Cuando la unidad se hizo partido

Por Miguel Domingo Aragón (*)

1807 había sido el año de conflicto con los ingleses y el triunfo de doble merecimiento, por haberse obtenido sobre el invasor y sobre el hereje. Álzaga y Liniers habían sido los héroes. En 1808 cambió bruscamente el panorama con la invasión francesa a la Península, que nos convertía en aliados de los ingleses. Álzaga, ahora alcaide de ler. voto, y Liniers, virrey, empiezan a distanciarse. Sería largo recorrer los prolegómenos de ese enfrentamiento, qua ya estaba declarado el 16 de octubre, cuando el Cabildo de Buenos Aires recapitula los hechos en oficio dirigido a la Suprema Junta de Madrid, que ocupa 24 carillas. Parte de dos hechos: el mes anterior el Cabildo de Montevideo había informado que la Corte del Brasil pedía la Banda Oriental para “conservarla en depósito contra las invasiones del francés” y que Liniers había incurrido en “alta traición”, por lo cual había que despojarlo del mando. Liniers había contestado invitando a Elío, gobernador de Montevideo, a que se trasladase pare informar sobre los cargos; Elío había respondido que en esas circunstancias no podía abandonar su puesto. Liniers había tratado de reemplazarlo con Michelena, sin lograrlo, a raíz de lo cual se eligió una Junta en Montevideo. Liniers quiso disolverla; tampoco pudo; se le aconsejó que dejara a Elío en su cargo, a cambio de que éste disolviera la Junta. Pudo haber sido el arreglo. Pero enterado el Cabildo de que el virrey quería interceptar un barco que salía de Montevideo con información para la Península, le envió una diputación para disuadirlo y fue rechazada por él. Esta era la chispa de un alboroto de prevención militar organizado por Liniers seguido de una campaña de incriminaciones. Ahora bien: el Cabildo había solicitado en septiembre la remoción del virrey, sin puntualizar los datos, cosa que quería hacer ahora. Una grave imputación Montevideo acusa a Liniers de haber enviado a Napoleón partes de la reconquista y defensa de Buenos Aires, los cuales fueron conducidos por el edecán Juan Perichon, hermano de madama O'Gorman, cuya casa “ha sido el almacén y depósito de innumerables negociaciones fraudulentas”, quien fue culpable, además, de abrir las huellas al extranjero, permitir la entrada de espías, proteger traidores (como el norteamericano White, colaborador de los ingleses, quo fue apresado por Elío, pedido por Liniers y puesto en libertad, que usa para hacer contrabando con la protección del gobierno). 1

No sólo eso puede decirse de la Sra. de O'Gorman: “Esa mujer con quien el virrey mantiene una amistad que es el escándalo del pueblo, que no sale sin escolta, que tiene guardia en su case de noche y de día”, etc., “esa mujer, en fin, despreciable y criminal por todas sus circunstancias, es la árbitra del gobierno y aun de nuestra suerte”. “Acaba de llegar otro hermano de esa mujer, D. Luis Perichon, a quien se dice despachó también el virrey con pliegos para Napoleón”. Otro francés protegido por la misma mujer, Luis Ainard, sirvió con Whitelocke y ahora es edecán del virrey y teniente de granaderos. “Aquí es preciso hacer una advertencia de mucho bulto en la actual constitución: es primer comandante del cuerpo el mismo virrey, francés de nación; es segundo comandante un hijo de francés, D. Florencio Terrada; es primer teniente el citado Aynard (sic); es oficial de la misma clase otro hermano de madame O'Gorman, D. Eugenio Perichon, edecán también del virrey, y lo son varios otros de la misma nación”. “Parece no ser otro el objeto del virrey sino que sean franceses los que manden nuestras tropas. Al día siguiente de haber llegado a esta ciudad su hermano, el conde Liniers, lo dio a reconocer por mayor general del ejército”; a otro francés, “truán conocido”, lo hizo alférez de artillería y antes de dos meses lo ascendió a teniente coronel; otro francés dirige el tren volante. ¿Qué es esto, cuando estamos en guerra con la Francia? Y aun se ha agravado todo desde que llegó el emisario de Napoleón, Mr. de Saixaine. (M. de Sassenay). Más acusaciones… Pero además Liniers “ha prodigado los grados militares en términos que a los que poco ha vimos de presidiarios, trabajar con grilletes en las obras públicas, a las que tienen aún pendientes sus causas por ladrones, a guardas, cabos de brigada y otros de la hez del pueblo los vemos hoy con la divisa de tenientes coroneles”. Y todavía puede acusárselo de esto: —“Consintió el comercio con los ingleses durante su permanencia en Montevideo”; —“Apadrinó y protegió el contrabando”, llegando a reclamar trece cajones decomisados como si fuesen encomienda suya; —De cinco a seis millones en mercaderías dejados por los ingleses en Montevideo, la Real Hacienda no ha ingresado en impuestos más que 96.000 pesos; —Aunque el Cabildo tome medidas para impedir el contrabando son burladas por el virrey y otro de sus edecanes, D. Manuel de Arroyo, “contrabandista de profesión”. Por todo lo cual insisten en el pedido de deposición de Liniers. Firman Álzaga y todos los cabildantes. Dos días después, el 18 de octubre, quien escribe a la Junta es el mismo Liniers. Imposta la voz tanto como lo exigen las circunstancias. Tuvo la honra de reconquistar y defender estos dominios de S.M.; cumplió a lo largo de su vida las sagradas obligaciones que 2

le imponían su honor y fidelidad y ahora se ve atacado por la envidia y la ambición, “por estas dos furias enemigas de la virtud y de la buena opinión”, que hieren su pundonor. Y cuenta, desde su punto de vista, las desavenencias con Elío, “sus imposturas y obscuras cavilaciones sugeridas por una ambición de mando que lo devora”. Son los mismos hechos vistos desde el otro extremo, pero referidos con un tono rimbombante que recorre las once carillas de su escrito sin detenerse en el meollo de las acusaciones que se le hacen: corrupción administrativa, en complicidad con su manceba, e infiltración de franceses en los mandos militares. Eran demasiado contundentes como para contestar: tengo la conciencia tranquila. Después vendrán otras peores. Y a la larga, pero en poco tiempo, ambos, Liniers y Álzaga, han de ser cabezas de dos partidos que nacen antes de la Revolución y se prolongan en ella. Las alternativas de la lucha abatirán a uno con cuatro tiros de fusil y suspenderán al otro de la horca.

(*) Pseudónimo de Roque Raúl Aragón. (Publicado en La Nueva Provincia, de Bahía Blanca, el 18 de octubre de 1980)

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