Knulp

Hermann Hesse

Introducción a la primavera

A principios del año noventa nuestro amigo Knulp hubo de pasar varias semanas en el hospital y cuando fue dado de alta -a mediados de febrero- hacía un tiempo infernal, de suerte que a los pocos días de andar por la calle volvió a sentirse un poco febril y tuvo que permanecer en algún cobijo. Nunca le faltaron amigos y fácilmente hubiera podido lograr una acogida amable en casi todos los pueblos de la comarca. Mas para eso era particularmente orgulloso, hasta el extremo de que podía considerarse que hacía un honor si aceptaba algo de un amigo. En aquella sazón acordóse del peletero Emilio Rothfuss, vecino de Lachstetten. Era de noche cuando, bajo la lluvia y el viento del Oeste llamaba a su puerta, ya cerrada. El peletero entreabrió los

postigos de la buharda y preguntó dirigiéndose a las tinieblas de la calleja: —¿Quién está ahí? ¿No podía esperar a que fuese de día? Knulp, pese a su cansancio, se despabiló no bien hubo oído la ~ voz del viejo amigo. Se acordó de una cancioncilla que había hecho años atrás, durante un viaje de cuatro semanas con Emilio, y cantó al punto en dirección a la casa:

Un caminante se sienta fatigado, en una venta; y por cierto, como ves, el hijo pródigo es.

El curtidor abrió de golpe los postigos e inclinándose, sacó bufando parte de su humanidad fuera de la ventana. —¡Knulp! ¿Eres tú o un fantasma? —¡Soy yo! -exclamó Knulp-. Pero... deberías bajar por la escalera. ¿O es que quieres hacerlo por la ventana? Con alegre precipitación bajó el amigo, abrió la puerta e iluminó el rostro del recién llegado con un candilejo humeante, haciéndole parpadear. —Pero, ¡pasa adentro, hombre! -profirió con vehemencia, al tiempo que introducía a su amigo en la casa-. Ya me contarás todo más tarde. Todavía

queda alguna cosilla para cenar y también pillarás una cama. ¡Santo Dios, qué asco de tiempo! Por lo menos llevarás unas buenas botas, ¿no? Knulp le dejó preguntar y asombrarse, desarremangó cuidadosamente sus pantalones y a través de la oscuridad subió seguro por la escalera, a pesar de que no había pisado la casa desde hacía cuatro años. En el pasillo del piso alto, ante la puerta de la habitación, se paró un momento y detuvo con la mano al curtidor, que le invitaba a entrar: —¡Eh, tú! -díjole al oído-, te has casado, ¿verdad? —Cierto. —Bien... No olvides que tu mujer no me conoce. Puede que no le haga mucha gracia mi presencia. No quiero molestaros. —¡Vaya molestias! -rió Rothfuss, abrió de par en par las puertas y empujó a Knulp dentro de la iluminada estancia. Sobre una amplia mesa de comedor, pendía de tres cadenas la gran lámpara de petróleo; una tenue humareda de tabaco flotaba en el aire y era impulsada en finos cendales hacia el tubo de la lámpara, en cuyo extremo se arremolinaba atropelladamente y desaparecía. Sobre la mesa había un periódico y una vejiga de cerdo llena de tabaco. Del estrecho canapé que estaba junto a la pared levantóse la joven dueña de la casa con cierta entrecortada viveza, como si se hubiese despertado de un sueño y no quisiera dejarlo advertir. Knulp pestañeó unos instantes como desconcertado por aquella luz hiriente, miró luego a la mujer a los

ojos agrisados y le dio la mano con urbano cumplimiento. —Aquí tienes a mi mujer -dijo el maestro sonriendo-. Y éste es Knulp, mi amigo Knulp, ya sabes, de quien hemos hablado varias veces. Naturalmente será nuestro huésped y usará la cama pequeña. Ahora está desocupada. Pero por lo pronto, bebamos unos vasos de mosto y veamos qué podemos dar a Knulp para comer. ¿No quedaba por ahí una morcilla?

La mujer salió deprisa y Knulp la siguió con la mirada.

—Un poco asustada parece -comentó en voz muy baja. Pero Rothfuss no quiso darse por enterado. —¿No tenéis niños? -preguntó Knulp. En esto volvió ella. Traía el embutido en un plato de estaño que colocó junto a la panera, en cuyo centro había media pieza de pan moreno, con la encentadura esmeradamente puesta hacia abajo. Al rededor de su borde, una inscripción tallada permitía leer: "El pan nuestro de cada día dánosle hoy." —¿Sabes, Lis, lo que me acaba de preguntar Knulp? —¡Déjalo! -intentó defenderse éste. Y volviéndose a ella sonriente dijo-: ¡Oh, he sido demasiado atrevido, señora! Pero Rothfuss no le dejó continuar:

—Ha preguntado que si no tenemos hijos. —¡Bah! -prorrumpió ella riendo y salió otra vez apresuradamente. —¿No los tenéis? -preguntó Knulp cuando ella hubo salido. —No, aún no. Ella se ha tomado algún tiempo, ya sabes, y para el primer año es mejor así. Pero ve comiendo y que te aproveche. En aquel momento traía la mujer una jarra de fina loza azul con sidra y sirvió acto seguido tres vasos llenos. Hízolo con destreza. Knulp la miró y sonrió. —¡A tu salud, viejo amigo! -exclamó el menestral, levantando el vaso hacia Knulp. Pero éste, galante, dijo: —¡Primero las damas! ¡A su preciosa salud, señora ama! ¡A la tuya, patrón! Chocaron sus vasos, bebieron y Rothfuss en tanto, radiante de satisfacción, hacía guiños a su mujer como preguntándole si había notado los fantásticos modales de su amigo. Pero ella ya los había observado hacía un buen rato. —Mírale—dijo—. El señor Knulp es más atento que tú y sabe lo que son cumplidos. —¡Oh, por favor! -murmuró el huésped-. Todos conservamos esas cosas como las hemos aprendido, ni más ni menos. En lo que toca a modales, puede usted apabullarme fácilmente, señora ama. ¡con qué perfección nos ha atendido, como en el mejor hotel! —En efecto -rió el maestro—, eso lo aprendió bien.

—¡Ah! ¿Si? ¿Y dónde? ¿Es acaso hotelero su señor padre? —No, falleció hace tiempo; apenas le conocí. Pero he estado un par de años sirviendo en la hostería del Buey. No sé si usted la conoce. —¿Del Buey? Antes era la mejor hospedería de Lachstet -alabó Knulp. —Y lo es todavía, ¿verdad, Emilio? Casi todos los huéspedes eran viajantes y turistas. —Lo creo, señora ama. ¡Seguro que allí habría vivido a su gusto y obtenido buenas ganancias! Pero siempre es mejor gobernar la casa propia, ¿no es así? Despacio y con delectación fue extendiendo Knulp la pastosa morcilla en el pan. Puso el limpio pellejo sobrante sobre el borde del plato y de cuando en cuando se echaba un trago de la excelente sidra dorada. El patrón miraba con agrado y respeto cómo lo hacía todo con sus esbeltas y finas manos, tan pulcra y juguetonamente; también la mujer le observaba con placer. —Pero no tienes muy buen aspecto empezó a reprocharle Emilio a continuación. Y ahora Knulp tendría que confesar que últimamente las cosas le habían ido mal y que había estado en el sanatorio. Sin embargo, se reservó todos estos detalles penosos. Cuando su amigo le hizo preguntas al respecto—lo cual esperaba desde un principio—, y después de ha berle sido ofrecidos cordíalmente mesa y lecho por tiempo indefinido —cosa que en realidad de verdad era lo que Knulp esperaba y con lo que

había contado—, esquivó no obstante la respuesta en un acceso de encogimiento, dio las gracias evasivamente y aplazó el coloquio sobre tal punto para más adelante. —Mañana o pasado podríamos hablar de ello -insinuó con desidia-, los días, a Dios gracias, no se van a acabar, y en último caso, puedo quedarme aquí una temporadita. No le gustaba hacer planes ni promesas a largo plazo. Si no podía disponer de los días venideros a su pleno albedrío, no se sentía cómodo. —En el caso de que efectivamente deba quedarme aquí por una temporada—prosiguió entonces—, será menester que me admitas como obrero tuyo. —¡De ningún modo! -el maestro soltó una carcajada. ¡Tú obrero mío! Además no entiendes una palabra de peletería. —No importa, compréndelo. No me interesa la peletería, aun cuando debe de ser un bonito oficio, y carezco de aptitudes para el trabajo. Pero a mi diario de viaje le vendrá bien, créeme. Y además mi pobre bolsillo de enfermo irá medrando. —¿Podría echar un vistazo a tu diario? Knulp hurgó en el bolsillo interior de su traje casi nuevo y extrajo el objeto, limpiamente protegido por una funda de hule. El peletero lo miró y rióse: —¡Siempre impecable! Se diría que hubieses salido de viaje hoy mismo de la casa de tu madre. Estudió luego los asientos y sellos y accionó con la cabeza, profundamente admirado:

—¡Bueno, esto sí que es orden! ¡Qué elegante eres conservando todas tus cosas! Llevar en regla el diario de viaje constituía una verdadera pasión de Knulp. Dentro de su irreprochabilidad, significaba ello una algodonosa ficción o poesía; las inscripciones oficialmente visadas insinuaban claramente gloriosas etapas de una vida honorable y activa, ~ que tan sólo parecía resaltar la afición a los viajes a través de frecuentes cambios de residencia; con aquel vivir a pasos oficialmente certificados, y merced a cien artificios, arrogábase Knulp una existencia aparencial pendiente a menudo de un hilo—, y aun cuando en estricta realidad pocas cosas prohibidas hacía, como vagabundo sin modo llevaba una vida baja y al margen de leyes. Naturalmente había de serle difícil afianzar el éxito de su linda fábula y continuar sin ser molestado: no todos los guardias iban a ser benévolos con él. Solían dejarle en paz dentro de las posibilidades viendo en él un hombre jovial y entretenido, cuya superioridad de espíritu y seriedad apreciaban. No tenía antecedentes penales (poco le faltaba para ello), ni se le pudo probar hurto o mendicidad; además tenía por doquier amigos respetables. Así se le dejaba pasar, un poco al modo como se permite compartir la vida casera a un bonito gato al que todos parecen tolerar con indulgencia, en tanto que él, indolente pasea una existencia descuidadamente elegante y opíparamente señorial, en medio de los hombres afanosos y llenos de agobio. —Pero... ya estarías hace tiempo en la cama si no hubiera venido yo -exclamó Knulp. Knulp, mientras, recogía sus papeles. Levantóse y dirigió un saludo a la patrona. —Vente, Rothfuss, y enséñame dónde está mi lecho.

Acompañóle el artesano con una lámpara por la angosta escalera arriba hasta la buhardilla y le señaló el cuarto del ayudante. En él se veía el vacío armazón de hierro de una cama arrimado a la pared y al lado otra de madera provista de sábanas. —¿Quieres un calentador? -preguntó paternalmente el anfitrión. —¡No faltaba más! -bromeó Knulp-. Por supuesto, maese no lo precisa, porque tiene una linda mujercita. —En efecto -manifestó acucioso Rothfuss-, hete aquí en el lecho de un obrero, en la buhardilla—y otras muchas veces en otro peor—e incluso en ocasiones sin lecho alguno y teniendo que dormir en el heno. Uno, en cambio, tiene un negocio y casa y una esposa guapa. Pues bien; tú hace tiempo que podrías ya haber llegado a maestro y a más que yo, con sólo habértelo propuesto. Knulp, entre tanto, habíase desvestido a toda prisa y tiritando, se metió entre las frías sábanas. —Y ¿sabes qué más te digo? —Estoy cómodo y te escucho. —Que he hablado en serio, Knulp. —También yo, Rothfuss; pero no debes pensar que el matrimonio es un invento tuyo. Así que ¡buenas noches! . Al día siguiente se quedó Knulp en la cama. Sentíase aún algo débil y hacía un tiempo tal que con dificultad habría podido salir de casa. Al peletero, que se presentó en el cuarto por la

mañana, le rogó que le dejase descansar y que a mediodía no le trajesen más que un plato de sopa. Así estuvo echado todo el día, en la penumbra de la alcoba, tranquilo y contento; notó cómo le iban desapareciendo el frío y el cansancio y se abandonó con placer a una cálidá sensación de seguridad. Escuchó el asiduo golpetear de la lluvia sobre el tejado y el correr del viento austral, blando, inquieto, a ráfagas caprichosas. Alternaba estas atenciones con algún sueño de media hora o lectura mientras la claridad fue bastante- de su biblioteca de viaje. Constaba ésta de algunas cuartillas en las que había copiado poesías y máximas y de un pequeño legajo de recortes de periódico. También había entre éstos algunas estampas recortadas de semanarios. Dos de ellas eran sus predilectas y, de tanto sacarlas, presentaban un aspecto quebrajoso y descabalado: una representaba a la actriz Eleonora Duse y la otra mostraba un velero en alta mar, azotado por el viento. Por el Norte y por el mar sentía Knulp desde la adolescencia una fuerte atracción y a menudo había dirigido sus pasos hacia allá; en cierta ocasión llegó hasta Brunswick. Pero, aun siendo ave de paso que siempre venía de camino y en ningún sitio podía parar, sentía una extraña angustia y el amor a su patria chica invariablemente acababa por hacerle volver en rápidas marchas hacia la Alemania del Sur. Bien pudiera ser también que su habitual despreocupación se evaporase en llegando a comarcas de dialectos y costumbres extraños, donde nadie le conocía y en las cuales le resultaba difícil seguir llevando en regla su legendario "vademecum". A mediodía el peletero subió sopa y pan. Pisaba quedo y hablaba con tono apagado y medroso, pues tenía a Knulp por enfermo, mientras que él, en cambio, jamás había tenido que guardar cama a la luz del día desde el tiempo de las enfermedades infantiles. Knulp, que se encontraba muy bien, no se tomó la molestia de comunicárselo y solamente le

aseguró que para el día siguiente ya estaría bueno y se levantaría. A la tarde llamaron a la puerta del cuarto. Knulp se hallaba medio dormido y no dio contestación. La mujer del artesano entró cautelosamente y puso una taza de café con leche, en el lugar del plato de sopa vacío, en la repisa, junto a la cama. Knulp, que se había dado cuenta de su entrada, permaneció (por cansancio o por capricho) con los ojos cerrados y en nada dejó notar que estaba despierto. La patrona, con el plato vacío en la mano, lanzó una ojeada al durmiente, cuya cabeza reposaba sobre los brazos a medio cubrir por las mangas a cuadros azules de la camisa. Llamaba la atención la finura de sus oscuros cabellos y la belleza casi aniñada de su rostro libre de cuidados. Se quedó en pie un rato y contempló al garrido mozo, del cual tantas maravillas le había contado el maestro. Observó sobre los cerrados ojos las espesas cejas, la frente despejada y tersa y las mejillas magras, pero bronceadas; la delicada boca, de rojo pálido, y el esbelto cuello. Y todo ello le gustó, y pensó en tiempos en que era camarera de la posada del "Buey": en cualquier momento, bajo las veleidades de aquella época primaveral, se había dejado amar por un joven forastero y apuesto como aquél. Mientras soñadora y excitada ligeramente se inclinaba un poco hacia Knulp para verle todo el rostro, escurrióse del plato la cuchara de estaño y cayó al suelo. Grande fue el sobresalto de la mujer al quebrarse el sigilo y ante la confusa clandestinidad de la situación. Abrió entonces Knulp los ojos pausadamente, a la manera del que ha estado sumido en sueño profundo y nada sabe. Volvió la cabeza e hizo visera con la mano sobre los ojos durante un instante y dijo con una sonrisa:

—¡Aaah, es la señora ama! ¡Y me ha traído café! Un buen café caliente, precisamente la cosa con que estaba soñando en este momento. Así que ¡muchas gracias, señora Rothfuss! ¿Sobre qué hora será? —Las cuatro -dijo ella aceleradamente-. Bébaselo ahora, antes de que se le enfríe; después volveré por la taza. Dicho esto, salió aprisa como si le faltasen los minutos. Knulp la siguió con la mirada y estuvo escuchando cómo corría presurosa escaleras abajo. Entornó pensativo los ojos, lanzó un suave silbo a modo de alado donaire después de cabecear un rato y tornóse a su café. Pero una hora después de oscurecido, el aburrimiento empezó a apoderarse de él; se encontraba bien, perfectamente descansado, y sentía deseos de volver a estar durante otro poco de tiempo entre la gente. Con sensación de bienestar se levantó y vistió, deslizóse silenciosamente en la oscuridad escaleras abajo, como una marta, y se escabulló de la casa sin ser notado. El viento soplaba aún persistente y húmedo, procedente del sudoeste, mas no llovía ya y en el cielo había grandes trozos despejados. Vagó Knulp fisgoneando por las calles vespertinas y por la desierta plaza mayor, paróse luego ante la puerta abierta de una herrería. Observó al aprendiz que hacía la limpieza, inició una conversación con el oficial y acercó las frías manos al rojo oscuro de la fragua, cuya lumbre iba mermando. Acto seguido hizo preguntas acerca de algunos conocidos de la ciudad, informóse de bodas y defunciones y dejó que el herrador le tomase por un colega; tan familiares le eran el léxico y contraseñas de todos los oficios.

Durante este tiempo la mujer de Rothfuss hizo la sopa para la cena, cencerreó con los férreos aros del reducido fogón y peló patatas. Cuando hubo hecho todo esto y preparado la sopa sobre un débil fuego, subió a su habitación con la lámpara de cocina y se detuvo ante el espejo. Allí encontró lo que buscaba: un rostro lleno, de mejillas frescas, con unos ojos gris-azulados. Para dar mejor apariencia a sus cabellos, se los arregló rápidamente con diestros dedos. Después se pasó las manos recién lavadas por el delantal, cogió la lamparilla y subió con premura al sotabanco. Llamó con tiento a la puerta del cuarto y después con más fuerza, y como no recibiese respuesta, dejó la luz en el suelo y abrió aquélla cuidadosamente con ambas manos para que no rechinase. Entró de puntillas, dio un paso y topó con una silla que había junto a la cama. —¿Está usted durmiendo? -preguntó a media voz. Y aún repitió-: ¿Está usted durmiendo? Sólo quería recoger la vajilla... Como todo estaba en calma y ni siquiera se oía respirar, alargó la mano hacia el lecho; pero en seguida retrocedió intranquila y corrió a coger la lámpara. Al encontrar vacío el dormitorio y la cama cuidadosamente aderezada, incluso con las almohadas y el edredón mullidos, se volvió corriendo a su cocina, confusa y con una sensación de miedo y decepción. Media hora más tarde, cuando el peletero vino a cenar y la cena estaba dispuesta, se puso la mujer a pensar si debía contar al marido la visita hecha a la buhardilla; mas le faltaron los ánimos. En esto llegó de abajo, procedente del portal, un rumor de pasos ligeros sobre el adoquinado corredor y por las acodadas escaleras arriba. Apareció Knulp, quitóse

el airoso sombrero de fieltro marrón y les saludó deseándoles buenas noches. —¡Cómo! maestro—. marcharse propuesto ¿De dónde vienes? exclamó sorprendido el ¿Habráse visto...? Estar enfermo y a callejear por la noche... ¡Te has matarte!

