalidad en la toma de decisiones de un gobierno de la participación popular y la democracia radical. Al parecer esas contradicciones son percibidas por importantes sectores de la población boliviana. Probablemente la movilización del TIPNIS actúe como demanda equivalencial articulando el resto de demandas y se conviertan en un instrumento que le dispute el discurso de cambio al régimen. Pues como señala Michel Foucault (1999), el discurso no sólo es un mero instrumento para llegar al poder, sobre todo es el objeto del poder, es por lo que se lucha. Quién lo controla detenta el poder (controla al cuerpo social). El Vicepresidente, Alvaro García Linera, señala que tras derrotar al bloque contra hegemónico de derecha se ha dado paso a una fase de tensiones creativas entre los sectores sociales, quienes pugnan por acceder a un mayor reparto de los beneficios del proceso de cambio, priorizando intereses locales en detrimento de los nacionales. Según su lectura es una dinámica natural y necesaria para regular y consolidar las transformaciones que vive el país, en el marco de un proceso ya estabilizado. El reverso del mensaje, hacia el totalitarismo invertido. Alain Touraine señala que entre la liberación y las libertades merodea el monstruo totalitario. Mientras que Jurguen Habermas (1999) dice “inclusión no significa aquí incorporación en lo propio y exclusión de lo ajeno. La «inclusión del otro» indica, más bien, que los límites de la comunidad están abiertos para todos, y precisamente también para aquellos que son extraños para los otros y quieren continuar siendo extraños”, es claro que al intentar forzar un reconocimiento de un actor social según una pauta o lógica extraña a ese actor social, es probable que se produzca el reverso de la inclusión, aún cuando la intención sea la de incluirlo. La aniquilación de la oposición en Bolivia, paradójicamente y a diferencia con lo que piensa el vicepresidente, lejos de terminar con la confrontación, hizo que la

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lucha retorne nuevamente al campo popular. Quizás se olvidaron de algo fundamental, el conflicto político nunca se acaba, más aún en un país hiper organizado y politizado, que continúa con grandes carencias e inequidades. La pelea hoy se sitúa al interior de la cancha de los movimientos sociales, quienes ya no cohesionan sus energías contra el enemigo que los amenazaba fuera de ella. Basta sólo con hacer un recuento de los conflictos sociales en los dos últimos años y de las escisiones que ha sufrido el régimen, para percatarse que ahora esas energías se van alineando poco a poco contra el propio gobierno, que se ha ubicado en el centro de la conflictividad. Pero esto no hizo más que visibilizar importantes contradicciones. Y, es que probablemente Morales esté perdiendo lo que le dio vida política y que encarnó casi a la perfección, ese mensaje de transgresión, sobre el que se proyectaba una nueva comunidad, de libres e iguales. Y si al mismo tiempo se intenta subordinar al mensaje, solo para acumular más poder personal, entonces llegará un momento en que se cumplan uno de los dos destinos que tienen los mensajes políticos (enmarcados en una lógica electoral): se extinguen porque ya fueron cumplidos o cambian de mensajero, por uno que sea más capaz y creíble para cumplirlos. Es fácil percatarse que el gobierno de hoy no es el de los primeros años del “proceso de cambio”, pues se percibe que perdió la iniciativa política, que actúa de manera reactiva y que no existe una campaña de comunicación, más allá de los ataques mediáticos a los dirigentes que liderizan movilizaciones en su contra. Pero además, se observa en Bolivia algunas tendencias de lo que Sheldon Wolin (2008) llama totalitarismo invertido, al referirse al régimen imperante en EEUU, en alusión a la guerra contra el terrorismo en el período de George Bush: lograr el control total del poder, para concretar una visión que responde a una ideología única e incuestionable. Una convergencia total de las fuerzas en torno a unos objetivos, el totalitarismo, que se ejerce sin parecerlo, más bien proyectando lo contrario a éste.

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Según Wolin, aún cuando todos los elementos principales de una democracia formal estén presentes, elecciones libres, medios de comunicación libres, un congreso funcionando y la declaración de derechos, un ejecutivo todo poderoso puede ignorarlos. Queda por saber si el régimen de Evo Morales generó un impacto real sobre la distorsión original, allí, en el reparto de lo simbólico, donde se tejen las profundas relaciones de dominación y sometimiento. Y si realmente la nueva Bolivia se construye a partir de un pensamiento indígena, o, más bien, se construye reproduciendo el viejo orden basado en el viejo pensamiento de la dominación. Entre tanto, en Bolivia ya aparecen voces (desde el campo popular) que denuncian que todo se trataba de un engaño bien camuflado por un discurso bien comunicado. Y se hacen visibles de a poco nuevamente las manifestaciones del mismo mensaje que llevó a Evo Morales al poder, el mensaje de la transgresión, sólo que probablemente esta vez para quitarle el poder.

Referencias bibliográficas: Habermas, Jurguen (1999), La Inclusión del otro, Barcelona, Ediciones Paidós ibérica SA, versión digital ((Traducción del prólogo y de los capítulos 2 y 4-8 (4 y 610 de la edición original) de Juan Carlos Velasco Arroyo, traducción de los capítulos 1 y 3 (1 y 5 de la edición original) de Gerard Vilar Roca). Foucault, Michel (1999), El orden del discurso, Barcelona, España, Grafos SA (traducción de Alberto Gonzales Troyano, 1973). García Linera, Alvaro (2010), El Estado campo de lucha, La Paz, Bolivia, CLACSO. Mouffe, Chantal (1999), El retorno de lo político, Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical, Barcelona, Ediciones Paidós Ibérica SA (Traducción de Marco Aurelio Garmarini).

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Ranciere, Jacques (1996), El desacuerdo, Buenos Aires, Argentina, Ediciones Nueva Visión. Stefanoni, Pablo (2003), MAS-IPSP: la emergencia del nacionalismo plebeyo,
http://www.historiadores.com.ar/Trabajos/Osal/osal/osal12/org/d1stefanoni.pdf,

OSAL,

septiembre 2003. Wolin, Sheldon, (2008) Democracia S.A. La Democracia dirigida y el fantasma del totalitarismo dirigido, Buenos Aires, Argentina.

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