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Chesterton, Gilbert K - Lo que está mal en el mundo [pdf]

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Así pues, por esta profunda y anuladora razón, su cínica y abandonada indiferencia
hacia la verdad, la escuela inglesa no nos proporciona el ideal que necesitamos.
Sólo podemos pedir a sus críticos modernos que recuerden que, con razón o sin
ella, las cosas deben hacerse; la fábrica funciona, las ruedas ruedan, se fabrican
caballeros, con su jabón, su criquet y su caridad organizada. Y en esto, como hemos
dicho antes, la escuela pública tiene realmente una ventaja sobre todos los demás
programas educativos de nuestro tiempo. Podemos localizar a un antiguo alumno de
una escuela pública en cualquiera de los lugares por los que andan, desde un
fumadero de opio chino, hasta una comida de celebración de judíos alemanes. Pero
dudo que se pueda distinguir qué pequeña cerillera ha sido educada en una religión
cualquiera y cuál ha sido educada de manera laica. La gran aristocracia inglesa que
nos ha gobernado desde la Reforma es realmente, en este sentido, un modelo para
los modernos. Tenía un ideal, y por tanto ha conseguido una realidad.

Repetimos aquí que estas páginas se proponen principalmente mostrar una
cosa: que el progreso debería basarse en los principios, mientras que nuestro
moderno progreso se basa sobre todo en los precedentes. No nos movemos por lo
que puede afirmarse en teoría, sino por lo que ya se ha admitido en la práctica. Por
eso los jacobitas92

son los [208] últimos tories en la historia por los que puede sentir
mucha simpatía una persona inteligente. Deseaban una cosa específica; estaban
dispuestos a ir hacia delante por ella, y por tanto también estaban dispuestos a ir
hacia atrás. Pero los tories modernos sólo tienen la actitud aburrida de defender
situaciones que no han tenido la emoción de crear. Los revolucionarios hacen una
reforma. Los conservadores sólo conservan la reforma, lo que a menudo es algo
muy deseado. Igual que la rivalidad de armamentos es sólo una especie de triste
plagio, de igual modo la rivalidad de partidos es sólo una especie de triste herencia.
Los hombres tienen votos, así que las mujeres pronto los tendrán; los niños pobres
son educados a la fuerza, así que pronto serán alimentados a la fuerza; la policía
cierra las tabernas a las doce, así que pronto las cerrarán a las once; los niños dejan
la escuela cuando tienen catorce años, así que pronto la dejarán cuando tengan
cuarenta. Ningún brillo de la razón, ninguna vuelta momentánea a los primeros
principios, ninguna pregunta abstracta sobre ninguna cuestión obvia pueden
interrumpir este galope loco y monótono de mero progreso según los precedentes.
Es una buena manera de evitar una auténtica revolución. Según esta lógica de los
sentidos, los radicales entran tanto en la rutina como los conservadores.
Encontramos a un viejo lunático que dice que su abuelo le dijo que se mantuviera
junto a la portilla. Conocemos a otro viejo lunático que dice que su abuelo le dijo que
sólo caminara por el sendero.

Digo que podemos repetir aquí esta parte primaria del argumento, porque
acabamos de llegar al lugar donde se nos demuestra más sorprendente y sólido. La
prueba final de que nuestras escuelas elementales no tienen un ideal propio definido
es el hecho de que imiten tan abiertamente los ideales de las escuelas públicas. En
las escuelas elemen- [209] tales, copiamos cuidadosamente todos los prejuicios
éticos y las exageraciones de Eton y Harrow para personas que no se adaptan ni de
lejos a ellos. Tenemos la misma doctrina desproporcionada del efecto de la limpieza
física en el carácter moral. Educadores y políticos de la educación declaran, entre

92

Véase n. 22, p. 40.

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calurosos vítores, que la limpieza es mucho más importante que todas las disputas
sobre enseñanza religiosa y moral. Parecería realmente que mientras un niño
pequeño se lave las manos, no importa si se está lavando la mermelada de su
madre o la sangre de su hermano. Tenemos la misma pretensión insincera de que el
deporte siempre fomenta un sentido del honor, cuando sabemos que a menudo lo
destruye. Por encima de todo, tenemos la misma gran suposición de clase alta de
que las cosas las hacen mejor las grandes instituciones que manejan grandes
sumas de dinero y que controlan a mucha gente, y de que la caridad trivial e
impulsiva es en cierto sentido despreciable. Como dice el señor Blatchford: «El
mundo no quiere piedad, sino jabón... y socialismo». La piedad es una de las
virtudes populares, mientras el jabón y el socialismo son dos aficiones de la clase
media alta. Estos ideales «saludables», como los llaman, que nuestros políticos y
maestros de escuela han tomado prestados de las escuelas aristocráticas y han
aplicado a las democráticas, no son en absoluto apropiados para una democracia
empobrecida. Una vaga admiración hacia un gobierno organizado y una vaga
desconfianza hacia la ayuda individual no pueden encajar en las vidas de personas
para las que la amabilidad significa prestar un cazo y el honor significa mantenerse
fuera del reformatorio. Se resuelve a sí misma desalentando ese sistema de parches
de generosidad rápida, que es una gloria diaria para los pobres, o en un borroso
consejo a gente que no tiene dinero para andar tirándolo por ahí. Tampoco es [210]
la exagerada gloria del atletismo, lo bastante defendible cuando se trata de los ricos
que, si no retozan y corren, comerían y beberían de manera poco saludable, en
modo alguno adecuada cuando se aplica a la gente, la mayoría de la cual hace
mucho ejercicio de todos modos, con pala o martillo, pico o sierra. Y en lo que se
refiere al tercer caso, el de la higiene, es evidente que el mismo tipo de retórica
sobre la delicadeza corporal que es propia de una clase ornamental no puede,
francamente, aplicarse a un barrendero. Se espera que un caballero esté
básicamente impecable en todo momento. Pero no es mucho más indigno para un
basurero estar sucio que para un submarinista estar mojado. Un deshollinador no es
peor cuando está cubierto de hollín que Miguel Ángel cuando está cubierto de arcilla
o Bayard93

cuando está cubierto de sangre. Tampoco esos partidarios de la tradición
de las escuelas públicas han creado ni sugerido ningún sustituto del actual sistema
esnob que hace que la limpieza sea algo casi imposible para los pobres; me refiero
al ritual general de la colada y el llevar la ropa desechada de los ricos. Un hombre
entra en la ropa de otro hombre como entra en la casa de otro hombre. No es de
extrañar que nuestros educadores no se horroricen ante un hombre que recoge los
pantalones de segunda mano de un aristócrata, cuando ellos mismos han recogido
las ideas de segunda mano del aristócrata. [211]

93

Henry-Louis Bayard (1812-1852), médico francés que se dedicó a la medicina forense.

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