—Exactamente -dijo Knulp-. ¡Hola, señora Rothfuss! Ya me e repuesto del todo. Desde la plaza del mercado vengo oliendo su excelente sopa. ¡Ella ahuyentará a la muerte! Sentóse a la mesa. El dueño de la casa estaba locuaz y se glorió de su condición casera y de su jerarquía de maestro. Usó de bromas con su huésped y luego le dijo en serio otra vez que debía dejar definitivamente su perenne holganza y vagabundeo. Knulp escuchó sin comentar y la mujer del maestro peletero no pronunció palabra alguna. Estaba enojada con su marido, que, al lado del simpático y cortés Knulp parecíale grosero, y demostró al invitado la buena opinión que le merecía correspondiéndole con hospitalaria deferencia. Al sonar las diez dio Knulp las buenas noches y pidió al curtidor una navaja de afeitar. —¡Qué limpio eres! -alabó Rothfuss al tiempo que le entregaba la navaja-. Apenas te raspa la barba y ya tienes que rapártela. Bueno, hombre; buenas noches y que te mejores. Antes de entrar en el cuarto asomóse a la tronera que había sobre el extremo de la escalera y echó otro vistazo al tiempo y a las inmediaciones. Casi no había viento y entre los tejados era de ver un trozo de cielo negro en el que claras estrellas refulgían con brillo húmedo. Estaba a punto de retirar la cabeza y cerrar el ventanillo, cuando de pronto, se iluminó una pequeña

ventana a la altura de aquél en la casa frontera. Vio un aposento reducido y humilde, muy parecido al suyo, por cuya puerta entraba una joven criada llevando en la mano derecha una palmatoria de latón provista de vela, y en la izquierda un gran Jarro de agua que dejó en el suelo. Colocó luego la vela de manera que alumbrase sobre el angosto catre de servicio; éste, modesto y limpio, con un basto cobertor rojo de lana, convidaba al sueño. Dejó el candelero no se sabe dónde y se sentó en un baúl bajo, pintado de verde, parco igual al que suelen tener todas las domésticas. Knulp, tan luego como empezó a desarrollarse enfrente la inesperada escena, había apagado su propia luz y en aquel momento permanecía quieto y agachado, espiando desde su tragaluz. La muchacha era del tipo que a él le agradaba: tendría acaso dieciocho o diecinueve años y no era corpulenta; su rostro era trigueño y agradable y su cabellera espesa y oscura. Aquella dulce y silenciosa fisonomía no parecía en manera alguna alegre; toda su persona, así como se hallaba allí, sentada sobre el duro baúl verde, revelaba pesadumbre y aflicción; así que Knulp, tan conocedor del mundo como de las muchachas, dio en la flor de pensar que aquella joven, poco tiempo atrás, estaba todavía con el baúl en su lejana región y ahora sentía nostalgia. Dejó ella descansar sus manos morenas y delgadas en el regazo; sin duda buscaba fugaz consolación en seguir sentada todavía un rato -antes de irse a dormir- sobre su menguada hacienda y evocar el cuarto que tenía en su casa natal. Tan inmóvil como ella en su alcoba, permaneció Knulp en su ventanuco y con mirada tensa y curiosa continuó observando aquella vida humana, pequeña y forastera, que de una manera tan cándida guardaba sus tiernas penas a la luz de la candela sin sospechar que alguien pudiera avizorarla. Contempló

sus ojos pardos y animosos; tan pronto se ensombrecían sin disimulo, como se cubrían presto con largas pestañas. La roja luz de la bujía jugaba con sus graciosas y morenas mejillas; Knulp detuvo su mirar en las delgadas manos jóvenes, que estaban como cansadas, y se resistían morosas al último y débil esfuerzo de ir desabrochando las ropas, al tiempo que reposaban sobre el vestido de algodón azul oscuro. Finalmente la doncella, con un suspiro, enderezó la cabeza en la que las trenzas prendidas formaban un moño a manera de nido—, miró muy pensativa y no menos acongojada al vacío y agachóse luego a desatar los cordones de sus zapatos. Hubiérase retirado Knulp de allí a disgusto, por más que le pareciese incorrecto y casi cruel quedarse mirando cómo se desnudaba la pobre criatura. Habría preferido llamarla para charlar un poco con ella y, con algún chiste, haberla hecho ir a la cama más contenta. Pero temía que se asustara y apagase inmediatamente la luz si la llamaba. En vez de esto comenzó entonces a poner en práctica una de sus muchas pequeñas habilidades. Empezó a silbar con infinita delicadeza y dulzura—como si el sonido proviniese de la lejanía—; silbó la melodía "Ya gira la rueda del molino en el frescor de la profundidad. Tan suave y encantadora le salió, que la moza estuvo escuchando un rato sin acertar a comprender qué son fuese aquél, y sólo al llegar la tercera estrofa se fue levantando lentamente, se puso en pie y se asomó a la ventana para seguir escuchando. Sacó la cabeza y estuvo oyendo con atención el distante y tenue silbido de Knulp. Llevó el ritmo de la música con la cabeza durante un par de compases, alzó la vista de repente y cayó en la cuenta de dónde salía la canción. —¿Hay alguien ahí enfrente? -preguntó a media voz.

—Un simple obrero curtidor -fue la respuesta, en voz ligeramente apagada—. No quisiera molestar a la señorita en su sueño. Vi que tenía un poquito de morriña y me puse a silbar una canción también sé cosas alegres. ¿Eres también forastera, chica? —Soy de la Selva Negra. —¡Vaya, de la Selva Negra! Yo también, así que somos paisanos. ¿Qué te parece Lachstetten? A mí no me gusta ni pizca. —¡Oh, no puedo decir nada todavía! Sólo llevo aquí ocho días. Pero tampoco me acaba de gustar por ahora. Usted lleva más tiempo aquí, ¿no? —No? tres días. Pero, mujer, los paisanos se tratan de tú. —No, no puedo, no nos conocemos de nada. —Lo que no es, puede llegar a ser. La montaña y el valle no pueden ir el uno al otro, pero las personas sí. ¿Cuál es su pueblo, señorita? —Usted no lo conoce. —¿Quién sabe? ¿O es que se trata de un secreto? —Achthausen. No es más que-un villorrio. —Pero es bonito, ¿verdad? Nada más entrar, a un lado hay una capilla, y también por allí está el molino, o una serrería y tienen un perro de San Bernardo, grande y claro. ¿Concuerda la cosa o no? —¡Ah, sí señor, el Bello! Tan luego como ella vio que él conocía su aldea y que realmente había estado allí, una buena parte de

su desconfianza y agobio la abandonó y mostróse muy solícita. —¿Conoce también a Andrés Flick? -preguntó con vivacidad. —No, no conozco a nadie de allá. ¿A qué es su padre? —Sí. —Bien, bien... Así que es usted una señorita Flick, y si ahora supiera yo su nombre de pila podría escribirle una tarjeta cuando pase otra vez por Achthausen. —¿Tiene entonces intenciones de volver? —No he pensado en ello; lo que sí quiero es saber su nombre, se ñorita Flick. —¡Y qué! Yo tampoco sé-el suyo. —Lo lamento, pero eso se puede enmendar. Me llamo Karl Eber hard y ahora ya sabe cómo me tiene que llamar si nos volvemos a en contrar cualquier día. Y a usted, ¿cómo tengo que llamarla? —Bárbara. —Muy bien y muchas gracias. Por cierto que es un nombre algo dificilillo de pronunciar y casi me apostaría algo a que en su casa la llaman Barbele. —También algunas veces. Sin embargo, si lo sabe todo ya, ¿por qué hace tantas preguntas? Además ya se ha terminado la jornada y hay que descansar. Buenas noches, curtidor.

—Buenas noches, señorita Barbele. Que duerma bien. Pero antes quiero silbar una vez más. No se escape, que no cuesta nada. E inmediatamente púsose a silbar con arte sumo una frase a la tirolesa, bitónica y con trinos, chispeante como una dan~a. Escuchaba ella con admiración ante aquella maestría, y cuando se hizo el silencio cerró las contraventanas suavemente y aseguró sus postigos, mientras Knulp se encontraba en su alcoba sin luz. Por la mañana se levantó Knulp -esta vez a buena hora- y cogió la navaja de afeitar del peletero con intención de usarla. Pero éste llevaba ya desde años atrás barba cerrada y la navaja estaba tan descuidada que Knulp tuvo que invertir su buena media hora en afilarla pasándola por sus tirantes antes de que sirviese. Cuando estuvo listo, se puso la americana, cogió los zapatos en la mano, y bajó a la cocina, donde se estaba caliente y olía a café. Pidió a la esposa del maestro peletero cepillo y betún para lustrarse el calzado. —¡Cómo! -exclamó ella-. Eso no es asunto de hombres. Déjeme a mí. Mas él no consintió, y cuando por fin ella con desmañada risa le puso delante los utensilios de limpieza hizo el trabajo concienzudamente, con pulcritud y al mismo tiempo como jugando, a la manera del hombre que sólo ocasionalmente y por capricho -si bien luego con esmero y alegríaemprendiese un trabajo manual. —Eso me gusta -alabóle la mujer observándole-. Todo de punta en blanco, como si se dispusiera a ir a ver a la novia.

—Eso sí que me gustaría hacerlo más que cualquier otra cosa. —Lo creo.- Seguro que será guapa -volvió a reirse, de esta impertinencia-. Incluso tendrá más de una, tal vez, ¿no? —¡Ah, eso no estaría bien! -amonestó Knulp con viveza ofreciendo enseñarle también un retrato suyo. Se acercó a él, ganosa, en tanto que Knulp sacaba de su bolsillo interior la carterita de hule y extraía de ésta el retrato de la Duse. Ella contempló interesada la efigie. —Muy distinguida es -empezó a alabar prudentemente- una verdadera señora. Sólo que..., francamente, parece flaca. ¿Estará bien de salud? —Ya lo creo, muy bien. Bueno, y ahora vamos a ver al amo, ya se le siente en la habitación. Subió y saludó al maestro curtidor. La sala estaba acicalada. Knulp echó una ojeada amistosa y familíar al claro artesonado, al reloj, al espejo y a las fotografías de la pared. "Un aposento tan aseado -pensó Knulp- no está mal en invierno, pero no merecía la pena casarse para eso." No le producía ninguna satisfacción la complacencia que mostraba la mujer del maestro hacia él. Después de haberse bebido el café con leche, acompañó a Rothfuss en dirección al patio y cobertizo y dejó que le enseñase toda la tenería. Conocía casi todos los oficios e hizo preguntas tan propias de un experto, que su amigo estaba asombradísimo. —¿De dónde sabes todo eso? -preguntó impulsivo-. Cualquiera que te oyese creería que realmente eres un oficial de curtidor o lo has sido.

—Se aprende de todo cuando se viaja -dijo modestamente Knulp- Por lo demás, en lo que concierne a peletería, tú mismo has sido mi instructor. ¿No te acuerdas? Hace seis o siete años, cuando fuimos juntos de viaje, has tenido que referirme todas esas cosas. —¿Y todavía lo recuerdas todo? —En parte, Rothfuss. Pero no quiero molestarte ahora. ¡Lástima que no pueda ayudarte un poquito! Con gusto lo habría hecho, pero está tan húmedo y sofocante eso de ahí abajo, que me haría toser mucho... Así pues, viejo amigo, ¡adiós! Me voy un ratito a la ciudad ahora que no llueve. Tan pronto como abandonó la casa y empezó su cachazudo zanganear por la calle de las tenerías hacia el corazón de la ciudad, se puso Rothfuss a la puerta y le enfiló con la vista observando cómo se alejaba ingrávido el gozador, escrupulosamente cepillado, y cómo evitaba con cuidado los ch'arcos producidos por la lluvia. "En verdad, tiene todo lo que desea", pensó el maestro con cierto remusgo de envidia. y mientras se dirigía a sus noques, recapacitaba acerca de su estrafalatio amigo, que no pretendía de la vida más que presenciarla. Rothfuss no sabía si llamarle presuntuoso o humilde. Él, que trabajaba e iba prosperando, tenía esto por mucho mejor; pero nunca podría poseer unas manos tan encantadoras y refinadas ni caminar de tan elástica y garbosa manera. No; Knulp tenía razón al obrar de aquella suerte y al hacer aquel uso de su existencia -cosa en la que muchos no podían imitarle-, al dirigir la palabra como un niño a todas las gentes y ganárselas y al decir lindas ternezas a todas las muchachas y mujeres; todos los días eran domingos para él. Era menester dejarle seguir siendo como era, y si le

iban mal las cosas y necesitaba un cobijo era un placer y un honor acogerle, y casi había que quedarle agradecido, pues entronizaba la alegría y la claridad en la casa. Entre tanto, su huésped, curioseando complacido, ambulaba por la ciudad y silbaba entre dientes una marcha militar. Empezó a escrutar sin prisa los lugares y personas que conocía de antes. Primeramente se dirigió a los escarpados arrabales, donde conocía a un pobre sastre remendón. A Knulp le daba lástima de él, pues solía recibir solamente encargos de zurcir pantalones viejos, y apenas alguna vez le encomendaban hacer un traje nuevo; realmente tenía algunos conocimientos; en otro tiempo había tenido aspiraciones y trabajo en buenos obradores. Pero se había casado prematuramente; tenía ya un par de hijos y su esposa tenía poco espíritu para llevar un hogar. A aquel sastre, Schlotterbeck, buscaba y encontró Knulp en un tercer piso interior de una casa del suburbio. El pequeño obrador estaba colgado en el aire como un nido de pájaro sobre el vacío, pues la casa se erguía en una ladera, y mirando por la ventana verticalmente hacia abajo no sólo se veían los tres pisos, sino que daba vértigo la desbandada de la montaña en su descenso desde el pie de la casa entre huertos míseros y abruptos y herbosas pendientes. Todo ello terminaba en un laberinto gris pardo de corrales, cabrerizas, conejeras y resaltos de fachadas traseras; más allá de este destartalado paraje veíanse ya los tejados de las casas inmediatas, empequeñecidos, acostados en lo más hondo del valle. Por tanto, el cuarto de trabajo del sastre era luminoso y aireado, y sobre la estrecha mesa, al lado de la ventana, se encorvaba el diligente Schlotterbeck en la clara altura, por encima del mundo, como el vigía en un faro.

—Se te saluda, Schlotterbeck -dijo Knulp desde el umbral. El maestro, ofuscado, defendió sus ojos de la luz y avistóle —¡Oh, Knulp! -exclamó radiante y le estrechó la mano- ¿de nuevo por aquí? Y ¿qué es lo que necesitas para haber subido a mi casa? Knulp atrajo hacia sí una silla con sólo tres patas y se sentó. —Dame una aguja y un poco de hilo, pero que sea marrón mejor; quiero pasar revista a mi vestimenta. Tras esto se quitó la americana y el chaleco, escogióse un hilo, lo enhebró y recorrió con atenta mirada todo su traje, que todavía tenía muy buen aspecto y parecía casi nuevo; en seguida reparó con los sedosos dedos insignificantes defectos, trencillas aflojadas, botones a medio caer. —Y ¿cómo andan tus otras cosas? -preguntó Schlotterbeck-. El tiempo que hace no es como para alabarlo. Pero, en fin de cuentas, mientras haya salud y no se tenga familia... Carraspeó Knulp polémico. —Sí, sí -dijo negligentemente-. El Señor envía la lluvia a justos y pecadores, y solamente el sastre se ha quedado seco. ¿Te has de estar quejando siempre, Schlotterbeck? —¡Ay, Knulp; no quiero decir nada! Tú mismo oyes cómo gritan los niños ahí al lado. Ahora son cinco ya. Aquí se sienta uno y se mata a trabajar incluso toda la noche, y ni siquiera así llega a ser bastante ¡Y tú no haces otra cosa que andar de paseo!

—Te equivocas, buen viejo. Cuatro o cinco semanas he estado en el hospital de Neustadt, y allí ni retienen a la gente más tiempo del estrictamente necesario, ni tampoco puede uno quedarse más de lo debido. Los caminos del Señor son maravillosos, amigo Schlotterbeck. —¡Déjate de versículos! —Nunca te sientes piadoso, ¿eh? Pues yo precisamente me estoy volviendo pío y por eso he llegado hasta tu casa. ¿Cómo andan las cosas del alma, viejo trashoguero? —¡Déjame en paz y no me vengas con devociones! ¿Has dicho en el hospital? Eso si que me apena. —No hay por qué afligirse; ya pasó. Y ahora, cuéntame de una vez: ¿cómo te va con el Eclesiastés y con la Revelación? En el hospital disponía de tiempo, ¿sabes?, y además había una Biblia; me la he leído casi toda y ahora puedo hablar de estas cosas con mejor fundamento. Es un libro curioso la Biblia. —Tienes razón. Curioso..y la mitad debe de ser mentira, porque ninguna cosa concuerda con las demás. Quizá tú te des más cuenta, ya que en tiempo fuiste a la escuela de latín. —De aquello se me ha quedado poco. —Mira, Knulp... -el sastre escupió al abismo a través de la ventana abierta y miró con dilatados ojos y con cara de exasperación-. Mira..., la religiosidad no sirve para nada. No resulta, y te diré además que me importa un rábano. ¡Me importa un rábano! El andarín, meditabundo, le miró.

—¡Eh, eh! Eso es mucho decir, compadre. Me parece a mi que en la Biblia hay cosas francamente razonables. —Sí... Y si sigues hojeando el capítulo, siempre encuentras lo contrario en otro pasaje. No; para mí ha concluido eso: he tarifado con todo ello. Knulp se había levantado y había cogido una plancha. —¿Puedes echarme aquí un par de carbones? —¿Para qué? —Quería plancharme un poco el chaleco... y además el sombrero se me ha puesto bueno con la lluvia. —¡Siempre elegante! -profirió Schlotterbeck un tanto indignado-. ¿Para qué necesitas ir tan atildado como un conde si no eres más que un muerto de hambre? Knulp sonrió impasible. —Tendré mejor aspecto y me proporcionaré una alegría. Si no quieres hacerlo por piedad, hazlo simplemente por gentileza y para complacer a un viejo amigo, ¿eh? Salió el sastre y volvió en seguida con la plancha caliente. —Eso está bien -alabó Knulp-. ¡Muchas gracias! Comenzó a alisar con cautela el ala del sombrero de fieltro, y como en este quehacer no estuviese tan ducho como en costura, su amigo hubo de quitarle la plancha de la mano y continuar el trabajo.

—Esto me place -dijo Knulp, agradecido-. Ahora vuelve a ser un sombrero de domingo. Pero fíjate en una cosa, sastre: exiges demasiado de la Biblia. Cuál sea la verdad y cómo esté propiamente ordenada la vida, son cosas que cada cual tiene que figurárselas y que no pueden aprenderse en libro alguno; ésa es mi opinión. La Biblia es antigua y antaño no se sabían aún muchas cosas que hoy se conocen y saben; con todo, ahí perduran sus muchas excelencias y bellezas y, sobre todo, sus muchísimas verdades. A trozos me ha parecido que era como un hermoso libro de estampas, ¿sabes? Cuando la muchacha aquella, Ruth, va por los campos y recoge las espigas sobrantes..., ¡qué delicadeza!..., se percibe la calidez del más delicioso verano, o cuando el Salvador se sienta junto a los niños pequeños y dice "¡En verdad, vosotros me sois mucho más queridos que todos los mayores juntos con su orgullo!" Encuentro que en esto tiene razón, hay ahí algo que aprender de Él. —Bueno, sí -concedió Schlotterbeck, pero no quiso acceder a darle la razón-. Sin embargo, eso es más fácil de hacer cuando se trata de hijos ajenos que cuando se tienen cinco propios y no cómo alimentarlos. Abismóse de nuevo en la amargura y en el desaliento. Knulp podiaba verle así y deseaba decir alguna palabra benévola antes de irse. Reflexionó unos momentos. Luego se inclinó hacia el sastre, le miró de cerca y gravemente al rostro con sus claros ojos y dijo en voz baja: —Entonces, ¿no quieres a tus hijos? El sastre, muy asustado, abrió bruscamente los ojos. —Pero ¿qué te has creido? Naturalmente que los quiero, sobre todo al mayor.

