El Poeta y la República de Platón

Por Leopoldo Marechal

Al participar con vosotros en esta fiesta1 del intelecto y al considerar la grata significación de esta ceremonia en la cual el Estado reconoce, valoriza y premia la obra de sus artífices, he recordado, sin proponérmelo, el extraordinario juicio que hace Platón de los poetas, al excluirlos, en teoría, de su famosa República. Y he sentido a la vez dos impulsos aparentemente contradictorios: el de censurar a Platón y el de defenderlo. Haré las dos cosa, porque, según se lo considere, el poeta tiene razón contra el filósofo y el filósofo puede tener razón contra el poeta. Lo que más nos asombra es el hecho de que Platón, en vías de organizar la Ciudad Terrestre, excluya, sin más ni más, a los poetas, olvidando que toda criatura humana, sea cual fuere su naturaleza individual o su vocación, debe tener un lugar adecuado en la República, y que es obra del político, justamente, el asignarle a cada una el sitio y la jerarquía que le corresponde. ¿Ignoraba Platón, acaso, la naturaleza del poeta? Los que hayan leído su admirable “Fedro” dirán que, por el contrario, la conocía íntimamente y que, además, alababa sus asombrosas virtudes, hasta considerar al poeta como a un verdadero “espiráculo” de la divinidad. Entonces, ¿por qué le ha negado un lugar en el edificio teórico de su República? Sabido es que, al abordar la Metafísica, Platón había quemado sus tragedias; pero nunca logró destruir al poeta que llevaba en sí. Por el contrario, al edificar su República, el filósofo nos da la sensación de un político que llevara en sí el cadáver de un poeta. Veamos ahora con qué títulos debe figurar el poeta en la Ciudad Terrestre. Ha nacido con la vocación de la hermosura, y la palabra “vocación” significa “llamado”: quiere decir que reconocerá el acento de la hermosura, no bien la hermosura lo llame; y, como la belleza es uno de los Nombres Divinos, quiere decir que reconocerá el nombre de Dios en todas las criaturas signadas por la belleza. Pero a esa faz pasiva de su natura responde luego una faz activa: el poeta se hace creador. En el orden de la belleza, sus criaturas espirituales son hermanas de las demás criaturas; hermanas del pájaro y de la rosa. Y el poeta se convierte así en un “continuador de la Creación Divina”, para que nuevas criaturas alaben a Dios en la excelencia de uno de sus Nombres. Tal es el poeta, ser extraño, descontentadizo, nunca inmóvil, siempre como sobre ascuas. En medio de vuestros entusiasmos terrenales, de vuestras luchas o de vuestros temores, acaso lo veáis indiferente y como perdido en vastas lejanías; otras veces turbará vuestra

quietud con exaltaciones y raptos que os parecerán fuera de tono; os acercaréis a él, atraídos por sus rosas, y no es difícil que déis en sus espinas; trataréis de retenerlo en la tierra, y seguramente se os escapará de las manos; y puede ser que al fin, cansados de no entender su caprichosa índole, le digáis, con Platón, que se vaya de una vez al cielo... o al infierno. Pero escuchad: esa es, justamente, la misión del poeta entre vosotros. Si os creéis afirmados en la tierra, él os llamara de pronto a vuestro destino de viajeros; si descansáis en el gusto efímero de cada día, el os recordará el “sabor eterno” a que estáis prometidos; si permanecéis inmóviles, él os dará sus alas; si no tenéis el don del canto, el os hará participes del suyo, de modo tal que no sabréis al fin si lo que se alza es la música del poeta o es vuestra propia música. Hablando por todos y con todos los que no hablan, el poeta se hace al fin la voz de su pueblo: los pueblos se reconocen y hablan en la voz de sus poetas. He ahí porque decía yo recién que el poeta tiene razón contra el filósofo de la República. Pero también decía que el filósofo y el político pueden tener razón contra el poeta; y la tienen cuando el poeta, olvidando los límites que le son propios, hace un uso ilegítimo de su arte. Dije ya que el poeta es un inventor de criaturas espirituales, y en este orden su libertad es infinita. Pero hay cosas que no pueden ser inventadas, y la Verdad es una de ellas, porque la Verdad es única, eterna e inmutable desde el principio. Supongamos ahora que el poeta, criatura de instintos, pretenda tratar “lo verdadero” como trata “lo bello”; supongamos que pretenda inventar la verdad: pondrá entonces una mano sacrílega sobre lo que no debe ser tocado, y hará una substitución peligrosa: escamoteará la verdad y pondrá en su sitio una opinión poética, la suya. Supongamos que a todos los poetas de la tierra (y son muchos, os lo aseguro) se les dé por inventar la verdad: tendremos tantas verdades diferentes como poetas existen y nos abismaremos en una confusión de lenguas verdaderamente catastrófica. ¡Y quien sabe si el caos en que vivimos no es obra de poetas que han hecho de la verdad un peligroso juego lírico! Vemos, pues, que no sin motivo Platón, en tanto que filósofo, recelaba de los poetas. Sus recelos, en tanto que político, tenían que ser mayores. Tradicionalmente la Política es, o debe ser, una hermana menor de la Metafísica, vale decir, una aplicación del orden Celeste al orden Terrestre: constitución del Estado también se basa en principios inconmovibles, en un exacto conocimiento del hombre y de sus destinos naturales y sobrenaturales, en la justa ponderación de cada individuo y del lugar jerárquico que le corresponde, y en un sentido riguroso de las jerarquías. Supongamos ahora que el poeta (criatura sentimental a menudo y tornadiza casi siempre) se le dé por negar el orden en que vive, y pretenda inventar uno nuevo, según las reglas de su arte: si nadie lo sigue, habrá introducido, al menos, un germen de duda en lo indudable; si lo siguen unos pocos,

dejará tras de sí un fermento de disolución activa; si lo acompañan todos, la destrucción de la Ciudad es un hecho. Afortunadamente, y en virtud de su maravilloso instinto, es difícil que el poeta se embarque en tales aventuras. Y, si lo hace, no es acatando su vocación, sino traicionándola. En este último caso no es necesario que desterréis al poeta, como lo hacía Platón. En bien suyo y de la Ciudad haced una cosa más sencilla: encerradlo en su Torre de Marfil, si es posible con dos vueltas de llave... Si así lo hacéis no será indulgencia, sino sabiduría. En el canto 22 de la “Odisea” pinta Homero al formidable Ulises entre las víctimas de su justa venganza, buscando aún otra víctima, con el arma enhiesta. Entonces el poeta Femius, que había cantado a pesar suyo en el festín de los pretendientes, se adelanta con temor y dice a Ulises: —“Te conjuro, hijo de Laertes, a que tengas por mí algún respeto. Te preparas a ti mismo una pena grande si arrebatas la luz al que, por sus cantos, hace la delicia de los dioses y los hombres”. Telémaco, que ha oído al poeta, grita, volando hacia su padre: —“i Detente, padre! i Que tu hierro no lo toque!”. Y Ulises baja el arma.

1

Palabras pronunciadas en el acto anual de distribución de premios de la Comisión Nacional de Cultura.

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