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Chesterton, Gilbert K - Lo que está mal en el mundo [pdf]

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En resumen, la nueva educación es tan dura como la antigua, sea o no tan elevada.
La tendencia más libre, así como la fórmula más estricta, comparten la autoridad
más rígida. Los soldaditos se prohíben porque el padre humano cree que son malos;
no se pretende, no sería posible, que el niño pensase igual. La impresión del niño
medio sería sin duda ésta: «Si tu padre es metodista no debes jugar con soldaditos
los domingos. Si tu padre es socialista, no debes jugar con ellos ni siquiera los días
entre semana». Todos los educadores son totalmente dogmáticos y autoritarios. No
se puede tener una educación libre, pues si se deja a un niño libre, no lo estaremos
educando en absoluto. ¿No hay pues distinción ni diferencia alguna entre los
convencionalistas más chapados a la antigua y los más brillantes y osados
innovadores? ¿No hay diferencia entre el padre más duro entre los duros, y la más
imprudente y especulativa tía soltera? Sí, la hay. La diferencia es que el padre duro,
a su dura manera, es un demócrata. No obliga a algo sencillamente porque le
apetece sino porque (según su propia y admirable fórmula republicana) «todo el
mundo lo hace». La autoridad convencional apela a cierto mandato popular, la no
convencional no lo hace. El puritano que prohíbe los soldaditos los domingos está
expresando al menos una opinión puritana, no únicamente su propia opinión. No es
un déspota, es una democracia; una democracia tiránica, una democracia
desastrada y local, quizá, pero una democracia que puede hacer y ha hecho las dos
cosas más viriles que [181] hay: luchar y apelar a Dios. Pero el veto del nuevo
educador es como el veto de la Cámara de los Lores, no pretende ser
representativo. Esos innovadores están hablando siempre de la ruborosa modestia
de la señora Grundy.75

No sé si la señora Grundy es más modesta que ellos, pero

estoy seguro de que es más humilde.

Pero hay otra complicación. El moderno más anárquico puede volver a intentar
escapar del dilema diciendo que la educación debería ser sólo un ensanchamiento
de la mente, una apertura de todos los órganos de la receptividad. La luz (dice) debe
conquistar la oscuridad; a las existencias ciegas y frustradas de todos nuestros feos
rincones, bastaría con permitirles percibir y expandirse; en suma, la iluminación
debería caer sobre el Londres más oscuro. Ahora bien, precisamente aquí está el
problema: no hay un Londres más oscuro. Londres no es oscuro en absoluto, ni
siquiera por la noche. Hemos dicho que si la educación es una sustancia sólida, es
que no la hay. Podemos decir ahora que si la educación es una expansión abstracta,
no hace falta. Hay demasiada. De hecho, no hay otra cosa.

No hay gente ineducada. Todo el mundo en Inglaterra está educado; lo que
ocurre es que la mayoría están equivocadamente educados. Las escuelas estatales
no fueron las primeras escuelas, sino las últimas que se establecieron, y Londres ha
estado educando a los londinenses mucho antes de que existiera el London School
Board. El error es muy práctico. Se suele suponer que a menos que un niño sea
civilizado por las escuelas establecidas, seguirá siendo [182] un bárbaro. Espero que
sí. Cada niño de Londres se convierte en una persona muy civilizada. Pero hay
muchas civilizaciones diferentes y la mayoría han nacido cansadas. Cualquiera
podrá decirles que el problema de los pobres no es que los viejos sigan siendo unos

75

Personaje de la obra de Tom Morton Speed the Plough (1798); es una comadre de mentalidad
estrecha y puritana, a la que se alude constantemente con la pregunta: «¿Qué dirá la señora
Grundy?», sin que aparezca nunca en escena.