Knulp cabeceó con gran seriedad. —Me marcho ya, Schlotterbeck. Te quedo muy agradecido. Mi chaleco vale ahora el doble. Aparte de esto, es menester que con los chicos te muestres cariñoso y de buen humor, que eso sólo vale por medio comer y beber. Escúchame bien: voy a decirte algo que nadie sabe y que no debes propalar. Miróle el maestro sastre, atenta y sumisamente, a los lindos ojos, que se habían tornado sobre manera serios. Knulp hablaba ahora tan quedo, que el sastre tenía que esforzarse para entender —Fíjate en mí; me envidias y piensas: "¡Qué fácil es todo para él, sin familia y sin preocupaciones!" Pero no hay tal. Tengo un hijo chiquillo de dos años; han tenido que recogerlo unos extraños, nadie conoce al padre y la madre murió de sobreparto. No hace falta que sepas en qué ciudad está; yo lo sé, y cuando paso por ella, un momento me voy a rondar la casa, me detengo ante la cerca y espero por si tengo suerte y veo al chiquitín, me encuentro con que no puedo darle un beso, ni siquiera alargarle una mano; a todo lo más, de pasada le envío un silbo... Así son las cosas. Y ahora, adiós, y ¡alégrate tú que tienes a tus hijos! Knulp reanudó su paseo por la ciudad, paróse un rato a platicar ante la ventana del taller de un tornero y contempló el rápido juego de las rizadas virutas; saludó también, siguiendo su camino, al guardia, que le era adicto y le ofreció rapé de su tabaquera de abedul. Por doquier se iba enterando de cosas de mucha y poca entidad acerca de la vida de las familias y sobre las artes y oficios; así supo que recientemente habían fallecido la esposa del jefe de contabilidad municipal y el malogrado hijo del burgomaestre; a su vez contaba él nuevas de otros lugares y solazábase con aquel vínculo, débil

y eutrapélico, que le unía con la vida de la gente sedentaria y proba, en su calidad de conocido de éste y amigo del de más allá y sabedor de aquello y de lo otro. Era sábado, y en la entrada de una cervecería preguntó al oficial tonelero dónde se podría bailar aquella noche y el domingo. Había varios bailes, pero el mejor era el de El León, en Gertelfingen, a sólo media hora de camino. Decidió llevarse allí a la joven Barbele de la casa vecina. Muy poco faltaría para la hora de comer, cuando Knulp estaba ya subiendo la escalera de la casa de Rothfuss. Le salió al encuentro un penetrante y apetitoso olor que la cocina despedía. Se detuvo, preparó las ventanas de la nariz para husmear y aspiró la delicia con infantil regodeo y curiosidad. Mas pese a su sigiloso llegar, le habían oído ya. La esposa del maestro curtidor abrió la puerta de la cocina y apareció en el luminoso vano, acogedora, envuelta en los vapores del condumio. —¡Hola, señor Knulp! -dijo muy afectuosamente-. ¡Qué bien que haya llegado tan a tiempo! Es que hoy tenemos Leberspatzen, ¿sabe? Y además he pensado que tal vez podría asar un trozo de hígado como plato especial para usted, si le gusta. ¿Qué le parece? Acaricióse Knulp la barba e hizo un ademán caballeresco. —¡Oh! ¿Por qué razón ha de hacer un plato extraordinario para mi? Me contento con una sopa. —¡Eh, eh! El que ha estado enfermo es menester que se cuide convenientemente. Si no, ¿cómo se las arreglaría para recuperar fuerzas? ¿O es que quizá no le apetece el hígado? Hay quien no lo toma. Rió él comedidamente.

—No soy de ésos. Un buen plato de Leberspatzen es manjar de domingo. Me daría por contento si, en lo que me queda de vida, pudiera comerlo todos los domingos. —Con nosotros nada ha de faltarle. ¡Para qué he aprendido a guisar! Espero que no rechace el trozo de hígado sobrante que he reservado. Le vendrá bien. Se acercó más a él y sonrióle con rostro insinuante. Knulp comprendió bien lo que ella pretendía; por otra parte, la hembra era gentil; pero él hizo como si nada hubiera notado. Jugueteó con el sombrero de fieltro que le había planchado el pobre sastre y desvió la mirada. —Gracias, señora ama, pero los Spatzen me gustan de verdad he sido bastante mimado por ustedes. Sonrióle ella y le amenazó con el índice. —No necesita hacerse el vergonzoso; además, no le creo. El ¡Spatzen!, y como es debido: con su cebolla, ¿no? —A eso no puedo decir que no. Corrió solícita a su fogón, y él, sintiéndose ya a cubierto, buscó un asiento en la estancia. Estuvo leyendo una revista del día anterior hasta que se presentó el maestro y la sopa fue servida. Comieron y en la sobremesa jugaron los tres un cuarto de hora a las cartas, con la baraja Knulp dejó maravillada a su anfitriona, pues sus juegos de manos eran nuevos y atrevidos, eran una filigrana. Sabía barajar con juguetona negligencia y ordenar los naipes en un santiamén: los echaba con elegancia sobre la mesa, y varias veces recorría con el pulgar el canto de la carta. El maestro le contemplaba con admiración e indulgencia, del modo como un trabajador y burgués

tolera habilidades muy poco lucrativas; en cambio, la mujer observaba con caladizo interés aquellos barruntos reveladores del hombre de mundo que sabe vivir. Su mirada se clavaba atenta en las manos de Knulp, largas, finas, no afeadas por ningún trabajo pesado. A través de los pequeños vidrios de la ventana se deslizó en el aposento un tenue y precario rayo de sol incidiendo sobre la mesa y los naipes, y débilmente por el piso, jugando caprichoso y trémulo, describió un arco en el techo revocado de cal Con ágil pestañeo, la mirada de Knulp percibió todo aquello; el brillo del sol de febrero, la serena paz del hogar, el semblante de su amigo -cara seria de laborioso menestral- y los velados ojos de su mujer. No le gustó; no era su objetivo ni su felicidad. "En cuanto me haya repuesto y se acerque el verano -pensó- no he de quedarme aquí ni una hora más." —Quiero aprovechar el sol un rato -dijo cuando Rothfuss una vez recogida la baraja, miró el reloj. Bajó la escalera con el maestro, le dejó en el tendedero con sus pieles y se perdió en el inculto y estrecho praderío que, interrumpido por noques,bajaba hasta el riachuelo. Allí el curtidor había construido un puentecillo de tablas, desde el cual podía lavar los cueros. Sentóse Knulp en él, dejando que las suelas de su calzado rozasen casi la silenciosa y rauda corriente; se recreó siguiendo con la vista a los veloces y oscuros peces que escapaban debajo de él, y luego empezó a estudiar con curiosidad el terreno, pues buscaba una ocasión de poder hablar con la mocita de enfrente. Los huertos confinaban entre si, separados uno de otro por una cerca deteriorada. Abajo, junto a las aguas, por los sitios donde los palos de la cerca estaban desde tiempo atrás podridos o habían desaparecido ya, era posible pasar de una finca a otra sin trabas. El predio vecino parecía haber sido

cuidado con más solicitud que el inculto herbazal del peletero; veíanse en aquél cuatro filas de bancales limpios de hierba y encharcados, como suelen hallarse después del invierno; lechugas silvestres y espinacas tempranas crecían raquíticas en sendas platabandas; surgían de la tierra pequeños rosales encorvados con las corolas soterradas. Más allá erguíanse, ocultando la casa, dos hermosos pinos. Knulp se adelantó hasta ellos, sin hacer ruido, una vez que hubo contemplado el ajeno huerto; entonces vio entre ambos árboles la casa, cuya cocina daba a la fachada trasera, y no llevaba esperando mucho tiempo, cuando avistó también a la muchacha, con los brazos arremangados, trajinando en la cocina. Delante estaba su señora, la cual tenía mucho que mandar y aleccionar, como de ordinario les acontece a aquellas amas de casa que son reacias a pagarse una criada profesional, y que luego no saben ponderar lo bastante a sus aprendizas, anualmente renovadas, una vez que éstas han salido de la casa. Las instrucciones y quejas de la señora se producían, empero, en un tono desprovisto de crueldad, y la chica parecía habituada ya a ello, pues hacía su trabajo sin titubeos y con aire desenvuelto. El intruso permanecía en pie, apoyado en un tronco, la cabeza adelantada, ávido y vigilante a manera de cazador; aplicaba el oído con atenta y regocijada paciencia, como hombre cuyo tiempo es barato y que ha aprendido a participar de la vida en calidad de observador y escucha. Se alegraba con el espectáculo de la muchacha, haciéndose visible a través de la ventana; del acento de su ama dedujo que ésta no era natural de Lachstetten, sino de algún lugar distante un par de horas valle arriba. Se pasó media hora y una hora entera espiando sosegadamente, mientras mascaba una olorosa rama de

pino, hasta que la señora desapareció y tornó el silencio a la cocina. Esperó todavía un breve rato; luego avanzó cautamente y llamó a la ventana de la cocina con una rama seca. La muchacha no reparó en ello, y tuvo él que llamar dos veces más. Llegóse entonces ella a la ventana entreabierta, la abrió del todo y miró afuera. —¿Qué hace ahí? -profirió a media voz-. Por muy poco, me da un susto. —¿Yo? No era tal mi intención -manifestó Knulp, y sonrió-. Quería simplemente decirle ¡hola! una vez y ver cómo le va. Y cabalmente hoy es sábado, me gustaría preguntar si va usted a estar libre la tarde de mañana para dar un paseito. Ella le miró y movió la cabeza, ante lo cual puso él una cara tan desolada y mohina que a ella le apenó de veras. —No -dijo amigablemente-. Mañana no tengo libre más que el tiempo preciso para ir por la mañana a misa. —¡Vaya! -refunfuñó Knulp-. Pero... podríamos salir juntos aunque fuera esta misma tarde. —¿Esta tarde? Sí, la tengo libre; pero quería escribir una carta a casa, a los míos. —¡Oh, es que también puede aplazar la escritura una hora! La carta, de todos modos, no saldría esta noche. ¡Mire, me había alegrado ya tanto con la idea de poder charlar otro ratito con usted!... Cuando anochezca, si no se nos viene encima algún chaparrón, ¡podríamos dar un paseo tan agradable!... Ande, sea amable. ¡No irá a tener recelo de mí!

—De verdad que no le tengo ni pizca de miedo; pero no estaría bien. Si alguien me viera ir de paseo con un hombre... —Pero, Barbele, ¿quién la conoce aquí?... Además, no es ningún pecado, y a nadie le importa lo que usted haga. Ya no es ninguna colegiala, ¿no? así que no se olvide: a las ocho estaré abajo, cerca del gimnasio, donde están las vallas del mercado de ganados. ¿O le parece mejor que venga más temprano? Por mi parte, estoy conforme desde ahora... —No, no; más temprano, no... En resumidas cuentas: de ninguna manera debe venir. No está bien, y yo no puedo... Volvió a aparecer la tribulación en el aniñado rostro de Knulp. —¡Sea, ya que usted no lo quiere de ningún modo! dijo melancólico— Me había imaginado que, siendo aquí forastera, y estando sola y teniendo con frecuencia añoranzas, igual que yo, hubiéramos podido contarnos el uno al otro alguna cosilla. Me hubiera gustado volver a oírla hablar de Achthausen, ya que estuve allá una vez. Bien, no puedo forzarla... No me tome en mala parte lo que le he pedido. —¡Si no se lo tomo a mal! Pero es que no puedo... —Quedará libre en cuanto anochezca, Barbele... Sencillamente, es que no quiere. Pero tal vez se lo piense aún. Tengo que marchar me ahora; al anochecer estaré junto al gimnasio; esperaré, y si no viene nadie, me iré a pasear solo; pensaré en usted y en que en ese momento estará escribiendo a Achthausen. así, pues, vaya con Dios, y sigamos tan amigos como antes.-

Saludó brevemente con un movimiento de cabeza, y se alejó antes que ella pudiese decirle algo. La muchacha le vio desaparecer tras de los árboles y puso cara de incertidumbre. Retornó luego a sus quehaceres, y súbitamente -la señora había salidoempezó a cantar algo y con hermosa voz. Knulp la oyó bien. Volvió a sentarse en el puentecillo del curtidor, e hizo bolitas de pan con unas migajas que había recogido de la mesa. Paulatinamente dejólas caer una tras otra, y contempló pensativo cómo se hundían, desviadas algún tanto por la corriente, y cómo los peces, silenciosos, fantasmales, las atrapaban abajo en el oscuro fondo. - —Bueno -dijo el maestro curtidor en la cena-; ya estamos en noche de sábado, y no puedes hacerte idea de lo agradable que resulta cuando se ha trabajado de firme toda la semana. —Ya me lo imagino -sonrió Knulp. La mujer del artesano sonrió también, y miróle pícaramente a la cara. —Esta noche -prosiguió Rothfuss en tono festivo-, esta noche nos beberemos juntos un buen jarro de cerveza; irás en seguida a buscarlo, ¿verdad, querida mía? Y mañana, si hace bueno, haremos los tres una excursión. ¿Qué te parece, amiguito? Diole Knulp unas palmadas vigorosas en el hombro. —Se pasa bien en tu casa, hay que reconocerlo; en cuanto a la excursión, mucho me place, desde luego. En cambio, esta noche tengo que hacer; está aquí un amigo mío con el que he de reunirme; ha trabajado en la herrería de arriba, y mañana se marcha de viaje. Lo siento de verdad; pero, en fin, mañana nos tocará

a nosotros estar juntos todo el día; si no, de ningún modo me hubiera comprometido. —¡No querrás ponerte a callejear por la noche, estando medio enfermo!... —¡Bah! No puede uno permitirse hábitos demasiado regios. No volveré demasíado tarde. ¿Dónde dejas la llave, para poder entrar? —Eres un testarudo, Knulp. Así que vete donde te plazca. Encontrarás la llave detrás del postigo del sótano. ¿Sabes dónde digo? —Sí. Bueno, me voy ya. Acuéstense en seguida, ¿eh? Buenas noches. Buenas noches, señora ama. Fuese, y cuando estaba ya abajo, cerca de la puerta de la calle, le alcanzó a toda prisa la mujer del maestro, que venía corriendo trás él. Traía un paraguas; Knulp debía manifestar sí lo quería o no. —¡Tiene que cuidarse mucho, Knulp! -dijo. Y ahora voy a enseñarle dónde encontrará luego la llave. Cogióle de la mano en la oscuridad y le condujo hasta la esquina, se paró delante de un ventano que estaba cerrado con postigo de madera. —Detrás del portillo dejamos la llave -informó excitada y susurrante, y acarició la mano de Knulp-. No tiene más que alargar la mano por el hueco; está sobre la moldura. —Sí, muchas gracias -dijo Knulp con timidez, y retiró la mano. —¿Le guardo una cerveza para cuando vuelva? volvió a avanzar ella, y se apretó levemente contra él.

—No, gracias; no suelo tomarla. Buenas noches, señora Rothfuss y muchas gracias. —¿Tanta prisa tiene? -cuchicheó ella cariñosamente, y le pellizcó en el brazo. Sus rostros estaban muy cercanos, y, en medio de un silencio embarazoso, él, como evitase rechazarla con violencia, rozó con su mano los cabellos de la mujer. —Ahora es menester que me vaya -exclamó él de repente en voz muy alta, y retrocedió. Mirábale ella sonriendo; en su boca entreabierta pudo él ver brillar sus dientes en medio de la oscuridad. Y la mujer dijo en voz bajísima: —Esperaré a que estés de vuelta en casa, querido. Escapó él entonces aceleradamente por el tenebroso callejón, el paraguas bajo el brazo, y, en llegando a la esquina más próxima comenzó a silbar con el propósito de vencer la tonta opresión que se había apoderado de él. La música era de la canción Crees que te aceptaré, mas no es ésa mi intención. Tendría que avergonzarme si estamos juntos los dos. El aire corría tibio, y a las veces aparecían estrellas en el cielo negro. Gente joven alborotaba en una taberna a la espera del domingo. En "El Pavo Real", tras las ventanas de la nueva bolera, vio Knulp un corro de señores aburguesados, en pie, en mangas de camisa, cigarro en boca y en las manos las bolas, que sopesaban. Se detuvo al lado del gimnasio, y miró en torno. En los desnudos castaños cantaba el viento húmedo; el río corría inaudible bajo la profunda negrura, y reflejaba un par de ventanas iluminadas. Al vagabundo le hacía bien la suave noche en cada fibra

de su ser; respiró husmeando, y presintió primavera, calor, calles secas y peregrinaje. Su inagotable retentiva abarcaba la ciudad, el valle y la comarca entera; conocía él todos los rincones; rúas y senderos, aldeas, villorrios y alquerías; éranle familiares los albergues nocturnos. Reflexionaba tenazmente y hacía planes para su próximo viaje, pues no podía fijar su residencia en Lachstetten para siempre. Sólo deseaba, si la mujer no se ponía demasiado pesada, quedarse aquel domingo para complacer a su amigo. "Tal vez -pensaba- debería haber advertido al peletero respecto a su mujer." Pero no quería entrometerse en los ajenos cuidados, y tampoco le urgía ayudar a las personas a hacerse mejores o más cuerdas. Lamentaba que las cosas tomaran tales rumbos, y sus juicios acerca de la excamarera de "El Buey" no eran benévolos en modo alguno; pero no pudo menos de evocar con cierta sorna la digna oración del artesano sobre la vida hogareña y sobre la dicha conyugal. Sabía que, cuando alguien blasona o se jacta de su felicidad o de su virtud, las más de las veces no hay nada de ello; lo mismo había ocurrido antes con el sastre remendón y la religiosidad. Se podía contemplar a las gentes en su sandez; podía uno reirse de ellas o compadecerlas; pero había que dejarlas seguir su camino. Con un suspiro caviloso apartó de si estos pensamientos. Recostóse en lo hueco de un añoso castaño, enfrente del puente, y prosiguió las reflexiones sobre su itinerario. De buena gana hubiera cruzado al sesgo la Selva Negra; pero por las alturas haría frío en aquel tiempo; probablemente habría aún mucha nieve; se estropearía las botas, y las coyunturas para bien dormir eran a largos trechos. Aquello no resultaba hacedero; tenía que continuar por los valles y quedarse en pueblos. El molino de Hirschen, a cuatro horas de camino río abajo era la primera etapa segura; podría permanecer

en él uno o dos días en caso de mal tiempo. Cuando se hallaba absorto en estos pensamientos, sin acordarse apenas de que estaba esperando a alguien apareció de entre la oscuridad y la corriente del aire una figura temerosa, y se aproximó vacilando desde el puente. Reconocióla en seguida; contento y agradecido corrió a su encuentro y agitó el sombrero. —¡Qué bien que haya venido, Barbele! Ya casi creía que no lo haría. Iba a su izquierda, y la llevó por la alameda en dirección contraria a la corriente del río. Ella tenía miedo y le daba vergüenza. —Pero esto no está bien -decía una y otra vez-. ¡Si alguien nos viera!... Mas Knulp tenía mucho que preguntar, y pronto los pasos de la zagala se hicieron tranquilos e iguales; terminó por andar ligera y retadora al lado de él, al modo de camarada; las preguntas y objeciones despertaron su cálido interés, y contaba con ganas y acucia cosas de su tierra, de su padre, hermanos y abuelita, de los patos y gallinas, de granizadas y enfermedades, de bodas y fiestas aldeanas. Abrió el pequeño tesoro de sus experiencias, y era más vasto de lo que ella misma hubiera creido. Finalmente vino la historia de su empleo, la despedida de los suyos, su actual trabajo de sirvienta y el gobierno de la casa de su señor, todo por turno. Se habían alejado bastante del pueblo, sin que Barbele hubiese prestado atención al camino. Con la cita acababa de liberarse de una larga y turbia semana; tratar con extraños, sufrir y callar. Ahora sentíase toda alborozada. —Pero ¿dónde estamos? -exclamó, súbitamente extrañada-. ¿Adónde vamos?

—Si le parece bien, vamos hasta Gertelfingen; ya casi hemos llegado. —¿Gertelfingen? Y ¿qué hemos de hacer allí? Es mejor que volvamos. Se hace tarde. —¿Cuándo tiene que estar en casa, Bárbele? —A las diez. Ya es hora. Ha sido un bonito paseo... —Aún falta bastante para las diez -dijo Knulp-; pero le aseguro que lo tendré muy presente; de manera que llegará a casa a tiempo, ya que nunca nos hemos reunido tan presta y expeditamente, bien mirado, podríamos hoy aventurarnos a bailar... ¿O acaso no le gusta? Ella le miró con interés y sorpresa. —¡Oh, el baile me encanta! Pero ¿dónde? ¿Aquí fuera, en medio de la noche? —Sepa que estamos a un paso de Gertelfingen: en "El León" hay música. Podemos entrar, bailar, aunque sólo sea una vez, y después irnos a nuestras casas. Pasaremos una buena velada. Barbele se quedó dudando. —Sería divertido -repuso despaciosamente-. Pero ¿qué pensarían de nosotros? No quiero que me mire la gente por una cosa así. Tampoco quiero que crean que me corteja. Y de improviso se echó a reir con petulancia, y exclamó: —Si algún día llegara a tener novio, desde luego no será un curtidor. No es mi intención ofenderle; pero el de curtidor es un oficio nada limpio.

—Quizá tenga razón -dijo Knulp bienhumorado-. Y, además, tampoco debe usted casarse conmigo. Bien: nadie sabe que soy curtidor ni que usted es tan orgullosa; las manos me las he lavado; así que, si acepta un baile conmigo, queda invitada. Si no, volvámonos. Vieron en la noche la primera casa de la aldea: su frontispicio descolorido surgía de entre la vegetación. Knulp dijo de pronto: "Pts", y alzó el dedo; de la aldea les llegó el sonido de la música de baile; percibieron un acordeón y un violín. —¡Sea, pues! -rió la muchacha, y apretaron el paso. En "El León" bailaban sólo cuatro o cinco parejas, exclusivamente gente joven, que Knulp no conocía. Todo marchaba de una manera tranquila y decorosa, y nadie importunó a la pareja forastera, que se allegó para bailar. Tomaron parte en una alemandal y en una polca; después vino un vals, y Barbele no sabía bailarlo; se quedaron a verlo, y bebieron sendas cervezas; el peculio de Knulp no alcanzaba para más. Barbele se había enardecido con la danza, y miraba el saloncillo con ojos brillantes. —Es el momento apropiado para ir a casa -dijo Knulp cuando eran las nueve y media. Levantóse ella; parecía algo cariacontecida. —¡Qué lástima! -dijo en voz baja. —Podemos quedarnos todavía... —No, es menester que vuelva. ¡Con lo bien que se está!...

Se pusieron en marcha; mas en la puerta misma se le ocurrió a la joven: —No hemos dado nada para los músicos. —Sí -murmuró Knulp, un tanto azorado-. Bien se habrían merecido un zwanziger; pero... las cosas me han ido tan mal, que no queda nada. Ella se sintió solícita, y sacó de la cartera su pequeño monedero de malla. —¿Por qué no me lo ha dicho antes? Aquí tiene un zwanz Déselo. Tomó él la moneda y diósela a los músicos. Luego, al salir, no pudieron menos de detenerse un instante ante la puerta hasta acertar a ver el camino en medio de la cerrada opacidad. El viento era fuerte, y arrastraba gotas sueltas de lluvia. —¿Abro el paraguas? -interrogó Knulp. —No, con este viento no adelantaríamos nada. Se pasaba bien dentro... Baila usted casi como un maestro, curtidor. Seguía parlando alegremente. Su amigo, en cambio, permanecía callado, tal vez porque estaba cansado, tal vez porque temía la despedida que se avecinaba. Inopinadamente empezó ella a cantar: Ya siego junto al Neckar, ya siego junto al Rin. Su voz vibraba cálida y pura; en la segunda estrofa entró Knulp, cantó la segunda voz con tal firmeza, gravedad y primor, que ella quedó escuchando con placer.

—Se ha pasado ya la morriña, ¿eh? -preguntó él al final. —¡Oh, sí! -dijo con risa clara la joven-. Otro día hemos de repetir este paseo. —Lo siento mucho -replicó él con voz apagada-. Éste será el último. Ella se detuvo. No le había entendido bien; pero el tono contrariado de las palabras la había chocado. —Pues ¿qué sucede? -preguntó ligeramente intimidada-. ¿Tiene usted algo contra mi?... —No, Barbele; pero mañana he de marcharme de aquí; me han despedido. —¡Qué me dice! ¿Es cierto? Sí que lo siento... —Por habría que un guapo; verá. mí no debe apenarse. De todos modos, no me quedado aquí mucho tiempo; además, no soy más curtidor. Pronto tendrá usted un novio, y muy luego, la nostalgia no volverá jamás. Ya lo

—¡Ah, no hable así! Bien sabe que estoy a gusto a su lado, aunque no sea usted mi novio. Ambos callaron; soplábales el viento en el rostro. Knulp aflojó el paso. Estaban ya cerca del puente. Finalmente se detuvieron. —Quiero despedirme ya; es mejor. Siga sola ese par de pasos. Miróle Barbele con expresión de sincera pena.

—Entonces, ¿va en serio?... Tengo que darle las gracias por todo. No lo olvidaré. Y que le vaya muy bien. Tomó él su mano y la atrajo hacia sí, y mientras ella le miraba angustiada y sorprendida a los ojos, cogió él su cabeza, cuyas trenzas había humedecido la lluvia, con las manos, y musitó: —Adiós, Barbele. Como despedida quiero un beso suyo para que no me olvide del todo. Quedó un tanto perpleja y se echó hacia atrás; pero en la mirada de Knulp había bondad y tristeza, y sólo ahora percibió ella la hermosura de sus ojos. Sin cerrar los suyos, recibió seria el beso; y como luego él, con feble sonrisa, permaneciese indeciso, vinieron lágrimas a los ojos de ella y correspondió valerosa con otro beso. Acto seguido alejóse de allí a más andar, y cuando ya se hallaba en el puente, volvióse de repente, y desanduvo el camino. Él seguía en pie en el mismo sitio. —¿Qué ocurre, Barbele? -preguntó-. Debería irse a casa. —Sí, si, ya voy. ¡No piense mal de mi! —Líbreme Dios de hacer tal cosa. —Y ahora, ¿cómo se las va a arreglar, curtidor? ¿No me dijo antes que estaba sin dinero? ¿Ni siquiera ha podido recabar algún salario antes de marcharse? —No, no he atrapado nada de salario. Pero... no le hace; ya saldré del apuro; así que... no piense más en ello.

—¡No, no! Es menester que lleve algo en la faltriquera. ¡Tome! Púsole en la mano una moneda grande; él notó que era un táler. —Ya tendrá ocasión de devolvérmelo o de enviármelo algún día. La mano de Knulp retuvo a la muchacha. —Esto no está bien. ¡No puede desprenderse así de su dinero, es... nada menos que un táler. ¡Recójalo!... No...; tiene que recogerlo... ¡Así! ¡No se pueden hacer locuras! Si tiene ahí algo suelto funfziger o cosa así, eso si lo aceptaría gustoso, porque lo necesito. Pero nada más. Todavía disputaron otro poco, y Barbele tuvo que enseñar el portamonedas, porque afirmaba que no tenía más que el táler. Pero no era cierto: tenía también un marco y una monedita de plata de veinte pfening de las que a la sazón circulaban. Quiso él quedarse con ella, pero, según ella, era demasiado poco; entonces él expresó su decisión de no aceptar nada en absoluto y retirarse; por fin, cogió la pieza de un marco. Ella corrió al trote hacia su casa. De camino iba pensando constantemente por qué él no la había besado ahora por segunda vez. Tan pronto lo sentía, como lo hallaba particularmente amable y decente. Por fin, se atuvo a este último punto de vista. Una hora larga tardó Knulp en llegar a casa. Vio luz encendida todavía en la sala de arriba, es decir, que la patrona estaba levantada aún y le esperaba. Escupió irritado; en aquel momento se hubiera embutido a escape en plena noche. Pero estaba fatigado; llovería; además no quería hacerle

eso al peletero; por último, empezaba a prometerse el placer de cierta mesurada travesura nocturna. En efecto: fuese al escondrijo, pescó la llave, abrió con cautela como un ladrón la puerta, cerróla tras de sí, echó la llave sin ruido, apretando los labios, y la colocó cuidadoso en su antiguo sitio. Subió luego la escalera en calcetines, con los zapatos en la mano; vio luz a través de una rendija de la entornada puerta del aposento, y oyó la pausada respiración de la dueña, que en su larga espera habíase quedado allí dormida profundamente sobre el canapé. De seguida subió sin ser oído a su alcoba, la cerró bien por dentro y se metió en la cama. Pero al siguiente día -era cosa decidida- se ausentaría.

Mi evocación de Knulp

Éranse aún los risueños tiempos de la mocedad, y Knulp vivía todavía. A la sazón, durante un ardiente estío, recorríamos él y yo cierta comarca fértil. Nuestras preocupaciones eran pocas. De día andábamos vagando por los amarillos trigales, o también nos tendíamos bajo un fresco nogal o en las márgenes del bosque. Al anochecer prestaba yo atención a Knulp, que refería historias a los aldeanos, enseñaba sombras chinescas a los niños y prodigaba sus canciones a las muchachas. Yo le escuchaba con placer y sin envidia. Tan sólo cuando estaba entre las chicas y su moreno rostro relampagueaba y ellas se le reían y burlaban, mas quedaban pendientes de él con mirada fija, parecíame algunas veces que él era una rara ave feliz, o yo lo contrario; entonces más de una vez me apartaba para no estar allí de sobra, y bien saludaba al párroco en sus lares con miras a una sesuda conversación vespertina y a un

alojamiento nocturno, o bien me sentaba en la posada al lado de un vaso de vino sin decir nada a nadie. Una tarde—lo recuerdo—pasábamos por delante de un cementerio que estaba abandonado—así como su capillita—en medio de los campos, lejos de la primera aldea, y que descansaba en el caldeado terruño con sus muros coronados de oscuros matojos, lleno de augusta y vernácula paz. Junto a la verja de la puerta había dos grandes castaños; estaba cerrada, y yo quería proseguir nuestro camino; pero a Knulp no le apeteció, y ya se disponía a saltar por encima de la tapia. Pregunté: —¿Cómo? ¿Haciendo fiesta otra vez? —Pues si. Es que, si no, los pies empiezan a dolerme en seguida. —Y ¿tiene que ser precisamente en un cementerio? —Anda, vente sin el menor escrúpulo. No es para envidiar la vida de los campesinos, bien lo sé. Sin embargo, bajo tierra quieren encontrarse holgadamente. Por eso no escatiman esfuerzo alguno, y lo hacen de buen grado -para alindar con plantas las tumbas y alrrededores. Habiéndome subido con él, observé que tenía razón y que bien valía la pena de encaramarse al murete. Dentro se hallaban las sepulturas yuxtapuestas en hileras rectas o combas, las más provistas d cruz blanca de madera, y, encima y en torno, todo estaba esmaltado de verde y flores. Ardía el viento alegremente; los geranios, bañados de oro en la densa sombra aun a aquella hora avanzada; los rosales, pletóricos de rosas pendientes, y los saúcos y las lilas, se estiraban entre troncos y frondas.

Lo contemplamos todo un rato, y luego nos sentamos en el césped que de trecho en trecho estaba alto y florido; descansamos y nos pusimos contentos y frescos. Knulp leyó el nombre de la cruz más cercana, y dijo: —Se llamaba Engelbert Auer, y llegó a alcanzar los sesenta años. En cambio, ahora yace bajo resedas por cierto exquisitas flores reposa ya. En su día me gustaría también tener resedas, y, por lo pronto, voy a llevarme alguna de las de aquí. Le dije: —Déjalas y coge otra cosa. Las resedas se marchitan en seguida. Arrancó, no obstante, una, y se la puso en el sombrero, que había dejado al lado en la hierba. —¡Qué tranquilito se está aquí! dije. —En efecto. Y, si hubiera más silencio todavía, podríamos incluso oír a los que hablan ahí debajo. —No creo. Ya han dejado de hablar. —¿Quién sabe? Suele decirse que la muerte es un sueño, y en sueños se habla a menudo y hasta se canta a veces. —Tú, quizá... —¿Por qué no? Si estuviera muerto, el domingo me esperaría que vinieran las chicas y se llegasen por aquí a coger flores de los sepulcros; entonces me pondría a cantar en voz muy baja.

—¿Si? ¿El qué? —¿Qué? Cualquier canción. Se tumbó a la larga en el suelo y empezó a cantar acto seguido con voz queda e infantil: Porque me he muerto tan joven, debes cantar para mí, niña, una copla de adiós. Cuando vuelva, cuando vuelva he de ser un guapo mozo. No pude menos que reirme, si bien la canción me había agradado bastante. Cantaba bien, con ternura; aunque la letra no tenía muchas veces sentido completo, la melodía era muy delicada, y el conjunto resultaba delicioso. —Knulp -dije-, no prometas demasiado a las muchachas; de lo contrario, dejarán pronto de escucharte. Eso de volver, no está mal; pero de cierto nadie lo sabe; y en cuanto a lo de guapo mozo, después del retorno, eso sí que no es muy seguro... —Seguro no lo es, de acuerdo. Pero me gustaría que así fuese. ¿Recuerdas, anteayer, aquel rapazuelo de la vaca, al que preguntamos por el camino? Como ése me agradaría volver a ser. ¿A ti no? —No; a mi, no... Conocí una vez a un anciano que pasaba ya de los setenta; ponía la vista en las cosas con tal bondad y calma, que me parecía como si sólo en él pudieran estar lo bueno y lo prudente, y lo plácido. Y desde entonces, dondequiera que me halle, pienso que me gustaría llegar a ser también así. —¿Si? Pues todavía te falta un rato, ¿sabes? Y en resumidas cuentas: esto de los deseos resulta cómico. Si yo ahora, al instante, simplemente con mover la cabeza, pudiera convertirme en un lindo

chiquillo, y tú también con otro sencillo movimiento de cabeza fueras capaz de transformarte en un viejo pío y distinguido, ninguno de los dos haríamos tal movimiento, sino que muy a gusto nos quedaríamos como estamos. —Eso también es verdad. —¡Claro! Y si no, mira otra cosa: muchas veces me da por pensar que lo más bello, lo más primoroso de todo cuanto existe, es una esbelta doncellita de cabellera rubia. Pero no hay tal, porque con bastante frecuencia se ve alguna morena casi más hermosa aún. Además, otras veces me ocurre opinar que lo más bello y lo más delicado de todo es un hermoso pájaro cuando se le ve cernerse, tan libremente, en las alturas. Y, en cambio, en otra ocasión no resulta en manera alguna tan maravilloso como una mariposa (una blanca, con ojos rojos en las alas, por ejemplo), ni tampoco como un rayo de sol al atardecer, entre nubes, en el cielo, cuando todo resplandece alegre e intensivamente. —Exacto, Knulp. Todo es así de hermoso cuando lo contemplamos en el mejor momento. —Sí. Y creo más: creo que la belleza máxima lo es siempre contra la suerte, que al margen de su placer hay por añadidura alguna cor o duelo. —¿Cómo es eso? —En mi forma de pensar, a una joven hermosísima no se la encontraría quizá tan encantadora si no se supiese que ella tiene su época que, pasada ésta, ha de envejecer y morir. Si las cosas bellas permaneciesen iguales por toda la eternidad, supongo que llegaría a sentir un gran placer; pero entonces las consideraría más fríamente y pensaría "Lo que ves es para siempre, no te es necesario hoy mismo." En cambio, al ver lo perecedero, lo que no puede

seguir siendo siempre igual, lo contemplo, y no sólo siento alegría, sino también la correspondiente lástima. —Cierto. —Por razones parecidas, tampoco conozco nada más hermoso que unos fuegos de artificio por la noche, en cualquier parte. Hay balas relucientes, azules y verdes, que se remontan por las tinieblas, y en el preciso instante en que son más bellas, describen un pequeño arco y se extinguen. Al presenciarlo, se experimenta gozo y también, al mismo tiempo, angustia: las cosas tornan a ser como antes; pero conviene que así suceda, y la hermosura es mucho mayor que si llegase a durar más tiempo, ¿no? —Bien puede ser. Pero esa fórmula no valdrá para todos los casos. —¿Por qué no? —Por ejemplo: si dos personas se quieren y se casan, o si dos llegan a trabar mutua amistad, lo hermoso radica precisamente en que sea para mucho tiempo y en que no se termine en seguida. Knulp me miró con atención, parpadeó luego, haciendo jugar sus negras pestañas, y dijo meditabundo: —Justo. Pero también eso tiene su fin alguna vez, como todo. muchas circunstancias que pueden degollar una amistad y lo mismo un amor. —. Muy cierto; mas no se piensa en ello antes que ocurra. —No lo sé... Mira, yo he estado enamorado dos veces en mi vida -me refiero al vverdadero amor- y las dos veces tenía la certidumbre de que aquello

era para siempre y de que sólo podía concluir con la muerte. Pues bien; en ambas sazones la cosa se acavó y yo no me he muerto. Tuve también un amigo -que vive aún en nuestra ciudad-, y no me cabía en el pensamiento que pudiésemos vivir separados. Sin embargo, nos hemos desjuntado hace ya tiempo. Callóse y no supe qué decir al respecto. Esa dimensión dolorosa latente en toda relación entre seres humanos no había llegado todavía a ser vivencia en mí y no había aprendido aún que entre dos personas, por muy íntimamente ligadas que estén, permanece siempre abierto un abismo que sólo el amor puede franquear y aun sólo de hora en hora con un puente de emergencia. Cavilaba yo sobre las anteriores palabras de mi camarada, de las que me complacían superlativamente las atañederas a las balas luminosas, pues yo mismo lo había sentido así con frecuencia. Los irisados fuegos, suavemente rizados, ascendiendo en la oscuridad y ahogándose allá instantáneamente, parecíanme ser un símbolo de todo humano deleite, que, cuanto más bello es, tanto menos sacia y tanto más presto se va desvaneciendo. así se lo expuse a Knulp. Pero no se prestó a entrar en pormenores. —Sí, sí -dijo tan sólo; y más tarde, después de un buen rato, habló con voz apagada-: Los productos del intelecto y de la meditación no tienen ningún mérito, y tampoco se obra según se piensa, sino que en realidad cada paso es dado de una manera tan absolutamente desatinada... como lo estaba deseando el corazón. Sin embargo, con las amistades y los amores acontece tal y como yo opino. En definitiva, cada ser humano tiene lo suyo enteramente para sí y no quiere saber nada de los demás. Se observa también esto cuando alguien muere. Se le llora, se le guarda luto un día, y un mes, y hasta un año, pero después... el muerto lo está y muerto sigue; exactamente lo mismo daría que dentro de su ataúd

yaciera cualquier obrero ambulante desconocido y sin patria. —Oye, Knulp: no me parece bien eso. A menudo hemos hablado tú y yo de que la vida ha de acabar teniendo un sentido y de que tiene su mérito el ser bueno y amable en vez de ser malo y hostil. Pero si la realidad fuese como tú dices ahora, todo nos daría igual y podríamos perfectamente robar y matar. —No, no podríamos, querido. ¡A ver, asesina sin más ni más a unos cuantos ciudadanos, los primeros que nos encontremos, si eres capaz! O pídele a una mariposa amarilla que sea azul. Se reirá de ti. —Tampoco quiero decir eso. No obstante, si todo nos fuera indiferente, carecería de sentido querer ser bueno y honrado. La esencia del bien no existe si lo azul vale tanto como lo amarillo y lo malo como lo bueno. Entonces cada uno de nosotros sería lo mismo que un animal en la selva y obraría según su instinto, sin tener por ello merecimiento ni culpa. Knulp suspiró. —¡Ah, qué decir a eso! Tal vez sea así, como dices. Entonces viene a ser también una necedad el afligirse a menudo por tal motivo sin advertir que la voluntad no tiene ningún valor y que todo anda por su camino sin contar en absoluto con nosotros. A pesar de ello y aun por su causa, algo de culpa hay incluso en aquel que no ha podido ser otra cosa sino malo. Pues, con todo, ese tal lo percibe en sí. Y por eso lo acertado tiene que ser el bien, puesto que se queda uno satisfecho de él y tiene la conciencia tranquila. Noté en su semblante que estaba hastiado de esta conversación. Ocurríale así con frecuencia; se avenía a filosofar, sentaba algunas proposiciones,

hablaba en pro y en contra de ellas y de pronto volvía al silencio. Antes me había puesto a pensar si estaría él cansado de mis deficientes respuestas y objeciones. Pero no; era que se daba cuenta de que su afición a especular le conducía a un terreno en donde sus conocimientos y medios de expresión no bastaban. Pues si bien era verdad que había leído muchísimo -a Tolstoi entre otros-, no siempre sabía discernir con precisión entre los razonamientos verdaderos y los falsos y él mismo se percataba de ello. Hablaba de los sabios como un niño aventajado habla de los adultos; no podía menos de reconocer que tenían más poder y recursos que él, pero los desdeñaba por el hecho de que a pesar de todo no servían para nada ni eran capaces -con todas sus habilidades- de resolver un acertijo. Acto seguido tendióse de nuevo con la cabeza sobre ambas manos, clavó una mirada en el cielo azul ardiente a través del oscurisimo follaje de los saúcos y susurró entre dientes una vieja canción pop renana. Recuerdo todavía los últimos versos: He llevado una levita roja; ahora he de vestir levita negra, seis años, siete años, hasta que mi amada se torne carroña. Ya muy avanzada la tarde nos sentamos en la linde umbrosa de un soto, el uno enfrénte del otro, cada uno con un gran trozo de pan y medio salchichón; comimos y nos pusimos a contemplar la anochecida. Momentos antes, los alcores se hallaban todavía iluminados por los áureos reflejos del cielo crepuscular y se diluían en plumosos nimbos de luz flotante; ahora, empero, erguíanse oscuros ya y recortados; sus árboles, crestas y matorrales decoraban de negro el firmamento, que aún tenía un poco del celeste azul diurno, aunque mucho más del profundo turqui de la noche.