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insensatos, sino que los jóvenes ya son sabios. Sin necesidad de ir a la escuela, el
chico de la calle se habrá educado. Sin necesidad de ir a la escuela, estará
«sobreeducado». El verdadero objeto de nuestras escuelas debería ser no tanto
sugerir complejidad como limitarse a restaurar la simplicidad. Oiremos a venerables
idealistas declarar que debemos hacer la guerra contra la ignorancia de los pobres
pero, sin duda, deberíamos más bien hacer la guerra contra sus conocimientos. Los
auténticos educadores tienen que soportar una especie de rugiente catarata de
cultura. Al haragán se le está enseñando todo el día. Si los niños no miran las
grandes letras de la cartilla, no necesitan más que salir y mirar las grandes letras de
los carteles. Si no se interesan por los mapas de colores que proporciona la escuela,
pueden echar un vistazo a los mapas de colores que salen en el Daily Mail. Si se
cansan de la electricidad, pueden subirse a tranvías eléctricos. Si no les conmueve
la música, pueden darse a la bebida. Si no trabajan para conseguir un premio en la
escuela, pueden trabajar para conseguir un premio de Prizy Bits. Si no aprenden lo
suficiente sobre leyes y ciudadanía para complacer al maestro, aprenderán lo
suficiente para evitar al policía. Si no aprenden historia como es debido en los libros
de historia, aprenderán historia como no es debido en los periódicos de los partidos.
Y ésta es la tragedia de todo el asunto: que los pobres de Londres, una clase
particularmente lista y civilizada, lo aprenden todo al revés, aprenden incluso que lo
que está bien es lo que está mal. No ven los primeros principios de la ley en un libro
de leyes; sólo ven [183] los últimos resultados en las noticias de la policía. No ven la
verdad de la política en una encuesta general. Sólo ven las mentiras de la política en
unas elecciones generales.

Pero sea cual sea el patetismo de los pobres de Londres no tiene nada que ver
con ser ineducado. Lejos de no tener guía, están constantemente guiados, con
seriedad y emoción; pero mal guiados. Los pobres no están descuidados en
absoluto, solamente están oprimidos; o más bien, están perseguidos. No hay nadie
en Londres que no se sienta atraído por los ricos; los atractivos de los ricos nos
chillan desde cada valla y nos gritan desde cada tribuna. Pues hay que recordar
siempre que la curiosa y abrupta fealdad de nuestras calles y trajes no es la creación
de la democracia, sino de la aristocracia. La Cámara de los Lores puso objeciones al
hecho de que los tranvías desfigurasen el embankment. Pero la mayoría de los
hombres ricos que desfiguran los muros de las calles con sus mercancías están
actualmente en la Cámara de los Lores. Los pares embellecen los asientos del país
volviendo asquerosas las calles de la ciudad. Esto, sin embargo, está entre
paréntesis. La cuestión es que los pobres en Londres no están abandonados, sino
que están ensordecidos y desconcertados por la cantidad de consejos estridentes y
despóticos. No son como ovejas sin pastor. Son más bien como una oveja a la que
le están gritando veintisiete pastores. Todos los periódicos, todos los nuevos
anuncios publicitarios, todas las nuevas medicinas y las nuevas teologías, todo el
relumbrón de los tiempos modernos; contra todo esto es contra lo que debería estar
la escuela nacional si pudiera. No cuestionaré que nuestra educación elemental sea
mejor que la ignorancia bárbara. Pero no hay ignorancia bárbara. No dudo que
nuestras escuelas fueran adecuadas para muchachos sin instrucción. Pero no hay
muchachos sin instrucción. Una moderna es- [184] cuela londinense debería no sólo
ser más clara, más amable, más inteligente y más rápida que la ignorancia y la
oscuridad. También debería ser más clara que una postal, más inteligente que un
concurso de rimas, más rápida que un tranvía y más amable que una taberna. De
hecho, la escuela tiene la responsabilidad de la rivalidad universal. No hace falta
negar que en todas partes hay una luz que debe conquistar la oscuridad. Pero
pedimos una luz que pueda conquistar la luz.

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