En tanto que duró la claridad nos dedicamos a leernos el uno al otro graciosos pasajes de un librito que se titulaba Ecos de las Musas de los organillos de Alemania y que contenía festivas coplas de pacotilla -pura tontuna-, acompañadas de pequeñas xilografías. Acabóse esto al mismo tiempo que la luz del día. Cuando hubimos terminado de comer, quiso Knulp oír música; saqué la armónica, que estaba llena de migajas, la relimpié y toqué las dos o tres melodías de más boga. La lobreguez que nos rodeaba hacía ya rato, habíase ido explayando ante nosotros hasta las lejanas y múltiples convexidades del horizonte; el cielo había perdido también su pálido claror e iba dejando que en la creciente negrura se encendiesen de quedo, una tras otra, las estrellas. Las notas de nuestra armónica volaban ligeras, tenues, campo adelante y se desvanecían aprisa en el vasto espacio. —No podemos echarnos a dormir tan pronto -le dije a Knulp-. Cuéntame alguna historia, no hace falta que sea verdad, o una leyenda. Knulp recapacitó. —Sí -dijo-; una historia que es también fábula a la vez. Se trata sencillamente de un sueño. El otoño pasado lo soñé y desde entonces se me ha repetido dos veces en forma muy parecida. Voy a contártelo: "En un pueblo semejante a los de mi tierra había un callejón; todas sus casas alineaban las fachadas sobre el arroyo, pero eran de mayor altura que la común; iba por él y era como si, después de mucho, mucho tiempo, volviese al fin a casa; sin embargo, sólo a medias me sentía contento, pues no todo estaba en regla; no sabía con entera seguridad si me hallaba en lugar mentido o verdadero, ni siquiera sabía si me encontraba en mi patria. Más de un rincón aparecía tal como era, y lo reconocí en el acto; muchas casas, en cambio, eran extrañas, inusitadas, y tampoco encontré el puente ni el

camino a la plaza mayor; en lugar de ésta hallé un jardín desconocido y una iglesia, que era como las de Colonia o Basilea, con dos altas torres, en contraste con la iglesia de mi lugar natal, la cual no tiene torre, sino sólo un torrejón descabal con un tejadillo de urgencia, porque se había edificado con excesivo gasto en tiempos anteriores y no pudo ser concluida la torre. "Lo mismo pasaba con la gente. Algunos, a quienes vi de lejos, me parecieron perfectamente conocidos; sabía sus nombres, que me venían a la boca, y ya me preparaba para llamarlos; mas éste entraba en una casa o aquél por una bocacalle y otros se alejaban, y si alguno llegaba y pasaba por mi lado, íbase trasmudándo hasta hacérseme extraño; no obstante, una vez que había pasado y de nuevo crecía la distancia, al seguirle yo con la vista paraba mientes en que era él, mi conocido, pese a todo, y en que debería haberle identificado. Asimismo vi a un par de mujeres juntas en pie delante de una ventana, y una de ellas hasta me parecía ser una tía mía ya fallecida; como me encaminase hacia ambas, dejé, empero, de reconocerlas, e incluso oí que hablaban en un dialecto completamente foráneo, que apenas podía entender. "Finalmente pensé que, aun en el supuesto de que me encontrase otra véz fuera de la localidad, ella era mi tía, y, sin embargo, no lo era. A despecho de todo, nunca dejaba de correr en dirección hacia tal casa conocida o de acudir al encuentro de tal rostro familiar; todos me tomaban una y otra vez por loco. No por ello me encolerizaba ni me ponía de mal humor, sino tan sólo triste y muy medroso; quise citar una plegaria y rebusqué en mi memoria con todas mis fuerzas, mas no me venían a ella más que frases inútiles o estúpidas -como por ejemplo, "Muy señor mio" y "En las presentes circunstancias..."- y las profería entre dientes, confuso y afligido.

"Me parece que aquello se prolongó un par de horas, hasta que quedé rendido y completamente sofocado; sin voluntad, seguí avanzando entre incesantes tropezones. Era ya de noche; me proponía preguntar al primero que pasase por un albergue o por la carretera, pero no pude dirigir la palabra a nadie, pues todos pasaban junto a mí como si yo fuese de aire. Muy poco faltó para que llorase de cansancio y desesperación. "En esto, al rondar otra vez más por una esquina, vi de improviso que delante de mi se hallaba nuestra vieja calle, un poco cambiada; adornada en verdad; mas esto no me turbaba ahora gran cosa. Empecé a andar por ella y fui reconociendo claramente alguna que otra casa, pese a los arabescos que el ensueño agregaba, y por fin también nuestra antigua casa paterna. Era asimismo sobrenaturalmente otra, mas por otra parte estaba casi exactamente como en los buenos tiempos, y la alegría y la emoción me subieron corriendo por la espalda como un estremecimiento. "Pero en el umbral me encontré a mi primer amor, que se llamaba Henriette. Se la veía mayor y un poco distinta de como era antes; se había puesto más hermosa todavía. Al acercarme pude ver incluso que su belleza era como un milagro y se revelaba de una manera enteramente angélica; en cambio, observé también en aquel momento que era rubia clara y no morena como Henriette, mas era ella de pies a cabeza, si bien transfigurada. "¡Henriette! exclamé, y me quité el sombrero, pues su traza era tan exquisita, que no sabía yo si ella tendría a bien reconocerme. Volvióse del todo y me miró a los ojos. Pero cuando me estaba mirando de tal guisa, no pude menos de maravillarme y avergonzarme, pues no era en absoluto aquella a la que yo había llamado, sino que era Lisabeth, mi

segunda novia, a la que hiciera el amor durante mucho tiempo. "¡Lisabeth!—hube, pues, de gritar, y le alargué la mano. "Me contempló de un modo que me llegó al corazón— como si Dios mirase a un mortal—, no con severidad, no con una punta de altanería, sino clara y serenamente, tan espiritual, tan excelsa, que yo me sentía a la altura de un perro. Grave y triste, alzó la vista; luego denegó con la cabeza cual si oyese una pregunta indiscreta, y tampoco aceptó mi mano, sino que se dio vuelta hacia la casa y silenciosamente cerró la puerta tras de sí. Oí que echaba el cerrojo. "Me volví y continué adelante. Aunque apenas podía ver, cegado por las lágrimas y la pesadumbre, noté que algo singular acaecía; en efecto: la ciudad se había transformado otra vez. Cada calle, cada casa y todo estaba exactamente, como en tiempos pasados, y el desorden había desaparecido del todo. Los frontones ya no eran tan altos y tenían sus antiguos colores; las personas eran verdaderamente ellas mismas y, al reconocerse, me miraban con alegría y asombro; incluso varios me llamaron por mi nombre. Mas no me era posible contestarles ni pararme. Por el contrario, corría con todas mis energías por el conocidísimo camino, por el puente, hasta salir de la villa, y lo vislumbraba todo con ojos humedecidos por la pena. Y, sin saber por qué, lo daba por perdido. Tenía que huir, privado de la honra. Más tarde, cuando quedó atrás la población, como estuviese entre los chopos y hubiese de detenerme unos momentos, se me ocurrió por primera vez pensar que había estado en mi pueblo, delante de mi casa, cerca de mis padres, hermanos y amigos, y no había tenido un solo recuerdo para ninguno de ellos. Había en mi corazón más pesar, vergüenza y turbación que

nunca. Pero no pude regresar y poner remedio, ya que el sueño se acabó y me desperté." Dijo Knulp: —Cada ser humano tiene su alma; las almas no pueden conpartirse. Dos personas pueden andar juntas, hablarse, estar juntas. Pero sus almas son como flores que prenden cada una en su sitio y ninguna puede allegarse a otra, a no ser que abandonen sus propias raíces y justamente esto es imposible. Las flores se envían sus perfumes y simientes, ya que de buena gana ellas mismas se juntarían; mas nada puede hacer para que un grano de polen llegue al destino adecuado; es el viento el que lo lleva y trae de acá para allá, cómo y donde quiere... Y más tarde siguió: —... El sueño que te he relatado tiene quizá igual significación. No me he comportado injustamente a sabiendas ni con Henriette ni con Lisabeth, sino que en fuerza de haberme enamorado de ambas y haber pretendido conquistarlas se han resuelto para mí en una que se asemeja a las dos sin ser ninguna de ellas. La imagen es exclusivamente mía, pero ya no es cosa viva. así también he tenido que pensar muchas veces en mis padres. Creen que soy un pequeñuelo, que no soy como ellos. Mas, aun cuando he de amarlos también, lo cierto es que para ellos soy un extraño a quien no pueden comprender. Lo que es capital en mí -tal vez precisamente mi alma- lo encuentran accesorio y me lo cargan en la cuenta de mis pocos años o de mis caprichos. Gustosos me tienen a su lado y me dedican todo su cariño. Un padre puede transmitir al hijo en herencia la nariz y los ojos y hasta la inteligencia, pero no el alma. Ésta es nueva para cada hombre.

No tenía yo nada que decir a todo esto, pues a la sazón no había andado todavía por aquellos vericuetos mentales, al menos por pura necesidad. En verdad aquel sutilizar me hacía muchísima gracia, como quiera que a mí no me llegaba a apasionar suponía que para Knulp también debía ser más un juego que una contienda. Además, era idílicamente hermoso para los dos estar tendidos en la seca hierba, esperar la noche y el sueño y contemplar las primeras estrellas. Le dije: —Knulp, eres un pensador. Deberías haberte hecho profesor. Rió y movió la cabeza. —Más fácil sería que otra vez me fuese al Ejército de Salvación -repuso luego pensativo. Para mí aquello era demasiado. —¡No me vengas con músicas!—le dije—. ¿Es que ahora quieres convertirte en un santo varón? —Pues sí; aspiro también a ello. El hombre es santo si de veras hay seriedad en sus propias ideas y acciones. Quien tenga por derecho alguna cosa debe hacerla. Y si yo en un momento dado considero que lo justo es que me marche al Ejército de Salvación, es de esperar que así lo haga. —¡Y dale con el Ejército de Salvación! —¡Que sí, hombre! Y voy a decirte el porqué. He hablado ya con mucha gente y he escuchado muchas peroraciones. He oído hablar a curas, a maestros y a síndicos; a socialdemócratas y a liberales; pero me parece que en ninguno de ellos la seriedad era

absolutamente sincera; al menos, no les creería capaces de sacrificarse, en caso necesario, por sus respectivos saberes. En cambio, en el Ejército de Salvación, con toda su solfa y su bulla, he visto y oído en tres o cuatro ocasiones a personas para las cuales la cosa iba en serio. —¡Tú qué sabes! —Eso salta a la vista. Por ejemplo, hubo uno que pronunció un discurso en una aldea, en domingo, al aire libre, en medio de tal polvo y calor, que pronto enronqueció completamente. Aparte de esto, tenía un parecer nada robusto. Cuando no podía echar más palabras, consentía que sus tres compañeros cantasen unos versículos, y, entre tanto, se bebía un trago de agua. Medio pueblo—chicos y grandesestaba a su alrededor; tomábanle por loco y le criticaban. Detrás de él un joven subalterno, que tenía un látigo, soltaba de cuando en cuando un chasquido formidable a fin de sacar de tino al orador; a cada golpe todos se echaban a reir. El pobre hombre, sin embargo—aunque no era ningún tonto—, y con su resto de voz supo imponerse sobre el alboroto, y se sonrió en ocasión en que otro cualquiera hubiera lanzado alaridos o maldiciones. Bien sabes que eso no lo hace nadie por mor de un sueldo mísero ni por divertirse; por el contrario, hay que llevar dentro una claridad y una certidumbre grandes. —Admitido; pero lo que está bien en un caso, no está bien en todos. Y quien, como tú, es hombre sensible y delicado, no toma parte en semejantes escándalos. —O quizá al contrario, si se trata de un hombre que conozca o posea algo muchísimo mejor que toda la sensibilidad y que toda la delicadeza. Sin duda, lo que es aplicable en un caso no lo es en todos; pero la verdad tiene que ser válida en todo caso.

—¡Ah, la verdad! Y ¿quién te ha dicho que ellos, con sus aleluyas, posean la verdad? —Eso no se sabe; completamente de acuerdo. Pero sólo te digo qué si alguna vez descubro que la suya es la Verdad, estoy decidido a seguirles. —Si es así... Pero tú cada día encuentras una verdad y al día siguiente la abandonas por inválida. Miróme consternado. —Eso que me has dicho es duro. Quise disculparme, pero me lo impidió y quedó callado. En seguida me dio las buenas noches y se acostó tranquilamente. Creo, no obstante, que no se durmió al momento. También yo estaba desvelado; permanecí bastante más de una hora tendido, apoyado sobre los codos con la vista dirigida a la tierra cubierta por la noche. A la mañana siguiente noté en seguida que Knulp iba a estar de buen humor aquel día. Se lo dije así; me miró radiante, con sus ojos infantiles, y dijo: —Acertaste. Y a propósito, ¿sabes de dónde viene el estar de buen humor? —No. ¿De dónde? —Nace de haber dormido bien durante la noche y de haber tenido los más hermosos sueños. Pero no siempre puede uno recordarlos, esto me ocurre hoy a mí. Mi sueño ha sido a la vez divertido y sencillamente magnífico, pero lo he olvidado todo; en estos momentos sólo sé que ha sido soberanamente bello.

Y antes de llegar al pueblo inmediato, todavía en ayunas, lanzó a la serena mañana tres o cuatro flamantes canciones con aquella voz suya, cálida, ágil, sin asomo de cansancio. Anotadas e impresas, esas melodías acaso resultaran muy poco presentables. Mas, si bien Knulp no era un gran poeta, sí lo era menor ciertamente; y sus canciones -mientras fuese él mismo quien las cantara- se parecían a menudo unas a otras, a las más hermosas, como hermanas bonitas. He retenido estrofas y pasajes aislados que son auténticamente bellos y para mí tal vez más valiosos. Nada de ello ha sido anotado; sus versos llegaban, vivían y fenecían ingenuamente y sin responsabilidad, como soplan los vientos; así y todo, han proporcionado bastantes cuartos de hora gratos y amables no sólo a él y a mí, sino a muchos otros, niños y mayores. Radiante y endomingado cual damita ante el portal, asoma rubio y altivo por encima del pinar... así cantaba Knulp aquel día al sol, que casi siempre figuraba y era ensalzado en sus tonadas. Y... cosa curiosa: así como en la conversación apenas podía dejar de especular, así también con la mayor naturalidad le brotaban sus versillos escapando como limpios niños con sus claros vestidos de verano. A menudo los hacía donosamente carentes de sentido, y le servían sólo para que libremente pudiera fluir la exultación que le desbordaba. Aquel día se me había contagiado por entero su jovialidad. Después de saludar a cuantos veíamos en nuestro camino, les embromábamos, de suerte que a nuestras espaldas se producían alternativamente carcajadas e improperios y pasamos todo el día en continua fiesta. Nos referíamos mutuamente anécdotas y chistes de los años escolares; poníamos motes a los aldeanos que pasaban y con frecuencia también a sus caballerías y bueyes; junto al escondido valladar de un huerto nos hartamos de grosellas

robadas; y, en fin, conservamos las fuerzas y las suelas de nuestros zapatos, ya que casi cada hora hacíamos un alto en el camino. Me parecía que desde que trataba a Knulp -cosa reciente- nunca le había encontrado tan fino, amable e interesante; yo esperaba gozoso que a partir de entonces habría de iniciarse la verdadera convivencia, el peregrinaje y esparcimiento en común. A mediodía se levantó bochorno y estuvimos más tiempo tumbados en la hierba que andando. Cuando atardecía, concentróse un vaho de tormenta y la atmósfera se adensó de tal manera que determinamos buscar cobijo para la noche. Durante aquel rato, Knulp se fue aquietando paulatinamente y empezó a cansarse un poco; sin embargo, él apenas lo notaba, pues seguía riendo efusivamente conmigo y con frecuencia me acompañaba en mis canciones; yo mismo me sentía aún retozón y más de una vez noté que se encendía dentro de mi una como fogata de regocijo. Quizás a Knulp le ocurría a la inversa y en él iban entremuriendo ya las luminarias festivas. Por aquel entonces solía acontecerme que, en los días alegres, a medida que la noche se acercaba, me iba animando progresivamente y no sabía hallar el fin de la jornada: efectivamente, muchas veces, después del holgorio trasnochaba horas enteras, yendo de acá para allá solo, cuando ya los demás se habían cansado hacía un buen rato y dormían. Esta fiebre de júbilo entre dos luces me acometió también en aquella sazón, y mientras íbamos andando valle abajo hacia un pueblo de muy buen ver, me refocilaba ante la perspectiva de una noche risueña. Por lo pronto escogimos para albergue nocturno un henil que había en lugar apartado, fácilmente accesible; entramos luego en la población y nos metimos en un hermoso merendero, pues aquí había yo prometido convidar a mi amigo y pensaba obsequiarle

con un pastel de yemas y un par de botellas de cerveza; a fin de cuentas aquél era un día de alborozo. Por su parte, Knulp había aceptado con gusto la invitación. Nobstante, cuando tomamos asiento junto a un velador, bajo un hermoso platanero, dijo medio sonrojándose: —Oye, no iremos a empezar una orgía, ¿eh? Una botella de cerveza sí que me la bebo de buen grado; sienta bien y es un placer para mí, pero más de eso apenas lo aguantaría. No insistí y pensé: "ya hablaremos de la cantidad cuando nos hayamos alegrado". Nos comimos el dulce de yemas caliente y además un pan de centeno del día, sabroso y moreno. Desde luego hice traer una segunda botella de cerveza para mí, en tanto que Knulp tenía su primera mediada aún. Yo lo estaba pasando bien de verdad pues volvía a sentarme, opiparamente y a lo principe, ante una linda mesa, y pensaba disfrutar todavía un buen rato aquella noche. Cuando Knulp hubo terminado su botella, no aceptó otra a pesar de mis instancias y me propuso callejear un poco por la villa y luego a dormir temprano. No eran ésas, en modo alguno, mis intenciones mas no quise contradecirle, francamente. Y como mi botella no estaba aún vacía, nada tenía yo que objetar al hecho de que él se marchase de momento; ya nos reuniríamos de nuevo más tarde. Fuese, luego. Seguí con la vista su cómoda y gozosa andadura de hombre que cree terminado su trabajo; con una flor de amelo tras la oreja bajó la fila de escalones hasta la ancha calle y, en lento paseo, se internó en la villa. Y si bien me molestó que no hubiese querido vaciar conmigo una botella más, no pude menos de pensar, mientras le miraba con ternura, que era un gran muchacho.

Entre tanto el bochorno tomaba constante incremento, a pesar de que el sol ya se había ocultado. Daba gusto estar allí sentado, con calma, ante una bebida fresca a la entrada de la noche con un tiempo como aquél, y decidí quedarme algún rato más al lado de mi mesa. Como yo fuese casi el único parroquiano, la camarera tuvo tiempo sobrado para dedicarlo a una charla conmigo. Le encargué además que me trajese dos cigarros, de los cuales destinaba en principio uno a Knulp, aunque me fumé yo los dos más tarde por distracción Aproximadamente una hora después, volvió, en efecto, Knulp y quiso recogerme. Pero yo me había vuelto sedentario, y como él estaba fatigado y tenía sueño, quedamos de acuerdo en que se marchara a nuestro echadero y se acostara. Allá se dirigió, pues. Inmediatamente la camarera empezó a hacerme preguntas acerca de él, pues llamaba la atención de todas las muchachas. Nada tenía yo que oponer; él era amigo mío y ella no era mi novia. Le alabé -y aun demasiadamente-, pues tengo para mí que las alabanzas siempre están bien y no hay que negárselas a nadie. Empezaba a tronar y a soplar vientecillo sobre el platanero cuando, ya tarde, conseguí por fin levantarme. Pagué, dejé para la muchacha una moneda de diez céntimos de marco y me puse en camino sin prisa. Al partir me di cuenta de que había bebido una botella de más -en los últimos tiempos me había pasado rigurosamente sin bebidas fuertes- y, sin embargo, ello me producía sólo una sensación placentera, al demostrarme que era yo capaz de resistir un poco; aún fui cantando entre dientes por todo el camino, hasta que volví a encontrar nuestro alojamiento. Subí sin hacer ruido y hallé—como era debido—a Knulp durmiendo. Sobre la extendida chaqueta marrón, en mangas de camisa, yacía y respiraba rítmicamente; me quedé mirándole; su

frente, el desnudo cuello y una mano distante del cuerpo -había extendido uno de los brazos- producían un pálido resplandor en medio de la nebulosa penumbra. Me acosté vestido; la excitación y el dolor y pesadez de cabeza me desvelaban a cada instante; por fin, cuando ya empezaba a medio clarear afuera, me dormí como un tronco. Fue un sueño profundo, letárgico, cual modorra, pero no bueno; me sentía pesado y decaído y tuve ensueños confusos y torturantes. A la mañana siguiente me desperté tarde: era ya pleno día y la clara luz me molestó en los ojos. Mi cabeza estaba vacía y nublada y mis miembros fatigados. Tras prolongado bostezo, me froté los ojos y estiré los brazos; mis articulaciones crujieron. A pesar del cansancio, conservaba un resto, una reminiscencia del temple del día anterior y pensé que debía librarme de mis pequeñas miserias lavándome en la primera fuente clara. Mas sucedió de otro modo. Cuando miré en torno mío, Knulp ya no estaba. Le llamé y silbé, pues al principio nada sospechaba. Sólo cuando llamadas, silbidos y búsqueda resultaron infructuosos, comprendí de pronto que me había abandonado. Sí; había marchado, se había ido furtivamente, no había querido quedarse más tiempo conmigo. Acaso porque le repugnaba mi sobrebeber de la víspera, o porque se avergonzara de sus propias travesuras durante la jornada precedente; tal vez sólo por capricho, o por escrúpulos acerca de mi compañía; quizá porque se despertó en él la súbita necesidad de miento. Pero probablemente la culpable fue mi gula de cerveza Mi alegría se eclipsó; la vergüenza y el pesar se adueñaron por entero de mí. ¿Dónde estaría mi amigo en aquellos momentos? A despecho de sus palabras, me parecía haber comprendido un poco su alma y tener

parte en él. Pero ahora que se había ido y quedaba yo desengañado y solo, debía echarme la culpa más a mi que a él: era menester que probase ya por mi mismo aquella soledad, en la que según opinión de Knulp todos viven, aunque yo nunca había querido creer por completo en ella. Era amarga; y no lo ha sido sólo en aquel primer día. Después, por el decurso del tiempo ha venido en ocasiones a hacerse más livíana; mas desde entonces no se ha decidido a abandonarme del todo.

El fin

Era un claro día de octubre; el aire, leve, penetrado de sol, se agitaba en breves y versátiles corrientes; desde campos y huertos ascendía en tenues y morosas cintas el humo azul pálido de las fogatas otoñales y llenaba el luminoso paisaje con su olor agridulce de hojas y madera verde quemadas. En los huertos aldeanos florecían ásteres silvestres de vivos colores, más lejos desvaídas rosas y dalias, y aledañas a los cercados flameaban todavía algunas encendidas capuchinas acá y allá sobre el vago brillo albarizo de la hierba, ya descolorida. Por la carretera de Bulach avanzaba lentamente el calesín del doctor Machold. La pista subía suavemente monte arriba; a la izquierda quedaban trigales segados y patatares, en los que aún se estaba recogiendo la cosecha, y a la derecha, un pinar joven, compacto y medio asfixiado, un pardo seto de varales y ramas enjutas en tupido apiñamiento, y el suelo, de un bruno monocromo y seco, materialmente cuajado de pinochas mustias. La estrada, rectilínea, parecía conducir al mórbido

azul del cielo otoñal, como si el mundo se acabara en aquella altura. Con las riendas flojas en la mano, el doctor dejaba al gastado caballejo andar como quisiera. Venía de asistir a una moribunda, a la que ya no podía prestar más ayuda, a pesar de que la mujer había luchado tenazmente por vivir hasta el último instante. Se encontraba cansado y disfrutaba del plácido viaje en tan benigno día. Los pensamientos se le habían adormilado y en su ligero aturdimiento se iban involuntaríamente tras el reclamo de los recuerdos, borrosos y gratos, que se elevaba con el aroma de las pequeñas lumbres campesinas; unos se remontaban a días autumnales de asueto, allá por los años estudiantiles; otros, más remotos, hasta el sonoro y amorfo ocaso de la infancia. Pues se había criado en la comarca y sus sentidos espontáneos y expertos seguían todos los signos campestres de las estaciones y de las labores relativas a cada una. Estaba a punto de dormirse del todo, cuando le despabiló la parada del coche. Cruzaba oblicuamente la carretera un arroyuelo, en el que se habían atascado las ruedas delanteras; el caballo, agradecido, se había quedado parado y, con la cabeza baja, aprovechaba el descanso esperado. Machold, reanimado merced al repentino enmudecimiento de las ruedas, recogió las riendas; tras algunos momentos crepusculares comprobó sonriendo que bosque y cielo continuaban sin novedad en la soleada claridad e incitó al rocín a proseguir la subida con un fianzudo chascar de lengua. Después se enderezó en su asiento -le gustaba dormitar durante el día- y encendió un cigarro. La marcha se reanudó a paso lento; desde la gleba, le saludaron dos mujeres que buscaban sombra tras de una larga hilera de sacos llenos de paja. La cima estaba ya cerca: el caballo alzaba la testa lleno de expectación, con el ánimo muy

dispuesto a trotar cuesta abajo tan luego como rebasara el vasto culmen de la loma local. En esto apareció arriba en el vecino y lúcido horizonte, una figura humana, un caminante; destacóse un instante circuido de soflama azul, escueto y alto; descendió y tornóse gris y pequeño. Se fue acercando -era un hombre flaco de barba escasa, mal vestido, y evidentemente no tenía otro hogar que los caminos—; andaba cansada y muy trabajosamente, pero se quitó el sombrero con la mayor cortesía y saludó. —Adiós -dijo el doctor Machold siguiendo con la vista al forastero, que ya había pasado; y de súbito paró al jamelgo, se volvió irguiéndose sobre la capota de cuero que chirriaba, llamó-: ¡Eh, ¡Venga acá un momento! El viandante, que estaba cubierto de polvo, se detuvo y miró atrás. Sonrió débilmente al médico, otra vez desvió la vista como si se dispusiera a continuar su marcha, pero luego reflexionó y dio la vuelta sumiso. A los pocos instantes se hallaba junto al humilde carruaje, sombrero en mano. —¿Adónde va..., si se puede saber?—exclamó Machold. —Voy camino de Berchtoldsegg. —¿No nos conocemos?... Lo que pasa es que no puedo acordarme de su nombre... Y usted ¿sabe quién soy? —Usted es el doctor Machold..., me parece. —Así es... Y usted, ¿cómo se llama? —El señor doctor me reconocerá en seguida. En tiempos nos hemos sentado juntos en la clase de

latín del profesor Plocher y solía usted copiar de mi los ejercicios. Machold se había bajado aprisa y miraba al hombre a los ojos. Luego, sonriente, le dio unas palmadas en la espalda. —¡Ah, si!—dijo—. Tú eres el famoso Knulp, mi compañero de estudios. Deja que te estreche la mano, amigo mío. Cierto soy que han pasado lo menos diez años sin vernos. ¿Sigues corriendo mundo? —Sí. A medida que el tiempo pasa, se va uno quedando en aquello a lo que se ha acostumbrado. —En eso tienes razón. Y ¿adónde diriges tus pasos? ¿Otra vez a tu tierra? —Exactamente. Quería ir a Gerbersau; tengo que hacer allí alguna cosilla... —¡Vaya, vaya! ¿Vive todavía alguno de los tuyos? —No. —Francamente, tienes un aspecto nada juvenil, Knulp. Sin embargo no hemos pasado de los cuarenta, ni tú ni yo. Y eso de que sin más ni más hayas querido pasar de largo por mi lado, no estuvo bien hecho por tu parte... Me está pareciendo que posiblemente tengas necesidad de un doctor. ¿No es así? —¡Bah! No me hace falta para nada. Y, tocante a lo que me hace falta, ningún médico podría curarme. —Eso ya se verá. Ahora sube al coche y vente conmigo, que así podremos hablar mejor.

Knulp retrocedió un poco y se puso el sombrero. Con expresión azarada, se resistió cuando el doctor quiso ayudarle a subir. —¡Ah, no se moleste! El caballito no va a salir corriendo mientras estemos aquí. En diciendo esto, le sobrevino un acceso de tos y el médico, que sabía ya de qué se trataba, le asió sin demora y le sentó en el vehículo. —Bueno -decía Machold ya en marcha-, por fin estamos dentro, y con este trote, en media hora nos hallaremos en casa. No te conviene hablar con esa tos, ya continuaremos la conversación en casa. —¿Qué? —No, ahora no tendrás más remedio que meterte en la cama; es donde deben estar los enfermos, y no por la carretera. ¿Sabes qué te digo? Que si en otros tiempos me ayudaste con bastante frecuencia en latín, ahora me toca a mí asistirte. Recorrieron la eminencia y, con estridente freno, bajaron por la larga lomada; enfrente se veían ya los tejados de Bulach entre árboles. Machold acortó riendas sin quitar ojo del camino y Knulp, sonriendo, rindióse medianamente gustoso al placer de viajar en coche y a la imperiosa hospitalidad de su amigo. "Mañana -pensaba-, mañana lo más tarde, he de continuar hacia Gerbersaur, si conservo aún unidos los huesos." Ya no era ningún mozalbete para andar perdiendo los días y los años, sino un hombre enfermo y viejo, sin más deseo que el de ver una véz más su tierra natal antes de que todo acabara. Habiendo llegado a Bulach, lo primero que hizo su amigo fue introducirle en la sala de estar y darle pan con jamón y leche. allí platicaron y, poco a poco, volvieron a hallar la intimidad. Después el

médico le sometió a un reconocimiento, que el enfermo soportó de buen talante y un tanto burlón. —¿Sabes lo que te pasa en realidad? -preguntó Machold al final de su examen. Lo dijo a la ligera, sin darle importancia, y Knulp le quedó agradecido por ello. —Sí, ya lo sé, Machold, es la tisis, y también sé que no puedo durar mucho. —¡Hombre, quién sabe! De todos modos, por lo mismo debes comprender que necesitas una cama y cuidados. Por de pronto puedes quedarte aquí conmigo; mientras, me ocuparé de conseguirte una pieza en el hospital más próximo. Llevas dentro un espíritu malo, creciendo, y tienes que hacer un esfuerzo para darle de una vez su merecido. Knulp se puso de nuevo la chaqueta. Volvió su rostro macilento y gris hacia el doctor, y con expresión de picardía dijo bondadosamente: —Te tomas muchas molestias, Machold. Muchas, para ser por causa mía. Pero no debes esperar mucho de mí. —Ya veremos. Ahora siéntate al sol, mientras aún siga dando en el jardín. Lina te preparará la cama de los huéspedes. Tenemos que vigilarte, Knulpillo. A decir verdad, no es normal que un hombre que ha pasado toda su vida al sol y al aire libre, se haya destrozado los pulmones. Dicho esto, se marchó. Eso de dejar a un vagabundo en el cuarto de los huéspedes no le hizo ninguna gracia a Lina, el ama de llaves, que opuso cierta resistencia. Pero el doctor le cortó la palabra.

—Sea buena, Lina. Ese hombre ya no vivirá mucho; que encuentre al menos en casa una chispa de bienestar. Por otra parte siempre ha sido limpio y antes de que se vaya a la cama le meteremos en el baño. Sáquele una de mis camisas de dormir y, si acaso, mis zapatillas de invierno. Y no lo olvide: es un amigo mío. Knulp durmió once horas. El neblinoso alborear proyectaba débil luz sobre el lecho, donde el enfermo apenas pudo hacer otra cosa que recordar poco a poco cuya era la casa en que se hallaba. Cuando el sol hubo salido, Machold le permitió levantarse. Después de comer, sentáronse ante sendos vasos de vino tinto en la soleada galería. Tras el copioso yantar y con su medio vaso de vino, Knulp se sentía alegre y decidor. El doctor se había concedido una hora libre para dialogar otra vez con el singular compañero de colegio y quizá para saber algo más de aquella insólita vida humana. —así que. .. ¿estás contento de la vida que has llevado?—preguntó sonriendo—. En tal caso, todo va bien. De lo contrario, no hubiera tenido más remedio que decirte que es una verdadera lástima lo que haces. Un hombre como tú no habría tenido que llegar a ser necesariamente párroco o profesor; pero se habría hecho de ti tal vez un naturalista o algo parecido a un poeta. No sé si has aprovechado o perfeccionado tus dotes, pero si que te las has gastado en ti solo. ¿O tampoco? Knulp apoyó el mentón con su rala barbita en lo hueco de la mano y contempló las bermejas luminosidades que, detrás del vaso de vino, jugaban sobre el mantel expuesto al sol.

—No estoy completamente de acuerdo -dijo pausadamente-. Con esas dotes, como tú llamas, no se llega a tanto. Sé silbar con un poquito de arte y tocar el acordeón; hago algunos versillos; he sido un buen andarín y no he bailado mal. Eso es todo: he sido una fuente de alegría, pero no sólo para mi. Conmigo lo han pasado divertidamente la mayor parte de mis camaradas, jovencitas y niños, que varias veces me han quedado agradecidos por ello. Vamos a dejar las cosas como están, y todos contentos. —Sí -dijo el doctor-, lo dejaremos. Pero aún tengo que preguntarte una cosa. En los buenos tiempos fuiste conmigo a la escuela de latín hasta quinto curso, bien lo recuerdo, y eras un buen alumno, aunque no un chico modelo. Después dejaste de ir y se dijo que asistías a un grupo escolar. De resultas de tal separación, no podía yo, como alumno de latín, tener un amigo que fuera a la escuela primaria. ¿Como pudo ocurrir aquello? Más tarde, cada vez que oía hablar de ti, pensaba: si se hubiese quedado Knulp con nosotros en la escuela de latín las cosas hubieran sucedido de muy distinto modo. ¿Qué fue pues? ¿Es que se te quitaron las ganas de seguir, o que tu padre no quiso pagar más matrículas o qué? El paciente tomó su vaso en la magra y morena mano, pero no bebió; miró solamente a través del vino en dirección a la verde soledad del jardín y luego volvió a poner cuidadosamente el vaso sobre la mesa. Sin decir palabra, cerró los ojos y se abismó en sus pensamientos. —¿Te contraría hablar de aquello? -preguntó su amigo-. No tiene por qué ser así... A esto abrió los ojos Knulp y dirigióle una larga mirada de malestar.

—Yo, sin embargo -dijo indeciso todavía-, creo que así tiene que ser. Debes enterarte de que jamás se lo he contado a ningún ser humano... Pero ahora, acaso sea muy conveniente que alguien lo escuche. Se trata simplemente de una historia infantil; no obstante, para mí ha tenido su importancia y me ha hecho trajinar durante muchos años. ¡Es curioso que precisamente tú me hayas preguntado acerca de esto! —¿Por qué? —He tenido que pensar muy repetidas veces sobre el asunto en estos últimos años, y por tal motivo me he vuelto a poner en camino hacia Gerbersau. —Bien, cuéntame... —Mira, Machold: tú y yo éramos buenos amigos entonces, por lo menos hasta tercer curso o cuarto. Después, empezaron a disminuir nuestras reuniones, hasta el extremo de haber tú silbado en vano varias veces delante de nuestra casa. —¡Santo Dios, sí que es cierto! No había vuelto a acordarme de eso desde hace más de veinte años. ¡Qué memoria tienes, hombre! ¿qué más? —Te diré lo que pasó. Las chicas tuvieron la culpa. Se me despertó el interés por ellas bastante temprano; cuando tú creías todavía en la cigüeña y en la fábrica de niños de París, ya sabía yo aproximadamente lo que pasa entre varones y hembras. Para mí era entonces lo importante, y por eso salía muy poco con vosotros a jugar a los indios. —Por entonces tenías doce años, ¿no? —Casi trece; soy un año mayor que tú. En cierta ocasión en que me encontraba en cama indispuesto, recibimos la visita de una prima que tendría tres o cuatro años más que yo y en seguida se puso a jugar

conmigo. Cuando me repuse y levanté, fui una noche a verla a su cuarto. así fue como se me dio noticia acerca de la exterioridad femenina; me quedé lamentablemente asustado y huí de allí. Ya no quise cruzar una palabra más con mi prima; se disgustó conmigo y acabé por sentir miedo delante de ella; pero como la cosa no se me iba de las mientes, a partir de entonces, durante un largo periodo, no hice más que ir detrás de las muchachas. A la casa del curtidor Haasis—que tenía dos hijas de mi edad— acudían también otras mocitas de la vecindad; allí jugábamos al escondite en los oscuros desvanes y menudeaban las risitas pícaras, las cosquillas y los secretos. Las más veces era yo el único chico de aquella pandilla y en ocasiones me permitía hacerle las trenzas a alguna de ellas, u otra me daba un beso; éramos todos unos críos todavía y no estábamos muy al corriente que digamos, pero todo nos parecía lleno de atractivos, y cuando se bañaban ellas me ocultaba entre matorrales para contemplarlas. Y un día vino una muchacha nueva, del arrabal, hija de un obrero afecto a la fábrica de géneros de punto. Llamábase Francisca, y ya desde el primer momento me gustó. —¿Cómo se llamaba su padre? Tal vez yo les conozca. —Perdona, prefiero no decirlo, Machold. No tiene nada que ver con esta historia y quisiera que nadie se enterara de cosas de ellos. Pues bien, la muchacha era mayor y más fuerte que yo. En diversos momentos y lugares nos habíamos tratado y peleado, y cuando me estrechaba contra sí hasta hacerme daño, sentía una mezcla de mareo y bienestar parecidos a los de la embriaguez. Me enamoré de ella, y como quiera que me llevaba dos años y ya hablaba de que pronto iba a tener novio, toda mi ansia llegó a cifrarse en serio. Una vez se hallaba sola, en el huerto de la tenería, sentada a la orilla del río, con los pies dentro del agua. Acababa de bañarse y

solamente llevaba puesta la camisa. Llegué y me senté a su lado. Por una vez tuve valor y le dije que quería hacerme novio suyo y tenía que conseguirlo. Pero me miró compasivamente con sus ojos pardos y dijo: "Tú eres todavía un nene de pantalón corto; ¿qué sabes tú de novias y de estar enamorado?" Contesté que de todos modos sabía ya de todas esas cosas y que si no quería hacerse mi novia, la tiraría al agua y luego me tiraría yo. Entonces se me quedó mirando atentamente, con una mirada como de mujer y dijo: "Ya veremos. ¿Sabes besar?" Dije que sí y le di rápidamente un beso en la boca; crei que bastaría. Mas ella me agarró la cabeza, la sujetó fuertemente y me besó a su vez, pero de veras, como una mujer, de tal suerte que casi perdi el sentido. Luego rió con su tono profundo y dijo: "Tú podrías servirme, chico... Pero no hay manera; no puedo tener un novio que va a la escuela de latín; ahí no hay gente de la buena. Para novio necesito un hombre de verdad, un obrero o un trabajador, no un letrado. Conque... no hay nada que hacer. Sin embargo, me había recostado en su regazo, y era tan agradable aquella sólida tibieza, aquel dejarse estar entre sus brazos, que no quería ni pensar en tener que abandonarlos. así pues, prometí a Francisca que no volvería nunca a la escuela de latín y que me haría obrero. Empezó a reírse, pero yo no cejé y, por último, después de besarme otra vez, me prometió que si yo dejaba para siempre los latines y su escuela, consentiría en ser mi novia y lo pasaríamos bien juntos. Knulp hizo una pausa y tosió un poco. Su amigo estaba pendiente de él: permanecieron los dos en silencio y al poco rato prosiguió —Bien, ahora ya conoces la historia. Naturalmente, la cosa no fue tan aprisa como te la he contado. Mi padre me dio un par de bofetones cuando le comuniqué que no quería ni podía volver jamás a la escuela de latín. No sabía qué partido tomar; reiteradamente

concebí el propósito de pegar fuego a la escuela. Eran ideas de chiquillo; pero como se referían a lo que más me importaba, las tomaba en serio. Por fin se me ocurrió la única solución: sencillamente, no hacer nada a derechas en la escuela, ¿no recuerdas? —La verdad, creo que me está volviendo a la memoria algo de eso. Durante una temporada larga te castigaron casi a diario. —Sí. Hacía novillos, contestaba mal, no llevaba los temas hechos y fui perdiendo los cuadernos de clase; cada día me pasaba algo. Finalmente, acabé por sentir satisfacción con estas cosas y con hacerle la vida imposible a cada paso al profesor. Además, el latín y todas las materias perdieron desde entonces para mi toda su importancia. Sabes que he tenido siempre buen olfato, y cuando rastreaba alguna cosa nueva, ya no había en el mundo otra para mí por una temporada; así me ha ocurrido con la gimnasia y después con la pesca de la trucha y con la botánica. Y cabalmente lo mismo me estaba sucediendo a la sazón con respecto a las chicas; y hasta que no hubiera pasado todo lo que había que pasar y adquirido la correspondiente experiencia, ninguna otra cosa me parecía importante. Consideraba estúpido estar acurrucado en un banco practicando conjugaciones como un colegial cualquiera, cuando secretamente se tienen los cinco sentidos sólo en que la tarde anterior se ha estado espiando el baño de las chachas... ¡Bah! En fin... Los profesores debieron de notarlo tal vez en términos generales me querían y fueron indulgentes connmigo mientras fue posible, sin que yo intentase nada para merecer ese trato. Pero por aquellos días empecé a amistarme con el hermano de Francisca. Iba a la escuela primaria, al grado de los mayores, y era individuo maligno; mucho aprendí de él, pero nada bueno, y he tenido que aguantar muchas cosas suyas. En medio año logré, al fin, mi objetivo: mi padre casi me mató de una paliza, pero me expulsaron de vuestra escuela y a

poco me sentaba en la misma aula del grupo escolar a que concurría el hermano de Francisca. —¿Y ella, la chica?—preguntó Machold. —ahí está lo malo, que a pesar de todo no llegamos a ser novios. Desde que, acompañando a su hermano, empecé a frecuentar su casa, recibí de ella peor trato, como si entonces valiera menos que antes; y cuando ya llevaba dos meses en la escuela pública y había tomado por costumbre salir de casa a hurtadillas al anochecer, me enteré de la verdad. Un día, caida ya la tarde, andaba yo a la briba por el bosque de los cañaverales y, como ya había hecho otras veces, acechaba a una pareja de novios que estaba en un banco; cuando me decidí a acercarme, vi que ella era Francisca y estaba con un mecánico. En ningún momento repararon en mi; él tenía el brazo alrededor del cuello de ella y un cigarrillo en la mano, la blusa de la chica estaba abierta y, en resumen, aquello era horrible. así, pues, todo había sido en vano. Machold le dio unas palmaditas en el hombro. —¡Ea!, tal vez así haya sido mejor para ti. Pero Knulp cabeceó brusca y enérgicamente. —No, de ninguna manera. Aún hoy daría mi mano derecha por que hubiese ocurrido de otro modo. No me digas nada acerca de Francisca; no podría permitirlo. Si me hubiera ido bien en aquella coyuntura, mi aprendizaje del amor habría sido bello y venturoso, lo que acaso hubiese contribuido a reconciliarme con la escuela y con mi padre. Porque mira, no sé cómo decírtelo... desde entonces, aunque he tenido diversos amigos, conocidos, camaradas y amores, jamás he confiado en la palabra de un ser humano, ni por mi parte me he ligado a nadie por medio de palabra. ¡Jamás! He vivido como me ha

venido en gana y no he carecido de libertad ni de cosas bellas, pero me he quedado solo. Asió luego el vaso, apuró concienzudamente el último sorbito de vino y se levantó. —Si me lo permites, voy a acostarme; no tengo ganas de hablar más de esto. Y tú, con seguridad, tendrás algo que hacer. El doctor denegó con la cabeza. —Espérate un momento. Voy a escribir hoy al hospital pidiendo una plaza para ti. Quizá no te parezca bien, pero en tu caso no hay alternativa. Vas a la ruina si no te sometes inmediatamente a tratamiento. —¡Y qué! -exclamó Knulp con vehemencia no habitual en él-. ¡Déjame que reviente! Todo es inútil ya, lo sabes igual que yo. ¿Para qué voy a dejarme enjaular ahora? —No es eso, Knulp, sé razonable. Sería un médico detestable si te dejara ir por ahí así. Es seguro que en Oberstetten encontraremos sitio para ti; llevarás una carta mía y dentro de ocho días iré yo mismo a verte. Te lo prometo. El andariego volvió a hundirse en su asiento. Casi parecía que iba a romper en llanto y se restregó las delgadas manos como si tuviera frío. Después miró al doctor a los ojos con expresión suplicante e infantil. —Sea -dijo a sovoz-. No he sido justo; ¡has hecho tanto por mí! este vino tinto y... todo..., demasiado bueno y delicado para mí. Pero todavía tengo un ruego importante que hacerte... No te enfades conmigo.

Machold le dio en el hombro unas palmadas tranquilizadoras —Sé juicioso, amigo. Nadie te va a poner un collar. ¿De qué se trata? —¿No estás disgustado conmigo? —Claro que no. ¿Por qué? —Entonces, Machold, te suplico que me hagas un gran favor; ¡no me mandes a Oberstetten! Si de todas formas he de ir a un hospital, quisiera al menos que fuese el de Gerbersau; allí me conocen, está en mi tierra. Además quizá sea mejor, por haber sala de beneficencia; he nacido allí, a fin de cuentas, y... Sus ojos imploraban con fervor; apenas podía hablar a causa d la emoción. "Tiene fiebre", pensó Machold. Y dijo sosegadamente: —Si lo que tienes que pedir no es más que eso, puede arreglarse pronto. Tienes toda la razón, escribiré a Gerbersau. Ve ahora a echarte; estás cansado y has hablado en demasía. Su mirada siguió los pasos lánguidos del enfermo hasta que éste se internó en la casa. Y de sopetón se encontró pensando en aquel verano en que Knulp le había enseñado a pescar truchas, en aquella manera sagaz y dominadora con que sabía tratar a los compañeros, en la encantadora fogosidad de los doce años de aquel rapaz de casta. "Pobre hombre", se dijo, enternecido por una emoción que le contrarió, y, al instante, levantóse para ir a su trabajo.

La mañana siguiente trajo niebla y Knulp permaneció todo el día en la cama. El doctor le llevó algunos libros; pero apenas los tocó. Sentíase deprimido y desalentado; desde que disfrutaba de cuidados, desvelos, buena cama y alimentos delicados, percibía con claridad creciente que aquellas cosas—y él con ellas—tocaban a su fin. "Si sigo tendido así durante otra tirada—pensaba malhumorado—, ya no me levantaré más." Ya poco le quedaba por hacer en la vida; los caminos habían perdido muchos de sus atractivos para él en los últimos años. Pero antes de morir quería volver a ver Gerbersau y despedirse en secreto de muchas cosas: del río y del puente, de la plaza mayor y del jardín de la casa paterna y de aquella Francisca. Sus posteriores idilios estaban en el olvido, pues que ahora, tras lo pasado, se le revelaba como cosa mezquina e intrascendente la larga cadena de sus años de andador errabundo, mientras que en cambio los misteriosos tiempos de la mocedad ganaban esplendor y hechizos nuevos. Contemplaba con detenimiento la cómoda habitación: hacía muchos años que no moraba tan regaladamente. Estudió con mirada objetiva y sensible dedo, el tejido de la ropa blanca de cama, el suave cobertor de lana que conservaba su color natural, las finas fundas de las almohadas. También le interesó el pavimento de recia madera y la fotografía que se veía en la pared; representaba el palacio del Dux de Venecia y estaba enmarcada en mosaico vítreo. Después se tendió otra vez durante un buen rato con los ojos abiertos, sin mirar nada, fatigado y sólo atento a lo que sordamente acontecía en su cuerpo enfermo. De pronto, se incorporó bruscamente y, ladeando presto medio cuerpo hacia fuera de la cama, pescó con presurosos dedos los zapatos para someterlos a un escrupuloso examen pericial. No estaban en buen uso, pero todavía era octubre y

resistirían hasta las primeras nieves. Después, todo habría concluido. Se le ocurrió la idea de que podría pedirle a Machold un par de zapatos viejos. Pero no; esto le haría desconfiar; en el hospital no se necesitaba calzado con urgencia. Precavido, palpó las partes quebrajosas de las palas. Dándoles de grasa convenientemente durarían por lo menos otro mes. Excusaba preocuparse; probablemente el viejo par de zapatos había de sobrevivirle y aun haría algún servicio cuando él mismo hubiera desaparecido de las carreteras. Dejó caer los zapatos y probó a respirar hondo, pero sintió dolor y tuvo que toser. Entonces permaneció echado, inmóvil y expectante respiró quedo a quedo y tuvo miedo de que le pasara algo malo antes de dar satisfacción a sus últimos deseos. Se esforzó en meditar sobre la muerte, como tantas otras veces, pero su entendimiento se fatigaba y quedó sumido en una especie de duermevela. Al despertarse, al cabo de una hora, parecióle que había dormido días enteros y se sintió repuesto y tranquilo. Pensó en Machold y ocurriósele que debería dejarle alguna señal de su agradecimiento antes de partir. Y en vista de que el doctor le había preguntado el día anterior por sus poesías, intentó poner por escrito una para él; pero no pudo acordarse de ninguna completa, ni le agradaba ninguna. Desde la ventana vio flotar la niebla en el bosque cercano y estuvo mirándola con fijeza durante un largo intervalo, hasta que le vino una inspiración. Con un cabo de lápiz que había hallado y recogido el día anterior en la casa, escribió algunos renglones en el limpio papel blanco que servía de forro al cajón de la mesilla de noche: Las flores no pueden menos de marchitarse cuando llegan las nieblas, y los seres humanos tienen que morir: la tumba los acoge. También los hombres son flores: todos vuelven al llegar su primavera, sin

que los aqueje ya enfermedad ninguna, y todo les es perdonado. Dejó de escribir y leyó. Aquellos versos no reunían los requisitos que suelen exigirse para un carmen perfecto y carecían de rima; pero en ellos estaba lo que él había querido expresar. Y humedeciendo el lápiz con los labios, consignó al pie: "Para el honorable señor doctor Machold, de su agradecido amigo K." Acto seguido dejó el papel en el cajoncito. Al día siguiente la niebla se hizo aún más densa; pero empezó a soplar un aire duro y fresco, de suerte que podía confiarse en ver el sol a mediodía. Como pidiese encarecidamente al doctor permiso para levantarse, Machold se lo concedió y manifestó que había plaza para él en el hospital de Gerbersau y que le esperaban allá. —Entonces, me marcharé inmediatamente después de almorzar -concretó Knulp-, pues voy a tardar cuatro horas, tal vez cinco. —¡Sólo faltaba eso!—exclamó Machold riéndose—. No; las caminatas se han acabado para ti. Irás conmigo en el coche, si no encontramos antes otra oportunidad. Al momento mando recado al alcalde, por si acaso va su coche a la ciudad a llevar fruta o patatas. De un modo u otro, en un día se te resuelve el problema. El huésped se sometió. Luego, como se supo que al día siguiente el criado del alcalde iría a Gerbersau con dos terneros, se decidió que Knulp fuera con él. —A lo mejor te hace falta allí una chaqueta de más abrigo—dijo Machold—. ¿Podrías ponerte una mía? ¿O te estará demasiado ancha?

Nada había que objetar a aquella previsión. Se mandó a buscar la chaqueta; fue probada y le estaba bien. Knulp al notar que era de buen paño y estaba decorosamente conservada, se la abotonó incontinenti con aquella su pueril fatuidad de otros tiempos. El doctor, regocijado, le dejó hacer y además le dio un cuello de camisa. Por la tarde, en la más absoluta clandestinidad, Knulp se probó su nueva ropa y, viéndose de nuevo con tan buen talle, empezó a deplorar para sus adentros el hecho de haber dejado de afeitarse en los últimos tiempos. No se atrevía a pedir al ama de llaves la navaja de afeitar del doctor, pero conocía al herrero del pueblo y decidió hacer una tentativa al respecto. Pronto encontró la herrería, entró en el taller y pronunció la antigua salutación gremial: —Herrero forastero ofrece trabajo. El maestro le inspeccionó fríamente. —Tú no eres herrero—dijo con aire de resignación—. Vete con el cuento a otra parte. —Acertaste—rió el vagabundo—. Aún tienes buena vista, maestro, y sin embargo, no me reconoces. He sido antes músico ambulante, y muchos sábados por la noche has bailado tú en Haiterbach a los sones de mi acordeón, ¿recuerdas? El herrero frunció las cejas y siguió dándole a la lima unos cuantos vaivenes más; después condujo a Knulp a la luz y le remiró con atención. —Si, ahora caigo—rió brevemente—. así que tú eres Knulp... ¡Cómo se le notan los años a una persona cuando pasa tanto tiempo sin verla! Y ¿qué buscas en

Bulach? Si tratas de sacar un zehner o un vaso de mosto, no quiero saber nada. —Es lo correcto en ti, herrero, y lo acepto con el mismo agrado que si me hubiera bebido el vaso. Pero lo que quiero es otra cosa. ¿Me podrías prestar por un cuarto de hora tu navaja de afeitar? Voy esta tarde al baile. El artesano le amenazó con el dedo índice. —Eres una talega de embustes, pero están muy gastados. Con esa estampa que tienes, no me creo que puedas presumir de nada en un baile. Knulp, divertido, rióse a socapa. —¡No se te escapa una! Lástima que no te hayan hecho alcalde. Pues sí: tengo que ingresar mañana en el hospital, al que me envía Machold, y comprenderás que no voy a entrar en él así, hechho un osso peludo. Déjame la navaja; dentro de media hora la tienes otra vez. —Sí, ¿eh? Y ¿adónde piensas ir con ella? —ahí, a casa del doctor. Es donde duermo. Bueno, ¿me la dejas? Al herrero no le parecía muy digno de crédito todo aquello. No confiaba. —Te la voy a dejar. Pero te advierto que no es un verduguillo cualquiera. Es de vaciado Solingen legítimo. Me gustaría mucho volverla a ver. —En cuanto a eso no te preocupes. —Sí, claro. Oye amiguito: llevas una buena chaqueta y no la necesitas para afeitarte. Mis condiciones son éstas: quítatela, déjala aquí;

cuando vuelvas con la navaja recuperarás la chaqueta. El vagabundo torció el gesto. —Está bien. No eres muy desprendido que digamos, herrero. Pero, por mi parte, aceptado. El menestral fue a buscar la navaja, Knulp le dejó la chaqueta en prenda, pero no consintió que la tocase el tiznado herrero. Y al cabo de media hora regresó y devolvió a éste su navaja de Solingen. Las incultas barbas habían desaparecido y parecía otro. —Sólo te faltan unas lilas detrás de la oreja, y ya puedes irte de conquista -aprobó decididamente el herrero. Pero Knulp no estaba ya para bromas. Recobró su chaqueta, dio lacónicamente las gracias y se marchó. Al volver a casa se encontró delante de la mansión al doctor, que le detuvo sorprendido: —¿En dónde te has metido? A ver qué aspecto tienes. ¡Ah, te has rasurado! Qué chiquillo eres... Con todo, no dejó de agradar a Machold el detalle, y aquella noche Knulp volvió a recibir el obsequio de unos tragos de vino tinto. Los dos antiguos condiscípulos, al reunirse antes de la inminente despedida, mostráronse tan joviales como les fue posible y procuraron no dejar que se trasluciese apesaramiento ni cosa parecida. En las primeras horas del día siguiente vino en coche el criado del alcalde. Traía, en efecto, dos terneros en compartimientos de rejilla; como la mañana era muy fría, los animales iban ateridos hasta el punto de que las choquezuelas les castañeteaban. Había caído la primera escarcha en las praderas. Knulp se acomodó en el pescante al

lado del criado, pusiéronle una manta sobre las rodillas, el doctor le estrechó la mano y dio al criado medio marco de propina; con grande ruido se puso en marcha el carruaje en dirección al bosque, en tanto que el criado encendía su pipa y Knulp entornaba los soñolientos ojos frente al azul claro de la fría alborada. Pero más tarde tuvieron sol y a mediodía llegó a hacer verdadero calor. Departiendo los dos en el pescante lo pasaron de perlas, y cuando llegaban a Gerbersau quiso el sirviente a toda costa dar el correspondiente rodeo con el vehiculo y los dos terneros a fin de dejar a Knulp en la puerta misma del sanatorio. No obstante, el enfermo logró pronto disuadirle de ello y ambos se separaron amigablemente a la entrada de la población. Quedó Knulp de pie y siguió al coche con la mirada hasta que éste desapareció entre los arces contiguos al mercado de ganados. Sonrió y partióse por un sendero entre huertos, flanqueando setos, conocido solamente de los del lugar. ¡Volvía a ser libre! Ya podían esperarle en el hospital. Una vez más el retorno al terruño traía aparejado para Knulp la fruición de la luz y el aroma de los ruidos y efluvios de la patria chica; saboreaba, en fin, toda esa suma -emotiva, plenamente satisfactoria- de intimidades inherentes al hecho de hallarse en su tierra; la gran concurrencia de aldeanos y burgueses en la feria de ganados, las sombras entreveradas de sol, de los pardos castaños, el vuelo melancólico de tardías y oscuras mariposas de otoño en las inmediaciones de la muralla, el son de la fuente de los cuatro caños en la plaza mayor, el olor a vino y los golpes de martillo sobre madera hueca en el abovedado acceso a la bodega del maestro tonelero, conocidísimos non de calles, todo ello macizamente guarnecido por un impaciente tropel

de recuerdos. Con toda su alma, aquel hombre sin arraigo bebía a sorbos los variados encantos de estar en casa, enterarse de esto, saber aquello, recordar lo otro, sentirse camarada de cada esquina, de cada guardacantón. La tarde entera se la pasó dando barzones, incansable por las calles todas; a la orilla del río escuchó al afilador, observó al tornero a través de la ventana de su taller, en rótulos recién pintados estuvo leyendo los antiguos nombres de familias muy conocidas... Mojó sus manos en el pétreo pilón de la fuente principal, bien que previamente apagara su sed allá abajo, en la fuentecilla del Abad, sita en el bajo de un antiquísimo casal, de la que continua y misteriosamente como desde el principio del tiempo brotan las aguas murmurando entre las losas bajo el extraño claror crepuscular del aposento manantial. Largo tiempo permaneció junto al río, apoyado en la baranda de madera, sobre las corrientes aguas, en las que ondulaban oscuras algas de luenga cabellera, mientras encima de trémulos guijarros se estacionaban, negros y mansos, los estrechos lomos de los peces. Luego empezó a andar por la vieja pasarela y al llegar al centro se dejó caer doblando las piernas, para sentir dentro de sí -como en sus tiempos mozos- la sutil y vibrante reacción del elástico puentecillo. Sin prisas, prosiguió su paseo. Nada quedó en el olvido: ni el atrio de la iglesia, con su parcela de césped ni el azud del molino en la parte alta del río, antaño su lugar favorito para bañarse. Se detuvo delante de una casita, en la que antiguamente había habitado su padre, y durante algunos instantes apoyó con ternura sus espaldas en el altivo portal. Fue a entrar en el jardín, y su vista, pasando por éncima de una displicente alambrada, se encontró con un plantío recién hecho..., pero los peldaños de piedra, redondeados por obra de las lluvias, y el orondo y rollizo membrillero que había cerca de la puerta eran los mismos de antes. En aquel paraje

había pasado Knulp días mejores, antes de provocar su propia expulsión de la escuela de latín: allí había paladeado en otro tiempo una dicha completa, satisfacciones plenas, bienaventuranzas sin mezcla alguna de amargura, cerezas hurtadas con fortuna en los veranos, y también la extática y fugitiva felicidad de jardinero vigilante al cuidado de sus flores -amables alhelíes amarillos, ledas campanillas, pensamientos cariciosamente aterciopelados-: allí fueron conejares y taller, construcciones de cometas y de tuberías de rama hueca de saúco, ruedas de molino hechas con carretes de hilo y con trocitos de ripia a modo de paletas. No había tejado cuyos gatos no conociera, ni huerto cuya fruta no hubiese probado, ni árbol que no hubiese escalado y en cuya copa no hubiese poseído un verde nido de sueños. Aquella partija de mundo le había pertenecido; él la había amado y había llegado a conocerla en la más honda intimidad. Cada arbusto, cada coto, habían tenido trascendencia, sentido e historia para él, cada chaparrón o nevada le habían dicho algo; en sus deseos y ensueños habían vivido aquel aire y aquella tierra: él les daba la réplica, tenía parte en su aliento vital. Y aún hoy—pensaba Knulp—no hay quizá en estos contornos vecino ni hortelano a quien todo esto le haya pertenecido más que a mi, le haya parecido más valioso, le haya dicho más cosas, dado más respuestas, reavivado más recuerdos. Entre los tejados próximos, clavábase en la altura, buído y sobresaliente, el hastial gris de una enjuta casa. Tiempos atrás había vivido en ella el curtidor Haasis: allí habían ido hallando fin los juegos de niño y los deleites pueriles de Knulp, en medio de los primeros secreteos y tiernas querellas con las muchachas. Muchas tardes desde aquella casa había regresado Knulp a la suya, a través de calles a media luz, con incipientes vislumbres de placeres amorosos; allí había desenlazado las trenzas a las hijas del curtidor y se había tambaleado con los

besos de la bella Francisca. Decidió llegarse más tarde hasta la casa, al anochecer o tal vez al día siguiente. Pues en aquel momento le atraían poco tales remembranzas y gustoso las hubiera cambiado todas por la memoria de una sola hora de los tiempos—más remotos-de su infancia. Más de una hora permaneció parado junto a la valla del jardín, con la mirada baja; lo que veía no era el jardín nuevo y desconocido que allí había ni sus arbustos de bayas, jóvenes, mas ya sin frutos, con la apariencia que presta el otoño. Veía el jardín de su padre y las flores de los días de la niñez en su pequeño arriate, en el que el domingo de Resurrección se plantaban aurículas y cristalinas nicaraguas, y las montañitas de guijas sobre las que él había soltado cientos de veces a sus prisioneras las lagartijas, sin éxito, ya que ninguna quiso quedarse allí a vivir ni hacerse animal doméstico, a pesar de lo cual cada vez que capturaba otra volvía a repetir la experiencia, siempre lleno de expectación y esperanza. Podían regalarle en aquel instante todas las casas, jardines, flores, lagartos y pájaros del mundo y no serían nada en comparación con el esplendor de una sola de aquellas flores estivales que antiguamente crecían en el pequeño jardín paterno enrollando delicadamente sus primorosos pétalos en el capullo. ¡Y los groselleros que había en aquel entonces, de cada uno de los cuales conservaba todavía recuerdo exacto! Desaparecieron; no podían ser eternos, no eran indestructibles, alguien los había descuajado, y tras de extenderlos en torno había hecho una hoguera con ellos; troncos, raices y ramas secas habían ardido juntamente, sin que nadie lo lamentase. Si; allí había tenido a Machold muchas veces a su lado. Ahora era un doctor, un señor, e iba en su carruaje a visitar a los enfermos; aparte de esto, seguía siendo una persona excelente y leal; mas bién aquel hombre inteligente y fornido, ¿qué era en

comparación el de antes, con el muchacho crédulo de otros tiempos, asustado y ávido de cariño? En aquella área le había enseñado Knulp a hacer jaulas para moscas y torrecillas de ripia para los saltamontes; había sido el maestro de Machold y su más grande, discreto y admirado amigo. El saúco vecino había envejecido, y a consecuencia del musgo había ido arideciendo; el pabellón de vigueta del jardín adyacente se había desmoronado, y por más que sobre su solar se llegase a edificar algún día cualquier otra cosa, nunca jamás podría aquel lugar volver a cobrar una hermosura, una beatitud y una autenticidad como la de antaño. Empezaba a caer la tarde y a refrescar, cuando Knulp abandonó el sendero invadido de hierba. De la torre de la iglesia recién construída -que alteraba la fisonomía de la población-, venía distintamente el clamor de una nueva campana. Por la puerta de la tenería se deslizó dentro del huerto del curtidor; el trabajo había cesado ya y no se veía a nadie. Sin ser oído, avanzó por el blando piso cubierto de casca sorteando los hoyos que se abrían a su paso y en los que se hallaban las pieles enlejiadas, hasta llegar al murete, a cuyos pies discurría el río, oscuro ya, sobre las piedras verdecidas de musgo. Era el sitio en que cierta tarde, en otro tiempo, estuvo sentado una hora en compañía de Francisca, chapoteando en las aguas con los pies desnudos. "Y si entonces no me hubiera abandonado yo a una espera inútil -pensó Knulp- todo hubiera sucedido de otro modo. Aunque hubiese faltado a clase y desatendido la latinidad y los estudios, habría tenido energía y voluntad bastantes para llegar a ser alguien." ¡Qué sencilla y clara era la vida! En aquella sazón se había envilecido y no había querido ya saber nada de osa ninguna, y desde entonces se

fue conformando con esa actitud y nada exigió por él. Por de fuera, no había sido más que un sobrancero y gorrón, bienquisto allá en sus buenos años, solitario ahora en la enfermedad y en la vejez. Se apoderó de él una gran fatiga; sentóse en el costoncillo, y el río murmuraba sombríamente por entre sus cavilaciones. En esto, una ventana se iluminó frente a él, lo que le recordó que era tarde ya y que no debían encontrarle allí. Sin hacer ruido se escabulló del huerto de la curtiduría franqueando la puerta del cercado, abrochóse la chaqueta y pensó en irse a dormir. Tenía el dinero que le había proporcionado el médico, y tras breve reflexión decidió ocultarse en una fonda. Hubiera podido ir a El Ángel o a El Cisne, donde era conocido y habría encontrado amigos; pero en tal ocasión no le pareció conveniente. En el pueblo se advertían numerosas transiciones, que antes le hubieran interesado hasta en el más menudo pormenor; pero esta vez no quiso ver ni saber nada que no tuviese relación con sus verdes años. Y cuando, tras breves preguntas, se enteró de que Francisca ya no existía, todo palideció en torno, y parecióle que había venido exclusivamente por ella. No; no tenía sentido alguno andar como un alma en pena por las calles o entre los huertos dejándose gastar piadosas bromas por aquellos que le reconocieran. Como casualmente se cruzase con el médico-jefe del partido en el estrecho callejón de correos, se le ocurrió de pronto que en el sanatorio acabarían por echarle de menos y le seguirían la pista. Tan luego como hubo comprado en una tahona dos panecillos, se los metió en los bolsillos de la chaqueta y salió de la ciudad -todavía no era mediodía-, subiendo por una escarpada senda de montaña. En lo alto, junto a la última revuelta del camino, en una de las márgenes del bosque, un hombre cubierto de polvo estaba sentado sobre un montón de

piedras y partía en trozos la lumaquela azul-gris con un martillo de largo mango. Knulp le miró, saludó y se detuvo. —Hola -dijo el hombre, y siguió golpeando sin levantar la cabeza. —Me parece que este tiempo no ha de durar—tanteó Knulp. —Puede ser -rezongó el picapedrero, y cegado por el reflejo de la luz meridiana sobre el claro sendero, alzó la vista un instante-. ¿Adónde quiere ir? —A Roma a ver al Papa -dijo Knulp-. ¿Falta mucho todavía? —Hoy no llega usted. Y si tiene que pararse en todas partes y molestar a la gente que se ocupa en sus quehaceres entonces no llegará allá en un año. —¿Eso cree? Bueno; a Dios gracias, no tengo prisa... Es usted hombre laborioso, señor don Andrés Schaible. El picapedrero se protegió los ojos con una mano y pasó revista al viandante. —así que me conoce... -dijo con prudente lentitud, y también yo le conozco a usted, me parece. Sólo me falta acordarme del nombre. —Tendría que preguntárselo al viejo posadero de El Cangrejo donde muchas veces hemos estado juntos usted y yo allá por el noventa. Pero ya no vivirá... —Ya hace tiempo que no... Pero... ahora caigo, compadre; tú eres Knulp. Siéntate un momento aquí, hombre, y que Dios te guarde también.

Knulp se sentó. Había subido con demasiada prisa y respiraba penosamente. Pudo ver entonces, a las primeras, cuán hermosa se tendía en lo hondo la villa, el pulido azul del río, el enjambre de tejados pardo-rojizos y, por en medio, los verdes islotes de arbolado. —Bien estás en estas alturas -dijo tomando aliento. —Sí; no puedo quejarme. ¿Y tú? En tiempos te subías las cuestas con más facilidad, ¿no?... Jadeas de un modo atroz, Knulp. ¿Cómo, vienes a hacer otra visita a tu tierra? —Si, Schaible, y ésta será la última. —¿Por qué? —Porque tengo los pulmones muy averíados. Y ya sabes que no tiene remedio. —Si te hubieras quedado en casa, amigo mío, y hubieras trabajado como es debido, y tenido mujer y chicos, y tu cama todas las noches, quizá las cosas te hubieran ido de otra manera. En fin, sobre esto, conoces mi parecer desde hace mucho tiempo. Ahora nada se puede hacer. ¿así que... tan mal estás? —¡Ay, yo qué sé! O, mejor dicho, sí lo sé. Esto va como rodando monte abajo, cada día un poco más aprisa; después, cuando un día quede solito y no sea carga para nadie, la cosa volverá a ser perfecta. —Según como se tome; esto es asunto tuyo. De todas formas lo siento. —No es necesario. Algún día se tiene uno que morir, y esto ha de ocurrirles hasta a los picapedreros. Si, paisano; henos aquí ahora sentados

uno al lado del otro, y... no creo que ninguno de los dos podemos ponernos muy anchos... Porque tú has tenido otros planes en la sesera. ¿Qué ocurrió con aquel intento tuyo de pasar a ferrocarriles? —¡Ah, ésas son historias viejas! —Y tus chicos, ¿están bien? —Que yo sepa, si. Jacobo ya se gana la vida. —¿Si? ¡Ay, cómo pasa el tiempo! Bien, y ahora he de seguir andando otro poco; creo que será lo mejor. —No corre tanta prisa. ¡Hacía mucho tiempo que no nos veíamos! Dime, Knulp: ¿puedo ayudarte en algo? Mucho no tengo aquí; será como medio marco... —Puedes necesitarlo para ti, vejete. No; muchas gracias. Quiso añadir algo más, pero el quebranto de su corazón le obligó a callar. El picapedrero le dio a beber de su botella de mosto. Durante un rato permanecieron mirando hacia abajo, a la ciudad. Del caz del molino venía el intenso fulgor de los rayos solares que allí se reflejaban; por el puente de piedra pasaba despacio un carro y por bajo de la presa nadaba indolentemente una escuadra de albos gansos. —Ya he descansado y tengo que continuar... empezó otra vez Knulp. El obrero seguía cavilando e hizo algunos movimientos de cabeza. —Oye: tú hubieras podido llegar a ser más que un pobre diablo andorrero—dijo lentamente—. Pero toda la culpa ha sido tuya. Bien sabes que no soy ningún dómine, desde luego; mas creo muchas cosas que están

escritas en la Biblía. Debías pensar también en eso. Tendrás que rendir cuentas de ti y no es tan fácil. Has tenido talentos, mejores que los de otros y, sin embargo, no has sabido salir adelante. Y no te enfades conmigo si te lo digo. A esto sonrió Knulp, mientras le asomaba a los ojos un destello de su antigua e inofensiva picardía. Palmoteó amigablemente en el brazo a su camarada de otros tiempos y se levantó. —Ya nos veremos, Schaible. A buen seguro que Dios Nuestro Señor no me ha de preguntar: "¿Por qué no llegaste a juez de primera instancia?..." Tal vez me diga a secas: "¿Otra vez por aquí, cabeza de chorlito?", y me dé allá arriba algún trabajo fácil: vigilar a los niños o algo así. Andrés Schaible se encogió de hombros bajo su camisa a cuadros blancos y azules. —Contigo no se puede hablar en serio. Te crees que cuando Knulp llegue allá, el Señor no tendrá otra cosa que hacer más que bromear. —¡Ah, no! Pero... podría ser, ¿eh? —¡No hables así! Se dieron la mano, y en la de Knulp puso el picapedrero una moneda que disimuladamente había sacado del bolsillo del pantalón. Y Knulp la aceptó sin hacerse rogar; no quería estropear al otro su satisfacción. Echó otra mirada en dirección al viejo valle natal, dedicó un saludo último a Andrés Schaible; después empezó a toser y, apresuró el paso, desapareció en seguida por el ángulo superior del bosque.

Catorce días más tarde -tras algunos de fría niebla, los hubo bién soleados, con acompañamiento de campánulas y frescas moras maduras- sobrevino inopinadamente el invierno. Las heladas fueron rigurosas, y después, al tercer día, con viento más suave, cayó una rápida y copiosa nevada. Knulp había estado caminando todo aquel tiempo; incesantemente y sin rumbo rondaba por los contornos de su tierra natal y aun una segunda vez, desde muy cerca, escondido en el bosque, había visto y observado al picapedrero Schaible, sin llamarle. Tenía demasiados motivos para entrar en cuentas consigo; por vías largas, ímprobas e inútiles había venido a parar a aquella condición, hundiéndose más y más cada día en la maraña de su vida malograda como en un zarzal tupido, sin encontrar en ella consolación ni sentido. Después, su enfermedad se recrudeció, y poco faltó para que, a despecho de anteriores designios, no apareciera un día por Gerbersau y llamara a la puerta del sanatorio. Sin embargo, cuando, tras días enteros de soledad, acertó a mirar de nuevo a la ciudad acostada en lo hondo, saliéronle al encuentro extrañas y hostiles resonancias y se le hizo patente que nunca perteneciera a aquel ambiente. De cuando en cuando compraba algún pedazo de pan; además, la avellana abundaba todavía. Las noches las pasaba en los refugios de los leñadores o en el campo, entre haces de paja. Helo ahora sobre la espesa capa de nieve que cubre el Monte Lobo. Viene andando y se dirige al molino del valle. A despecho del agotamiento, de la mortal fatiga, se sostiene sobre sus piernas y camina sin tregua como si tuviera que sacar partido intensivo del mezquino resto de sus días y correr, correr siempre en busca de todas las veredas y lindes de los bosques. Por muy enfermo y cansado que esté, sus ojos y las aletas de su nariz conservan su antigua

movilidad, ojeando y husmeando con sensibilidad de fino podenco, identifica todavía -aunque ya sin finalidad alguna- cada declive del terreno, cada soplo de viento, cada rastro de animal. Su voluntad no interviene, sus piernas se mueven por sí mismas. Se imagina -al igual que casi sin intermisión desde hace días- que una vez más está delante del buen Dios y que habla constantemente con Él. No siente temor; sabe que Dios no va a hacerle nada. Por el contrario, los dos -Dios y Knulp- dialogan acerca de la carencia de fines que ha informado su vida, de cómo ésta podría haberse arreglado de otro modo, de los porqués de esto y de aquello y de las razones por las que ni lo uno ni lo otro pudieron suceder de distinta forma. —Ha sido en aquella ocasión -insiste Knulp reiteradamente-, en aquella ocasión, sí, cuando tenía yo catorce años y Francisca me dejó. Entonces era capaz todavía de dar cuantos frutos se esperasen de mí. A partir de aquel momento, algo, no sé qué, se me ha ido destruyendo dentro o se me ha echado a perder, y precisamente desde entonces no he servido para nada. ¡Ay, el error ha consistido, sencillamente, en no haberse dejado morir a los catorce años! De esa suerte, mi vida hubiera sido tan hermosa y perfecta como una manzana madura. El buen Dios, empero, sonríe sin cesar; a menudo su semblante se esfuma enteramente en la nevisca. —¡Ea, Knulp! -dice en tono admonitorio-, acuérdate de tus mocedades, de aquel verano en Odenwald y de la época de Lachstetten. ¿No has danzado como un corzo y sentido hasta los tuétanos cómo vibraba la belleza de la vida? ¿Acaso no has sabido cantar y tocar la armónica de tal suerte que las muchachas se te comían con los ojos? ¿Recuerdas los domingos en Bauerswil?

¿Y tu primera novía Henriette? ¿Es que nada de eso vale? Knulp no puede menos de reflexionar, y como lejanas hogueras montesas tornan radiantes hasta él las alegrías de la juventud con su recóndita hermosura; exhalan grávido y dulce aroma, como de miel y vino, y resuenan con profundos tonos, cual viento tibio vencedor de la última nieve en la primera noche invernal. ¡Santo Dios, qué hermosas habían sido aquellas horas: hermoso el placer y hermosa la tristeza, y grande lástima habría sido la falta de uno solo de aquellos días! —¡Ay, si que fueron hermosos! -concede, aunque muy lloroso y protestón, como un chiquillo fatigado-. Aquel tiempo fue delicioso. Sin duda, culpas y duelos también los hubo, pero en verdad fueron años buenos; tal vez a muy pocos les ha sido dado vaciar copas, encabezar danzas y festejarse en noches de amor como las de entonces. Pero después... ¡después debió haber acabado todo! Ya en medio de esa felicidad hubo una espina, no se me olvida, y luego no volvieron tiempos tan buenos. No; nunca más han vuelto. El buen Dios se ha desvanecido lejos, tras la barrera de nieve. Knulp se detiene un instante para recobrar el aliento y escupir un par de manchitas sanguinolentas sobre la nieve. De improviso reaparece el Señor y le da respuesta. —Pero dime, Knulp: ¿no te parece que eres un poco ingrato? ¡Me hace reir lo desmemoriado que te has vuelto! Hemos evocado la época en que eras el rey de los salones de baile y a tu Henriette, y no has tenido más remedio que admitir que todo ello ha sido bueno, hermoso y benéfico y que tuvo su sentido. Pues bien, si así piensas acerca de Henriette, ¿qué dirás al poner mientes en lo de Lisabeth, querido? ¿Es posible que la hayas olvidado del todo?

Y de nuevo se yergue ante los ojos de Knulp, como una montaña distante, un fragmento más del pasado, y si bien no tiene una apariencia tan gayarda y placentera como el anterior, brilla en cambio d manera mucho más velada y entrañable, como sonrisas femeninas entre lágrimas. De sus tumbas se levantarán horas y días en los que había pensado desde hace mucho tiempo. Y en medio está Lis con sus hermosos ojos tristes y el bebé en brazos. —¡He sido un miserable! -empieza otra vez a lamentarse-. no he debido vivir desde que murió Lisabeth. Pero Dios no le deja continuar. De los luminosos ojos del Señor llega hasta él una penetrante mirada, y Dios prosigue a su vez: —¡Calla, Knulp! Has causado mucho dolor a Lisabeth, no podemos negarlo; pero bien sabes que, con todo, ha recibido de ti más ternura y cosas bellas que ruindades y no te ha guardado rencor ni por un solo instante. ¿Tampoco eres capaz de ver la razón de todo esto, pecho de cántaro? ¿No ves que por ello tuviste que ser un calavera y un trotamundos, para poder llevar a todas partes un poco de risa y enajenación pueriles, para que por doquier los hombres hubieran de amarte un poco, burlarse de ti otro poco y quedarte un tanto agradecidos? —Tal vez sea verdad -conviene Knulp a media voz tras de algún silencio-. ¡Pero todo ello me ocurrió hace ya mucho tiempo, cuando era joven aún! ¿Por qué no me sirvió de lección, por qué no he llegado a ser un hombre cabal? Todavía hubiera estado a tiempo... Hay una pausa en la nevasca. De nuevo, Knulp se detiene un momento y quiere sacudirse la espesa nieve del sombrero y vestidos, no puede; tan absorto

y agotado está. Cerca, en pie frente a él, se halla el Señor, con los celestes ojos extremadamente abiertos y radiantes como soles. —Confórmate de una vez -le exhorta Dios-. ¿De qué te sirven las quejas? ¿De veras no sabes ver que todo se ha ido consumando en regla, que no hubiera podido ser de otra manera? ¿Y ahora se te antoja ser un caballero o un menestral de pro y tener esposa e hijos y leer el semanario por la tarde? ¿Acaso no te marcharías otra vez a escape y te irías a dormir al bosque entre los zorros y a poner trampas para los pájaros y a domesticar lagartos? Knulp reemprende la marcha; de puro fatigado, flaquea, mas sin apenas percatarse de ello. Le ha dejado muy satisfecho lo que Dios le ha dicho, y, reconocido, asiente a todo con inclinaciones de cabeza. —Mira -habla el Señor-: no cabía que me sirviese de ti de otro modo que como tú eres. Has peregrinado en Mi nombre; era menester que constantemente comunicaras a la gente sedentaria un poco de la nostalgia de libertad. En Mi nombre has hecho simplezas y has consentido que se mofen de ti. Yo mismo me he reído contigo y he sido amado de ti. Eres ciertamente mi hijo, mi hermano, una porción de Mi mismo y no has catado ni sufrido cosa alguna que Yo no haya experimentado contigo. —Sí -dice Knulp, y de nuevo asiente fatigosamente con la cabeza-. Así es; en verdad siempre me lo ha parecido. Se acuesta en la nieve; sus miembros se aligeran de sumo y sus inflamados ojos sonríen. Cuando los cierra para dormir un poco, oye la voz de Dios que le habla una vez más, y una vez más le mira a los ojos claros.

—¿Así que ya no hay más quejas? -pregunta la voz de Dios. —No, nada más -cabecea Knulp y sonríe cohibido. —¿Y todo va bien? ¿Está todo como es debido? —Sí -afirma con otro movimiento de cabeza-; todo está como es debido. La voz de Dios se va apagando, y suena ora como la de su madre, ora como la de Henriette, ora como la bondadosa y suave voz de Lisabeth. Cuando Knulp vuelve a abrir los ojos, luce ya el sol y le ofusca, hasta el punto de obligarle a bajar los párpados a toda prisa. Siente cómo la nieve se le va sedimentando pesadamente en las manos y quiere sacudírselas; pero la voluntad de dormir ha llegado a ser en él más fuerte que cualquier otro deseo.

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